La soledad unitiva del hombre en Playa Sola de Alberto Girri


Proyecto/Trabajo fin de carrera, 2006

150 Páginas


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ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

1. PLAYA SOLA: UNA POESÍA EXISTENCIAL.
1.1. SITUACIÓN HISTÓRICO- LITERARIA DEL POEMARIO DE ALBERTO GIRRI.
1.2. EL TEMA GIRRIANO. ORIGEN Y ALCANCES DE LA SOLEDAD.
1.3. APROXIMACIÓN AL SENTIDO DEL TÍTULO: “PLAYA SOLA” COMO LÍNEA ISOTÓPICA.
Voy oyendo tu sueño

2. DE LA CONCEPCIÓN ADÁMICA A LA CONCEPCIÓN TRÁGICA DE LA EXISTENCIA.

3. EL EROTISMO Y LAS METÁFORAS DE LA ANDROGINIA.

4. EL ESPEJO: SÍMBOLO DE LA DUALIDAD.

5. “PLAYA SOLA”, IMAGEN DE LA SOLEDAD METAFÍSICA.

CONCLUSIÓN: HACIA UNA INTERPRETACÓN ÉTICA DE LA NOSTALGIA GIRRIANA.

APÉNDICE TEXTUAL:

Bibliografía

INTRODUCCIÓN

El propósito del presente Trabajo Final de Licenciatura es realizar un estudio hermenéutico de las implicaciones simbólicas y míticas de la elaboración lírica del eje semántico de la soledad en el poemario Playa Sola (1946) del escritor argentino Alberto Girri. Así, el corpus seleccionado para nuestro abordaje interpretativo es un texto habitualmente ubicado por la crítica literaria en el marco de la producción de la generación poética del ’40. Conforme a la hipótesis de sentido que será expuesta en su momento, el acercamiento a esta poesía, y en función de un concepto de interpretación –no análisis textual- de la misma, nos permitirá ir al encuentro implícito de un conjunto de relatos míticos fundacionales de la cosmovisión occidental y de su proyección teológica y filosófica, relatos sin duda compatibles con la inocultable vocación culta o erudita de Girri como poeta lírico, elementos que, en nuestro criterio, pueden constituir un contexto sustentable de estudio para la citada obra girriana.

En lo referente a sus datos bio- bibliográficos Alberto Girri nació en el barrio de Almagro, Buenos Aires, en 1919 y murió en 1991 en la misma provincia argentina.

Realizó sus estudios literarios en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde entabló amistad con H. A. Murena y con Olga Orozco, y donde efectuó además sus primeras publicaciones en dos efímeras revistas estudiantiles: Centro, hecha por el Centro de Estudiantes, y Leonardo, costeada por un grupo de alumnos.

Escribió algunos textos en el género del ensayo, y más de una treintena de libros de poesía, entre los que abordó la prosa poética. Trabajó como colaborador en el Correo Literario, en el Suplemento Literario de La Nación y en Sur.

Obtuvo premios nacionales e internacionales de poesía como la Faja de Honor de la S.A.D.E, el Premio “Leopoldo Lugones”, el Premio “César Mermet”, el Premio Municipal de Poesía, el Premio Nacional de Poesía, el Premio de Poesía “La Nación” y premios de la Fundación Argentina para la Poesía, la Fundación Lorenzutti y la Fundación Dupuytren. Fue galardonado como Caballero Oficial de la Orden al Mérito por el gobierno de Italia.

Sus lecturas fueron muy variadas. Fue traductor y divulgador de la obra de T. S. Eliot, Wallace Stevens, Stephen Spender, John Donne, Spoon River, W. C. Williams, y Robet Lowel, elegidos por afinidad con su propia obra poética.

Reconoció el valor literario que significó su amistad con Ricardo Molinari, Enrique Pezzoni y José Bianco, y la influencia que tuvo en su poesía su admiración por Jorge Luis Borges.

Su prolífica obra se ha caracterizado por la carencia de una relación estrecha o taxativa con las tendencias literarias que han sido contemporáneas a su escritura. Él mismo declaró su ajenidad respecto de las corrientes neorromántica y surrealista coetáneas a la publicación de su primer libro de poesía, Playa Sola, en 1946. A éste le siguieron Coronación de la espera (1947), Trece poemas (1949), El tiempo que destruye (1950), Escándalo y soledades (1952), Examen de nuestra causa (1956), La penitencia y el mérito (1957), Propiedades de la magia (1959), La condición necesaria (1960) y Elegías Italianas (1962); El ojo (1963) constituye el punto medular donde la crítica coincide en señalar que puede hablarse de un estilo propiamente girriano que marcará tendencias personales en su producción posterior.

En función de la hipótesis que propondremos, hemos seleccionado del texto indicado un conjunto de diecisiete poemas (entre el total de veinticinco textos que constituyen el mencionado libro, objeto de nuestro estudio) para el análisis a partir de recurrenciastemáticas e implicaciones simbólicas y míticas que serán explicitadas en su momento: “El amor”, I, II, III, IV, y V; “El testigo”; “Despedida”; “El recién nacido”; “El examen”; “Funambulesco”; “Presagio”; “First and Last”; “A mi hoy”; “Historial impúber”, II; “Nocturno”; “La fuente”; “Playa sola”. La trascripción completa de dichos textos se incluye en el apéndice del presente trabajo.

Playa Sola inscribe a Girri, dijimos, entre los poetas de la generación del ’40 cuya actitud temática absorbe resonancias del pensamiento existencialista que en el poemario girriano acontece, desde nuestra perspectiva, bajo la forma de la experiencia de un estado de angustia ante la soledad existencial, aprehendida como consecuencia de una pérdida metafísica que abisma al hombre en un mundo decadente.

La situación de completitud o de unidad, estado ontológico opuesto a la soledad, puede ser referida, en Occidente, entre otras fuentes, a dos orígenes míticos establecidos en dos horizontes diversos: por un lado, el mito prehelénico del andrógino relatado en El Banquete de Platón por Aristófanes; por otro, el mito judeo-cristiano (caída y pérdida del Edén) relatado en los capítulos 1, 2 y 3 del Génesis bíblico en el Antiguo Testamento. En el primer caso, nos referimos a la pérdida de una completitud erótica, afectiva y corporal entre dos seres humanos; en el segundo, a la de una unidad metafísica que vincula al hombre (como hijo) con Dios y con las restantes criaturas. Se trata, entonces, de dos planos que convergen en la producción de un conjunto de representaciones discursivas de la soledad: lo erótico-afectivo que comporta la nostalgia y la búsqueda del amor absoluto; y lo metafísico-existencial que comporta la pérdida del paraíso y el impulso hacia la integración con un ser absoluto.

Así, la escisión de esta unidad primigenia se convierte, en nuestro criterio, en fuente de la angustia que vivencia el hombre al ser consciente de sí mismo como ser separado o aislado a partir de la conciencia de su soledad; pero, paradojalmente, existe al menos para él la posibilidad de reintegrarse imaginativamente a su estado primordial en su afán de superar las limitaciones impuestas por su condición existenciaria.

En Playa Sola esta actitud se manifiesta, desde nuestra perspectiva, como una reflexión acerca de la existencia en tanto situación que predispone el destierro del hombre en su finitud, y en tanto determinante de la experiencia de una soledad “unitiva”, que se constituye- a pesar del aparente contrasentido- como soledad con vocación de búsqueda de una unidad perdida originaria. Así, nuestra hipótesis, en un nivel descriptivo, sostiene que en Playa Sola de Alberto Girri una de las isotopías dominantes es la de la soledad afectiva, metafísica y existencial; y en un nivel interpretativo, afirma que dicha soledad se presenta como el producto de la pérdida de un estado de completitud y unidad espiritual que en el texto aparece referido como absoluto –o lo divino-, totalidad –o centro del yo- y androginia –o plenitud amorosa-. Así, el yo lírico crea tres modos de proximidadcon su objeto: la búsqueda, la espera y la nostalgia que restituirían en parte y al menos imaginariamente la tríada a la que aspira ese yo,constituida por un absoluto (contacto con lo divino), por el amor (plenitud erótico-afectiva) y por el yo interior (hallazgo del propio centro). Esta unidad espiritual, en los dos primeros casos (absoluto y androginia), puede ser interpretada hermenéuticamente a la luz de las implicaciones conceptuales y filosóficas de los dos mitos indicados, si bien dichos mitos no están explicitados como tales en los textos; en cuanto al yo interior, se presenta en el texto referido metafóricamente a través del símbolo del espejo, que será estudiado en su momento.

El análisis crítico llevado a cabo por los intérpretes de la obra poética de Alberto Girri incorporados a nuestro estudio responde en su mayor parte a una etapa muy posterior a Playa Sola, período en el que se pone de manifiesto un poeta que tiende progresivamente a una forma de abstraer la realidad mediante una poesía encarnada en un estético hermetismo. De aquí que la crítica literaria haya atendido más a la mirada del yo lírico y a la evolución estilística de un Girri con preeminente inclinación experimental e intelectual.

En general, esta bibliografía ha sido publicada en revistas, salvo, hasta donde conocemos, el estudio hecho por Muriel Slade Pascoe, La poesía de Alberto Girri, editado en 1986 por Sudamericana.

Esta última autora, Emilio Sosa López, Juan Carlos Ghiano y H. A. Murena (citados en la bibliografía crítica ubicada al final de este trabajo) incluyen en sus abordajes el estudio de la primera etapa de Girri, hecho que nos ha permitido ampliar y enriquecer nuestro enfoque.

Nos ha resultado asimismo valiosa la lectura de ciertas visiones historicistas de la literatura argentina como las de César Fernández Moreno, Carlos Giordano, Arturo Cambours Ocampo, José Isaacson y Carlos Urquía, en los que atendimos específicamente al período donde se inscribe Playa Sola.

Consideramos que al resultar casi insuficiente, si no escaso, el material de consulta concerniente al análisis de la primera etapa de la poesía girriana, y fundamentalmente de Playa Sola, nuestro enfoque contribuirá a desarrollar y ampliar la producción crítica literaria sobre los comienzos de la escritura de Alberto Girri, distante en muchos aspectos de su última producción.

A partir de todo lo anteriormente expuesto, nuestra investigación ha sido diseñada en función de los siguientes objetivos: realizar un estudio integral de las constantes de sentido de un conjunto de textos del poemario Playa Sola del escritor argentino Alberto Girri; indagar en él las implicaciones semánticas, conceptuales y filosóficas del eje isotópico de la soledad; señalar posibles líneas semánticas secundarias que se desprenden de la isotopía de la soledad como producto de una unidad escindida; analizar la importancia y los alcances del sentido del título de la obra;vincular el concepto de “soledad unitiva” planteado en el texto, conforme a nuestra interpretación, con el mito del andrógino relatado en El Banquete de Platón y con el relato adámico bíblico (caída y pérdida del edén).

Para cumplir los objetivos señalados y para llevar a cabo la fundamentación de la hipótesis propuesta, hemos considerado de consulta fundamental las lecturas de El Banquete de Platón y del Génesis bíblico en lo concerniente a los relatos míticos implicados en la idea de separación y de reintegración con una totalidad perdida, para así poder interpretar la idea de la soledad escindida que experimenta el hombre en el mundo y que vertebra, en nuestro criterio, Playa Sola.

Por otra parte, los enfoques fenomenológicos desarrollados en El concepto de la angustia (1844) de Sören Kierkegaard –autor muy leído por Girri en su primera época como escritor, hecho que motivó nuestra elección- y en la “Segunda Parte” del “Libro II” de Finitud y culpabilidad (1960) de Paul Ricoeur, ambos autores de formación protestante, nos han servido a los fines de realizar la exégesisdel carácter simbólico y existencialista del mito adámico. También hemos resaltado sus respectivas concepciones míticas de la “caída” y su extensión ética para una interpretación existencialista del relato judeo-cristiano.

Además, incluimos entre los teóricos consultados en la línea de una hermenéutica antropológica a Mircea Eliade (Mefistófeles y el andrógino, 1962), y en la orientación psicoanalítica freudiana a Norman O. Brown (Eros y Tanatos, 1958).

En cuanto a la aproximación a la soledad como categoría ética hemos juzgado importante la presencia de la dirección antropológica y filosófica encarnada enSaturnino Álvarez Turienzo (El hombre y su soledad, 1983), cuyo ensayo ofrece una abordaje integral del ser humano dimensionado desde amplios puntos de vista que anticipan una comprensión ética de su esencia y de su ontología en el mundo, motivo que orientó nuestro estudio hacia una conclusiva interpretación ética de la soledadcon vocación unitiva en Playa Sola.

El marco teórico general que preside nuestro enfoque es así el de la hermenéutica como teoría y práctica de la interpretación- entendida ésta como el acto de “atribuir sentido a un discurso polisémico o multívoco”-,en la línea sustentada por Paul Ricoeur en su Teoría de la interpretación (1985).

Por último, en cuanto a la delimitación del recorrido de nuestro trabajo, realizado conforme a lo ya expuesto, éste parte de la referencia a Playa Sola como poesía de implicaciones existenciales y del análisis de la situación histórico- literaria de la que emerge esta obra, para luego abordar el tratamiento del eje semántico de la soledad y un estudio de los textos en función de la hipótesis propuesta.

En cuanto a este análisis, y dada la especificidad de nuestra hipótesis y la elevada densidad semántica y conceptual del texto girriano, hemos producido un abordaje más cercano a la forma ensayística de indagación y exposición de ideas que al examen metodológico estricto y consecuente; igualmente, la mayor parte de nuestras observaciones analíticas se han centrado en el estudio metafórico y simbólico de los enunciados poéticos girrianos, más que en el relevamiento pormenorizado de otros recursos líricos, salvo cuando éstos se constituyeran en relevantes por su preponderancia ocasional en alguno de los textos comentados.

Según fuera oportuno, ha sido nuestro propósito acceder al estudio de los horizontes míticos de referencia para la interpretación, y de otros elementos del campo semántico textual que pueden ser deducidos de ella (la ‘caída’, el espejo y el descenso de la fe), para ulteriormente integrar los diversos aspectos desarrollados en la elaboración de una conclusión final en la que se consideró una vez más la formulación de la hipótesis propuesta y su comprobación efectiva dado que, como observaremos luego, a lo largo de esta investigación emergió con fuerza el rol también significativo y recurrente de otro eje semántico –el del saber-, muy ligado a la figura del “testigo”, aquel que produce un lúcido testimonio de un tiempo histórico de decadencia, soledad, miseria y corrupción, aspecto del que daremos cuenta en el sector conclusivo del presente trabajo.

1. PLAYA SOLA: UNA POESÍA EXISTENCIAL.

1.1. SITUACIÓN HISTÓRICO- LITERARIA DEL POEMARIO DE ALBERTO GIRRI.

En 1946 aparece publicado el primer libro de poesía de Alberto Girri: Playa Sola. Un esquema generalizado en la poesía argentina ubica a este poemario en lo que se ha denominado “generación poética del ‘40”.

Hacia esta década un grupo de poetas de Buenos Aires y del interior del país dan nacimiento a una actitud generacional que será depositaria de un giro innovador respecto de la producción poética vanguardista de los años ’20, cuyos exponentes determinantes fueron Jorge Luis Borges y Oliverio Girondo. Este cambio generacional comienza a manifestarse hacia 1935 y logra una definitiva coherencia temática y estilística en 1945.

A estos poetas, por la orientación del contenido de su escritura y por su visión del mundo, les fue adjudicada la calificación de “neorrománticos”.

Respecto de ellos, Carlos Rafael Giordano (1) plantea un núcleo central de esta generación que estaría formado por poetas nacidos entre 1916 y 1919. Según esta perspectiva, a este grupo, pues, pertenece Girri.

La realidad histórica en la que estuvieron inmersos los poetas del ’40 se correspondía con una situación crítica no sólo a nivel nacional sino mundial,cuyos orígenes pueden remontarse a la crisis económica internacional que en 1929 repercutió negativamente en nuestro país y que fue aprovechada por el general nacionalista José Félix Uriburu, quien en 1930 derrocó a Irigoyen con un golpe militar. Se iniciaba así la era de las interrupciones institucionales, dando lugar al período que fue conocido como la “década infame”, caracterizada por contradicciones políticas, económicas y sociales que significarían el ocaso al menos transitorio del llamado pensamiento nacional.

No menos significativa, en cuanto a sus consecuentes aspectos político-sociales negativos, fue la década siguiente, en la que se gesta literariamente la tendencia neorromántica. El golpe militar de 1943 con su perfil fascista, las manifestaciones populares de 1945, las incidencias del gobierno peronista en los aspectos de la política social, económica y política interna, más las nuevas contradicciones en este régimen producidas por su burocratización, entre otros fenómenos, constituyen un marco que será experimentado con cierto rechazo por la intelectualidad argentina posicionada en su mayor parte en una ideología liberal democrática.

Sin embargo, César Fernández Moreno (2) señala que, en sus comienzos, la generación poética del ’40 había tomado una actitud política posicionada en la izquierda, de resistencia al clima político de entonces, y que la mayoría de los poetas soportaron los años del peronismo de manera solitaria y silenciosa. “Al influir directamente sobre la difusión literaria de los poetas del ’40 –señala César Fernández Moreno- la década peronista los lleva a una especie de ascetismo que, a la larga, les problematiza también los fundamentos mismos de su creación (…) En el orden literario, se agudizó en los reclusos el especialismo, el culto a la forma, el preciosismo, las mañas del lenguaje. En suma: la intensificación de la literatura pura, como compensación de la subordinada vida que de afuera el régimen pretendía imponer”. (3)

Este aislamiento de los neorrománticos se debió, entonces, a circunstancias sobre todo locales, relativas al considerable cambio en la política, economía, cultura y sociedad que había instaurado la figura de Perón desde 1943, trastocando el clima histórico donde venía creciendo esta generación.

Este revisionista de la literatura argentina remarca, además, que el rechazo hacia aquella realidad potenció en los del ’40 un retiro que, como contracara de la declinación de los valores objetivados en la historia, encauzó una especial actitud individual que priorizó la expresión de valores no socializados, es decir, que favoreció unamoral y una estética propias. Tal es así, que, como actitud reaccionaria aparentemente pasiva, los temas predominantes de esta generación fueron, como apunta César Fernández Moreno, “la niñez y la muerte, o sea el pasado y el futuro, nunca el presente”. (4).

Por su parte, la minoría de cuarentistas peronistas adhirió a esa política por conveniencias fácticas, no aludiendo en su escritura a la manifiesta situación que atravesaba la sociedad argentina.

Por otra parte, la política y la economía internacionales se vieron afectadas principalmente por el accionar de los gobiernos dictatoriales en Europa, por la guerra civil española y por el inicio de la segunda guerra mundial con sus funestas consecuencias.

Este descentramiento de un orden social e histórico mundial que implicaban los hechos señalados repercutía en los poetas quienes, aspirando a reintegrar o recuperar ese orden, aunque fuera de manera íntima, introspectiva o buscando respuestas ante aquella situación caótica, recurrieron a la poesía concebida como el espacio donde bucear en una realidad individual que se manifestaba como un extremo subjetivismo, tratándose ciertamente de la manifestación generalizada de un estado de auténtica soledad existencial.

A nivel de la escritura, la soledad de esta generación (como experiencia determinante, entre otras indicadas por la crítica tales como el sentimiento del amor perdido, la evocación de la patria o la nostalgia de la infancia) se caracterizó por buscar su terreno a partir de una definitiva tonalidad elegíaca.

Playa Sola constituye, desde el citado punto de vista formal, un poemario que, si bien no incursiona totalmente en el estilo elegíaco (5), en parte connota cierto matiz de nostalgia y melancolía propiciado no ya por la pérdida física de un ser querido o de una posesión mundana, sino, y aquí radica su originalidad temática, por la pérdida de una unidad espiritual aludida como androginia afectiva, totalidad y absoluto, de la cual el hombre queda escindido y por la cual su ser en el mundo encarna en la forma de una soledad existencial concebida como angustia. Se trata, pues, como hemos afirmado, de una soledad con vocación de unidad.

Respecto de esta temática y esta perspectiva, es posible realizar un breve recorrido en torno a algunas observaciones realizadas por la crítica. Enfatizando la evolución modélica de la poesía girriana desde Playa Sola a Elegías Italianas (1962), preocupación que implica una forma de expresar la palabra poética cada vez más “domesticada”, Saúl Yurkievich (6)observa en ella una “energía conjuntiva” que se sobrepone a la voluntad opositora o divisora de la realidad empírica. Con esto elogia la “imaginación” que Girri presenta en lo concerniente al tratamiento de los temas y formas poéticas de esta primera etapa que él señala como elegíaca.

También María Kodama (7) evoca el “lirismo confesional” girriano como modo de añorar lo absoluto tratado a partir de las limitaciones humanas. Cita una entrevista de Danubio Torres Fierro (8) en la que Girri alude a la pérdida de la unidad “por nuestra incapacidad de amor absoluto, y somos incapaces de amor absoluto porque hemos perdido el paraíso original de cuya nostalgia nos alimentamos”.

Decíamos que la consecuencia de esta escisión es la “solitariedad radical en que se debate agónicamente el hombre”. Con estas palabras Emilio Sosa López (9) medita acerca de un Girri cuya poesía es la expresión de su “mismo afán de integración con un ser absoluto (que) busca realizarse por encima de toda exigua circunstancialidad”.

Respecto de la promoción del ’40, es preciso recordar que al iniciarse esta década se edita la revista Canto (que tuvo sólo dos números), cuyas páginas esbozaron un programaestético y ético renovador en relación con los modos desafiantes de la escuela vanguardista que precedió a esta generación: el ultraísmo (10). Las particularidades de esta revista fueron la de reunir a los poetas originarios y vertebrales del ’40 y la de reaccionar contra el cosmopolitismo europeizante del ultraísmo. Varios autores (11) han coincidido en afirmar la carencia de función social de esta poesía y la búsqueda de un sentido esencial del hombre y del mundo como objetivo primordial del poeta. La poesía tiende así a plantear, para la crítica, una continuidad posible del subjetivismo que había caracterizado al romanticismo.

Carlos Rafael Giordano (12) plantea dos direcciones fundamentales en estos poetas, una donde se evidencia la sustitución de la realidad objetiva por la proyección subjetiva y la consecuente búsqueda de una permanencia; otra donde se manifiesta la tensión entre lo subjetivo y la realidad objetiva y la consecuente destrucción de hombre y objeto, esta última, de inclinación metafísica. El centro de cada dirección estaría marcado por la experiencia del tiempo y la elegía marcaría el modo subjetivista en que cada poeta busca expresar al hombre y el mundo. Con esto Giordano justifica la denominación de “neorromántica” con que se designó a esta promoción, encontrando su origen último en el movimiento alemán “Sturm und Drang” como importante influjo romántico en todo el arte antirracionalista desde el siglo XVIII hasta mediados del siglo XX. Cabe señalar que, a nuestro juicio, los poemas de Playa Sola coinciden en parte con las dos direcciones propuestas por Giordano. Existe, sí, una búsqueda de una permanencia, como también una visible propensión metafísica, pero las relaciones que se plantean entre hombre y realidad se ven modificadas. En Playa Sola, desde nuestra perspectiva, el hombre se relaciona con la realidad circunstancial a partir de su conciencia como ser escindido de una realidad espiritual unitaria o integrada.

En relación a la importancia que los escritores neorrománticos dieron al tiempo, Muriel Slade Pascoe (13), en particular analiza este aspecto en la producción poética de Alberto Girri desde Playa Sola hasta Monodias, publicada por primera vez en 1985. Esta autora aborda el tiempo como una constante de la obra girriana; de hecho, hace una aproximación a la cuestión del hombre como determinado temporalmente y atravesado por el abismo de la muerte y de la nada, vale decir, situado en el dualismo “de un tiempo a la vez impersonal y subjetivo” (14). Así, Slade Pascoe, estructura su análisis fragmentando el corpus textualen tres períodos: el primero (1946- 1955) presenta como tema el tiempo en tensión con un anhelo de la permanencia, en el que inciden el orden y la responsabilidad (tendencia, por cierto, con la cual hemos coincidido en algunas partes de nuestro trabajo , si bien, no es la temporalidad la isotopía fundante de nuestro estudio); el segundo período (1956- 1963) toma el dolor como atributo de la naturaleza humana; finalmente, la tercer etapa (1964- 1985) pone de manifiesto el logro de un “presente eterno” como consumación de la propia individualidad autorrealizada.

Para César Fernández Moreno (15) los antecedentes literarios del ’40 deben buscarse a partir de 1934, año en que Federico García Lorca y Pablo Neruda se encuentran en Buenos Aires, significando este hecho el anclaje cronológico del neorromanticismo argentino. También el exilio español que produjo la guerra civil española implicó un suceso no menos importante en la recepción de influencias cercanas a la eclosión del ’40. Por otra parte, repercutían en Argentina los ecos de poetas europeos. Pero es a Pablo Neruda y a Rainer María Rilke a quienes César Fernández Moreno les confiere la mayor determinación sobre la orientación de esta poesía por su tendencia romántico-surrealista. Habla así de un “neorromanticismo teñido de surrealismo” donde prima lo subjetivo y que, con el estallido de la segunda guerra mundial, transitará hacia un neorromanticismo existencialista.

Esta misma dirección defiende Graciela de Sola (16) señalando un estado generalizado de angustia al que se deberá el tono predominantemente elegíaco de los escritores neorrománticos. La autora incluye a Girri entre los poetas neorrománticos de inclinación surrealista por la derivación de la temática de su poesía hacia un trascendentalismo y por la modalidad reflexiva de su escritura.

Cabe señalar que, en 1983, la editorial Losada publica Notas sobre la experiencia poética, por Alberto Girri, donde se incluye, al final de sus textos, un diálogo con Vilma Colina, fechado en diciembre de 1979 para el Suplemento de Letras de Convicción.Allí, a la cuestión de la complejidad de su escritura, Girri responde incluyendo su forma de creación poética en el conjunto de obras de autores contemporáneos a él, y postulando tres motivos fundamentales en el proceso de producción del sentido del discurso poético de la generación: “1) Gran énfasis en las connotaciones emocionales, psicológicas, culturales; 2) Tendencia a la desorganización interna y a lo informe; 3) Énfasis sobre lo inconsciente, la estructura de los sueños”; aspectos considerablemente ligados a la escritura surrealista.

La preocupación ontológica fue entonces un rasgo en común elaborado por algunos autores de las vertientes neorromántica y surrealista (17), cultores de una pregunta, una búsqueda y una respuesta ligadas en parte al existencialismo.

Arturo Cambours Ocampo (18), por su parte, remarcando la omisión que hace César Fernández Moreno de la novísima generación como posible influjo en los escritores del ’40, sostiene que la fuente de la temática de la “unidad neorromántica” (“muerte, infancia, soledad, angustia del hombre”) se encuentra en el pensamiento de Sören Kierkegaard, de Miguel de Unamuno y de Martín Heidegger y en la poesía de R. M. Rilke, T. S. Eliot, y F. Holderlin. Adjudica a la novísima generación (que precedió por una década a los neorrománticos) el impulso primigenio de aquella tendencia que adquirió cuerpo en la poesía del ’40, asumiendo los del ’30 una actitud opositora al surrealismo y al ultraísmo e incorporando un “nuevo sentido poético y filosófico” a un tipo de escritura que será explotado luego por los neorrománticos.

Consideramos igualmente valiosos cada uno de estos puntos de vista acerca de los multifacéticos precedentes de la generación del ’40, y en particular de aquellas perspectivas que sirven a los fines de encontrar las hipotéticas direcciones que encauzaron la creación de la singular modalidad temática de Playa Sola y de su universo lírico representado, en tanto, si bien la crítica en general lo ha enfocado como un libro decididamente cuarentista, creemos que su nivel de complejidad y de elaboración lírica y formal, sumado a la presencia aislada de ciertos efectos de sentido vanguardistas que vuelven particularmente críptica su lectura, y a la recurrencia notoria de algunos motivos existencialistas (la soledad, la finitud y la contingencia humanas) hacen que este texto exceda, en su singularidad, los moldes literarios y las tendencias dominantes de la década.

Notas

1. Carlos Rafael Giordano, El 40, Editores dos, Buenos Aires, 1969, p. 9.
2. César Fernández Moreno, La realidad y los papeles, Aguilar, Madrid, 1967.
3. Op. cit., p. 305.
4. Ibidem, p. 306.
5. Calixto Oyuela distingue entre las principales especies de la poesía lírica a la elegía, caracterizada por dedicarse a la lamentación por un bien perdido. “En un principio se la destinaba a lamentar la muerte de alguna persona; luego se la extendió, entre los griegos mismos a toda clase de asuntos, políticos, morales, etc.; hoy conserva, si no tanta, bastante latitud, pues se da su nombre a toda lamentación de un suceso desgraciado sea privado o público”. (Elementos de teoría literaria, Ángel Astrada y Cía., Buenos Aires, 1986, pp. 326-30). Ver también José Luis Micó Buchón en Curso de teoría y técnica literaria, Barcelona, Casals, 1971, pp. 544-45.
6. “Alberto Girri: fases de su creciente” en Suma Crítica, F.C.E., México, 1997.
7. AA.VV. Alberto Girri. Homenaje, Sudamericana, Buenos Aires, 1993, pp. 73-89.
8. También Muriel Slade Pascoe en La poesía de Alberto Girri, Sudamericana, Buenos Aires, 1986, pp. 21-22.
9. “La poesía de Alberto Girri”, Cuaderno de la Revista de Humanidades, 1967.
10. César Fernández Moreno (op. cit) califica a la promoción del ’40 como una segunda vanguardia, que precede a la generación del ’50 y que reacciona contra el cosmopolitismo y el tecnicismo ultraístas.
11. Carlos Rafael Giordano (1969), César Fernández Moreno (1967) y Graciela de Sola (1967), entre otros.
12. Carlos Giordano, op. cit., pp. 15, 32, 33.
13. Op. cit., nota 8.
14. Ibidem, p. 13.
15. César Fernández Moreno, op. cit., pp. 219-28.
16. Graciela de Sola, op. cit., pp. 66, 67, 94, 95, 96.
17. En la vertiente neorromántica, autores como Vicente Barbieri y Alberto Girri. En la vertiente surrealista, autores como Aldo Pellegrini y Enrique Molina.
18. Arturo Cambours Ocampo, El problema de las generaciones literarias: esquema de las últimas promociones argentinas, A. Peña Lillo Editor, Buenos Aires, 1963.

1.2. EL TEMA GIRRIANO. ORIGEN Y ALCANCES DE LA SOLEDAD.

Karl Vossler en su libro La soledad en la poesía española (1) revisa la procedencia etimológica y fonética de la palabra “soledad”, proveniente del latín solitatem, y concluye que “la conservación de la i protónica como e (comp. solidata-soldada, solitarium-soltero), así como la gran rareza del vocablo latino solitas permiten suponer que se trata de un neologismo de origen ibero”.

Pero el término latino solitas es empleado con carácter de novedad por tres autores latinos: Accius, Apuleyo y Tertuliano. Vossler infiere que el vocablo español soledad aparecería entonces como un neologismo erudito que tiene su origen en el influjo de la lírica galaico-portuguesa de la Edad Media.

La forma original del vocablo en portugués aparece en principio como soëdade; luego, como soïdade; finalmente, como suïdade.

Originariamente el significado de la palabra equivale al de “concentración psíquica, y se emplea para designar una pequeña poetización, algo esencialmente lírico. ‘Soledad’, ‘abandono’, ‘ausencia’ toman en el lenguaje usual de los trovadores galaico-portugueses el valor sentimental y la acusada importancia de ‘tristeza’, ‘queja’, ‘afán’, ‘anhelo’, ‘languidez’ y ‘nostalgia’”. (2)

En este contexto, el uso de la palabra en el lenguaje portugués, y su significado objetivo de “aislamiento”-“soledad”, adquiere un marcado sentido nostálgico, pudiendo ser representado por otras voces como “soidao, solidao, isolamento, retiro, ermo, deserto, abandono, desamparo, ausencia y por la palabra castellana feudal soledade”. (3)

A partir de esta descomposición del término, que se produce hacia fines del siglo XV, el vocablo soïdade queda referido al terreno de los sentimientos del hombre y de la subjetividad, modificándose también poco a poco su fonética, produciéndose la introducción del diptongo au, hasta adquirir, al final del siglo XVI, el sentido de nostalgia.

Respecto de la introducción del diptongo au se ha considerado como supuesto influjo a la palabra árabe saudá que equivale a “dolor de corazón, depresión, melancolía” (4). También se ha pensado en su ascendiente de suave, provenido del latín suavis, evolucionando su significado hacia un sentido espiritual de valorado empleo. Asimismo, en torno al significado de la palabra portuguesa saudade se configura además la idea de un “estado de ánimo suave y reprimido”. (5)

Vossler sistematiza su estudio de las transformaciones de la forma fonética y del significado del vocablo portugués saudade en relación con la historia de la poesía, priorizando de esta manera la métrica y el pensamiento líricos, siendo que para el imaginario portugués esta palabra “tiene algo lleno de misterio”, conteniendo “aproximadamente a la totalidad del mundo del pensamiento y de los sentimientos que nos inspira el estado de soledad”. (6)

Estudiosos como Menéndez Pelayo y Rodríguez Marín, ambos citados por Vossler, han sostenido que la soledad castellana reviste un parecido con la saudade portuguesa, sobre todo en lo que respecta al sentido nostálgico del término, a su “significado psíquico”, llegando a extender la significación de la soledad castellana a acepciones homologables a las de “desesperanza” y “desesperación”.

Aproximarnos al concepto de soledad implica, pues, concebirla como condición del hombre y, en este sentido, es razonable tenerla en cuenta en el marco de las relaciones que establece éste con su medio, sus circunstancias y suinterioridad; pero no es factible pensar la experiencia de la soledad en sentido absoluto, es decir, circunscripta al concepto de aislamiento, lo cual implicaría considerar al hombre solo como un “sin otro” (sine alio). Sin embargo esta misma palabra (solo), derivada del latín solus, define la relación de separación de algo o alguien con respecto a un todo (7). Podemos agregar que esta última acepción nos llevaría hacia la reflexión acerca de la lucha existencial que el hombre solitario establece contra la alienación o la ajenidad de la realidad, actitud ligada a un cierto matiz existencialista.

El hombre es, pues, según este planteo, y de acuerdo a la expectativa de nuestro trabajo, un existente (y no sencillamente un animal sociable); la soledad, desde este punto de vista, o puede sujetarlo a la dependencia de lo exterior contingente -y en este caso ocuparía el lugar que “las fenomenologías existenciales atribuyen a la angustia” según Saturnino Álvarez Turienzo-; o puede direccionar su comprensión hacia una actitud de apertura ante la vida. En el primero de los sentidos, el concepto de soledad es aplicable a los significados de “desesperación” y “desesperanza” antes vistos. En el último sentido, la soledad devuelve al hombre al enigma de su existencia, a la aprehensión de ese todo del cual se halla escindido.

Sören Kierkegaard (8), considerado como el fundador de la filosofía existencial, sostuvo que existir comporta temor, desesperación y angustia, entre otros estados fundamentales, por la pretensión del hombre de llevar una vida objetiva, superficial, no profunda (a esta disposición la llama “estadio estético”). Dicha aspiración manifiesta, no la vida en su plenitud, sino el abismo que siente la existencia misma ante su propio vacío (como nada). El hombre, así, encubre su pecaminosidad, su condición de caído, para no quedar suspendido en esa nada, pretendiendo suponer que la verdad radica en la subjetividad, vale decir, en el interior del propio sujeto como fuente de comprobaciones. Pero la verdad radica en el carácter “decisivo” de la existencia, en la “elección de sí misma” (a partir de la libertad). Cuando el hombre llega a “comprender” este carácter profundo de la existencia se aleja de su “estadio estético”, estando dispuesto a dar lo que Kierkegaard llamael “salto cualitativo” o la comprensiónmisma de la vida. En este sentido es que para Kierkegaard el hombre es un “existente”, y no meramente un ser que piensa, por esto mismo no le está destinado a la razón más que, paradójicamente, el comprender racionalmente la existencia, pero no puede penetrarla existencialmente en su totalidad. De aquí que la “elección” tenga una importancia decisiva para el pensamiento kierkegaardiano, puesto que lo que se elige es la “libertad”, la búsqueda de la verdad. Sin embargo el hombre en su elección puede inclinarse hacia el “estadio estético”; o bien puede permanecer en el segundo estadio de la vida, el “estadio ético”; o finalmente puede optar por el tercer estadio, el más elevado, el “religioso”. (9)

En este último estadio halla su culminación la filosofía de Kierkegaard al plantear que, en la existencia del hombre, el “estadio ético” queda interrumpido por el ingreso de la angustia en su existir; aquellas condiciones que en su “fase estética” el ser humano habría encubierto para evitar la suspensión en la nada (el vacío de la existencia) salen ahora a la luz, desde un punto de vista fenomenológico.

En este estadio las situaciones existenciales que acongojan al hombre no pueden ser comprendidas ni explicadas por el razonamiento; éste entonces cede espacio a la súplica y a la queja en el individuo penitente.

A este respecto es posible encontrar cierto eco kierkegaardiano en los poemas de Girri, y en algunos, particularmente, la resonancia es más poderosa. Así, en el poema “Presagio” la angustia acontece en el hombre como estado que se desencadena a partir de la tendencia a comprender la ambigüedad de un dios que lo ha expatriado ofensivamente en un mundo agónico que propicia la desdicha. En el marco de esta paradoja cristiana, la divinidad es cuestionada; el dios evocado por Girri, “letal y dominante”, “seductor” e “indócil”, “cae” sobre su “desesperanza” generándole un “llanto tristísimo”. Nos resulta interesante reparar en la aplicación del concepto de caída al dios girriano (“caes sobre mi desesperanza de soldado”) hecho que conlleva la idea de una antropomorfización de un dios también decadente y equívoco. En este punto, la soledad del hombre girriano dista de la angustia kierkegaardiana que resuelve al menos el abismo entre Dios y el hombre introduciendo el concepto de “salto cualitativo”; en cambio, el ideario de Girri, por momentos, parece librar al hombre de toda elección individual y enfocar su destino según una concepción providencialista de la historia privada, dando lugar así a la impetración del hombre caído. Así, el poema “Presagio” manifiesta esa queja ante un dios cuestionable y engañador, sin misericordia, siendo que la creencia en él, en lugar de religar, se torna vacilante:

Eres el dios reciente y amarillo Como una marea indócil, como un brazo letal y dominante, como un empecinado seductor, caes sobre mi desesperanza de soldado.

De este modo, la soledad es experimentada como la consecuencia de la expatriación de ese ser que es el hombre, destinado a traducir esta condición en términos de una nostalgia de religarse con su esencialidad perdida y recordada (“¿Quién recuerda mi antiguo ángel?”, “Despedida”).

En ocasiones, el hombre girriano incluso aparece con cierta actitud de rebelión hacia esta proveniencia espiritual porque el mundo donde ha sido arrojado le resulta demasiado denso y alienante, “enfermo de materia y de ironía” (“El testigo”).

No es casual, a este respecto, el epígrafe que escoge Girri para presentar la segunda parte de su poemario, que lleva el mismo título que da nombre a la totalidad del libro: PLAYA SOLA. En él se lee un fragmento de un poema de Giuseppe Ungaretti llamado “Peso”: “Sin espejismo/ llevo mi alma”. La cita condensa, desde nuestro punto de vista, un aspecto del sentido que Girri quiso plasmar en los poemas del texto: “Cargar con todo el peso del alma, sin claudicaciones, no es hoy el menor de los males que ha de aguantar el hombre. Esa carga es la que tiene el nombre de soledad” (10). Esto significa, pues, que es en esa densidad paradójicamente espiritual, contradictoria por el “peso” atribuido a la inmaterialidad del alma, donde se debe ir al el encuentro de la pregunta acerca de qué es el hombre, de dónde viene y hacia dónde va. Lejos de ser un “espejismo”, ese “cargar” con el alma, llevarla a cuestas, es la realidad ontológica supremade la que parte el poeta para fundamentar la nostalgia que se adueña de todo intento de dar respuestas a la experiencia del amor o del vivir, en tanto el hombre es el ser que busca completarse o integrarse espiritualmente.

Este sentimiento de desarraigo que caracteriza a la soledad se vincula con ideas afines a él comolas de destierro, ajenidad, incomunicación, errancia, orfandad y forasteridad respecto de aquella condición esencial perdida o extraviada y añorada. Podríamos relacionar tales conceptos con lo que Saturnino Álvarez Turienzo (11) define entonces como “el mal del alma”, un mal que es, según este filósofo, resultado de la prioridad que la cultura ha dado a la ciencia, por lo cual el conocimiento objetivo ha ido prescindiendo de explicaciones derivadas de concepciones míticas acerca de la existencia. Al perderse esa búsqueda milenaria del sentido más profundo de la vida, la ciencia produjo un abismo entre el hombre y lo sagrado “no (dejando) en el lugar de este precioso nexo más que una búsqueda ansiosa en un universo helado de soledad” (12).

Desde otra perspectiva, orientada holística y psicoanalíticamente, el teórico norteamericano Norman O. Brown, en la primera parte de su libro Eros y Tanatos (13) también plantea, proyectando el pensamiento de Sigmund Freud, que la existencia de un inconsciente reprimido en el hombre implica la presencia de una neurosis generalizada en la sociedad. Parte del reconocimiento de un concepto clave freudiano, el de “represión”, que constituye un hallazgo para el estudio del hombre y de la cultura a partir del descubrimiento de tres fenómenos determinados por el inconsciente, hasta entonces desvalorizados por la ciencia médica: los síntomas de enajenación mental, los sueños y las conductas involuntarias en la vida cotidiana. De modo que la vida psíquica inconsciente no puede hacerse consciente siempre de un modo normal y espontáneo, lo cual genera un conflicto psíquico cuya fuerza tensiva es la represión de la pulsión primordial del hombre constituida por el deseo, dirigido “hacia la obtención del placer y la evasión del dolor” (14). Pero la realidad instaura la lucha en la conquista del placer (felicidad) y deja al hombre la sola opción de la renuncia a él. Sintetizando, “la neurosis es una consecuencia esencial de la civilización” (15), siendo el inconsciente reprimido el que engendra esta neurosis colectiva; de allí que deba pensarse este fenómeno en términos de un proceso histórico cuya clave última de interpretación reside en la pulsión erótica reprimida en el ser humano, en el sentido de la atracción que éste experimenta hacia la fuerza de un Eros concebido como instinto de vida reprimido y sublimado por las demandas de la proximidad del mundo (tal es el caso de la energía desviada y canalizada hacia el trabajo para la sobrevivencia y la adaptación del hombre a sus circunstancias).

Norman O. Brown va más lejos en un texto posterior, El cuerpo del amor (16), donde remite a los conceptos antes vistos para plantear que el estado opuesto al de la neurosis, el de la salud, equivale auna reintegración del hombre, a nivel espiritual, con el principio de la Vida o su fundamento más profundo: Eros.

“Curar es dejar entero, volver a integrar, unificar o re-unir: esto es Eros en acción. Eros es el instinto que trabaja por la unión o unificación, y Tanatos, el instinto de la muerte, es el instinto que trabaja por la separación o la división”. (17)

Esta lucha entre Eros y Tanatos nos permite un acercamiento a una concepción simbólica y esencialista de una realidad que, al eclipsarse por la victoria de Tanatos, produce la angustia y la soledad del hombre- en tanto fenómenos tanáticos de aislamiento y escisión-, visión que coincidiría con la definición kierkegaardiana de la angustia como una determinación del espíritu.

Así, en el poema de Girri titulado “El recién nacido” es posible indagar la presencia de una idea subyacente de orfandad respecto de esta proveniencia espiritual del hombre, escindido por la acción del principio de Tanatos, y experimentador, entonces, de una peculiar nostalgia hacia esa unión que Eros no alcanza a efectuar o sublimar. Según nuestra interpretación, el poeta alude tanto a su “neurosis” particular comoa una “neurosis” colectiva, representando además las causas simbólicas de las mismas.

Estaba cerca del puesto de observación y la tierra lloraba en sus lunares, tanta muerte impúdica. Adiós, ya soy eterno en esta dulce mutilación que viene de lo oscuro, viviré mil veces y otras mil puedo romper las apariencias de bondad cristiana, saciadas de días y densos deseos solitarios. Adiós, ya recupero esa especie de confinada locura que había en mí, que merodeaba como un viento ciego y sin provecho, porque en mi boca sólo nacía el hielo y la costumbre de los hombres, alegres empresarios de la vigilia y de los ejercicios espirituales. Recuperada, inmemorable locura de ocios, de calles nómades, de tersuras perdidas a sabiendas.

El título del poema, desde nuestro punto de vista y siguiendo el marco teórico precedente, expresa el nacimiento del poeta a la comprensión de la existencia (lo que en Kierkegaard recibe el nombre de “salto cualitativo”), de allí que en el primer verso se haga referencia a la cercanía “del puesto de observación”, es decir, del acto de conocer (o de percatarse de) la complejidad de una realidad inherente o adyacente a lo visible (ese orden aparente y superficial que antes denominamos “estadio estético”) del hombre y del mundo.

El poeta se describe como un ser ya eterno (“ya soy eterno”) en la “dulce mutilación que viene de lo oscuro”, es decir, según nuestro criterio, en la comprensión de la existencia del impulso de Tanatos (de lo mortuorio que asimismo significa la finitud del hombre sujeto a la contingencia) que lo haría consciente respecto de la existencia de esa neurosis privada y colectiva, manifiesta en expresiones tales como las del deseo de ruptura de las “apariencias de bondad cristiana”; del recobro de una “especie de confinada locura”; de la sujeción al comportamiento alienante de “la costumbre de los hombres, /alegres empresarios de la vigilia/ y de los ejercicios espirituales”; de la recuperación de una “inmemorable locura de ocios” quizá ligada a una frescura virginal no reprimida.

La conciencia de forasteridad respecto del instinto vital y reunificador de Erosconduce al hombre girriano, sin más, a la conciencia de la sublimación por la fe de aquella pulsión en “densos deseos solitarios” que la “bondad cristiana” sacia en otra forma indeliberada de propender a la unión con una divinidad.

En función de otra mirada, Régis Boyer, en “La experiencia de lo sagrado” (18), plantea, desde una perspectiva existencial que circunscribe en la dirección kierkegaardiana, la experiencia de la sacralidad como comunión del hombre con una realidad-verdad que quiebra toda intención racionalizadota de dicha vivencia; ésta sería la finalidad de toda religión y la voluntad de todo ser humano que se resiste a la idea de que con la muerte concluye una vida que no llena su espera, y que por esto sacraliza arrancándola a su nada. De esta manera, se conceptualiza la soledad como una condición del hombre que lo religa a lo sagrado, estableciendo una alianza entre el devoto y su dios, trasformando su esperanza en un deseo de conocimiento en el orden del amor (o en un conocimiento del amor sagrado).

En el poema de Girri visto ut supra, subyace, por el contrario, una crítica a la actitud del cristiano que permanece estático, involucrado horizontalmente en su gesto superficial respecto de lo que verdaderamente implica religarse a lo Supremo; pues sumarse en la neurótica “apariencia” de los “ejercicios espirituales” no hace sino acentuar, como lo enfatiza un verso del poema “Nocturno”, una vana “presencia en el rebaño”. (19)

Lo que le queda al hombre girriano como impulso redentor de la sujeción a un mundo alienante es ese advertirse como un ser ya eterno.

Para las filosofías existenciales la relación entre el sujeto y el tiempo es paradójica, puesto que la persona está sujeta al cambio y al mismo tiempo algo de sí permanece inmutable, persiste como unidad en la contingencia, pero es, sin embargo, el tiempo quien da sentido a la existencia, esa “dulce mutilación que viene de lo oscuro” (Tanatos como conciencia de finitud), y extiende sus efectos al cumplimiento de una eternidad (o bien, de un ciclo continuo): “para que la otra de ambas potencias celestes, el eterno Eros, despliegue sus fuerzas para vencer en la lucha con su no menos inmortal adversario” (Norman O. Brown) (20).

Nos parece importante destacar, finalmente, las dos preguntas retóricas que concluyen el poema: “¿Por qué la nostalgia?/ (…)/ ¿Habré querido de veras la tierra que hoy me exila?”. Saturnino Álvarez Turienzo (21) representa la condición humana en el mundo a partir de tres símbolos bíblicos: el cautiverio, el éxodo y el reino que reflejan los enigmas acerca de la procedencia y el propósito que sucumbe ante el estadio del hombre en el mundo. Desde esta perspectiva, las preguntas señaladas sintetizarían la experiencia humana como vivida desde un éxodo de una unidad original, hacia la cual el hombre experimenta la nostalgia de reintegración al abismarse en el cautiverio de un espacio donde la errancia y la forasteridad no hacen más que sumir el destino de aquél en una soledad que propende a un reino (un “más allá”), incognoscible desde la eventualidad mundana.

El abordaje temático que acabamos de hacer en el poema “El recién nacido” puede extenderse, a ciertas alusiones a la historia de la figura crística en el poema “El testigo”. En este texto, el poeta describe la situación personal y genérica del hombre occidental como testigo de los males del mundo, cuyo fundamento mítico puede rastrearse en el símbolo de la crucifixión de Cristo, implicando esta imagen el significado de la cruz como una proyección dramática que simboliza la inversión del árbol de la vida como aniquilación del Reino celestial (22).

Hay respuestas, condenas, hay nacimientos

y heridas de clavos que algo significan.

Mas ni eso, ni la elevación del cáliz encendido,

muerte y muerte del hombre por el hombre,

anuncian paz.

La intencióndramática del poema puede precisarse tanto en la alusión al martirio de Cristo como en la concentración de esta misma idea que introduce la anáfora muerte/muerte, hombre/hombre.

Retomando el pensamiento de Norman O. Brown, a nivel del discurso poético, creemos que podría ser válido señalar una irrupción de aquel instinto de muerte (Tanatos), si tenemos en cuenta sólo la era cristiana, a esta imagen simbólica del sacrificio de Cristo que se extiende históricamente hasta la actualidad del enunciado que declara el hombre girriano, “testigo” del drama del ser humano occidental. Hay versos que condensan la representación de este proceso histórico, en los que podemos advertir además cierta tendencia en la escritura a enfatizar la enfermedad agónica que significa la neurosis en el inconsciente colectivo social y cultural.

Como puede verse,

en el hospital terrestre las consignas son crueles,

(…)

Con todo, y sin los subterfugios usuales,

me confieso que estoy muerto. ¡Contento, Señor!

Pues me llevas como a un enfermo evangélico,

como a un paralítico

(…)

He tratado de decir

que el occidente está enfermo de materia y de ironía.

“El testigo” lo es también de su errancia y su desarraigo respecto del reino perdido que profesó Cristo, imposible de ser “substituido” durante la permanencia del ser humano en el mundo:

Yo nada he substituido,

pues en rigor mi permanencia fue oscura.

Y luego,

cuando el paso y la caída esfumaron en verdad mi piel,

no pregunté si el infalible beso,

fue de un ángel vengativo o de un simple loco.

Su “permanencia” (cautiverio) en el mundo es “oscura”; su “caída” es evocada simbólicamente como un destierro del reino perdido que dispone la vida del hombre girriano como un éxodo y, “siempre y cuando éste sea sentido como tal, significa el encuentro con la soledad” (23), una soledad que le permite conectarse con su verdad ontológica inconmensurable, sin dejar de lado que late en él el impulso hacia una trascendencia que podría concederleel sobreponerse a esa soledad ex-tática (24).

Finalmente, el poeta afirma otra condición que lo faculta para vencer aquella soledad: el conocimiento. En medio de una situación equívoca, encuentra una solución gnoseológica a la ambivalencia del mundo, dándose a sí mismo razones de los motivos de la angustia de su soledad escindida.

En el poema “Playa sola”, cuya imagen de solitariedad está representada en un espacio que es ocupado por el yo, se expresa una actitud oscilante entre el conocimiento como verdad y la esperanza como espejismo, contraponiéndose entonces la lucidez a la ilusión de fe, ésta última concebida como virtud cristiana del hombre “sin ciencia y alma crispada”, experimentador por estode la estafadel mundo respecto de una realidad espiritual que vive en la espera.

Vivo execrando la esperanza.

En los atardeceres resignados,

definitivamente,

lejos ya del espejismo y la zozobra,

como un hombre sin ciencia y alma crispada,

despojado como un suicida

hago lo que cada uno hace cuando conoció la infamia.

significa esto gritarme que la lucidez es mucha.

Vivo execrando la esperanza

y aunque no hace mucho ambicioné una muerte por aclamación

extiendo mi pobreza, tan irreal como yo mismo,

sobre las cosas comunes pero que me son ajenas.

El sentido cristiano de la vida antes aludido, no hace, pues, sino realzar el carácter negativo de la historia humana (25); de ahí que el yo acentúe su ‘ajenidad’ en relación con “las cosas comunes”, respecto de un universo aparente, fenoménico, que acontece “tan irreal” como él mismo (26), y frente al cual su ambición inmaterial podría ser lamuerte como vía restitutiva para entrar en trato con la unidad perdida (“y aunque no hace mucho ambicioné una muerte por aclamación”). Pero este deseo de consumación de la vida se refiere a la conclusión de un ciclo (el atardecer también alude simbólicamente al término de un proceso), a la detención del tiempo para penetrar en el misterio atemporal que erradique al poeta “del espejismo y la zozobra”. No está expresando, pues, en nuestro criterio, su renuncia al mundo, sino el despertar al conocimiento de aquella realidad que se añora, y que sin embargo sólo puede manifestarse imaginativamente.

El poeta, entonces, y según nuestra perspectiva, aparece situado existencialmente en lo que Kierkegaard llama el “salto cualitativo”, es decir, en la comprensión alumbradora, en el estar situado, pues, su ser verticalmente ante el enigma de la existencia (de allí la “mucha” lucidez), aún cuando su incredulidad se oriente hacia una dirección contraria, alusiva al ‘descenso de su fe’. En este encuentro con la verdad radica la libertad del hombre, el fundamento de su elección, el acceso a la eternidad (27) por el alcance del sentido definitivo que comporta su soledad, pues, unitiva, con deseo o nostalgia de unidad.

Notas

1. Karl Vossler, La soledad en la poesía española, Revista de Occidente, Madrid, 1941, p. 11.

2. Karl Vossler, op. cit. P.11.

3. Ibidem, p. 12

4. Ibidem. P. 13.

5. Ibidem, p.14.

6. Ibidem, p. 14.

7. Pedro Felipe Monleau precisa la etimología de “solo” en ambos sentidos; “solo” proviene de solus: que unos sacan del g. holos, todo, entero, y otros del l. sine alio, sin otro, sin compañía. (Diccionario etimológico de la lengua castellana, Librería “El Ateneo”, Buenos Aires, 1944).

8. El concepto de la angustia, Espasa Calpe, Buenos Aires, 1946.

9. En El concepto de la angustia, Kierkegaard plantea la elección de la posibilidad de existencia del hombre en estos estadios. El estadio estético puede comprenderse genéricamente en términos de una “angustia objetiva”, es decir, como reflejo de la “pecaminosidad” en el mundo (que tiene su origen en Adán), en el cual el hombre se siente extraño y del cual espera salvarse.

El estadio ético es descripto en torno a los conceptos antagónicos de inocencia y de culpa, y a su correlato con el texto bíblico. “La Ética nos prohíbe olvidar que la inocencia sólo puede ser suprimida por una culpa (…) Lo mismo, pues, que Adán perdió la inocencia por medio de la culpa, así la pierde también todo hombre” (op. cit. p. 40). Asimismo esta disposición está determinada por la elección de cada individuo o por la posibilidad de la libertad, intermediada, a su vez, por la angustia.

Finalmente, el estadio religioso lleva al hombre al encuentro con la absurdidad o con la paradoja de la vida que lo confronta con la nada (de la que se evadía en el primer estadio). La angustia de la nada introduce al hombre en el estado de comprensión de su finitud con respecto a la infinitud de Dios, quedando así alumbrada su angustia por aquella paradójica relación de distanciaentre la voluntad de Dios y la elección del hombre.

El concepto de la angustia otorga pues una tonalidad decisiva a la confrontación del individuo con la nada, con la imposibilidad de justificar la asunción del compromiso de una elección válidamente orientada a su salvación respecto de la desesperación En esto radica la ambigüedad de la condición humana.

10. La cita corresponde a la obra de Saturnino Álvarez Turienzo, El hombre y su soledad, Ediciones Sígueme, Salamanca, 1983, p. 26.

11. Saturnino Álvarez Turienzo, op. cit., p. 22.

12. Ibidem, p.22.

13. Norman O. Brown, Eros y Tanatos, Ediciones Joaquín Mortía, México, 1987, pp. 17-34.

14. Norman O. Brown, op. cit., p.22.

15. Ibidem, p.24.

16. Norman O. Brown, El cuerpo del amor, Planeta, Barcelona, 1986, pp. 90-1.

17. Norman O. Brown, op. cit. p. 90.

18. En Tratado de antropología de lo sagrado, I, Trotta, Madrid, 1995, pp.55-74.

19. Creemos oportuno aludir aquí a la reflexión que José María Bocelli expone en su artículo “El budismo y la muerte de Dios en la actualidad” (en La religión en la época de la muerte de Dios, Editorial Marea, Buenos Aires, 2005, pp. 251-2). En él comenta la experiencia en Occidente de un ateísmo nihilista y otro religioso luego de haber atravesado, este hemisferio, por una etapa existencialista. Reparamos, pues, en el ateísmo religioso que Bocelli sintetiza como una actitud “que niega la existencia de un Dios personal, creador y sustentador, prevalece la creencia en alguna forma de trascendencia o la adopción de una actitud religiosa ante la vida”, frente a una realidad que se percibe como impuesta por una mundo globalizado en el que ni siquiera el “ocio” (“locura de ocios” en el verso girriano) es beneficiario del retorno del hombre a su integridad física, psíquica y espiritual. En los poemas de Girri prevalece cierta inclinación a cuestionar, desde una óptica escéptica, toda sujeción del hombre a lo que Freud llamaría “el producto de sus ilusiones”. Girri añora un más allá, pero no lo personaliza en la figura de un dios que instaura un abismo en la relación con el creyente, por el contrario, esta visión es válida para enfatizar la ambigüedad de este aspecto de la existencia. Lo que da autenticidad a la creencia de Girri en el hombre como ser escindido es, en esta perspectiva, la referencia al mito adámico que lo retorna a una búsqueda por la vía simbólica de una amplia comprensión mítica.

20. Op. cit., p. 90. La frase pertenece al libro El malestar en la cultura de Sigmund Freud, citada por Norman O. Brown en su obra ya mencionada.

21. Saturnino Álvarez Turienzo, op. cit., pp. 368-398.

22. Ver Juan Eduardo Cirlot, Diccionario de Símbolos, Ediciones Siruela, Madrid, 1998, pp.157-8.

23. Saturnino Álvarez Turienzo, op. cit., p.337.

24. En el sentido tomista y heideggeriano del ex- systere en tanto el estar arrojado al mundo, fuera de la causa primera (se trata, pues, del hombre solo, escindido de Dios o del Ser).

25. Nos referimos a la visión paradójica que Kierkegaard reseña en lo que denomina “estadio religioso” de la angustia del hombre (remitimos al lector a la nota 9 de este punto).

26. Esta alusión de Girri a la irrealidad del yo (de sí mismo) puede ser vinculada, desde nuestro punto de vista, con una de las obsesiones de la literatura borgeana: la disolución de la conciencia del sujeto para traspasar las limitaciones del mundo, representadas frecuentemente por las condiciones temporales, espaciales y de la personalidad; extendiéndose esta preocupación al desarrollo de temas y símbolos como la eternidad, el sueño, el destino, el laberinto, los espejos, y fundamentando, además, estas cuestiones en los supuestos de las filosofías de Berkeley, Shopenhauer e inclusive el budismo, entre otras.

27. Los conceptos destacados en el último párrafo son representativos del pensamiento de las fenomenologías existenciales (sistematizadas por primera vez en la filosofía de Kierkegaard). Si bien no se encuentran denotados en los versos girrianos (con excepción de la idea de permanencia que implica la concepción de la eternidad), consideramos que cabe señalar el valor que involucran al abordar el concepto de soledad desde la perspectiva antropológica y filosófica de los autores citados en este punto. El hombre girriano de algún modo comprende la dimensión del ideario que implica su situación ante la existencia, pero queda suspendido en un mundo que se presenta como decadente y degradado (o que se muestra como mero fenómeno ilusorio, si consideramos esta idea desde una perspectiva filosófica o conceptual).

1.3. APROXIMACIÓN AL SENTIDO DEL TÍTULO: “PLAYA SOLA” COMO LÍNEA ISOTÓPICA.

La imagen poética nuclear del poemario girriano aquí abordado es la de la “playa sola” que le da título; en ella convergen, metafórica y simbólicamente, implicaciones semánticas que aparecen situando al poeta como hombre dentro de dos movimientos aparentemente opuestos en cuanto a su significación, cuyo punto de encuentro en común los contiene y les otorga el carácter metafísico de una peculiar finitud: así, la playa es el espacio que se configura como ámbito que reúnelos movimientos de arribo y de partida, los cuales exceden su sentido literal de traslación en torno a un simple territorio y son metaforizados permanentemente a lo largo del poemario en un paralelismo constituido por la relación ambivalente nacimiento/muerte (arribo/partida).

Para aproximarnos, entonces, al sentido de esta imagen vertebral en Playa Sola la consideraremos, en principio, como la emergencia de una isotopía de contenido delimitada a partir de secuencias líricas o versales que, según Edelweis Serra se articulan en tanto “haces de homogeneidad semántica”. (1)

Este acercamiento nos permitirá el descubrimiento de un conjunto de nuevas significaciones, cuya apertura es posible al considerar la imagen de la “playa sola” en tanto expresión de implicaciones metafóricas y simbólicas en las que el sentido acontece como innovador respecto de la realidad del hombre, y en donde las líneas semánticas convergentes no agotan ni terminan de traducir dicho sentido excedido. (2)

Formularemos a continuación la sinopsis del conjunto de unidades semánticas que se estructuran en torno al núcleo conceptual “playa sola”. Éstas han sido extraídas de secuencias versales dotadas de sentido en sí mismas, sentido que es correlativo del corpus temático y lírico total. A tales fines hemos priorizado el análisis de seis poemas (3) en los que consideramos que se verifica el predominio de dicha línea isotópica. Éstos son los poemas I y II de la serie titulada EL AMOR, “Presagio”, “La fuente”, “Despedida” y “Nocturno”.

Hemos reparado en el hecho deque del eje “playa sola” se desprenden líneas semánticas menores que responden, implícita o explícitamente, a las unidades léxicas “playa” y “soledad”, muchas de ellas referidas a lo acuoso (río, ola, agua, etc.); asimismo, algunas de estas líneas son compartidas por ambas unidades, tales como “infinito”y “lejanía”, entre otras que mencionaremos en el cuadro sintético introductorio que será expuesto a continuación. El conjunto pone de manifiesto en forma analítica y esquemática el modo en que el poeta concibe la experiencia de una soledad existencial experimentada como angustia.

Así, esta exposición sumaria introductoria nos brinda una primera información en torno a ciertos núcleos semánticos o “unidades léxicas” que articulan secuencias versales contenidas dentro de los poemas que oportunamente detallaremos. Conforme a nuestra interpretación y a la luz de la hermenéutica ricoeuriana dichas secuencias, en las que son trascendidos tanto su sentido literal como su valor emotivo por su excedente de sentido, acontecen como verdaderos enunciados metafóricos, puesto que no puede ser agotada su potencia creadora de nuevas realidades.

Sin embargo, la originalidad estilística que dará lugar a la emergencia de una singularidad temática en estas secuencias radica en la manera en que el símbolo funciona dentro de las estructuras metafóricas consideradas; a este respecto es admisible pensareste análisis, siguiendo a Paul Ricoeur, en términos de una “infraestructura simbólica” y de una “superestructura metafórica”. (4)

Así, en el poema II, que integra la serie decinco poemas reunidos bajo el título de EL AMOR, que conforma el primer bloque de Playa Sola, es visible el predominio temático de una alianza entre el amor y el dolor, considerado el primero de ellos como una experiencia destructiva y empobrecida por el temor (“pero, ¿qué pobre amor es ese/ si dejas que el miedo viva?”). En el marco poemático del texto referido el amante define su situación pasional sometiendo el sentimiento al imperio de la razón (“razono la noche en vez de quererla”), para poder comprender el triunfo de un amorque lo atrae a un lugar “lejano y sin orillas”, sin un horizonte visible, sin posibilidad de reconciliarse en un espacio común, como lo es metafóricamente la playa; pues, en este poema, aquélla remite a la soledad del hombre incomunicado respecto de un vínculo falaz y no auténtico.

Es importante señalar, además, el paralelismo establecido entre los versos a lo largo decuatro estrofas (el poema consta de cinco) donde el “sueño” se constituye como un espacio onírico, intuitivo y premonitorio, en el que el amante alcanza a descifrar el “arma del amor”, es decir, sus razones destructivas, nunca justificables.

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Detalles

Título
La soledad unitiva del hombre en Playa Sola de Alberto Girri
Universidad
Universidad Nacional de Córdoba  (Escuela de Letras Modernas)
Curso
Licenciatura
Autor
Año
2006
Páginas
150
No. de catálogo
V302722
ISBN (Libro)
9783668028234
Tamaño de fichero
936 KB
Idioma
Español
Etiqueta
playa, sola, alberto, girri
Citar trabajo
Natalia Costantino (Autor), 2006, La soledad unitiva del hombre en Playa Sola de Alberto Girri, Múnich, GRIN Verlag, https://www.grin.com/document/302722

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Título: La soledad unitiva del hombre
en Playa Sola de Alberto Girri



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