La anormalidad y el discurso jurídico-político

Una perspectiva crítica


Ensayo, 2014
26 Páginas, Calificación: ninguna

Extracto

Inhaltsverzeichnis

IntroducciónPág

I. Insanidadmental
A. Historia de institucionesad hoc7
B. ¿Qué es estar enfermo?
C. Los diagnósticos y la fantasía
D. El rol del Estado controlador
E. La Clasificación. El acto social

II. La reclusión
A. Condenados sin crimen
B. Paternalismo político
C. Evasión de responsabilidad. Función Latente
D. Convencionalismos morales

III. Consecuencias
A. La verdadera criminalidad

BIBLIOGRAFÍA

INTRODUCCI Ó N

Nadie cuestiona la locura. Está en la biblia, en las canciones, en frases populares, en los poemas, en la literatura clásica, en la moderna, en la pseudoliteratura y cuentos infantiles; la locura se encuentra hasta en nuestro ordenamiento jurídico.

Pero realmente nadie sabe lo que es la locura exactamente, y al parecer nadie quiere pensar sobre ello. Dentro de esta tesina deseo explorar los pasos de la locura para desentrañar el verdadero significado y razón social de la estigmatización de las personas catalogadas como locos, extraños, o anormales.

Nuestro ordenamiento jurídico o nuestro “derecho” es reflejo de intereses que cambian dependiendo del momento político-social y a pesar de los reconocimientos a los derechos de las minorías u oprimidos, la situación de los enfermos mentales sigue siendo inquietante.

Ignorados en un exilio permanente, ellos no tienen voz ni voto que los proteja. Es nuestro deber moral y social no permitir que la reclusión y estigmatización se siga viendo como “algo que siempre existió” o “algo que debe ser”. Debemos de empezar a pensar que posiblemente sea la tierra la que gire alrededor del sol.

“ La ciencia no nos ha ense ñ ado a ú n si la locura es o no lo m á s sublime de la inteligencia. ”

Edgar Allan Poe

I. Insanidad mental

A. Historia de instituciones ad hoc

Siempre se ha buscado dentro del discursillo jurídico político una justificación que envuelva en un halo de legitimidad, razonabilidad y aceptación pública el encierro de personas diferentes.

¿Qué significa ser diferente? Hace no mucho tiempo ser diferente involucraba el color de piel.

En el país vecino del norte los Códigos de Esclavitud prohibían el matrimonio interracial, el derecho al voto, la posibilidad de ocupar cargos públicos y de portar armas, además de restringir la libertad de movimiento y reunión. Sin embargo, el objetivo primordial de dichos códigos era evitar las huidas y las rebeliones de los esclavos. 1 El movimiento abolicionista puso de manifiesto la dificultad para la plena integración de los afroamericanos debido al racismo explícito o implícito. Hoy hipotéticamente vivimos y nos desarrollamos en ciudades consientes, tolerantes e incluyentes de las culturas multiétnicas.

Gracias a los movimientos civiles en los años 60’s hoy sabemos que discriminar es incorrecto y cualquier práctica que haga distinción para restringir o negar un servicio por razón de edad, sexo, embarazo, estado civil, raza, idioma, religión, ideología, orientación sexual, identidad de género, expresión de rol de género, color de piel, nacionalidad, origen o posición social, trabajo o profesión, discapacidad o estado de salud2 ; será sancionada. Algo inimaginable para las personas anteriores a esa “revolución”. Paradójicamente estos principios de igualdad y libertad -que a políticos les encanta presumir en sus discursos- son los que el mismo gobierno pisotea3. Hoy el problema cambió de mascara. La práctica generalizada en donde hombres «sanos» encarcelen a sus congéneres «insanos» en «hospitales para enfermos mentales» es comparable a la de los blancos que esclavizaban a los negros.4

¿Pero qué significa ser diferente? Actualmente involucra preferencias sexuales. La homosexualidad es considerada ilegal en 78 países y penada con la muerte en otros tantos.5

La Asociación Psiquiátrica Americana quitó la homosexualidad de su lista de diagnósticos de desórdenes mentales en 1973. La idea de reparar a una persona homosexual o lesbiana parte de la premisa de enfermedad mental y se aleja de los estándares éticos y profesionales de la práctica de la psicología. La homosexualidad no es un desorden mental, no es un desorden y no existe necesariamente una asociación directa entre la homosexualidad y los desórdenes mentales, tal y como lo demostró Evelyn Hooker (1956) con una de sus más brillantes investigaciones6: realizaba una comparación entre un grupo de hombres heterosexuales y un grupo de hombres homosexuales en diversas pruebas psicológicas estandarizada. Luego de contestadas, se las presentó a un grupo de expertos evaluadores para determinar semejanzas y diferencias entre los grupos. Los resultados indicaron que no era posible determinar la orientación sexual mediante los resultados de las pruebas psicológicas, lo que la llevó a concluir que la homosexualidad no existía como una entidad clínica, es decir, que no era una patología o enfermedad mental.

Encerrar, matar o castigar a personas distintas no es algo nuevo, el concepto de diferente es lo que cambia dependiendo del momento histórico-social. En la inquisición, el tribunal juzgaba de herejes a cualquiera que se apartara de la ideología oficial del momento.

Fue el papa Lucio III en 1184 quien inició este procedimiento a partir del decreto Ad abolendam. Anterior al decreto, la Iglesia ya había iniciado la persecución de blasfemos, pero ésta “reforma” vino a introducir un método nuevo según el cual cada obispo estaba obligado a buscar por sí mismo a los herejes sin necesidad de esperar una acusación en forma7, es decir; sin procedimiento alguno, por la acusación de algún obispillo, cualquier persona era sometida a verdaderas torturas hasta que aceptaba la acusación, moría o ambas.

Entonces: color de piel, creencias religiosas, preferencia por el comunismo o capitalismo; ser diferente involucra cada aspecto personal del ser humano que no cuadre con el modelo predominante, por lo tanto la verdadera finalidad moral y social de la reclusión es revestida de la hermosa palabra “terapia” y así, como menciona Foucault8: “El bajo oficio de castigar se convierte así en el hermoso oficio de curar.”

No es posible continuar con el terror a lo diferente. Ya no es viable seguir con la represión; la sociedad es cada vez más plural, y debemos aceptar la multiplicidad de costumbres y formas de vida, reconociendo la diversidad social y creando un ambiente de interacción social incluyente y tolerante. Lamentablemente eso solo es un buen deseo, una simple esperanza, porque catalogadas bajo el pretexto de: enfermas, insanas, anormales, etc. las personas que cargan ese estigma se ven reducidas al equivalente moderno de la Capitis Diminutio9.

Después de este breve análisis, cualquiera puede observar que se han creado muchísimas instituciones cuya función es el encausar la conducta desviada, desestimar cualquier idea que vaya en contra o amenace el status quo y controlar a la sociedad.

B. ¿Qué es estar enfermo?

Enfermedad es lo opuesto de salud. Decir que alguien está enfermo supone una alteración… una anormalidad. La anormalidad es una comparación de lo dominante, de lo visto como normal contra una minoría. Ejemplo: una cardiopatía significa que algo anda mal con el corazón de alguien comparándolo con el de una persona <<sana>>; es decir, la sanidad equivale a la funcionalidad de un órgano.

A un individuo se le intuye, por regla general, funcionalidad; por eso la deshumanización de las personas enfermas consiste en transformarlas de máquinas descompuestas a nuevamente funcionales. Esta aseveración puede comprobarse con la referencia popular en la frase: “se te cayó un tornillo”.

Por lo tanto, los “especialistas” ven como único objetivo el satisfacer sólo meros criterios de productividad funcional al interior de un proyecto social sanitario De cualquier forma, la distinción entre enfermedad orgánica y enfermedad mental es primordial, ya que considerarlas como iguales sería caer en un grave error puesto que una creencia del individuo -cristianismo, comunismo, o bien, que es Luis XVI- no puede explicarse por un defecto o enfermedad del sistema nervioso10. Sin embargo la línea es muy delgada y la etiqueta de enfermos mentales se les pega a las personas con absoluta arbitrariedad, y como consecuencia se les adjunta también la imagen negativa que la sociedad tiene del enfermo mental que a su vez es reforzada por mensajes negativos y/o erróneos de diversos medios de comunicación. Por eso, la población adopta unas actitudes muy ricas en creencias y estereotipos que no están suficientemente fundamentadas por la experiencia predisposiciones qué adolecen de falta de objetividad y apoyadas en una generalización excesiva11. Estas actitudes negativas toman su importancia cuando se convierten en un obstáculo para la reinserción o la satisfacción de las necesidades socio-sanitarias de la persona enferma. Las actitudes sociales condicionan la forma de dar atención Históricamente, la “locura” fue definida en cada cultura de forma particularizada de acuerdo a las circunstancias y las ideas hegemónicas de cada época. Hasta antes del Renacimiento predominaban las visiones sobrenaturales como etiología de la locura, fue gracias a Descartes, entre muchos otros, cuando se comienza a perfilar la locura como un problema no necesariamente originado en el cuerpo sino posiblemente en la mente, particularmente cuando ésta es dominada por la irracionalidad. Sin embargo, esto nos vuelve a llevar a un callejón sin salida porque la irracionalidad es lo que la sociedad -en tiempo y espacio- dicta. Por lo tanto la “locura” como la “irracionalidad” son conceptos falaces los cuales tomamos muy en serio.

C. Los diagnósticos y la fantasía

A veces, los psiquiatras declaran a una misma persona sana e insana, según los dictados políticos de sus superiores y las exigencias sociales del momento. Antes de su proceso y ejecución, Adolph Eichmann fue examinado por varios psiquiatras, todos los cuales lo hallaron normal; luego de ser ejecutado, se dieron a conocer y tuvieron amplia difusión «pruebas médicas» de su insania12. El anterior fue solo un ejemplo para demostrar que lo que las personas hacemos -no lo que nos acontece- tiene un espacio valorativo respecto a nuestra socialización. De ahí que ninguna conducta humana sea ajena a implicaciones morales.

La medicina, tanto en su carácter de ciencia pura (p. ej., La investigación) como en su carácter de ciencia aplicada o tecnología (p. ej., la terapia), contiene muchas consideraciones y juicios éticos (control de la natalidad, aborto, la homosexualidad, el suicidio y la eutanasia). La psiquiatría está mucho más íntimamente vinculada a los problemas éticos que la medicina general. Las dificultades en las relaciones humanas solo pueden ser analizadas, interpretadas y dotadas de un significado dentro de contextos sociales y éticos específicos. Consecuentemente, la orientación ético-social del psiquiatra influirá en sus ideas sobre lo que anda mal en el paciente13

¿Qué tanto podemos confiar en un diagnostico impartido por personas saturadas de juicios éticos, convicciones morales, y valores adoptados en la socialización; cuando los nuestros son opuestos? Los familiares, o bien los médicos, las autoridades judiciales o la sociedad en general; pueden contratar los servicios de un psiquiatra para hacerle algo al paciente con el fin de corregir su desviaci ó n -definida así por no coincidir o ir en contra de los valores predominantes-.

¿Quién puede pensar realmente que las ideas de un psicoterapeuta sobre religión, política y otros temas conexos no desempeñan ningún papel en su labor práctica? ¿No sería razonable tal vez tener distintos tipos de terapia psiquiátrica -cada uno de ellos caracterizado por las posiciones éticas que adopta- para católicos y judíos, religiosos y ateos, demócratas y comunistas, defensores de la supremacía blanca y negros, etc.?14

Observar cuidadosamente el comportamiento de las personas, es como ver una obra de teatro. Vemos lo que nuestras propias experiencias y modelos propios de comunicación nos permiten. La objetividad es imposible. Juzgamos a través de nuestros ojos. Por lo tanto, el riesgo que corremos al decodificar la información es grande. En la psiquiatría la enfermedad se traduce culturalmente en procesos de exclusión y de reconocimiento negativo: procesos que identifican definitivamente al ser humano con su supuesto daño orgánico. la enfermedad es, de hecho, entendida como hecho privado y deuda social, incluso cuando es sólo presunta y esperada, y la persona enferma viene a ser entendida como disfuncional, no digna de amistad y solidaridad social, es decir como una especie de enemigo público. Lo que, sobre un plano político, se resuelve inevitable mente en una pérdida de ciudadanía activa. Y Quitarle a un ser humano la credibilidad solo por el lugar que ocupa en una organización es regresar a la época del

[...]


1 Javier MAESTRO , El dilema norteamericano. De la esclavitud a la institucionalizaci ó n de la discriminaci ó n racial. (Universidad Complutense, Nº 26, 2008. Ejemplar dedicado a: Historia de los derechos humanos), págs. 53-78

2 Código civil para el Distrito Federal. Artículo 2.

3 buscar en google las palabras: “abuso” “indígenas” “México”.

4 Thomas S. Szasz, Ideology and insanity. Essays on the psychiatric dehumanization of man.

(Primera edición en castellano, 1976; primera reimpresión, 2000. Traducción, Leandro Wolfson) p. 118

5 Cifras de homofobia: http://www.elmundo.es/elmundo/2012/05/15/internacional/ 1337093128.html

6 Mariela Santiago Hernández, José Toro Alfonso. La cura que es (lo)cura: una mirada cr í tica a las terapias reparativas de la homosexualidad y el lesbianismo. Vol. 1, Nº. 2, (2010), pp. 136-144

7 Ana Vanessa Torrente Martínez, El proceso penal de la inquisici ó n: un modelo hist ó rico en la evoluci ó n del proceso penal. Revista jurídica de la Región de Murcia, Nº. 41, (2009), pp. 33-106

8 Michel Foucault, Los Anormales. Traducción de Horacio Pons (Segunda edición en español. Fondo de cultura económica de México) p. 35

9 Capitis Deminutio era para los romanos: “Disminución de categoría”, “pérdida de derechos civiles”.

10 Szasz, op. cit., p. 23

11 Mauleón García, “Enfermería ante el paciente psiquiátrico”, Revista ROL de enfermería, Nº 177 (1993) pp.35-40

12 Sasz, op. cit., pp. 123, 124

13 Ibid., p. 28

14 Loc. cit.

Final del extracto de 26 páginas

Detalles

Título
La anormalidad y el discurso jurídico-político
Subtítulo
Una perspectiva crítica
Curso
Derecho
Calificación
ninguna
Autor
Año
2014
Páginas
26
No. de catálogo
V310222
ISBN (Ebook)
9783668085992
ISBN (Libro)
9783668086005
Tamaño de fichero
439 KB
Idioma
Español
Citar trabajo
Esperanza Nava Ortigoza (Autor), 2014, La anormalidad y el discurso jurídico-político, Múnich, GRIN Verlag, https://www.grin.com/document/310222

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