La Sociedad en la crítica de Larra

La historia española a principios del siglo XIX.


Trabajo Escrito, 2007

21 Páginas, Calificación: 1,0


Extracto

Índice.

0. Introducción

1. Panorámico Histórico de España: Principios del siglo XIX

2. Larra y su concepción de la sociedad
2.1. La sociedad española
2.2. El concepto: sociedad
2.3. Las clases sociales

3. Conclusión

4. Bibliografía

5. Los artículos citados con su referencia en la edición de Seco Serrano (1960)

0. Introducción.

El personaje de Mariano José de Larra (1809-1837) resume sin duda las caractéristicas esenciales para ser introducido como corifeo de la literatura española cuyos escritos impresionan siempre de nuevo tanto a sus comentadores, críticos y sucesores literarios como a sus lectores hasta hoy en día. Ni siquiera habiendo cumplido los dieciocho años ya se muestra como un pensador extraordinario[1], con diecinueve empieza su carrera periodística y antes de terminarse su breve vida apenas diez años más tarde, salen de su mano unos artículos costumbristas, críticos y satíricos que nacieron – como declara él mismo – con el objetivo de “decir la verdad”[2] y en los que se plasma un observador perspicaz de una época en vísperas de la modernidad. Además y lo que se puede considerar el hilo conductor de toda su creación literaria, destaca la inexorable promulgación del ideario liberal y el deseo profundo de una España progresista, es decir, una España a la par con el estandar europeo de entonces, en su constitución política, económica, social y mental. Dentro de este marco, un caso interesante se presenta en su crítica del sistema social cuya transformación se perfila más y más durante las primeras tres décadas del siglo XIX y cuyo resultado, el sistema clasista, básicamente se ha conservado hasta hoy en día.

“Larra no es solamente el prototipo del romántico; no es solamente el mejor prosista de su época […]. Es Larra, además de todo eso, un excepcional testigo de su tiempo. Su obra interesa, más aún que al filólogo, al historiador”, observa Seco Serrano (1960: VII). En este sentido de “excepcional testigo de su tiempo” Larra va a tener su papel en este ensayo que se ha proporcionado abrir un primer portal a la historia española de principios del siglo XIX, al mismo tiempo que ofrecer un análisis más detenido de una idea central en el pensamiento de Larra. Entonces una primera parte se compondrá de una sinopsis de los acontecimientos históricos más cruciales de la época, resumiendo las informaciones de varias monografías de historiadores como Artola (91983), Bernecker (1990) y Fusi y Palafox (21997)[3]. Como ha resultado más conveniente insertar datos biográficos de Larra sólo esporádicamente se refiere aquí a las muy detalladas introducciones de Seco Serrano (1960) y de Rubio (21988). En una segunda parte para la que se encontraron sugerencias útiles sobre todo en Kirkpatrick (1977), Ruiz Otin (1983) y Cedeño (1998), trata, ya se lo ha indicado, de un acercamiento a Larra a través de su crítica social; más preciso, se intenta dar una vista global de su concepción de la sociedad.

1. Panorámico Histórico de España: Principios del siglo XIX.

Con los datos de vida de Larra se circunscribe más o menos precisamente una época de la historia española a la que se refiere a menudo con “la revolución española”[4], “la revolución liberal”[5] o “la revolución burguesa”[6] y en la que tuvo lugar una transformación del orden socio-político que había persistido así desde la Edad Media. Esta transformación implica el desmoronamiento del Antiguo Régimen – sistema absolutista, feudal y estamental – que ya se había iniciado durante el siglo XVII con la divulgación de las ideas de la Ilustración, fuerza motriz de las grandes revoluciones del siglo XVIII[7], hasta el establecimiento definitivo del liberalismo, de la era constitucional y de una sociedad nueva y moderna incluyendo la recién surgida burguesía que, hablando de este entonces, todavía vale como sinónimo de clase media. No obstante, este período transitivo – Pierre Vilar lo caracteriza como “un encadenamiento de intrigas, comedias y dramas”[8] – se manifiesta en un ambiente altamente conflictivo, expresándose en la lucha de las Dos Españas, entre la fracción tradicionalista – los absolutistas – y la fracción modernista – los liberales.[9]

Cuando nace el escritor en 1809 el Antiguo Régimen ya se encuentra en plena crisis a causa de varias derrotas militares todavía bajo el reinado de Carlos IV (1748-1819), una debilitada situación económica y ciertas desavenencias en la Casa Real. Como expresión máxima de la misma crisis – deparando un verdadero trauma y consternando todas las áreas de la vida nacional[10] – en 1808, Napoleón Bonaparte, aprovechándose de una buena jugada[11], logró ocupar al país vecino, forzó la abdicación del recién llamado rey Fernando VII (1784-1833), hijo de Carlos IV, en Bayona e impuso a su hermano José I (1768-1844) en el trono de España. Pero la resistencia no dejó de esperarse y un levantamiento popular en Madrid, que fue reprimido sangrientamente por los franceses (Fusilamientos del 2/ 3 de mayo 1808), significó el principio de una guerra civil – la Guerra de Independencia Española – que atormentara el país por cinco años.

Debido a la inactividad por parte de las autoridades, en 1808 también empiezan a formarse diversos grupos revolucionario-populares – Juntas Supremas Provinciales, Junta Central – que, en gestión directa, asumen el oficio de un gobierno, declaran la guerra a los invasores y aunque reclaman el retorno de Fernando VII se oponen a la restauración del Antiguo Régimen. Trás la convocación de las Cortes en Cádiz (a partir de 1810), una asamblea constituyente con disposiciones mayoritariamente liberales, se halla el primer hito significativo del liberalismo en España: en 1812 las Cortes de Cádiz se reunen para firmar la primera constitución de España: “Carta Magna de la democracia española”, como lo llamó Goytisolo (1976: 23).

Dicha constitucion se elaboró según el modelo revolucionario-francés (Constitución francesa de 1791), así que se basaba en los conceptos de libertad, igualdad y propiedad y en el principio de la soberanía del pueblo. Los pilares teóricos se componían del contrat social (Rousseau (1712-1778)) y de la separación de poderes (Montesquieu (1689-1755)). En general, este complejo constitucional debía allanar el camino hacia un nuevo régimen – una monarquía constitucional – y al mismo tiempo apuntar a una transformación esencial de la sociedad. Por consiguiente, se perseguía la centralisación administrativa, la abolición de privilegios, el establecimiento de libertades económicos, la garantía de los derechos fundamentales y la destrucción del sistema estamental para dar lugar a un orden moderno y clasista.[12] Al final, no se realizó nada de este avance ilustrado que desde un principio era condenado al fracaso, ya que le faltaba un impacto auténticamente revolucionario[13], ya que todavía no se había establecido una burguesía bastante fortalecida para sostener el nuevo sistema; es decir, la mayoría de la población (campesinos analfabetos) era conservativa y no veía su provecho en una constitución escrita[14].

Así, cuando regresa Fernando VII en 1814 después del triunfo sobre los franceses a favor de una nueva táctica militar – la guerrilla[15] – y la ayuda de Inglaterra, el reintronizado anula facilmente la Constitución de 1812. No bastando con eso, deja perseguir tanto a los liberales como a los afrancesados – los que habían colaborado con el régimen francés bajo José I – y les impone el exilio. Sólo a los posteriores les permite regresar en 1818 promulgando una amplia amnistía. Este destino compartía también la familia de Larra, hijo de un afrancesado – médico de cámara del rey – así que el joven obtenía primero una educación francesa antes que trasladarse otra vez a España en 1818.

Regresando al año 1814, el rey continua tomando medidas rígidas para reinstaurar el viejo orden, incluso revitaliza la Inquisición. Básicamente el absolutismo se mantiene como forma de gobierno dominante hasta la muerte de Fernando VII, si no fuera interrumpido por el Trienio Liberal (1820-1823), otro intento fracasado de acabar una vez para siempre con el Antiguo Régimen.

En 1820, los liberales, encabezados por el general Rafael de Riego (1784-1823), consiguen llevar a cabo un golpe militar, proclaman la vigencia de la constitución de 1812 y Fernando VII se ve obligado de admitirla. Aunque los liberales, en 1820 ya divididos en dos alas opuestas – por un lado los moderados o doceañistas con, por ejemplo, Martínez de la Rosa (1787-1862) y por el otro, los más radicales, los exaltados con, por ejemplo, José María Calatrava (1781-1846) o Francisco Javier de Istúriz (1790-1871) – que se bloquearon respectivamente, concediendo gran provecho a los intereses de Fernando VII, el Trienio Liberal no dejaba completamente insatisfechas a las esperanzas liberales.[16] Defendiendo la importancia histórica del Trienio, Fusi y Palafox (1997: 35) subrayan que éste “[…] transformó la vida pública más incluso que lo que pudieron haberlo hecho las Cortes de Cádiz. La política se socializó como nunca lo había estado previamente […]”. Esa afirmación positiva alude a la realización de las metas principales del Trienio, como la implantación de “prácticas constitucionales”: la abolición del feudalismo y la defensa del derecho propietario y “la revitalicación de la vida cultural” mostrándose en la apertura de nuevas universidades, en la fundación de sociedades culturales y en la cumplida libertad de imprenta.[17] Sin embargo, estos años encuentran un brusco fin cuando la Santa Alianza (a partir de 1818) a petición de Fernando VII interviene para restaurar el absolutismo. La invasión del exército francés (los Cien mil hijos de San Luis) en 1823 sella la sumisión de los liberales de cuyas visiones ya no queda más que otra revolución sofocada.

Al Trienio sigue una década que entró en la historia con el epíteto ominoso. La Ominosa Década significaba en ciertas medidas una vuelta al mismo proceso que había definido la situación al regresar el rey en 1814: política de restauración y, en consecuencia directa, de represión. Sólo, esta vez se lo ejecutaba con aún más rigor y a los liberales, para salvarse de la muerte segura, no les queda otro remedio que refugiarse al exterior. Se vuelve a establecer el Antiguo Régimen[18] apoyado por un control policial y una censura estricta. En este entonces, en 1828, Larra empieza su carrera periodistica. La Ominosa Década había resistido una de sus crisis más graves (la Guerra de los Agraviados, 1827) y las circunstancias no parecían enteramente desagradables. Sin embargo, permanecían problemas irresolutos, sobre todo con respecto a la coyuntura demográfica, económica y administrativa, para no hablar del déficit presupuestario causado por la pérdida casi absoluta de las colonias esopañolas de ultramar y del respectivo mercado (Independencia Hispanoamericana, 1809-1824).

[...]


[1] cf. Rubio: “Introducción”. En: Larra (21988) Artículos, 15.

[2] Dos palabras (1832).

[3] v. en la bibliografía “Monografías acerca de la historia”.

[4] Bernecker (1990) Sozialgeschichte, 23; Artola (91983) La burguesía revolucionaria (1808-1874), 9.

[5] Seco Serrano: „La crisis española del siglo XIX en la obra de Larra“. En Larra (1960) Obras de Larra, VII.

[6] Escobar, J. (sin año): „Larra y la revolución burguesa“.

[7] El año 1776 se proclamó la Declaración de Independencia en los Estados Unidos, 1789 se inicia la Revolución Francesa con la toma de la Bastille y, ya al principio del siglo XIX, Hispanoamérica procura por fin su independencia de España, 1808-1826.

[8] Pierre Vilar, citado según Goytisolo (1976) El Furgón, 22.

[9] cf. Neuschäfer (22001) Spanische Literaturgeschichte, 232; Artola (91983), 8.

[10] cf. Bernecker (1990), 23.

[11] Acerca de los acontecimientos hasta el encuentro en Bayona: v. op.cit., 23s.

[12] cf. Bernecker (1990), 31ss; Artola (91983), 32-35.

[13] cf. Bernecker (1990), 32s.; Kirpatrick (1977) Larra: el laberinto inextricable, 106s., Escobar: “Larra y la revolución burguesa”.

[14] cf. Neuschäfer (22001), 232.

[15] Acerca de la relevancia de la guerilla en la Guerra de la Independencia y sobre su establecimiento como forma de guerra revolucionaria en tiempos posteriores, v. Bernecker (1990), 27s.; Artola (91983), 26.

[16] En este contexto histórico se formaron los primeros partidos políticos en España, v. Bernecker (1990), 44s. Acerca de los conflictos en el Trienio liberal, v. Artola (91983), 46-49.

[17] cf. (también citas) Fusi y Palafox (21997) España: 1808-1996, 35.

[18] Con respecto a una presentación más detallada de las medidas de restauración durante la Ominosa Década, v. Fusi y Palafox (21997), 35-37; Artola (91983), 51.

Final del extracto de 21 páginas

Detalles

Título
La Sociedad en la crítica de Larra
Subtítulo
La historia española a principios del siglo XIX.
Universidad
Free University of Berlin
Calificación
1,0
Autor
Año
2007
Páginas
21
No. de catálogo
V127794
ISBN (Ebook)
9783640353897
ISBN (Libro)
9783640353552
Tamaño de fichero
501 KB
Idioma
Español
Etiqueta
Sociedad, Larra
Citar trabajo
Sarah Poppel (Autor), 2007, La Sociedad en la crítica de Larra, Múnich, GRIN Verlag, https://www.grin.com/document/127794

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Título: La Sociedad en la crítica de Larra



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