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Al final del fondeo

Una historia de exploración independiente

Title: Al final del fondeo

Non-fiction book , 2026 , 147 Pages

Autor:in: Juan Montero (Author)

ThinkShelf: Non-fiction books
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“Al final del fondeo” es mucho más que un relato sobre el buceo: es una inmersión profunda en la memoria sumergida, en la aventura humana y en la obsesión por descubrir lo que yace oculto bajo el mar.

A lo largo de casi dos décadas, Juan Montero Fernández reconstruye la historia del proyecto Solopecios, una iniciativa independiente que desafía los límites entre exploración, historia y arqueología subacuática. Desde las primeras inmersiones hasta expediciones complejas con tecnología avanzada, el lector acompaña a un grupo de buzos que convierte cada descenso en un acto de descubrimiento, riesgo y pasión compartida.

Entre pecios olvidados, debates sobre patrimonio y vivencias marcadas por la camaradería, el éxito y la tragedia, esta obra ofrece una mirada honesta y reflexiva sobre el precio de la exploración y el valor del conocimiento. Porque en el fondo del mar no solo descansan barcos: también historias, preguntas sin resolver y fragmentos de quienes se atreven a buscarlos.

Un testimonio vibrante que combina aventura, rigor y emoción, dirigido a quienes sienten la llamada de lo desconocido.

Excerpt


Índice

PRELIMINAR

INTRODUCCIÓN

Un mar de pecios

Patrimonio, arqueología, buceo en pecios. Finas líneas que se entrecruzan

Administradores y medios de masas

Calumnia, que algo queda

Inicios en el buceo técnico. Dónde unas amistades forjan otras

Técnicamente… buceando

Mente y mentalidad

Destino final: Los pecios

La aventura del Dom Pedro

Dónde lo sembrado comienza a dar fruto

El Tonghai a “la luz” del TRIMIX

Comienza el ensamblaje de un proyecto

Donde se prepara y se debate

El encuentro

La misión es lo primero

“Solopecios” ha comenzado

Del Lezo 2006

Un accidente

Buzos, colaboradores, periodistas y anécdotas

Del Cisneros 2006 al Skyro 2015

Del bibotella a los rebreathers

Algo más sobre los rebreathers

Metódicos pero humanos

Los sensores de oxígeno: el elemento decisivo

2015: el final de una etapa

Alegría y tristeza

Todo lo que se perdió

La vida en una jugada

¿El canto del cisne de las expediciones? Los intensos años 2018 y 2019

EPÍLOGO

BIBLIOGRAFÍA

Artículos especializados:

Prensa y Revistas:

Fuentes de Archivo:

Archivos y documentos (públicos y/o privados):

Extractos del libro

Cover: Al final del fondeo

Un mar de pecios

El ámbito geográfico en el que se encuadra esta narración es la costa Norte y Noroeste de España. El Atlántico gallego y el Cantábrico del País Vasco. En esas aguas transcurre esta aventura. El mar que baña sus costas guarda en su interior los recuerdos de muchos navíos. Embarcaciones de todo tipo, tamaño y procedencia: Desde restos de incursiones normandas del siglo IX hasta superpetroleros actuales. A mayor o menor distancia de la costa, se cuentan innumerables naufragios y accidentes acaecidos como consecuencia de temporales, conflictos bélicos o errores humanos. Algunos no han tenido graves secuelas, en otros casos las naves fueron recuperadas y en ocasiones han destacado como siniestros espectaculares. A veces han conllevado graves catástrofes ecológicas y de vez en cuando, alguno ha adquirido tintes novelescos. Un cierto número de estos pecios son muy conocidos y vienen siendo visitados habitualmente por numerosos buceadores, a profundidad asequible para el buceo recreativo convencional. En ellos disfrutan reconociendo una y otra vez sus restos, viendo como el paso del tiempo va haciendo mella en los materiales, observando sus cambios y la vida que revolotea a su alrededor o se deposita en sus despojos.

Los que han caído fuera del talud continental se han perdido en el abismo. Pero hay otros en aguas territoriales, alejados del precipicio, profundos pero accesibles. Permanecen olvidados, reposando discretamente en su lecho marino. Algunos son conocidos en su identidad y localización, pero nula o escasamente visitados. De otros se sabe que están ahí, en alguna parte de cierta zona, pero no han sido visitados ni confirmados. Y finalmente, otro grupo de ellos no son más que una referencia en la carta marina o “hierro” en una enfilación conocida solo por los veteranos pescadores, sin identidad confirmada ni coordenadas exactas. Todo ese conjunto constituyó nuestro objetivo. Solitarios, profundos, desvencijados; descansando en sus tumbas submarinas envueltos en una líquida “atmósfera” entre verde y azul. En la penumbra, sus restos se yerguen fantasmales. Con el transcurso del tiempo, sus estructuras muertas se han convertido en refugio y soporte de la vida.

Desde 2003 una parte de la nuestra quedó definitivamente ligada a estos viejos pecios. Lo que en un principio fue una afición común y una preferencia, se reforzó con la motivación de un reto con interesantes posibilidades y se consolidó gracias a una sólida compenetración. En esa confluencia de caminos, comenzó el del proyecto “Solopecios”. Sin embargo, “Solopecios” no responde al modelo del proyecto planificado y estructurado previamente. Solo con posterioridad y por la manera en la que se sucedieron los acontecimientos adquirió ese carácter. Secta nos ha denominado algún amigo. Los acólitos acudíamos a una inexorable cita, atraídos por la historia, los mitos y las leyendas. Excitados por el reto de descubrir y, quizá sobre todo, impulsados por el placer de extender y exprimir las posibilidades de la actividad subacuática con equipo autónomo. Con un romántico sentido de la aventura, dominados por lo bello y lo sublime de los pecios, probablemente desfasado en nuestros tiempos tan utilitaristas; invertimos tiempo, dinero y experiencia. Todo ello para encontrar, bajar… y ver. Y luego, como efecto lógico e inevitable, fue menester transferir, lo que dio lugar a una gran cantidad de imágenes, documentos y artículos, la mayor parte de los cuales fueron a parar a la web creada al efecto.

El transcurso del tiempo, que hace mella en todo y en todos, no deja incólumes a los artefactos sumergidos. Unos antes, otros después, tarde o temprano, en función de su envergadura y materiales; todo pecio termina hendido, arrasado, concrecionado y cubierto, fruto de la acción inexorable de poderosas fuerzas naturales. Es inevitable que las estructuras acaben cediendo y que los materiales tarde o temprano se descompongan. Algún día desaparecerán, carcomidas y enterradas sus formas, precipitados sus componentes férricos. Esperar que las características geológicas de determinadas zonas de la geografía marítima gallega, favorezcan un buen estado de conservación de los restos sumergidos, es teoría. La realidad es obstinada. Descomposición, planitud y enterramiento, en esos términos es manifiesto el destino de los pecios, en Galicia y muchas otras partes del mundo. Esa “cápsula de tiempo”, exitosa y recurrente expresión para definir un pecio, no implica eternidad ni inmutabilidad.

[...]

La aventura del Dom Pedro

En la web www.solopecios.com, apartado “expediciones”, se encuentra todo lo relativo a las dos temporadas en las que buceamos en el pecio del trasatlántico francés del siglo XIX. Asimismo, la bibliografía que para nosotros siempre ha sido de referencia, citada en el primer capítulo de esta obra. Ahí también se ha contado la controversia y desencuentros con determinadas instituciones administrativas. Pero el primer artículo sobre la aventura de 2003 apareció en el número 42 de la revista “Espacio Submarino”. Este barco tenía un particular interés o, quizá sería más exacto decir, un fuerte componente de curiosidad, para José Manuel. En los años inmediatos anteriores, Silva había tenido relación con los tres buzos ingleses que fueran encausados por saqueo en el patrimonio, acusados de haber retirado pequeños objetos. Estos se detallan en el relato publicado en la web, correspondiente a 2018, a partir del contenido de la sentencia del juzgado de lo Penal de Santiago de Compostela. Peter Devlin, Malcom Cubin y Steve Russ, habían alquilado en su día una embarcación a José Manuel Silva.

Siempre he considerado que cuando llegó aquella primavera de 2003 habían confluido una serie de circunstancias, fraguadas durante muchos meses antes, que decidieron a José Manuel a hacer todo lo posible para dedicar jornadas de buceo a aquel pecio, cuya seducción, no obstante, nunca le había abandonado. La actividad desplegada en torno a la formación de buceo técnico generó el ambiente adecuado. A su vez, el hecho de mi interés y el entendimiento mutuo que habíamos desarrollado, tuvieron un efecto motivador. En esa coyuntura, era inevitable terminar haciendo planes para llevar a cabo inmersiones en el viejo vapor. La renovación de material y la garantía de disponer de un barco para las operaciones de buceo, pusieron el toque final: ya no había nada que objetar para la expedición. El único punto oscuro eran los conflictivos antecedentes que toda aquella historia con los buzos británicos había generado. Jose trató de evitarlos anticipándose, intentando encauzar debidamente el proyecto contactando con autoridades e instituciones. En ese sentido las cosas no resultaron exactamente como deseábamos, terminando en un sainete administrativo cuyos avatares se han narrado aquí y constan en la web.

Resultó que por alguna razón Silva no disponía de unas coordenadas lo suficientemente concretas, por lo que hubo que recurrir a D. Andrés (cuyo apellido desconozco y Jose no recuerda), un veterano pescador de Ribeira. Una tarde, en la terraza de un café, después de comer, delante de la carta marina y con la presencia de Andrés, acordamos con él que nos guiaría hasta los restos del Dom Pedro. En la misma jornada ultimamos algunos preparativos, contando con una también veterana embarcación. En ese momento, éramos tres los buzos: José Manuel Silva, José Antonio Alvarellos y Juan Montero. El barco que nos llevaría era el Rayo, antes propiedad de Silva y posteriormente vendido a Alvarellos. En cuanto hubiera unas condiciones de mar adecuadas nos haríamos a la mar. En esos días, todavía no conocía a Unai Artaloitia Elorza.

Foto: José Manuel Silva. “Descompresión”

Era verano y se esperaba que el mar nos fuera favorable. Vana esperanza en estos parajes. Después de algún tanteo infructuoso, por fin parecía que mar y atmósfera serían benignos. La noche anterior, mientras mi esposa subía a la habitación del hotel en Ribeira, di un pequeño paseo por los alrededores y el aspecto de aquella noche estrellada prometía vivencias intensas y permanentes. Llegó el momento en que José Manuel me presentó a Unai Artaloitia –que entonces residía en Amorebieta—con quien aquel mantenía una amistad de antiguo y a quien llamó para que se uniera al grupo de buceo, aportando su gran experiencia. A mayores, José Manuel consiguió la colaboración de un hombre del lugar, como marinero y apoyo a bordo. En una mañana soleada de julio nos embarcamos, en Ribeira, José Manuel, Unai, José Antonio y yo, como buzos; D. Andrés, como guía y patrón, el marinero reclutado y, finalmente, Julia, mi esposa, como ayudante, fotógrafa y apoyo logístico. El vídeo submarino estaría a cargo de José Manuel, director a su vez de la expedición. A media navegación nos encontramos con una niebla densa, que se cerraba sobre nuestra derrota. Se hizo evidente que nos iba a complicar el paso por los islotes de Sagres en nuestro rumbo hacia los bajos de Corrubedo. Decidimos dar media vuelta y arribar al puerto de Aguiño, donde quedó amarrada la embarcación. Puesto que habíamos salido de Ribeira, no teníamos ningún vehículo en Aguiño, así que en el barco quedaron todos los equipos y material de buceo, regresando nosotros a Ribeira en autobús, esperando que el día siguiente nos fuera propicio.

Y al día siguiente en la primera hora de la mañana, llegamos a Aguiño con nuestros vehículos, donde después de desayunar, zarpamos de nuevo hacia el Dom Pedro. El día era soleado y no había rastro de niebla, dispersada por el viento. A cambio, el mar de viento había aumentado y la navegación ya no era tan cómoda. El estado del mar, llegando a la zona de inmersión, evolucionaba hacia una fuerte marejada que complicó la tarea de posicionar correctamente el barco sobre el pecio. Fue mediante las enfilaciones de tierra como Andrés nos situó encima y esta faena se prolongó a lo largo de media hora, con el barco a poca máquina, bamboleándose como un corcho. Si la navegación había sido tolerable, aunque poco cómoda, aquella media hora no se acababa nunca y comenzábamos a sentir los efectos del mareo. Solamente Andrés parecía no sentir nada y Jose, a su vez, con aquel en el puente y gobierno, afanados ambos en las enfilaciones, resistía bastante bien. Unai refunfuñaba de vez en cuando y José Antonio parecía acusar de forma notoria los efectos del vaivén. Por mi parte, intentaba mantenerme relajado aunque estaba incómodo. La palidez de Julia iba en aumento y tanto ella como el marinero ya no sabían dónde ponerse cómodos. Por fin, largamos el fondeo y lo afirmamos con la mayor rapidez posible. En ese momento, con el barco cabeceando, agradecí sobremanera ser uno de los que iban al agua y no de los que se quedaban a bordo.

Nos equipamos lo más rápido que pudimos, ayudándonos entre nosotros. Para entonces ni la “marinera-fotógrafa” Julia ni el marinero-ayudante nos eran de mucha ayuda. Decidí saltar al agua con todo el equipo encima, evitando tener que colocar en el agua la botella de acero de 10 litros destinada a la etapa de descompresión, debido al incómodo oleaje y la presencia de alguna corriente. Nada más entrar en el agua, su frescura me sentó bien de inmediato, cosa que agradecí y me reconfortó. En el amarre, el oleaje, que entonces casi alcanzaba los dos metros, hacía cabecear de tal modo la embarcación que, agarrado al cabo, me alzaba y me hundía haciendo difícil e incómoda la permanencia en superficie. Junto con José Antonio y Unai, estábamos preparados para comenzar. Jose estaba a punto de llegar, último en equiparse, finalizando operaciones a bordo y últimos intercambios de instrucciones con Andrés y el marinero. Unai comenzó a descender mientras Jose se acercaba. Decidí iniciar también la inmersión, ya que José Manuel y José Antonio lo harían juntos y, previsiblemente, casi a continuación. Mi compensación no es veloz y, por consiguiente, mi velocidad de descenso no es rápida, así que era momento de seguir a Unai, en la seguridad de que en la bajada nos alcanzarían los otros dos. Noche oscura y verde, llena de partículas, durante casi la mitad de la distancia al pecio. El descenso, no obstante, agradable y suave. Comprobé que los otros dos también estaban bajando. Todo discurría, pues, sin novedad. Próximo a los cuarenta metros de profundidad, ya no veía a los dos buzos que me seguían. La visibilidad no era buena; solo cuando lo tenía prácticamente debajo comencé a distinguir los restos del Dom Pedro. Ahora bien, el agua se percibía algo más limpia, dando la impresión de una mejora de la visibilidad en el fondo con respecto a la capa superior. El fondeo había caído próximo a la borda de babor y Unai ya había comenzado a tender un hilo guía, que se perdía en la oscuridad.

Permanecí flotando junto al cabo, chequeando gases, equipo y a mi propia persona. Excepto Unai, que estaba usando un equipo autónomo en circuito cerrado (un rebreather “Classic”, de AP Diving), utilizando una mezcla respiratoria “diluyente” con base de helio (TRIMIX), los otros tres buceábamos en circuito abierto, con bibotellas cargadas con aire como gas de fondo y para el primer tramo de ascenso. Para favorecer la descompresión, a partir de determinada profundidad, respiraríamos NITROX. Particularmente, yo llevaba NITROX 60, que comenzaría a utilizar en la fase de ascenso y descompresión a partir de doce metros. Transcurrieron tres minutos y nadie llegaba al final del fondeo. Así pues, tenía, en consecuencia, a Unai en avanzada tendiendo hilo y, detrás, a los dos buzos que a esas alturas tenían que haber llegado. Había que elegir: ascender en su búsqueda abortando la estancia en el fondo o ir en pos de Unai, que estaba solo. Ellos eran dos –y uno de ellos José Manuel—y fuera cual fuera la incidencia, el tiempo transcurrido más el necesario para ascender, harían poco operativa mi intervención, mientras que Unai, adelantado tendiendo hilo, se hallaba solo y no sabía nada de lo que pasaba. Así pues, siguiendo el hilo de Ariadna, inicié el recorrido hacia la popa tendido por Unai. Poco después de rebasada la estructura de la máquina, aparecía él, a quien indiqué que dos buzos habían ascendido (única acción lógica si habían tenido incidencia). Poco después apareció José Manuel siguiendo la línea. Guiado por Unai ambos llegaron hasta la popa, mientras que yo inicié el retorno minutos antes. El incidente fue que José Manuel y José Antonio habían dado media vuelta y ascendido, cuando, rebasados los treinta metros de profundidad, José Antonio manifestó síntomas de narcosis, con intensidad suficiente para abortar la inmersión. José Manuel le dejó en el barco, retomó la inmersión y completó su vídeo hasta donde le permitieron los límites de tercios, consumo y tiempo de fondo previstos. Mi inmersión duró en total una hora, de la cual veinte minutos fueron repartidos en sucesivas paradas de descompresión entre doce y cinco metros, a los que hay que añadir el tiempo de ascenso hasta doce metros y tres minutos desde los cinco metros a superficie. Sin el uso de NITROX 60 el tiempo de descompresión hubiera sido exponencialmente más elevado y la eliminación del nitrógeno excedente en el organismo, menos eficiente.

[...]

La aventura del Dom Pedro

La aventura del Dom Pedro

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Details

Title
Al final del fondeo
Subtitle
Una historia de exploración independiente
Author
Juan Montero (Author)
Publication Year
2026
Pages
147
Catalog Number
V1715258
ISBN (eBook)
9783389185810
ISBN (Book)
9783389185827
Language
Spanish; Castilian
Tags
shipwreck exploration maritime history exploration diving wrecks Spain scuba diving adventures historia marítima España expediciones submarinas buceo profundo trimix buceo en pecios España Solopecios.com Hochheimer Bermeo Crucero Cardenal Cisneros Cardenal Cisneros cruiser Battleship Blas de Lezo
Product Safety
GRIN Publishing GmbH
Quote paper
Juan Montero (Author), 2026, Al final del fondeo, Munich, GRIN Verlag, https://www.grin.com/document/1715258
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