Fidel Castro (El camino de la resistencia) [Nueva edición]

Lo fundamental sobre Fidel Castro y la revolución cubana


Ensayo, 2020

186 Páginas


Extracto

Índice

Introducción

La niñez

Un inquieto estudiante universitario

De lleno en la política

Inicios de la “Guerra de Liberación”

La cárcel

El exilio

Reinicio de la “Guerra de Liberación”

Los últimos zarpazos de Batista

La Revolución

La guerra biológica

El “Período Especial”

Palabras que hacen meditar

La oposición (contrarrevolución)

Hasta el último aliento

Epílogo

Bibliografía

Notas y citas bibliográficas

Páginas Web

Introducción

La idea de comenzar este trabajo surgió al percatarme de que acontecimientos importantes de la historia de Cuba en los cuales el líder revolucionario ha estado vinculado por más de medio siglo, debido a múltiples razones, son poco conocidos o están dispersos. Aquí esos hechos se sintetizan y ordenan relacionándolos con documentos y alocuciones que facilitan al lector el introducirse con comodidad en la narración, abarcando desde que nace hasta que fallece.

En el año 1952, Fidel inicia, organiza y dirige la última contienda que se produce en Cuba, la “Guerra de Liberación Nacional”. Una vez que vence y se posiciona en el gobierno hace algo sin antecedentes en los hemisferios de las Américas; instaura reformas radicales en beneficio de las mayorías e implanta el socialismo[1] por sistema político-social en contra de los intereses del imperio económico, político y militar más poderoso que ha existido: Estados Unidos (E.U.). También novedoso en la zona es la participación de tropas cubanas en decenas de conflictos por casi todos los continentes, apoyando movimientos de liberación o focos izquierdistas que tenían alguna esperanza de llegar al poder en sus respectivos países. Desde que se desploma el campo socialista las intervenciones militares cubanas terminaron, porque la asesoría militar y los abastecimientos que llegaban fundamentalmente de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), igualmente concluyeron.

Castro, además, ha legado a la posteridad un abultado bagaje teórico de incalculable valor para las corrientes progresistas. Sus tesis, expuestas en prolongados discursos, entrevistas y artículos, fundamentan y demuestran con crudeza la supuesta ineficacia del capitalismo[2] para resolver necesidades primordiales de la población mundial: salud, educación, trabajo y seguridad social son las grietas por donde más lo ataca.

La niñez

Contaba su mamá que eran las dos de la madrugada de un viernes 13 de agosto de 1926; parecía una noche de ciclón, plagada de truenos, relámpagos y lluvias torrenciales. Ese día no sería un día cualquiera. Nacía en Birán, un pueblecito perdido en la geografía de la antigua provincia de Oriente, en Cuba, un niño que haría girar ciento ochenta grados el rumbo histórico de su país e influiría decisivamente en el devenir de otros. Era Fidel Alejandro Castro Ruz, hijo de Ángel María Bautista Castro y Argiz (1875-1956), terrateniente, natural de Galicia, España, que había luchado de soldado en el Ejército español, y Lina Ruz González (1903-1963), campesina y empleada doméstica, nacida en Las Catalinas, Guane, provincia de Pinar del Río, Cuba, cuya ascendencia era de Islas Canarias y Córdoba en España.

Del primer matrimonio de Don Ángel con María Argota Reyes, Fidel tenía dos hermanos: Lidia y Pedro Emilio. Y del segundo matrimonio con Lina, seis: Ramón, Raúl, Ángela, Juana, Enma y Agustina.

Parte de su infancia la pasa en casa de una amiga de la familia donde tiempo después fue a vivir el cónsul de Haití en la ciudad de Santiago de Cuba ― segunda más importante del país—, Hippólite Hibbert con su esposa Emercianne, que llegarían a ser sus padrinos. Puntualmente los padres hacen llegar una mesada para que se ocupen de él y otros hermanos, los verdaderos motivos por el que Don Ángel aleja a sus hijos de Birán no estan claros. Pero en lo que respecta a Fidel que tiene apenas seis años las causas parecen ser: el temperamento poco manejable del niño ya era notorio, y una amenaza siempre está rondando sobre sus padres, les había advertido seriamente que le prendería fuego a la casa si no lo llevaban a la escuela. A donde lo mandan no la pasa nada bien. Años más tarde relata: “puedo decir así que pasé hambre, que me quedé prácticamente descalzo, que tenía yo mismo que coser mis zapatos cuando se me rompían”.[3] Su tutora empleaba el dinero que recibía no en satisfacer las necesidades de los niños, sino en mantener a su numerosa familia. Algo tarde, los padres, al darse cuenta del problema se llevan a sus hijos de esa casa, pero poco tiempo después sólo a Fidel lo regresan otra vez.

Ya adolescente, en las tierras de Don Ángel siente pasión por la caza; es posible que su mamá influyera en esa afición, pues acostumbraba a llamar a sus hijos para comer con un tiro de escopeta.

La primera escuela de Fidel fue la “Escuela Rural Mixta No.15” de Birán; de ésta pasa a la escuela “La Salle”. En el quinto grado le causa antipatía a un profesor que no desaprovechaba oportunidad para pegarle; Fidel no puede aguantar más el abuso y le responde violentamente. De allí sus padres lo trasladan al “Colegio Dolores de la Compañía de Jesús” que hoy es el preuniversitario Rafael María de Mendive.

En una ocasión escribe en inglés una carta, nunca contestada, al presidente de los E.U., Franklin Delano Roosevelt, su texto traducido es el siguiente:

«Santiago de Cuba 6 de noviembre de 1940.

Señor Presidente de los Estados Unidos.

Mi buen amigo Roosevelt. No se mucho inglés, pero lo suficiente para poder escribirle. Me gusta escuchar mucho la radio y estoy muy feliz de haber oído que usted va a seguir siendo Presidente (...)Yo tengo doce años, yo soy un chico pero yo pienso mucho (...) Si le parece bien, envíeme un billete verde estadounidense de diez dólares en la carta porque nunca vi un billete verde estadounidense de diez dólares y me gustaría tener uno.

Mi dirección es:

Colegio de Dolores

Santiago de Cuba

Oriente Cuba.

Y si quiere hierro para hacer sus barcos yo le puedo enseñar donde están las minas de hierro más grandes de la tierra. Están aquí en Mayarí, Oriente, Cuba.»[4]

Fidel incursiona directamente en la política con solamente catorce años cuando realiza campaña por su hermano Pedro Emilio Castro, postulado para Representante por el Partido Auténtico en la antigua provincia de Oriente. Él le había prometido un caballo si ganaba. Eso fue suficiente para que el joven se empleara a fondo en recorrer todos los bohíos y casas de Birán “enseñando a votar por Pedro Emilio Castro”. Pero el esfuerzo se vino abajo cuando llegó la Guardia Rural, reunió a los votantes e hicieron dos filas; en una estaban los que votarían a favor del gobierno y en la otra los contrarios, y ocurre que sólo pudieron votar los que a la Guardia le convenía. Pedro Emilio quedó de primer suplente por si fallecía algún Representante a la Cámara ya elegido.

Continúa sus estudios en la “Escuela Preparatoria Belén” de La Habana. En el año 1944 el congresista del Partido Comunista Cubano, Juan Marinello, presenta un proyecto de ley para que el Estado intervenga la enseñanza privada. Los jesuitas organizan una reunión de oposición y escogen a varios alumnos de oradores para hablar en una tribuna; hasta que le toca el turno a Fidel, él argumenta con fiereza contra la iniciativa de Marinello. El 14 de diciembre del mismo año en el periódico del Partido Socialista Popular (PSP) “Noticias de Hoy” (posteriormente llamado “Hoy”) apareció la siguiente nota: “En el reaccionario Colegio de Belén se realizó una ridícula sesión para combatir el proyecto del ilustre senador Marinello, y uno de los discursos estuvo a cargo de un tal Fidel Castro, pichón de jesuita, que se mantuvo hablando tonterías, comiendo gofio durante más de una hora”.

Como constancia de su paso por la Escuela Preparatoria “Belén” en el registro del anuario del curso 1944-1945, publicado en “Ecos de Belén”, No. VII, junio de 1945, el Padre Amado Llorente escribe una nota sobre el alumno que terminaba sus estudios de Bachiller: “Se distinguió siempre en todas las asignaturas relacionadas con las letras. Excelente y congregante, fue un verdadero atleta, defendiendo con valor y orgullo la bandera del colegio. Ha sabido ganarse la admiración y el cariño de todos. Cursará la carrera de Derecho y no dudamos que llenará con páginas brillantes el libro de su vida. Fidel tiene madera y no faltará el artista”. Sin embargo, muchos años después, Fidel explica que no era buen alumno porque mientras los profesores hablaban pensaba en el campo, las muchachas, el deporte y las musarañas, pero eso sí, aclara que “era un buen finalista”.

Un inquieto estudiante universitario

Matricula la carrera de Derecho en la Universidad de La Habana en el año 1945, allí define e inicia su vocación política, y se auto postula candidato a delegado por la asignatura de Antropología, según dice, porque “(…) era una materia en la que podía ayudar a los estudiantes de distintas formas (…)”. Así comenzó a organizar las candidaturas, apoyarlas, hacer labor proselitista entre los estudiantes, etcétera. De esa forma se va involucrando en cuestiones políticas, por el momento internas de la Universidad, y llega a ganar sus primeras elecciones entre todos los delegados de todas las asignaturas del primer año; en el segundo, es elegido por la FEU (Federación de Estudiantes Universitarios) para ocupar un puesto de directivo. Al llegar 1947 era ya uno de los más activos organizadores, su precoz madurez, facilidad de palabra y poder de persuasión para aglutinar en función de las más diversas tareas lo hacían destacarse entre sus compañeros. Las frecuentes marchas de protesta que comenzaban en la Universidad y casi siempre figurando él por uno de sus principales organizadores y tribuno se convertían en masivas y eran cubiertas por la prensa, los motivos nunca faltaban: asesinatos políticos, corrupción, denuncias contra la situación política social, etcétera. Su conducta le costo que no pocas veces fuese golpeado y encarcelado siempre por reducidos espacios de tiempo. Lo cierto fue que ya Castro se estaba haciendo famoso y empezaba a molestar al gobierno de Ramón Grau San Martín, su entusiasmo le había impreso un toque personal dinámico al trabajo de la FEU, en la misma medida que empieza a definir y comunicar más claramente sus posiciones ideológicas.

Por ese entonces, la Universidad de La Habana se caracterizaba por la politización de sus alumnos, que se veían obligados a afiliarse a uno u otro grupo. El enfrentamiento entre ellos era frecuente. Las discrepancias por lo general se resolvían con golpes y amenazas e intimidación, una parte portaba armas y las usaba, de vez en cuando había un muerto.

Grau, al percatarse de la vitalidad desplegada por la FEU trata de controlar la Universidad habanera tratando por ganarse a todos sus miembros, pero no lo consigue. Entonces, manipulando a los grupos progubernamentales, los enfrenta a sus contrarios y acentúa aún más la división interna. El ambiente universitario era de mucha violencia y pandillerismo; se apreciaba con claridad una confabulación abierta entre la Policía universitaria, la policía de la calle, el rectorado y los grupos de Grau, todos en función de neutralizar a los no gubernamentales que tildaban de “revoltosos”. En aquel escenario la cabeza más visible y a la que había que dar un buen escarmiento era, sin duda alguna, la de Fidel Castro, quien comienza a sentir de inmediato las presiones y amenazas de lo que fue una verdadera mafia que no le permite acercarse al perímetro universitario. En una ocasión declaró:

«(…) Más de una vez lo he contado a los amigos. No solo me fui a una playa a meditar, incluso lloré con mis 20 años, lloré, no por el hecho de que me prohibieran venir a la Universidad, sino porque iba a venir de todas maneras a la Universidad. Ni se sabe cuánta gente era, una pandilla aquella, todas las autoridades, todo lo tenían, y decido volver, y volví armado. Se podía decir que era el comienzo de mi peculiar lucha armada, porque la lucha armada en aquella circunstancia era casi imposible. A un amigo de mayor edad y determinados antecedentes antimachadistas y antibatistianos le pedí que me consiguiera una pistola, me consiguió una Browning con 15 tiros. Yo me sentía superarmado con una Browning de 15 tiros porque, en general, era buen tirador; eso se lo debía a haber estado en el campo y a haber utilizado muchas veces los fusiles de mi casa sin permiso de nadie, los revólveres y todas las armas posibles, y dio la casualidad que resulté un buen tirador.

Ahora, ¿por qué lloré? Lloré porque pensaba que me tenía que sacrificar de todas formas, porque cómo después de la lucha que yo venía librando en la Universidad con el apoyo de los estudiantes universitarios, con el apoyo de la escuela, con un apoyo grande, casi total —me refiero a los alumnos de mi curso y de los cursos que venían detrás, aunque también alumnos de otras escuelas—, iba a aceptar la prohibición de volver a la Universidad, y tomo la decisión, me consigo un arma —me dolía mucho pensar que tal vez nadie reconociera el mérito de aquella muerte, de que los propios enemigos serían los que escribirían la versión de lo que ocurriera aquí—; pero yo estaba decidido a venir y no solo a venir, sino a vender caro mi vida. No sabríamos cuántos serían los adversarios que tendrían que pagar junto conmigo aquel encuentro, y decido volver. Realmente no lo dudé nunca ni un segundo.

¿Qué es lo que impide que ese día yo muera? Realmente este amigo tenía otros amigos, y había distinta gente, distintas organizaciones y bastante gente armada por dondequiera, algunos eran muchachos jóvenes, valiosos, valientes, y él toma la iniciativa. Este era un amigo que tenía muy buenas relaciones con los estudiantes, y dice: “No te puedes sacrificar así.” Y convenció a otros siete u ocho a que vinieran conmigo, gente que yo no conocía, la conocí por primera vez ese día. Digo que eran excelentes. He conocido hombres, he conocido combatientes, pero esos eran muchachos sanos, valientes. Entonces ya no vine solo.

Hoy preguntaba yo por las dos escaleritas, y es que nos reunimos allí, donde había una cafetería (…) se habían concentrado los guapos y la mafia por allí, por los alrededores de la escuela de derecho y en la escuela de derecho, y les dije a los demás: “Ustedes tres entran por el frente, tres de nosotros vamos a subir por una escalera desde allí, otros tres por aquí”, y llegamos allí de repente, y aquella gente, que eran como 15 ó 20, se pusieron a temblar. No consideraban ni siquiera que se podía realizar semejante desafío, a semejante poderío y a semejante fuerza. Pero esa vez no pasó nada, lo que hicieron fue temblar. Yo vine a la Universidad y seguí viniendo a la Universidad, pero ya venía de nuevo solo. Eso fue un día, venía ahora otra vez solo.

Tenía arma, sí, a veces tenía; pero entonces surgía otro problema en aquel enfrentamiento: ellos tenían la Policía Universitaria, la policía de la calle, todos los organismos represivos que mencioné antes, tenían los tribunales, tenían el Tribunal de Urgencia, y había una ley en virtud de la cual, si usted usaba un arma, iba preso. Entonces me encuentro con el tercer dilema: tengo que enfrentarme a aquella mafia armada y no puedo usar armas, porque si uso armas me sacan del juego y me meten preso. Aquellos tribunales eran muy rigurosos y a exhortación del gobierno sacaban a cualquiera de la circulación; entonces tuve que seguir aquella lucha contra aquella banda armada, desarmado casi siempre, porque había solo ocasiones excepcionales en que conseguía un arma, ¡un arma, no tenía nada más!; pero la mayor parte del tiempo estaba desarmado.

Toda aquella batalla alrededor de la Universidad y de la posición de la Universidad frente al gobierno tuve que librarla, podemos decir, desarmado. Por eso digo que era una lucha armada en condiciones muy peculiares, en que yo muchas veces lo que tenía era solo la piel.

Y se cansaron de hacer planes de un tipo o de otro; el azar, la suerte... Hubo una ocasión en que salió el aula entera de antropología y fue conmigo hasta el lugar donde yo residía, rodeándome porque yo estaba desarmado, y ellos, los adversarios, organizados y domados allí.

Así eran las características que tuvo altibajos, porque por fin aquella gran batalla por la FEU ese año se resuelve. Era tan tensa la situación, que se resuelve en una especie de arreglo al final de una reunión en el local de la FEU donde estábamos mezclados amigos y enemigos y se buscó un candidato que no fuera ni de los que estaban en las posiciones nuestras, ni de los que estaban en las posiciones a favor del gobierno. Hubo un cierto período de reconciliación y de calma. (…)»[5]

Para él jamás hubo tal calma. Se tuvo que afiliar a uno de los grupos más activos y violentos, la Unión Insurreccional Revolucionaria (UIR). El lema de esta organización era “La justicia tarda, pero llega”. Su jefe, el “comandante” Emilio Tro, declara en una entrevista que las actividades de la agrupación iban encaminadas a que los desafueros y asesinatos cometidos por los gobiernos de turno fueran “debidamente sancionados para adecentar la sociedad”. En realidad, se trataba de un grupo de pandilleros similar a otros que no tenían una plataforma política bien definida y sostenían estrechos vínculos con políticos.

Cuando Tro y algunos de sus más cercanos colaboradores, entre ellos una mujer, son masacrados, se desencadena en La Habana una secuencia de ajuste de cuenta de la cual la policía parece no darse por enterada. A Fidel tratan de involucrarlo en el asesinato de Manolo Castro ― sin vínculo familiar con Fidel ―, uno de los jefes de una pandilla rival del UIR, por lo que tiene que desaparecer temporalmente de aquel mundillo de violencia ya que se desata en la ciudad una verdadera cacería para asesinarlo. Más tarde se prueba que no tuvo nada que ver. Tenía lógica que lo relacionaran con cualquier suceso, ya que siempre estaba envuelto en mucha agitación política y no le conocían lasitudes; necesitaban neutralizarlo de alguna forma. Este suceso era un aviso para que se fuera alejando del UIR hasta graduarse. Posteriormente los más activos grupos, entre ellos el UIR, sostienen una reunión con el presidente del Senado, Miguel Suárez Fernández, el representante a la Cámara, Rolando Masferrer y otras figuras del gobierno, con la intención de llegar a un acuerdo de paz que una vez lograda duró poco porque las ambiciones personales eran muchas.

* * *

Fidel, además, fue presidente del Comité Pro-Democracia Dominicana y el Comité Pro Independencia de Puerto Rico. Entre los meses de julio y septiembre de 1947 se alista en una expedición que reúne a cubanos y dominicanos, con el propósito de provocar una rebelión contra el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo; aunque Fidel no figuraba entre los organizadores, sí se relaciona con los principales cabecillas, Juan Rodríguez y Juan Bosch, dominicano exiliado en Cuba que posteriormente llegaría a ser presidente de República Dominicana.

El campamento estaba situado en un sitio al norte de la región oriental llamado Cayo Confites. Fidel comienza los entrenamientos de soldado; en un mes se gana el grado de teniente, es jefe de un pelotón y, con el mismo grado llega a comandar una compañía. Tiene apenas 21 años. Tras dos meses de preparación, cientos de hombres armados parten para Santo Domingo en tres barcos: “Aurora”, “Berta” y “Fantasma”. Pero el 17 de septiembre de 1947 son interceptados por varias fragatas de la Marina de Guerra del Ejército cubano. Casi todos los expedicionarios son capturados y las armas decomisadas. Fidel se lanza a un mar bien agitado para evitar que se ensañaran con él ― como ocurrió con algunos capturados ―, nada kilómetros buscando la costa y es recogido por una embarcación que lo conduce hasta un cayo nombrado Saetía donde lo ayudan. De allí parte precipitadamente hacia la capital, no se dirige a su apartamento, sino que encamina los pasos hacia la Universidad, pues la fecha de rematricula para el próximo curso estaba a punto de cerrarse.

Entre profesores y alumnos se corría el rumor de que había sido devorado por los tiburones en la Bahía de Nipe, famosa por la concentración de estos en el lugar. Algunos alumnos no pueden disimular el júbilo ante la supuesta noticia de su muerte; no sólo tenía enemigos políticos, también entre el alumnado había quienes, acaso por envidia lo detestan. El joven acostumbra a vencer las asignaturas con mayor rapidez que los demás y obtiene mejores notas. Entre ellos hay quienes se preguntan: ¿de donde saca tiempo Fidel para estudiar? Al hacer entrada al recinto universitario esta extremadamente delgado, lleva rota la ropa y los zapatos. Sus compañeros se detienen a mirarlo, a medida que avanza a toda prisa hacia una oficina del rectorado; luego le hacen preguntas.[6] Tiempo después se conocen las causas que motivaron el fracaso de aquella expedición: la mala organización, la baja catadura moral de una parte de los reclutados, y las delaciones de ciertos políticos del gobierno de Ramón Grau San Martín, entre ellos el jefe del Ejército, general Genovevo Pérez, que había recibido dinero de Trujillo.

* * *

El 6 de octubre de 1947, Alejo Cossío del Pino, Ministro de Gobierno, llega al pueblo de Manzanillo, en la provincia de Oriente, quiere llevar a La Habana la campana de “La Demajagua”[7] para celebrar el 10 de octubre y el Día del Veterano con un acto politiquero. Cuando comienzan los preparativos para el traslado, un concejal llamado César Montejo le corta el paso vociferándole en la cara: “¡Ladrón, la campana no; se lo llevan todo! ¿Dónde esta el dinero asignado para las obras que necesitamos en Manzanillo? ¡Este es un gobierno de piratas, no se llevarán la campana (…) porque lo que harán es ultrajarla!”. El Ministro tuvo que marcharse con las manos vacías. Luego, declaró a la prensa que se había topado con una “gavilla de gritones e incivilizados”. Fidel, al leer estas noticias, hace contacto con el secretario de la FEU, Alfredo Guevara, y le explica una idea que ha concebido, consistía en ir a Manzanillo, trasladar la campana a La Habana, colocarla en el lugar más alto de la escalinata universitaria y convocar a una gran movilización para enardecer a las masas y, en el clímax, tocar la campana y avanzar todos hacia el Palacio Presidencial para exigir la renuncia del presidente Grau.

Aprobado el plan, Fidel y Lionel Soto, vicepresidente de la Facultad de Filosofía, se trasladan en avión a la ciudad de Manzanillo y visitan el Ayuntamiento; se reúnen con los veteranos (eran ancianos que habían participado en diferentes guerras y se encargaban de custodiar la campana) y los convencen para que les permitan trasladarla temporalmente. La Cámara municipal de Manzanillo designa al vicepresidente del Ayuntamiento y al presidente de la Asociación de Veteranos para que los acompañen en el regreso a La Habana. Al llegar, una multitud los espera con aplausos y arengas patrióticas. La campana es llevada a la Universidad y Fidel ordena que se organicen postas para custodiarla por veinticuatro horas, mientras él, junto a otros compañeros, hacen las coordinaciones para la movilización del siguiente día.

Fidel llega temprano a la Universidad, no puede creer lo que observa: un enrejado, que había sido construido alrededor de la campana formando una especie de jaula, esta vacío; la reliquia histórica ha desaparecido. Pregunta dónde se encuentra, pero nadie le contesta; se enfurece y sigue preguntando. Entonces alguien, tímidamente, le dice que se durmieron y que cuando despertaron a las cuatro de la mañana ya no estaba. Decidido a investigar en compañía de Lionel visitan a un tal Ovares. Al salir de la casa observan un automóvil en el cual viajan hombres armados, y que al parecer tiene intenciones de detenerse, pero al verlos sigue la marcha. Fidel le hace señas para que se detenga. Del auto baja Eufemio Fernández, un temido gangster de la época, Fidel se le acerca parándosele al frente y le dice con tono airado que está buscando la campana, Fernández alega que no sabe nada, Fidel lo mira fijo y no le quita la vista de arriba hasta que se monta en el carro, cuando se marcha le comenta a Lionel: “por su mundo” es por donde debe andar la campana.

Fracasada las pesquisas, Fidel comienza una marcha de protesta que se va convirtiendo en multitudinaria a medida que avanza, hasta llegar a la Jefatura Nacional de Policía, donde denuncia el robo y acusa al gobierno de complicidad en el mismo. En una de sus alocuciones presagia para los años venideros mucha más miseria de la que había. Tenía razón, pero todavía el hambre, la corrupción y los malos políticos, actuando de dueños y señores de la República no había hecho madurar a las masas.

La famosa campana apareció en el Palacio Presidencial, el 12 de noviembre de 1947, sin que nadie supiera de que forma había llegado hasta allí; de inmediato fue trasladada a su lugar de origen. Se llegó a comprobar que Eufemio Fernández fue el ladrón, pero nada sucedió, él cumplía órdenes superiores.

* * *

Fidel, junto a otros compañeros de estudios, en el mes de abril de 1948, se encontraba en Colombia para asistir al Congreso Estudiantil Latinoamericano, considerado la contraparte de la Novena Conferencia Panamericana, ya que ambos eventos se celebrarían simultáneamente. Los estudiantes llevaban en sus agendas algunos objetivos, entre los más importantes estaban:

- Fustigar de distintas maneras a las delegaciones que representaban dictaduras.
- Fomentar y desarrollar vínculos de solidaridad y apoyo con movimientos progresistas.
- Abogar por la defensa de la democracia.

Los estudiantes cubanos se reúnen con Jorge Eliécer Gaitán, un carismático dirigente liberal que había sido Ministro de Gobierno, y cuya palabra acusatoria acostumbraba a movilizar a los colombianos en largas marchas de protesta; una de ellas fue la famosa “Marcha del Silencio”. Fidel le hace prometer a Gaitán que clausuraría con un discurso el Congreso Estudiantil, próximo a terminar. Pero, en aquellos momentos, el escenario político era tenso en Bogotá. El presidente colombiano, Mariano Ospina Pérez, tenía perdido prácticamente el control del país por su costumbre de resolver los problemas por medio de la represión, que ya dejaba en dos años, un saldo de 15 mil personas asesinadas. Ahora el dictador observaba con temor al pueblo pidiendo a gritos que Gaitán fuera presidente, para él no existía otra alternativa: moría Gaitán o el poder estaba perdido.

Días después, Fidel, al salir del hotel Claridge donde se hospedaba, nota que en las calles hay gran agitación. Sucedió que Gaitán, al abandonar su oficina, había sido victima de varios disparos que le ocasionaron la muerte. Un joven señalado como autor del atentado fue capturado por una multitud enardecida que lo golpeó dejándolo sin vida, luego lo arrastraron hasta el Palacio Presidencial, en cuya entrada, el cadáver destrozado y desnudo fue abandonado. En realidad, nunca se pudo comprobar que fuera el homicida.

La noticia de la muerte de Gaitán hace estallar la violencia en toda Bogota. El vandalismo se apodera del pueblo que sale a las calles enfurecido. Son saqueados e incendiados establecimientos comerciales e instituciones, entre estas se encuentran el Palacio de los Tribunales, la Prefectura de la Policía, los Ministerios de Relaciones Exteriores, del Interior, Educación y Justicia, la Nunciatura, el Palacio Arzobispal y una parte de la embajada de los E.U. Ospina tiene que permanecer tres días escondido en el Palacio Presidencial, rodeado por el pueblo que por momentos intenta penetrar, sin éxito. La policía trata de intervenir, pero algunos se unen a la revuelta. El saldo son cientos de muertos, civiles en su mayoría. Tras largas peripecias, Fidel abandona sus intenciones de querer encauzar las acciones, se percata de que es la anarquía lo que impera, y encamina sus pasos hacia el hotel donde están alojadas varias delegaciones a la Conferencia Panamericana; una vez allí, junto a otros estudiantes cubanos, pide ayuda a un diplomático argentino que gestiona un avión en el cual fueron trasladados a Cuba.

La revuelta terminó cuando el presidente Ospina hizo intervenir de una manera brutal a sus Fuerzas Armadas, disolvió el gobierno y constituyó una coalición de liberales y conservadores el 12 de abril de 1948. El nuevo gobierno afirmó que elementos de ideologías extrañas obedeciendo órdenes directas de Moscú, habían organizado una ola de pillaje en Colombia. La Novena Conferencia que había sido suspendida temporalmente a causa de los disturbios, reanudó sus sesiones el 14 de abril y aprobó el Acta de Bogotá, donde se planteaba que los países del hemisferio se organizarían en un bloque de naciones pertenecientes a las Naciones Unidas, y también acordaron eliminar el comunismo[8] de la política de los países participantes.

A fines de abril del propio año el gobierno colombiano acusa a la URSS de haber provocado la subversión en Bogotá; hacen caso omiso de la respuesta que les brindan los soviéticos y finalmente rompen relaciones diplomáticas con ese país. Posteriormente, en el año 1960, el diario “El Mundo” de Miami publica un artículo que relaciona a Fidel con el agente de la KGB (cuerpo de Inteligencia soviético), Gumer W. Bashirov, con oficina en La Habana, donde se afirma que la misión fundamental de los estudiantes en 1948 era impedir el evento que fundaba la Organización de Estados Americanos (OEA). El anticomunista y antiguo capitán del “Servicio de Inteligencia Militar” (SIM)[9] Salvador Díaz-Versón y Rodríguez, en su autobiografía titulada “One Man, one Battle” (World Wide Publishing Company, INC, New York, 1980) narra una nueva arista de los hechos, documentándola con informes de Inteligencia. Según plantea las fuentes originales que vinculan a Fidel más directamente con los sucesos de Colombia desaparecieron de los archivos del SIM y de la oficina de la Liga Anticomunista , que estaba ubicada en la calle G entre 23 y 25, en el barrio del Vedado de la Ciudad de La Habana.

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Aún alumno universitario, el 12 de octubre de 1948, se casa con Mirta Diaz-Balart, una bella estudiante de Filosofía de la Universidad de La Habana, hija de una adinerada familia que conociera por medio de un antiguo condiscípulo de “Belén”, Rafael Díaz-Balart, hermano de Mirta. Pasan la luna de miel en New York. El primero de septiembre de 1949 nace Fidel Félix, primer y único hijo de este matrimonio. También Fidel se relaciona con María Laborde y nace Jorge Ángel, la fecha de nacimiento se estima en el mismo año 49. Juana, la hermana de Fidel, que abandonó la Isla en 1964, asegura que en Miami tiene una hija llamada Francisca Pupo. En Cuba, entre los escoltas y el personal que lo atendía se habla de Abel, nacido en 1983, resultado de una prolongada relación con su traductora la Coronel del Ministerio del Interior Juana Vera; sobre estas dos últimas paternidades no encuentro confirmación.

Fruto de una fugaz relación con Natalia (Naty) Revuelta Clews, el 19 de marzo de 1956 nace Alina Fernández Revuelta (nunca quiso adoptar el apellido de su padre biológico) que al marcharse de Cuba escribe un libro titulado “Alina: Memorias de la Hija Rebelde de Fidel Castro” publicado en el año 1997. En 1961 conoce a Dalia Soto del Valle con quien tiene cinco hijos: Antonio, Alejandro, Álex, Alexis y Ángel. Lo cierto es que Fidel siempre trató de mantener bajo siete llaves su vida privada. No hay biógrafo suyo que, al respecto, pueda facilitar un dato fiable. En una ocasión expresó:

«La vida privada, a mi juicio, no debe ser instrumento de la publicidad, ni de la política, ni de nada de eso, como es tan común y corriente en ese mundo capitalista que tanto detesto, y como es tan común y corriente en ese mundo politiquero, farisaico e hipócrita que tanto rechazo. Tengo esa mentalidad y he llevado esa norma durante toda mi vida. Es así, cada hombre tiene su manera de pensar y de ser. Dejemos a la historia que se encargue de esas cosas.»[10]

A modo de hipótesis se puede considerar que tanto misterio en una dirección se deba a que estaba cuidando la vida de su familia para que no fueran a ser utilizados como rehenes con algún objetivo, y en la otra, para evadir una incómoda pregunta: ¿Porque no envió a alguno de sus hijos a cumplir en “países hermanos”, alguna misión internacionalista (que casi todas eran de combate)? A la larga su desapego hacia ellos siempre pareció estar de algún modo justificado porque le funciono; no encontré reporte del más mínimo intento de secuestro a algún familiar cercano ni lejano.

De lleno en la política

En 1949, Fidel ingresa en el Partido del Pueblo Cubano (PPC) llamado también Partido Ortodoxo, desde donde dirige la facción Acción Radical, que promueve estrategias de lucha extra parlamentaria.

Emilio (Millo) Ochoa, que era presidente de los delegados en la provincia de Oriente a la Asamblea Nacional de la organización aspiraba a gobernador. Para asegurarse de ser elegido le propone a Eduardo Chibás, líder de la agrupación, pactar con otros partidos políticos que, aunque desacreditados beneficiarían su candidatura, ya que los ortodoxos de su región subordinados a él lo apoyaban. Presidida por Chibás y con la asistencia de los 26 delegados, se efectúa una reunión para discutir la propuesta y se somete a votación. La mayoría vota a favor, Fidel, no. Él argumenta de manera contraria e irrefutable, mostrándose a favor de la línea independiente del Partido Ortodoxo, finalmente se rechaza la solicitud. Ochoa, en venganza, orquestó una sarta de chismes y mentiras contra Fidel, forzándolo a continuar en la capital con sus aspiraciones políticas y tener que empezar casi de cero. Posteriormente, en otra reunión, la Asamblea Nacional del propio partido acordó por unanimidad, la prohibición de coaliciones o pactos políticos con otras agrupaciones, pues éstas, en general, no respondían a los intereses del pueblo.

* * *

El portaviones “Palau”, varios barcos barreminas y el remolcador “Papago”, todos de la Marina de Guerra de los E.U., arriban al puerto de La Habana el 11 de marzo de 1949. Ávidos, grupos de marinos bajan en busca de diversión; uno de esos grupos se reúne en el Parque Central. El marino Richard Choinsgy se trepa en el monumento que preside el conocido parque capitalino, aunque con trabajo logra pararse en los hombros de la efigie de José Martí[11] y lo utiliza de urinario público. El sargento Herbert Dave George también sube con igual propósito. Sus compañeros que lo observan se antojan de hacer lo mismo, pero hay que organizarse y hacer fila. El público que transita se detiene, les hablan en forma airada. Los marinos ríen y siguen empinándose las botellas de ron tal si fueran de agua, algunos parecen drogados. La gente, ya aglomerada, busca palos, piedras y avanzan hacia ellos para hacerles pagar caro el vandalismo. Comienza la riña y dura poco, carros patrulleros de la policía llegan al lugar y la emprenden a bastonazos, pero no contra los marinos, a ellos los rodean y protegen creando un cordón. Se les suman más policías; entonces poco a poco y seguidos por una multitud van desplazándose para llegar a la gendarmería más próxima. Por el camino cientos de personas les gritan, lanzan palos y botellas. Al llegar introducen a los marinos en el edificio y la emprenden de nuevo a bastonazos y culatazos contra el gentío, rápidamente dispersan a los protestantes.

Al otro día alguna que otra publicación con poca tirada hacía referencia al hecho, minimizando lo sucedido. La noticia se corre en la Universidad de La Habana, la FEU organiza una serie de protestas; entre los principales organizadores esta Fidel que se le ocurre hacerlas llegar hasta la embajada de los E.U. Un grupo inicia el trayecto caminando desde la Universidad hasta La Habana Vieja, donde estaba ubicada. Una vez en el lugar se paran en la entrada y gritan indignados, entonces aparece un funcionario alto, fornido y bien vestido; hay periodistas que le preguntan, en una de sus respuestas dice: “Estos no son los estudiantes cubanos. Estos son comunistas que se aprovechan para atacar a Estados Unidos”. De entre la multitud, en voz alta, alguien menciona su nombre y el cargo que ostenta en la FEU; otro lo imita, luego otro, y otro más. El funcionario no sabe qué hacer, hasta que Fidel se adelanta parándosele enfrente y hace igual que sus compañeros, además le pide que quite la bandera estadounidense hasta que los marinos fueran juzgados en Cuba. El funcionario discute con él, pero tiene que refugiarse en el edificio cuando la multitud comienza a buscar piedras. Fidel se dirige hacia donde esta el escudo estadounidense situándose debajo; uno de los manifestantes se le sube encima y trata de arrancarlo, pero no puede, hasta que llega la policía y a porrazos tienen que marcharse.

Baudilio Castellanos, participante en la protesta y estudiante de la Facultad de Derecho es golpeado ferozmente. Fidel lo lleva hasta la Casa de Socorros más cercana donde lo atienden y exige un certificado médico por lesiones. Con el certificado ambos van al Ministerio de Gobernación, y Fidel le dice al oficial de guardia que quiere acusar de atropello al Ministro de Gobernación por ser responsable indirecto de los hechos. El oficial, atemorizado, le suplica de favor que no lo perjudique pues si aceptaba la denuncia lo podrían expulsar, y que él con su “sueldecito” debía mantener a su familia. Fidel lo tranquiliza y, acompañado por Castellanos, se dirigen hacia lo que hoy sigue siendo una Estación de Policía, ubicada en Dragones y Zulueta en La Habana Vieja. Después, junto a otros compañeros, les piden asesoría a sus profesores de Derecho Penal y Procesal para continuar la acusación, además de intensificar una oleada de protestas públicas y denuncias que jamás prosperaron. Un senador, queriendo aprovechar lo que sucede para ganar votos envió al Parlamento una moción de protesta ante el gobierno de los E.U., pero nadie en el Senado lo apoyó; 29 votaron en contra, 24 se abstuvieron y únicamente obtuvo su propio voto a favor.

El embajador de los E.U., Robert Butler, ante el curso que tomaban los acontecimientos, en una reunión con periodistas pide disculpa y asegura que se castigarían a los marinos. Butler deposita una corona en el busto de Martí que los estudiantes de la FEU retiran y queman. Pasado algunos días en horas de la madrugada la flotilla norteamericana sale del puerto de La Habana. Solamente uno de los marinos es castigado: lo encierran quince días en el calabozo de su buque.

* * *

Corría el mes de septiembre de 1950. Fidel acababa de graduarse de tres carreras a la vez: Licenciado en Derecho Diplomático, Doctor en Ciencias Sociales y Doctor en Leyes. Abre un bufete junto a dos compañeros de estudios, Jorge Azpiazo y Rafael Resende, en la calle Tejadillo No. 57 de La Habana Vieja. En verdad Fidel tiene poca actividad profesional pues se encuentra muy involucrado en la política; sus asociados se dan cuenta pero manejan lo que sucede ya que debido a sus muchas relaciones públicas consigue buenos clientes que compensan los servicios gratuitos que con frecuencia brinda a personas pobres.[12] Para comenzar su labor con vista a las próximas elecciones elige el barrio habanero de Cayo Hueso, zona controlada por el barbero Adolfo Torres Romero, con quien había que contar para cualquier ajuste de las normas preelectorales por su condición de delegado y experiencia política. Fidel se hace asiduo a su salón ― que era también la casa de Adolfo ― y lleva a varios amigos comunes. Con el tiempo la relación normal entre un joven militante y un delegado conocido pasa a ser una abierta lucha política. Torres preparaba su reelección a la Asamblea Municipal. Por su parte, Fidel, despliega un intenso trabajo de proselitismo que abarca cerca de 26 hectáreas. Visitaba solares, ciudadelas y edificios multifamiliares, anunciando su futuro programa político. Así realizaba lo que hoy se le llama “visitas de terreno”; ésta modalidad de trabajo le hizo captar una fuerza electoral enorme, por estar bien dirigido hacia los potenciales electores, en contraposición al trabajo de captación de Torres que debía permanecer casi todo el día en la barbería; su posición estacionaria no le permitió competir con la dinámica que el joven candidato le estaba presentando. Veinte años después, Torres brinda su testimonio:

«(…) Fidel decide aspirar a la nominación como candidato a representante. Como la política esa tenía su mecánica, chocaba en las asambleas. Él quería ser delegado, tenía que ser delegado y empezar por La Habana, y en La Habana por un barrio. Nos planteó su deseo: sugirió asociaciones de fuerza con él y nosotros, es decir, conmigo; le aclaré que ya teníamos acoplado el barrio. Nos llevábamos bien, pero esa era la realidad; sentíamos afecto por él porque compartía con nosotros, pero le dijimos que fuera a otro barrio y que si podíamos lo ayudábamos. Parece que en otros barrios encontró dificultades y retornó a Cayo Hueso e hizo contacto con Raúl Aguiar, quien en definitiva le dio entrada con vista a su aspiración. Cuando me vine a dar cuenta tenía perforado el barrio con las iniciativas de él, de visitar a la gente, el contacto directo con los vecinos: esa es la verdad.

En cuanto a las cartas que les dirigía a los electores, recuerdo que fueron dos, una invitándolos a colaborar con él, a votar por él, y la otra dándoles las gracias por la colaboración. Fue tanto su empuje con el trabajo en las masas, que tuvimos, tuve, que darme rápido a la tarea de ver cómo salvaba mi situación, si no quedaba eliminado en la lucha política en el barrio de Cayo Hueso.»[13]

Sumado al trabajo de abogado, entre el 1950 y 1951 ejerce la labor de comentarista político en la radio y publica artículos; a veces emplea un seudónimo. En el entierro de Chibás,[14] Fidel jura vengar la muerte del líder ortodoxo enfrentando la corrupción que en vida denunció, pero que no pudo probar. A partir de ese instante inicia una investigación acerca de los negocios del presidente Carlos Prío y logra enterarse de que, en el pueblo de Santiago de las Vegas, en la capital, vivía el acaudalado Emilio Fernández Mendigutía quien había violado a una niña de nueve años de edad, y a pesar de su fortuna no pudo librarse de la cárcel. Supo también que Prío, como abogado, representó los intereses de dicho sujeto, y, una vez llegado a la presidencia le concedió el indulto. Con anterioridad, Fernández le había regalado a Prío varias haciendas que totalizaban una extensión de más de 25 caballerías,[15] regalos que despertaron en Prío un apetito voraz por poseer más y más tierras, y comenzó a comprar todos los terrenos colindantes, obligando a vender y desalojando a decenas de familias que vivían en maltrechos bohíos de guano. Pronto sus propiedades se extendían a más de 54 caballerías y siguió comprando tierras en otras provincias; en ellas fomentaba el negocio porcino, la siembra de cultivos menores, árboles frutales, la ganadería, la avicultura, fabricó aeropuertos y fastuosos palacios, dando rienda suelta a sus caprichos y fantasías. Con el dinero de las arcas estatales hizo construir carreteras que enlazaban su señorío. No conforme con lo que tenía en Cuba, movía millones de pesos hacia New York y Guatemala, invirtiendo en la edificación de condominios residenciales. Y para colmo, creó el cargo de Secretario Civil del Presidente, en el que ubica a Fernández Mendigutía, cuya responsabilidad era adquirir más tierras para él y que se las administrara.

En el Registro de la Propiedad, Fidel encuentra que estas posesiones pertenecían a la “Inmobiliaria Aricema”, cuyo dueño era Carlos Prío. Más detalles los hace públicos en tres artículos periodísticos, en uno de ellos termina diciendo:

«(…) YO ACUSO al presidente Prío de prostituir el espíritu de la gracia Presidencial, cometiendo un delito de cohecho, sancionado por el Código de Defensa Social, al otorgar el indulto de manera evidente mediante dádivas y presentes de la persona interesada, haciéndose dueño con anterioridad al indulto, de fincas que eran propiedad del indultado Emilo Fernández Mendigutía.

YO ACUSO al Presidente de la República de vulnerar todas las leyes del trabajo y las garantías de la legislación social, al someter a los obreros que trabajan en su finca a la más inicua explotación con jornadas de 12 horas de trabajo y salarios de miseria bajo la dirección de capataces militares.

YO ACUSO al Presidente de la República de mixtificar y rebajar la función de las Fuerzas Armadas de la República, convirtiendo a los soldados en caballericeros, braceros y peones de campo y sometiéndolos obligatoriamente a un trabajo esclavo valiéndose de su investidura, para ponerlos a producir en beneficio de un patrimonio particular.

YO ACUSO al Presidente de la República de fomentar el latifundismo en contra del espíritu constitucional y contribuir por su parte al desempleo crónico mediante la sustitución del obrero pagado, por el trabajo obligatorio de soldados.

YO ACUSO, por último, al presidente Prío de traicionar los altos intereses de la nación, al intervenir en el mercado como un competidor más en la producción de leche, ganado y productos agrícolas, produciendo a más bajo precio por no pagar salarios, y cuyas conveniencias como hombre de negocio estan en contradicción con sus obligaciones de hacer más barata la vida persiguiendo el agio y la especulación.

LO EMPLAZO a que responda de estos hechos ante la nación.

La Habana , enero 28 de 1952. “Día del natalicio de José Martí”

Dr. Fidel Castro»[16]

Prío no puede responder. En ese ambiente Fidel ya se había postulado por el barrio de Cayo Hueso, y continúa su campaña política por el Partido Ortodoxo para ganar un escaño en la Cámara de Representantes, uno de los dos órganos del poder legislativo. En los meses y años siguientes encontraría un amplio respaldo popular, todo lo contrario estaba sucediendo con la mayoría de la dirigencia de su partido, caída virtualmente en manos de elementos reaccionarios y maquinarias electorales; los más ricos manipulaban al electorado utilizando los tradicionales métodos de comprar votos, cambiarlos por una recomendación para tener derecho a asistir a un hospital, empleos, alimentos, etcétera, trabajo realizado por los llamados “sargentos políticos” de los aspirantes. Las elecciones fueron planificadas para el 1o de junio de 1952; de los tres candidatos, Roberto Agramonte, por el Partido Ortodoxo, era quien más posibilidades tenía de triunfar.

En esa época se encontraba en Cuba, Fulgencio Batista y Zaldívar que también era candidato, oscuro personaje que compensaba su poca inteligencia con mucha astucia. En el año 1933 había participado en varias conspiraciones que culminaron con un movimiento cívico-militar. De sargento telegrafista fue ascendido de un día para otro a coronel-jefe del Ejército; manteniéndose tras bambalinas otorgó la presidencia de la República a distintos hombres de su confianza. Finalmente, en 1940, él mismo gobierna hasta 1944. Al ser sustituido por Ramón Grau San Martín, Batista se traslada a la Florida, en los E.U. En 1946 publica en México su libro titulado “Sombras de América” y en 1960 otro llamado “Respuesta” (algunos historiadores aseguran que pagó un buen precio para que se los escribieran, pero no hay pruebas de ello). Viviendo en los E.U. se postula y es elegido senador por la provincia de Las Villas. Regresa a Cuba ya senador en 1948. Años después desde esa posición se dispone a preparar su candidatura a la presidencia para las elecciones venideras.

Fidel, que siempre gozó de una afinada intuición para anticiparse a eventos políticos, se da cuenta de lo que a muchos, por entonces, no le podía siquiera pasar por la mente o no tenían valor para expresarlo. Era cierto que Batista ya había obtenido casi todo a lo que un mortal podría aspirar, pero necesitaba más, la separación de su primera esposa le había costado 4 millones de pesos, y sus opciones políticas eran nulas. Encuestas de sondeo lo situaban en último lugar de entre los tres aspirantes. Fidel está convencido de que daría otro golpe de Estado, y lo explica con insistencia entre los miembros de su partido, también les recuerda que desde principios del año 1951 había rumores de que Batista maquinaba con mucha intriga algo que nadie acertaba a saber bien qué era. Le solicita a Roberto Agramonte que le permita hablar en el espacio radial “La hora ortodoxa” para fundamentar sus sospechas sobre la posibilidad del golpe de estado. Pero Agramonte pide pruebas, la directiva del partido piensa de igual manera negándole la solicitud. Fidel era uno de los pocos jóvenes dentro del Partido Ortodoxo cuyos argumentos eran tan sólidos que cada vez que hablaba o publicaba un artículo era mirado con recelo por los viejos lobos de la politiquería; éstos aprovecharon la ocasión para restarle crédito.

En la madrugada del 10 de marzo de 1952, a casi 80 días antes de las elecciones presidenciales, mientras que el presidente Prío salía del vórtice de una resaca de cocaína, Fulgencio Batista, junto a otros militares de alta graduación, de madrugada, entraron por la posta 4 de la fortaleza militar de “Columbia” ubicada en la capital. Allí se reúne con la oficialidad conspiradora que, desde hacía tiempo, ejecutaba un trabajo previamente planeado. Hubo oficiales asombrados, pero también hubo promesas de mejoría. Batista arengaba a las tropas y éstas rápidamente se les subordinaban. Acto seguido, utilizando similar método toma los cuarteles más importantes: “La Cabaña”, la Jefatura Nacional de Policía y la Jefatura de la Marina de Guerra. Así protagoniza su segundo golpe de estado, asumiendo el control absoluto del gobierno y del Ejército, por pretexto alega una serie de argumentos poco creíbles; en verdad se ha valido de su gran influencia dentro de la estructura del aparato militar, otorgando grados y estableciendo privilegios. Con este golpe bien pensado en pocas semanas esos hampones estudiantiles relacionados con políticos fueron desplazados por otros de traje y corbata, más unidos y violentos, también con mucho más dinero. Se llamaban San Giacana –ex chofer y heredero de Al Capone–, Frank Costello, Albert Anastasia, entre otros que pertenecían a la mafia norteamericana, todos estos personajes llegarían a ser tristemente célebres. El antiguo lema de la UIR “La justicia tarda, pero llega” fue sustituido de inmediato por el de “Hagan juego, señores”.

En la capital y todas las provincias la tranquilidad fue total, los comentarios en la calle se limitaron a comentar acerca de la “valentía” de Batista y el futuro del país. Más tarde se comprobó que desde la posición de senador llevaba cerca de un año fraguando su asalto al poder. El ex presidente Prío se tiene que asilar en la embajada de México, marchando al exilio con su familia. De inmediato, Batista realiza importantes reformas en las Fuerzas Armadas que le ayudan a consolidar el acto inconstitucional. Igualmente, establece un riguroso control sobre el manejo de la información, tanto a nivel público como interno de gobierno, lo que permite a sus órganos represivos actuar con entera impunidad.

A Fidel los acontecimientos no lo habían tomado de sorpresa, aunque erradamente cree que todos los partidos se unirán para liquidar al régimen de facto. Pero el tiempo corre y nada sucede, simplemente alguna que otra declaración cuidadosa para no ofender al nuevo mandatario. El golpe de Estado no encontró oposición por parte del movimiento obrero ya que, como institución de masas estaba desposeída de verdaderos dirigentes, cuya “Central de Trabajadores” era dominada por una claque mafiosa impuesta a decretos y fácilmente plegable a los dictados del gobernante de turno.

En respuesta al golpe de Estado, Fidel publica con el seudónimo de Alejandro un articulo titulado “Revolución no, zarpazo”, en el que ataca duramente a Batista. Pero al nuevo gobierno le preocupaba más los partidos que manejaban millones de pesos y tenían armas; en ese sentido circula dentro de sus cuerpos de inteligencia una directiva para incrementar la penetración de estos. Por otro lado, los artículos de Fidel habían desprestigiado al depuesto Prío, y eso le había allanado el terreno a Batista evitándole protestas. Los estudiantes, entiéndase la FEU, fueron los únicos capaces de ofrecer alguna oposición, pero sin más apoyo ni recursos que su tradicional rebeldía. El Partido Ortodoxo, por su parte, se había convertido en un mar de dudas y vacilaciones, y perdía el tiempo en discusiones bizantinas y querellas personales. Una prueba de ello es la declaración emitida el 16 de marzo de 1952.

«(…) Declaramos que el Partido del Pueblo Cubano (ortodoxos) no puede considerar más solución que la siguiente:

1) La formación inmediata de un gobierno inequívocamente neutral y por tanto totalmente ajeno a la influencia directa e indirecta de Fulgencio Batista.
2) El restablecimiento inmediato de todas las garantías constitucionales por ese Gobierno.
3) La convocatoria inmediata, en un ambiente de absolutas garantías a elecciones para todas las magistraturas políticas nacionales y provinciales que proceda, de manera que puedan ser ocupadas en las fechas que señala la Constitución y la Ley, por los mandatarios que el pueblo libremente elija (…)

Y, en uno de los últimos párrafos dice:

Integremos y movilicemos este Frente Cívico Nacional para todas las formas activas y pasivas de “resistencia adecuada” que la Constitución autoriza. Sólo así podremos llegar al 20 de mayo próximo, sin sentir en nuestras mejillas de cubanos el bochorno de haber traicionado o abandonado las más altas consignas de la patria.»[17]

Eso era todo. La “resistencia adecuada” que después la llaman en voz baja “Campaña de Resistencia Cívica”, realmente son orientaciones a la ciudadanía para que no pagara impuestos y redujera al mínimo los gastos y compras que no fueran indispensables. El joven Fidel, en un acto de aparente fe, acude a las vías pacificas del derecho establecido en el Código de Defensa Social, y desde su bufete impugna contra la ilegalidad del golpe de Estado, presentando los hechos a consideración del Tribunal de Urgencia, según establecía la ley:

«AL TRIBUNAL DE URGENCIA

Fidel Castro Ruz, Abogado, con bufete en Tejadillo No.57, ante ese tribunal de justicia expone lo siguiente:

(…) En la madrugada del 10 de marzo, un senador de la República, traicionando sus propios fueros y atribuciones, penetró en el campamento militar de Columbia, previo concierto con un grupo de oficiales del Ejército.

Auxiliados por la noche, la sorpresa y la alevosía, detuvieron a los jefes legítimos asumiendo sus puestos de mando, tomaron los controles, incitaron a la sublevación a todos los distritos, e hicieron llamada general a la tropa que acudió tumultuariamente al polígono del campamento donde la arengaron para que volvieran sus armas contra la Constitución y el Gobierno legalmente constituido.

La ciudadanía que estaba ajena por completo a la traición, se despertó a los primeros rumores, de lo que estaba ocurriendo. El apoderamiento violento de todas las estaciones radiales por parte de los alzados, impidió al pueblo noticias y consignas de movilización para la resistencia.

Atada de pies y manos, la nación contempló el desbordamiento del aparato militar que arrasaba la Constitución, poniendo vidas y haciendas en los azares de las bayonetas.

El jefe de los alzados, asumiendo el gobierno absoluto y arrogándose facultades omnímodas, ordenó la suspensión inmediata de las elecciones convocadas para el primero de junio.

Las más elementales garantías personales fueron suspendidas de un borrón.

Como un botín fueron repartidas todas las posiciones administrativas del Estado entre los protagonistas del golpe. Cuando el Congreso pretendió reunirse acudiendo a la convocatoria ordinaria, fue disuelto a tiro limpio.

En la actualidad estan llevando a cabo la total transformación del régimen republicano, y planean la sustitución de la Constitución Nacional, producto de la voluntad del pueblo, por un mamotreto jurídico engendrado en los cuarteles a espaldas de la opinión publica.

Todos estos hechos estan previstos y sancionados de manera terminante y clara por el Código de Defensa Social en su artículo 147 según el cual será sancionado con privación de libertad de seis a diez años el que ejecutare cualquier hecho encaminado directamente a cambiar en todo o en parte por medio de la violencia, la Constitución o la forma de Gobierno establecida. Y, además, son de aplicación los siguientes preceptos:

Art. 148. Se impondrá una sanción de privación de libertad de tres a diez años al autor de un hecho dirigido a promover un alzamiento de gentes armadas contra los Poderes Constitucionales del Estado.

b) La sanción será de privación de libertad de cinco a veinte años, si se lleva a efecto la insurrección.

Art.149. El que ejecutare un hecho con el fin determinado de impedir en todo, o en parte, aunque fuere temporalmente al Senado, a la Cámara de Representantes, al Presidente de la República o al Tribunal Supremo de Justicia, el ejercicio de sus funciones constitucionales incurrirá en una sanción de privación de libertad de seis a diez años.

b) El que tratare de impedir o estorbar la celebración de elecciones generales o plebiscitos, incurrirá en una sanción de privación de libertad de cuatro y ocho años (…)

Por todos estos artículos y otros más que sería prolijo enumerar el señor Fulgencio Batista y Zaldivar, ha incurrido en delitos cuya sanción lo hacen acreedor a más de CIEN AÑOS DE CARCEL.

No basta con que los alzados digan ahora tan campantes que la revolución es fuente de derecho, si en vez de revolución lo que hay es “restauración”, si en vez de progreso “retroceso”, en vez de justicia y orden, “barbarie y fuerza bruta”, si no hubo programa revolucionario, ni teoría revolucionaria, ni prédica revolucionaria que precedieran al golpe: politiqueros sin pueblo, en todo caso convertidos en asaltantes al poder. Sin una concepción nueva del Estado, de la sociedad y del ordenamiento jurídico, basados en hondos principios históricos y filosóficos, no habrá revolución generadora de derecho. Ni siquiera se les podrá llamar delincuentes políticos; para Jiménez de Asúa, el maestro de los penalistas sólo merecen ese concepto “aquellos que luchen por un régimen social de catadura avanzada hacia el porvenir” nunca los reaccionarios, los retrógrados, los que sirven intereses de camarillas ambiciosas: esos serán siempre delincuentes comunes para quienes jamás estará justificado el asalto al poder.

La actuación de ese tribunal ante los hechos relacionados tendrá una alta significación para el pueblo de Cuba. Evidenciará si es que sigue funcionando con plenitud de facultades, si es que no se ve imposibilitado del mismo modo el Poder Judicial. Bueno sería que el Tercer Poder del Estado diera señales de vida cuando los otros dos han sido decapitados, si es que no se ha decapitado del mismo modo el Poder Judicial.

Al Tribunal de Urgencia se lleva a un ciudadano cuando se le acusa de sedición o de cualquier otro delito de su competencia, se le juzga y si resulta probado se le condena.

Así lo ha hecho muchas veces.

Si se niega a comparecer se le declara en rebeldía y se tramitan las ordenes pertinentes.

De los delitos cometidos por Batista, los que resultan comprendidos en los artículos 147, 148, 235 inc. 1 y 2, 236 y 240, son de la competencia del Tribunal de Urgencia, no sólo porque se deduce perfectamente del artículo 32 del Decreto-Ley 292 de 1934 que crea ese tribunal, sino también porque así lo estableció de manera clara y terminante la Sala de la Audiencia de La Habana por acuerdo del 14 de octubre 1938, aceptado plenamente en la práctica.

Si frente a esta serie de delitos flagrantes y confesos de traición y sedición no se le juzga y castiga, ¿cómo podrá después ese tribunal juzgar a un ciudadano cualquiera por sedición y rebeldía contra ese régimen ilegal producto de la traición impune? Se comprende que eso sería absurdo, inadmisible, monstruoso a la luz de los más elementales principios de justicia.

No prejuzgo el pensamiento de los señores magistrados, sólo expongo las razones que fundamentan mi determinación de hacer esta denuncia.

Acudo a la lógica, palpo la terrible realidad, y la lógica me dice que si existen tribunales, Batista debe ser castigado, y si Batista no es castigado y sigue como amo del Estado: Presidente, Primer Ministro, Senador, Mayor General, Jefe Civil y Militar, Poder Ejecutivo y Poder legislativo, dueño de vidas y haciendas, entonces no existen tribunales, los ha suprimido. ¿Terrible verdad?

Si es así, dígase cuanto antes, cuélguese la toga, renúnciese al cargo: que administren justicia los mismos que legislan, los mismos que ejecutan, que se siente de una vez un cabo con una bayoneta en la sala augusta de los magistrados. No cometo falta alguna al exponerlo así con la mayor sinceridad y respeto; malo es callarlo (…)

La Habana , marzo 24 de 1952.

Fidel Castro Ruz»[18]

Después de este documento Castro tuvo entonces que pasar a la clandestinidad. Las persecuciones fueron constantes. De inmediato no podía acercarse a alguien para solicitar ayuda económica o alojamiento; su vida se estaba arrimando a la de un indigente.[19] Batista, que entonces comenzaba a tomar en serio al valiente joven, había enviado a unos cuantos matones para hacerlo desaparecer definitivamente. Muy escasas amistades lo ayudaron, pero también poco a poco le fueron cerrando las puertas a medida que el hostigamiento y las abusivas represalias de los esbirros del SIM se intensificaban con los que de algún modo se habían relacionado con él. Por otro lugar, Fidel evitaba acercarse a su familia para que no se ensañaran con ella, aunque sus relaciones con esta no eran muy buenas que digamos.

El joven había apelado con un recurso jurídico y espera respuesta al documento, pero fue desestimado; la ley no funcionaba y curiosamente, por segunda vez, el gobierno norteamericano apoyaba a los golpistas. Era lo que necesitaba para terminar de convencerse de que las vías pacíficas se habían agotado.

Inicios de la “Guerra de Liberación”

Los acontecimientos motivaron un dilatado proceso de decantación de posiciones y ácidos debates dentro del Partido Ortodoxo, y duró meses. Se respiraba entre ellos mucho miedo al enfrentamiento directo al régimen. Las pugnas entre “pacifistas” e “insurreccionales” llegaron a adquirir características tumultuarias, como la riña con la cual culminó una reunión efectuada en el local de la “Sociedad Artística Gallega”, en la capital. Ese día ocurre allí una verdadera polarización de fuerzas que sería decisiva para el futuro del país. Fidel, en medio de la discusión pide calma, luego pronuncia unas palabras neutrales ― algo poco frecuente en él ― pero que terminan con una frase significativa:

«(…) Vamos a hacer la revolución nosotros mismos; esta revolución no puede hacerse con toda esta serie de politiqueros.»[20]

Y se marcha de la instalación; mientras avanza hacia la puerta de salida mira con desprecio a algunos “pacifistas”, los “insurreccionales” lo siguen.[21] Fue así que un joven de apenas 24 años inicia la última “Guerra de Liberación Nacional”. Si bien deseos no le faltan, no rompe definitivamente con el Partido Ortodoxo; sabe que, por su condición de candidato a la Cámara de Representantes tiene acceso a la localización de todos los miembros de su partido, y por medio de ellos conoce a gente muy valiosa que tal vez lo seguiría, y no se equivoca. Más, ante la pasividad del Partido Ortodoxo y demás organizaciones políticas, comienza a preparar una sublevación. Durante un año, junto a un grupo pequeño de seguidores recorre las principales ciudades del país. La intención era crear células de combate. Así inicia y funda “El Movimiento”, como se llamó al principio, el cual tenía carácter secreto y selectivo, su membresía procede de entre los sectores más humildes: obreros, campesinos, gente preferentemente joven y desvinculada a la maquinaria política tradicional. Por norma la organización no acepta dinero de personas acaudaladas, si no estan dispuestas a participar físicamente en la lucha, medida que retrasó la adquisición de armas y, por consiguiente, las acciones.

“El Movimiento” llegó a tener células en casi todas las provincias del país, y estaban integradas desde uno a quince hombres y mujeres cuya función era recopilar información, obtener armas, realizar sabotajes, atentados a sicarios e informantes (llamados en Cuba despectivamente por “chivatos”), la impresión clandestina de publicaciones contestatarias, organizar protestas, cotizar, etcétera. Por lo general seguían determinadas normas de seguridad para relacionarse entre sí, de estricto cumplimiento y eficaces, de manera que si el SIM lograba penetrar y desarticular alguna célula era muy difícil continuar hasta la punta de la pirámide de mando.

El plan central era provocar varias acciones armadas de gran envergadura, apoyadas al mismo tiempo por movilizaciones del pueblo, y en caso de fracasar, marchar a las montañas para iniciar una guerra irregular. Las células en verdad se pudieron activar casi tres años después de creadas, para actuar en forma de guerrillas urbanas. Pero de ellas Fidel selecciona a varios miembros para acciones más inmediatas, y creó dos comités: uno militar que comandaba él mismo, y otro civil al mando de Abel Santamaría Cuadrado, segundo jefe a nivel nacional. Con ese propósito “El Movimiento” planifica en el año 1953 tomar la fortaleza militar “Guillermo (Guillermón) Moncada”, la segunda de importancia en el país, ubicada en Santiago de Cuba, provincia de Oriente. Es elegida a pesar de su extensión, el armamento que posee y la gran cantidad de soldados que la defienden, la decisión se soporta en que el cuartel esta rodeado de montañas, lo que retardaría el apoyo que podría recibir por tierra. Una vez tomada caerían con más facilidad las estaciones de la Policía Nacional, la Policía Marítima, y una emisora de radio cercana desde donde deben movilizar al pueblo. Para sostener la misión principal otro grupo se encargaría de ocupar un cuartel más pequeño, ubicado en la ciudad de Bayamo; desde esa posición podrían dominar las comunicaciones terrestres con el oeste, donde se encuentra la capital.

Una granja situada en las afueras de la ciudad de Santiago es alquilada con el pretexto de fomentar la cría de pollos; en ella son escondidas las pocas armas que han podido comprar, en su mayoría fusiles calibre 22 y escopetas de caza. Los uniformes que confeccionan y usan son como los del Ejército, casi todos con el grado de sargento. La dirección del Movimiento decide efectuar el ataque el día 26 de julio de 1953, un domingo de carnaval, para no despertar sospechas ante el desplazamiento por la ciudad de tantas personas de otras provincias. El grupo dirigido por Fidel atacaría la parte más custodiada de la fortaleza. Otros dos grupos comandados respectivamente por Abel Santamaría y Raúl Castro, deberían tomar edificios relativamente cercanos: el Hospital Civil y el Palacio de Justicia donde radicaba la Audiencia; desde su azotea apoyarían la acción principal.

Fidel le había pedido al poeta Raúl Gómez García que escribiera el “Manifiesto del Moncada”. El documento califica la acción a realizarse como una continuación de la lucha por la plena libertad de la patria, relacionándola con las guerras por la independencia que libraron importantes próceres cubanos contra los colonizadores españoles en el siglo XIX; también explica los objetivos del Movimiento y hace un llamado a la dignidad y decoro del pueblo. El joven, además, había escrito para la ocasión un bello poema, hoy conocido por “Ya estamos en combate”, y lo lee emocionado. Por último, Fidel dirige a todos unas breves palabras:

«Compañeros:

Podrán vencer dentro de unas horas, o ser vencidos, pero de todas maneras, ¡óiganlo bien, compañeros!, de todas maneras el movimiento triunfará. Si vencemos mañana, se hará más pronto lo que aspiró Martí. Si ocurriera lo contrario, el gesto servirá de ejemplo al pueblo de Cuba, a tomar la bandera y seguir adelante. El pueblo nos respaldará en Oriente y en toda la Isla. ¡Jóvenes del centenario del Apóstol como en el 68 y en el 95, aquí en Oriente damos el primer grito de Libertad o Muerte!

Ya conocen ustedes los objetivos del plan. Sin duda alguna es peligroso y todo el que salga conmigo de aquí esta noche debe hacerlo por su absoluta voluntad. Aún estan a tiempo para decidirse. De todos modos, algunos tendrán que quedarse por falta de armas. Los que estén determinados a ir den un paso al frente. La consigna es no matar, sino por última necesidad.»[22]

Dos grupos de ocho hombres vacilan, se niegan a participar, supuestamente porque aquellas armas “no son suficientes” y les permiten que regresen a sus hogares. Ninguno delató a los futuros asaltantes. Entonces es cuando Fidel y Abel explican el plan, sólo ellos conocían el lugar que atacarían. A las tres de la madrugada, Fidel, acompañado, visita la casa del periodista Luis Conte Agüero; quiere llevárselo para arengar al pueblo cuando tomara la radioemisora. Lo recibe Isidra, madre de Conte, ella le explica que su hijo desde hacía varios días se había marchado para La Habana con la “Cadena Oriental de Radio”, de la cual era su locutor insignia. Pasados seis años Conte Agüero se convertiría en uno de los más importantes biógrafos del líder, también en su enemigo político y marcha al exilio.

Regresan a la granja. Y, a las cuatro de la madrugada comienzan a salir los 14 autos que trasladaban a más de 100 hombres y a las únicas dos mujeres: Haydée Santamaría y Melba Hernández. Los grupos que dirigen Abel y Raúl cumplen la misión. El grupo comandado por Fidel sólo puede llegar hasta la posta tres y desarmarla porque inesperadamente se les aproxima una patrulla de recorrido iniciando la balacera que alerta al cuartel. Una ametralladora calibre 50 que no puede ser neutralizada paraliza el asalto. Los atacantes no disponen de las armas con mayor poder de fuego porque ha ocurrido un hecho algo extraño: ni los hombres ni los autos encargados de llevarlas al lugar aparecieron. En una entrevista Fidel justifica a sus compañeros diciendo que se perdieron porque no conocían la ciudad, pero entre ellos siempre cundió la duda sobre la posibilidad de muchas deserciones de última hora.

Al inicio el combate esta definido por la toma de posiciones, pero poco a poco van incorporándose más y más soldados de la dotación, bien armada y entrenada. La confrontación se recrudece por minutos. Una vez anulado el factor sorpresa los asaltantes con menos hombres de lo previsto y menos poder de fuego hace que el ataque se asemeje a un sacrificio colectivo, por lo que a Fidel no le queda otro remedio que hacer sonar el silbato para indicar la retirada, además tiene que organizarla. En el mismo momento, el otro ataque planificado, al cuartel de Bayamo, también fracasa; 12 de los 27 asaltantes son ultimados y el resto puesto en fuga. Inmediatamente Batista decreta el estado de sitio, vuelve a suspender las garantías constitucionales, clausura el periódico “Hoy”, acentúa aún más la censura en los medios informativos y otorga nuevas facultades a sus soldados para actuar con entera impunidad. Cuando es informado de que en los combates del “Moncada” el Ejército tuvo 19 fallecidos y 30 heridos, y que solamente hay 8 muertos por parte de los asaltantes, ordena furioso que por cada soldado hay que matar a diez de aquellos “revoltosos” para de esa forma “devolver la dignidad al Ejército”.

El SIM, la Policía y el Ejército que entre sí no se llevaban bien por cuestiones de salarios y celos profesionales, se unen entonces para montar un inmenso cerco alrededor de la ciudad de Santiago. En las calles hay un gran despliegue de tropas, cualquiera es detenido, algunos son llevados al mismo cuartel “Moncada” donde hay atacantes que no pudieron salir, allí mismo son apresados; la matanza comienza a funcionar. Por norma cualquier sospechoso es trasladado a una cámara de tortura e interrogado para que delate a sus compañeros, seguido lo matan; por último, preparan el cadáver para ocultar las vejaciones y que parezca muerto en combate. Entonces la cifra de asaltantes fallecidos fue aumentando, ese mismo día llegó a 33, 43 el segundo, y así progresivamente. Nueve personas que no tenían nada que ver con los hechos también las asesinaron. De los asaltantes heridos en los primeros siete días, cinco pueden sobrevivir y los que escaparon dentro de la ciudad fue porque civiles a riesgo de sus propias vidas los ayudaron a esconderse. Otros, unos 18 que pueden huir, entre ellos Fidel, regresan en distintos autos a la granja, pero tienen que marcharse rápidamente. El comandante de la revolución Juan Almeida Bosque, participante en los hechos, narraría:

«Ahora recuerdo que a la Granjita llegamos un puñado de hombres en un auto que traía más de lo habitual. Regresábamos del Moncada por aquella carreterita estrecha de Siboney. Estábamos cansados, agotados y sin parque. Después llegaron otros carros más.

Entramos a la casa de mampostería pintada de blanco y rojo, con portal, puertas y ventanas, techo de tejas. En las colchonetas que habíamos dejado sobre el piso acostamos al compañero herido, le examinamos la herida. Miré todo aquello nuevamente, quizás por última vez. Todo estaba regado, las cajas abiertas donde venían los uniformes y algunas armas, otras las sacaron del pozo y del falso techo; papeles dispersos, tal y como los habíamos dejado por la madrugada cuando salimos para el Moncada.

(…) Salimos caminando por un sendero hasta la portada de madera que divide el patio de la calle. Estaba abierta y la cruzamos. Todo se veía tranquilo y desierto. Levanté la vista y en la profundidad vi una casa bajo una arboleda y frente a ella una cerca de tres pelos de alambre de púas. Al llegar a ésta bajé uno con el pie, subí el otro con la mano derecha, en la otra el fusil. Pasó un compañero, después otro y otro más. Este último aguantó los alambres que me permitieron el paso. El resto lo hizo cada cual por donde pudo. Ahora teníamos delante la loma, y había que subirla sin saber por donde coger para llegar al firme y allí orientarnos. Eso era lo primero, pues ninguno de los que íbamos conocíamos el lugar, así que a subir, subir, y arriba indagar con las primeras personas que nos encontráramos para después decidir el rumbo.

Ya llevábamos caminando largo rato, bajo el sol fuerte de la mañana, por potreros de yerba guinea y aroma. Había árboles, pero no eran muy frondosos, teníamos sed y estábamos agotados. Ya más agrupados, ordenaron hacer un alto, pues uno de los nuestros había quedado rezagado. Pregunté quién era. Dijeron un nombre pero no sé, no lo conocía, muchos nos conocimos al reunirnos para la acción. De los diecinueve conocía a cinco o seis. Continuamos.

Al rato avisaron de la presencia de una casa. Unos compañeros se acercaron para indagar mientras el resto quedamos ocultos. Regresó uno de los que fueron e informó que había una señora sola. Salimos todos con precaución detrás de él, a prudencial distancia.

Llegamos al bohío. Tenía piso de tierra, paredes de yagua, techo de guano, sin portal, dos habitaciones, una de dormitorio, otra de comedor y cocina. Había contados muebles en mal estado. Sobre el fogón un colador, un jarro con café y pequeñas laticas como jarritos a su alrededor. Una señora mayor estaba trajinando, nos dio café y cigarros como hizo con los anteriores, los distribuimos. Hacía rato que no ingeríamos alimentos, no recuerdo la hora en que habíamos comido por última vez. Tenía la boca, reseca pues el calor era sofocante. Tampoco sabía qué día era, había perdido la noción del tiempo, todo había pasado tan rápido o tardado tanto, no sé. Eran como las doce del día y el sol estaba en el cenit. Oí cuando le preguntaban a la señora si tenía radio o donde podían oír noticias. Dijo que el de ella estaba roto y no sabía cómo estaba el de su vecina, vivía lejos.

Le preguntaron por los hombres de la casa y dijo que estaban fuera y no volverían hasta por la tarde. Estaba sola con su nieto, que había ido por agua al arroyo. Le preguntaron si él podía enseñarnos el camino. Contestó que sí, pero que aún tardaba un poco.

Decidimos continuar solos y nos pusimos en marcha. Tomamos un sendero por una zona árida. Seguía el calor sofocante. La yerba se veía seca, calcinada. Caminamos con precaución y lentitud, pues traíamos un compañero herido de bala en una pierna y otros que caminaban con dificultad. La mayoría, aunque estábamos entrenados, no era para grandes marchas. Practicamos con disciplina, pero no con el rigor que ahora era necesario para enfrentarse a la montaña, y escalar ésta no es cosa de juego. Se desesperaba uno al ver que no llegaba nunca, y al final, después del arribo, la bajada para volver a subir. Esto era desesperante, pues uno pensaba que cuando llegaba arriba ya se mantenía por un camino alto, pero había que bajar para volver a subir otra vez. Así es el terreno en las montañas. ¡Que bueno sería si nos quedáramos arriba!

Al rato de estar caminando avisaron que paráramos. Se acercó un jovencito diciendo que era el nieto de la señora del bohío, que lo enviaba para guiarnos hasta bien adelante. Fidel habló con él y continuamos. Al final nos dejó en un sendero arbolado. Le pedimos que guardara silencio sobre la ruta que llevábamos, La Gran Piedra (…)» [23]

Siguen moviéndose hasta alcanzar el punto más alto de esa loma y desde allí contemplan la ciudad de Santiago; la intención del grupo era llegar a las montañas, pero siempre se perdían. Por el camino unos se habían quedado rezagados al no resistir la marcha, y otros porque tienen que cuidar a los heridos que requieren atención médica urgente. De todos ellos muy pocos pudieron escapar, el Ejército los fue capturando uno a uno. Almeida continúa su relato:

«Nos acercamos despacio, llegamos con precaución, lo cercamos y entramos. Dentro, un hombre joven como nosotros o más, junto a un fogón de tres piedras, sobre el cual, en un calderito de hierro, calentaba un poco de arroz con frijoles.

Después entró el resto. Se le hicieron preguntas sobre el Moncada, la zona. Nos dijo que estábamos cerca de la carretera de Siboney. Nosotros creíamos que estábamos más lejos y esto nos incomodó. Tantos días caminando y estábamos cerca del punto de partida.

― ¿Qué noticias hay? - le preguntamos.

Respondió hablando despacio. Nos brindó de comer, y con la misma cuchara y del mismo caldero comimos todos, los ocho.

Fue como engañar el estómago, pues después el hambre sería mayor, ya que durante el día habíamos estado a base de mangos verdes. Nos dijo que los guardias estaban cerca, como a un kilómetro, y nos mostró el lucerío del lugar. Esto lo complicaba todo, porque era como empezar de nuevo. Tanto caminar y en el mismo sitio, y todos estos contornos ahora con más vigilancia, me repetía desanimado sin expresarlo a los demás compañeros.

Le preguntamos donde podíamos comprar o conseguir algo, y como contestó que en la casa del dueño de la finca, salimos tras él hasta una cañada que cruzaba cerca de la vivienda. Todavía corría el agua por la cañada y nos quedamos en su borde. Él siguió solo.

Nos intranquilizamos porque tardaba en regresar con respuesta, y estábamos a treinta o cuarenta metros de la carretera de Siboney, pues escuchábamos el ruido de los motores de los carros que cruzaban por ella. Por precaución nos movimos del lugar y sólo uno quedó más cerca para avisar el regreso del campesino. Por fin apareció en la oscuridad como una sombra, silbando una y otra vez. Salió el que estaba más cerca, y después nosotros nos acercamos. El joven venía solo, y medio que se incomodó porque no nos encontraba a todos juntos y donde él nos había dejado; nosotros también con él porque no traía al dueño de la finca. Informó. Le habían dicho que después que se acostaran las mujeres de la casa, vendría un hijo del dueño. Le dijimos que volviera a la casa y les insistiera que queríamos hablar con el dueño de la finca. Se fue otra vez, y al regresar nos pidió que subiera uno solo de nosotros para hablar con el de la casa. Nos dejó pan, galletas, chorizos y un litro de leche.

Salió Fidel, y detrás nos fuimos acercando nosotros. Entonces el hijo del dueño salió de detrás de un árbol. Nos dijo que tuviéramos cuidado pues todo aquello estaba lleno de guardias, que allí no podíamos quedarnos. Le preguntamos cómo estaba la situación en Santiago de Cuba, cuál era la reacción de la población ante la cantidad de nuestros compañeros asesinados. Nos contestaba sin mucho conocimiento de lo acontecido, o quería ignorarlo. Sólo decía:

― Muchos muertos, muchos muertos –añadiendo con mucha pena–. ¡Todos tan jóvenes!

Seguimos preguntándole cómo podíamos salir de allí, si había medios para hacerlo, a quienes conocía él, si tenía algún vehículo. Dijo tener un camión, pero que era muy riesgoso y difícil salir en él, que era imposible. Entonces relató que el día antes algunos de los atacantes se habían entregado a las autoridades. Hablamos largo rato con aquel hombre y no encontrábamos una solución. El sólo hablaba de las instituciones cívicas y religiosas, y aseguraba que podía hacer contacto con el Arzobispo[24] de Santiago de Cuba.

Aparte, nos pusimos a conversar la situación precaria en que nos encontrábamos, y decidimos separarnos en dos grupos de cinco y tres compañeros. A través del hijo del dueño de la finca, nuestro grupo haría contacto con el Arzobispo, y le pedimos que lo localizara esa misma noche para verlo por la mañana bien temprano.

Con el campesino joven regresamos (…) escondimos las armas y las balas dentro de un tronco hueco. Le echamos yerbas, lo disimulamos bien, y nos recostamos un rato. Dormimos, pero como a la hora nos despertamos, nos despedimos de Fidel y de los dos que quedaban con él, y nos marchamos.

Entonces tomé conciencia de que todo cuanto pudo hacerse se había hecho. Pensaba en los guardias merodeando y vigilando por toda la carretera de Siboney a Santiago, y que pronto estarían por aquellas lomas, si no estaban ya. ¡Y nosotros sin armas apropiadas para combatirlos allí en las montañas, desconocedores del terreno, pues después de haber caminado tanto estábamos en el mismo sitio, casi sin ropas, con los zapatos destruidos y sin guía! Ya lo único que quedaba era encontrarnos con el religioso para ver cómo podíamos salir de aquellas montañas y del país. Con este pensamiento emprendimos otra vez la marcha hacia abajo. Empezaba a disiparse una densa neblina, y bajábamos por el mismo camino por el que habíamos subido.

Ya en un potrero vimos al Arzobispo, de constitución gruesa, con solideo, recogiéndose la sotana con una mano y sosteniendo un crucifijo en la otra. Trataba de cruzar sin lograrlo, la cerca del lindero de la finca, a cuatro metros de la carretera, mientras otro le separaba los alambres de púas para que pasara. En ese momento vimos también a los guardias que se acercaban y nos hacían fuego a la vez que gritaban:

― ¡Ríndanse, ríndanse!

El Arzobispo también grito:

― ¡No os mateis, no os mateis!

Nosotros, al escuchar los tiros, nos tiramos al suelo ante la cantidad de proyectiles que pasaban y caían a nuestro lado. Entonces el religioso gritó nuevamente:

― ¡Los quiero vivos, por Dios, los quiero vivos, por Dios, por Dios!

Los soldados volvieron a disparar, después cesaron.

― ¡De pie con los brazos en alto! –gritaron nuestros atacantes.

Estaban nerviosos. Nos levantamos con las manos en alto, uno primero, luego otro, los cinco.

― ¡Las manos detrás de la cabeza! –gritó un soldado.

Pusimos las manos detrás de la cabeza y avanzamos con recelo. Continuamos en pie, separados uno de otro.

Ya el Arzobispo había logrado cruzar la cerca y avanzaba con otras personas, entre ellos el hijo del dueño de la finca.

Uno de los guardias se adelantó y tiró dos culatazos uno a su izquierda y otro a su derecha, para Mestre y para mí. Otro culatazo más al que estaba más adelante que nosotros.

Entonces el Arzobispo le gritó:

― ¡Basta, hombre, basta! ¡Son muchachos!
― Quítese usted –le dijeron los guardias-. Estos se van con nosotros.

El Arzobispo quedó allí, como un árbol enraizado, sotana negra con fajín, solideo morado, y el rostro rojo de incomodidad. Así lo vi por última vez.

De arriba trajeron a Fidel y los otros dos para volver a ser ocho, y nos condujeron hacia la carretera y de allí al poblado de Sevilla, que está a unos pasos. En una casa de portal corrido nos sentaron provisionalmente, pidieron soga y nos amarraron por las muñecas, con las manos delante. ¡Que triste, qué humillante vernos así amarrados, vejados y empujados! ¡Es denigrante! Para los hombres de honor y principios que combaten frontalmente por un ideal consagrando su vida a la lucha contra la injusticia, es preferible la muerte en esos instantes que sufrir humillación. Esto no se puede y no se olvidará jamás. Así nos sentimos.

Al de la finca donde estábamos le ordenaron que trajera el camión. Llegó al rato el camión, de cabina y cama sin barandas. A Fidel lo montaron delante con el oficial y partimos para la ciudad.

Por la carretera, una caravana de vehículos con un fuerte contingente de soldados avanzó a nuestro encuentro. De un yipi bajó un comandante que detuvo el camión donde íbamos. El teniente que nos llevaba arrestados bajó del camión y discutió con el comandante. Hablaron acaloradamente de llevarnos a un punto u otro.

― ¡Al Moncada! -decía el comandante.
― ¡Al Vivac! (campamento provisional) decía el teniente, que se subió de nuevo al camión y continuamos.»[25]

A partir de aquí se transcribe lo que expone Fidel que, por estar en otro grupo, se complementa con el testimonio de Almeida.

«(…) Habíamos cometido el error —siempre hay un error—, cansados de tener que reposar sobre piedras y raíces, de dormir en un pequeño vara en tierra cubierto de hojas de palma que estaba por allí, y nos despertaron con los fusiles sobre el pecho, un teniente casualmente negro, por suerte, y unos soldados que tenían las arterias hinchadas, sedientos de sangre, y sin saber ni quiénes éramos. No habíamos sido identificados. En el primer momento no nos identificaron, nos preguntaron los nombres, yo di uno cualquiera: ¡prudencia, eh!, astucia, ¿no?, quizás intuición, instinto. Puedo asegurarles que temor no tuve, porque hay momentos de la vida en que es así, cuando uno se da ya por muerto, y entonces más bien reacciona el honor, el orgullo, la dignidad.

Si les doy mi nombre, aquello habría sido: ¡rá, rá, rá!, acaban de inmediato con el pequeño grupo. Unos minutos después encontraron en las proximidades varias armas dejadas allí por unos compañeros que no estaban en condiciones físicas de seguir la lucha, algunos de ellos heridos, que por acuerdo de todos estaban regresando a la ciudad para presentarse directamente a las autoridades judiciales. Quedamos tres, ¡solo tres compañeros armados!, que fuimos capturados de la forma que expliqué.

Pero aquel teniente, ¡qué cosa increíble! —esto nunca lo había contado en detalle públicamente—, esta calmando a los soldados, y ya casi no podía. En el momento en que buscando por los alrededores encuentran las armas de los demás compañeros, se pusieron superfuriosos. Nos tenían amarrados y apuntándonos con los fusiles cargados; pero no, aquel teniente se movía de un lado a otro, calmándolos y repitiendo en voz baja: “Las ideas no se matan, las ideas no se matan.” ¿Qué le dio a aquel hombre por decir aquello?

Era un hombre ya maduro, había estado estudiando algo en la universidad, algunos cursos; pero tenía aquella idea en la cabeza, y le dio por expresarla en voz baja, como hablando consigo mismo: “Las ideas no se matan.” Bueno, cuando observo a aquel hombre y lo veo con aquella actitud, y en un momento crítico, cuando a duras penas pudo impedir que aquellos soldados furiosos dispararan, me levanto y le digo: “Teniente —a él solo, por supuesto—, yo soy fulano de tal, responsable principal de la acción; al ver su comportamiento caballeroso no puedo engañarlo, quiero que sepa a quién tiene prisionero.” Y el hombre me dice: “¡No se lo diga a nadie!” “¡No se lo diga a nadie!” Aplaudo a aquel hombre porque me salvó tres veces la vida en unas horas.

Unos minutos después ya nos llevaban, y muy irritados todavía los soldados, unos tiros que suenan no lejos de allí, los ponen en zafarrancho de combate, y nos dicen: “¡Tírense al suelo, tírense al suelo!” Yo me quedo de pie y digo: “¡No me tiro al suelo!” Me pareció como una estratagema para eliminarnos, y digo: “No.” Se lo digo también al teniente, que insistía en que nos protegiéramos: “No me tiro al suelo, si quieren disparar que disparen.” Entonces él me dice —fíjense lo que me dice—: “Ustedes son muy valientes, muchachos.” ¡Qué increíble reacción!

No quiero decir que en ese momento me salvó la vida, en ese momento tuvo ese gesto. Después que llegamos a una carretera, nos monta en un camión y había un comandante cerca de allí que era muy sanguinario, había asesinado a numerosos compañeros y quería que le entregaran a los prisioneros; el teniente se niega, dice que son prisioneros de él y que no los entrega. Me monta delante en la cabina. El comandante quería que nos llevara para el Moncada, y él ni nos entrega al comandante —ahí nos salvó por segunda vez—, ni nos lleva para el Moncada; nos lleva para la prisión, en medio de la ciudad, por tercera vez me salvó la vida.»[26]

La cárcel

Prosigue Juan Almeida:

«Ya dentro del Vivac nos sentaron junto a la escalera. Los que subían a vernos, el Jefe del SIM, el de la Policía, el del Ejército, los oficiales y clases, nos decían improperios, y Mestre, que estaba a mi lado, les respondía sin temor. Me preocupaba lo que pudiera suceder, pero Mestre se rió y me dijo:

― A éstos hay que responderles para que no abusen de su posición de fuerza, si no te humillan y te avasallan.

De allí pasamos a la oficina del Jefe del Vivac, donde nos tomaron declaraciones. Fidel, ante los militares y los periodistas, expuso las ideas y el programa que hubiéramos aplicado de haber logrado triunfar, sin que las autoridades allí presentes se atrevieran a interrumpirlo, aunque se les notaba el malestar al escuchar sus manifestaciones. Hablaba con claridad, convicción y valentía, dominando el medio aquel, como si los interpelados fueran las autoridades que nos tenían detenidos. Después habló con el Jefe del Ejército y otros oficiales que se encontraban allí.»[27]

La noticia de la detención se había filtrado, muchos oficiales y soldados se acercaban a Fidel, querían conocerlo, hay periodistas que dan una cobertura mínima. Ya había pues, demasiados testigos; a sus captores no le queda más remedio que aplazar temporalmente las maquinaciones de asesinato en curso. Almeida continúa:

«Como a las once de la noche fuimos trasladados a la cárcel de Boniato. Entramos en la celda de la galera, y así terminaron aquellos largos días desde el 24 de julio hasta el primero de agosto. Casi muerto de cansancio, adolorido todo el cuerpo, distensionado, caí en aquella litera detrás de los barrotes de la celda. A través de la ventana, veía el cielo estrellado que daba paso al nuevo día.»[28]

El acaudalado Ángel Castro, padre de Fidel, temiendo lo peor, realiza insistentes gestiones, una de ellas con el Arzobispo de Santiago, Enrique Pérez Serantes, y la otra contactando a Carlos Dellundé, director del periódico “Oriente”; el propósito es que, por ser este amigo del juez Subirats, presionara para que los militares respetaran la vida de su hijo.

En la causa 37 de 1953 por los sucesos del cuartel “Moncada”, figuran 122 involucrados y 26 abogados. A continuación, se hace una síntesis del juicio según cuenta el periodista Luis Conte Agüero, pero que se enriquece con otras narraciones de fuentes citadas en la Bibliografía, he priorizado lo acontecido al líder.

Desde su detención Fidel comprende que sentado en el banquillo de los acusados era muy poco lo que podría lograr, tenía abogados que se habían ofrecido para asumir su defensa, pero prefiere hacerla él mismo, lo solicita y se lo permiten. El lunes 21 de septiembre, fecha en que se inicia el juicio, cientos de soldados custodian la vía por la que transitan los vehículos que salen de la cárcel de Boniato. Los acusados son conducidos en ómnibus, excepto Fidel que viaja en un jeep militar. Viste un traje color azul oscuro y tiene las manos esposadas. Su entrada en la sala del Palacio de Justicia, a las 10 y 40 de la mañana, provoca comentarios en voz baja. En la sesión participan los magistrados Ricardo Díaz, Adolfo Nieto, Juan Mejías y Francisco Mendieta. Comienza el interrogatorio:

— ¿Es autor físico e intelectual de estos hechos? ¿Tomó parte en el asalto al cuartel “Moncada” de Santiago de Cuba? ¿Cuál es su responsabilidad en el ataque al cuartel de Bayamo?
— Tomé parte intelectual y físicamente. Soy responsable de mi conducta. Esos jóvenes y yo peleamos por la libertad de Cuba.
— ¡Acusado¡ Limítese a la pregunta del señor fiscal —advierte el presidente del tribunal—

Mendieta continúa el interrogatorio:

— ¿Explicó usted a sus compañeros el plan que había concebido, los alcances y la responsabilidad penal en que incurría? Espero que no utilice la interrogación para una arenga política.
— No quiero hacer política. Mi política es la verdad, y ella es más que suficiente. Mis compañeros son militantes del Partido Ortodoxo en su gran mayoría. No tuve que convencerlos de la necesidad de luchar, porque ellos estaban perfectamente convencidos de que contra Batista, no hay más camino que la guerra. Batista quiere guerra, puesto que se niega a toda solución verdaderamente democrática. La juventud cubana sabe que no hay más camino que el de la lucha armada contra el régimen.
— ¿Y no era adecuado tomar para esa lucha el camino civil?
— No era adecuado, pues yo utilicé el camino civil sin ningún éxito al acusar a Batista y sus cómplices ante los tribunales de justicia. Al ver que por esa vía no se sancionaba el delito contra la república, apelé a la violencia de la rebeldía.

(Aquí el lector debe recordar el documento que Fidel le envía al “Tribunal de Urgencia” en el que considera que Batista se merece 100 años de cárcel; aunque no se mencionó estaba siendo considerado por el tribunal. Eso ponía en una difícil posición a un juzgado que utilizaba la ley según a quien tuviera que aplicársela).

— ¿Y cómo pudo obtener el dinero para comprar los armamentos utilizados en el ataque y para todos los gastos que origina una acción de esa índole?
— Gastamos $16,480 en armas y en movilizaciones. Ese dinero lo reunimos por la generosa donación de mis propios amigos y compañeros de lucha.

(Una carta recoge la solicitud de dinero por parte de Fidel a su padre, para gastarlo en armas, este lo único que le envía son $150; hay historiadores que afirman que no le manda absolutamente nada).[29]

— ¿Ningún político contribuyó a ese propósito?
— José Martí no aceptó el dinero de Manuel García, y esta revolución no necesitó la ayuda de los malversadores. Las armas no eran muchas ni buenas, incluso teníamos tres Winchester de los tiempos de Buffalo Bill. Teníamos una ametralladora, la que emplazamos en el Palacio de Justicia, y no teníamos granadas de mano. Los rifles, las 10,000 balas y lo demás, pudimos comprarlos por el sacrificio de Jesús Montané, aquí presente, que contribuyó con $4,000 que cobró como gratificación de la “General Motors”, donde trabajaba; Ernesto Tizol invirtió sus ahorros en la granja que nos sirvió de cuartel de operaciones; Oscar Alcalde hipotecó su laboratorio farmacéutico y vendió su oficina de contabilidad para donar más de $4,000; Renato Guitart dio $1,000; Pedro Marrero vendió el juego de comedor de su casa, el refrigerador, el juego de sala y pidió $200 a un garrotero[30]; Fernando Chenart aportó $1,000; Elpidio Sosa vendió su plaza de tesorero en la compañía donde trabajaba; Abel Santamaría empeñó su automóvil y ofrendó su vida.
— ¿Abel Santamaría extrajo cheques de la casa comercial donde trabajaba para engrosar los fondos de la revolución?
— Eso no es cierto, se trata de una calumnia a un valiente que entregó su existencia.
— ¿Por qué no asaltaron “Columbia” si era allí y no en el “Moncada” donde la victoria podría decidir el triunfo?
— Con tan pobres armamentos no podíamos intentar tomar “Columbia”. Era menos difícil ocupar el cuartel “Moncada”, propósito que pensábamos alcanzar sin disparar un tiro, por medio de la sorpresa. Los soldados reaccionan ante las balas, no ante las órdenes. Esperábamos situarnos en las posiciones básicas y ordenar acatamiento. Además, quisimos que la revolución comenzara en Oriente, provincia que ha sido siempre la primera en la libertad de Cuba. Nos proponíamos una nueva invasión, partiendo de los montes de la Sierra Maestra. Deseo aclarar que no usamos cuchillos de comandos como se pretende hacer ver, no asesinamos a nadie y mucho menos a enfermos del hospital militar. Lo que sí sorprende es el número de muertos, muchos de los cuales no tomaron parte en el ataque. ¡Qué conducta más distinta a la seguida por mi hermano Raúl y sus compañeros, que al entrar al Palacio de Justicia detuvieron a un grupo de soldados y no tuvieron la menor duda en respetarles la vida!
— Y si usted no tenía el apoyo de los políticos, ¿con quién contaba para vencer?
— Con el pueblo, que era nuestro único aliado. Tan pronto ocupáramos el “Moncada”, íbamos a arengar desde las estaciones de radio y trasmitir por todas ellas, simultáneamente, el último discurso de Eduardo Chibás. Estoy seguro que todos los dirigentes de la oposición se hubieran unido a nosotros para derrocar a la dictadura.
— ¿Con qué prestigio contaba usted para levantar un pueblo engañado y escéptico como el pueblo de Cuba?
— ¿Con qué prestigio contaban el abogadito Carlos Manuel de Céspedes y el arriero Antonio Maceo[31] cuando se alzaron en la manigua a combatir por la independencia? Tengo fe en el pueblo de Cuba, y no éramos nosotros quienes íbamos a levantarlo, sino Eduardo Chibás con su último aldabonazo, con el magnetismo de su voz sobre las masas.
— Pero Chibás está muerto.
— Chibás está muerto, pero están vivas sus ideas, y los hombres siguen a las ideas, y no a los hombres.

Hay murmullos en la sala. El abogado de la defensa, doctor Luis Pérez, pregunta:

— ¿Ha colaborado con usted algún líder del Partido Socialista Popular?
— No, señor.
— ¿Usted y sus compañeros llevaban libros?
— Sí, todos somos devotos de la lectura.
— ¿Se le ocupó a Santamaría alguna obra de Lenin?
— No lo sé. Pero es posible, pues leemos libros de todas clases. Es un ignorante quien no haya leído nunca literatura socialista.

En un local del Partido Socialista Popular ubicado en la calle Carlos III, No. 609 de Ciudad de La Habana, Fidel había recibido cursos que trataban sobre la temática.[32]

Después de responder al interrogatorio de otros abogados, Fidel solicita permiso al Tribunal para abandonar el banquillo de los acusados y sentarse entre los abogados defensores, lo que es aceptado. Andrés García confiesa haber participado en la acción y relata el ahorcamiento de su hermano por parte de miembros del Ejército. Ya en su posición de abogado, Fidel le pregunta:

— ¿Los alistados que cometieron el crimen actuaron por cuenta propia o por orden del oficial de Veguitas?
— Obedecían órdenes.

Suena el timbre; la sesión ha terminado por haber consumido el tiempo establecido. El presidente de la sala anuncia que la vista oral debe continuar el día 24 de septiembre. Cuando llega esa fecha el coronel Chaviano[33] alega que no tiene suficientes soldados para cuidar el orden, pues una visita de Batista a Holguín lo obliga a priorizar su custodia.

El día 25 dos médicos del penal se presentan en la celda de Fidel y le dicen:

— Venimos a hacerle un reconocimiento.
— ¿Y quién se preocupa por mi salud?
— Doctor, la verdad es que esta misma tarde nos visitó en la prisión el coronel Chaviano y nos dijo que usted le estaba haciendo un daño terrible al gobierno en la vista del juicio…

Cuando llega el día 26, el presidente de la sala, doctor Nieto, al notar la ausencia del acusado le pregunta al capitán Rodríguez acerca del mismo; el militar le entrega una carta donde se informa de lo “muy delicado de salud” que se encontraba el detenido, y de la “imperiosa necesidad” de que haga reposo. Pero alguien se levanta y dice:

— ¡Señor presidente, Fidel Castro no está enfermo! Aquí traigo una carta suya, escrita de su puño y letra, dirigida a este Tribunal.

Es la doctora Melba Hernández,[34] también juzgada por los hechos, que se desenreda los cabellos y saca una nota que Fidel le pudo hacer llegar gracias a la ayuda brindada por presos comunes; y se la entrega al presidente que la lee enseguida. Hay murmullo en la sala. Su contenido es el siguiente:

«Al TRIBUNAL DE URGENCIA

Fidel Castro Ruz, abogado personado en su propia defensa en la causa número 37 del presente año, ante esa Sala expone respetuosamente lo siguiente:

1ro. Que se trata de impedir mi presencia en el estado del Juicio para que no se destruyan las fantásticas falsedades que han tejido alrededor de los hechos del 26 de julio, para que no se conozcan los horribles crímenes que se cometieron ese día en las personas de los prisioneros, esencial, digo, escenificándose la más espantosa matanza que conoce la Historia de Cuba. Con tal motivo en el día de hoy se me ha comunicado que no concurriré al juicio por estar enfermo, siendo la verdad que me encuentro perfectamente bien de salud sin dolencia física de ninguna índole, pretendiéndose de ese modo burlar de la manera más inaudita a ese Tribunal.

2do. Que a pesar de las reiteradas comunicaciones del Poder Judicial y de la última que dirigiera esa Sala a las autoridades de esa Prisión demandando el cese de nuestra incomunicación por ser ilegal y delictiva, sigo totalmente incomunicado sin que en los cincuenta y siete días que llevo en esta Prisión se me haya permitido tomar el sol, hablar con nadie, ni ver a mi familia.

3ro. Que he podido conocer con toda certeza que se trama mi eliminación física, bajo el pretexto de fuga, envenenamiento o cualquier cosa parecida y que en tal efecto se han estado elaborando una serie de planes y coartadas que faciliten la consumación de los hechos. Reiteradamente lo he denunciado. Los motivos son los mismos que expuse en el número uno de este escrito.

Igual peligro corren las vidas de otros presos, entre ellos las dos muchachas (Melba y Haydée), que son testigos excepcionales de la masacre del día 26 de julio.

4to. Solicito de esa Sala que proceda a ordenar inmediatamente mi reconocimiento por un medico prestigioso y competente como pudiera ser el Decano del Colegio Médico de Santiago de Cuba. Le expongo asimismo la alta conveniencia de que un miembro de esa Audiencia, especialmente designado, acompañe a los presos políticos en los viajes que se hacen de esta Prisión al Palacio de Justicia y viceversa. Que comunique los particulares de este escrito al Colegio Local y Nacional de Abogados, al Tribunal Supremo de Justicia y a cuantas instituciones legales que esa Sala estime deban conocer estos hechos.

La importancia y la categoría del Juicio que se está celebrando imponen obligaciones excepcionales. Si se lleva adelante en las condiciones que he denunciado no será más que una farsa ridícula e inmoral con el repudio pleno de la Nación.

Cuba entera tiene los ojos puestos en este Juicio. Yo espero que este Tribunal defienda dignamente los fueros de su jerarquía y de su honor que es al mismo tiempo en estos instantes el honor de todo el Poder Judicial ante la Historia de Cuba.

La actuación hasta el presente de esa Sala y el prestigio de sus Magistrados la acreditan como una de las más honorables de la República por lo que expongo estas consideraciones con fe ciega en su viril actuación.

Por mi parte, si para mi vida tengo que ceder un ápice de mi derecho o de mi honor prefiero perderla mil veces: “un principio justo desde el fondo de una cueva puede más que un Ejército”.

Cárcel Provincial de Oriente, septiembre 26 de 1953.

(Fdo.) Fidel Castro Ruz»[35]

El Tribunal declara que ya determinará qué hacer. Los médicos forenses certifican el día 27 que Fidel esta saludable; sin embargo, no es presentado ante el tribunal. Un ayudante de Chaviano, el teniente Ángel Machado Rofes, ordena al teniente Jesús Yánez Pelletier, supervisor de la cárcel, que envenene la comida de Fidel, pero Yánez se niega. Posteriormente Pelletier es trasladado a otra unidad, por último, lo expulsan del Ejército, pero su actitud puso al descubierto el complot que se tramaba. Chaviano, además de jefe del Regimiento que ordena la captura de los asaltantes al “Moncada”, era jefe del Servicio de Inteligencia Regimental (SIR). Su equipo de trabajo no pudo anticiparse a la organización y los preparativos para el asalto, por lo que había quedado muy mal ante sus superiores e intenta hacer creer que todo fue obra de cubanos radicados en Canadá, preparados y armados por el depuesto presidente Prío. En un reporte que realiza su asesor Laureano Ibarra, Chaviano responsabiliza de los hechos al jefe del SIM, Ugalde Carrillo y al Buró de Investigaciones, el documento pretende poner a salvo su cómodo y lucrativo puesto. El informe es presentado al tribunal, pero no lo recogen en su sentencia por considerarlo inconsistente, aunque ninguno de sus miembros se atrevió a decírselo. Chaviano por esos días se mostraba visiblemente nervioso e irritado con sus subalternos. Acaso pensaba que los favorables resultados de sus persecuciones en Santiago tal vez no complacerían a Batista. No obstante, este le otorgó la Cruz de Honor, la condecoración militar cubana más alta de su tiempo, calmando así el ánimo de su perturbado compinche de conspiraciones.

* * *

Durante el juicio la táctica de la fiscalía fue dar una base mínima de información con el objetivo de limitar el tiempo de derecho a réplica por la defensa. Los magistrados llegaron a consentir serias violaciones de los preceptos establecidos en la Ley de Enjuiciamiento Criminal, porque se veían presionados por el gobierno y coaccionados por los militares, lo cual trajo como consecuencia que a Fidel:

- No se le permitió consultar documento o libro con tiempo suficiente, para sustentar su defensa.
- La mayoría de las sesiones donde participa se realizan apartándolo de sus compañeros, en un pequeño cuarto y sin la presencia de público, lo cual violaba la ley ritual y en contra de su voluntad.
- Durante 72 días es incomunicado y trasladado continuamente de celda; no se le permite recibir visitas, incluida la de su pequeño hijo Fidelito. Aunque logra conversar (por espacio de diez minutos y en presencia de un sargento del SIM) con el doctor Jorge Pagliery, Decano del Colegio de Abogados de Santiago de Cuba.
- No puede replicar e interrogar todo lo que necesita, la campanilla del presidente del Tribunal le calla la boca una y otra vez con el pretexto de que exclusivamente tiene derecho a realizar ciertas y determinadas preguntas, o contestar las que ellos formulen. Según testimonios daba la impresión de que le tenían puesta una mordaza, el tratamiento con los abogados de los demás asaltantes fue mucho menos rudo.

[...]

Final del extracto de 186 páginas

Detalles

Título
Fidel Castro (El camino de la resistencia) [Nueva edición]
Subtítulo
Lo fundamental sobre Fidel Castro y la revolución cubana
Autor
Año
2020
Páginas
186
No. de catálogo
V538411
ISBN (Ebook)
9783346173652
ISBN (Libro)
9783346173669
Idioma
Español
Notas
Lo fundamental sobre Fidel Castro y la Revolución cubana Es una trilogía cuya primera obra es Así habló Fidel Castro: compilación de citas que sintetizan pensamientos, ideas y reflexiones organizadas por temas y cronológicamente, el segundo libro, Fidel Castro (El camino de la resistencia), es un ensayo biográfico, político y militar, y el último libro Fidel Castro (Opiniones positivas y negativas) son opiniones de personalidades.
Etiqueta
Cuba Fidel Castro Ruz Revolución Roberto Bonachea Entrialgo Fidel Castro (Opiniones positivas y negativas) Fidel Castro (El camino de la resistencia) Así habló Fidel Castro
Citar trabajo
Roberto Bonachea Entrialgo (Autor), 2020, Fidel Castro (El camino de la resistencia) [Nueva edición], Múnich, GRIN Verlag, https://www.grin.com/document/538411

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