Mejoría premortem


Exégesis, 2017
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Mejoría premortem.

Esta monografía, cuyo autor es Jscf, o más abreviadamente Je (léase "Jotacé"), presenta el fruto individual de un estudio e investigación profundos acerca del tema que se expone, citando frecuentemente de diversas fuentes informativas consideradas fidedignas (al menos por el autor, Jotacé). У, como toda o­bra de investigación que se precie de serlo, la presente no puede eludir ser sometida a revisión futura, al objeto de detectar y eliminar eventuales errores y refinar las ideas reflejadas. Además, es intelectual­mente libre, en el sentido de no estar vinculada oficialmente a ninguna organización académica, benéfica, política, religiosa y así por el estilo (siendo el objetivo fundamental de dicha “desvinculación" el deseo de descargar a las entidades aludidas o citadas de cualquier responsabilidad por las erratas y errores que pu­dieran albergarse en la susodicha monografía).

Pseudoveltíosis natanatórica.

La palabra “pseudoveltíosis" proviene de la fusión de los términos griegos “pseudo" (falsa o falso) y “veltío- s¡" (mejora o mejoría), y la palabra “natanatórica" pro­viene igualmente de la fusión de los vocablos griegos “na"

(hacia) y “tónatos" (muerte pacífica y lenta, no rápida y por causas violentas tales como accidentes, guerras, pe­leas y así por el estilo). Por lo tanto, podemos definir la PSEUDOVELTÍOSIS NATANATÓRICA (PN) como la fal­sa impresión de mejoría en la salud psicofisica que pre­cede a la muerte de un enfermo en estado de agonía. Es un fenómeno relativamente frecuente en este tipo de pa­cientes terminales, aunque no siempre se presenta en todo caso. Dicho fenómeno se conoce vulgarmente como “Mejoría de la muerte" y, según la Wikipedia, el término hace referencia a una pseudomejora que se produce poco tiempo antes de que una persona moribunda fallezca. Es una mejoría muy engañosa y en mu­chos casos llega a desconcertar sobre todo a los allegados de esta persona o incluso a quienes la atienden, ya que ésta puede ser confundida con la recuperación de un proceso agónico. Con los avances de la medici­na se retarda más la muerte y se puede valorar mejor este fenómeno en enfermos terminales, pero hasta la fecha poco se sabe de las causas profundas de esta mejoría salvo que también la presentan algunos ani­males. Es por esto que han proliferado todo tipo de hipótesis científicas, filosóficas, místicas y religiosas que intentan explicarla, como las especulaciones de que sería una última toma de energía para llevarla al más alió o un último intento del cuerpo para vivir o para prepararse ante lo que se le avecina. Por otra par­te, la manifestación de este fenómeno es además muy variada.

Algunos investigadores han estudiado la posibilidad de que la mejoría premortem pueda estar rela­cionada, al menos en parte, con una desconexión total de los sistemas que originan el estrés, lo cual permi­tiría una aparente mejoría transitoria del estado del paciente. Pues el estrés forma parte de un mecanis­mo en pro de la supervivencia y cuando éste ya no es necesario, a causa de que el organismo ha ido más alió de su capacidad de recuperación, es posible que a veces determinados protocolos cerebrales lo detecten y entonces desconecten toda iniciativa de supervivencia y por tanto también el estrés, lo que provocaría cierta ilusión de mejoría general. También se ha descubierto que, en algunos casos, poco antes de la muer­te del paciente, el hígado libera grandes cantidades de glucosa en sangre y ésta actúa como combustible celular, produciendo una mejoría de la vitalidad que resulta vana porque, toda vez que se agotan los niveles de glucosa hepática, el paciente se apaga con rapidez y fallece irremisiblemente.

Se ha informado la realización de algunos estudios científicos que han logrado reproducir experi­mentalmente en ratas de laboratorio fenómenos que muchas personas al borde de la muerte han descrito como luces misteriosas, viajes al más allá, túneles que desembocan en otro mundo, reencuentros con fami­liares fallecidos y cosas parecidas a éstas, por lo que se concluye en general que semejantes episodios se deben más bien a una sobreexcitación del cerebro y no tanto a manifestaciones místicas relacionadas con una hipotética vida de ultratumba. Por consiguiente, si queremos ser coherentes con los hechos aportados, la mejoría premortem habría que encuadrarla dentro del conjunto de las manifestaciones puramente mate­riales o médicas que tienen lugar en algunos pacientes terminales; y esto eliminaría inútiles y controverti­das búsquedas explicativas de índole espiritualista, aunque no necesariamente de regusto paranormal.

La ciencia médica teórica no se determina hacia ninguna creencia religiosa a causa de su paradigma materialista; ni tampoco toma en cuenta los fenómenos paranormales, por considerarlos pseudociencia. Es­to reduce considerablemente su conocimiento acerca de la realidad, puesto que verdaderamente existen muchos indicios de que el mundo materialista no es todo lo que existe. Es más, si tomamos en cuenta lo que afirma la sagrada escritura, entonces conseguimos vislumbrar una realidad suprauniversal muchísimo más extensa que el universo material observable que los seres humanos podemos detectar. Sin embargo, hay al menos algo en lo que la ciencia médica está de acuerdo con la Biblia: no hay una vida espiritual posterior o trascendente, ninguna continuidad existencial en ultratumba, para los seres humanos que han muerto.

En efecto, por ejemplo, si suponemos que existe un alma inmortal que se desprende del cuerpo al tiempo de la muerte y se dirige hacia un mundo espiritual e incorrupto, entonces, inevitablemente, colisio­namos contra el mensaje unificado que alberga la sagrada escritura. Es por este motivo por el que algunos filósofos y teólogos, apoyadores de la doctrina platónica del alma humana inmortal, han lanzado una exten­sa y taimada cortina de humo con respecto a la credibilidad de los distintos libros de la sagrada escritura y con ello han conseguido convencer a mucha gente de que la Biblia es fundamentalmente incoherente y de que ésta aglutina en sí misma una colección de historias alegóricas y mitológicas, las cuales sólo los exege- tas, eruditos y entendidos en la materia son capaces de elucidar y valorar en su debida proporción. Sin embargo, es relativamente sencillo percatarse de que tales supuestos "entendidos" en materia bíblica componen un colectivo caótico y heterogéneo, donde cada maestro expone unos argumentos notoriamente discordantes de los de otros maestros, de tal manera que cada uno de ellos combate dialécticamente por su propia cuenta y al final es la sagrada escritura la que menos utilizan en calidad de piedra de toque argu­mentai, de cara a dirimir sus diferencias especulativas.

Así, dando por sentado que el ser humano posee un alma inmortal de tipo platónico (vale decir: so­crático), cabe preguntarse: ¿De qué valor le hubiera sido dicha alma imperecedera a Adán y a Eva si ellos no se hubieran rebelado contra la norma divina, en Edén? Es decir, si Adán y Eva, y su prole, no hubieran caído en el error o pecado original entonces tendrían la vida eterna en sentido físico como horizonte exis­tencial (pues dicho error fue lo que marcó la diferencia entre la perpetuación de la vida o no, según se desprende del Génesis): por consiguiente, adoptar el prisma platónico o socrático para definir una entele- quia dual o compuesto antròpico formado por alma y cuerpo, donde la muerte significa la liberación del al­ma de la cárcel corpórea, sometida ésta transitoriamente al “valle de lágrimas" de un mundo material su­puestamente corrupto por naturaleza, es una ficción del oscurantismo medieval absolutamente discordan­te del Génesis y del resto de la sagrada escritura, entre otras cosas, también, porque el paraíso edénico que se cita en el Génesis no era ninguna clase de “valle de lágrimas".

En cuanto al fenómeno de mejoría premortem, que sólo se presenta en algunos enfermos terminales y no en todos, cabría preguntarse: ¿Es posible encontrar el mismo fenómeno en determinadas sociedades moribundas, es decir, en colectivos humanos que atraviesan (o han atravesado) fases terminales? Ello nos trae a la memoria, para su examen a este respecto, a un nutrido conjunto de episodios y lances históricos que culminaron en la desaparición o extinción de civilizaciones e imperios de notoria o relativa importancia.

Civilizaciones e imperios.

Desde las épocas más remotas hasta la actualidad, las civilizaciones y los imperios han emergido y caído de manera continua, y no parece que el fenómeno de mejoría premortem haya tenido gran relevancia en las numerosas sagas que se han sucedido a lo largo de la historia. No obstante, cuando consideramos las profecías bíblicas relativas a gobernaciones humanas, especialmente a­quéllas que están vinculadas con juicios divi­nos adversos, entonces el fenómeno susodi­cho cobra alguna notoriedad. Esto quizás de­ba interpretarse como que no existe una a­nalogía o paralelismo pertinente entre el es­tado terminal de un individuo humano y la fa­se final o decadencia de una civilización o im­perio, a menos que se trate de una determi­nada y puntual caída hegemónica colectiva previamente profetizada en la sagrada escri­tura. Así y todo, tampoco parece que el fe­nómeno de mejoría premortem de un enfermo terminal deba ser extrapolado en calidad de equivalencia e­sencial (aunque sí accidental) al proceso de desmoronamiento profetico de una civilización.

El primer gran caso, que nos aparece bien documentado, corresponde al siglo I de nuestra era (la e­ra cristiana) y tiene que ver con Jerusalén y su templo, así como con la profecía de Jesucristo acerca de la destrucción completa de esa "santa ciudad". El segundo gran caso que pudiéramos considerar se encuentra todavía en el futuro, formando parte de un segmento de la historia del mañana conectado también con la polifacética y recién aludida profecía de Jesucristo y con el Apocalipsis; y aparentemente será un período de tiempo relativamente breve, equivalente a la bíblicamente apodada “grande tribulación". Por lo tanto, como vemos, nada hay que indique que debamos dar pábulo a alguna clase de correspondencia analógica en­tre el fenómeno médico de mejoría premorten y el raro o inexistente fenómeno similar en el caso de civili­zaciones ya extinguidas o por extinguir.

Destrucción de Jerusalén.

Jesucristo profetizó la destrucción completa de la ciudad de Jerusalén y de su templo, para poco tiempo después de su muerte (y esto se cumplió aproximadamente tres décadas más tarde). Esta sería la destrucción definitiva y total de la ciudad y del sistema social judío que la tenía como centro emblemático, pues siglos atrás ya había acontecido otra destrucción de la misma pero de ella hubo un recobro. En ambos casos, según los profetas, la calamidad venía a causa de una formidable perversión moral y religiosa mani­festada por los pobladores judíos en general y por la reiterada terquedad de pasar por alto las adverten­cias suministradas por los mensajeros divinos para que el pueblo evidenciara un cambio de actitud y depu­siera sus malas tendencias rebeldes. En palabras de Jesucristo: “Serpientes, generación de vívoras. ¿Cómo evitaréis el juicio del quemadero (se sobreen­tiende: juicio de destrucción completa). Por tanto, he aquí, yo envío a vosotros profetas, y sabios, y escribas; y de ellos, a unos mataréis y colgaréis de un madero, y a otros de ellos azotaréis en vuestras sinagogas, y perseguiréis de ciudad en ciudad. Para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo, hasta la sangre de Zacarías, hijo de Berequías, al cual matasteis entre el Templo y el altar. De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta generación. Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que son enviados a ti. Cuántas veces quise juntar tus hijos, como la gallina junta sus pollos debajo de las alas, y no quisiste. He aquí vuestra Casa os es dejada desierta (se sobreentiende: sin ninguna clase de protección divina para el futuro)" (Evangelio de Mateo, capítulo 23, versículos 33-39; Biblia del Oso, de Casiodoro de Reina, de 1569, actualizada y revisada en 1996 por Russell Martin Stendal).

Seis siglos antes, Jerusalén conoció una gran devastación a manos de Nabocodonosor, rey de Babi­lonia. La causa se revela en el libro bíblico del profeta Jeremías como la retribución divina contra una na­ción sumamente rebelde a la guía sagrada, a pesar de haber sido grandemente favorecida por provenir conspicuamente de la descendencia de Abrahán. Sin embargo, gradualmente produjo reyes impíos, sacer­dotes corruptos y falsos profetas, buscadores de prominencia egoísta y de fanfarria egocéntrica, los cua­les se convirtieron en poderosos líderes de aquella sociedad israelita y la llevaron irremediablemente por un sendero extremadamente malsano.

La primera destrucción de Jerusalén.

Se ha sugerido que todo modelo o paradigma religioso que aporta algún beneficio notorio a la socie­dad humana está condenado al deterioro y finalmente a la desintegración corruptiva, como si una especie de entropía (tendencia natural a la desintegración o al desorden) moral fuera la verdadera causa inevita­ble de dicho desenlace infeliz. Muchos investigadores se remiten a los datos registrados en las páginas de la historia para mostrar que a través del tiempo todas las creencias positivas, incluso el cristianismo, tu­vieron un comienzo digno y puro, pero al final terminaron inexorablemente en la corrupción y en la muerte ideológica. Esta visión derrotista, tenida por realista, parece ser parcialmente responsable de la enorme apatía que hoy se ha adueñado de la mente de la gente, al justificar y hasta aplaudir el que las personas reduzcan sus miras morales a la mínima expresión y las truequen por un cancerígeno materialismo que ame­naza con destruir todos los cimientos humanitarios que aún perviven. У de vez en cuando, en medio de la maloliente calma chicha que precede a la muerte del agonizante organismo social global, se producen pun­tuales sacudidas violentas y sangrientas provocadas por un terrorismo dogmático de carácter medieval pa­recido a los estertores convulsivos que presagian una irremediable defunción.

Este punto de vista materialista adolece de una visión muy limitada de la realidad, una realidad que desborda con creces toda la imaginación científica y tecnológica que el ser humano pudiera expresar. Para empezar, la sagrada escritura deja entrever que nuestro universo material, parte del cual se denomina en astronomía “universo detectable u observable", da la impresión de ser una ínfima parte de un suprauniver- so al que no tenemos apenas acceso por medio de nuestras herramientas teóricas (salvo, tal vez, a través de ciertos indicios extremadamente rudimentarios que tienen que ver con las llamadas “partículas virtua­les" postuladas por la teoría cuántica de campos y poco más) ni instrumentales. Es el Gran Universo, es de­cir, una vastísima extensión con distintos dominios, en uno de los cuales habitan el Todopoderoso y toda u­na ingente cohorte de seres sobrehumanos de elevadísima capacidad mental que la sagrada escritura de­nomina “ángeles" o “hijos del Dios verdadero". Pudiéramos hacernos una idea sumamente burda de esta realidad comparando al Suprauniverso con un medio, tal como una enorme masa de agua, por ejemplo, en cuyo seno, a nivel local o puntual, ha sido creada o formada una pequeña per­turbación a modo de cubito de hielo o algo parecido, y este pequeño cubículo sería aproximadamente nuestro universo material.

Con todo, este “cubículo" que correspondería a nuestro universo mate­rial parece ser considerablemente extenso e inabarcable para una cualquiera de las criaturas angélicas de las que habla la sagrada escritura, a juzgar por el hecho de que la misma Tierra (que no es más que un fragmento infinitesi­mal del universo material) ya aparenta ser sobradamente grande para un án­gel promedio. Distintos pasajes sagrados dan base para pensar así, tales co­mo, por ejemplo, cierto fragmento del libro bíblico de Daniel el profeta, al- guna carta apostólica y el Apocalipsis, entre otros. Básicamente, parte de la información que nos comuni­can esos pasajes es que, a causa de una controversia de índole judicial universal, nuestro planeta (y espe­cialmente la sociedad humana) está siendo manipulado por las criaturas demoníacas hasta un cierto límite de permisión convenido a causa de las demandas probatorias de dicho proceso judicial, el cual tiene carác­ter milenario. У todo indica que, en este reducto subplanetario, pululan miles o millones de seres angélicos demoníacos.

La rebelión edénica, narrada en el Génesis, permite atisbar los inicios de dicho proceso judicial uni­versal y la formación de dos grandes ramas o colectivos divertentes de seres inteligentes (tanto humanos como sobrehumanos), en oposición y contienda (tanto judicial como combatiente o beligerante). Es por es­to que en el dictamen divino que se hizo perentorio a raíz de la citada rebelión, Dios dijo a la "serpiente" (se sobreentiende: a la criatura inteligente sobrehumana que utilizó como tapadera a la serpiente, con ob­jeto de comunicarse con Eva y engañarla) en términos simbólicos: “Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo (se sobreentiende: maldita sería la criatura sobrehumana, entre todos los demás seres vivos inteligentes o no); sobre tu pecho andarás, y polvo come­rás todos los días de tu vida (se sobreentiende: la criatura sobrehumana quedaría expuesta a una condi­ción rebajada y teniendo por alimento espiritual o religioso polvo mental o nutrientes sin valor). У enemis­tad pondré entre ti y la mujer (se sobreentiende: una mujer simbólica y fiel a Dios, no Eva; pues Eva había decidido en pro de la “serpiente" y no presentaba, por ende, oposición a la misma), y entre tu simiente (se sobreentiende: la descendencia o grupo de criaturas inteligentes que toman partido, consciente o incons­cientemente, a favor de la simbólica Serpiente) y la simiente suya (se sobreentiende: la descendencia o grupo de criaturas inteligentes que toman partido a favor de la simbólica Mujer, la cual es fiel a la guía di­vina). El te herirá en la cabeza (se sobreentiende: un Libertador eliminaría a la simbólica serpiente, apa­rentemente en un futuro lejano), y tú le herirás en el calcañar (se sobreentiende: el Libertador sufriría alguna clase de pérdida en la contienda contra la simbólica Serpiente, pero se recuperaría)" (Génesis, capí­tulo 3, versículos 14-15; Biblia purificada de Cipriano de Valera, de 1602).

¿Por qué usó Dios ese lenguaje simbólico, en lugar de expresarse de manera directa y con una dia­léctica declarativa o sin ambigüedades semánticas? Evidentemente, dando por sentado que Dios no hace las cosas sin un motivo bien definido y pertinente, el uso del lenguaje profètico simbólico debería cumplir un papel importante y necesario en este caso (y también en otros muchos casos, pues la sagrada escritura está salpicada de una cierta abundancia de este tipo de profecías, dadas mediante simbolismos). Aparen­temente, el entendimiento de esos simbolismos requiere un estudio bíblico aséptico de creencias o dogmas preconcebidos, coherente o consistente (que evite las contradicciones doctrinales), comparativo (análisis y síntesis de conceptos que se repiten en distintos pasajes sagrados), devoto (favorablemente predispuesto a descubrir una motivación bondadosa en las actuaciones del Altísimo), diligente, libre de emociones mal­sanas desorientativas (arrogancia, hipocresía y tendenciosidad), meditativo, perspicaz, reverente (admira­tivo y respetuoso hacia el Todopoderoso) y sincero; este conjunto de cualidades favorables para entender las profecías podemos denominarlo “tamiz bendito" (ТВ). Dicho tamiz es inexistente o nulo en las criaturas sobrehumanas rebeladas contra Dios, lo que las coloca en una posición muy desventajosa a la hora de cap­tar el significado de las profecías y consecuentemente actuar en contra del desenvolvimiento futuro de las mismas (recordemos que, como dice el Génesis, se produciría una lucha milenaria entre dos descenden­cias: la simiente de la Serpiente y la simiente de la Mujer fiel a Dios).

Sin embargo, las profecías suelen estar cargadas de esperanza para los amadores de Dios, sea que ellos las entiendan cabalmente o sólo en parte; y, además, Dios desea que esas personas anden por la vida con un rayo de esperanza y no en tinieblas desprovistas de futuro. Por lo tanto, también parece pertinente que Dios, en su amor hacia los humanos, comunicara profecías esperanzadoras que sólo entenderían si po­seían el filtro adecuado, a saber, el ТВ (tamiz bendito). Daniel el profeta, muy interesado en el final de los tiempos o “juicio final", menciona, en el libro profètico que lleva su nombre, haber tenido una visión sobre­natural, la cual tiene cierto parecido con las experimentadas por el apóstol Juan en la isla de Patmos y que integran el libro del Apocalipsis. En dicha visión, Daniel dialoga con un ángel, quien le transmite la informa- ción profetica en lenguaje simbólico y al final le dice: "Anda, Daniel, pues estas palabras están cerradas y selladas hasta el tiempo del fin (se sobreentiende: dicha profecía, suministrada en lenguaje simbólico, quedaría incógnita para buenos y malos hasta que llegara la víspera del fin del mundo, y, entonces, en dicha víspera, sólo los individuos con características ТВ comenzarían a entenderla). Muchos serón limpiados, em­blanquecidos y purificados (se sobreentiende: habría un resurgimiento de la religiosidad aprobada por el Creador tras un gran período de oscurantismo); los impíos procederán impíamente, y ninguno de los impíos entenderá; pero los entendidos (se sobreentiende: los individuos con el filtro TB que vivieran en las proxi­midades del fin del mundo) comprenderán" (Libro sagrado de Daniel el profeta, capítulo 12, versículos 9­10; Biblia de Reina-Valera, de I960).

Es muy interesante el hecho de que Cristo, estando en la Tierra, reveló mucha información profeti­ca usando parábolas (es decir, usando ejemplos ficticios que emplean simbolismos y de los que se pueden deducir enseñanzas o verdades importantes). De hecho, los discípulos le preguntaron por qué enseñaba de esta manera tan insólita y peculiar: «У vinieron los discípulos y le dijeron: “¿Por qué les hablas por parábo­las?". У él respondiendo, les dijo: “Porque a vosotros es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no es dado. Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más (se sobreentiende: a cual­quiera que tiene las características ТВ se le dará más entendimiento y aumentará en él); mas al que no tie­ne, aun lo que tiene le será quitado (se sobreentiende: cualquier criatura inteligente, humana o angélica, que no posea las características ТВ disminuirá progresivamente en cualquier vestigio de entendimiento profètico que pudiera albergar, hasta quedar en nada a este respecto). Por eso les hablo por parábolas; porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden"» (Evangelio de Mateo, capítulo 13, versículos 10-13; Biblia purificada de Valera, de 1602).

Desde que se formaron las dos descendencias, tras la rebelión edénica, la actuación de la mixtura humano demoníaca o descendencia serpentina (en oposición a la descendencia de la simbólica “mujer" leal a Dios) ha sido especialmente agresiva y corrosiva contra la descendencia de esta “mujer", según se des­prende de la historia sagrada. La primera víctima de esta lucha fue aparentemente Abel, muerto a manos de Caín, y a este hombre fiel le siguieron algunos profetas con similar suerte. Por lo tanto, se desprende que el inicio de las hostilidades estuvo notoriamente a cargo de la descendencia serpentina, en tanto que la descendencia de la “mujer" se mantuvo largo tiempo en actitud de huida ante la confrontación. Sin embar­go, en el tiempo de Abrahán, quien fue un destacado adepto a la descendencia de la “mujer", hubo una reacción defensiva llevada a cabo por este patriarca. En el Génesis se menciona dicho caso: “Abram asentó (se sobreentiende: se asentó, él y todo su campamento) en la tierra de Canaón, y Lot (se sobreentiende: Lot, el sobrino de Abrahán) asentó (se sobreentiende: se asentó, él y todo su campamento) en las ciudades de la llanura (se sobreentiende: lejos de Abrahán), y puso sus tiendas hasta Sodoma. Mas los hombres de Sodoma eran malos y pecadores para Jehova (se sobreentiende: Jehovó, forma españolizada del nombre divino, dado por Dios a sí mismo) en gran manera" (Génesis, capítulo 13, versículos 11-13; Biblia de 1865, de Reina-Valera). “У aconteció en aquellos días, que Amrafel rey de Semaar, Arioc rey de Elasar, Codorlao- mor rey de Elam, y Tadal rey de las gentes (se sobreentiende: rey de varias naciones cercanas), hicieron guerra contra Bara rey de Sodoma, y contra Bersa rey de Gomorra, y contra Senaab rey de Adama, y con­tra Semeber rey de Seboim, y contra el rey de Bala, la cual es Segor" (Génesis, capítulo 14, versículos 1-2; Biblia de 1865, de Reina-Valera). El relato sagrado continúa diciendo que el rey de Sodoma y sus aliados fueron derrotados, de manera que los vencedores se apoderaron de todas las pertenencias de los vencidos y también de Lot y su campamento, pues éste moraba al amparo de Sodoma: “У oyó Abram, que su hermano (se sobreentiende: su sobrino Lot) era cautivo, y armó sus criados, los criados de su casa, trescientos y diez y ocho, y siguióles hasta Dan (se sobreentiende: fue en perseguimiento sigiloso contra los vencedores, al objeto de rescatar a Lot)" (Génesis, capítulo 14, versículo 14; Biblia de 1865, de Reina-Valera).

Abrahán procedió a atacar al campamento enemigo por la noche, obteniendo una aplastante victoria; y siguió en persecución de ellos por bastante distancia. Por lo tanto, los derrotados enemigos quedaron completamente desorganizados y desparramados, e incapaces de rehacerse de nuevo. Entretanto, Abrahán recobró a Lot y todas sus pertenencias, así como toda la riqueza y los prisioneros que esos enemigos expo­liaron al rey de Sodoma y a todos sus aliados: «Entonces el rey de Sodoma dijo a Abram: "Dame las perso­nas, y toma para tí la hacienda". У respondió Abram al rey de Sodoma: “Mi mano he alzado a Jehova Dios altísimo, poseedor de los cielos y de la tierra, que desde un hilo hasta la correa de un zapato, nada tomaré de todo lo que es tuyo, porque no digas: Уо enriquecí a Abram"» (Génesis, capítulo 14, versículos 21-23; Bi­blia de 1865, de Reina-Valera). Por lo visto, Abrahón no deseaba tener que agradecer nada al rey de Sodo­ma, especialmente porque sabía que se trataba de un monarca corrupto que gobernaba a un pueblo igual­mente corrupto. Por otra parte, este patriarca fiel a Dios deseaba que la victoria fuera atribuida al Todo­poderoso, quien había bendecido su iniciativa para rescatar a Lot y a los suyos.

Si somos capaces de atisbar el desarrollo del drama universal de las dos descendencias, a partir de los datos contenidos en la sagrada escritura, nos percataremos tal vez de que la respuesta divina ante la agresividad secular de las fuerzas humano-demoníacas contra la descendencia de la “mujer" simbólica (leal a Dios) siempre ha estado característizada por cierta demora debido a la paciencia del Todopoderoso, la cual, evidentemente, tiene un límite (es el límite que separa la tolerancia hacia los impíos frente a la bon­dad hacia los fieles, especialmente cuando estos últimos se hallan en indefensión y acosados por aquéllos). Por ejemplo, la descendencia de Abrahón llegó a ser el pueblo hebreo, el cual fue esclavizado y tiranizado por el faraón egipcio de los días de Moisés. Entonces, Dios se valió de este hombre justo, Moisés, para li­berar a su pueblo (la descendencia humana de la “mujer", por lo visto) de la severísima estrechez a la que lo tenía sometido ese faraón insensible.

No obstante, la liberación de los hebreos o israelitas de Egipto requirió cierto tiempo porque desde el punto de vista de Dios había que esperar hasta que se produjera en algún punto del planeta una formi­dable corrupción humano-demoníaca que remedara o sobrepasara localmente la malsana situación social global prediluviana. De otra manera, los israelitas no podrían en justicia desposeer a los habitantes de ese enclave y tomar de ellos sus tierras y sus pertenencias para sí, a menos que se hubieran convertido en su- percorruptos. Es por esta razón por la que Dios, en una visión sobrecogedora, dijo a Abrahón: “No temas Abram: Уо soy tu escudo, tu salario copioso en gran manera (se sobreentiende: Dios sería como un escudo protector para Abrahón y los suyos, y le daría un salario abundante en forma de bendiciones)" (Génesis, capítulo 15, versículo 1; Biblia de 1865, de Reina-Valera). У siguió diciéndole Dios: “Уо soy Jehova, que te saqué de Ur de los Caldeos (se sobreentiende: la ciudad natal de Abrahón), para darte esta tierra que la heredes (se sobreentiende: la tierra de Canaan, habitada a la sazón por los cananeos, donde por el momen­to Abrahón y todo su campamento andaban errantes o en nomadeo)" (Génesis, capítulo 15, versículos 7; Bi­blia de 1865, de Reina-Valera). У continuó Dios: “У vendrás a tus padres en paz, y serás sepultado en bue­na vejez. У en la cuarta generación volverán acá (se sobreentiende: los descendientes de Abrahón, o israe­litas, regresarían a la tierra de Canaán, o tierra de promisión, para tomar posesión de ella; y esto sucede­ría cuatro generaciones posteriores a la generación de este patriarca); porque aun no está cumplida la mal­dad del Amorreo hasta aquí (se sobreentiende: porque la supercorrupción cananea, conspicuamente amo­rrea, no había alcanzado el límite de la paciencia y la tolerancia divinas)" (Génesis, capítulo 15, versículos 15-16; Biblia de 1865, de Reina-Valera).

La supercorrupción cananea llegó a ser un foco infecto contagioso que amenazaba con pudrir al mundo extracaneo, es decir, capaz de extender su gangrena moral más alió de las fronteras geográficas de Canaán. Se trataba básicamente de una taimada ofensiva demoníaca que pretendía generar unas condi­ciones planetarias suficientemente insalubres como para axfisiar no sólo a la descendencia de la “mujer" sino también a cualquier iniciativa sincera, incluso cananea, por buscar la reconciliación con el Dios verda­dero; de ello dan fe algunos pasajes bíblicos, tales como los relatos que se encuentran en el libro de Josué, capítulos 2-6 y los capítulos 9-10. Las condiciones que habían llegado a existir entre los cananeos para el tiempo de la conquista israelita de esa tierra eran espeluznantemente depravadas. La obra “Arqueología y religión de Israel", de 1968, páginas 76-77, informa que el arqueólogo W.F. Albright hizo la siguiente ob­servación sobre la adoración fólica cananea: “En su peor momento, [...] el aspecto erótico de su culto debe haberse sumido en profundidades extremadamente sórdidas de degradación social". La publicación “Com­pendio manual de la Biblia", de Henry H. Halley, 1985, página 157, informa: “Los cananeos, pues, adoraban cometiendo excesos inmorales en presencia de sus dioses, y luego asesinando a sus hijos primogénitos co­mo sacrificio a estos mismos dioses. Parece que en gran parte, la tierra de Canaan había llegado a ser una especie de Sodoma y Gomorra en escala nacional. [...] ¿Tenía derecho a seguir viviendo una civilización de semejante inmundicia y brutalidad? [...] Los arqueólogos que cavan en las ruinas de las ciudades cananeas se preguntan por qué Dios no las destruyó mucho antes".

La recopilación de datos arqueológicos y testimoniales, si estos últimos los hubiere en forma de do­cumentos escritos provenientes de antiguos historiadores, es del todo insuficiente para poder recomponer de una manera medianamente fidedigna toda la realidad que estaba envuelta en semejantes barbaridades cananeas. Como la punta de un iceberg es lo que podemos atisbar, y con solamente esto ya nos horroriza­mos. Sin embargo, en los dominios del suprauniverso, en la región invisible que no detectamos, ahí debió darse una febril actividad demoníaca, en pugna con las fuerzas angélicas leales a Dios, de tal manera que la resultante, humanamente visible, se tradujo en una forma de idolatría depravada y asesina, repleta de sa­crificios humanos conducentes a ganar el supuesto favor de unas deidades perversas, tras de las cuales se hallaba una nutrida cohorte de criaturas sobrehumanas ávidas de placer egolátrico y sangriento, extrema­damente pervertidas a causa de las desviaciones contranaturales que se autorregalaron a expensas de se­ducir a las hermosas hijas de los hombres de la época prediluviana. У esas criaturas sobrehumanas queda­ron estigmatizadas para el resto de su existencia, con una gravísima defección mental y moral de la que es imposible dar marcha atrás, la cual causa frustraciones enloquecedoras. У en la tierra de Canaón, por lo visto, se cebaron con una tanda de humanos que ya venía dando muestras de malas características epige- néticas, legadas por la descendencia de su antepasado del mismo nombre (Canaón hijo de Cam, el hijo de Noè). Sin embargo, en los tribunales celestiales se imponía por principio el detener aquella locura deprava­toria, dado que, entre otras cosas, afrentaba o desafiaba a Dios: no era legalmente permisible tolerar que los seres humanos, creados a la imagen y semejanza del Altísimo, fueran subyugados a tal extremo de in­dignidad, a pesar de que mayoritariamente hubieran decidido adorar a sus iconos demoníacos. Esto nos re­cuerda el antecedente de Sodoma y Gomorra: «Entonces Jehovó le dijo (se sobreentiende: Dios le dijo a Abrahón, quien había manifestado su preocupación por la situación de Sodoma): “Por cuanto el clamor de Sodoma y Gomorra se aumenta más y más, y el pecado de ellos se ha agravado en extremo, descenderé a­hora, y veré si han consumado su obra según el clamor que ha venido hasta mí; y si no, saberlo he"» (Géne­sis, capítulo 18, versículos 20-21; Biblia de Reina-Valera, de 1909).

En verdad, Dios no necesitaba “bajar para ver" lo que estaba pasando en Sodoma y Gomorra, de ma­nera que esta expresión sólo se puede entender a la luz de un debate judicial milenario que se viene desa­rrollando en las “cortes celestiales" desde el momento histórico en que se produjo la rebelión edénica. Por lo visto, dicha rebelión tuvo un eco o repercusión suprauniversal, puesto que era la primera vez en toda la historia de las criaturas inteligentes de Dios que acontecía un desarrollo de este tipo, en oposición al Su­mo Hacedor; y también era la primera vez que se lanzaba una duda corrosiva y maliciosa con respecto a si era necesario o no depender de Dios para obtener directrices morales que permitieran a la criatura huma­na (y angélica, por extensión) tomar sus propias decisiones en cuanto a lo que era bueno o malo para ella y para su entorno social. Evidentemente, la cuestión suscitada no podría ser lógicamente resuelta más que en un tribunal multitudinario del suprauniverso, capaz de juzgar al detalle este singular caso y hacerlo desde todas las perspectivas, así como en todos sus pormenores y a través de los datos recabados por los desenvolvimientos históricos. У dicho desenvolvimiento histórico tiene como protagonistas a las dos des­cendencias, a saber: la descendencia serpentina (o mixtura humano-demoníaca) y la descendencia de la “mujer" leal a Dios (colectivo de criaturas humano-angélicas que manifiestan una clara disposición a regir­se por la guía divina).

Es curioso que Dios hiciera un pacto con Abrahón, llamado “pacto abrahómico". No obstante, antes de eso Dios ya hizo una serie de promesas a la humanidad en general, que podemos considerar como pactos unilaterales (es decir, pactos que, aunque interesaban a dos partes, a saber, al ser humano y a Dios, sólo exigían que una parte, la divina, lo cumpliera). En orden retroactivo y de más reciente a más lejano en el tiempo, éstos fueron el pacto del “arco iris" con Noé y su familia (por el cual el Todopoderoso garantizaba que nunca más volvería a producirse un Diluvio exterminador sobre la faz de la Tierra), el pacto de "pre­servación" de Noé (por el cual Dios garantizaba la supervivencia a Noé y su familia al Diluvio, así como a u­na pareja de animales de cada género viviente) y el pacto “edénico" (por el cual Dios garantizaba que se le­vantaría un libertador que devolvería a la humanidad degenerada la condición perdida del equilibrio origi­nal). Por lo visto, dichos pactos o promesas divinas tenían la intención de alentar una esperanza en las per­sonas que amaban a Dios ya la vez Dios mismo se comprometía a dar el ejemplo de lealtad a sus “amigos" a cambio de la “lealtad" de sus “amigos" a El, mostrada mediante obediencia a la guía existencial más sublime que se puede concebir: la guía divina. De esta manera, el transcurso del tiempo vendría a demostrar que la lealtad divina hacia la descendencia de la “mujer" era de mayor calidad (basada en el altruismo) que la leal­tad diabólica hacia la descendencia de la “serpiente" (basada en el egoísmo o utilitarismo). Por otra parte, el que Dios correspondiera con lealtad hacia sus amadores era hasta protocolario desde el punto de vista de las cortes celestiales, puesto que también el Diablo estaba “comprando" la lealtad de los seres humanos en general mediante promesas y hechos consumados de favoritismo basados en apelaciones al egoísmo per­sonal. En consecuencia, el drama acerca de la lealtad altruista y el de la lealtad egoísta no podría desarro­llarse en un tiempo corto sino largo, milenario; éste es el espacio de tiempo en el que se encaja la historia sagrada, desde la rebelión edénica hasta el fin del mundo.

Anteriormente hemos comentado algo acerca de las condiciones extremadamente insalubres que e­xistían en la sociedad humana prediluviana, a causa de la mixtura humano-demoníaca; unas condiciones que pudieran haberse extendido hacia la población animal doméstica y más alió, en la biosfera (suponiendo que la mitología griega sea un testimonio revelador, aunque deformado, de la auténtica situación que se desa­rrolló en el planeta poco antes del Diluvio). Los sobrevivientes a la catástrofe diluviana, Noé y su familia (ocho personas en total), debieron sentir un gran alivio a causa del juicio de Dios, probablemente conside­rado en las cortes celestiales como la única salida viable a la acción corrosiva satánica, antes de que la exi­gua descendencia de la “mujer" (Noé y su familia), acorralada por todas partes, fuera engullida por la vo­rágine humano-demoníaca y entonces toda la humanidad hubiera de ser exterminada. Uno de los sobrevi­vientes fue Sem, hijo de Noé, y contemporáneo de Abrahón por unos 150 años. De modo que es posible que Abrahón conociera toda la historia prediluviana y los resultados del Diluvio a través del anciano Sem, y puede que a partir de ahí Abrahón desarrollara una fe amorosa hacia el Creador.

Pero desde el Diluvio hasta la época de Abrahón habían pasado algunos siglos y las nuevas genera­ciones habían sido afectadas por la dispersión posbabeliana, a raíz de la confusión de las lenguas en Babel. Así que, en poco tiempo, los descendentes de Noé, especialmente mediante Cam, se habían degenerado so­bresalientemente en sentido moral y religioso; de manera que éstos, en gran número, habían engrosado la descendencia de la “serpiente". Entonces, para el tiempo de Abrahón, una débil línea patriarcal se adhería a la guía divina, probablemente a través de Sem. Entre éstos se encontraban Abrahón y algunos de sus fa­miliares allegados, como su esposa Sara y su padre Taré. Pero Abrahón mismo debió ser bastante reacio a mezclarse religiosamente con la gente de Ur (ciudad natal de Abrahón), cada vez más empantanada en la i­dolatría. Por lo tanto, no tiene nada de extraño que este patriarca aceptara con prontitud la encomienda divina de salir de aquella tierra, a pesar de las comodidades y la seguridad que la próspera ciudad ofrecía a sus habitantes (pues se ha encontrado evidencia arqueológica de que las condiciones de vida en Ur de los caldeos, para la época de Abrahón, eran extremadamente confortables y tecnológicamente adelantadas). De manera que Dios, quien es leal, estuvo presto a manifestar su bendición y protección a Abrahón y a su familia, especialmente porque la descendencia serpentina quizás ya había dado indicios de encerrona hostil hacia ese pequeño grupo de representantes humanos de la descendencia de la “mujer". En consecuencia, desde el punto de vista de los tribunales celestiales, era perfectamente lícito y hasta coherente el que el Todopoderoso exhibiera una actirud positiva hacia Abrahón y su descendencia.

En este punto es conveniente hacer notar que Dios no tendría que someter sus decisiones judicia­les, legítimamente unilaterales, a tribunales celestiales constituidos por criaturas sobrehumanas y El mis­mo, puesto que El es Todopoderoso y absolutamente sabio. Sin embargo, dado que ha creado a seres inteli­gentes a Su imagen y semejanza, no desea actuar dogmáticamente con respecto a las cuestiones suscita­das a raíz de la rebelión edénica y en consecuencia ha optado por formar tribunales suprauniversales en donde, de una manera objetiva, se pueda deliberar colectivamente en cuanto a lo acertado (o desacertado) de la marcha histórica de las dos descendencias. A estas alturas, aparentemente próximas al fin del mun­do, debe estar bastante claro en los tribunales celestiales cual de las dos descendencias es la apropiada para tomar el control del planeta. Es por eso que la sagrada escritura habla del Reino de Dios, de que éste venga hacia nosotros, y de que los "mansos" heredarían la tierra (ésta es una de las bienaventuranzas de Jesucristo, incluidas en el Sermón de la Montaña).

Hacia el tiempo de Moisés, los restos de linajes patriarcales posdiluvianos que de alguna manera se adherían a la guía divina iban decayendo progresivamente, siendo absorbidos, uno tras otro, por la simiente de la “serpiente". Por eso, la promesa o pacto abrahómico era ahora de capital importancia para mantener el linaje de la “mujer"; y tal linaje resultó ser en parte la descendencia de Abrahón, el pueblo hebreo o is­raelita. Por eso, a pesar de su condición abatida como pueblo, y muy debilitada en cuanto a seguir la guía divina, el pacto abrahómico venía a suponer ahora un recurso legal, perfectamente admisible en las cortes celestiales, por el que Dios dirigiría su atención a la descendencia abrahómico y la liberaría de su esclavi­tud en Egipto. Pero había que hallar a alguien digno del favor divino, y nadie mejor cualificado que el hom­bre Moisés para poder acaudillar al pueblo israelita bajo la guía divina, puesto que, como dice la sagrada escritura: “Por fe Moisés, hecho ya grande (se sobreentiende: hecho adulto), rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón (se sobreentiende: la hija de Faraón lo adoptó como hijo cuando era un niñito, pero él siem­pre se mantuvo leal a su linaje y actuó prudentemente hasta que fue adulto); escogiendo antes ser afligido con el pueblo de Dios, que gozar de comodidades temporales de pecado (se sobreentiende: de adulto, Moi­sés optó por apegarse al pueblo de Israel mas bien que vivir como príncipe en la corte egipcia, disfrutando de toda clase de lujos y satisfacción de bajas pasiones). Por fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey (se sobreentiende: Moisés contrarió a Faraón y avergonzó a la realeza egipcia, pero no temió la reacción de Faraón en su contra, quien decretó su búsqueda, captura y muerte, aunque no lo pudo apresar porque él huyó fuera de Egipto); porque se sostuvo como viendo al Invisible (se sobreentiende: la fe en Dios sostuvo a Moisés)" (Epístola del apóstol Pablo a los cristianos hebreos, capítulo 11, versículos 24-27; Biblia de 1909, de Reina-Valera).

Cuando habían pasado unas 4 décadas desde que Moisés huyó a la tierra de Madión, para librarse de la persecución faraónica, es posible que ya existiera en Egipto otro Faraón sucesor en el poder. Pero apa­rentemente este hipotético nuevo Faraón no era menos duro y opresivo que su conjetural antepasado, pues mantenía una severa tiranía sobre sus esclavos israelitas. Es evidente, por tanto, que la descendencia de la “serpiente" estaba tratando, mediante Faraón, de aplastar y disolver a la descendencia de Abrahón. У es interesante la manera en que Moisés es enviado por Dios a este Faraón: «Después (se sobreentiende: poco después de que Dios enviara a Moisés y a Aarón su hermano, en calidad de auxiliar del primero, a hablar a Faraón) se presentaron Moisés y Aarón a Faraón y le dijeron: “Así dice Yahveh, el Dios de Israel: Deja sa­lir a mi pueblo para que me celebre una fiesta en el desierto (se sobreentiende: la petición a Faraón era de únicamente un breve periodo de descanso durante el cual el pueblo israelita adoraría a su Dios en el de­sierto y no en las ciudades, para no alterar la vida social de los egipcios, y luego regresaría a sus tareas de esclavos)". Respondió Faraón: “¿Quién es Yahveh para que yo escuche su voz (se sobreentiende: el prepo­tente Faraón lanza un desafío público contra Dios, esto es, un pulso de fuerza) y deje salir a Israel? No conozco a Yahveh y no dejaré salir a Israel". Ellos dijeron (se sobreentiende: Moisés y Aarón): “El Dios de los hebreos se nos ha aparecido; permite, pues, que vayamos camino de tres días al desierto para ofrecer sacrificios a Yahveh, nuestro Dios, no sea que nos castigue con peste o con espada (se sobreentiende: una súplica nada amenazante para Faraón, puesto que en todo caso la amenaza se presentaba como recayendo sobre los propios esclavos)". Aquel mismo día dio Faraón esta orden a los capataces del pueblo (se sobre­entiende: el pueblo israelita) y a los escribas: “Уа no daréis como antes paja al pueblo para hacer ladrillos; que vayan ellos mismos a buscársela. Pero que hagan la misma cantidad de ladrillos que hacían antes, sin rebajarla; pues son unos perezosos. У por eso claman diciendo: Vamos a ofrecer sacrificios a nuestro Dios. Que se aumente el trabajo de estos hombres para que estén ocupados en él y no den oídos a palabras men- tirosas"» (Libro sagrado del éxodo, capítulo 5, versículos 1-9; Biblia de Jerusalén de 1975).

La historia sagrada explica que Dios liberó al pueblo de Israel de la dura esclavitud a la que estaba sometido en Egipto, una esclavitud que tenía visos de potencial exterminio o completa disolución de la des­cendencia abrahómica. Lo hizo a través de diez plagas progresivamente severas que culminaron en la muer­te del primogénito de Faraón, a resultas de las cuales el obstinado y cruel monarca dio la orden de expul­sión del país a todo esclavo hebreo. Pero aquella historia no estuvo exenta de actuaciones demoníacas, co­mo puede verse por la intentona de los sacerdotes egipcios de remedar algunas de las primeras plagas me­diante invocaciones espiritistas a sus dioses, como se registra en los capítulos 7 y 8 del Exodo. De hecho, en esos capítulos se muestra que aquellos sacerdotes consiguieron ejecutar algunos milagros iniciales en este sentido, evidentemente auxiliados por los poderes malignos ocultos, de índole sobrehumana, que los respaldaban. Por lo tanto, se produjo una especie de inicial competición entre la mixtuta humano-demonía­ca egipcia y la descendencia de la “mujer", pero a medida que se desarrollaron las plagas quedó claro que las fuerzas demoníacas habían sido totalmente sobrepasadas y anuladas por las aplastantes fuerzas angé­licas amadoras de Dios. Aparentemente, desde el punto de vista de los tribunales celestiales, la mixtura humano-demoníaca debía recibir la natural retribución que en justicia corresponde a toda malsana agre­sión insidiosa que no respeta los derechos de supervivencia de la parte inocente y pacífica que ha sido a­gredida.

Puede observarse, en e\ éxodo de los israelitas de Egipto, bajo el acaudillamiento de Moisés, que a­conteció un hecho extraordinario. La misericordia divina estuvo también con una buena porción de egipcios que, tras contemplar las diez plagas y comprender sensatamente que la estupidez y la altanería del Faraón y de todos sus apoyadores merecía incluso un castigo mas severo, se pusieron de parte de los hebreos y se fueron con ellos: “У partieron los hijos de Israel de Ramesés a Sucot (se sobreentiende: éste fue el inicio del éxodo o salida de Egipto), como seiscientos mil hombres de a pie, sin contar los niños (se sobreentien­de: sin contar a las mujeres tampoco). У también subió con ellos grande multitud de diversa suerte de gen­tiles (se sobreentiende: personas no israelitas, entre quienes habría evidentemente una mayoría egipcia); y ✓ muchísimas ovejas y vacas" (Libro sagrado del Exodo, capítulo 12, versículos 37-38; Biblia del Oso, revi­sión de 1996).

Aquella misericordia de Dios hacia los egipcios, es decir, los que se arrepintieron de haber secunda­do a Faraón y a toda su camarilla y se marcharon con los israelitas, iba a tener en e\ futuro consecuencias negativas contra la descendencia de Abrahón. De todas formas, era una previsión fácilmente deducible por medio de las leyes estadísticas, puesto que fueron acogidas personas que con el transcurso del tiempo te­nían la posibilidad de hacer rebrotar malas actitudes, las cuales, mezcladas con las de algunos hijos de Is­rael de inclinación desobediente, darían pie a infiltraciones demoníacas. No obstante, como dijo el apóstol Juan: “El que no ama, no conoce a Dios (se sobreentiende: el que no muestra compasión y misericordia, ras­gos propios del amor, no conoce la personalidad del Dios verdadero); porque Dios es amor (se sobreentien­de: El amor es el rasgo dominante de la personalidad divina)" (Primera epístola de Juan, capítulo 4, versí­culo 8; Biblia de Valera de 1602, purificada); y también como señaló el salmista: “Los sacrificios de Dios (se sobreentiende: sacrificios dirigidos a Dios) son el espíritu quebrantado (se sobreentiende: La motiva­ción del arrepentido o quebrantado): al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios" (Salmos, capítulo 51, versículo 17; Biblia de Valera de 1602, purificada). Por esta razón, Dios no podía dejar atrás o excluir de su favor a los egipcios arrepentidos como medida preventiva, en evitación de males hipotéticos causados por éstos. Sin embargo, estableció la ley mosaica en términos justos pero severos, para poder compensar el oportunismo que la simiente de la “serpiente" manifestaría ante dicha misericordia divina, al utilizar las debilidades y malas tendencias de los liberados para poder realizar infiltraciones demoníacas y corromper a la descendencia de la “mujer" desde el interior mismo de ella.

Un conato de descontento y acritud del pueblo liberado hacia la guía divina se vio poco después de que los ejércitos del Faraón, una vez que se hubieron reorganizado tras las plagas y corrieron tras los is­raelitas y sus agregados para exterminarlos y recobrar así el enorme botín que se habían llevado, fueron completamente ahogados en e\ mar Rojo. El relato sagrado expone: “У llegaron a Elim (se sobreentiende: el pueblo israelita y sus agregados egipcios y gentiles, bajo el liderazgo de Moisés, después de haber cele­brado con baile y con canciones de alabanza a Dios el que Este los hubiera liberado definitivamente de la amenaza proveniente del Faraón y todo su ejército, partieron de las orillas del mar Rojo y, tras varios días de adentrarse en el desierto y enfilar el camino hacia la tierra de promisión, hicieron escala en Elim), don­de había doce fuentes de agua, y setenta palmas (se sobreentiende: palmeras); y se asentaron allí junto a las aguas" (Libro sagrado del éxodo, capítulo 15, versículo 27; Versión antigua de las sagradas escrituras, o Biblia del Oso, revisada en 1996 por el misionero Martín Russell Stendal). У el relato sagrado sigue di­ciendo: «Partió luego de Elim toda la congregación de los hijos de Israel (se sobreentiende: incluyendo a una cuantiosa multitud de egipcios y quizás algunos otros gentiles, agregados por su propia voluntad, que, al contemplar las plagas, quedaron sobrecogidos de admiración y temor reverente hacia el Dios de los he­breos), y vino al desierto de Sin, que esta entre Elim y Sinai, a los quince días del segundo mes después que salieron de la tierra de Egipto. У toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto; y les decían los hijos de Israel: “Ojaló hubiéramos muerto por la mano de Jehova (se sobreentiende: caer víctimas de algunas de las diez plagas) en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos (se sobreentiende: esta murmuración o queja debió iniciarse entre los egipcios agregados y no entre los israelitas, puesto que estos últimos habían vivi­do en severísima estrechez ecomómica mientras que los egipcios nadaron en la abundancia; no obstante, la queja se extendió y fue notablemente secundada por los descontentos e insensatos israelitas); pues nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud (se sobreentiende: acusaron a Moisés y a su hermano Aarón de estafadores y asesinos, lo cual equivalía a rechazar de plano la guía di­vina, que, en esta ocasión, se materializaba por medio de Moisés, quien, a su vez, simplemente seguía la misma guía de Dios y entonces la transmitía al pueblo)"» (Libro sagrado del éxodo, capítulo 16, versículos 1-3; Biblia de Reina-Valera, de I960).

A medida que los israelitas se dirigían hacia la tierra de promisión, Moisés y Aarón sintieron el in­menso lastre de un pueblo progresivamente rebelde y terco que empeoraba por días, y no mejoraba de ac­titud. Seguramente, las fuerzas demoníacas ya habían observado esta situación y sacado buen partido de ella. Se llegó a producir, pues, una severa y sutil infiltración demoníaca en el pueblo, de tal manera que lo que principió siendo descendencia abrahómica o descendencia de la simbólica “mujer" leal a Dios, cuando los israelitas fueron liberados del cautiverio egipcio, estaba convirtiéndose ahora, en buena parte, en des­cendencia de la “serpiente", esto es, en un colectivo humano que estaba indispuesto a seguir la guía divina. У ello no tiene nada de extraño, pues en los días de Jesucristo sucedía que los cabezas religiosos del pue­blo, supuestamente pertenecientes a la descendencia de la “mujer", no eran tales, sino, más bien, como les señaló el propio Hijo de Dios: “Si de veras Dios fuera su padre (se sobreentiende: Jesucristo estaba ha­blando a una multitud de judíos que no lo aceptaban como Mesías, entre quienes habría bastantes maes­tros religiosos), ustedes me amarían, porque yo vengo de Dios y aquí estoy. No he venido por mi propia cuenta, sino que Dios me ha enviado. ¿Por qué no pueden ustedes entender mi mensaje? Pues simplemente porque no pueden escuchar (se sobreentiende: indispuestos a escuchar) mi palabra. El padre de ustedes es el diablo (se sobreentiende: aunque eran descendientes de Abrahón, ahora estaban entre los que pertene­cían a la simiente de la “serpiente" por corrupción intestina o desde dentro); ustedes le pertenecen, y tra­tan de hacer lo que él quiere (se sobreentiende: por inducción enmascarada y sutil de tipo demoníaco). El diablo ha sido un asesino desde el principio. No se mantiene en la verdad, y nunca dice la verdad. Cuando dice mentiras, habla como lo que es; porque es mentiroso y es el padre de la mentira. Pero como yo digo la verdad, ustedes no me creen" (Evangelio según Juan, capítulo 8, versículos 42-45; Versión popular de la Biblia, denominada “Dios Habla Hoy", o edición interconfesional, de 1996).

Asaf fue un descendiente de Leví que vivió en los tiempos del rey David, durante el siglo XI antes de la era cristiana. Aparentemente compuso el salmo 78, en el cual narra la trayectoria, frecuentemente difícil y malsana, que manifestó la descendencia de Abrahón a partir de su liberación de la esclavitud en E­gipto: “Pueblo mío, atiende a mi enseñanza; inclínate a escuchar lo que te digo. Voy a hablar por medio de refranes; diré cosas que han estado en secreto desde tiempos antiguos. Lo que hemos oído y sabemos y nuestros padres nos contaron, no lo ocultaremos a nuestros hijos. Con las generaciones futuras alabare­mos al Señor y hablaremos de su poder y maravillas. Dios estableció una ley para Jacob (se sobreentiende: La ley mosaica, o ley transmitida por Dios mediante Moisés al pueblo de Israel, a fin de que no se desvia­ra de continuar siendo la descendencia de la simbólica "mujer"); puso una norma de conducta en Israel, y ordenó a nuestros antepasados que la enseñaran a sus descendientes, para que la conocieran las generacio­nes futuras, los hijos que habían de nacer, y que ellos, a su vez, la enseñaran a sus hijos; para que tuvieran confianza en Dios y no olvidaran lo que él había hecho; para que obedecieran sus mandamientos y no fueran como sus antepasados, rebeldes y necios, faltos de firmeza en su corazón y espíritu (se sobreentiende: tal falta de firmeza en el carácter moral afianzada en la guía divina, colocaba a la persona en peligro de ser a­traída y seducida sutilmente por las inteligencias malvadas sobrehumanas que evidentemente pretendían derrotar por completo toda perspectiva de futuro para la descendencia de la “mujer" simbólica); genera­ción infiel a Dios" (Libro sagrado de los salmos, capítulo 78, versículos 1-8; Versión popular de la Biblia, denominada “Dios Habla Hoy", de 1996).

El salmista continúa diciendo: “Los de la tribu de Efraín (se sobreentiende: un colectivo importante de israelitas, ya afincados en la tierra de promisión), que estaban armados con arcos y flechas (se sobre­entiende: los efrainitas llegaron a ser poderosos defensores de su solar tèrreo, muy hábiles y respetables en el uso del arco y las flechas), dieron la espalda en el día del combate (se sobreentiende: los efrainitas sufrieron una gran derrota por fuerzas aparentemente mucho más débiles y menos numerosas, a manos de Jefté y sus hombres, siendo este Jefté un individuo justo y uno de los jueces levantados por Dios para e­vitar que los israelitas se desviaran calamitosamente de la guía divina en la tierra de promisión; este juez venció a los ammonitas paganos cuando éstos intentaban aplastar a los hijos de Israel, ya que la amenaza agresiva ammonita se estaba haciendo muy peligrosa; pero los efrainitas, a pesar de ser israelitas, como lo era Jefté, desarrollaron una formidable envidia contra Jefté y quisieron eliminarlo; no obstante, Dios a­yudó a su juez y éste y sus hombres, después de advertir a los efrainitas que se estaban posicionando en contra de la guía divina, no tuvieron otra opción que combatir contra ellos; el resultado fue de una derrota masiva contra los hijos de Efraín, quienes se habían convertido en este caso en “aliados" de la simiente de la “serpiente"; el libro sagrado de los Jueces, capítulo 12, señala que el balance del enfrentamiento fue de cuarenta y dos mil muertos únicamente efrainitas)" (Libro sagrado de los salmos, capítulo 78, versículo 9; Versión popular de la Biblia, denominada “Dios Habla Hoy", de 1996).

Sigamos: “Dios hizo maravillas delante de sus padres en la región de Soan, que está en Egipto: par­tió en dos el mar, y los hizo pasar por él, deteniendo el agua como un muro. De día los guió con una nube, y de noche con luz de fuego (se sobreentiende: el salmista aquí está rememorando la salida del pueblo israe­lita de Egipto, tras su liberación, así como el largo camino hacia la tierra de promisión bajo el acaudilla­miento de Moisés, es decir, bajo la guía divina a través de Moisés). En el desierto partió en dos las peñas, y les dio de beber agua en abundancia. Dios hizo brotar de la peña un torrente de aguas caudalosas. Pero ellos siguieron pecando contra Dios; se rebelaron contra el Altísimo en el desierto. Quisieron ponerle a prueba pidiendo comida a su antojo (se sobreentiende: la intentona enmascarada del pueblo, en general, e­ra la de usar a Dios como si éste fuera su esclavo, es decir, como si Dios fuera el genio de la lámpara ma­ravillosa que se encontró Aladino según la leyenda de “las mil y una noches", la cual leyenda, dicho sea de paso, realmente refleja el anhelo o sentir egoísta de la humanidad apartada de Dios, con su idolatría e i­maginería añadidas, de naturaleza ficticia o irreal y bajo la influencia demoníaca extraviadora)" (Libro sa­grado de los salmos, capítulo 78, versículos 12-18; Versión popular de la Biblia, también denominada “Dios Habla Hoy", de 1996).

Es muy interesante lo que se refleja en este salmo, porque permite establecer una conexión entre la idolatría y la fabricación de imágenes sagradas (para la adoración individual y multitudinaria) y el anhelo egoísta de utilizar a la deidad (por medio de ceremonias, liturgias o rituales sagrados) para que ésta (vién­dose supuestamente forzada por los ritos a conceder lo que se pide) otorgue los deseos personales a los individuos que demandan o solicitan los favores sagrados. Se trata de una soberana desviación de lo que de­bería ser la religión acertada, es decir, de la forma de establecer una relación amistosa con el Creador de manera lógica y respetuosa. Muchos oportunistas y sacerdotes vinculados a la descendencia de la "serpien­te" han usado en provecho propio semejantes tipos de adoración idolátrica, induciendo a la gente a adoptar esos criterios erróneos por medio de explotar la pulsión intrínseca de sometimiento a unas creencias y a un liderazgo presente en la inmensa mayoría de los seres humanos. La formidable capacidad de autoengaño que plaga a la generalidad de los individuos, por medio de la cual éstos están dispuestos a creer todo lo que de alguna manera satisfaga sus pretensiones materialistas, ha facilitado el que esas aberraciones religio­sas se impongan mayoritariamente.

El salmo sigue diciendo: “Pero Dios tenía compasión, perdonaba su maldad y no los destruía (se so­breentiende: Dios tenía misericordia de un pueblo que debería estar alineado a favor de la simiente de la “mujer" y no en contra de ella, favoreciendo con su mala conducta que la simiente de la “serpiente" causara estragos en la descendencia abrahómica). Dios se acordó de que eran simples hombres; de que eran como el viento, que se va y no vuelve (se sobreentiende: Dios sentía lástima de tan insensatas criaturas huma­nas, que provenían del linaje de Abrahón, las que, con su reiterada estupidez moral, perjudicaron notable­mente el desarrollo del designio divino de bendecir a toda la humanidad por medio de los descendientes del patriarca). Cuántas veces desobedecieron a Dios y le causaron dolor en el desierto (se sobreentiende: La marcha hacia la tierra prometida estaba llena de peligros sutiles procedentes de la astucia demoníaca, los cuales peligros serían minimizados por medio de la obediencia a la guía divina; pero, en vez de obede­cer, ellos obviaron las normas de Dios y causaron dolor al Altísimo en el sentido de que Dios preveía con claridad que la simiente de la “serpiente" sacaría una gran ventaja malsana de esa desobediencia). Pero volvían a ponerlo a prueba (se sobreentiende: ponían a prueba la paciencia divina); entristecían al Santo de Israel" (Libro sagrado de los salmos, capítulo 78, versículos 38-41; Versión popular de la Biblia, también denominada “Dios Habla Hoy", de 1996).

Continuamos con el salmo susodicho: “Sacó a Israel como a un rebaño de ovejas (se sobreentiende: Dios liberó a los israelitas de la durísima esclavitud en Egipto, cual rebaño de ovejas indefensas que no tiene ninguna clase de recurso ni escapatoria contra el insaciable depredador, a saber, el Faraón y todos sus secuaces); llevó a su pueblo a través del desierto (se sobreentiende: Por el camino que conducía a la tierra de promisión). Los llevó con paso seguro para que no tuvieran miedo, pero a sus enemigos el mar los cubrió (se sobreentiende: El Faraón y todo su ejército, rehechos después de las diez plagas y salidos en persecución del pueblo acaudillado por Moisés, fueron ahogados en el mar Rojo). Dios trajo a su pueblo a su tierra santa (se sobreentiende: A la tierra prometida), a las montañas que él mismo conquistó (se so­breentiende: A la tierra de Canaón, puesto que para ese tiempo ya se había colmado o completado el error de los amorreos). Quitó a los paganos de la vista de Israel (se sobreentiende: Dios dio la justa retribución a la simiente de la “serpiente", en la parcela de la misma que se localizaba en Canaón, como respuesta a las “mil" provocaciones demoníacas previas que habían sido soportadas con paciencia por el Todopoderoso, de tal manera que esta actuación legítima no podía ser reprochada en absoluto en los tribunales celestiales); repartió la tierra en lotes entre sus tribus (se sobreentiende: Por dirección divina, la tierra de Canaón fue repartida equitativamente entre las tribus de Israel), y las hizo vivir en sus campamentos. Pero ellos pu­sieron a prueba al Dios altísimo rebelándose contra él y desobedeciendo sus mandatos (se sobreentiende: Los hijos de Israel, una vez en la tierra prometida, se corrompieron y dejaron de seguir la guía divina, con lo cual se pusieron inevitablemente a favor de la simiente de la “serpiente", y de esta manera sometieron a dura prueba la paciencia divina); pues, lo mismo que sus padres, lo abandonaron y le fueron infieles; se tor­cieron igual que un arco falso" (Libro sagrado de los salmos, capítulo 78, versículos 52-57; Versión popular de la Biblia, también denominada “Dios Habla Hoy", de 1996).

Continuando: “Lo hicieron enojar con sus altares paganos; adorando ídolos, lo provocaron a celos (se sobreentiende: Dios había hecho un pacto unilateral o promesa a Abrahón, para que por medio de su des­cendencia o simiente se bendijeran no sólo los israelitas sino también todas las naciones de la Tierra; de otra manera, si tal pacto o promesa abrahómica no se hubiera producido, la esperanza de la humanidad en general estaría absolutamente perdida, pues toda la estirpe humana hubiera sido engullida por la simiente de la “serpiente" y con el tiempo también hubiera sido condenada a la extinción en los tribunales celestia- les, corno se procede a actuar para eliminar una cepa de virus maligno cuando queda claro el alcance de su nocividad; por lo tanto, al pervertirse el pueblo hebreo por medio de la adoración de ídolos, auspiciados és­tos desde la sombra por los demonios, la simiente de la "mujer" estaba en bastante peligro; metafórica­mente hablando, el amor y la buena voluntad que Dios sentía hacia la simiente de la “mujer", como de un esposo leal hacia su esposa leal, estaba siendo sometido a celos justificados). Dios se enojó al ver esto, y rechazó por completo a Israel (se sobreentiende: Dios abandonó a Israel a su suerte en aquella época del entorno de Asaf, pero luego tuvo misericordia del pueblo cuando vio que algunos israelitas se arrepintie­ron, y así actuó varias veces hasta el tiempo del Mesías; pero en los días del Mesías, Jesucristo, se colmó la paciencia divina definitivamente para con los israelitas y, poco después de formarse la colectividad cris­tiana primitiva, el entero pueblo de Israel, en calidad de estructura teocrática, fue abandonado a su suer­te por los siglos de los siglos o para siempre jamas)" (Libro sagrado de los salmos, capítulo 78, versículos 58-59; Versión popular de la Biblia, también denominada “Dios Habla Hoy", de 1996).

Asaf vivió aparentemente en los días del reino davidico en Israel, al cual le sucedió el reino salomó­nico. Sin embargo, hacia el final del mandato de Salomón, este monarca, que había principiado sabio y jus­to, se envileció al permitir que sus muchas esposas no israelistas introdujeran cultos idolátricos en la tie­rra santa. De nuevo, pues, se produjeron contratiempos indeseables en el interior de la descendencia a- brahórnica, que culminaron en la pérdida de la bendición divina y en la escisión de las tribus de Israel en dos subreinos independientes: el reino del Norte, que aglutinaba a diez de las doce tribus hebreas y que rápidamente se hizo pagano y fue absorbido por la simiente de la “serpiente"; y el reino del Sur, que esta­ba formado por la tribu de Judó y por la tribu de Benjamín, con capital en la ciudad de Jerusalén, el cual reino, muy a duras penas, y moralmente tambaleante, continuando su torpe marcha como única línea hábil de la descendencia de Abrahón para la futura bendición de todas las naciones, y esto sucedió tras el apa­recimiento del Mesías en su seno.

Después de la desintegración del reino norteño, el reino sureño o de Judó continuó sobreviviendo como unidad teocrática por unos pocos siglos más, aunque pervirtiéndose gradualmente, y esta situación se mantuvo hasta que Jerusalén fue destruida por Nabucodonosor en las proximidades del siglo VI antes de la ЕС. Fue la primera destrucción de Jerusalén, de la que hubo recobro a pesar de que toda la sociedad ju­día quedó devastada por varias décadas y aparentemente irrecuperable. Curiosamente, en la víspera de a­quella terrible destrucción se produjo una mejoría premortem, la cual engañó a muchos; sin embargo, los profetas enviados por Dios (Isaías, Jeremías y Ezequiel, entre otros) avisaron de ello. ¿Por qué se produjo aquella ficticia mejoría, y cuáles fueron sus causas?

Bueno, la condición moral y religiosa del pueblo judío y de los habitantes de Jerusalén había llegado a un nivel sin precedentes. La degradación del pueblo y de sus líderes religiosos y sus gobernates era, en general, peor que la de los países del entorno, a pesar de que éstos adoraban a ídolos auspiciados por las inteligencias demoníacas. De hecho, la idolatría también cundía en Jerusalén y en los dominios del reino de Judea. En consecuencia, la situación nacional era globalmente antagónica a la simiente de la “mujer". La hi­pocresía y la total a>jers\ór\ a la guía divina se estaba demostrando en la forma en que eran tratados los profetas enviados por Dios para advertir al pueblo, a saber, éstos eran perseguidos y hasta asesinados. Jeremías señaló: “Porque hay en mi pueblo hombres malos que acechan como cazadores de pájaros, que po­nen trampas para atrapar a los demás. Llenan sus casas de objetos robados, como se llenan de pájaros las jaulas. Así se hicieron poderosos y ricos, y están gordos y bien alimentados. Su maldad no tiene límites: no hacen justicia al huérfano ni reconocen el derecho de los pobres. ¿No los he de castigar por estas cosas? ¿No he de dar su merecido a gente así? Уо, el Señor, lo afirmo. Algo terrible, espantoso, está pasando en este país. Lo que anuncian los profetas es mentira (se sobreentiende: Los falsos profetas, no enviados por Dios, sino aquéllos que por ganancia egoísta y prestigio personal regalaban los oídos al pueblo pervertido y más que nada hablaban a favor de la clase despótica gobernante, para mantener a la gente sumisa a sus explotadores); los sacerdotes gobiernan a su antojo (se sobreentiende: Los sacerdotes habían dejado a un lado la ley de Dios, y ahora estaban cargando sobre el pueblo una serie de requisitos que servían para el lucro de dichos sacerdotes y de sus familiares, es decir, habían establecido una normativa religiosa a su antojo). У mi pueblo así lo quiere (se sobreentiende: A pesar de que el pueblo estaba bien informado gra­cias a la actividad de los profetas verdaderos, como Jeremías, Isaías, Ezequiel y Daniel, entre otros mu­chos, que llevaban décadas proclamando el mensaje divino tanto en Judea como en la Diaspora, increíble­mente la mayoría de aquellos estúpidos oprimidos se apegaba a las tradiciones religiosas paganas absur­das impuestas por los sacerdotes corruptos). Pero, ¿qué harán ustedes cuando llegue el fin (se sobreen­tiende: habría un fin exterminador de aquella gente, a pesar de que provenían de la descendencia abrahá- mica, puesto que se habían aliado, con o sin conocimiento de causa, con la simiente de la "serpiente"; sólo unas pocas personas, como pasó en el Diluvio, escaparían de tal fin, es decir, unos cuantos individuos que no se sometieron a la simiente de la “serpiente")?" (Libro de Jeremías, capítulo 5, versículos 26-31; Versión popular de la Biblia, también denominada “Dios Habla Hoy", de 1996).

Según reputados historiadores, en el año 625 antes de la ЕС, los caldeos y los egipcios libraron una batalla decisiva en Carquemis, cerca del río Eufrates, a unos 600 kilómetros al norte de Jerusalén. El rey Nabucodonosor derrotó a los ejércitos del faraón Nekoh, poniendo fin a la dominación egipcia en la zona, pasó a subyugar a Judá y obligó a su rey Joaquim a rendirle vasallaje: “Durante el reinado de Joaquim, Na­bucodonosor, rey de Babilonia, invadió el país, y Joaquim estuvo sometido a él durante tres años. Luego cambió de parecer y se rebeló contra él (se sobreentiende: Joaquim, rey de Judá, se rebeló contra Nabu­codonosor)" (Libro segundo de los Reyes, capítulo 24, versículo 1; Versión popular de la Biblia, también de­nominada “Dios Habla Hoy", de 1996). Como respuesta, Nabucodonosor y sus tropas invadieron Judá y cer­caron Jerusalén. Por lo visto, Joaquim murió durante el sitio de la ciudad, y su hijo Joaquín se rindió a los babilonios después de haber reinado por sólo tres meses. Nabucodonosor saqueó la ciudad y se llevó al exi­lio al rey y su familia, a las familias nobiliarias de Judá, a los hombres respetables y a los artesanos. En­tonces, Nabucodonosor puso en el trono de Judá a Sedequías: “Luego (se sobreentiende: Después que Na­bucodonosor se llevó al destierro a Joaquín y a las personas relevantes de entre los judíos) el rey de Babi­lonia nombró rey a Matanías (se sobreentiende: Nombró rey vasallo en Judá a Matanías), en lugar de su sobrino Joaquín (se sobreentiende: Joaquín era sobrino de Matanías), y le cambió su nombre y le puso Se­dequías (se sobreentiende: Nabucodonosor le cambió el nombre a Matanías, y le puso Sedequías)" (Libro segundo de los Reyes, capítulo 24, versículo 17; Versión popular de la Biblia, también denominada “Dios Ha­bla Hoy", de 1996).

Según parece, al principio del reinado de Sedequías llegaron a Jerusalén mensajeros de los países de Edom, Moab, Ammón, Tiro y Sidón con la presumible intención de hacer que Sedequías se uniese a ellos en una coalición para luchar contra el rey Nabucodonosor, quien, a la sazón, se estaba apoderando de todos los reinos colindantes con Judea. Las sagradas escrituras no permiten elucidar exactamente qué es lo que aquellos mensajeros consiguieron de Sedequías, pero es posible que no tuvieran éxito, pues Jeremías el profeta convenció eventualmente a Sedequías y a sus súbditos para que permanecieran sumisos al rey de Babilonia, y también presentó barras de yugo simbólicas a aquellos mensajeros para asegurar profètica e impactadoramente que las naciones de las que procedían también deberían someterse a Nabucodonosor y no buscar liberación por cuenta propia. Esta era la respuesta divina a una saturación de provocaciones de­moníacas contra la simiente de la “mujer", realizadas mediante un empuje sutil y persistente de la simien­te de la “serpiente" encarnada ahora mayormente por un numeroso colectivo de hebreos desobedientes y malvados que se habían apoderado de las riendas gubernamentales de Judea. Por lo tanto, en vista de que las fuerzas demoníacas habían atacado a la simiente de la “mujer" mediante infiltraciones exitosas y per­vertidoras de la moral de los descendentes de Abrahán, ahora, pues, era del todo legal (desde el prisma de los tribunales celestiales) que Dios “infiltrara" su poder en medio de la simiente de la “serpiente" y se valiera del imperio babilonio (una parte de la simiente serpentina) para literalmente “machacar" a la parte de la simiente serpentina que más estaba amenazando seriamente la viabilidad futura de la simiente de la “mujer".

Es posible que la jugada demoníaca fuera la de corromper y derruir desde dentro, como ocurre con la gangrena y el cáncer, razón por la cual la propia descendencia abrahámica debía ser purgada o purifica­da (porque en aquellos momentos ésta se había convertido, en general, en la principal herramienta en ma- nos de Ια "serpiente" para demoler a la leal simiente de la “mujer"). Pero antes de la “purificación", Dios envió a sus profetas a fin de abrir los ojos al pueblo y realmente hacer el menor estrago posible entre la descendencia abrahómica descarriada; sin embargo, lamentablemente, fueron pocos los que hicieron caso y pocos los que aceptaron la guía divina, aunque esos pocos llegaron a suponer una salvaguarda en beneficio de la descendencia de la “mujer"; de otro modo, quizás, incluso esos pocos fieles se hubieran encontrado en peligro de extinción ante una adversidad aumentante. Curiosamente, pues, los principales enemigos mortales de los profetas fueron los mismos israelitas extraviados. No extraña entonces que, siglos más versículos 37-38; Versión popular de la Biblia, también denominada “Dios Habla Hoy", de 1996).

Sedequías se personó en Babilonia en el cuarto año de su reinado, tal vez para presentar un tributo a Nabucodonosor y así reafirmarle su lealtad como rey vasallo. Fue acompañado de su comisario Seraya, a quien el profeta Jeremías había confiado un rollo escrito en el que se declaraba un juicio futuro de Dios contra Babilonia. Aproximadamente un año más tarde, Ezequiel empezó a profetizar entre los judíos exi­liados en Babilonia. En el sexto año del reinado de Sedequías, Ezequiel tuvo una visión que reveló las prác­ticas idolátricas que se estaban llevando a cabo en Jerusalén, entre las que se contaban la adoración al dios Tamuz y al Sol. Esta corrupción idolátrica, ya institucionalizada en Judea, debió crear un clima gene­ral de rebeldía contra la guía divina (que estaba siendo expresada por medio de Jeremías y otros profetas). Por consiguiente, los profetas verdaderos se encontraban cada vez con más resistencia y agresividad ha­cia ellos por parte de la gente de Judea; y sin duda este espíritu rebelde del pueblo debió afectar muy ne­gativamente a las decisiones que a nivel nacional se iban a tomar en breve. No extraña, entonces, que apro­ximadamente tres años más tarde, sobre el año 609 antes de la ЕС, Sedequías se rebelara contra Nabuco­donosor y recurriera a Egipto en busca de ayuda militar, en franca oposición a la palabra profetica dada por medio de Jeremías acerca de lo insensato de una tal rebelión, y también en contra del juramento que el propio rey Sedequías había hecho en el nombre de Dios respecto a permanecer en sumisión a Nabucodo­nosor. Debido a esto, los ejércitos babilonios comandados por Nabucodonosor marcharon contra Jerusa­lén y pusieron sitio a la ciudad. Todo parecía, por ende, augurar una muerte inminente para el reino de Ju­da.

Parece que al comienzo de este sitio, Sedequías envió a dos de sus hombres de confianza para que inquiriesen de Dios a través de Jeremías con el fin de saber si Nabucodonosor se retiraría de Jerusalén o no. Pero la palabra de Dios por medio de Jeremías fue de que la ciudad y sus habitantes experimentarían una gran calamidad a manos de los babilonios. Aparentemente, después de esto, Jeremías fue a ver a Se­dequías por dirección divina para asegurarle que Jerusalén sería destruida y que el rey (Sedequías) sería llevado cautivo a Babilonia, donde moriría. Entonces, en la sitiada Jerusalén, Sedequías y sus príncipes vie­ron oportuno hacer alguna clase de pantomima para cumplir con la ley de Dios y tratar de ganar su favor. Así, aunque no era el año del Jubileo, celebraron un pacto a fin de libertar a sus esclavos hebreos (sus pro­pios hermanos correligionarios caídos en la indigencia) de la servidumbre tiránica a la que los tenían some­tidos. Al poco, parece que hubo una mejoría premortem, cuando ya parecía que todo estaba militarmente perdido. Por lo visto, salió de Egipto una fuerza militar para defender a Jerusalén, lo que hizo que los ba­bilonios levantasen temporalmente el sitio para enfrentarse a la amenaza egipcia. У, quizás creyendo que los babilonios serían derrotados y que no podrían reemprender el sitio, aquellos nobles de Judó que habían dejado en libertad a sus hermanos hebreos esclavizados pensaron que el peligro había terminado, y por lo tanto volvieron a someterlos a la esclavitud.

No podemos aventurar ninguna conclusión categórica acerca de la causa de esa mejoría premortem, pero podría ser que no hubiera provenido de un origen divino. Por ejemplo, el mensaje profètico de Jere­mías indica insistentemente que la misericordia divina para un pueblo tan empantanado en la suciedad mo­ral no era otra que la de someterse voluntariamente a los babilonios y esperar que Dios mismo indujera a éstos a mostrar benevolencia a los judíos que optaran por un tal sometimiento; éste era el refinamiento sabio decretado por Dios para la pervertida descendencia de Abrahán. Además, es posible que en aquellos momentos le fuera más útil a las inteligencias demoníacas que prevaleciera la corrupta Jerusalén que el que ésta fuera abatida por los babilonios, pues los babilonios parecían ser un pueblo comparativamente menos peligroso para la preservación de la identidad de la "mujer" que la propia descendencia abrahámica corrompida; y esto se puede notar quizás en el hecho de que los desterrados judíos que ya se encontraban en Babilonia disponían de una determinada libertad gubernamental para practicar con prudencia su culto y también la motivación de la añoranza para desarrollar un mayor acicate y más sincero apego por la ley mo­saica (como dice el refrán: "se aprecia más lo perdido que lo retenido").

Por lo visto, Sedequías era un gobernante de carácter muy débil, como se desprende del hecho de que cuando más tarde los príncipes de Judá le solicitaron que diese muerte a Jeremías porque supuesta­mente debilitaba la moral del pueblo sitiado al decir que la palabra de Dios señalaba el sometimiento a Ba­bilonia, Sedequías respondió: "Está bien, hagan con él lo que quieran. Уо nada puedo contra ustedes" (Libro de Jeremías, capítulo 38, versículo 5; Versión popular de la Biblia, también denominada "Dios Habla Hoy", de 1996). El relato añade a continuación: "Entonces ellos (se sobreentiende: los príncipes o principales de Judá) se apoderaron de Jeremías y lo echaron en la cistera del príncipe Malquías, que se encontraba en el patio de la guardia. Lo bajaron con sogas, y como en la cisterna no había agua, sino lodo, Jeremías se hun­dió en él" (Libro de Jeremías, capítulo 38, versículo 6; Versión popular de la Biblia, también denominada "Dios Habla Hoy", de 1996). El carácter débil y voluble del monarca se muestra también en la continuación del relato: «Entonces Ebed-mélec salió del palacio real y fue a decirle al rey (se sobreentiende: a Sede­quías): "Majestad, lo que esos hombres han hecho con Jeremías es un crimen. Lo han echado en una cister­na, y ahí se está muriendo de hambre, porque no hay pan en la ciudad". En seguida el rey ordenó a Ebed- mélec que se llevara con él a treinta hombres para sacar a Jeremías de la cisterna, antes que muriera» (Libro de Jeremías, capítulo 38, versículos 8-10; Versión popular de la Biblia, también denominada "Dios Habla Hoy", de 1996).

La pusilanimidad de Sedequías se acentúa más a medida que prosigue el relato sagrado: «El rey Se- dequías mandó que llevaran ante él al profeta Jeremías (se sobreentiende: después que Ebed-mélec salva­ra al profeta de la cisterna en donde lo habían metido), a la tercera entrada del templo. Allí el rey le dijo: "Voy a hacerte una pregunta, y quiero que me la respondas con toda franqueza". Jeremías respondió: "Si contesto a la pregunta, Su Majestad me mandará matar; y se le doy algún consejo, no me hará caso". Pero en secreto el rey Sedequías le hizo este juramento a Jeremías: "Te juro por el Señor, que nos dio la vida, que no te mandaré matar ni te entregaré en manos de los que quieren matarte". Jeremías dijo entonces a Sedequías: "El Señor Todopoderoso, el Dios de Israel, dice: Si te entregas de una vez a los generales del rey de Babilonia, tú u tu familia salvarán la vida, y esta ciudad no será incendiada. Pero si no te entregas a ellos, los caldeos (se sobreentiende: los babilonios) se apoderarán de la ciudad y le prenderán fuego, y tú no podrás escapar". Sedequías respondió: "Tengo miedo de los judíos que se han pasado a los caldeos; si caigo en manos de ellos, me torturarán". Jeremías contestó: "Pero Su Majestad no caerá en manos de e­llos. Obedezca Su Majestad, por favor, a la voz del Señor, que yo le he comunicado, y le irá bien y salvará la vida"» (Libro de Jeremías, capítulo 38, versículos 14-20; Versión popular de la Biblia, también denomina­da "Dios Habla Hoy", de 1996).

Continuación del relato: «Entonces Sedequías (se sobreentiende: después de haber indagado de bo­ca de Jeremías lo que le sobrevendría a él mismo en el futuro, y a su familia y a la ciudad) respondió a Je­remías: "Si en algo aprecias tu vida, no hables de esto con nadie. Si los funcionarios llegan a saber que he estado hablando contigo, vendrán y te preguntarán qué me dijiste tú, y qué te dije yo, y con la promesa de salvarte la vida, te pedirán que les cuentes todo. Pero tú respóndeles que sólo me estabas suplicando que no te mandara de nuevo a la casa de Jonatán, para no morir allí". En efecto, todos los funcionarios fueron a ver a Jeremías y le hicieron preguntas, pero él les respondió exactamente lo que el rey le había ordena­do. Entonces lo dejaron en paz, porque nadie había oído la conversación» (Libro de Jeremías, capítulo 38, versículos 24-27; Versión popular de la Biblia, también denominada "Dios Habla Hoy", de 1996).

Finalmente (hacia el año 607 antes de la ЕС, según algunos doctos bíblicos), en el año undécimo del reinado de Sedequías, en el mes cuarto y en el día nueve del mes, los babilonios estaban de nuevo asedian­do la ciudad y lograron abrir una brecha en los muros de Jerusalén. Ante esta situación de muerte inmi­nente tras un periodo de mejoría premortem en Judo, Sedequías y los guerreros que estaban con él huye­ron durante la noche a través de una grieta de los muros de la ciudad, pero fueron alcanzados en las plani­cies desérticas de Jericó y entonces Sedequías fue prendido y llevado ante Nabucodonosor, en Ribló. Los hijos de Sedequías fueron ejecutados cruelmente delante de sus propios ojos; y como para ese tiempo Se­dequías no tendría mas de 32 años de edad, sus hijos serían de pocos años. Por lo tanto, después de haber sido testigo de la muerte de sus hijos, Sedequías fue cegado (le inutilizaron los ojos), encadenado con gri­lletes de cobre y llevado a Babilonia, donde murió en el calabozo.

Hacia la segunda destrucción de Jerusalén.

Todo parece indicar que hubo una gran sabiduría divina detrás de la destrucción de Jerusalén a ma­nos de los babilonios, con la consiguiente deportación de los judíos a tierras lejanas. Ello consiguió el obje­tivo de extinguir la corruptela religiosa que se había desarrollado en la ciudad santa en tiempos de Sede­quías, la cual era un arma muy eficaz para las inteligencias diabólicas del suprauniverso en su intentona de causar la ruina completa de la simiente de la "mujer" simbólica de Dios. Por otra parte, en la Diaspora, los israelitas de buen corazón, quienes para entonces eran una triste minoría de la descendencia abrahómica, añorarían y esperarían con fe la restauración de Jerusalén y de su templo de adoración, tal como señalaba naciones, con lo cual la descendencia abrahámica experimentaría así una gran depuración.

En los días de Ciro el Grande (600-530 antes de la ЕС), conquistador de Babilonia, los judíos deste­rrados fueron liberados de la esclavitud por decreto; pero, tal como estaba previsto profeticamente, sólo un pequeño grupo de entre ellos, de gran fe, regresó a la desolada tierra de Judea ya la escombrera de lo que antes había sido la ciudad santa de Jerusalén. Tras décadas de duro esfuerzo y no pequeñas dificulta­des, y con la bendición divina, pudieron levantar los muros de Jerusalén y reconstruir el Templo (aunque el esplendor antiguo del mismo ya no volvería mas). Entonces, la adoración pura progresó bien por un siglo o dos, pero poco antes de la venida del Mesías se hallaba en vías de nueva corrupción. Se habían formado sectas judaicas completamente desviadas del espíritu de la ley mosaica, que atendían a tradiciones proto­colarias altaneras y a mezcolanzas de la filosofía griega con las normas del Pentateuco mas bien que a la límpida guía divina; y entre éstas dominaban, por ejemplo, la comunidad de los fariseos y la de los sadu- ceos. Por otra parte, el sumo sacerdote y el sanedrín se habían decantado, salvo rarísimas excepciones, hacia el materialismo, y veían su dominancia social como un trampolín para el prestigio y para el enriqueci­miento personal a costa del pueblo.

De nuevo, ante la protección divina sobre la simiente de la "mujer" o descendencia abrahámica res­taurada en torno a la ciudad santa, la ofensiva diabólica se centró en tratar de minar la religiosidad de los judíos utilizando a los propios judíos faltos de fe verdadera. Así, para el tiempo en que debería aparecer el Mesías, se había instaurado un paradigma religioso-político en Judea que se alejaba considerablemente del modelo profètico que debían esperar. Para empezar, los altaneros líderes religiosos del judaismo ense­ñaban, abierta o tácitamente, que el Mesías sería un libertador guerrero que echaría fuera de aquella tie­rra al imperio romano dominante y restablecería el antiguo reino de Israel. De alguna manera, en su fuero interno, la clase dirigente judía esperaba beneficiarse grandemente del aparecimiento de un Mesías así, es decir, de un Libertador Guerrero Milagroso que les diera su porción en forma de principales en un go­bierno mesiónico. No percibían, por estar cegados de egoísmo, que en el Reino de Oios no caben dirigentes corruptos ni orgullosos. Por este motivo fundamental, no reconocieron al Cristo (o Mesías) cuando éste lle­gó.

A través de los relatos evangélicos queda bien claro el nivel de desenfoque malsano que los adalides religiosos judíos habían alcanzado al final, razón por la cual la mayoría de ellos ni reconocieron ni respeta­ron el ministerio de Jesucristo. El Templo estaba en manos de gentuza hipócrita de la peor clase, concha­bada con un sumo sacerdote nepotista que recibía de los cambistas y mercaderes del Templo una contribu­ción subterránea y por eso hacía la vista gorda ante los abusos perpetrados por éstos. Aquellos mercade­res, so pretexto de facilitar el cambio a monedas válidas, acuñadas en la ciudad santa, así como ofrecer productos vegetales y animales a los israelitas que iban a Jerusalén para poder ofrendarlos mediante los sacrificios prescritos por la ley mosaica (pues era imposible para la mayoría de los ofertantes traer estos productos desde largas distancias), exigían descomunales sumas de dinero por esos servicios. No extraña, pues, que Jesucristo, hacia el final de su estadía terrestre, entrara en el Templo y volcara las mesas de blia, también denominada “Oios Habla Hoy", de 1996).

La influencia religiosa pervertidora de los adalides y maestros judíos sobre el pueblo, mayormente ignorante o inculto, llegó a su punto máximo en las proximidades de la muerte de Jesucristo. Si bien algu­nos de entre ellos se hicieron discípulos y seguidores del Maestro de Nazaret, la gran mayoría de la gente común era de tendencia materialista y no prestó suficiente atención a las palabras de él. Por ese motivo, la masa popular fue relativamente fácil de manipular por los enemigos de Jesucristo. Ello puede constatarse claramente en el siguiente pasaje sagrado: «Ourante la fiesta (se sobreentiende: La fiesta de la pascua judía), el gobernador (se sobreentiende: El gobernador romano de Judea, a la sazón Pondo Pilato) acos­tumbraba dejar libre un preso, el que la gente escogiera. Había entonces un preso famoso (se sobreentien­de: Probablemente tristemente famoso, a causa de las fechorías cometidas incluso contra los propios ju­díos) llamado Jesús Barrabás; y estando ellos reunidos (se sobreentiende: La muchedumbre judía reunida ante el palacio del gobernador), Pilato les preguntó: "¿A quién quieren ustedes que les ponga en libertad: a Jesús Barrabás, o a Jesús, el que llaman el Mesías?". Porque se había dado cuenta de que lo habían entre­gado por envidia (se sobreentiende: Pilato percibía con claridad que Jesucristo era víctima de una gran in­justicia, tramada por envidia). Mientras Pilato estaba sentado en el tribunal, su esposa mandó a decirle: “No te metas con (se sobreentiende: No perjudiques a) ese hombre justo (se sobreentiende: Se refería a Jesucristo), porque anoche tuve un sueño horrible por causa suya (se sobreentiende: La mujer de Pilato, espoleada por la pesadilla que experimentó, intentaba disuadir a su esposo de participar en el peor crimen de la historia, según el punto de vista divino)". Pero los jefes de los sacerdotes y los ancianos (se sobreen­tiende: Los hombres de mayor edad y respetables, debido a su experiencia y reputación, que también go­zaban de mucha autoridad moral) convencieron a la multitud (se sobreentiende: A una multitud judía per­teneciente al vulgo materialista, con pocas inclinaciones hacia la religiosidad verdadera y fácilmente mani- pulable mediante el uso de argumentaciones y promesas vacías) para que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador les preguntó otra vez: "¿A cuál de los dos quieren ustedes que les pon­ga en libertad?". Ellos dijeron: "A Barrabás". Pilato (se sobreentiende: En un intento por hacer entrar en razón a la muchedumbre, dado que Jesucristo era inofensivo para el pueblo mientras que Barrabás era un peligroso delincuente) les preguntó: ¿y qué voy a hacer con Jesús, el que llaman el Mesías?". Todos contes­taron: “Crucifícalo". Pilato (se sobreentiende: En un nuevo intento por salvar a Jesucristo de tan descabe­llada decisión popular, mediante hacer reflexionar al gentío) les dijo: “Pues ¿qué mal ha hecho?". Pero ellos volvieron a gritar (se sobreentiende: El griterío de una masa enardecida e irracional, azuzada como perros rabiosos por astutos líderes religiosos a la sombra): “Crucifícalo". Cuando Pilato vio que no conseguía nada, sino que el alboroto era cada vez mayor (se sobreentiende: Un alboroto que fácilmente podría llegar a oí­dos del césar Tiberio en Roma, pues había muchos delatores, incluso entre judíos de la nobleza que poseían ciudadanía romana; y este Tiberio se había convertido en un individuo receloso y matón y podría conside­rar a Pilato como incitador a la rebelión en la difícil provincia de Judea, con nefastas consecuencias no só­lo para Pilato sino también para la familia de este gobernador), mandó traer agua y se lavó las manos de­lante de todos, diciendo: “Уо no soy responsable de la muerte de este hombre; es cosa de ustedes". Toda la gente contestó (se sobreentiende: La gentuza contestó de manera bravucona, desconociendo el alcance terrible que aquella respuesta le devolvería a lo largo de la historia por venir): “Nosotros y nuestos hijos nos hacemos responsables de su muerte". Entonces Pilato dejó libre a Barrabás; luego mandó azotar a Je­sús y lo entregó para que lo crucificaran» (Evangelio según Mateo, capítulo 27, versículos 15-26; Versión popular de la Biblia, también denominada “Dios Habla Hoy", de 1996).

Al igual que en la víspera de la primera destrucción de Jerusalén, la situación global de la sociedad judía a comienzos del primer siglo de la ЕС estaba irremediablemente perdida y podrida y ella misma ame­nazaba la pervivencia de la simiente de la “mujer" simbólica de Dios. Sin embargo, ahora se estaba selec­cionando a algunos judíos que fueron conmovidos por las enseñanzas de Jesucristo, y que se habían hecho seguidores del Maestro, con el fin de hacer continuar esa simiente de la “mujer" que estaba en peligro de extinción y para que se convirtieran en depositarios de la sagrada escritura e incluso añadieran a ésta. У poco tiempo después, algunos gentiles también comenzaron a hacerse cristianos y fueron bien acogidos en una comunidad aumentante de seguidores de Cristo que llegó a extenderse hasta todos los rincones del imperio romano. En consecuencia, desde ese momento en adelante, se cumplirían las siguientes palabras de Jesucristo para con los judíos y su ciudad santa: “Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y ape­dreas a los mensajeros que Dios te envía. Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus pollitos bajo las alas, pero no quisiste. Pues miren, el hogar de ustedes va a quedar abandonado (se sobre­entiende: Abandonados de toda protección divina y a merced de la ira demoníaca, que calmaría así su frus­tración contra la descendencia abrahómica —desprotegida— por el fracaso estratégico cosechado contra la simiente de la “mujer", y de la maldición que ellos mismos habían hecho caer sobre sus propias cabezas al hacerce responsables, como pueblo ante Pilato, de la muerte del Mesías e incitar así a Dios a que se lle­vara a término esa responsabilidad criminal)" (Evangelio según Mateo, capítulo 23, versículos 37-38; Ver­sión popular de la Biblia, también denominada “Dios Habla Hoy", de 1996).

Hacia los años 60 del primer siglo de la ЕС, el cristianismo se había extendido por todo el imperio romano, es decir, por todo el mundo ofialmente conocido de la antigüedad. De ello dio fe el apóstol cristia­no Pablo cuando escribió: "Deben permanecer firmemente basados en la fe, sin apartarse de la esperanza que tienen por el mensaje del evangelio que oyeron. Este es el mensaje que se ha anunciado en todas par­tes del mundo (se sobreentiende: El mensaje evangélico había alcanzado los confines del imperio romano, y tal vez más alió, lo cual indica que el cristianismo se había diseminado por todas partes aunque sólo una mi­noría muy activa de personas lo había aceptado), y que yo, Pablo, ayudo a predicar" (Epístola a los colosen- ses, capítulo 1, versículo 23; Versión popular de la Biblia, también denominada “Dios Habla Hoy", de 1996). Por consiguiente, la simiente de la “mujer" simbólica de Dios ya disponía de una serie de “hijos" humanos con los que poder perpetuar su existencia. Ahora, como era lógico esperar, el nacional judaismo y su ciudad santa de Jerusalén estaban a punto de ser eliminados mediante una tribulación terrible.

Aproximadamente sobre el año 61 de nuestra era, el apóstol Pablo escribió una carta a los cristia­nos hebreos, aparentemente dirigida con predilección a sus hermanos de Jerusalén y Judea. Pues para esa fecha, en particular, la situación de los evangelizadores de Judea era muy incómoda, no sólo porque apenas alguien les prestara atención en la zona, sino porque el clima social era tenso y confuso, con grupos de ju­díos abogando clandestinamente por la independencia de Roma y contra los elevados impuestos, y porque la corrupción religioso-política estaba alcanzando niveles sin precedentes. La distancia entre la gente común de Judea (cuyo interés general no pasaba de ser de tipo materialista, y por eso no respondía bien al men­saje cristiano) y los orgullosos maestros fariseos, saduceos y escribas se había hecho insalvable, existien­do como telón de fondo una arrogancia nacionalista centrada en la majestuosidad del Templo y en el su­puesto favor divino sobre él que podía debilitar incluso la fe de los seguidores de Cristo que vivían en aquel lugar. Por ese motivo, el apóstol Pablo quiso escribir a los cristianos hebreos y con ello tratar de darles razones abundantes para que conservaran su esquema de valores centrado en las enseñanzas de Jesucris­to. Esto debió ser una providencia divina, puesto que a Jerusalén se le estaba acabando el tiempo de su e­xistencia como ciudad santa. Es posible que el apóstol Pablo percibiera que la condición cristiana de sus hermanos de Judea requería un estado de alerta y de fe, a fin de huir de Jerusalén cuando la viesen sitia­da por hostiles ejércitos acampados, tal como había advertido Jesús que sucedería. Por consiguiente, la comunidad cristiana de la zona necesitaba fortalecerse para poder afrontar con éxito los trascendentales y mortíferos acontecimientos que estaban destinados a ocurrir. Según la tradición, 5 años después de ha­berse escrito esa carta a los cristianos hebreos, las tropas del general romano Cestio Galo atacaron la ciu­dad santa y luego se retiraron. Pero 4 años mas tarde, los soldados romanos, bajo el general Tito, arrasa­ron Jerusalén y su templo, causando un indescriptible sufrimiento a los sitiados y sobretodo a los relativa­mente pocos sobrevivientes que capturaron y que destinaron a una cruel esclavitud.

En los evangelios según Mateo (compuesto hacia el año 41 de nuestra era, en Palestina), Marcos (compuesto hacia el año 65 de nuestra era, en Roma) y Lucas (compuesto hacia el año 58 de nuestra era en Cesarea de Filipo, al norte de Jerusalén), resuenan unas palabras proféticas de Jesucristo relativas al es­pantoso final de Jerusalén y de su templo, las cuales se encuentran entrelazadas, según algunos reputados doctos bíblicos, con la profecía mesiónica del fin del mundo. Los argumentos presentados por tales doctos son muy convincentes y razonables, puesto que vienen refrendados por citas y pasajes que concuerdan con la misma profecía y que se encuentran en distintas partes de la sagrada escritura. Esto significaría, por e­jemplo, que el texto profètico que se registra en el capítulo 24 del evangelio de Mateo habla de dos fina­les tribulatorios, entrelazados debido a su supuesta similitud en cuanto al desarrollo de los acontecimien­tos: el fin del mundo (u orden social local) judío del primer siglo de nuestra era y el fin del mundo (u orden social mundial) actual que todavía se encuentra en el futuro.

Es de suponer que los cristianos de Judea, y de Jerusalén, se reunirían de vez en cuando y de una manera prudente y poco llamativa (debido al clima social adverso al cristianismo que existía en Palestina) para considerar las enseñanzas de Jesucristo que estaban escritas en el evangelio según Mateo, disponible para ellos desde una fecha temprana (desde el año 41 de nuestra era) en el idioma de los judíos (la lengua hebrea). Por consiguiente, para los cristianos de Jerusalén no serian extrañas las advertencias proféticas del Maestro tocantes al fin venidero de la ciudad santa y de su templo: «Jesús salió del templo (se sobre­entiende: salía de los grandes patios del Templo de Jerusalén, donde solía enseñar a los que se congrega­ban allí, pues muchos judíos veían en él la figura de un profeta y un obrador de milagros), y ya se iba, cuan­do sus discípulos se acercaron y comenzaron a atraer su atención a los edificios del templo (se sobreen­tiende: aquellos discípulos todavía no tenían ni idea de lo que le esperaba a la ciudad santa, ni alcanzaban a comprender cómo Dios podría rechazar su propio Templo; y al presente quizás se imaginaban que el reina­do profetizado del Mesías estaría de alguna manera ligado a aquel majestuoso Templo). Jesús les dijo: "¿Ven ustedes todo esto? Pues les aseguro que aquí no va a quedar una piedra sobre otra. Todo sera des­truido" (se sobreentiende: estas palabras de Jesucristo debieron dejar perplejos y muy preocupados a sus discípulos, puesto que rompían por completo el esquema mental subjetivo que ellos se habían formado con respecto al futuro cercano)» (Evangelio según Mateo, capítulo 24, versículos 1-3; Versión popular de la Bi­blia, también denominada “Dios Habla Hoy", de 1996).

El enorme impacto emocional y mental que debió causar en los desprevenidos discípulos las palabras de Jesucristo relativas a que el Templo de Jerusalén sería completamente arrasado y demolido hasta los mismos fundamentos, y todo esto en un tiempo furuto mas bien cercano, motivó a algunos de ellos a espe­rar el primer momento oportuno para indagar del Maestro un poco mas acerca de tan aciaga profecía. Apa­rentemente, según el relato sagrado, ese momento no tardó en llegar: «Luego (se sobreentiende: al poco rato de pronunciar Jesucristo la sentencia divina contra el Templo de Jerusalén) se fueron al Monte de los Olivos. Jesús se sentó, y los discípulos (se sobreentiende: Los seguidores mas allegados al Maestro) se le acercaron para preguntarle aparte (se sobreentiende: Con disimulo, en privado): “Queremos que nos di­gas cuando va a ocurrir esto. ¿Cual sera la señal de tu regreso y del fin del mundo? (se sobreentiende: Los discípulos, en su precario conocimiento, asociaban la destrucción del Templo de Jerusalén y de la ciudad santa con la venida de Jesucristo como rey triunfante del Reino de Dios, y con el fin del mundo de los gen­tiles o no judíos)". Jesús les contestó: “Tengan cuidado que nadie los engañe (se sobreentiende: Jesucris­to, dándose cuenta del superficial conocimiento profètico que al presente tenían sus discípulos y del que adolecerían todavía por una o dos décadas, les expresó su preocupación de que fueran confundidos o ex­traviados por maestros hábiles y farisaicos que podrían usar las santas escrituras engañosamente con re­lación a la liberación del pueblo de Dios por un rey mesiónico). Porque vendrán muchos haciéndose pasar por mí. Dirán: Уо soy el Mesías, y engañarán a mucha gente. Ustedes tendrán noticias de que hay guerras aquí y alió; pero no se asusten, pues así tiene que ocurrir; sin embargo, aún no será el fin (se sobreentien­de: Se presentarían señales o síntomas alarmantes que podrían hacer pensar en la inminencia del fin del mundo, pero tal fin no vendría tan rápidamente como para que los discípulos se aterrorizaran de no estar suficientemente preparados para poder afrontar la situación bajo la guía divina). Porque una nación pelea­rá contra otra y un país hará guerra contra otro; y habrá hambre y terremotos en muchos lugares. Pero todo eso apenas será el comienzo de los dolores (se sobreentiende: El fin del mundo sería algo mucho más terrible que las hambres, terromotos y cuantiosas guerras que salpicarían a la sociedad humana durante la víspera de ese acontecimiento final)"» (Evangelio según Mateo, capítulo 24, versículos 3-8; Versión popular de la Biblia, también denominada “Dios Habla Hoy", de 1996).

El capítulo 24 del evangelio de Mateo sigue exponiendo lo que podían esperar los cristianos a medi­da que se aproximara el fin del mundo (en este caso, el final del orden social judío del siglo primero de nuestra era; aunque, como afirman algunos eruditos bíblicos, se tiene que tomar en cuenta un claro entre­lazamiento profètico entre el fin de la Judea antigua y el venidero fin del mundo). Habría, pues, una serie de persecuciones que los cristianos deberían soportar, las cuales ciertamente se presentaron de parte de los judíos fanatizados en la época de Saulo de Tarso el anticristiano (quien más tarde se arrepintió y llegó a ser el apóstol Pablo) y en la época de Nerón (año 64 de nuestra era, poco antes del fin del mundo judío del primer siglo). Luego, el mismo capítulo 24 sigue prediciendo que se producirían no pocos casos de aban­dono de la fe verdadera y también odios fratricidas, así como el aparecimiento de falsos profetas y la consiguiente resultante en forma de graves y grandes engaños y extravíos sobre la gente común en gene­ral; y una escalada aumentante de maldad con una cuantiosa pérdida de la filantropía. Entonces, la profecía añade: "У esta buena noticia del reino (se sobreentiende: Del reino de Dios, del que se habla en la conocida oración del "padrenuestro") sera anunciada en todo el mundo, para que todas las naciones la conozcan (se sobreentiende: Según algunos doctos y eruditos, la expresión “todas las naciones", aquí, tiene una fuerte connotación global o planetaria, que sobrepasaría la presumible expansión del mensaje cristiano en el mun­do romano del primer siglo de nuestra era; por lo tanto, éste quizás sería un primer indicio del entrelaza­miento profetico antes citado); entonces vendrá el fin (se sobreentiende: El fin del mundo)" (Evangelio se­gún Mateo, capítulo 24, versículo 14; Versión popular de la Biblia, también denominada “Dios Habla Hoy", de 1996).

A continuación, la profecía del capítulo 24 de Mateo prosigue, y las siguientes palabras debieron ser de especial importancia e interés para los cristianos de Judea y de Jerusalén: “El profeta Daniel es­cribió acerca del horrible sacrilegio (se sobreentiende: Daniel el profeta registró una predicción concer­niente al desahucie final de la ciudad santa y de su templo, tenido éste por sagrado a pesar de que Dios mismo lo hubiera rechazado; y dicha profecía señala a una sazón que, vista desde el prisma de los judíos que no reconocieron a Jesucristo y que no sospecharon que el Todopoderoso había retirado definitivamen­te su protección sobre el Templo a causa del asesinato del Mesías, equivaldría para ellos a un sacrilegio o profanación de aquel centro nacional de adoración en Jerusalén, tal como efectivamente ocurrió en la se­gunda mitad de la década de los años 60 del primer siglo de nuestra era, cuando los ejércitos romanos atacaron la ciudad santa). Cuando ustedes lo vean en el Lugar santo — el que lee, entienda — (se sobreen­tiende: Estas palabras de Jesucristo llaman atención particular a los cristianos de Judea, puesto que los acontecimientos que describen ocurrirían en Jerusalén, teniendo como centro de atención el Lugar santo o Templo; y el Maestro, sabiendo que tras su muerte se escribirían sus palabras, instó a leer este pasaje sa­grado con mucha reflexión, de tal manera que se aplicara entendimiento o perspicacia a la interpretación o exégesis de la profecía, sin olvidar que concordaba con lo dicho por Daniel el profeta acerca del mismo e­vento), entonces los que estén en Judea, que huyan a las montañas (se sobreentiende: A la zona montañosa que mejor les conviniera en distancia prudencial y salvaguarda, y que resultó ser el entorno inmediato de la ciudad de Pella o Pela); y el que esté en la azotea de su casa, que no baje a sacar nada (se sobreentiende: El cristiano que viere la señal profètica cumplirse no debería dilatarse o entretenerse en huir a las “mon­tañas" por medio de hacerse un equipaje o tomar provisiones para el viaje); y el que esté en el campo, que no regrese ni aun a recoger su ropa. Pobres mujeres aquéllas que en tales días estén embarazadas o ten­gan niños de pecho (se sobreentiende: Parece que tales palabras aplicarían a mujeres judías que no eran cristianas y, por ende, no atisbarían ninguna señal profètica que las pusiera alerta para huir; sin embargo, toda cristiana que se hallara en la zona de peligro y se dilatara en emprender la huida tal vez pudiera ver­se implicada en el mismo horror que les sobrevendría a sus vecinas judías). Pidan ustedes a Dios que no ha­yan de huir en el invierno (se sobreentiende: Huir en pleno invierno hacia una zona montañosa donde inclu­so pudiera nevar en el camino, sin llevar provisiones para tal viaje, podría significar, sobretodo para los ni­ños y los ancianos, una muerte casi segura) ni en sábado (se sobreentiende: Los cristianos que vivieran en la ciudad de Jerusalén estarían sometidos a una serie de leyes sociales propias del judaismo, entre ellas las leyes sabáticas, que suponían una notable restricción para poder entrar o salir de la ciudad santa en día de sábado); porque habrá entonces un sufrimiento tan grande como nunca lo ha habido desde el comienzo del mundo ni lo habrá después (se sobreentiende: El sufrimiento del fin del mundo judío del primer siglo, centrado en Jerusalén y su Templo sagrado, sería indescriptible, sin parangón en toda la historia pasada o futura del pueblo de Israel; pero aquí ciertos exegetas ven otro indicio de entrelazamiento profètico con relación al venidero fin del mundo, e incluso opinan, más bien, que la fuerza semántica de este pequeño pa­saje sagrado se refiere preferentemente al futuro). У si Dios no acortara ese tiempo, no se salvaría nadie (se sobreentiende: A menos que Dios interviniera, ni buenos ni malos sobrevivirían; y esto trae a la memo­ria el Diluvio, cuando, gracias a que Dios instruyó a Noè para que construyera un arca, él y sus otros 7 fa­miliares fieles fueron los únicos seres humanos que escaparon con vida; pero, nuevamente aquí, determina­dos eruditos ven una aplicación profètica principal para el fin del mundo futuro, dado que los registros his­tóricos muestran que hubo sobrevivientes judíos que fueron esclavizados por los romanos cuando Jerusa- lén fue destruida en el año 70 de nuestra era y ya hacía casi 4 años que los cristianos habían huido a la zo­na montañosa de la ciudad de Pela, esto es: en ese año fatídico para Jerusalén y su templo no fue necesa­rio que Dios acortara el "tiempo de aflicción" en beneficio de los fieles seguidores de Cristo en Judea); pero lo acortara por amor a los que ha escogido" (Evangelio según Mateo, capítulo 24, versículos 15-22; Versión popular de la Biblia, también denominada “Dios Habla Hoy", de 1996).

Para cuando llegó el año 66 de la ЕС, la situación en Judea se había puesto muy tensa y seguía ten­sándose mas y mas. La desacertada y cada vez mas opresiva gobernación romana, por un lado, y el fanatis­mo religioso aumentante en grupos judíos con cada vez mas adeptos, tales como los fariseos, saduceos, e- senios, zelotes, sicarios, etcétera, por otro lado y como respuesta, estaba haciendo que Judea y Jerusalén se convirtieran en un polvorín a punto de estallar. De hecho, el estallido se produjo durante el tórrido ve­rano de ese año y ha sido denominado en las paginas de la historia con el nombre de “La gran rebelión ju­día". Jerusalén fue el epicentro del terremoto social, con los zelotes encabezando o liderando la revuelta. Los cristianos de la zona debieron sentirse muy inseguros y perturbados en un ambiente así, en donde los sentimientos de tradicional religiosidad y efervescencia patriótica (aunados) estaban alcanzando niveles excesivamente altos y peligrosos. Probablemente, la cautela y la prudencia, y la sabiduría de las siguientes palabras del Maestro, debieron estar muy presentes en la memoria de aquellos seguidores de Jesucristo 16; Biblia de las Américas, de 1986).

La revista digital “Historia militar" (fundada por un grupo de historiadores y amantes de la historia militar, cuyo interés no sólo se limita a la propia Historia, sino también al retrato de la guerra a través de la literatura, el arte y el cine) alberga un artículo muy bien documentado, escrito por el historiador Mar­cos Uyó Esteban, de la Universidad de Granada (España), titulado “La Gran Rebelión Judía (66-74 d.C.): Táctica y técnica de asedio romano", el cual, en su página 8, expone las causas inmediatas que detonaron e­sa Rebelión judía en el sofocante verano del año 66 de la ЕС: “Pero las acciones que desencadenaron el conflicto, fueron principalmente tres. La primera fue las relaciones tensas entre judíos y gentiles en Ce­sarea Marítima, que tuvo su punto culminante cuando los gentiles ganaron a los judíos un pleito sobre dere­chos ciudadanos ante la corte imperial de Roma, aumentando con ello la arrogancia de los habitantes gre­co-sirios a partir de este hecho, poniéndose en contra de los judíos, que incluso abandonaron la ciudad y se refugiaron en la antigua Narbata. La segunda acción, consecuencia de la primera, consistió en una vez lle­gada la noticia a Jerusalén, el procurador Gesio Floro, en vez de tomar cartas en el asunto, decidió, cau­sando un gran estupor, extraer 17 talentos del Tesoro del Templo, lo que lógicamente disgustó a la pobla­ción, que reaccionó abucheándolo e insultándolo en público. La reacción del procurador no se hizo esperar, y como represalia, mandó a sus tropas, una cohorte de infantería y un destacamento de caballería, saquear un barrio de la ciudad conocido como “mercado alto", asesinando a unos 3.600 judíos, provocando una au­téntica masacre que se agravó con la llegada de dos cohortes provenientes de Cesarea Marítima que aviva­ron de nuevo la situación. El Sumo Sacerdote y los aristócratas de Jerusalén, encabezados por Agripa II, hijo de Agripa I, viendo que la situación se iba de las manos, trataron de restablecer la calma, pero la ma­yoría de los habitantes no estaban dispuestos a tolerar más la opresión del procurador e instaron a Agripa II y a los aristócratas y sacerdotes del Templo a que enviaran una delegación a Nerón exponiendo las que­jas contra el procurador. Pero no se atrevieron a dar el paso, y los zelotes, viendo la indecisión reinante, tomaron el control para provocar una situación de guerra entre judíos y romanos, a pesar de que Agripa II procuraba intentar mantener la calma, situación que acabaría con la tercera acción; la de posteriormente asesinar a la guarnición romana de Jerusalén y que Eleazar ben Jananyó, hijo del Sumo Sacerdote Ananias, decidiera suspender el sacrificio diario en honor al emperador, lo que supuso, en palabras de Flavio Jose- posterior rebelión abierta. Mientras tanto, en Jerusalén se desató una lucha entre los sacerdotes, aristó­cratas y Agripa II, frente a los zelotes, con ayuda de los sicarios, con Eleazar ben Jananyó a la cabeza por mantener el control de la tensa situación. Los primeros se hicieron con la parte alta de la ciudad, mien­tras los segundos, con la baja. Finalmente, la lucha favoreció a los segundos, que en el día de las Xiloforias (unas ofrendas sagradas de carácter colectivo que se celebraban en la primera mitad del mes de agosto, y que consistían en la entrega de los primeros frutos maduros de los árboles de la tierra al Templo de Jeru­salén, es decir, al control de la clase sacerdotal para que ésta los ofreciera solemnemente) prendieron fuego a la casa del Sumo Sacerdote Ananias, al palacio de Agripa y Berenice y a los archivos, para poste­riormente asaltar la Torre Antonia. Pero los zelotes y sicarios también andaban enfrentados entre sí, ya que por un lado estaban los partidarios de Eleazar ben Jananyó, al frente de los zelotes, y los de Mena- jem, de los sicarios. Este último se había apoderado de la fortaleza de Masada y cuando fue al Templo a rezar, los seguidores de Eleazar aprovecharon la ocasión para capturarle y matarle. Los seguidores de Me- najern huyeron a Masada y los partidarios de Eleazar, exaltados, se encargaron de ejecutar a toda la guar­nición romana después de una falsa promesa de capitulación que no cumplieron".

Como ya se ha mencionado antes, La influencia pervertidora de los maestros religiosos judíos sobre un pueblo hebreo mayormente materialista decantó a la masa popular en contra de Jesucristo y de sus se­guidores. Ello determinó que la gente escogiera dar la libertad a Barrabás antes que a Jesucristo, y aun­que Pilato trató de librarlo de la pena capital resultó relativamente fácil para los sacerdotes y los ancianos convencer a la multitud para que ésta gritara ensordecedoramente que Jesucristo fuera muerto. Enton­ces, cuando Pilato vio que no podía conseguir nada, sino que el alboroto se hacía cada vez mayor, mandó traer agua y se lavó las manos delante de todo el pueblo, y dijo: "Уо no soy responsable de la muerte de este hombre; la injusticia que se hace contra él es cosa de ustedes". Al instante, toda aquella gentuza con­testó bravuconamente: “Nosotros y nuestos hijos nos hacemos responsables de su muerte". У el registro sagrado apostilla que los maestros religiosos judíos y los sacerdotes remacharon la sentencia capital con­tra el Mesías intimidando a Pilato con las siguientes palabras: “Si lo dejas libre (se sobreentiende: A Jesu­cristo), no eres amigo del emperador (se sobreentiende: De Tiberio césar). Cualquiera que se hace rey (se sobreentiende: Acusaban falsamente a Jesucristo de autoproclamarse rey de los judíos, pues habían ter­giversado astuta y maliciosamente sus palabras acerca del Reino de los Cielos y acerca del Reino de Dios), es enemigo del emperador (se sobreentiende: Tiberio césar reinó desde el año 14 al 37 de nuestra era y los últimos años de su mandato se caracterizaron por la exteriorización de todas sus fantasías y perver­siones sexuales, por lo que se le acusó de practicar el sadomasoquismo y la pedofilia. Su crueldad comenzó a hacerse evidente incluso con su familia. Fue capaz de dejar morir a su propia madre y de prohibir cual­quier muestra de afecto hacia la persona que lo llevó en sus entrañas, jurando asesinar a quien la recorda­ra con cariño. Después su delirio alcanzó a todos sus opositores políticos, a los que asesinaba y desposeía de todos sus bienes y sus riquezas, que pasaban directamente a su patrimonio. Su violencia no tuvo límites, pues llegó a asesinar a cientos de personas. Ordenó también acabar con uno de sus ministros y con toda su familia, y como las leyes romanas prohibían condenar a muerte a las vírgenes mandó violar a la hija del mi­nistro, de 11 años de edad, para después poderla asesinar impunemente. Por lo tanto, Pilato, conocedor de estos hechos, sabía bien a lo que se exponía si llegaba a oídos de Tiberio los rumores de que él había obs­truido la ejecución de alguien al que acusaban de hacerse rey de los judíos). Nosotros no tenemos más rey que el emperador" (Evangelio según Juan, capítulo 19, versículos 1-16; Versión popular de la Biblia, también denominada “Dios Habla Hoy", de 1996).

Pues bien, no pasó mucho tiempo antes de que aquellos maestros de la ley mosaica y los sacerdotes judíos se percataran de lo que significaba tener como rey al César (“nosotros no tenemos más rey que el emperador", como dijeron ante Pilato); y tampoco hubo que esperar mucho tiempo para que la muchedum­bre que pidió la muerte de Jesucristo empezara a experimentar en carne propia su mismísima maldición autoimpuesta (“nosotros y nuestos hijos nos hacemos responsables de su muerte", según vociferaron desa­fiadoramente frente a Pilato). A partir del asesinato del Mesías, pues, las cosas se fueron tornando cada vez más difíciles para la población judía de Palestina. Entre los años 45 a 48 del primer siglo de la ЕС hubo una época de malas cosechas en Judea, la cual provocó una hambruna considerable en la región; y el bando­lerismo se hizo progresivamente más grave. Entre los años 48 y 52 de la ЕС se produjo en el Templo de Jerusalén un incidente de consecuencias graves. Durante una de las fiestas judías, uno de los soldados de la cohorte romana que vigilaba la explanada del Templo desde las azoteas de los pórticos (como era ha­bitual en las grandes concentraciones de gente) hizo por su cuenta un gesto muy ofensivo y provocativo, seguramente con gran regocijo por parte de sus camaradas; el soldado enseñó el trasero a los judíos que había abajo, en la explanada, soltando a continuación una serie de pedos o ventosidades. La multitud se en­fureció y pidieron a gritos a Cumano (el procurador de Judea) su castigo; y algunos jóvenes judíos lanzaron piedras a los soldados. Cumano, temiendo una revuelta, envió más tropas, que hicieron su entrada por los pórticos. La multitud se llenó de pánico y huyeron despavoridamente, atropellándose unos a otros y tapo­nando las salidas, con un balance de centenares de muertos que perecieron pisoteados y aplastados.

Poco después, hubo también otro incidente en el camino de Jerusalén hacia Joppe. Una banda de salteadores despojaron a un esclavo imperial, robándole cuanto llevaba. Cumano hizo detener a los habi­tantes de las aldeas vecinas, acusándoles de complicidad con los bandidos. Uno de los soldados romanos, que participaba en la campaña militar de represión, encontró en una de esas aldeas un ejemplar de la To­rah hebrea, lo rompió y lo echó al fuego. Los judíos se exarcebaron por ello, acudieron en gran número a Cesarea y exigieron a Cumano el castigo del soldado que había ultrajado a su Dios y a su Ley. Cumano, para evitar la amenaza de motín generalizado, hizo condenar a muerte al soldado en presencia de todos, y con esta acción los judíos se apaciguaron y se retiraron. No obstante, hay historiadores que opinan que aquello fue una farsa llevada a cabo por el procurador romano, quien, tras apaciguar a los judíos, reprendió al sol­dado culpable pero no lo ejecutó. Con esto, Cumano dejó bien claro ante la tropa que era muy necesario no encender los ánimos de una población al borde del levantamiento contra Roma, aunque, bien es verdad que, desde el punto de vista personal, la antipatía hacia los judíos iba creciendo progresivamente entre los gen­tiles afincados en la zona.

Los conflictos y los incidentes prosiguieron por otros diversos motivos. Parecía que a Cumano le ha­bía tocado hacer frente a todos los sarpullidos cuyas causas se habían estado gestando en los aparente­mente tranquilos años anteriores. Hubo un conflicto grave entre los galileos y los samaritanos por la muer­te de un galileo en una aldea de Samaria. Los habitantes de Judea se pusieron de parte de los galileos, y muchos de ellos acudieron a Samaria para tomar venganza dirigidos por algunos "jefes de bandidos". Ase­sinaron a todos los habitantes de algunas aldeas samaritanas, y además las incendiaron. Cumano los persi­guió con la caballería y capturó a bastantes de esos vengadores. Las autoridades judías, vestidas con traje basto de duelo y con la cabeza cubierta de ceniza, según la costumbre hebrea, se interpusieron frente al resto de la población, que se disponía a luchar en masa contra los samaritanos, y lograron que se dispersa­sen; pero algunas bandas se dedicaron al pillaje por diversos lugares del país. Los jefes samaritanos acu­dieron a la ciudad de Tiro, donde estaba entonces el gobernador de Siria, Umidio Durmió Cuadrato (50-60 de la ЕС), y le pidieron el castigo de los culpables. Los ilustres de los judíos, a su vez, acusaron ante Cua­drato a los samaritanos y al propio procurador Cumano, que no había querido castigarlos desde el principio. Cuadrato aplazó su decisión y marchó a los lugares de los hechos. Pasó por Cesarea, hizo crucificar a todos los bandidos apresados por Cumano e hizo decapitar a algunos nobles que, según le informaron, también se habían inmiscuido en los combates. Envió luego a Roma a varios judíos de alto rango, incluido el Sumo Sa­cerdote y sus antecesores en el cargo, y también a otros tantos samaritanos ilustres, y envió con ellos a Cumano, para que se explicaran todos ante el César. Restablecido el orden y la paz, regresó a Antioquía. En Roma, Claudio césar, en presencia de Agripa II, que apoyaba decididamente a los judíos, dio la razón a es­tos últimos, hizo ejecutar a tres destacados jefes samaritanos y desterró a Cumano; y a uno de los tribu­nos de este último, considerado responsable de las provocaciones, lo envió encadenado a Jerusalén para entregarlo a los judíos y para que éstos lo arrastraran por la ciudad y lo decapitaran. Tal fue, en esta oca­sión, la justicia del César. No obstante, la animosidad subterránea de una población gentil cada vez más en desacuerdo con la cultura judía y con la astucia de sus dirigentes era un buen caldo de cultivo para nuevos problemas que se presentarían después.

Por esta época, entre los años 48 y 50 de la ЕС, Claudio césar, tras haber hecho ejecutar a su pri­mera esposa, la adúltera y escandalosa Mesalina, se casó con Agripina (año 49), la madre del futuro empe­rador Nerón, quien al parecer era filojudía (amadora de la cultura judía), por lo que la política del empera­dor, previamente antijudía, cambió muy favorablemente para con los judíos. En aquellos momentos, Roma se había convertido en una amalgama de creencias diversas, de todo tipo y origen, desde las místicas hasta las materialistas. También la religión hebrea tenía sus adeptos entre las clases altas romanas, sobre todo entre las mujeres, ya que éstas no tenían que someterse al penoso ritual de la circuncisión como los varo­nes. En este sentido, muchas de las luchas por el poder en el entorno imperial estaban también muy influi­das por motivaciones y rivalidades políticorreligiosas, y desde luego influyeron bastante en la suerte de los respectivos países de origen de esas religiones. Ello explica también, por ejemplo, el que los romanos tuvieran un conocimiento general de los ritos mas llamativos de la religión judaica, en especial el descanso sabático. Por lo tanto, si Agripina, la esposa de Claudio, era una de esas damas romanas judaizantes, tal como parece que lo fue, se comprende que influyera poderosamente sobre su marido para que éste privile­giara a la cultura judía en sus enfrentamientos contra la pagana influencia gentil y también contra la hipo­tética herejía cristiana. No obstante, la doblez moral bajo el disfraz de santurronería de los dirigentes religiosos judíos de aquella época podría haber inducido en Agripina una tranquilidad de conciencia que le permitiera perpetrar sin remordimientos el asesinato de su propio marido. En efecto, todo indica que fue precisamente ella la que envenenó a su esposo con un plato de setas, uno de los manjares favoritos de Claudio. El viejo emperador murió el año 54 de nuestra era, habiendo reinado trece años desde que los pretorianos lo sacaran de detrás de una cortina del palacio imperial donde se había escondido lleno de mie­do tras el asesinato de su sobrino Caligula. A Claudio le sucedió el hijo de Agripina e hijastro de éste, pre­viamente adoptado por él, a saber, Domicio Enobarbo Claudio, más conocido por el sobrenombre familiar de Nerón.

En el año 52, dos años antes de la muerte de Claudio, fue nombrado procurador de Judea Antonio Félix, que estuvo en el cargo hasta el año 60. Este procurador se casó con una mujer judía de la familia de Herodes, Drusila, hermana de Berenice y del rey Agripa II. Durante su mandato, Félix hizo una importan­te limpieza de "bandidos" (zelotes), capturando al jefe de una de las bandas principales y crucificando a muchos de ellos, y castigando asimismo a no pocos de sus cómplices entre la población. Estas represalias aumentaron aun más los odios antirromanos, pues dichos bandidos o zelotes eran una especie de guerrille­ros sin cuartel que tenían como objetivo la liberación de Judea del yugo romano o gentil. Los zelotes eran realmente un movimiento político-nacionalista fundado por Judas el Galileo al final de la primera década del siglo I de nuestra era, llegando a ser la facción más violenta del judaismo de su época, enfrentándose frecuentemente a otras facciones como los fariseos o saduceos, a quienes acusaban de tener celo por el dinero. El vocablo “zelote" ha pasado a ser sinónimo, en varios idiomas, de intransigencia o radicalismo mili­tante. Algunos historiadores los consideran como uno de los primeros grupos terroristas de la historia, ya que utilizaban el homicidio de civiles, a los que acusaban de colaborar con el gobierno romano, para disua­dir a otros de hacer lo mismo. Dentro del movimiento zelote, se distinguió una facción todavía más radica­lizada conocida como los “sicarios", de extrema virulencia y sectarismo. Su objetivo, al que aspiraban usan­do medios bandoleros o de cualquier otro tipo, era una Judea independiente del Imperio romano mediante la lucha armada. Algunos historiadores opinan que el Barrabás a quien Pilato puso en libertad por petición del pueblo, al ser azuzado éste por los sacerdotes y maestros de la ley mosaica, era un zelote. Aparente­mente Pilato esperaba que la masa judía se decantara en favor de Jesucristo, hombre pacífico y antítesis de la figura de un terrorista. Pero no fue así, sorprendentemente, y ello a pesar de que probablemente en­tre los que vociferaban pidiendo la muerte de Jesús y entre sus incitadores (los maestros religiosos ju­díos) ya existirían aquéllos que habrían sufrido la brutal acción de zelotes y sicarios, o, peor aún, la iban a experimentar en el futuro cercano.

En el año 53 murió el viejo tetrarca Filipo, y los territorios del noreste palestinense fueron entre­gados por Claudio al rey Agripa II, en lugar del reino de la Calcidia que ya tenía y que por imperativos de la política romana fue incorporado a la provincia de Siria. El nuevo emperador, Nerón, que comenzó su manda- to en el año 54, le confirmó a Agripa II estos dominios y le añadió dos ciudades de la Perea y dos más de la Galilea (una de ellas la importante ciudad de Tiberíades). Nerón confirmó también el nombramiento de Félix como gobernador de Judea, de Samaria, de Galilea y de la Perea o Transjordania. Bajo el gobierno de Félix, la situación en la provincia palestinense se enrareció considerablemente. La represión inicial de los bandidos guerrilleros zelotes, y sobre todo la de los que mas o menos abiertamente les apoyaban en sus i­deas antirromanas, hizo que el movimiento zelote se radicalizara aun mas al pasar a una completa clandes­tinidad. Apareció entonces en Judea algo nunca visto hasta entonces: unos grupos de supuestos zelotes clandestinos y fanáticos que se dedicaban a asesinar a todos aquéllos considerados filorromanos (pero, cu­riosamente, no asesinaron a ningún romano importante). Se les designó con el término latino de "sicarios" (esto es, asesinos a sueldo armados con la “sica", un pequeño puñal curvo muy apto para degollar y asesinar por la espalda). Estos sujetos eran verdaderos profesionales del “crimen silencioso", y en las fiestas reli­giosas, entre la multitud, se ponían al lado o detrás de sus víctimas y las asesinaban con tanta discreción como impunidad; a veces, cuando la víctima caía a su lado, daban voces fingiendo haber visto escapar al a­sesino entre la multitud. Apareció así una forma nueva de “terrorismo" que dejó ciertamente atemorizada a la población. El historiador judío Flavio Josefo, la principal fuente para esta época de la historia judía, describe muy acertadamente esta dinámica de crimen y de terror: "Cada día morían muchos a manos de estos sicarios, y el miedo era más insoportable que la propia desgracia, ya que todos, como si estuvieran en una guerra, esperaban la muerte de un momento a otro. La gente espiaba desde lejos a sus enemigos, y no se f ¡aba ni siquiera de los amigos cuando se acercaban. No obstante, eran también asesinados en medio de estas sospechas y precauciones, pues era muy grande la rapidez y la habilidad de esos malhechores para pasar inadvertidos". La víctima más notable de estos sicarios fue el mismísimo Sumo Sacerdote, Jonatón, que mantenía manifiesta rivalidad con el procurador Félix, por lo que cabe sospechar que éste pudo haber sido el verdadero inductor de su asesinato. Tal vez nadie, salvo algún que otro cristiano de la zona, reme­moraría las últimas horas terrestres de Jesucristo ante Pilato, cuando la masa judía allí aglutinada prefi­rió la liberación de Barrabás (un sedicioso, y muy probablemente un zelote) a la del pacífico maestro Je­sús de Nazaret; y cuando tanto los sacerdotes como los líderes religiosos judíos expresaron la hipócrita a­firmación de que no tenían más rey que el César (y he aquí, ahora, que, por delegación de poderes del em­perador romano, tal vez Félix, o cualquier otro mandatario similar de turno, muy probablemente se sirviera veladamente de los temidos sicarios para eliminar con astucia a no pocos sacerdotes y maestros de la ley mosaica que le resultaran odiosos).

¿Quiénes eran en realidad estos sicarios, y, sobre todo, quién o quiénes los dirigían? La respuesta a la pregunta es difícil, pues en esa época (y en todas las épocas) tales casos de actividad encubierta no siempre son elucidables, por lo que se hace necesario aventurar conjeturas y suposiciones basadas en pruebas indirectas o en una lógica contextual. No obstante, la gran profesionalidad de estos sicarios en sus criminales tareas parece apuntar a que muchos de ellos eran efectivamente peritos en el arte de ma­tar, es decir, soldados, ex-soldados, gladiadores, bandidos bien curtidos o similares. Es posible que el pro­curador Félix manejase más o menos directamente a algunos de estos grupúsculos; pero otros judíos pode­rosos manejarían a otros. En cualquier caso, los sicarios fueron desde entonces el nuevo y mortífero ins­trumento para las luchas internas judías (luchas políticas y religiosas, luchas de poder y de conservación del poder). Está claro, al menos, que ese “terrorismo" tenía mucho que ver con la propia división y “politi­zación" de los zelotes (es decir, con el tinte ultrarreligioso, integrista y fanático que adquirieron con ca­rácter definitivo las bandas de salteadores y ladrones de tiempos anteriores, y que ahora reaparecían d¡- namizadas todas ellas por sentimientos religiosos ultranacionalistas y antirromanos). Pero tampoco es im­probable que los sicarios fueran una expresión soterrada e instrumentalizada de las fuertes luchas inter­nas entre diversos grupos o facciones del bajo clero judío (fariseos, principalmente) contra los grandes potentados y altos dignatarios eclesiásticos (saduceos). El procurador romano no supo o no pudo o no quiso detener esta plaga de crímenes, sino que se apresuró también a sacar provecho de ello, pues el terror (venga de donde venga) ha sido siempre un útilísimo instrumento de enriquecimiento individual de unos po­cos, de dominación de unos cuantos e incluso de control social sobre muchos.

La situación en Judea se estaba haciendo cada vez más incontrolable por los medios habituales de gobierno, pues ésta era una provincia conflictiva en el seno de un imperio dirigido desde Roma por autócra­tas ineptos, turbios entornos palaciegos, y favoritos tan poderosos como caprichosos, que tenía su corre­lación en las provincias en unos gobernadores y funcionarios imperiales cada vez más corruptos. Además, el historiador Flavio Josefo no sólo menciona "bandidos" y “sicarios" aterrorizando a la población; también habla de la presencia perturbadora de grupos de carácter religioso que constituían asimismo un importan­te factor de desestabilización en Judea. Se trataba de grupos teñidos de mesianismo religioso y de plan­teamientos subversivos y apocalípticos, los cuales debían de ser numerosos. El historiador judío dice más adelante que el procurador Félix envió contra uno de ellos tropas de infantería y de caballería al desierto de Judea, donde se refugiaba, y que mató a muchos de sus adeptos. Parece que Josefo se refería, en este caso, a antiguos esenios de Qumrón, pero no a todos ellos, sino a una pequeña facción muy radicalizada que se había unido con los extremistas zelotes. Sus actividades contrastaban en todo caso con el pacifismo militante de los cristianos, por lo que no cabe ninguna identificación con éstos. Una de esas bandas fue or­ganizada por un judío egipcio, que con varios miles de sus seguidores intentó asaltar Jerusalén desde el Monte de los Olivos, pero fueron rechazados por las tropas romanas y por los propios habitantes de la ciu­dad; la banda se dispersó y muchos fueron capturados o muertos, pero el egipcio logró escapar.

En su obra “antigüedades judaicas", de la que ya hemos citado recientemente, Josefo también in­ forma: “De nuevo surgió otra inflamación, como ocurre en un cuerpo enfermo. En efecto, charlatanes y bandidos se unieron para incitar a mucha gente a la revuelta y animarles a obtener su liberación. Amenaza­ban de muerte a los que eran sumisos al poder de Roma y decían que matarían a los que aceptaran volunta­riamente esa servidumbre. Divididos en grupos saqueaban a lo largo del país las casas de los individuos ri­cos y poderosos, los mataban e incendiaban las aldeas. En consecuencia toda Judea se llenó de locura y ca­da día este conflicto se hacía más intenso". Estas palabras del historiador revelan quizó también una parte del fondo del problema, esto es, las grandes diferencias económicas y sociales entre la población palesti- nense. Por lo demás, los conflictos interétnicos continuaron también durante el mandato de Félix. Uno de los episodios más sonados se produjo en Cesarea, entre los habitantes de origen judío y los de origen gre- cosirio, que eran mayoritarios, al parecer debido a unas disputas por los terrenos de una sinagoga. Ambos grupos se hostigaron diariamente entre sí causándose algunos muertos mutuamente, y en cierta ocasión, con motivo de estos enfrentamientos, Félix ordenó dispersar por la fuerza a un numeroso grupo de judíos reunidos en el ógora o plaza pública, y hubo muchos muertos y diversos actos de saqueo. El procurador en­vió a Roma a varios notables judíos y grecosirios para que el emperador Nerón juzgase su pleito. Para los cristianos de Judea, las palabras de Jesucristo acerca de los acontecimientos que tendrían lugar en la vís­pera de la destrucción de Jerusalén parecían estar cumpliéndose cabalmente: «Tengan cuidado que nadie los engañe. Porque vendrán muchos haciéndose pasar por mí (se sobreentiende: Esos muchos se autopro- clamarían el Mesías prometido). Dirán: “Уо soy el Mesías", y engañarán a mucha gente» (Evangelio según Mateo, capítulo 24, versículos 4-5; Versión popular de la Biblia, también denominada “Dios Habla Hoy", de 1996). En efecto, según Josefo, parece que en el primer siglo de nuestra era, desde aproximadamente el año 50 hasta cerca del 70, aparecieron no pocos “Mesías" que prometían alivio del yugo romano y que pron­to hallaron cuantiosos seguidores. También las siguientes palabras del Maestro: “En aquel tiempo (se so­breentiende: Poco antes de la destrucción de Jerusalén) muchos renegarán de su fe (se sobreentiende: Es posible que algunos cristianos, débiles en la fe, cedieran ante la presión de familiares y vecinos judíos y se apartaran del discipulado; pero más que nada, aparentemente, muchos judíos y prosélitos del judaismo, an­te la vergonzosa situación de la adoración en el Templo de Jerusalén y de la conducta hipócrita y materia­lista de una pléyade de líderes religiosos hebreos, abandonaron el judaismo tradicional y lo sustituyeron por creencias sectarias o mesiónicas falsas, o bien por el puro culto a lo material), y se odiarán y se trai­cionarán unos a otros (se sobreentiende: Esto parecía cumplirse perfectamente en toda Judea, a raíz de las intrigas y rivalidades religiosas entre distintas figuras prominentes del judaismo, con profusión de a­sesinatos perpetrados por los sicarios). Aparecerán muchos falsos profetas, y engañarán a mucha gente. Habrá tanta maldad, que la mayoría dejará de tener amor hacia los demás (se sobreentiende: En medio del clima de corrupción y terrorismo que se había desarrollado en Jerusalén y en toda Judea, como ya se ha mencionado anteriormente, la gente, aterrorizada y temerosa por su vida y la de su familia, se retraería de exponerse a socorrer a cualesquier víctimas de terrorismo о de infortunio de cualquier clase)" (Evange­lio según Mateo, capítulo 24, versículos 10-12; Versión popular de la Biblia, también denominada “Dios Ha­bla Hoy", de 1996).

No parece que los cristianos, como grupo, sufrieran un hostigamiento sistemático por parte de los zelotes y sicarios, entre otras cosas porque quizás su estigmatización social como individuos despreciables e incultos y su prudencia y humildad (no ostentación) y alejamiento de las rivalidades y de las intrigas que acompañan a los poderes públicos, así como su no participación en eventos multitudinarios y su falta de re­levancia como figuras destacadas de la comunidad, constituía realmente una protección para ellos en este sentido. Sin embargo, los cristianos de Judea sí fueron duramente perseguidos por las autoridades religio­sas hebreas, hasta el grado de matar al discípulo Esteban a pedradas en el año 34 de nuestra era, según la opinión cronológica de algunos doctos. A partir de esa muerte, se levantó una gran oleada de mayor repre­sión violenta anticristiana en toda Judea, orquestada fundamentalmente por los sacerdotes y maestros de la ley mosaica, con Caifós (el potentado religioso que mandó eliminar a Jesucristo) a la cabeza. Esta gran persecución resultó en que algunos cristianos hebreos muriesen y en la dispersión de una gran mayoría, pe­ro los que habían sido esparcidos siguieron su obra evangelizadora y declaraban las verdades acerca de Jesucristo por dondequiera que iban. Los apóstoles, por su parte, permanecieron en Jerusalén y mantuvie­ron unida la comunidad cristiana que había quedado en esta ciudad, una comunidad que había crecido aun con oposición tenaz. Después de esto, la colectividad de discípulos del lugar comenzó a disfrutar de un pe­ríodo de relativa calma y paz. Luego, dicho período se interrumpió cuando en el año 44 el apóstol Santiago fue muerto por orden del rey Herodes Agripa I, quien, para ganarse las simpatías de los judíos promi­nentes, comenzó a hostigar a los cristianos en sus dominios. У como vio que dicha muerte le granjeó el fa­vor de los judíos, procedió a encarcelar a continuación al apóstol Pedro antes de que finalizase aquel año con la intención de presentarlo ante el pueblo israelita durante la Pascua siguiente y condenarlo a muerte públicamente, a fin de que las multitudes anticristianas de Judea se sintieran regaladas y como resultado el astuto rey afianzara bien su corona en la conflictiva zona palestinense. Pero según el relato sagrado de los Hechos de los apóstoles, capítulo 5, Pedro fue liberado milagrosamente de la prisión y Herodes no pudo culminar su malvado plan. Poco después, algunos meses después, este monarca murió de manera repugnan­te: «Herodes estaba enojado con los habitantes de Tiro y de Sidón, los cuales se pusieron de acuerdo para presentarse ante él. Lograron ganarse la buena voluntad de Blasto, un alto funcionario del rey Herodes, y por medio de él le pidieron paz, porque Tiro y Sidón obtenían sus provisiones en el país del rey. Herodes los citó para un cierto día, en el que, vestido con ropa de ceremonia, ocupó su asiento en el tribunal y les dirigió un discurso. La gente comenzó entonces a gritar: “Este que habla no es un hombre, sino un dios". En el mismo momento, un ángel del Señor hizo que Herodes cayera enfermo, por no haber dado honor a Dios, y murió comido de gusanos» (Hechos de los apóstoles, capítulo 12, versículos 21-23; Versión popular de la Biblia, también denominada “Dios Habla Hoy", de 1996).

La sagrada escritura, especialmente el libro de Daniel el profeta, deja entrever la dinámica belige­rante que existe en el mundo sobrenatural, en el suprauniverso, desde la rebelión edénica y la posterior in­tervención malsana de ángeles insurrectos en la época prediluviana, al abusar éstos de las hijas de la hu­manidad impía, cuando claramente se formaron los dos bandos universales en conflicto: El de la simiente diabólica (que adoptó la forma general de una mixtura humano-demoníaca) y el de la descendencia de la mujer simbólica de Dios (que adoptó la forma general de grupos celestiales de ángeles fieles con el agre­gado de muchos humanos leales a Dios y amadores de Su guía). Por lo tanto, gran parte de los fenómenos históricos de difícil interpretación se hacen más entendióles cuando se tiene presente esa realidad supra­universal, así como ese conflicto sobrenatural que sólo la sagrada escritura permite vislumbrar. Empero, de todas formas, dada la complejidad y la magnitud de los desenvolvimientos en tal ámbito de la existen­cia, resulta bastante limitada nuestra capacidad de penetración al respecto y sólo podemos contentarnos al presente con una visión extremadamente limitada de semejante realidad. Así, en la Judea de mediados del primer siglo de nuestra era, las luchas intestinas que se producían entre los líderes del judaismo y en­tre los propios gobernantes romanos, todos ellos pertenecientes a la simiente diabólica, arroja la impre­sión de que en las huestes sobrenaturales que manipulaban a esos humanos alejados de la guía divina no ha­bía unidad de acción ni de criterio, con lo cual la eficacia de éstas contra la descendencia de la mujer, a sa­ber, contra los cristianos del primer siglo, se vería tremendamente mermada. Sin embargo, téngase presen­te que el "oleaje" producido por una sociedad caótica y decadente pudiera haber sido una buena estrategia satánica para desestabilizar el rumbo del “buque" cristiano y para inducir un clima moral y psicológico en la masa humana que impidiera a ésta reflexionar o tomar en serio el mensaje de los evangelizadores, obstru­yendo con ello el engrosamiento de las filas cristianas con nuevos conversos. Por otra parte, el ficticio es­caparate de prosperidad materialista, intelectual y logrera que determinados entornos de aquel mundo an­tiguo ofrecía a los ojos podía impactar fácilmente en la mente de cualesquier cristianos débiles en la fe (como efectivamente así pasó en no pocos casos) y apartarlos de la comunidad de los discípulos de Cristo, causando con ello bajas en la hermandad humana de la simiente de la mujer simbólica.

Esto parece ser un punto de vista un tanto acertado, porque da la impresión de que los ataques con­tra los discípulos de Cristo eran más eficaces cuando eran sutiles y apelaban a los bajos instintos y no cuan­do eran ataques directos o frontales, como la acometida de Herodes Agripa I contra los apóstoles de Jesu­cristo en Jerusalén, que, de no ser frenada por Dios en justa respuesta defensiva (un ángel fiel hirió a es­te mandatario ególatra con una enfermedad mortal y repulsiva), hubiera supuesto una tremenda sangría para la descendencia de la mujer simbólica, ya que la intención del malvado monarca era la de eliminar uno a uno a los hombres que eran las columnas de apoyo espiritual de la comunidad cristiana primitiva. Así, pues, los ataques directos y cruentos contra los cristianos de aquel tiempo hacían que éstos se encomen­daran a Dios y soportaran con Su ayuda las inclemencias persecutorias, y como ante tales ataques perma­necían habitualmente fieles, ellos, como colectividad, podían contar con el favor y la protección divinas. Pero, por el contrario, cuando la guerra diabólica adquiría características astutas, sinuosas y no cruentas, apelando por ejemplo al materialismo y al egocentrismo por medio de la influencia de un entorno mundanal amoral e inmoral, entonces, los estragos sobre la fe podían ser cuantiosos porque se corría el riesgo de que se infiltrara dentro de la comunidad cristiana una forma de pensar que era contraria a la guía divina, y esto podría desembocar fácilmente en un virage apóstata que facilitara a las inteligencias demoníacas la adquisición de una herramienta corrosiva integrada por una serie de individuos cristianos en apariencia, los cuales habrían sucumbido a los designios satánicos y ahora sólo servirían para arruinar los cimientos del e- dif icio congregacional de seguidores altruistas de Cristo.

Un joven fariseo extremadamente virulento y perseguidor contra la fe cristiana fue Saulo de Tar­so, quien presenció y hasta apoyó el asesinato del discípulo Esteban (acaecido, aproximadamente, en el año 34). Extendió su persecución a otras ciudades además de Jerusalén, y hasta consiguió autorización escrita del sumo sacerdote para buscar a los discípulos de Cristo incluso en Damasco (Siria) y llevarlos atados a Jerusalén, probablemente para que el Sanedrín (tribunal supremo judío, ubicado en Jerusalén, compuesto por 71 miembros y presidido por el sumo sacerdote) los juzgase. Pero en el camino hacia Damasco contem­pló una visión sobrenatural y quedó ciego. Entonces, le fue enviado un cristiano de nombre Agabo y reco­bró la vista, y se convirtió al cristianismo. Por lo tanto, aproximadamente hacia el año 35 de nuesta era, Saulo se convirtió en Pablo, un cristiano. Del año 36 al 45 se sabe poco de Pablo, y a este período se le ha denominado “años desconocidos de Pablo, el apóstol". Del año 47 al 56 efectuó 3 viajes misionales, mani­festando una formidable e inusual actividad evangelizadora. Tras su último viaje misional, Pablo se dirigió hacia Jerusalén, probablemente para informar de su actividad a los apóstoles. Aparentemente, en camino hacia la ciudad santa unos profetas cristianos predijeron que le esperaban cadenas o encarcelamiento en Jerusalén; y sus profecías se cumplieron. Mientras estaba en el Templo, para limpiarse ceremonialmente, algunos judíos de Asia agitaron al populacho y se formó una turba violenta contra él, pero los soldados ro­manos lo rescataron de un linchamiento casi seguro. Claudio Lisias, el tribuno (jefe de una legión de solda­dos romanos) que mantenía el orden militar en Jerusalén, al saber que Pablo tenía la ciudadanía romana, lo mantuvo en prisión preventiva dentro del cuartel, probablemente en la fortaleza Antonia, donde había una guarnición de soldados bajo su autoridad, al objeto de evitar que se levantara un motín provocado por la presencia en la ciudad del apóstol y porque contra él los judíos lanzaban todo tipo de acusaciones.

Al día siguiente, el tribuno, deseando conocer con exactitud de qué era acusado Pablo, presentó a éste ante el Sanedrín, el Consejo supremo judío para asuntos religiosos. Al poco tiempo, después de algu­nas palabras pronunciadas por el apóstol, se produjo otro alboroto, esta vez en la sala del Consejo, con du­ros enfrentamientos verbales de unos contra otros, especialmente entre los fariseos y los saduceos. El tu­multo creció, de modo que el tribuno, alarmado, ordenó a los soldados que cogiesen a Pablo y se lo llevaran de nuevo al cuartel como medida de protección (dado que Pablo era ciudadano romano). Un grupo de unos 40 sicarios, con el consentimiento o la inspiración de varios sacerdotes y consejeros saduceos del Sane­drín, tramaron luego un plan para matar a Pablo. Para ello solicitarían al tribuno que condujese de nuevo a Pablo ante la presencia del Sanedrín, con objeto de preguntarle algo que deseaban saber sobre él; y el plan consistía en que el grupo de sicarios estaría preparado para asesinarle antes de que el apóstol llegara a a­cercarse siquiera al estrado y antes de que los soldados romanos tuvieran tiempo de reaccionar. Ademas, los fanáticos sicarios se habían juramentado para no comer ni beber hasta haber matado a Pablo. Aparte de este episodio, no se tiene constancia histórica ni documental de que algún otro cristiano (salvo Pablo, claro esta) haya sido acechado o agredido por los sicarios. El desenlace fue favorable al apóstol cristiano, pues un sobrino suyo, que residía en la ciudad, se enteró de la conspiración e informó de ella al tribuno, quien, de inmediato, dispuso una escolta de 200 soldados, 70 jinetes y 200 lanceros en beneficio de Pablo y durante la noche envió al apóstol con tal escudo militar a la sede del gobernador o procurador Félix, en Cesarea (a casi 200 kilómetros de Jerusalén, en línea recta), con una carta personal en la que le daba de­talles de todo lo sucedido.

El registro sagrado de los hechos de los apóstoles explica que el procurador Félix, tras leer la car­ta y preguntarle a Pablo de qué provincia romana procedía y enterarse que era natural de Tarso, una ciu­dad de Cilicia, le dijo al apóstol que oiría su defensa cuando llegasen sus acusadores, con el sumo sacerdo­te al frente de ellos. Pablo logró defenderse magistralmente de las acusaciones y el procurador, ante la insistencia dialéctica de la parte acusadora, decidió posponer la vista hasta que estuviese presente el tri­buno Lisias, testigo de los hechos. Entretanto, dejó a Pablo a cargo de un centurión y con cierta libertad de movimientos, permitiéndole que los suyos le acompañasen y asistiesen. Félix, no obstante, hizo llamar a Pablo muchas veces mas, esperando tal vez que éste le ofreciese dinero como soborno (cosa habitual en estos casos y a lo cual sin duda el procurador era muy aficionado), y mantenía frecuentes conversaciones con él sobre cuestiones religiosas porque aparentemente era supersticioso y había sido sobrecogido de te­mor por las citas sagradas que Pablo mencionaba. Dos años transcurrieron de este modo y Félix, que no de­seaba enemistarse con las altas jerarquías sacerdotales judías, dejó a Pablo en prisión durante todo ese tiempo (sin duda también para protegerle, pues los sicarios le hubieran asesinado fácilmente si hubiera go­zado de completa libertad).

¿Quién era este Félix, procurador de Judea? Por lo visto, fue un liberto de Claudio césar (un escla­vo romano de origen griego que fue liberado y considerado ciudadano de Roma por el emperador). Según el historiador Tácito, Félix era el hermano menor de Palas y ambos descendían de los reyes griegos de Arca­dia y ambos fueron libertos. Palas, el mayor, tras alcanzar la libertad y la ciudadanía romana, llegó a servir en calidad de secretario imperial en los reinados de los emperadores Claudio y Nerón, haciéndose de una considerable fortura y elevada reputación. Es posible que gracias a la influencia de Palas, Félix obtuviera el puesto de procurador en la provincia de Judea. No obstante, según los historiadores, la crueldad y el li­bertinaje de Félix, junto con su accesibilidad a los sobornos, condujeron a un gran aumento de la delin­cuencia en Judea. El período de su mandato estuvo marcado por luchas internas y por los disturbios, los cuales contuvo con severidad. Hacia el año 56, como ya hemos mencionado anteriormente, Pablo el apóstol fue arrestado en Jerusalén y rescatado de un complot contra su vida, y el tribuno Claudio Lisias lo trasla­dó a Cesarea donde fue sometido a juicio ante Félix. Algunos días después, viniendo Félix con Drusila su mujer, que era judía, llamó a Pablo, y le oyó acerca de la fe en Jesucristo. Pero al disertar Pablo acerca de la justicia, del dominio propio y del juicio venidero, Félix se asustó, y dijo: "Ahora vete; pero cuando tenga oportunidad te llamaré de nuevo". Esperaba también, con esto, que Pablo le diera dinero para que le solta­se; por lo cual muchas veces lo hacía venir y hablaba con él. Pero al cabo de dos años recibió Félix por su­cesor a Porcio Festo (año 58); y queriendo Félix congraciarse con los judíos, dejó preso a Pablo (Hechos de los Apóstoles, capítulo 24, versículos 24-27). A su regreso a Roma, Félix fue acusado de utilizar un litigio entre los judíos y los sirios de Cesarea como pretexto para matar y saquear a los habitantes, pero a tra­vés de la intercesión de su hermano Marco Antonio Palas, que tenía gran influencia sobre el emperador Nerón, fue absuelto. Entonces, Porcio Festo le sucedió como procurador de Judea.

Cuando Félix cesó en el cargo y llegó el nuevo procurador, Porcio Festo, este último marchó de Ce­sarea a Jerusalén en su primera visita y los jefes de los sacerdotes le presentaron sus acusaciones contra Pablo y le pidieron que lo hiciera traer a Jerusalén, pues esta vez también tenían preparados sicarios para matarle, pero en el camino. Sin embargo, Festo, previamente informado de la maquinación, les replicó que bajasen ellos con él (con Festo) a Cesarea y allí presentasen sus acusaciones contra Pablo. En Cesarea, por tanto, tuvo lugar una nueva vista, con acusaciones de los judíos y autodefensa de Pablo. У cuando Festo, que como recién llegado al cargo deseaba congraciarse con los judíos y al mismo tiempo hacer justicia a Pablo, le preguntó a éste si quería subir a Jerusalén y ser juzgado alió de todas esas acusaciones, Pablo, cansado ya de tantas dilaciones y temeroso también de las intenciones de los judíos, le respondió: “Estoy ante el tribunal del César; y en él debo ser juzgado. Ninguna injuria he hecho a los judíos, como tú bien sa­bes. Si he cometido alguna injusticia o crimen digno de muerte, no rehusó morir. Pero si no hay nada de to­do eso de que me acusan, nadie puede entregarme a ellos. Apelo al César". Con dicha apelación, Pablo esta­ba haciendo uso de los derechos judiciales de su ciudadanía romana, en concreto del “ius appellationis" o derecho de apelación en última instancia a la justicia directa del emperador en aquellos casos que podían implicar la pena capital. De este modo, él mismo sustraía su proceso de las autoridades religiosas judías, por lo que Festo, tras deliberar con sus consejeros, respondió a Pablo: “Bien. Has apelado al César. Pues al César irás". La apelación, en efecto, tenía que seguir su curso según el procedimiento judicial romano. En consecuencia, algunos días después, entregaron a Pablo y a otros presos en manos de un centurión llamado Julio, de la cohorte de Augusto, y de un grupo de soldados a su mando, y se embarcaron rumbo a Italia. Уа en Roma, a Pablo se le permitió residir en una casa alquilada por sus correligionarios cristianos, con un sol­dado que tenía el encargo de custodiarle. Allí recibió las visitas de numerosos cristianos de la capital. Con­vocó también a las personalidades judías de Roma y les explicó su caso (seguramente los judíos de Roma todavía no habían recibido instrucciones concretas de los judíos de Jerusalén sobre este asunto); y en o­tras reuniones con ellos les expuso la doctrina cristiana, pero en general a estos judíos no logró conven­cerles. Pablo gozó durante casi 3 años (59-61) de una libertad vigilada que le permitió predicar y evangeli­zar en la capital romana; pero en ese punto acaba el relato sagrado de los Hechos de los Apóstoles, sin su­ministrar ningún dato acerca del desenlace del proceso judicial de Pablo.

¿Fue Pablo absuelto en este proceso judicial? El pretor que debía fallar la causa era Afranio Burro, hombre de gran rectitud y amigo del filósofo Séneca (ambos habían sido preceptores de Nerón, y ambos serían obligados después a envenenarse por orden de éste). Por otro lado, no conviene olvidar que los ju­díos de Roma llegaron a tener mucha influencia en el círculo del emperador durante esos años. La madre de Nerón, Agripina, probablemente era filojudía, aunque había muerto (había sido desterrada y asesinada en el año 59 por orden de su hijo, Nerón, que envió a un centurión para que la matara). Pero la nueva espo­sa del emperador, Popea Sabina, parece ser que también profesaba la religión judía o que favorecía abier­tamente a los judíos. Nerón se casó con ella tras repudiar a su mujer Octavia, a la que hizo desterrar y luego matar, acusándola falsamente de adulterio. Nerón estuvo muy enamorado de Popea al principio, pero también ella caería víctima finalmente de la crueldad mental maniacodepresiva del emperador, unos años mas tarde. El caso es que por esas fechas, de la estancia de Pablo en Roma, no es nada improbable que los judíos de la capital imperial (instigados por los de Jerusalén) influyesen para que el proceso se dilatara y Pablo continuase en prisión. Pero según se desprende de un escrito enviado por Pablo al discípulo Timoteo, parece evidente que Nerón lo declaró inocente y lo puso en libertad (Segunda epístola de Pablo a Timoteo, capítulo 4, versículos 16 y 17).

Entretanto, en Judea, Porcio Festo había muerto en el cargo al final del año 61, no mucho después de la partida de Pablo hacia César. Sólo ejerció su mandato durante dos años aproximadamente, pero, se­gún Josefo, se destacó por haber suprimido a los bandidos terroristas conocidos como los sicarios (varo­nes de puñal), y trató por otros medios de hacer que se cumpliese la ley romana. En comparación con la o­presiva administración de Félix, en términos generales, la de Festo se consideró positiva. Murió mientras todavía estaba en funciones, y le sucedió Albino. En el interregno de la muerte de Festo, y antes de la lle­gada del nuevo procurador, Albino, hubo un intervalo de tiempo de gran anarquía en Jerusalén. En dicho in­tervalo, el sumo sacerdote que antes había acosado a Pablo, Ananias (Anano, Anón o Anas), hijo del Anas mencionado en los evangelios, empleó de nuevo a las bandas de sicarios contra sus enemigos, e hizo asesi­nar al prominente discípulo cristiano Santiago, hermano materno de Jesús el Nazareno y "columna espiri­tual" para sus hermanos de fe de Jerusalén en aquel entonces. El historiador Josefo explica que durante el intervalo entre la muerte del gobernador Festo y la llegada de su sucesor, Albino, el sumo sacerdote A­nón (Ananias) “reunió el Sanedrín, llamó a juicio al hermano de Jesús (el denominado Cristo) cuyo nombre era Jacobo (o Santiago), y con él hizo comparecer a varios otros, los acusó de ser infractores a la ley y los condenó a morir apedreados" (Antigüedades judaicas, libro XX, capítulo IX, sección 1). Es posible que du­rante ese momento histórico quedara bastante mermada la actividad apostólica en Jerusalén, que hasta entonces había sido el centro directriz de la evangelización y de la actividad cristiana de todos los grupos de seguidores de Jesucristo del primer siglo de nuestra era en todo el mundo conocido o influenciado por la cultura romana. El testimonio de Eusebio de Cesarea, en su Historia Eclesiástica (volumen III), aunado al texto bíblico de los Hechos de los Apóstoles, capítulo 21, versículo 18, permiten suponer que entre los años 56 y 66 hubo una cuasi completa ausencia en Jerusalén de los apóstoles de Jesucristo que todavía v¡- sebio dice. Por ejemplo, para el año 62, el apóstol Pedro se encontraba en Babilonia, lejos de Jerusalén, como se desprende de su primera epístola, capítulo 5, versículo 13. De todas formas, desde el año 56 has­ta probablemente el 66, un cuerpo de cristanos maduros (no apóstoles) debió seguir activo en Jerusalén y así proveer algunas directrices, junto con algunos apóstoles sobrevivientes dispersos por las naciones (co­mo Pedro, Pablo y quizás también Juan), para el resto internacional de los discípulos de Cristo.

Cuando llegó a Judea el nuevo procurador Albino, sobre el año 62, hasta el año 64, El rey Agripa II, que aunque no reinaba en Judea tenía la potestad de ejercer la superintendencia del Templo de Jerusalén, se puso de acuerdo con el nuevo procurador romano y destituyó al sumo sacerdote Ananias a causa de sus crímenes, sin tomar mayores medidas contra él. Pero hacia el comienzo de la gran sublevación judía de los años 66-70, parece que ciertos elementos de la población hebrea persiguieron a Ananias debido a su cola­boración con las autoridades romanas, y, aunque se escondió en un acueducto, lo descubrieron y lo mata­ron. En cuanto al procurador Albino, éste cayó pronto en la corrupción, aumentó considerablemente los im­puestos, y las bandas de zelotes y sicarios proliferaron a sus anchas en Judea. Muchos de esos bandidos, capturados por los consejos locales o por los anteriores procuradores, salían fácilmente de la cárcel me­diante el pago de un rescate: y sólo aquéllos cuya familia o correligionarios no daban dinero permanecían presos. De este modo, las bandas de sicarios más y mejor organizadas proseguían sus ajustes de cuentas y sus crímenes con total impunidad. Entre los personajes influyentes y poderosos de la sociedad judaica, ca­da uno organizaba su propia banda para su servicio personal, y Albino cobraba su parte de todos ellos. Dice el historiador Josefo en su obra “La guerra de los judíos", volumen II: “Los poderosos se atrajeron a Albi­no con dinero, de tal manera que les concedió impunidad para realizar sus actos subversivos y el sector del pueblo al que no le gustaba estar en paz se unió al grupo de cómplices de Albino. Cada uno de estos crimi­nales tenía a sus órdenes una banda que dirigía como un jefe de bandidos o como un tirano, y se servía de sus hombres para hacer saqueos entre la gente honrada. Como consecuencia de ello las víctimas de estos atropellos no decían nada sobre unos hechos que tendrían que causarles indignación, mientras que los que aún no habían sido afectados, por miedo a que a ellos les pasara lo mismo, adulaban a esta gente, que me- recía ser castigada. En resumen, en ningún sitio se podía hablar con libertad, en muchos aspectos existía una tiranía y las semillas de la futura destrucción habían sido esparcidas por entonces por la ciudad". Pero el terror en Judea no había hecho más que empezar. Cuando Albino fue sustituido en el año 64 por el pro­curador Gesio Floro, puede decirse que el “problema judío" entró en la recta final, que llevó a la gran su­blevación del año 66 y poco después a la catástrofe definitiva.

En el año 64 ocurrió en Roma un trágico suceso aparentemente fortuito, a saber, un devastador in­cendió que destruyó varias barriadas de la ciudad. Aunque se hubiera originado de modo accidental, el po­pulacho quería responsables y culpables, y empezaron a correr rumores de que se había visto a cuadrillas de individuos atizando las llamas y de que los “marineros-bomberos" de la cohorte urbana contra incendios actuaron con manifiesta negligencia. Se acusaba, por otro lado, al propio Nerón, cuya megalomanía urbanís­tica y sus deseos de reurbanizar la ya congestionada Roma eran de todos conocidos. También se inculpaban a los comerciantes sirios y judíos, de algunas de cuyas tiendas se decía que pudo partir el foco originario del incendio. Parece ser que la emperatriz filojudía Popea y otros allegados suyos del círculo imperial nero­niano consiguieron desviar las sospechas que recaían sobre los judíos y pronto encontraron unos culpables más apropiados: los cristianos de Roma. Los agentes neronianos se encargaron de esparcir la calumnia en­tre la plebe romana y se desencadenó poco después una violenta persecución en la que fueron detenidos centenares de cristianos de toda edad y condición social, los cuales, para complacer las ansias de venganza y los bajos instintos de la plebe, fueron arrojados a las fieras en el anfiteatro (vestidos con pieles de ani­males y expuestos a hambrientos perros de presa) o crucificados y embadurnados de pez e incendiados para que sirvieran de luminarias en los jardines imperiales que el propio Nerón prestó para la ocasión. En esta persecución local, circunscrita tan sólo a la ciudad de Roma según parece, la propia tradición cristiana sugiere que perecieron también dos de las principales columnas de apoyo de la comunidad cristiana global, esto es, Pablo (año 65), decapitado en la prisión en la que se encontraba tras ser nuevamente detenido, y el anciano Pedro, que fue crucificado.

Ante la terrible persecución que sufrieron los cristianos primitivos de Roma en los años 64 y 65, a causa de la cual posiblemente murieron centenares de ellos, cabe preguntarse si en verdad tuvieron alguna clase de protección divina o, si por el contrario, al igual que los judíos palestinenses, fueron abandonados a su suerte. La evidencia histórica y documental que tenemos a nuestra disposición indica que los cristianos de Roma, en conjunto, permanecieron fieles a la guía divina en aquellos fatídicos tiempos. Por ejemplo, Tá­cito (56-120 de nuestra era) tendría unos 7-8 años de edad cuando ocurrió el gran incendio de Roma (julio del 64), el cual duró 6 días y quemó más de la cuarta parte de la ciudad. Por lo que se sabe, debió cr\arse en la Galia Narbonense (provincia romana cuyo territorio se extendía, aproximadamente, desde los Piri­neos hasta Marsella), de familia aparentemente ecuestre (relacionada con la caballería imperial) y de pa­rientes cercanos con cargos importantes, tal vez de procuraduría de la Galia belga en algún caso. Cornelio Tácito, más exactamente, llegó a ser historiador, senador, cónsul y gobernador en el Imperio romano. Sus obras más importantes son Los Ana\es, Las Historias, Germania y Agrícola, y sus referencias a Cristo y a los cristianos se encuentran fundamentalmente en Los Ana\es. Hacia el año 77 inició su carrera política, que habría de ser muy regular, y él mismo cuenta en “Las Historias" que la comenzó con Vespasiano y que fue favorecida sucesivamente por Tito y por Pomiciano. Su obra “Los Anales" fue escrita quizás entre los años 114 y 119, es decir, en fecha cercana a la muerte del autor; y en ella se narra la historia de los cesa­res desde Augusto hasta Nerón, un total de 54 años (desde la muerte de Augusto, en agosto del 14, hasta la muerte de Nerón, en junio del 68). Como género historiogrófico, Los Anales se caracterizan por refe­rirse a hechos alejados del tiempo vivido por su autor. Por lo tanto, esta obra viene respaldada por un gran trabajo de documentación e investigación escrita y oral por parte de Tácito, lo cual no excluye que éste estuviera bastante influenciado por la mala opinión general y popular que existía en todo el imperio romano acerca de los cristianos, especialmente porque la obra se comenzó a escribir durante el reinado del anti­cristiano emperador Trajano.

Desde su orientación anticristiana, Tácito, tratando de ser un historiador objetivo pero teniendo que recurrir en algunos casos a fuentes tendenciosas que presentaban una visión distorsionada de la reali­dad, sobretodo en lo referente a Cristo y a sus seguidores, escribió hacia el año 116, en una pagina de su obra final, Los Anales, libro 15, capítulo 44, hablando del gran incendio de Roma en julio del 66: "En conse­cuencia, para deshacerse de los rumores (se sobreentiende: Rumores populares que acusaban al empera­dor), Nerón culpó e infligió las torturas más exquisitas a una clase odiada por sus abominaciones, quienes eran llamados cristianos por el populacho. Cristo, de quien el nombre tuvo su origen, sufrió la pena máxima durante el reinado de Tiberio a manos de uno de nuestros procuradores, Pondo Pilato, y la superstición muy maliciosa, de este modo sofocada por el momento, de nuevo estalló no solamente en Judea, la primera fuente del mal, sino incluso en Roma, donde todas las cosas espantosas y vergonzosas de todas partes del mundo confluyen y se popularizan. En consecuencia, el arresto se hizo en primer lugar a quienes se decla­raron culpables; a continuación, por su información, una inmensa multitud fue condenada, no tanto por el delito de incendiar la ciudad como por su odio contra la humanidad (se sobreentiende: La multitud conde­nada, evidentemente a muerte de martirio, estaba formada por cristianos, a los que calumniosamente se les atribuía el epíteto de "odiadores de la humanidad" por el simple hecho de que no participaban en las habituales inmoralidades y perversiones del populacho)". Los estudiosos consideran que la referencia de Tácito a los cristianos establece tres hechos independientes sobre la Roma del tiempo de Nerón: La exis­tencia de un número considerable de cristianos en Roma, que era posible distinguir entre los cristianos y los judíos en Roma y que los paganos de la época hicieron una conexión entre el cristianismo en Roma y su origen en la Judea romana.

Nerón logró su propósito de evadir los rumores acusatorios que se levantaron contra él por medio de culpar a los cristianos de la destrucción incendiaria de Roma, pero curiosamente nunca los proscribió ni prohibió la práctica de la religión cristiana en el Imperio. Por lo tanto, cabe preguntarse porqué fueron tan cruelmente perseguidos por los romanos. El historiador Will Durant ofrece la siguiente respuesta: "Porque las pequeñas comunidades cristianas, con su piedad y su decoro, constituían una constante censura para el mundo pagano ávido de placeres". En efecto, el contraste entre el cristianismo altruista y el derramamien­to gratuito de sangre en los combates de gladiadores difícilmente podía ser más grande. En consecuencia, la plebe romana no podía perder esa oportunidad de librarse de los cristianos y de este modo acallar su conciencia. Además, los romanos creían que una de las razones de su poderío militar, prácticamente inven­cible, era la adoración que ellos profesaban a todas las deidades. Por este motivo, se les hacía difícil de comprender y admitir la exclusividad del monoteísmo cristiano y su rechazo a todos los demás dioses, in­cluida la adoración al emperador. No es de extrañar que Roma viera en el cristianismo, pues, una influencia que podía socavar los mismísimos fundamentos del Imperio.

La persecución que se levantó contra los cristianos en Roma, en los días de Nerón, alcanzó niveles de verdadera ignominia. Tácito también informó al respecto: "Los cristianos murieron por métodos de bur­la; algunos fueron cubiertos con pieles de bestias salvajes y entonces despedazados por perros, algunos fueron clavados en postes de madera, algunos fueron encendidos como antorchas para iluminar de noche. Aunque fueran culpables y merecieran los máximos castigos (se sobreentiende: Tácito presuponía alguna clase de culpabilidad por parte de los cristianos debido a los falsos rumores y calumnias que acerca de los mismos hicieron correr judíos y filojudíos, y los cuales rumores y maliciosos testimonios pronto fueron a­similados y aceptados por los plebeyos romanos debido a los remordimientos de conciencia que sus inmora­lidades les producían al atisbar la muda y sutil denuncia de la conducta pura y sana de los cristianos), provocaban la compasión, ante la idea de que perecían no por el bien público, sino por satisfacer la cruel­dad de uno solo (se sobreentiende: De Nerón)". Por consiguiente, cabe preguntarse: ¿De qué manera fue­ron bendecidos y protegidos por Dios aquellos cristianos primitivos, dado que murieron en olor de gran in­dignidad y vejación por causa de su fidelidad a la guía divina?

Para poder responder a esta pregunta, primero tenemos que reflexionar en cómo fue la muerte del fundador del cristianismo, Jesús de Nazaret. Los evangelios informan claramente que Jesucristo padeció una muerte ignominiosa y vejatoria; una muerte que, a los ojos del propio procurador Pondo Pilato (quien trató infructuosamente de librarlo de ella), era del todo injusta. Pero el Maestro había dicho previamente a sus discípulos: "Miren. Уо los envío a ustedes como ovejas en medio de lobos. Sean, pues, astutos como serpientes, aunque también sencillos (se sobreentiende: Sin intenciones retorcidas) como palomas. Tengan cuidado, porque los entregarán a las autoridades, los golpearán en las sinagogas y hasta los presentarán ante gobernadores y reyes por causa mía (se sobreentiende: Por el motivo de ser obedientes a la guía divi­na dada mediante Cristo Jesús); así podrán dar un testimonio de mí delante de ellos y de los paganos (se sobreentiende: Dios permitiría esta situación adversa para los cristianos a fin de que éstos pudieran ha­blar del Evangelio, o Buenas Nuevas, a personas de alto rango gubernamental y social). Pero cuando los en­treguen a las autoridades, no se preocupen ustedes por lo que han de decir o cómo han de decirlo, porque cuando les llegue el momento de hablar, Dios les dará las palabras (se sobreentiende: Esto confirma la im­portancia de ese habla testimonial que los cristianos habrían de emitir delante de gobernantes y reyes, al objeto de que esas personas de alto nivel social fueran informadas acerca del Dios verdadero, de su guía y de sus designios o propósitos). Pues no serón ustedes quienes hablen, sino que el Espíritu de su Padre ha­blará por ustedes. Los hermanos entregarán a la muerte a sus hermanos, y los padres a sus hijos; y los hi­jos se volverán contra sus padres y los matarán (se sobreentiende: Aquí se advierte de que vendrían situa­ciones en las que los familiares allegados de algún cristiano serían los primeros en repudiarlo por su fe y en desear su muerte o en matarlo directamente). Todo el mundo los odiará a ustedes por causa mía; pero el que se mantenga firme hasta el fin, se salvará (se sobreentiende: Hacia el fin del primer siglo de nues­tra era, el cristianismo se había extendido por todo el mundo conocido, pero la gran mayoría de los huma­nos lo rechazaban y lo odiaban, puesto que obraba como una conciencia colectiva molesta que hacía resal­tar la impiedad de la gente en general; no obstante, en aquel entonces, todo cristiano que deseara salvar­se, o ser aprobado por Cristo, debía mantener su fidelidad a la guía cristiana hasta el fin de su vida). Cuan­do los persigan en una ciudad, huyan a otra; pues les aseguro que el Hijo del hombre vendrá antes de que ustedes hayan recorrido todas las ciudades de Israel (se sobreentiende: La sagrada escritura conecta la Venida del Hijo del hombre, o Segunda Venida de Cristo, con una época de juicio final, de manera que las palabras proféticas precedentes parecen referirse a la víspera del fin del mundo, todavía en el futuro. A­demás, en efecto, todo parece indicar que los cristianos primitivos no tuvieron tiempo de recorrer todas las ciudades palestinenses antes del final calamitoso y definitivo que le sobrevino a Jerusalén en el año 70; y al presente tampoco parece que la situación sociopolítica de la actual zona palestinense permita que este enclave geográfico pueda ser fácilmente recorrido con el mensaje de las buenas nuevas acerca de Cristo)" (Evangelio según Mateo, capítulo 10, versículos 16-23; Versión popular de la Biblia, también deno­minada “Dios Habla Hoy", de 1996).

Otro pasaje sagrado clave, que pudiera permitirnos responder a la pregunta anterior, es el siguien­te: «La madre de los hijos de Zebedeo, junto con sus hijos, se acercó a Jesús y se arrodilló delante de él para pedirle un favor. Jesús le preguntó: “¿Qué quieres?". Ella le dijo: “Manda que en tu reino uno de mis hijos se siente a tu derecha y el otro a tu izquierda" (se sobreentiende: Esta mujer, que pudiera haber si­do pariente más o menos lejana de Jesucristo o amiga de su familia, conocedora de las profecías mesióni- cas al igual que la mayoría de los judíos de aquel tiempo, puesto que se leían y se comentaban en las sinago­gas, sabiendo de los milagros del Maestro de Nazaret y de cómo su genealogía lo hacía descendiente de David y por ende un candidato al trono de Israel, estaba convencida de que Jesucristo sería el rey mesió- nico del prometido reino de Dios, o el gran monarca perteneciente a la descendencia de Abrahón y que consecuentemente traería bendiciones y liberación a Israel y a todas las naciones de la Tierra que mostra­ran buena voluntad; por eso se apresuró a pedir a Jesús un favor especial para sus dos hijos Santiago y Juan, quienes formaban parte de los 12 apóstoles escogidos). Jesús contestó: “Ustedes no saben lo que pi­den. ¿Pueden beber el trago amargo que voy a beber yo?" (se sobreentiende: En otras partes de la sagrada escritura se presenta al Mesías como un gobernante justo, de probada fidelidad a la guía divina; y tal a­probación le sería concedida tras sobrepasar exitosamente una muerte de mártir; y algunos doctos bíbli­cos relacionan esta admirable acción de fidelidad del Mesías frente a una muerte ignominiosa con el sacri­ficio que Dios le pidió a Abrahón concerniente al ofrecimiento de su hijo Isaac en holocausto, el cual no llegó a materializarse debido a la compasión divina hacia el patriarca, pero que sí se materializó en el caso del Padre para con su Hijo en el interés del rescate de la humanidad del pecado y la muerte). Ellos dijeron:

"Podemos". Jesús les respondió: “Ustedes beberán este trago amargo (se sobreentiende: La mayoría de los apóstoles sufrieron muertes de mártires, y esta suerte se extendió también a muchos cristianos primiti­vos, como los cristianos romanos de la época de Nerón), pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde a mí darlo, sino que se les dará a aquéllos para quienes mi Padre lo ha preparado (se so­breentiende: Como bien apuntó el apóstol Pablo, los cristianos que permanecieran fieles ante una muerte de mártir, o que aguantaran fieles hasta el fin de sus vidas, recibirían una corona simbólica de autoridad sobre las gentes de las naciones tras el juicio final, y era muy necesario que los merecedores de tal corona hubieran sido refinados hasta el límite, a fin de tener la garantía de que no llegarían a tiranizar a nadie desde su puesto de autoridad)". Cuando los otros diez discípulos oyeron esto, se enojaron con los dos her­manos (se sobreentiende: En aquellos momentos, los apóstoles eran seguidores inmaduros de Cristo, con pretensiones de jefatura mundanal o alejada de la norma divina; de ahí que todos ellos necesitaran duras pruebas de refinamiento en sus puntos de vista afectados por la cultura religiosa farisaica). Pero Jesús los llamó, y les dijo: “Como ustedes saben, entre los paganos los jefes gobiernan con tiranía a sus súbditos, y los grandes hacen sentir su autoridad sobre ellos. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que entre ustedes quiera ser grande, deberá servir a los demás; y el que entre ustedes quiera ser el pri­mero, deberá ser su esclavo. Porque, del mismo modo, el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por una multitud"» (Evangelio según Mateo, capítulo 20, versícu­los 20-28; Versión popular de la Biblia, también denominada “Oios Habla Hoy", de 1996).

Observamos que hasta Pilato sintió cierta aversión por la injusticia hecha a Jesús, al punto de in­tentar librarlo de la pena capital; e igualmente Tácito, de mentalidad decididamente anticristiana, refleja en sus escritos que las torturas y vejaciones a las que fueron sometidos los cristianos romanos del tiempo de Nerón inspiraban lástima en algunos espectadores. Por lo tanto, cabe preguntarse: ¿Cómo se vieron es­tas escenas en los tribunales celestiales? Evidentemente, debieron verse con indignación y con deseos de llevar a cabo una retribución merecida sobre los culpables. ¿У quiénes eran los culpables? Obviamente, los responsables de tales atropellos eran las fuerzas inteligentes demoníacas y los humanos que formaban parte de la simiente de la serpiente simbólica o satánica, esto es, la gran mayoría de la humanidad. Sin em­bargo, en la misericordia divina, muchos seres humanos pertenecientes a la simiente serpentina pero igno­rantes del alcance de sus acciones iban a tener la oportunidad de reconciliarse con Dios mediante el sacri­ficio redentor de Cristo y gracias a la tarea cristiana de evangelización mundial. Pero para las inteligencias demoníacas, y para algunos humanos pecadores voluntariosos e inamovibles del error, no habría ninguna po­sibilidad de obtener la misericordia divina, como parece desprenderse de las siguientes palabras de Jesu­cristo: “En verdad os digo que todos los pecados serón perdonados a los hijos de los hombres, y las blasfe­mias con que blasfemen, pero cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo no tiene jamás perdón (se sobreentiende: Algunos doctos consideran que aquí la expresión “Espíritu Santo" se refiere a la actividad divina puesta en evidencia tangible, como los milagros, los cuales son incontestables y no se pueden negar; por lo tanto, la blasfemia o falta de respeto o negación cínica por parte de los testigos presenciales de es­tas evidencias, mediante palabras y acciones que impliquen una absoluta y total falta de consideración al respecto, puede suponer un pecado mortal irreversible, esto es, un juicio de muerte irrevocable en los tri­bunales celestiales; se trataría de un pecado que no puede ser remitido o borrado ni siquiera con la aplica­ción meritoria del sacrificio de rescate de Jesucristo), sino que es culpable de pecado eterno" (Evangelio según Marcos, capítulo 3, versículos 28-29; Biblia de las Américas, edición de 1986).

Si bien, desde el prisma de la sagrada escritura, los cristianos mártires del primer siglo de nuestra era pasaron con éxito su examen espiritual y consiguieron la aprobación y la bendición divinas (puesto que aportaron sus muchos granos de arena a favor de la causa de la simiente de la mujer simbólica e inclinaron definitivamente la balanza judicial en beneficio de la misma y en detrimento de la causa de la simiente de la serpiente simbólica en los tribunaces celestiales), éste no fue el caso general de los judíos palestinen- ses de la época, quienes estaban irremediablemente alejados de la norma de Dios y fueron colectivamente culpables (más o menos directamente) del asesinato del Mesías y de la mayoría de las grandes persecucio­nes malvadas sufridas por los cristianos primitivos. El abandono de toda protección divina sobre la mayor parte de la descendencia abrahómica, siempre reacia al consejo de los profetas, llevó a que la presión de las autoridades romanas sobre el pueblo judío se hiciera más pesada y agobiante con el transcurso de los meses, llegando a su punto máximo a mediados de la década de los años 60 del primer siglo. En efecto, ha­cia el año 63 se produjo una galopante serie de abusos contra los judíos, contra la casta sacerdotal y con­tra la propia religión judaica, los cuales culminaron en la Gran Rebelión (o Gran Revuelta) Judía del año 66. Esta Gran Rebelión introduciría una situación de "tribulación magna", que culminaría en el año 70 con la de­finitiva y total destrucción de Jerusalén y de su Templo.

Es significativo que Nerón concediera al apóstol Pablo la exoneración de los cargos que los judíos presentaron contra él al principio, cuando hizo su apelación al César, pero muy pocos años más tarde, des­pués del matrimonio de este emperador con la filojudía Popea, la mentalidad de Nerón cambió con respec­to a los cristianos y como consecuencia sobrevino contra los seguidores de Jesucristo la gran persecución romana de la segunda mitad del año 64. El historiador judío Joseph ben Matityahu, más conocido como Fla­vio Josefo, afirmó sin ninguna timidez que Popea Sabina, la mujer y amante de Nerón, fue una fanática prosélito judía y devota practicante del culto hebreo, que defendió y abogó siempre por los intereses de los israelitas ante el líder romano. Por ese motivo, algunos historiadores han discernido que fue Popea y el grupo de filojudíos que la secundaba quienes fundamentalmente incitaron a Nerón hasta convertirlo en un implacable perseguidor de los cristianos. Por ende, el apóstol cristiano Pablo fue detenido tras su puesta en libertad y poco después fue decapitado por orden del emperador. Obviamente, existía una animosidad asesina contra los cristianos en la mente de los judíos fervorosos del primer siglo, probablemente alimen­tada por muchos maestros religiosos hipócritas del judaismo. Pero el devenir inmediato de los aconteceres históricos no iba a resultar nada favorable para las convicciones judaicas de aquellos tiempos, a pesar de que sus adalides utilizaran las tretas más astutas y sofisticadas en su beneficio. Por ejemplo, en Judea, a finales del año 64, llegaba como nuevo procurador Gesio Floro, quien desde el primer momento mostró la misma corrupción y venalidad que algunos de sus antecesores. Pero hizo aún más: a partir de determinado momento (como si hubiera recibido instrucciones reservadas para ello) practicó una política de continua provocación hacia todo el pueblo judío en general. Ello permite barajar la posibilidad de que la cambiante política del círculo imperial neroniano hubiera penduleado, inclinándose repentinamente en sentido antise­mita. Esto puede verse confirmado por el hecho de que, en el año 66, Nerón mató a patadas a su esposa Popea, que estaba embarazada, durante una discusión doméstica; y es posible que los judíos perdieran con ello a su principal valedora y al mismo tiempo el favor imperial que habían tenido hasta entonces y se vie­ran nuevamente hostigados tanto en Roma como en la propia Judea a través de Gesio Floro, que actuaba con una hostilidad descubierta. En ese mismo año (66) Nerón falló un pleito entre los grecosirios y los ju­díos de Cesarea, en contra de estos últimos. Por lo tanto, era evidente que los hebreos ya no contaban con valedores importantes en el círculo imperial. Por lo demás, el propio Nerón despreciaba a todas las religio­nes, aunque era bastante supersticioso (según el historiador Suetonio, sólo veneraba a una muñeca que le había regalado un hombre del pueblo asegurándole que protegería a su dueño de todo tipo de conspiracio­nes; y como por entonces se produjo una fallida conjura contra él, Nerón no dejó de tributar honores divi­nos y sacrificios diarios a su supuesta muñeca protectora).

La gestión y actuación de Gesio Floro como procurador fue en todo caso la más desastrosa y funes­ta de todas las habidas hasta entonces en Judea. El bandidaje proliferò todavía más y el propio Floro pa­rece que cobraba su parte de muchas de estas bandas y que en algunos casos saqueó a través de ellas al­deas y poblaciones enteras, pues los bandidos aparecían en las aldeas más indefensas con el tiempo sufi­ciente para desaparecer antes de que llegaran con cierto retraso aparente los soldados romanos, que a ve­ces se encontraban en ciudades bastante cercanas. Pero nadie se atrevía aira Siria para quejarse ante el gobernador general, Cestio Galo; sin embargo, cuando éste acudió a Jerusalén durante una de las fiestas judías, una gran multitud de personas empezó a quejarse a gritos de los abusos de Floro, quien se reía cíni­camente de tales quejas. Cestio calmó a la multitud y les prometió que haría que Floro fuera más modera­do en lo sucesivo, pero lo cierto es que no hizo nada al respecto y regresó de nuevo a Antioquía. Según el historiador Josefo, Floro buscaba provocar una sublevación general, confiando en que ese mal mayor impe- diría la investigación sobre sus crímenes. Pero es más verosímil concluir que su política, abiertamente pro­vocativa, estuviera realmente apoyada por el emperador, que probablemente buscaba una excusa para po­der confiscar el tesoro sagrado del Templo de Jerusalén (ya que por aquel entonces las arcas imperiales debían de estar exhaustas, pues Nerón había dilapidado y derrochado sumas ingentes de dinero en sus ca­prichos y veleidades imperiales). En todo este desenvolvimiento histórico parece que se estaba producien­do ahora un inicio de retribución de justicia universal contra el judaismo de la época, devolviéndose contra ese ala mayoritaria de la descendencia abrahómica aliada a la simiente serpentina todo el atropello que ella misma había perpetrado previamente contra Jesucristo y sus seguidores.

En este punto, conviene no confundir la malévola actuación anticristiana del judaismo del primer si­glo con el actual judaismo. Por ejemplo, hacia la Edad Media, y durante la Edad Moderna y parte de la Edad Contemporánea, las actuaciones violentas, exterminatorias y genocidas recayeron mas bien en una parte un tanto belicosa de la sociedad denominada "cristiana" (un área extremista de la cristiandad) contra los ju­díos, quienes llegaron a ser víctimas de las peores tropelías efectuadas en tiempos menos antiguos, la últi­ma de las cuales tuvo lugar en la Alemania nazi. También conviene recordar la sublime estupidez cometida por las madres judías involucradas en la chusma inmisericorde que pidió ante Pilato la muerte de Jesucris­to y la liberación del bandido llamado Barrabás, clamando a voz en cuello que la sangre del hombre de Na­zaret cayera sobre sus cabezas y sobre las de sus hijos o descendientes. Si tales maldiciones autoimpues- tas han llegado hasta el siglo XX y se han extinguido en él, no podemos saberlo con exactitud; pero, en to­do caso, esa infeliz y provocativa actuación debe ser recordada como una mancha histórica aleccionadora.

Durante la ya malsana procuraduría de Floro se desencadenaron nuevos disturbios en Cesarea que motivaron la retirada de los judíos de esa ciudad a otra cercana, y además el encarcelamiento por este procurador de doce judíos destacados que habían acudido a quejarse provocaron la indignación de los he­breos en Jerusalén. У por si ello fuera poco para terminar de excitar los ánimos, Floro se apropió de 17 talentos de oro del tesoro del Templo con el pretexto de que el César los necesitaba. Nerón, en efecto, andaba escaso de dinero para sus enormes gastos y dispendios imperiales, pues, entre otros lujos, se había construido un suntuoso palacio, la “Domus Aurea", en la propia Roma, ocupando una gran parte del recinto urbano de la capital; por consiguiente, el tesoro imperial estaba agotado. Ello condujo a que se aumenta­ran los impuestos y se recurriera a expolios de todo tipo, y probablemente al deseo de apoderarse tam­bién de la totalidad de ese famoso tesoro sagrado judío provocando a través de Floro una sublevación local que justificase el expolio. La multitud judaica, desconocedora de estos contubernios, recorrió las calles de Jerusalén invocando el nombre del César y pidiendo a gritos que se les librara del tirano Floro. Algunos de los amotinados proferían insultos groseros contra el procurador o iban haciendo parodias escarnecedoras con una cesta y pidiendo limosnas “para el pobre y desgraciado Floro". Este se dirigió entonces desde Ce­sarea a Jerusalén con una cohorte de infantería y un destacamento de caballería, y los judíos, viendo que buscaba un pretexto para intervenir militarmente y expoliar la ciudad, cambiaron de táctica y fueron a re­cibir cordialmente a los soldados y al propio Floro prorrumpiendo en aclamaciones, para así dejar burladas las inicuas intenciones manifiestas del procurador. Pero Floro envió por delante de él a un centurión con 50 jinetes para que ordenaran a los judíos que se retiraran y que no fingiesen ahora cordialidad con alguien a quien habían insultado abundantemente poco antes. La muchedumbre, llena de miedo, se dispersó a sus ca­sas. Floro se alojó entonces en el palacio real de Jerusalén, y al día siguiente se sentó en un estrado delan­te del edificio. Hizo comparecer a los grandes sacerdotes y a los notables de la ciudad y les ordenó que le entregaran a las personas que le habían insultado públicamente, de lo contrario se tomaría venganza en e­llos mismos. Al intentar estos personajes disculpar esos excesos anteriores de las masas, Floro se irritó aún más y envió a sus tropas a saquear una parte de la ciudad alta.

Lo que siguió fue una matanza espantosa, pues los soldados, óvidos de botín, entraron en todas las casas de ese barrio y degollaron a sus ocupantes; la gente huía despavorida por las estrechas callejuelas y los romanos mataban a todo el que se les ponía al alcance; detuvieron a muchas personas pacíficas y las condujeron ante Floro, que mandó azotarlas y luego crucificarlas, y parece que incluso fueron azotados y crucificados algunos judíos con ciudadanía romana, cosa insólita hasta entonces. Josefo testimonia de u- nos 3600 muertos en aquella trágica jornada, contando mujeres y niños, pues en la matanza del barrio alto ni siquiera se respetó a los recién nacidos. Esta fue, sin duda, la mayor crueldad que los judíos habían visto cometer a los romanos contra ellos hasta entonces. Por esas fechas, el propio rey Agripa II pasaba por la costa de Palestina de camino hacia Alejandría, adonde acudía a saludar al gobernador de Egipto, Tiberio A­lejandro (antiguo procurador de Judea). Su hermana Berenice, en el ínterin, se había desplazado a Jerusa- lén para realizar una ofrenda religiosa en el Templo. Dice Josefo (en su "Guerra Judaica", II, 31): "Una gran tristeza se apoderó de Berenice, que se hallaba en Jerusalén y que veía los ultrajes de los soldados. Repetidamente había enviado ella ante Floro a sus oficiales de caballería y a sus guardias personales para que pusieran fin a la matanza. Pero el procurador romano no le hizo caso, pues no pensaba ni en el número de muertos ni en el origen noble de la mujer que le hacía estas súplicas, sino sólo en las ganancias que ha­bía obtenido de sus rapiñas. Incluso los soldados llegaron a enfurecerse contra la reina. Las tropas roma­nas no sólo torturaban y ejecutaban a los prisioneros en su presencia, sino que también la habrían matado a ella si no se hubiera apresurado a refugiarse en el palacio real, donde pasó la noche con su guardia, llena de miedo ante un posible ataque de los soldados. Berenice había viajado a Jerusalén para cumplir una pro­mesa que había hecho a Dios (existe la costumbre de que los que padecen una enfermedad u otro mal ha­gan voto de abstenerse de beber vino y de afeitarse la cabeza en los treinta días anteriores a aquél en el que van a hacer sus ofrendas). Esto es lo que entonces estaba haciendo Berenice. Acudió descalza delante del estrado de Floro para suplicarle, y, además de no obtener de él ninguna consideración, puso en peligro su propia vida". Este valeroso comportamiento de Berenice, así como esa insólita religiosidad mencionada por Josefo, dicen mucho de la nobleza de esta mujer, pero también inducen a pensar que quizá se había producido algún cambio personal importante en esta princesa herodiana, y tal vez también en su hermano Agripa, desde aquella ocasión en que, aproximadamente 7 años atrás, escucharon al apóstol cristiano Pablo defeder su causa ante el procurador Porcio Festo.

Acerca de dicha ocasión, el registro histórico sagrado lee: «Festo llegó a tomar su puesto de go­bernador, y tres días después se dirigió de Cesarea a Jerusalén. Allí los jefes de los sacerdotes y los ju­díos más importantes le presentaron una demanda contra Pablo. Le pidieron, como favor especial, que or­denara que Pablo fuera llevado a Jerusalén. El plan de ellos era hacer que lo mataran en el camino; pero Festo contestó que Pablo seguiría preso en Cesarea, y que él mismo pensaba ir allá dentro de poco. Les di­jo: "Por eso, las autoridades de ustedes deben ir conmigo a Cesarea, y si ese hombre ha cometido algún delito, allí podrán acusarlo". Festo estuvo en Jerusalén unos ocho o diez días más, y luego regresó a Cesa­rea. Al día siguiente ocupó su asiento en el tribunal y ordenó que le llevaran a Pablo. Cuando Pablo entró, los judíos que había llegado de Jerusalén se acercaron y lo acusaron de muchas cosas graves, aunque no pudieron probar ninguna de ellas. Pablo, por su parte, decía en su defensa: "Уо no he cometido ningún deli­to, ni contra la ley de los judíos ni contra el templo ni contra el emperador romano". Pero como Festo que­ría quedar bien con los judíos, le preguntó a Pablo: "¿Quieres ir a Jerusalén, para que yo juzgue allá tu ca­so?". Pablo contestó: "Estoy ante el tribunal del emperador romano, que es donde debo ser juzgado. Como bien sabe usted, no he hecho nada malo contra los judíos. Si he cometido algún delito que merezca la pena de muerte, no me niego a morir; pero si no hay nada de cierto en las cosas de que me acusan, nadie tiene el derecho de entregarme a ellos. Pido que el emperador mismo me juzgue". Festo entonces consultó con sus consejeros, y luego dijo: "Уа que has pedido que te juzgue el emperador, al emperador irás". Al cabo de al­gunos días, el rey Agripa y Berenice fueron a Cesarea a saludar a Festo. Como estuvieron allí varios días, Festo contó al rey el caso de Pablo. Le dijo: "Hay aquí un hombre que Félix dejó preso. Cuando estuve en Jerusalén, los jefes de los sacerdotes y los ancianos de los judíos me presentaron una demanda contra él, pidiéndome que lo condenara. Уо les contesté que la autoridad romana no acostumbra condenar a muerte a nadie sin que antes el acusado pueda verse cara a cara con los que lo acusan, para defenderse de la acusa­ción. Por eso, cuando ellos vinieron acá, no perdí tiempo, sino que al día siguiente ocupé mi asiento en el tri­bunal y mandé traer al hombre. Pero los que se presentaron para acusarlo no alegaron en contra suya nin­guno de los delitos que yo había pensado. Lo único que decían contra él eran cosas de su religión, y de un tal Jesús que murió y que Pablo dice que está vivo. Como yo no sabía qué hacer en este asunto, le pregunté a Pablo si quería ir a Jerusalén para ser juzgado de esas cosas. Pero él ha pedido que lo juzgue Su Majes­tad el emperador, así que he ordenado que siga preso hasta que yo pueda mandárselo". Entonces Agripa le dijo a Festo: "Уо también quisiera oír a ese hombre". У Festo le contestó: "Mañana mismo lo oirás". Al día siguiente, Agripa y Berenice llegaron y entraron con gran solemnidad en la sala, junto con los jefes milita­res y los principales señores de la ciudad. Festo mandó que le llevaran a Pablo, y dijo: "Rey Agripa y seño­res que están aquí reunidos con nosotros: ahí tienen a ese hombre. Todos los judíos me han traído acusa­ciones contra él, tanto en Jerusalén como aquí en Cesarea, y no dejan de pedirme a gritos su muerte; pero a mí me parece que no ha hecho nada que la merezca. Sin embargo, como él mismo ha pedido ser juzgado por Su Majestad el emperador, he decidido enviárselo. Pero como no tengo nada concreto que escribirle a mi señor el emperador acerca de él, lo traigo ante ustedes, y sobre todo ante tí, oh rey Agripa, para que después de interrogarlo tenga yo algo que escribir. Pues me parece absurdo enviar un preso y no decir de qué está acusado"» (Libro de los Hechos de los Apóstoles, capítulo 25; Versión popular de la Biblia, tam­bién denominada "Dios Habla Hoy", de 1996).

El relato sagrado prosigue: «Entonces Agripa le dijo a Pablo: "Puedes hablar en tu defensa". Pablo alzó la mano y comenzó a hablar así: "Me siento feliz de poder hablar hoy delante de Su Majestad, oh rey Agripa, para defenderme de todas las acusaciones que los judíos han presentado contra mí, sobre todo porque Su Majestad conoce todas las costumbres de los judíos y las cosas que discutimos. Por eso pido que me oiga con paciencia. Todos los judíos saben cómo viví entre ellos, en mi tierra y en Jerusalén, desde mi juventud. También saben, y lo pueden declarar si quieren, que siempre he sido fariseo, que es la secta más estricta de nuestra religión. У ahora me han traído a juicio precisamente por esta esperanza que ten­go en la promesa que Dios hizo a nuestros antepasados. Nuestras doce tribus de Israel esperan ver el cumplimiento de esta promesa, y por eso adoran a Dios y le sirven día y noche. Por esta misma esperanza, oh rey Agripa, los judíos me acusan ahora. ¿Por qué no creen ustedes que Dios resucita a los muertos? Уо mismo pensaba antes que debía hacer muchas cosas en contra del nombre de Jesús de Nazaret, y así lo hi­ce en Jerusalén. Con la autorización de los jefes de los sacerdotes, metí en la cárcel a muchos de los cre­yentes; y cuando los mataban, yo estaba de acuerdo. Muchas veces los castigaba para obligarlos a negar su fe. У esto lo hacía en todas las sinagogas, y estaba tan furioso contra ellos que los perseguía hasta en ciu­dades extranjeras. Con ese propósito me dirigía a la ciudad de Damasco, autorizado y comisionado por los jefes de los sacerdotes. Pero en el camino, oh rey, vi a mediodía una luz en el cielo, más fuerte que la luz del sol, que brilló alrededor de mí y de los que iban conmigo. Todos caímos al suelo, y oí una voz que me de­cía en hebreo: SAULO, SAULO, ¿POR QUE ME PERSIGUES? TE ESTÁS HACIENDO DAÑO A TI MIS­MO, COMO SI DIERAS COCES CONTRA EL AGUIJÓN. Entonces dije: ¿QUIÉN ERES, SEÑOR? El Señor me contestó: УО SOY JESÚS, EL MISMO A QUIEN ESTÁS PERSIGUIENDO. PERO LEVÁNTATE, PON­TE DE PIE, PORQUE ME HE APARECIDO A TI PARA DESIGNARTE COMO MI SERVIDOR У TESTIGO DE LO QUE AHORA HAS VISTO У DE LO QUE TODAVÍA HAS DE VER DE MÍ. TE VOY A LIBRAR DE LOS JUDÍOS У TAMBIÉN DE LOS NO JUDÍOS, A LOS CUALES AHORA TE ENVÍO. TE MANDO A E­LLOS PARA QUE LES ABRAS LOS OJOS У NO CAMINEN MÁS EN LA OSCURIDAD, SINO EN LA LUZ; PARA QUE NO SIGAN BAJO EL PODER DE SATANÁS, SINO QUE SIGAN A DIOS; У PARA QUE CREAN EN MÍ У RECIBAN ASÍ EL PERDÓN DE LOS PECADOS У UNA HERENCIA EN EL PUEBLO SAN­TO DE DIOS. Así, oh rey Agripa, no desobedecí la visión del cielo, sino que primero anuncié el mensaje a los que estaban en Damasco, luego a los de Jerusalén y de toda la región de Judea, y también a los no ju­díos, invitándolos a convertirse, y a volverse a Dios, y a hacer obras que demuestren esa conversión. Por este motivo, los judíos me arrestaron en el templo y quisieron matarme. Pero con la ayuda de Dios sigo fir­me hasta ahora, hablando de Dios a todos, pequeños y grandes. Nunca les digo nada aparte de lo que los profetas y Moisés dijeron que había de suceder: que el Mesías tenía que morir, pero que después de morir sería el primero en resucitar, y que anunciaría la luz de la salvación tanto a nuestro pueblo como a las o­tras naciones". Al decir Pablo estas cosas en su defensa, Festo gritó: "Estás loco, Pablo. De tanto estudiar te has vuelto loco". Pero Pablo contestó: "No estoy loco, excelentísimo Festo; al contrario, lo que digo es razonable y es la verdad. Ahí está el rey Agripa, que conoce bien estas cosas, y por eso hablo con tanta l¡- bertad delante de él; porque estoy seguro de que él también sabe todo esto, ya que no se trata de cosas sucedidas en algún rincón escondido. ¿Cree Su Majestad lo que dijeron los profetas? Уо sé que lo cree". A­gripa contestó: "¿Piensas hacerme cristiano en tan poco tiempo?". Pablo dijo: "Que sea en poco tiempo o en mucho, quiera Dios que no solamente Su Majestad, sino también todos los que me están escuchando hoy, lleguen a ser como yo, aunque sin estas cadenas". Entonces se levantó el rey, y también el gobernador, jun­to con Berenice y todos los que estaban allí sentados, y se fueron aparte a hablar del asunto. Decían entre sí: "Este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte; ni siquiera debe estar en la cárcel". У Agripa dijo a Festo: "Se podría haber soltado a este hombre, si él mismo no hubiera pedido ser juzgado por el emperador"» (Libro de los Hechos de los Apóstoles, capítulo 26; Versión popular de la Biblia, también de­nominada "Dios Habla Hoy", de 1996).

Según la Wiquipedia, el rey Agripa (27-100 de nuestra era) que escuchó la defensa del apóstol Pa­blo, junto con el procurador Festo, se llamaba originalmente Marcus Julius Agrippa y es más conocido co­mo Herodes Agripa II, bisnieto de Herodes el Grande (74-1 antes de la ЕС, autor de la matanza de los ni­ños inocentes), nieto de Aristóbulo IV (31-7 antes de la ЕС) e hijo de Herodes Agripa I (10 antes de la ЕС - 44 de la ЕС, asesino del apóstol Santiago). Agripa II se había criado en la corte del emperador Claudio, pero debido a que tenía sólo 17 años cuando murió su padre, no le dieron el reino que éste tenía. Más tar­de, cuando murió su tío, el rey Herodes de Calcis, le dieron su principado. El rey Herodes de Calcis se ha­bía casado con la hermana de Agripa II, Berenice. Más tarde Claudio le dio a Agripa II la responsabilidad de nombrar al sumo sacerdote de los judíos, y cambió Calcis por algunos principados en la Palestina del norte. Agripa II también recibió el título de rey. Su audiencia con Pablo le hizo exclamar, irónicamente se­gún algunos doctos bíblicos, haber estado a punto de hacerse cristiano; pues las presiones políticas y fami­liares, así como el matrimonio incestuoso de Agripa II con su hermana Berenice y quizó también su propia carga de hábitos privados contrarios a la limpieza moral y de difícil renunciación, son los mejores argu­mentos a favor del punto de vista de dichos doctos.

Por su parte, Berenice (28 - aproximadamente 80 o poco más) fue una princesa judía, hija de Hero­des Agripa I y hermana del rey Herodes Agripa II, perteneciente a la dinastía herodiana, que gobernó en la provincia romana de Judea entre los años 39 y 92 de nuestra era. Escasos datos sobre su vida han llega­do a través de Flavio Josefo, quien narró la historia del pueblo judío y escribió un relato de la gran rebe­lión judía del 66. Además, se encuentran menciones sobre ella en Tácito, Juvenal, Dion Casio y Suetonio; y en los Hechos de los Apóstoles también se la nombra. Desde el Renacimiento se ha hecho famosa por su tumultuosa vida amorosa, reputación que comenzó a partir de los antiguos autores romanos, quienes se hi­cieron eco de la desconfianza contemporánea hacia las princesas orientales. Después de una serie de ma­trimonios fallidos en los años 40, pasó gran parte del resto de su vida en la corte de su hermano Agripa II, entre rumores (aparentemente bien fundados) de la existencia de una relación incestuosa entre ellos. Durante la primera guerra judeo romana, comenzó una relación amorosa con Tito Flavio, hijo de Vespasiano y futuro emperador. Su impopularidad entre los romanos, sin embargo, obligaron a Tito a cesar su relación con Berenice al ascender al trono en el año 79. Cuando él murió, dos años después, Berenice desaparece de la documentación histórica.

En realidad, a pesar de su brevedad, la vida de Tito (39-81, 41 años) estuvo marcada por muchos sucesos históricos significativos, como la guerrajudeo-romana empezada en el 66 del primer siglo y culmi­nada con el sitio y la conquista de Jerusalén en el 70. Tito tuvo un papel muy importante en la guerra, co­mo comandante de las fuerzas romanas de asedio y fue él quien dirigió la destrucción de la capital judía y de su Templo, aunque parece que quiso salvar a este útimo debido a su belleza monumental pero las cosas se le escaparon de las manos. Fue en aquellos años cuando Tito conoció a la princesa Berenice, hermana del rey de Judea Agripa II, aliado de Roma. Los dos se enamoraron y empezaron una relación que continuó du­rante toda la guerra hasta que Tito tuvo que volver a Roma para celebrar el triunfo de su padre Vespasia­no en el 71. Cuando se encontraron por primera vez, Tito apenas tenía 28 años y Berenice 39 y había esta­do casada ya 3 veces. No son muchos los autores antiguos que hablan de la relación amorosa entre el futu­ro emperador de Roma (Tito) y la princesa oriental (Berenice). Flavio Josefo, historiador judío y uno de los testigos más importantes de la guerra judeo-romana, omite por completo este aspecto de la vida de Ti­to. Otros historiadores, como Tácito y Suetonio, hablan muy poco de ella. El silencio de los autores de­muestra la hostilidad que Berenice suscitaba en la opinión pública romana, que la considerada un potencial peligro para la estabilidad del imperio. Además, circulaban fuertes rumores de que existía una relación in­cestuosa entre Berenice y su hermano Agripa. Según algunos autores, el tercer matrimonio, que la prince­sa contrajo con Polemón rey de Cilicia en el año 65, tenía el objetivo de disipar esos rumores. Pero la unión matrimonial no duró casi nada y el año siguiente Berenice abandonó a su marido para volver a la corte de su hermano. En el mismo año 66 tuvo lugar el primer encuentro con Tito. Su relación con Tito evocaba la de Marco Antonio y Cleopatra y, por su personalidad y sus orígenes orientales, a menudo Berenice fue compa­rada a la reina egipcia: una "Cleopatra en miniatura" como la describe Theodor Mommsen en su obra (es decir, una reina inteligente y carismàtica que supo jugar bien con la baraja diplomática para esquilmar de Roma buenos dividendos o ganancias a favor de su país). Pero, a pesar de todo, en el 75 Berenice llegó a Roma junto con su hermano; y, en la capital, Agripa recibió los “ornamenta praetoria" (distinción honorífica de pretor) y Berenice vivió en el palacio imperial, reanudando su relación con Tito. Es muy probable que Berenice esperase convertirse en emperatriz casándose con él y por eso se quedó en Roma hasta el 79; y durante su larga estancia actuó y se comportó como una esposa, llegando incluso a participar en algunos “consilia" (asambleas jurídicas y políticas de ordenación del régimen interior romano); su influencia sobre Tito fue muy fuerte y se reflejó también en las condiciones de los judíos y de los cristianos, que durante los reinados de Vespasiano y de Tito pudieron profesar su religión con libertad. Algunos historiadores mo­dernos piensan que el mismo Tito estuvo muy cercano al ambiente cristiano, tal vez conmovido por haber recibido alguna clase de información acerca de la actuación de los seguidores de Jesús que huyeron de Ju­dea en el año 66 siguiendo las indicaciones proféticas de Jesucristo. Pero cuando Vespasiano fue procla­mado emperador, fue inaceptable en Roma que el heredero al trono (Tito, hijo de Vespasiano) tuviera una amante de este talante; no se trataba de escrúpulos morales, bastante escasos en Roma, sino que se temía más bien que la presencia de una princesa carismàtica oriental conllevase un aumento de los elementos ti­ránicos del régimen. Es muy probable que Tito tuviera la intención de casarse con Berenice, pero todo en ella representaba una amenaza para el equilibrio del imperio, pues, además, la princesa había ya dado muestra de sus “agallas" durante la guerra, cuando intervino para impedir la masacre de la población en Jerusalén, arriesgando su propia vida ante Floro. El historiador Dion Casio cuenta que hubo una segunda vi­sita de Berenice a Roma, cuando Tito ya era emperador, pero esta vez su estancia fue mucho más breve y ella tuvo que volver a Judea. Después no se sabe lo que le ocurrió a la princesa ni la fecha exacta de su muerte, porque todas las fuentes testimoniales cesan de hablar sobre ella.

Regresando hacia los finales del año 65 o principios del 66, aproximadamente, tras la espantosa matanza que los soldados romanos bajo Floro perpetraron en el barrio o mercado alto de Jerusalén, con un saldo de unos 3600 judíos muertos en aquella trágica jornada, contando mujeres y niños; Floro no dejó que se apagaran los ánimos de una posible revuelta, sino que los avivó aún más. Al día siguiente de la matanza, la multitud acudió al barrio alto y prorrumpió en escalofriantes gritos de duelo por los muertos, a la usan­za judía, entre los que se mezclaban gritos contra Floro. Los altos sacerdotes y los personajes judíos más notables, asustados de ello, se rasgaron las vestiduras (según costumbre típicamente hebraica) y se pos­traron ante la multitud para rogarles que no provocasen a Floro y atrajesen con ello nuevas desgracias y calamidades. La multitud les hizo caso y se dispersó. Pero Floro no estaba satisfecho. Exigió a los sacerdo­tes y notables que ordenasen al pueblo que acudiesen al encuentro pacífico de las tropas que en ese mo­mento venían desde Cesarea (dos cohortes más); sin embargo, mientras ellos convocaban al pueblo, el pro­curador envió mensajeros a los centuriones de esas cohortes para que prohibiesen a sus soldados devolver el saludo a los judíos y, en caso de que dijeran algo en contra de él, que utilizaran sus armas. Los más sedi­ciosos de Jerusalén no quisieron obedecer al principio a los sacerdotes y se atrajeron el apoyo de las ma­sas, todavía muy impresionadas por la matanza anterior. Fueron entonces los propios sacerdotes los que tomaron de nuevo la iniciativa y, provistos de los ornamentos sagrados y con la cabeza cubierta de ceniza, consiguieron convencer a la muchedumbre mediante muchos ruegos y súplicas, haciéndoles ver que los ro­manos buscaban un pretexto para apoderarse de todo el tesoro del Templo y saquear la ciudad.

Por lo tanto, a instancias de los sacerdotes, las muchedumbres judías salieron, pues, al encuentro pacífico de los soldados y les saludaron al pasar éstos junto a ellos; pero como las tropas no les contesta­ron, los más exaltados comenzaron a proferir gritos contra Floro. Esa era la señal que esperaban los roma­nos para cargar contra los judíos, de modo que las tropas se desplegaron, les rodearon y les golpearon con palos sin ningún miramiento, mientras que la caballería arrollaba a los que huían y los pisoteaba. Cundió el pánico y la multitud se apelotonó en las puertas de la ciudad. Muchos murieron asfixiados y pisoteados por la propia masa humana, que era empujada violentamente por los soldados por detrás, en dirección al barrio norte. Los soldados recién llegados, por un lado, y Floro y sus tropas desde el palacio real, por otro, que­rían llegar hasta la fortaleza Antonia y el Templo. Pero las gentes empezaron por fin a reaccionar; se dis­tribuyeron por los tejados y comenzaron a atacar a los romanos con dardos, piedras y otros proyectiles, y los soldados tuvieron que retirarse al campamento situado en las inmediaciones del palacio real, al no po­der superar a la muchedumbre que les bloqueaba el paso por las callejuelas. Los sublevados actuaron con rapidez; se subieron a los pórticos que comunicaban el Templo con la fortaleza Antonia, cortando de este modo las pretensiones de los romanos. Floro, viendo fracasados sus planes de llegar al Templo, convocó a los sacerdotes y al Sanedrín y les dijo que abandonaría la ciudad, pero que dejaría en ella la guarnición que ellos considerasen oportuna si se comprometían personalmente a mantener el orden. A sí se lo prometie­ron, y Floro, dejando una cohorte, volvió a Cesarea con el resto del ejército.

Una vez en Cesarea, Floro escribió al gobernador de Siria, Cestio Galo, responsabilizando a los judíos del comienzo de las hostilidades; pero las altas autoridades de Jerusalén, y con ellos también la propia hermana del rey Agripa (Berenice) hicieron otro tanto, contándoles a Cestio los numerosos ultrajes y crí­menes cometidos por Floro contra la ciudad. Cestio, tras consultar con sus oficiales, decidió enviar prime­ro, antes de acudir con las legiones, a alguna persona de su confianza para que le informase sobre la situa­ción y sobre las intenciones de los judíos. Mandó a uno de sus tribunos, que se encontró con el rey Agripa en una ciudad de la llanura filistea cuando éste volvía de Alejandría. Habían acudido también allí para salu­dar al rey las altas jerarquías sacerdotales judías, los notables y el Sanedrín. El rey Agripa decidió ir a Jerusalén para calmar los ánimos, y el pueblo salió de la ciudad a recibirle, con los familiares de las vícti­mas de la matanza al frente de la multitud. Llegados a la ciudad, el rey y el tribuno romano comprobaron personalmente los daños. En la explanada del Templo se convocó al pueblo, y el tribuno le elogió su fideli­dad y le exhortó a mantener la paz. Los sacerdotes se dirigieron al rey y le pidieron que enviara embaja­dores a Nerón para acusar a Floro y no aparecer como sospechosos de rebelión por guardar silencio ante una matanza de tan grandes proporciones. Poco después, el rey convocó de nuevo al pueblo en uno de los estadios de la ciudad, y allí pronunció un discurso con objeto de calmar los ánimos y evitar a toda costa la sublevación. El discurso, íntegramente reproducido por Josefo (La guerra de los judíos, libro II, 345 a 404), es una pieza oratoria de gran calidad, y seguramente sin reinterpretaciones añadidas por el propio Josefo, pues éste dice en otra de sus obras que unos 10 años después de estos hechos le entregó perso­nalmente su obra sobre la guerra judía a Agripa en Roma y que éste la elogió y recomendó por carta su lec­tura a otras muchas personas. El discurso comenzó con un exordio en el que el rey habló claramente de sus propias intenciones (evitar la guerra) y rogó a todos que examinaran uno por uno los motivos por los que el pueblo se sentía impulsado a sublevarse. Entre otras cosas, dijo: "No hay nada que haga frente a los golpes como el hecho mismo de aguantarlos, pues la paciencia de los agredidos provoca la confusión entre los a­gresores". Agripa expuso a continuación un cuadro general de la formidable potencia militar romana, enu­merando uno por uno, del oriente al norte y del sur a occidente, todos los grandes pueblos y naciones so­metidos al poder de Roma (casi todo el Mundo conocido entonces), haciendo ver así a los judíos su propia insignificancia y su escasez de recursos para enfrentarse a todo un Imperio: griegos, macedonios, galos, germanos, las numerosas ciudades de Asia Menor, tracios, ilirios, iberos, egipcios, etc. Añadió: “Sólo nos queda refugiarnos en la alianza divina. Pero Dios... esta también de parte de los romanos, puesto que es El el que les ha permitido crear un imperio tan extenso". Por último, expuso crudamente las calamidades que, por la mala decisión de unos pocos y por la crispación de los ánimos en esos momentos, podían provocar en­tre sus propios compatriotas y familiares (ancianos, mujeres y niños), además de que facilitarían la com­pleta destrucción del Templo y de las ciudades judías. Cuando acabó de hablar, dice Josefo, rompió a llo­rar junto con su hermana Berenice, y sus lágri­mas calmaron bastante los ímpetus de las ma­sas. Gritaban algunos que no luchaban contra los romanos, sino contra Floro, y Agripa les replicó que los hechos les desmentían, pues habían de­jado de pagar el tributo al César y habían demo­lido los pórticos de la fortaleza Antonia en Je- rusalén; y les exhortó seguidamente a pagar ese tributo y a reconstruir dichos pórticos, dicién- doles que ni uno ni otro eran de Floro. Ante es­to, el pueblo quedó medianamente convencido, y los magistrados y miembros del Sanedrín se dispusieron a ir por las aldeas recaudando el tributo. De esta forma parecía que el peligro de la guerra se alejaba. Sin embargo, Agripa so­breestimó su propio poder de convicción y quiso también persuadir al pueblo para que de momen­to obedecieran a Floro hasta que el César envia­ra a otro procurador. Sin embargo, aquella re­comendación echó todo a perder y la masa de los judíos, excitada por los zelotes y otros ex­tremistas, insultaron al rey y algunos hasta le lanzaron piedras, haciéndole abandonar Jerusa- lén. Agripa envió a Cesarea como comisionados ante Floro a los notables judíos, para que éste escogiera entre ellos a los que habían de reco- ger los tributos, y a continuación se retiró a su reino, en el nordeste de Palestina.

Pero, en realidad, la revuelta ya había empezado. Un grupo de zelotes y sicarios se dirigieron a la antigua y casi inexpugnable fortaleza herodiana de Masadó, y tras tomarla por sorpresa degollaron a la guarnición romana que la ocupaba y pusieron a gente de los suyos para custodiarla. Un tal Eleazar, hijo del Sumo Sacerdote y que ostentaba el cargo de comandante del Templo, convenció a todos los exaltados para que se prohibiesen en el Templo las ofrendas y sacrificios hechos a favor de los extranjeros. De este mo­do se dejaron de hacer los sacrificios diarios que hasta entonces se hacían por la salud del emperador. Los notables de la ciudad, los altos sacerdotes y los jefes fariseos intentaron convencer a los sediciosos, pero el control de la multitud se les había escapado ya de las manos. Enviaron en secreto embajadores a Floro, por un lado, y al rey Agripa, por otro, rogándoles el envío inmediato de tropas para acabar con la revuelta en sus comienzos, antes de que ésta incendiase toda Judea. Agripa envió un destacamento de unos dos mil jinetes, que se apoderaron de la parte de Jerusalén conocida como "ciudad alta", y con ellos se refugiaron los notables judíos, los altos sacerdotes y todos aquéllos que deseaban la paz. Los sediciosos los acosaron con proyectiles y con escaramuzas durante una semana. Los grupos de sicarios salieron ahora a la luz y se unieron a los amotinados. Las masas incendiaron el palacio de los antiguos reyes asmoneos y los edificios a­nexos que habían sido construidos por Agripa II, y quemaron también los archivos para hacer desaparecer los contratos de los préstamos y las deudas, los cuales no tar­daron en arder puesto que co­menzaba a declararse un tórri­do verano (el aciago verano del año 66). La sublevación tomaba así un cariz demagógicamente revolucionario y social. Las tro­pas del rey, arrinconadas, tuvie­ron que retirarse al otro palacio real (el que había pertenecido a Herodes el Grande), situado junto al campamento de la co­horte romana. Los rebeldes ata­caron entonces la fortaleza An­tonia, donde se habían refugia­do algunos soldados de la guar­nición romana, que fueron cap­turados y ejecutados. La forta­leza fue incendiada, y los rebel­des asaltaron de nuevo el pala­cio real, donde estaba el resto de las tropas romanas y los sol­dados de Agripa; pero la mayo­ría de los sacerdotes y oligar­cas judíos, que habían estado con ellos, huyó por las galerías y las alcantarillas subterráneas.

Un fanático zelote llamado Manahem (hijo del famoso mesías fallido llamado Judas el Galileo, que se levantó contra los romanos y fue eliminado por éstos en tiempos del gobernador Quirino, a principios del siglo I de nuestra era) volvió de Masadó con una guardia personal de bandidos perfectamente equipa­dos en los arsenales de la fortaleza y se hizo el jefe de la revuelta, dirigiendo el asalto contra el palacio real. Se permitió salir a los soldados de Agripa y a otros judíos, bajo juramento de respetar sus vidas, y entonces los romanos se quedaron solos y completamente desalentados. Unos sicarios sorprendieron al Su­mo Sacerdote escondido en un canal cercano y le asesinaron. Sin embargo, pronto surgieron las disensio- nes entre los rebeldes a causa de los excesos de Manahem, cuya tiranía y crueldad se hacían insoportables incluso para muchos sublevados, sobre todo para Eleazar y su grupo, y éstos se apoyaron en el profundo o­dio que la mayoría de la población sentía hacia los sicarios, que tanto les habían aterrorizado hasta poco antes de la revuelta. Manahem fue sorprendido cuando con una pequeña escolta de los suyos se paseaba a­rrogantemente por la explanada del Templo: la muchedumbre se les echó encima, y aunque el propio Mana­hem consiguió huir, luego fue capturado, escondido en una cloaca, y linchado salvajemente. De este modo acabó la efímera jefatura de estos sicarios en Jerusalén; el resto de sus hombres huyeron a refugiarse con los suyos en la fortaleza de Masada. Entretanto, el prefecto romano, sitiado junto a sus soldados, en­vió emisarios al nuevo jefe de las masas sublevadas, Eleazar (no menos fanático y criminal que el anterior), ofreciendo entregarse a cambio de sus vidas. Los rebeldes aceptaron y enviaron a algunos judíos a esta­blecer los acuerdos y juramentos. El prefecto bajó con sus soldados. Nadie les atacó mientras estuvieron armados; pero cuando, según lo pactado, los romanos en­tregaron sus armas y se dispusieron a retirarse, los hom­bres de Eleazar los rodearon y los mataron a todos, ex­cepto al propio prefecto, que fue el único que les suplicó que le perdonasen la vida con la promesa de hacerse judío y circuncidarse. La matanza de estos romanos, según hace notar Josefo, había tenido lugar en sábado, día sagrado de los judíos y evidentemente profanado por Eleazar. A­hora, consumada esta acción, todos comprendieron que la guerra era del todo irreversible. Ese mismo día, los habi­tantes grecosirios de Cesarea asesinaron a todos los ju­díos que aun quedaban en dicha ciudad (varios miles). El propio Floro y sus tropas colaboraron en la matanza. Los judíos, a su vez, saquearon varias aldeas de Siria y algunas ciudades de la Decópolis, así como otras ciudades de la franja de Gaza. Los sirios, por su parte, mataron a los ju­díos de sus ciudades. Josefo escribe: "Todas las ciudades se dividieron en bandos, y la única forma de salvarse era que los unos se anticiparan a dar muerte a los otros".

Poco se sabe de lo que sucedió con las comunidades cristianas asentadas en la zona palestinense durante el ve­rano del 66. La Biblia no contiene información al respecto, pues desde el año 65 (en que el apóstol Pablo, en Roma, es­cribió su Segunda Epístola al cristiano Timoteo desde la pri­sión en donde se hallaba y en donde ese mismo año fue de­capitado por orden de Nerón) hasta el año 96 (cuando el a­póstol Juan, casi centenario, escribió el Apocalipsis en su a­prisionamiento en la ista de Patmos) existe una laguna docu­mental en este sentido. Ahora bien, según la tradición ecle­siástica primitiva, de fiabilidad incierta, los cristianos de Jerusalén y de Judea emigraron poco a poco al otro lado del río Jordán, hacia la región de Perea, de tal manera que du­rante aquel sofocante verano del 66 sólo quedaría un rema­nente menos grueso de seguidores de Jesucristo en la zona duramente afectada por la sublevación. En las comunidades de Siria parece que en general fueron respetados y tolera­dos, entre otras cosas porque quizás las comunidades cris­tianas del lugar eran plurirraciales y habían dado muestras de su pacifismo y de su distanciamiento de las controversias sociopolíticas de la época. Dice Josefo, tal vez en alusión a los cristianos y a matrimonios mixtos de sirios y judíos, que los sirios tenían bajo sospecha a los simpatizantes de los hebreos pero nadie se atrevía decididamente a matar a este grupo ambiguo que había entre ellos, aunque recelaban de esta población mixta y la trataban como si fuera una masa de ex­tranjeros.

Para agosto-septiembre del año 66, las matanzas aumentaron enormemente por toda Palestina. La descripción de Josefo es estremecedora: "Incluso los que antes habían parecido más pacíficos eran ahora empujados por la avaricia a cometer crímenes contra los enemigos. Se robaban impunemente los bienes de las personas asesinadas y se llevaban a sus propias casas los despojos de las víctimas, como si se tratara de una batalla. Era considerado un individuo famoso aquél que mas provecho había sacado, dado que éste e­ra el que había asesinado a mas gente. Se podían ver las ciudades llenas de cadáveres sin sepultar y tira­dos en el suelo los cuerpos de ancianos, de niños pequeños y de mujeres, a las que no habían dejado nada que cubriera su pudor. Toda la provincia se llenó de desgracias inenarrables, pero aun peor que las cruel­dades que tenían lugar cada día era la tensión que producía la amenaza de nuevos males". Los muertos se contaban por decenas de miles en diversas ciudades (Escitópolis, Ascalón, Ptolemaida, y muchas otras), y eran muchos mas los detenidos y encarcelados, según el odio o el miedo que cada una de ellas sintiera ha­cia la población judía, asegura Josefo. Tan sólo Antioquía, Sidón, Apamea y Gerasa impidieron que se mata­se o apresase a ningún judío residente en ellas. En el reino de Agripa II algunos cortesanos conspiraron a­provechando la ausencia de este rey, que había ido a Antioquía a ver al gobernador romano Cestio Galo, pe­ro fueron eliminados. Los soldados romanos de la fortaleza de Maqueronte, en la Transjordania, recibidas garantías suficientes, se retiraron del lugar, que fue ocupado por los judíos sediciosos. También en Egipto, en la superpoblada Alejandría (una ciudad de casi 300.000 habitantes) hubo revueltas antijudías. Las au­toridades romanas castigaban diariamente a gente de los dos bandos, grecoegipcio y judío, para reprimir los disturbios. Pero tras uno de esos incidentes diarios, la multitud judía se amotinó y se dirigió hacia el anfiteatro con antorchas, amenazando con quemarlo con todos los alejandrinos allí reunidos. El goberna­dor, Tiberio Alejandro (emparentado con la aristocracia judía de la ciudad), para evitar una matanza sobre los grecoegipcios intentó al principio disuadir a los hebreos con razonamientos, a través de personalidades de prestigio en su comunidad, pero los amotinados les insultaron y les echaron. El gobernador envió enton­ces a las dos legiones romanas acampadas en la ciudad. Las tropas entraron en el barrio denominado Delta, el principal de los dos barrios judíos (los otros 4 barrios de Alejandría se denominaban también con las primeras letras del alfabeto griego), y saquearon y quemaron las casas, con mujeres, niños y ancianos den­tro. Josefo da la cifra a­parentemente exagerada de 50.000 cadáveres a­montonados; con todo, de­bieron de ser varios mi­les, aunque la matanza pa­rece que fue obra sobre todo de la plebe de Ale­jandría más que de los propios romanos.

El gobernador de Siria, Cestio Galo, decidió que ya era el momento de intervenir militarmente en Judea. Reunió a la le­gión XII (Fulminata), más 2000 soldados escogidos de las otras tres legiones que había en Siria, a los que añadió numerosas fuerzas de caballería, y muchas tropas auxiliares. El rey Agripa II aportó 3000 soldados de infantería y un millar largo de jinetes. Agripa en persona acompañó a Cestio con el ejército. Se incendiaron algunas poblaciones rebeldes que encontraron desiertas a su paso, pues la gente había huido a las montañas. Tras la marcha de las tropas romanas, los judíos aparecie­ron por sorpresa y cayeron sobre algunos de los auxiliares sirios que se entretenían demasiado en los saqueos de esas poblaciones, y mata­ron a varios centenares de ellos. Cestio asaltó la ciudad de Jope, cu­yos habitantes fueron cogidos tan desprevenidos que no tuvieron tiempo ni de huir ni de defenderse. Murieron más de 8000 personas, según Josefo. Varios destacamentos romanos asolaron toda la región, y una parte del ejército fue enviada a Galilea. La ciudad mas fortifi­cada de Galilea, Séforis, se mantuvo pacificada y recibió a los roma­nos con aclamaciones, por lo que todas las demás ciudades galileas im­portantes les imitaron, aunque numerosos grupos de rebeldes y bandi­dos huyeron a los montes, siendo luego cercados y desbaratados por los romanos. Cestio prosiguió el avance por Judea e incendió Lida, que también encontró vacía. Los de Jerusalén, sin embargo, hicieron una salida repentina contra las fuerzas romanas que se acercaban, y llega­ron a ponerlas en apuros, aunque la maniobra de la caballería y de la infantería no implicada en la lucha salvó la situación para los romanos. Con todo, el revés fue de considera­ción: murieron mas de 500 romanos frente a una veintena de bajas judías.

Probablemente, hacia la segunda mitad de septiembre del año 66 ocurrió esta repentina desgracia bélica contra los romanos, donde perdieron medio millar de hombres y donde también pudieron constatar que no sería nada fácil tratar de combatir la rapidez y la eficacia de las guerrillas judías. Cestio Galo per­maneció en el lugar (es decir, en el entorno de Lida) durante varios días, y nuevamente fue hostigado en la retaguardia por diversos grupos de guerrilleros. El rey Agripa II, considerando la situación y viendo el pe­ligro que podía correr el ejército de Cestio, envió negociadores a Jerusalén, pero los extremistas zelotes los atacaron antes de que pudieran siquiera decir a qué habían ido. A la gente del pueblo que protestó por este hecho, los extremistas la apalearon y apedrearon. Josefo explica estos acontecimientos de la si­guiente manera: "Agripa trató ahora de negociar con los judíos. Envío a dos de sus amigos a ofrecerles la amnistía en nombre de Cestio, si los judíos entregaban las armas. Pero los rebeldes, temiendo que la multi­tud entera pudiera aceptar la propuesta, atacó a los emisarios, dando muerte a uno e hiriendo a otro. Los ciudadanos que protestaron por esta acción fueron apedreados y apaleados".

Debían ser las proximidades del mes de noviembre del 66 cuando Cestio puso sus tropas en orden de batalla, pero los judíos, impresionados por los efectivos militares, la férrea disciplina y la amenazadora formación de batalla del ejército romano, se refugiaron todos en el interior de la ciudad santa. A conti­nuación, Cestio parece que envió un ala de su ejército en avanzada y prendió fuego a las casas de los su­burbios de la parte norte de Jerusalén (la Bezeta) sobrepasando con relativa facilidad las murallas sudoc­cidentales que la protegían. Esta era la denominada "tercera muralla" de la ciudad, de construcción más reciente y menos inexpugnable que las otras 2 murallas de la misma ciudad (pues había 3 murallas que de­fendían el perímetro de Jerusalén). La construcción de la misma fue iniciada por el rey Herodes Agripa I en el año 41 y se detuvo en el año 44, a causa de la muerte de este monarca; pero al comienzo de la gran rebelión judía, en la primavera del año 66, los sublevados completaron la construcción de dicha muralla co­mo medida cautelar frente a posibles represalias futuras de los romanos y de sus apoyadores. Unos 3 días antes del ataque e incendio de la Bezeta, Cestio acampó con el grueso de sus tropas en extramuros, en un enclave llamado Monte Escopo (Scopo o Skopus), a un kilómetro de Jerusalén, donde probablemente había una atalaya u observatorio desde el cual se dispondría de una buena vista de la ciudad y de todo su períme- tro, así como de todo el teatro de operacio­nes militares previstas contra la parte norte­ña y central de la ciudad. También parece que durante el asalto incendiario de la Bezeta, o tal vez a continuación del mismo, Cestio orde­nó un segundo asentamiento o campamento ro­mano en las inmediaciones de la Ciudad Alta (barrio alto), frente al palacio real (Palacio de Herodes), como entre 100 y 400 metros de distancia del denominado "primer muro" de la ciudad, donde posteriormente también acam­parían las legiones de Tito (en la primavera del año 70). Respecto a esta primera muralla, parece que fue construida por el rey Ezequías de Judó a finales del siglo VIII antes de la ЕС, pues en la Biblia hay una descripción de­tallada de su edificación en las vísperas de la invasión asiria en el territorio palestinense; se trataba de una muralla increíblemente an­cha (de cerca de 7 metros), según los restos arqueológicos encontrados, y construida con grandes piedras; una poderosa fortificación i­deada para proteger un nuevo barrio residen­cial construido en la colina sudoeste de Jeru- salén, que, hasta aquel entonces, comprendía sólo la Ciudad de David y el Templo en el Monte Moría; pero la muralla fue dañada a comienzos del siglo VII antes de la ЕС, cuando Jerusalén fue conquistada por los babilonios bajo Nabucodonosor; no obstante, hacia el siglo II antes de la ЕС, esta primera muralla fue restaurada por los gobernantes asmoneos o ma- cabeos, que invirtieron ingentes esfuerzos por aumentar el área de Jerusalén y reforzar sus fortificacio­nes. Por consiguiente, dicha primera muralla era mucho mas sólida que la tercera, razón por la cual la ofen­siva inicial de Cestio Galo contra la ciudad santa se dirigió a la parte mas baja y aparentemente mas vulne­rable de la tercera muralla.

Tal vez Cestio hubiera podido entonces forzar varias de las diversas entradas de la ciudad y apode­rarse rápidamente de ella, puesto que parece que los rebeldes zelotes se encontraban en ese momento muy intimidados y no poseían pleno control sobre la situación en intramuros, dado que muchos de los judíos sitiados albergaban la esperanza silenciosa de que se pactara una honrosa rendición, permitiéndose al fin que los romanos entraran en la ciudad y la controlaran, terminando así con aquella amarga y descabellada rebelión. Sin embargo, el máximo comandante romano adoptó una postura extremadamente desconfiada y prudencial, puesto que ignoraba el verdadero estado de vulnerabilidad de la ciudad y evidentemente no percibía que los ánimos de los sitiados estaban muy divididos y que era tal la desazón que, según Josefo, no hubiera sido muy difícil el éxito de los atacantes. A esto habría que añadir que, según parece y también según lo que afirma Josefo, la mayoría de los comandantes de la caballería y algunos prefectos del ejérci­to de Cestio hicieron desistir a éste de la idea de continuar asaltando la ciudad porque estaban soborna­dos por el dinero que les dio Floro (dicho soborno es una afirmación cuestionable, pero en todo caso sí es posible que aquellos comandantes estuvieran temerosos de que se produjeran emboscadas en intramuros y hasta en la retaguardia de los campamentos en extramuros, dado que no era posible ignorar una eventual acción guerrillera venida desde las colinas y montañas circundantes). Parece que algunos notables de la ciudad le hicieron saber a Cestio que le abrirían las puertas de la primera muralla, quizás aprovechando que los zelotes se habían refugiado mayoritariamente en el interior de las murallas del Templo y en la for- taleza Antonia; pero, por lo dicho, el máximo comandante romano no se fiaba de ellos y no les hizo caso. Más bien, los romanos intentaron el asalto por varios puntos de la muralla durante 5 días, pero fueron re­chazados por los defensores. Parece que en una de las últimas ofensivas los romanos hicieron un "testudo" (cubierta que formaban alzando y uniendo los escudos sobre sus cabezas para protegerse), socavaron el muro norte del templo e intentaron incendiar la puerta denominada “de las ovejas", mientras que los de­fensores cedían al verse abrumados por una lluvia de proyectiles lanzados contra las murallas.

Tomada la Bezeta, los romanos de vanguardia avanzaron en “testudo" contra el muro norte del tem­plo, como se ha dicho, con el objetivo de incendiar la “puerta de las ovejas" y penetrar así en lo más inex­pugnable de la ciudad, mientras que los zelotes defensores cedieron al verse sometidos a un alud de fle­chas y proyectiles lanzados por los romanos de la retaguardia contra las murallas inmediatas a dicha puer­ta, mediante sus arqueros y sus máquinas de guerra y catapultas, en apoyo a los zapadores (la vanguardia de soldados bajo testudo que intentaban horadar la puerta). Podemos imaginar a algún cristiano mirando furtivamente, desde la primera muralla, la acometida romana contra la puerta norte del templo, a respeta­ble distancia de seguridad evidentemente, pues parece que toda la actividad bélica de la ciudad se había concentrado ahora en dicha zona y que el resto de la primera muralla apenas estaba siendo defendida ni a­tacada. Probablemente, a un tal espectador, aleccionado en las profecías de Jesucristo acerca de los fines de los tiempos, tendrían que asaltarle y bullirle en la memoria las palabras contenidas en el evangelio (que, con toda seguridad, eran frecuentemente leídas en las reuniones privadas que celebraban los cristianos en la Jerusalén hostil a las buenas nuevas de aquella época): “El profeta Daniel escribió acerca del horrible sacrilegio (se sobreentiende: Daniel el profeta registró una predicción concerniente al desahucie final de la ciudad santa y de su templo, tenido éste por sagrado incluso por los primeros seguidores de Jesús antes de que Dios mismo lo rechazara mediante hacer que el cortinaje que cerraba el recinto del Santo de los Santos se rasgara en dos pedazos cuando el Mesías expiró; por lo tanto, dicha profecía señalaba a una sa­zón que, vista desde el prisma de los judíos en general, tanto de los seguidores de Jesucristo como de los que lo repudiaron, equivalía a un sacrilegio o profanación de aquel centro de adoración universal situado en Jerusalén, tal como efectivamente ocurrió en noviembre del año 66 cuando los ejércitos romanos intenta­ron socavar o zapar la Puerta de las Ovejas que daba acceso a dicho Templo). Cuando ustedes lo vean en el Lugar santo — el que lee, entienda — (se sobreentiende: Estas palabras de Jesucristo llaman atención par­ticular a los cristianos de Judea, puesto que los acontecimientos que describen ocurrirían en Jerusalén, teniendo como centro de atención el Lugar santo o Templo; y el Maestro, sabiendo que tras su muerte se escribirían sus palabras, instó a leer este pasaje sagrado con mucha reflexión, de tal manera que se aplicara en­tendimiento o perspicacia a la interpretación o exegesis de la profecía, sin olvidar que con­cordaba con lo dicho por Daniel el profeta a­cerca del mismo evento), entonces los que estén en Judea, que huyan a las montañas (se sobreentiende: A la zona montañosa que mejor les conviniera en distancia prudencial y salvaguarda, y que resultó ser el entorno inmediato de la ciudad de Pella o Pela); y el que esté en la azotea de su casa, que no baje a sacar nada (se sobreentiende: El cristiano que viere la señal profètica cumplirse no debería dilatarse o entretenerse en huir a las "montañas" por medio de ha­cerse un equipaje o tomar provisiones para el viaje); y el que esté en el campo, que no regrese ni aun a re­coger su ropa. Pobres mujeres aquéllas que en tales días estén embarazadas o tengan niños de pecho (se sobreentiende: Parece que tales palabras aplicarían a mujeres judías que no eran cristianas y, por ende, no atisbarían ninguna señal profètica que las pusiera alerta para huir; sin embargo, toda cristiana que se ha­llara en la zona de peligro y se dilatara en emprender la huida tal vez pudiera verse implicada en el mismo horror que les sobrevendría a sus vecinas judías). Pidan ustedes a Dios que no hayan de huir en el invierno (se sobreentiende: Huir en pleno invierno hacia una zona montañosa donde incluso pudiera nevar en el ca­mino, sin llevar provisiones para tal viaje, podría significar, sobretodo para los niños y los ancianos, una muerte casi segura) ni en sábado (se sobreentiende: Los cristianos que vivieran en la ciudad de Jerusalén estarían sometidos a una serie de leyes sociales propias del judaismo, entre ellas las leyes sabáticas, que suponían una notable restricción para poder entrar o salir de la ciudad santa en día de sábado); porque ha­brá entonces un sufrimiento tan grande como nunca lo ha habido desde el comienzo del mundo ni lo habrá después (se sobreentiende: El sufrimiento del fin del mundo judío del primer siglo, centrado en Jerusalén y su Templo sagrado, sería indescriptible, sin parangón en toda la historia pasada o futura del pueblo de Israel; sin embargo, tal final llegó unos 4 años más tarde del ataque de Cestio Galo, a saber, en el año 70, a manos del general Tito, futuro emperador de Roma). У si Dios no acortara ese tiempo, no se salvaría na­die (se sobreentiende: A menos que Dios interviniera, ni buenos ni malos sobrevivirían; y esto trae a la me­moria el Diluvio, cuando, gracias a que Dios instruyó a Noè para que construyera un arca, él y sus otros 7 familiares fieles fueron los únicos seres humanos que escaparon con vida; pero aquí determinados eruditos ven una aplicación profètica principal para el fin del mundo futuro y no el que ocurrió en Judea en el año 70 de la ЕС, dado que los registros históricos muestran que hubo sobrevivientes judíos que fueron esclavi­zados por los romanos cuando Jerusalén fue destruida en dicho año 70 de nuestra era, esto es: en ese año fatídico para Jerusalén y su templo no fue necesario que Dios acortara el “tiempo de aflicción" en benefi­cio de los fieles seguidores de Cristo en Judea, entre otras cosas porque prácticamente todos ellos habían huido a Pela a partir de finales del año 66); pero lo acortará por amor a los que ha escogido" (Evangelio se­gún Mateo, capítulo 24, versículos 15-22; Versión popular de la Biblia, también denominada “Dios Habla Hoy", de 1996).

Es muy posible que los cristianos que residían en Judea, en aldeas y poblaciones del entorno geo­gráfico de Jerusalén, hubieran emprendido su huida a Pela incluso antes del asedio de la ciudad santa por Cestio Galo en noviembre del 66. Ello estaría en concordancia con el apresto que dio Jesucristo a sus se­guidores unas 3 décadas atrás, en los siguientes términos: “Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejérci­tos, sabed entonces que se acerca su desolación. Entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes (se sobreentiende: La marcha de Cestio Galo hacia la ciudad santa, para asediarla y tomarla, debió ser osten­sible para todos los pobladores de la zona, pues este general romano comandaba un gran ejército que iba devastando, expoliando e incendiando casi todas las villas que se cruzaban en su camino y nadie ignoraría que el punto final de ese itinerario militar era la toma de Jerusalén; por consiguiente, es bastante proba­ble que muchos cristianos de las aldeas y poblados de la zona se hubieran marchado en dirección a las montañas y, de haberse organizado bien, tal vez todos se encaminaron hacia Pela); y los que estén en me­dio de la ciudad, que se alejen (se sobreentiende: Los cristianos de intramuros de la ciudad santa difícil­mente podrían salir de dicha ciudad bajo asedio, de manera que habrían de esperar con confianza en Dios y paciencia a que de alguna manera se les presentara la oportunidad de huir); y los que estén en los cam­pos, que no entren en ella (se sobreentiende: Según los registros históricos, la reacción de los israelitas de las inmediaciones rurales de Jerusalén ante el avance y aproximación de las tropas de Cestio Galo fue la de refugiarse en la ciudad santa, pero los cristianos del lugar estaban aleccionados de que tal maniobra de supervivencia era una trampa que debían evitar); porque éstos son días de venganza (se sobreentiende: Según algunos doctos bíblicos, basándose en la etimología de los términos originales que se traducen "ven­ganza" y también en la concordancia semántica con otros pasajes de la sagrada escritura que mencionan si­tuaciones similares, aquí “venganza" se refiere a justa retribución o pago ineludible, el cual, de no efec­tuarse, pondría en entredicho el amor de Dios por lo que es recto y verdadero, algo que evidentemente se­ría altamente decepcionante en los tribunales celestiales), y se cumplirá todo cuanto está escrito" (Evan­gelio según Lucas, capítulo 21, versículos 20-22; Biblia de Jerusalén de 1975).

La gran pregunta que se harían entre sí los cristianos confinados en Jerusalén ante el asedio roma­no, que auguraba la caída o muerte inminente de la resistencia zelótica atrincherada en el templo y la sub­siguiente y presumible destrucción o fallecimiento de la ciudad, era tal vez la siguiente: ¿Cómo vamos a es­capar de aquí? Para ellos resultaba bastante clara la señal predicha por Jesucristo relativa a la profana­ción del templo por ejércitos acampados contra la ciudad santa, con sus insignias o estandartes idolátricos a punto de ser enarbolados sobre los muros y los edificios de aquel lugar tenido por sagrado, pues la pene- tración romana a través de la puerta norte del templo parecía ya inevitable y una cues­tión de minutos; sin embargo, según la misma profecía, ellos (los cristianos) habrían de huir a las montañas, algo imposible en aquel mo­mento, puesto que no podían salir del recinto protegido por la primera muralla de la ciu­dad, huyendo a través de sus puertas fuer­temente cerradas y defendidas por grupos de fanáticos zelotes. De manera que sólo la fe en las palabras de su maestro, Jesucristo, podía alentarlos en aquella hora fatídica, en la cual el sentido común predecía un desenla­ce muy perjudicial para los judíos atrapados dentro de aquella formidable "primera mura­lla". En efecto, la estrategia de Cestio, que mostraba una desmesurada desconfianza ha­cia los judíos atrapados aunque incluso algu­nos aparentaran ser favorables a la rendición y una enorme indignación e irritación contra todos los asediados, consistía en incendiar y tomar la Bezeta (cosa ya hecha, en primer lugar), y, acto seguido, penetrar en el solar del templo y convertirlo en cuartel general (razón por la cual los legionarios, bajo testudo, intentaban aho­ra socavar la denominada “puerta de las ovejas", es decir, la puerta norte del templo); entonces, desde es­ta ventajosa posición, fácilmente tomar la fortaleza Antonia, habilitando así para todas sus tropas un es­pacioso lugar bastante seguro, completamente invulnerable a las guerrillas judías y bien avituallado y pre­parado para dominar fácilmente cualquier rescoldo de la revuelta. Evidentemente, de haberse alcanzado este objetivo, nadie podría descartar que las tropas romanas (entre las cuales, según Josefo, había solda­dos y comandantes que estuvieron bajo las órdenes del procurador Floro y consecuentemente se destaca­ron por servir de ejecutores en los asesinatos masivos patrocinados por dicho procurador) se extralimita­ran en el asalto a los barrios alto y bajo de la ciudad, protegidos por la primera muralla, y causaran una verdadera masacre en el interior de esta superficie. Por lo tanto, esa última etapa de la toma completa de la ciudad, es decir, la situada dentro de la “primera muralla", podría ser devastadora para los cristianos a­trapados en ella (al no poder escapar con sus familias ni hacia dentro de la ciudad, a causa de romanos y los zelotes, ni hacia fuera de la misma, a causa de las patrullas romanas que rodeaban la ciudad; por otra parte, hubiera resultado bastante fácil para los romanos apoderarse de las amplias murallas en dicha eta­pa final y disparar sus proyectiles hacia los sitiados).

Existen unos comentarios de Flavio Josefo, pertenecientes al capítulo XXIV, libro II, de su obra histórica “Las guerras de los judíos", que refrendan lo que se acaba de exponer. Por ejemplo, acerca de la intentona de Agripa de pactar una rendición con los judíos de Jerusalén, dice: “Viendo Agripa que la mu­chedumbre infinita de los enemigos tenía tomados los montes en derredor (nota: Se refiere a los guerri­lleros judíos escondidos en las montañas cercanas) y que los romanos no estaban seguros de peligro (nota: Se refiere al peligro de que súbitas incursiones guerrilleras diezmaran y desorganizaran fatalmente al e­jército romano), quiso tentar con palabras a los judíos (nota: Se refiere al empleo de astucia dialéctica por parte de Agripa, al objeto de conseguir una rendición pactada de Jerusalén), pensando que o le obede­cerían todos para dejar la guerra, o si algunos en esto contradijesen, él los haría llamar y les diría que se apartasen de aquel propósito. Así que de sus compañeros envió alió a Borceo y a Febo (nota: Se refiere a dos oficiales amigos de Agripa e intengrantes de su ejército de apoyo a Cestio), que sabía ser de ellos muy conocidos, para que les ofreciesen la amistad de Cestio por pleitesía, y cierto perdón que de los pecados les otorgarían los romanos, si dejadas las armas quisiesen acuerdo con él. Mas los escandalosos (nota: Se refiere a los fanáticos zelotes), por miedo de que la muchedumbre, con esperanza de la seguridad, se pa­saría a Agripa, determinaron matar a los embajadores, y mataron a Febo antes que hablase palabra; Bor- ceo huyó herido, y los escandalosos, hiriendo con palos y con piedras, compelieron a los populares que te­nían aquesta hazaña por muy indigna (nota: Se refiere al hecho de que los zelotes agredieron a la muche­dumbre, la cual manifestó su desagrado por el ataque a los dos mensajeros de Agripa y parecía vulnerable a la propuesta de rendición del monarca), que se metiesen en la ciudad. Cestio, hallado tiempo oportuno pa­ra vencerles a causa de la arriesgada discordia entre ellos levantada, trajo contra los judíos todo el ejér­cito, y metidos en huida, fue tras ellos hasta Jerusalén (nota: Se refiere al hecho de que el general roma­no respondió a dicha provocación avanzando con todo el ejército y haciendo que los judíos se refugiaran tras los muros de su ciudad santa)".

También, continuando en el mismo capítulo y en el mismo libro de dicha obra: "Puesto su real en el lugar que llaman Scopo (nota: Se refiere a que Cestio acampó en el monte Escopo), lejos de la ciudad siete estadios (nota: 6 estadios equivalían a 1 kilómetro, aproximadamente), que son menos de una milla, por es­pacio de tres días no hizo cosa alguna contra la ciudad, esperando que por ventura los de dentro en algo a­flojasen (nota: Se refiere a que Cestio esperó 3 días a que los judíos de la ciudad ofrecieran su rendición), y en tanto envió no pequeña cantidad de guerreros militares a recoger trigo por las aldeas de alrededor de la ciudad. El cuarto día, que era a treinta días del mes de octubre (nota: Se refiere probablemente a los actuales últimos días de octubre), metió el ejército, puesto en orden, dentro de la ciudad. El pueblo era guardado por los escandalosos, y ellos, atemorizados de la destreza de los romanos, partieron de los luga­res de fuera de la ciudad, y recogiéronse a la parte de dentro y al templo (nota: Se refiere a que los zelo­tes, en su mayoría, se refugiaron en el recinto del Templo y se parapetaron allí). Cestio, pasado del lugar que llaman Bezetha, puso fuego a Cenópolis (nota: Se refiere al denominado "barrio nuevo" que se añadió a la ciudad después de la muerte de Jesucristo, a causa del aumento de población) y al mercado que se llama de las Materias. Después, venido a la parte mas alta de la ciudad, aposentóse cerca del palacio del rey (nota: Se refiere al palacio de Herodes), y si entonces él quisiera entrar dentro de los muros de la ciudad, poseyérala del todo y diera fin a la guerra (nota: Se refiere al hecho, desconocido por Cestio, de que los aguerridos defensores de la ciudad y de su primera muralla, es decir, los zelotes, se habían atrincherado en el Templo y habían dejado relativamente fácil el franqueo de dicha muralla); mas Tirannio, que era ge­neral, y Prisco y muchos otros capitanes de la gente de a caballo, corrompidos por dineros que les dió Flo­ro, estorbaron la empresa de Cestio e hicieron que los judíos fuesen llenos de males intolerables y de pér­didas que les acontecieron (nota: Se refiere a la afirmación subjetiva, poco verosímil, que hace Josefo de la causa por la que Cestio no tomó la ciudad en aquel lugar y momento convenientes, abreviando con ello el sufrimiento que la no rendición de la misma causó a la masa judía no fanática encerrada tras las murallas). Entretanto, muchos de los más nobles del pueblo, y Anano, hijo de Jonatós, llamaban a Cestio, casi como ganosos de abrirle las puertas, y él, como lleno de ira, y porque no les daba asaz crédito ni pensaba que los debiese creer, túvolos en menosprecio (nota: Se refiere a la gran desconfianza que manifestó Cestio ante la posibilidad de que ciertos judíos de intramuros, opuestos a los zelotes, le facilitaran la entrada a través de la inexpugnable primera muralla), hasta que se hubo de descubrir la traición, y los sediciosos compelie­ron a huir a Anano con los otros de su parcialidad, y meterse en las casas, lanzándoles piedras desde el muro (nota: Se refiere a que los sediciosos zelotes y filozelotes detectaron la amenaza para ellos de los judíos filorromanos y los expulsaron violentamente del muro, a fin de que no pudieran colaborar con los ro­manos). Repartidos ellos por las torres, peleaban contra los que tentaban el muro, pues por cinco días los romanos de todas partes peleaban, y todo en balde (nota: Se refiere a que los zelotes hostigaban desde a­rriba a los romanos que intentaban penetrar la sólida muralla, impidiéndoles franquearla). Al sexto día, Cestio, con muchos flecheros, arremetió al templo por la parte septentrional, y los judíos resistían desde el portal (nota: Se refiere aparentemente a la "puerta de las ovejas" que daba acceso a los patios del Templo), de manera que presto arredraron a los romanos que se llegaban al muro, los cuales, rechazados por Ια muchedumbre de los tiros, a la postre partieron de allí (nota: Se refiere aparentemente a que los zelotes rechazaron con proyectiles los primeros embates romanos contra el muro norte del Templo). Los romanos que iban delanteros, cubiertos con sus escudos, se llegaban al muro, y los que seguían por seme­jante orden, se juntaban con los otros; entretejiéronse, hecha una cobertura llamada testudine (nota: Testudo), o escudo de tortuga, de manera que las saetas que daban encima eran baldías; así que los gue­rreros romanos cavaban el muro sin recibir daño, y quisieron poner fuego a las puertas del templo, porque ya los escandalosos tenían gran temor, y muchos echaban a huir de la ciudad como si luego se hubiera de tomar (nota: Se refiere a los últimos embates romanos en aquel punto del muro norte del Templo, bajo testudo, que estaban resultando ser muy eficaces, al grado que los fanáticos defensores del interior em­pezaron a percibir la derrota judía inminente y algunos de ellos comenzaron a fugarse). De esto se alegra­ba más el pueblo, porque cuanto más partían de ella los muy malos (nota: Los zelotes), tanto mayor licencia tenían los del pueblo para abrir las puertas y recibir a Cestio como a varón de quien habían recibido be­neficios (nota: Se refiere a la expectativa que se estaba generando en la gente no fanática, pues ante la aumentante fuga de zelotes acobardados cada vez se hacía más fácil intentar abrir las puertas de las in­expugnables murallas a los romanos); y de hecho, si poco más quisiera perseverar en el cerco, tomara luego la ciudad (nota: Se refiere a que Cestio no percibía que con un poco más de perseverancia en el socava- miento del muro norte del Templo y en el asedio a otras partes amuralladas, fácilmente hubiera tomado la ciudad); mas yo creo que Dios, que no favorece a los malos (nota: Aparentemente, se refiere a los zelotes y los supuestos comandantes romanos sobornados por Floro), y las cosas santas suyas (nota: Se refiere, por lo visto, a la hipótesis errónea de que Dios protegía de algún modo el Templo) estorbaron aquel día que la guerra feneciese (nota: Se refiere a que la guerra judeo-romana hubo de prolongarse varios años más, pues Cestio se dio finalmente por vencido en la toma de la ciudad)".

Por consiguiente, la gran pregunta de cómo huir a las montañas, que los cristianos confinados en Je- rusalén se estarían planteando ante el asedio romano contra el Templo, que auguraba la caída o muerte in­minente de la ciudad, estaba a punto de ser contestada. En efecto, Josefo concluye el capítulo XXIV del libro II de su obra “Las Guerras de los Judíos" de la siguiente manera: “Así, pues, Cestio, sin saber los áni­mos del pueblo, ni la desesperación de los cercados, hizo retraer su gente (nota: Dio orden a sus tropas de retirarse del asedio), y sin alguna esperanza, muy desacordada e injustamente, sin algún consejo partió (nota: Además, se batió en retirada). Su huida, no esperada, dió aliento a la confanza de los ladrones, tan­to que salieron a perseguir la retaguardia de los romanos y de ellos mataron a algunos, así de los de a ca­ballo como de los de a pie (nota: Esa retirada romana, ordenada por Cestio Galo, fue del todo contrapro­ducente para él y para su ejército, puesto que hizo que los zelotes pasaran rápidamente desde un estado de ánimo derrotista, a punto de claudicar, a un estado de ánimo triunfalista, agresivo y extremadamente virulento, que inicialmente se tradujo en un empuje bélico contra la retaguardia romana que se cobró algu­nas bajas entre los romanos rezagados). Entonces Cestio se aposentó en el real que antes había guarneci­do en Scopo (nota: Aparentemente, la caída de la noche hizo cesar el hostigamiento contra los romanos, que acamparon en el Monte Escopo, donde se establecieron al comienzo, antes de lanzar su ofensiva contra Jerusalén); y al día siguiente, mientras más tardaba, más provocó a los enemigos, los cuales, alcanzando los postrimeros, mataban muchos, porque el camino era de ambas partes cercado de vallas, y tirábanles sae­tas desde ellos, y los postreros no osaban volver hacia los que daban en sus espaldas, pensando que infinita muchedumbre seguía tras ellos (nota: A la mañana, parece que el ejército romano se retiraba pesadamen­te, con dificultad, lo cual envalentonó todavía más a los zelotes; de manera que los sublevados comenzaron a producir numerosas bajas en la retaguardia romana, que huía despavorida, pensando que una enorme can­tidad de guerrilleros la perseguía, razón por la cual no se organizaron para hacer frente a sus perseguido­res y detener así el avance de éstos; y esa caótica desbandada les costó aún mayor cantidad de bajas). Tampoco bastaban a resistir a la fuerza de los que por los lados les aquejaban y les herían, porque eran pesados con las armas por no romper la orden, y porque veían también que los judíos eran ligeros y que fá­cilmente podían comer, donde procedía que sufrían muchos males sin que ellos pudiesen dañar a los enemi­gos (nota: Los romanos se retiraban por temeno desfavorable para ellos, pues dicho temeno irregular y escabroso les impedía usar sus armas y protegerse con los escudos, mientras que los guerrilleros se mo­vían con mucha agilidad y rapidez). Así que por todo el camino los hostigaban, y al romper el orden de la marcha, eran derribados, hasta tanto que, muriendo muchos, entre los cuales fue Prisco, capitán de la sex­ta legión, Longino, capitón de mil hombres, y Emilio Jocundo, capitán de un escuadrón, penosamente llega­ron a Gabaón, donde primero pusieron el real (nota: Se refiere al campamento principal) después que per­dieron mucha munición. Allí se detuvo Cestio tres días, no sabiendo lo que debía hacer, porque al tercer día veían mayor número de enemigos, y conocía que la tardanza le sería dañosa, pues todos los lugares en derredor estaban llenos de judíos y vendrían muchos más enemigos si allí se detuviese; así, para huir más presto mandó a la gente que dejasen todas las cosas que les pudiesen embarazar. У mataron entonces los mulos, los asnos y otras bestias de carga, salvo las que llevaban las saetas y los pertrechos, porque estas tales cosas guardábanlas como cosas que habían menester, mayormente temiendo que si los judíos las to­masen, las aprovecharían contra ellos. El ejército iba delante hacia Bethoron, y los judíos en los lugares más anchos menos los aquejaban; mas cuando pasaban apretados por lugares estrechos o en alguna pasada, vedábanles el paso y otros echaban en los fosos a los postreros. Derramándose toda aquella muchedumbre por las alturas del camino, cubrían de saetas a la hueste, adonde la gente de a pie dudaba cómo se podían socorrer los unos a los otros; y la gente de a caballo estaba en mayor peligro, porque no podían ordenada­mente caminar unos tras otros, pues las muchas saetas y las subidas enhiestas les estorbaban poder ir contra los enemigos. Las peñas y los valles todos estaban tomados por ballesteros, adonde perecían todos los que por allí se apartaban del camino, y ningún lugar había para huir o defenderse. Así que, con incerti­dumbre de lo que debiesen hacer, se volvían a llorar y a los aullidos que los desesperados suelen dar. Al son de aquello correspondía la exhortación de los judíos, que se alegraban, dando grita con muy grande crueldad, y pereciera todo el ejército de Cestio, si la noche no sobreviniera (nota: De no haber caído la noche, según Josefo, todo el ejército romano hubiera sido exterminado), con la cual los romanos se aco­gieron a Bethoron, y los judíos los cercaron por todos los lugares de alrededor por impedirles el paso. Allí, desesperado de poder seguir el camino público, pensaba Cestio, en la huida, e hizo subir en lo alto de las techumbres cuatrocientos guerreros militares de los más escogidos y más fuertes, y mandóles dar voces, según la costumbre de los que son de guarda que velan en los reales (nota: campamentos militares), porque los judíos pensasen que la gente quedaba allí toda; él con todos los otros paso a paso se fueron de allí has­ta treinta estadios (nota: Unos 5 kilómetros), que son poco menos de cuatro millas, y a la mañana, cuando los judíos vieron que los otros se fueron y ellos quedaban engañados, arremetieron contra los cuatrocien­tos, de quienes habían recibido el engaño, y sin tardanza los mataron con muchedumbre de saetas, y luego se dieron prisa de seguir a Cestio; mas él, habiendo caminado buen trecho, huyó en el día con mayor dili­gencia, de tal manera, que los gue­rreros militares, hostigados del miedo, dejaron todos los pertre­chos y máquinas, y los mandrones y muchos otros instrumentos de guerra, de los cuales, después de tornados, se aprovecharon los ju­díos contra los que los habían de­jado, y vinieron hasta Antipótrida (nota: Antípatris) en alcance de los romanos. Al ver que nos los pu­dieron alcanzar, tornaron desde a­llí, llevaron consigo los pertrechos, despojaron los muertos y recogie­ron el robo que había quedado, y con cantares, alabando a Dios, vol­vieron a su metrópoli y ciudad con pérdida de pocos de los suyos. De los romanos fueron muertos cinco mil trescientos de a pie y novecientos ochenta de a caballo".

Así que en torno al día 5 de noviembre del año 66 (basándonos en el testimonio de Josefo) se pro­dujo una abrupta mejoría premorten, inesperada, para la Jerusalén acaudillada por los zelotes. La retirada súbita del ejército romano y sin razón lógica aparente, cuando todo parecía indicar que Jerusalén estaba a punto de caer bajo Cestio Galo con suma facilidad, fue seguida de un aumento explosivo de furor naciona­lista por parte de los judíos insurrectos, que comenzaron a salir a raudales de la ciudad santa para perse­guir a las tropas en retirada, llegando hasta Antípatris, a unos 50 kilómetros de Jerusalén. Después de u­nos pocos días, los judíos perseguidores regresaron a Jerusalén en olor a triunfo teocrático y trayendo consigo enorme cantidad de material de guerra incautado y cantando canciones de triunfo y alabanza a Dios, al presuponer que su aplastante victoria era debida a la cólera divina contra los profanadores roma­nos del Templo. Entretanto, las puertas de Jerusalén quedaron prácticamente abiertas para la salida a los campos y las villas cercanas de la gente que se había agolpado tras las murallas de la ciudad cuando los ro­manos estaban llegando a Escopo; y éste era el momento propicio para la huida hacia las “montañas" de los cristianos de Jerusalén, tal como Jesucristo señaló en su profecía relativa al juicio final de dicha ciudad. Por tanto, todo parece indicar que los seguidores de Jesucristo sólo dispusieron de unos 3 días, aproxima­damente, para salir de la ciudad santa, pues cuando regresaron los insurrectos se cerraron también las puertas de la metrópoli y se militarizó enormemente la misma. Además, los sublevados, y muchos otros ju­díos que creyeron ver la mano divina en la victoria zelótica y que hasta ese momento habían permanecido indecisos, se congregaron en el Templo para idear la siguiente estrategia de guerra. Enseguida, también, con la subida exponencial del fervor patriótico, se empezó a reclutar a los hombres jóvenes para efectuar obras de fortificación y para servir en el principiante ejército.

Imaginemos, pues, lo que podrían esperar aquellos cristianos que no hubieran estado prestos a salir de Jerusalén en aquel breve intervalo de tiempo. Si el cristiano en cuestión estaba en edad militarizable, difícilmente habría podido resistir la presión del reclutamiento, so pena de ser linchado o muerto por trai­dor o acusado de filorromano. Así que hubiera tenido que encarar la disyuntiva siguiente: O exponerse, él y su familia (esposa e hijos, al menos), a sufrir una muerte cruel a manos de los exaltados judíos; o bien, renegar de las enseñanzas del Cristo (relativas a mantener el pacifismo piadoso a toda costa) y adherirque a aquéllos sobre los que gravitaba el repudio divino (los judíos opositores al cristianismo, entre los que po­siblemente se encontrarían los hijos e hijas de los que vociferaron ante Pilato que se diera muerte a Jesu­cristo y se liberara a Barrabás en cambio). De otra parte, si el cristiano en cuestión era una mujer, un an­ciano o un niño, y, por tanto, no se encontraba en condición de ser militarizado, sin duda habría quedado expuesto a la influencia anticristiana de la masa enfervorizada de Jerusalén y además sin poder reunirse con sus hermanos cristianos, puesto que los maestros de la comunidad cristiana del lugar (por haber huido de la ciudad) ya no estarían allí para impartir las enseñanzas y recordatorios de Jesucristo al “rebaño" de “ovejas" cristianas ni para congregar y ayudar pastorilmente a éstas; de manera que, en esas condiciones de total inanición respecto a la Palabra de Dios, la fe de un tal cristiano, alejado del “rebaño" del “Magnífi­co Pastor", estaría en vías de debilitarse y extinguirse, con el presumible resultado final de que dicho cristiano quedaría absorbido y asimilado por lo que pudiéramos denominar la “danza guerrera de los suble­vados".

No existe ninguna explicación definitivamente clara de por qué Cestio Galo retiró sus tropas de Je­rusalén, cuando parecía que ya estaba a punto de tomar la ciudad. Hay comentaristas que han dicho que es­te personaje era un militar de “opereta" y un incompetente, que bajó contra Jerusalén con un tercio de to­do su ejército cuando tenía que haberlo hecho con bastantes más efectivos. Otros han aseverado que era un general indeciso, tal vez demasiado dependiente de la opinión de sus mandos subalternos y que, desgra­ciadamente, en la campaña de Jerusalén una buena parte de dichos mandos estaban corrompidos (Josefo atribuye dicha corrupción a la influencia de Floro, último procurador de Judea). Aún otros creen que las razones de la decisión de abandonar el asedio se debieron a ciertas dificultades inesperadas de la opera­ción, a la falta de máquinas de asedio adecuadas y suficientes, a la proximidad del invierno y al peligro de que las líneas de aprovisionamiento romano fueran cortadas. Es posible que todo esto, y tal vez más, for­mara parte de las causas que precipitaron la retirada de los atacantes. No obstante, no podemos olvidar que había cristianos dentro de Jerusalén cuando Cestio inició su ofensiva y que aquellos cristianos estaban atrapados con riesgo para sus vidas, y además no es posible determinar si la caída de la ciudad bajo este general hubiera significado una masacre contra el pueblo o no (es notorio que unos 4 años más tarde, Tito completó la campaña de Judea tomando Jerusalén, y, aunque quiso ser moderado en el trato dado a los pri­sioneros y en la preservación del Templo, considerando a este último como una joya arquitectónica digna de ser conservada, el control de la agresividad de sus tropas se le escapó de las manos y las huestes roma­nas de asalto, destilando un odio feroz contra los judíos, cometieron las atrocidades más espantosas con­tra la población indefensa y adicionalmente incendiaron el Templo y éste quedó tan derruido que hasta sus cimientos fueron desintegrados). Así que, en vista de esto y para que los seguidores de Jesús pudieran es­capar de la zona de peligro, no conviene descartar la intervención de criaturas angélicas a favor de ellos, por instancia divina; y tal cosa podría haber requerido poner en confusión a los mandos auxiliares del gene­ral romano y despertar en ellos y en él una desazón psicológica desmesurada.

Ahora bien, alguien pudiera objetar a la hipótesis de que la retirada de Cestio Galo se debió, en parte, a la acción angélica, es decir, a sutiles intervenciones de naturaleza subliminal causadas por criatu­ras inteligentes sobrehumanas enviadas por Dios para proteger a los cristianos atrapados en Jerusalén; y para ello podría reforzar dicha objeción apostillando que sólo 2 años antes (en el 64) Nerón desató una brutal persecución contra los cristianos de Roma, en la que tal vez pereció mayor cantidad de seguidores de Cristo que el número total de los cristianos que se encontraban atrapados en Jerusalén en noviembre del 66 y aparentemente no hubo protección divina que bloqueara o anulara dicha persecución neroniana. En principio, pues, tenemos que decir que la objeción así planteada parece tener suficiente fuerza como para hacer desestimar razonablemente cualquier clase de intervención divina contra el ejército de Cestio Galo ante la necesidad de proteger a los cristianos atrapados en la ciudad de Jerusalén. Sin embargo, existen ciertos matices importantes que convendría tomar en cuenta y que podrían debilitar considerablemente la susodicha objeción.

La naración evangélica, por ejemplo, contiene las siguientes palabras de Jesucristo dirigidas a su a­póstol Pedro: "Simón, Simón (se sobreentiende: Simón o Pedro), mira que Satanás ha pedido zarandearlos a ustedes como si fueran trigo (se sobreentiende: En los tribunales celestiales, Satanás había demandado poner a prueba las motivaciones de Pedro y los demás discípulos para demostrar que no debían ser acepta­dos como descendencia de la mujer simbólica y así poder él imputar a Dios errores en la toma de decisio­nes, probablemente aduciendo al hecho de que ellos habían estado rivalizando entre sí para ver quién era el mayor o más importante discípulo al que le correspondería sentarse a la derecha del Mesías en el reino de los cielos, un comportamiento que en dichos tribunales celestiales se consideraría más bien típico de la simiente serpentina; y, con este argumento, el Diablo parecería querer defender adicionalmente la hipóte­sis de que Dios cometía un fuerte error de juicio, o una pretensión ilusoria, al tratar de hacer partícipe a los seres humanos, que son aparentemente competitivos y nada altruistas por naturaleza, de privilegios que deberían estar reservados sólo para seres inteligentes altruistas, en el muy improbable caso de que e- xistiriera alguno con tales características; así que, con un tal argumento, Satanás, también, saldría al paso en cuanto a justificar su propia conducta egoísta, en un intento bien urdido de tratar de demostrar que ninguna criatura de Dios es verdaderamente altruista por naturaleza, y por ello ni él ni los demonios mere­cían un juicio adverso, pues actuaban de manera natural y según las características creativas con las que Dios los había dotado; todo ello, además, vendría a refrendarse y armonizar con la narración que se en­cuentra registrada en los 3 primeros capítulos del libro poético de Job). Pero yo he orado por ti, para que no falte tu fe (se sobreentiende: Jesús le avisa a Pedro de las pretensiones satánicas contra él y contra sus hermanos en el discipulado, y también le da a entender que no es posible librarlos de las duras dificul­tades a las que Satanás los iba a someter; y esto concuerda con lo que le pasó al patriarca Job, según opi­nan ciertos exegetas bien versados en las sagradas escrituras, cuyo amor por Dios fue puesto en sospecha por inducción satánica en los tribunales celestiales). У tú, cuando te hayas vuelto a mí, fortalece a tus her­manos (se sobreentiende: El Señor le insinúa a Pedro que iba a renegar de él debido a la dureza de la prue­ba que arrostraría, pero que sin embargo se arrepentiría y entonces recuperaría el favor divino; y cuando se hubiera recuperado y fortalecido a sí mismo, debería ayudar y edificar la fe de sus hermanos, con los que antes había rivalizado, quienes igualmente habrían soportado terribles inclemencias de origen satánico y estarían muy desmoralizados)" (Evangelio según Lucas, capítulo 22, versículos 31 y 32; nueva versión in­ternacional de la Biblia, de 1978, elaborada por el equipo de Luciano Jaramillo).

En las sagradas escrituras hay una epístola dirigida por el apóstol Pablo a los cristianos romanos, a­parentemente escrita hacia el año 56 de nuestra era. Para esas fechas, es probable que la comunidad cris­tiana de Roma llevara ya unas 2 décadas de existencia y estuviera compuesta por no pocos judíos y genti­les (personas no judías). Así, por lo que dice la Biblia y por el testimonio procedente de documentos histó­ricos que hablan de los cristianos primitivos, da la impresión de que los seguidores de Cristo en Roma eran bastante numerosos para el tiempo en que comenzó la década de los años 60 del primer siglo. Pues bien, según lo que el apóstol apunta en dicha epístola, parece que existían ciertas similitudes entre la rivalidad inicial que mostraron los apóstoles entre sí (pretendiendo obtener egoístamente el lugar más conspicuo en el reino de los cielos) y el engreimiento que algunos cristianos gentiles de Roma desarrollaron con respecto a sus hermanos judíos al saberse aceptados en calidad de potenciales herederos del reino de los cielos; y esto ocasionaba competitividad y malestar en la comunidad cristiana romana. Evidentemente, aquellos sen­timientos megalómanos eran irreconciliables con la manera humilde y misericordiosa de ejercer la autori­dad que ejemplificó el Maestro, Jesucristo. De nuevo, pues, existía el peligro de que la comunidad de Roma degenerara a favor de la simiente serpentina, como ya había ocurrido antes, repetidas veces, con la nación hebrea. En consecuencia, si en las cortes celestiales se consideró este problema, fundamentalmente egoís­ta, y si en esas cortes estaba el Diablo en calidad de acusador (como se indica claramente en el Apocalip­sis, capítulo 12, versículo 10, en la nueva versión internacional de la Biblia de 1978), no extrañaría que este Acusador hubiera demandado igualmente poner a prueba la pretendida calidad de potenciales herederos del reino celestial de aquellos cristianos romanos. Esta parece ser la explicación más convincente del por qué los cristianos de Roma se vieron sometidos a la terrible persecución neroniana, de acuerdo a lo que es­tá documentado en la sagrada escritura. No extraña, entonces, que Pablo, anticipándose casi 10 años a lo que habría de suceder, escribiera: “У si somos hijos (se sobreentiende: Hijos de Dios), también somos he­rederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo (se sobreentiende: Una herencia monárquica y sa­cerdotal en el reino de los cielos), ya que ahora compartimos sus sufrimientos (se sobreentiende: Dichos sufrimientos tendrían carácter refinador de la personalidad y desmentidor de las acusaciones diabólicas en las cortes celestiales, asemejando dicha personalidad al modelo exhibido por Cristo) para compartir también su gloria" (Epístola del apóstol Pablo a los cristianos romanos, capítulo 8, versículo 17; Biblia deno­minada “La Palabra", editada por la Sociedad Bíblica Española).

Abundando en la misma idea, el apóstol Pablo, dirigiéndose a la comunidad de Roma, animó a sus her­manos en la fe a superar la prueba satánica de la intentona de separarlos mediante tribulaciones del amor o apego a Jesucristo, y, si lo conseguían, entonces negarían los argumentos del Acusador en contra de ellos ante los tribunales celestiales (en el sentido de que el impulso dominante de aquellos cristianos, así como de todo ser humano sin excepción, es egoísta o egocéntrico por naturaleza): «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos generosamente, junto con él, todas las cosas? (se sobreentiende: El apóstol habla animadoramente a los cristianos romanos, dando a entender que Dios tiene confianza en ellos y que por eso ha pagado un rescate mediante su Hijo incluso antes de que ellos demuestren su fidelidad ante los tribunales celestiales, y también les tiene reservado un premio ce­lestial, a la espera de poder concedérselo). ¿Quién acusará a los que Dios ha escogido? Dios es el que jus­tifica (se sobreentiende: El apóstol menosprecia los argumentos del Acusador, dando a entender que Dios, que conoce bien la naturaleza humana, sabe que los tribunales celestiales terminarán por justificar o ha­cer justa la conducta de los cristianos fieles de Roma en su mayoría, pues éstos manifestarán fidelidad bajo las pruebas satánicas, las cuales llegaron a ser de talante neroniano). ¿Quién condenará? Cristo Jesús es el que murió, e incluso resucitó, y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros (se sobreentien- de: El apóstol da a entender que en los tribunales celestiales, presididos por Dios, Jesucristo se esmera en actuar como defensa jurídica o Intercesor a favor de los cristianos, contra la parte acusadora o demo­níaca; y como colectivo de espectadores y como jurado están todas las demás criaturas angélicas del su- prauniverso). Así está escrito: "Por tu causa siempre nos llevan a la muerte; nos tratan como ovejas para el matadero" (se sobreentiende: La causa que aquí se menciona es de índole judicial universal y se refiere a un ataque de desacreditación lanzado por Satanás contra Dios, como ya se ha comentado). Sin embargo, en todo esto somos más que vencedores por medio de aquél que nos amó. Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación, podrá separarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor» (Epístola de Pablo a los romanos, capítulo 8, versículos 32 a 38; nueva versión internacional de la Biblia, de 1978).

También, Pablo habló de cristianos de Roma que se torcerían en su fidelidad y actuarían de manera contraria a la enseñanza de Jesucristo. Estos habrían de ser evitados, puesto que tenían el poder de co­rromper a sus compañeros y obviamente eran una buena herramienta en manos del Acusador; de hecho, se puede decir que, aunque participaban en las actividades propias del discipulado cristiano, en realidad se estaban posicionado, tal vez sin percatarse plenamente de ello, dentro de las filas de la simiente serpenti­na. No obstante, las duras y extremas dificultades persecutorias que habrían de venir tendrían adicional­mente el efecto de hacer que esos desleales completaran del todo su posicionamiento en el seno del bando opositor a la descendencia de la mujer simbólica: “Les ruego, hermanos, que se cuiden de los que causan di­visiones y dificultades, y van en contra de lo que a ustedes se les ha enseñado. Apártense de ellos. Tales individuos no sirven a Cristo nuestro Señor (se sobreentiende: No cumplen las directrices que Jesucristo dio a sus discípulos y a sus futuros seguidores), sino a sus propios deseos. Con palabras suaves y lisonjeras engañan a los ingenuos. Es cierto que ustedes viven en obediencia, lo que es bien conocido de todos y me a­legra mucho; pero quiero que sean sagaces para el bien e inocentes para el mal. Muy pronto el Dios de paz aplastará a Satanás bajo los pies de ustedes (se sobreentiende: El apóstol señala a un tiempo futuro, rela­tivamente corto en comparación con los milenios que llevaba en existencia el conflicto que se desarrolló en Edén y que dio lugar a la mayoritaria descendencia terrestre satánica y a la minoritaria y perseguida des­cendencia terrestre de la mujer simbólica; un tiempo, pues, que se extiende más allá del fin del mundo ve­nidero y que culmina con la extinción o muerte de todos los demonios según el Apocalipsis; y, además, en dicho tiempo o sazón los cristianos glorificados, junto con Jesucristo, poseedores de cuerpos extraordi­nariamente poderosos del suprauniverso, como se desprende de los escritos de Pablo, se encargarían de llevar a cabo el exterminio completo, definitivo e irreversible de esas fuerzas inteligentes y diabólicas del mal). Que la gracia de nuestro Señor Jesús sea con ustedes" (Epístola a los romanos, capítulo 16, versícu­los 17 a 20; nueva versión internacional de la Biblia, de 1978).

Por otro lado, la situación de los cristianos atrapados en Jerusalén en noviembre del año 66 EC no podría ser vista desde los tribunales celestiales bajo el mismo prisma que la de los cristianos romanos del año 64 bajo Nerón. Por ejemplo, el entero sistema religioso judaico de aquellos tiempos estaba bajo maldi­ción a causa del asesinato del Mesías y a causa de la insidiosa y maligna persecución que había mantenido contra los seguidores de éste; y, además, sumaba contra sí mismo el agravante de que, por instigación del estamento sacerdotal, la gente agolpada ante Pilato, a principios de la década de los años 30 del primer si­glo, pidió la muerte de Jesús con desafiante descaro, al hacerse merecedora por voluntad propia de que la sangre de este Inocente cayera sobre el pueblo. En consecuencia, con la llegada del año 66, e incluso poco antes de ese año, el clima social de Judea presentaba claros síntomas de pérdida de la protección divina y una galopante decadencia con muerte en perspectiva; una muerte de índole nacional y religiosa que el im­perio romano iba a materializar, con terribles e indescriptibles sufrimientos para el pueblo israelita, con­secuencia de un juicio con sentencia capital o fatal emitido en los tribunales celestiales (consenso de cria­turas del suprauniverso). Ante tal decisión, pues, nada se podría alegar entonces contra la acción bondado­sa de Jesucristo, en nombre de Dios el Padre, de proteger a los cristianos atrapados en Jerusalén de ese juicio condenatorio; y para ello, simplemente, se hizo abortar la primera intentona de Roma de aplastar la gran rebelión judía. Pero, casi 4 años más tarde, el general Tito sitió a la llamada "ciudad santa" y, a pesar de sus deseos de preservar el Templo como joya arquitectónica del Imperio, el control de la furia de sus tropas se le escapó de las manos, quizás por instigación angélica, y tanto ese templo como la entera ciudad acabaron triturados y quemados, teniendo como telón de fondo una masacre de proporciones descomuna­les, nunca antes vista en los asaltos sufridos por dicha ciudad y que jamás volvería a repetirse en el futu­ro, como señaló Jesucristo profeticamente poco antes de su muerte, dado que con esa destrucción con­cluía la sentencia condenatoria elaborada en los tribunales celestiales. En consecuencia, la objeción susci­tada sólo encuentra una respuesta convincente, a partir de las sagradas escrituras, tomando en considera­ción la presencia y deliberación, más alió de este universo, de millones de seres sobrehumanos que compo­nen el más alto tribunal que podamos imaginar y que aquí hemos denominado “cortes celestiales". Es por e­so que el apóstol Pablo, en una de sus misivas, escribió: “Por lo que veo, a nosotros los apóstoles de Dios nos ha hecho desfilar en el último lugar, como a los sentenciados a muerte. Hemos llegado a ser un espec­táculo para todo el universo, tanto para los ángeles como para los hombres (se sobreentiende: Existía, y e­xiste, una gran expectación por los acontecimientos humanos en la Tierra que interesa a los ángeles, esto es, a las criaturas que integran los tribunales celestiales, y que tienen que ver con la salvación eterna)" (Primera epístola de Pablo a los cristianos corintios, capítulo 4, versículo 9; nueva versión internacional de la Biblia, de 1978).

Segunda y definitiva destrucción de Jerusalén.

Eusebio, en su “Historia eclesiástica", afirma que los cristianos de Jerusalén y de Judea, ante el a­taque y subsiguiente fracaso de Cestio Salo en su campaña contra la ciudad santa, huyeron masivamente a la localidad de Pela, ubicada en la montañosa frontera del norte de Perea con la Decópolis. Ellos sabían, por lo que Jesucristo dijo poco antes de su muer­te, que tanto la ciudad como el entero sistema nacional y religioso judío, con su imponente Templo o centro emblemático, habían sido a­bandonados de la mano de Dios y ya no conta­ban con la protección del Todopoderoso. Sin embargo, para la inmensa mayoría del pueblo judío de aquella época la derrota de Cestio Sa­lo fue interpretada como una reacción de Dios contra los profanadores de su Templo y como una victoria aplastante que provenía del cielo.

Por lo tanto, mientras los cristianos se mar­charon lejos de la ciudad y se mantuvieron a buena distancia de ella, los judíos en general interpretaron los acontecimientos como seña­les sobrenaturales indicadoras de que Dios iba a librarlos del yugo de Roma y posiblemente hacer resurgir o restaurar el reino de Israel en todo su esplendor. En realidad, no se perca­taron de que estaban siendo afectados por un espejismo, es decir, por una vision enganosa producida por una mejoría premortem que en breve iba a desembocar en la peor tribulación experimentada por Jerusalén en toda su histo­ria, ya pasada o ya futura. La fe en Jesucristo les hubiera evitado semejante catástrofe.

La retirada de Cestio Galo fue humillante y muy costosa para los romanos, y una gran vergüenza que Roma no iba a perdonar de ningún modo (entre otras cosas porque había abierto una enorme grieta en el e­jercicio de autoridad y dominio del Imperio sobre las demás provincias conquistadas, y consecuentemente demandaba un escarmiento ejemplar). Recordemos que los judíos atacaron la retaguardia del ejército de Cestio durante gran parte del camino hasta Gabaón y provocaron una verdadera masacre en las últimas fi­las. Murieron varios tribunos y comandantes romanos y, para poder escapar, tuvieron que abandonar gran parte de los bagajes del ejército. Los enemigos estaban por todas partes, y Cestio, para huir con más rapi­dez, ordenó abandonar todo lo que no fuera necesario. Se mataron a las muías, a los burros y a otras bes­tias de carga, excepto a las que llevaban las máquinas de guerra y las municiones, y con tremendas dificul­tades llegaron a las cercanías de Bethorón, una población situada al final de un largo desfiladero. Allí se produjo lo peor: los judíos hostigaron a los romanos en los lugares angostos que éstos tenían que atravesar y les lanzaron grandes cantidades de flechas y proyectiles. Los soldados, y en especial la caballería, tenían que estar más atentos a no resbalar y caer por los barrancos y precipicios que a la propia lucha y defensa. La llegada de la noche salvó al ejército de Cestio Galo, que pudo llegar por fin a Bethorón. Allí, Cestio se dispuso a convertir la retirada en una verdadera huida y para ello dejó 400 soldados en los tejados de las casas, con órdenes de gritar las voces habituales de los centuriones en los campamentos, para que los ju­díos creyeran que todo el ejército permanecía aún allí; y mientras tanto él y el ejército avanzaron varias millas en silencio al amparo de la noche. Al amanecer, cuando los judíos vieron el campamento vacío, mata­ron a flechazos a los 400 soldados que allí quedaron y corrieron detrás de Cestio, que apresuraba la mar­cha y les sacaba cierta ventaja. Aun así, tuvo que abandonar las catapultas y otras máquinas de guerra, de las que se apoderaron los judíos. Finalmente, el ejército romano consiguió llegar a la llanura costera, cerca de Antípatris, donde la caballería podía desplegarse, y los judíos desistieron de la persecución. Las pérdi­das judías fueron pocas; los romanos, en cambio, tuvieron varios miles de bajas en la infantería y varios centenares en la caballería. Fue la mayor derrota sufrida por los romanos desde su llegada a Palestina 130 años antes, y fue además la más bochornosa; pero sería también la última.

El legado propretor de Siria, Cestio Galo, cometió graves errores al aventurarse con sus tropas en retirada por las colinas de Bethorón. Los romanos, que eran imbatibles en terreno despejado por su dis­posición táctica formando 3 líneas intercambiables, tenían un punto débil: si les atacaban en plena marcha no podían formar las líneas y se exponían a ser derrotados. У eso fue precisamente lo que ocurrió. No obs­tante, haciendo uso de su soberbia disciplina, consiguieron reagruparse y salir del atolladero, pero tuvie­ron que abandonar su caravana de provisiones y el equipo pesado, que los judíos llevaron en triunfo a Jeru­salem Ebrios con su éxito, pero sabiendo que Roma era imbatible en campo abierto, se dispusieron a resis­tir atrincherados tras los muros de la Jerusalén y de otras ciudades fortificadas sin comprender que los romanos, maestros absolutos del arte del asedio, tenían todas las de ganar. Parece que esperaban la pro­tección divina y creían que cuando los romanos regresaran a tomar venganza Dios los derrotaría nuevamen­te, devolviendo a la ciudad el antiguo esplendor que tuvo bajo el reinado de Salomón. Aparentemente, mu­chos sublevados estaban erróneamente persuadidos de que el reinado del Mesías, del que hablaron los pro­fetas, estaba a punto de llegar y que éste restauraría a Jerusalén y a todo el territorio de Israel a la con­dición bendita que alcanzó en los días de David y Salomón. Como no escucharon al hombre de Nazaret, el verdadero Mesías, ahora estaban en vías de acarrearse contra sí mismos la peor aflicción de toda su his­toria. Por ejemplo, en el desastre romano de Bethorón, el cual pudo haber acontecido sobre el 25 de no­viembre del año 66, la legión XII (Fulminata) fue diezmada y perdió ademas su emblema (el águila), y aun­que no fue disuelta (debido a la valentía de 400 de sus hombres que cubrieron la retirada), sí sufrió un im­portante desprestigio, del que intentó resarcirse posteriormente cuando fue incorporada al ejército de Tito con vistas al asedio de Jerusalén en el año 70. Por lo tanto, la ira del ejército romano que asoló a esta ciudad en ese año 70 rezumaba una ira extrema contra los judíos acorralados tras sus murallas, lo cual nos trae a la memoria las siguientes palabras de Jesucristo: "Ay de las que están embarazadas y de las que es­tán criando en esos días. Porque habrá una gran aflicción en la Tierra (se sobreentiende: en la tierra de Judó) e ira contra este pueblo" (Evangelio según Lucas, capítulo 21, versículo 23; Biblia Peshitta).

Tras el desastre romano en Bethorón, muchos judíos que estaban vacilantes de rebelarse contra Roma se unieron ahora a los rebeldes y una corriente de exaltación nacionalista arrastró a parte del sa­cerdocio y de la aristocracia judía. Asimismo, los zelotes se hicieron con el control absoluto de la situación y se organizó la defensa bajo una especie de gobierno provisional que unió a todos los judíos, si bien com­puesta por todos los grupos existentes, lo que poco más tarde daría lugar a rencillas que irían progresiva­mente en aumento hasta desembocar en un desenlace fatal. Por su parte, Roma no podía perdonar tales in­sultos a su poder. El historiador hebreo Rav Berel Wein, en su libro “Ecos de gloria" (página 155) relata: “Los judíos tuvieron éxito y expulsaron a Roma de Jerusalén. Sin embargo, esto generó ondas expansivas por todo el Imperio romano. También desató una ola de sangrientos pogromos en contra de los judíos, es­pecialmente en Cesarea, Alejandría y Damasco. Miles de judíos fueron asesinados en esos disturbios y m¡- ". La derrota de Cestio Galo llegó a oídos del emperador Nerón, quien tomó cartas en el asunto y estimó que la situación era muy grave ya que los rebel­des habían puesto en peligro el dominio romano en Judea y se temía, no sin razón, que la revuelta pudiera extenderse a otras zonas como Siria o Egipto, lo cual sucedió, especialmente en Damasco, donde 10.500 judíos reunidos en el gimnasio, desarmados, fueron pasados a golpe de espada delante de sus esposas, y en Alejandría, donde el prefecto de Egipto, Tiberio Julio Alejandro, tras un enfrentamiento judeogriego en el teatro, con motivo de ponerse de acuerdo sobre quién iba en representación de la ciudad a hablar ante Nerón en Roma, mandó pasar por las armas a 50.000 judíos, al desoírse los consejos de este prefecto, quien recibió además insultos y agresiones. Era, pues, necesario enviar nuevas legiones a Judea; y este co­metido sería llevado a cabo por Vespasiano, el más apto, quien sería enviado como legado a Judea, proba­blemente a principios del año 67, al mismo tiempo que Cayo Licinio Mudano fue nombrado gobernador de Siria, para mantener la normalidad en la provincia. Vespasiano contó con tres legiones, la Legión V (Mace­dónica), la Legión X (Fretensis) y la Legión XV (Apillonaris), siendo Tito, el hijo de Vespasiano, el jefe de esta última; y dejando de lado la Legión XII (Fulminata) por el desastre de Bethoron (no obstante, duran­te el asalto a Jerusalén, en el año 70, la Fulminata se vio dignificada al participar en él). A este núcleo se le sumaron 23 cohortes y seis alas de caballería y los refuerzos de príncipes clientes como Agripa II, An­tioco de Comagene, Soaemo de Emesa y Maleo II de Nabatea, lo que hizo que finalmente el ejército de Vespasiano tuviera entre 50.000 y 60.000 hombres. La estrategia de Vespasiano fue de tipo silencioso, reduciendo primeramente los conflictos por toda la región de Judea y poniendo bajo su dominio ciudad tras ciudad, de manera centrípeta o cautelarmente aproximativa hacia Jerusalén, con la intención de final­mente tomar por asedio la ciudad.

Si bien Vespasiano fue enviado como legado o lugarteniente del emperador a Judea a principios del año 67, parece que fue en la primavera de ese mismo año cuando recibió la orden de Nerón de iniciar la re­conquista del territorio palestinense rebelado. El general Flavio Vespasiano tenía entonces 57 años y, aun­que no gozaba precisamente de todas las simpatías del emperador, era el mejor soldado de Roma en aque­llos momentos. Veinte años antes, siendo legado (comandante en jefe) de la Legión Augusta, se había des­tacado heroicamente durante la conquista de Britania (Inglaterra), bajo el reinado de Claudio. Era un mili­tar nato, con una tremenda experiencia de décadas de servicio en las legiones y un instinto guerrero ante el que los judíos poco podían oponer. Vespasiano tenía con él a su hijo Tito, un oficial de 27 años que había heredado las virtudes militares de su padre. Tenía el mando de 9 legiones (cada legión se componía de unos 5.0 hombres) y aproximadamente el mismo número de auxiliares, y era muy admirado y respetado por sus tropas. Además, como los estados aliados de Roma estaban obligados a aportar sus servicios militares a la causa del emperador, el total de fuerzas a las órdenes de Vespasiano ascendió finalmente a unos 100.0 hombres, aunque sólo utilizó para la campaña de Judea a las legiones V, X y XV, unidades curtidas que nada tenían que ver con las relativamente inexpertas tropas auxiliares sirias a las que los judíos ha­bían masacrado en Bethorón. La legión X estaba al mando del general español Marco Ulpio Trajano, el pa­dre del futuro emperador Trajano (53-117).

Según Josefo, después del desastre romano en Bethorón, muchos judíos distinguidos abandonaron la ciudad de Jerusalén, incluyendo a Costobaro y Saúl, dos hermanos de la familia real agripina, que se u­nieron a Cestio Galo; y por petición de ambos, Cestio los envió a Nerón, que estaba en Acaya (nombre ro­mano de la Grecia continental), y les dijo que alertaran al emperador acerca de esta emergencia, y que cul­paran a Floro de la guerra, desviando así cualquier hipotético peligro de cólera verónica que pudiera encen­derse contra él. У en la provincia de Acaya, Nerón estaba inspeccionando las obras de uno de sus grandiosos proyectos, a saber, la construcción de un canal en el itsmo de Corinto. Allí recibió la noticia de la derrota de Cestio Galo. Inmediatamente tomó las primeras medidas para aplastar la sublevación, y la persona ele­gida para general en jefe del ejército que debería reconquistar Palestina era, como ya se ha mencionado, un hombre maduro y militar profesional con gran experiencia, Tito Flavio Vespasiano, de origen plebeyo por parte de madre y algo más ilustre por parte de su familia paterna; y era viudo, pero convivía con una antigua amante suya, una liberta a la que siempre tributó honores de esposa. Había desempeñado varios cargos políticos y militares, en los que también tuvo la necesidad de mostrarse sumiso, adulador y rastrero ante los emperadores de turno, como todos los romanos que por aquel entonces aspiraban a un cargo en la capital. Fue edil o magistrado urbano en Roma en tiempos de Caligula, el cual, en cierta ocasión, irritado por la suciedad de las calles de Roma, hizo que le arrojaran barro y estiércol a la cara; y desempeñó tam­bién el cargo de cuestor (secretario del emperador, de cónsules o de procónsules) y mas tarde el de go­bernador de la provincia de Africa. Había acompañado a Grecia a Nerón y a su séquito, pero cayó en des­gracia por haberse quedado dormido en una ocasión en que el lunático emperador recitaba versos y poemas durante un banquete. Nerón, entonces, le prohibió comparecer nunca mas ante él, y Vespasiano, atemoriza­do, se retiró a una pequeña aldea a esperar a que al emperador se le pasase el enfado. No tenía Vespasiano una gran cultura griega, como la que tenían los propios emperadores julio-claudios (desde Octavio Augusto hasta el propio Nerón), pero no desconocía la lengua y la literatura helénicas; en todo caso, su modo de vi­da y costumbres estaban muy alejadas de las de los refinados, cultos y decadentes aristócratas de la ca­pital. Físicamente era corpulento y de aspecto macizo, de cabeza voluminosa y gesto tenso (dice el histo­riador Suetonio, de la forma mas elegante posible, y los propios retratos que de Vespasiano se conservan lo corroboran). Era socarrón, jovial y de buen humor, y no tenía otro defecto moral que el hecho de que le gustaba mucho el dinero, pero no era avariento, ni lujurioso ni cruel. Tenía dos hijos mayores: Tito Flavio, culto, refinado y militar como su padre, y Flavio Pomiciano, a quien no parecía gustarle ni la vida militar ni la cultura ni los estudios de ninguna clase, aunque daba la impresión de tener algún interés por la compleja ciencia jurídica y por el elaboradísimo De­recho Romano.

Vespasiano tomó el mando del e­jército de Siria, a saber, de las legiones V (Macedónica) y X (Fretensis), y partió ha­cia Judea por tierra, mientras enviaba a su hijo Tito por mar a Alejandría para re­coger a la legión XV (Apollinaris). Tito a­travesó con la legión recogida en Egipto toda la costa de Palestina y se reunió con su padre en la ciudad de Ptolemaida, en la Galilea costera. El ejército de operacio­nes lo constituían por tanto 3 legiones completas, mas otras 23 cohortes sueltas y dobladas en sus efectivos (es decir, el equivalente a otras 4 legiones mas), y 6 a­las o escuadrones de caballería. Estas e­ran las tropas legionarias romanas, a las que se añadió un importante contingente de tropas auxiliares de los reyes aliados extranjeros (entre ellos Agripa II, que envió 2.000 infantes con arcos y 1.000 jinetes, y un reyezuelo de Arabia, que aportó 5.000 arqueros y 1.0 jinetes). El ejército en su conjunto alcanzaba la impresionante cifra de 60.000 soldados, mas varios miles de criados de los soldados romanos, también muy expertos en la vida militar. Sin embargo, parece que las fuerzas totales con las que podía contar Vespasiano incluían 6 legiones mas y un cierto número de auxiliares y criados anexos a las mismas, esto es, unos 40.000 hombres extras; pero, finalmente, sólo mo­vilizó a los 60.000 descritos. Ahora bien, manejar semejante cantidad de hombres, avituallarlos diaria­mente, conducirlos, acamparlos y hacerlos maniobrar sobre el terreno eran cosas que requerían buenas do­tes de organización y estrategia, algo que cualquier general romano sabía hacer bastante bien, pues, en realidad, toda la ciencia militar romana se basaba en la disciplina y en efectuar las tareas según el proto­colo habitual, como siempre se habían hecho, sin apenas concesiones a la improvisación, al azar o ala auda- cia personal; por ello, los generales romanos no eran grandes estrategas, pero la disciplina y el no apartar­se nunca de los esquemas tácticos habituales hacía de las legiones romanas una maquinaria de guerra prác­ticamente invencible; y frente a esto las huestes judías quedaban en muy precaria situación. La legión ro­mana estaba dividida en diez cohortes de 500 hombres cada una y era la unidad organizativa y logística básica del ejército; pero las unidades operativas y tácticas eran las propias cohortes de infantería, subdi­vididas a su vez en manípulos (dos centurias), y éstos en centurias (de entre 80 y 100 soldados cada una).

Mientras Vespasiano daba los primeros pasos en su campaña, los ju­díos, eufóricos por la reciente victo­ria, empezaron a su vez a nombrar ge­nerales y mandos para su improvisado ejército y a reclutar varones por to­das las ciudades y aldeas de Palestina.

Los sacerdotes fariseos y saduceos, y los notables de Jerusalén, viendo ya lo irreversible de la situación, apoya­ron sin reservas y decididamente la revuelta, poniéndose al frente de ella, aunque el verdadero poder lo seguían detentando los jefes zelotes más ex­tremistas. Se fabricaron armas y fle­chas, se dio una sumaria instrucción militar a los grupos de jóvenes, se re­pararon las murallas y se prepararon máquinas de guerra. Pero algunos gru­pos de antiguos bandidos seguían ha­ciendo la guerra por su cuenta, sobre todo en la región meridional de Idu­mea. Uno de esos jefes era Simón bar Giora, que se había dedicado anterior­mente a saquear las casas y haciendas de los ricos y que luego sería uno de los principales dirigentes de la guerra.

La efervescencia del momento impulsó a los judíos a tomar la iniciativa béli­ca. Un ejército heterogéneo e indisci­plinado dirigido por 3 jefes de bandas (Niger el pereo, Silas el babilonio y Juan el esenio) marchó contra la ciu­dad de Ascalón, en la llanura filistea o franja de Gaza, que tenía una guarni­ción romana formada por una cohorte de infantería (unos 600 soldados) y un ala o escuadrón (500 jinetes) de ca­ballería. Los romanos, en cuanto los vieron aproximarse, sacaron la caballería, que rechazó sin dificultad a los que se acercaban a las murallas. Allí se enfrentaron la disciplina contra la indisciplina, la experiencia contra la inexperiencia, la caballería (actuando en un terreno extenso, llano y muy apto para el despliegue) contra una infantería mal armada y tan temeraria como inexperta. En el primer choque los hebreos huye­ron, y lo que siguió fue una verdadera matanza de los fugitivos por obra de los jinetes romanos, que podían retroceder y maniobrar a voluntad en la extensa llanura. Perecieron, según Josefo, cerca de 10.000 ju­díos, entre ellos dos de sus generales, Juan y Silas. El resto, heridos en su mayor parte, se refugiaron en una aldea de Idumea. Los romanos sólo tuvieron unos pocos heridos. De nuevo intentaron los judíos el ata­que contra Ascalón poco después, y de nuevo fueron desbaratados con miles de pérdidas. Finalmente huye­ron de allí, perseguidos por la caballería romana. La derrota había sido casi total, pero el animo de los e­xaltados judíos supervivientes (entre ellos su jefe Niger) estaba intacto y mas eufórico que nunca, valo­rando mucho mas el hecho de haber sobrevivido a un choque frontal contra los temibles romanos que el hecho de haber sido estrepitosamente derro­tados por éstos.

En las ciudades galileas del norte, los judíos también se preparaban para hacer fren­te a los romanos. Desde Jerusalén se les envió como general para toda la Galilea a un sacerdo­te fariseo llamado Joseph ben Matthias (a sa­ber, el futuro historiador de esta guerra, con nombre romanizado, Flavio Josefo). Este Jo­seph o Josefo dirigió los preparativos de la defensa de las ciudades, recaudó dinero y a­muralló algunas de las principales villas gali­leas. Pero su autoridad era muy discutida u ob­jetada, especialmente por un galileo llamado Juan de Giscala, jefe de una banda extremista propia. Ademas, algunas ciudades galileas in­tentaban todavía nadar entre dos aguas, esto es, dejar abierta la posibilidad de pactar con los romanos, por lo que Josefo, para evitar la desunión, tomó como rehenes a sus personajes principales. La ciudad de Séforis envió mensa­jeros de paz a Vespasiano, y éste dejó una guarnición de 1.000 jinetes y 6.000 soldados de a pie para proteger la ciudad, y, esta guar­nición, después que Vespasiano con el grueso del ejército se habían adentrado mas en Gali­lea, se convirtió en una milicia de rapiñadores, pues desde la ciudad hacían frecuentes salidas para devastar la región, matando a todos aque­llos hombres que eran aptos para llevar armas y esclavizando a los demás. Por este motivo, la gente comen­zó a huir y refugiarse en las ciudades amuralladas por Josefo. Parece que el ejército de Vespasiano partió en dirección sureste, desde Ptolemaida (Fenicia) hacia Tiberíades (Galilea). Cuando penetró en Galilea, la columna de marcha romana era impresionante y alcanzaba varios kilómetros de longitud. Muchas de las tropas de Josefo huyeron y se dispersaron nada mas divisarla, y Josefo y los suyos marcharon a refugiar­se en la ciudad de Tiberíades. El ejército romano se dirigió primero contra la ciudad de Gabara, que tomó sin apenas lucha, ejecutando a todos los habitantes varones. Josefo decidió entonces refugiarse en Jota- pata, la mejor fortificada de todas las ciudades de Galilea gracias a su propio emplazamiento natural. Esto a pesar de que, inicialmente, el ejército de sublevados con los que llegó a contar Josefo ascendió a unos 100.0 hombres: "Al volver a Jerusalén (se sobreentiende: Después de aplastar a los romanos en Betho- rón), los judíos convocaron una asamblea en el Templo, y designaron generales para la guerra. José, el hijo de Gorión, y Anano, el antiguo sumo sacerdote, recibieron autoridad suprema en la ciudad (se sobreentien­de: En la ciudad de Jerusalén). Eleazar, hijo de Simón, fue dejado de lado, porque era sospechoso de tira­nía. Pero más tarde, y debido a que controlaba gran parte del tesoro público, Eleazar logró el mando su­premo. Enviaron a generales para los varios distritos, incluyendo a Josefo, hijo de Matías, que fue enviado a asumir el mando en Galilea. Gobernó este distrito (se sobreentiende: Josefó gobernó el distrito de Gali­lea) mediante 78 magistrados designados para promover la armonía entre los habitantes. Fortificando to­dos los lugares defendibles (se sobreentiende: Josefo fortificó lugares estratégicos de Galilea), movilizó un ejército de 100.000 hombres, entre los que introdujo la disciplina militar romana" (“Los escritos esen­ciales", tomo II, capítulo XXV, página 286, de Flavio Josefo).

La toma de Gabara debió ocurrir a mediados de la primavera (mayo) del año 67. A continuación, vino el asedio de Jotapata, que fue muy duro. Los judíos luchaban a la desesperada, bien dirigidos por Josefo. Vespasiano desplegó las máquinas de asedio y empezó la construcción de un terraplén que alcanzase la al­tura de la muralla, según la costumbre militar romana habitual en estos casos. Sin embargo, los judíos ha­cían frecuentes salidas y retrasaban los trabajos de construcción del terraplén e incendiaban las obras; a- dernós, elevaron las murallas todavía más, trabajando en ellas día y noche. Vespasiano estrechó el cerco en torno a la ciudad, para forzar a los sitiados por hambre y sed. Josefo, para desmoralizar a los sitiadores y hacerles ver que tenían provisiones de agua más que suficientes, ordenó a sus hombres que mojasen sus ropas y las colgasen empapadas y chorreantes en las almenas de la muralla. Desalentados, los romanos rea­nudaron las obras para el asalto. Pero el propio Josefo se daba cuenta de que la caída de la ciudad era cuestión de poco tiempo, e intentó huir, con la excusa de reunir gente en los pueblos de la región y acudir a romper el cerco levantado por los romanos. Sin embargo, Todos los habitantes (hombres, mujeres y ni­ños) se lo impidieron, y tuvo que seguir en su puesto. Los romanos montaron un gigantesco ariete, pero los judíos colgaron sacos llenos de paja para amortiguar los golpes; los romanos dispusieron entonces largas pértigas con guadañas y cortaron las cuerdas de las que colgaban los sacos sobre la muralla; finalmente, los judíos consiguieron romper la cabeza metálica del ariete con una gran piedra que le acertó de lleno; pe­ro los romanos lo repararon. El asedio alcanzaba momentos de gran virulencia, y en uno de ellos el propio Vespasiano fue herido levemente por una flecha en la planta del pie. Las catapultas lanzaban continuamen­te contra las torres piedras de hasta 50 kilos de peso (una de esas piedras, dice Josefo, alcanzó a uno que estaba junto a él en la muralla, le arrancó la cabeza y envió el cráneo a varios centenares de metros; al día siguiente, una mujer embarazada recibió de lleno el impacto de una de esas piedras en el vientre cuando a­cababa de salir de su casa, y el feto fue a parar a gran distancia de allí). Por fin, una parte de la muralla cedió, pero los judíos protegieron la brecha con sus cuerpos y los romanos no pudieron entrar. Al día si­guiente, Vespasiano ordenó el asalto general. Tras someter a la ciudad a una lluvia de flechas y proyectiles de honda que oscurecieron la luz del día, la infantería romana avanzó y comenzó a tender las escaleras so­bre la muralla. Los judíos ensayaron otra cosa (en su obra testimonial histórica, Josefo se atribuye la in­vención de todos y cada uno de los recursos y estratagemas empleados por los sitiados): arrojar aceite hirviendo sobre los asaltantes. El procedimiento, que no era ninguna novedad, hizo aquí verdaderos estra­gos entre los soldados romanos que avanzaban en bloque en la clásica formación de testudo o tortuga (cu­biertos por todos lados con los escudos, unos sobre otros). El aceite hirviente se metía por debajo de las corazas desde la cabeza hasta los pies y devoraba la carne como si fuera fuego, y los soldados aullaban de dolor y retrocedían saltando sobre sus compañeros, siendo fácilmente alcanzados por las flechas de los si­tiados.

Era ya el comienzo del verano del año 67 de nuestra era, y el asedio de Jotapata no progresaba. Sin embargo, un destacamento de 2.000 infantes y 1.000 jinetes enviado por Vespasiano conquistaba una ciu­dad vecina, Jafa, donde los romanos degollaron a todos los habitantes varones en las calles o en las casas, esclavizando a mujeres y niños pequeños. Otro destacamento, aparentemente al mando de un tal Cerealius, bajó hacia Samaria e hizo una masacre de gentes que se habían reunido en el monte Garizim o Guerizim, la montaña sagrada de los samaritanos; murieron cerca de 10.000 hombres. Se apostaron varias guarniciones romanas, vigilando esta región densamente poblada. Al norte, por fin, un desertor judío informó a Vespa­siano que los defensores de Jotapata estaban agotados por la continua falta de sueño y por la debilidad, pues el asedio se prolongaba ya por 47 días, en lucha sin descanso por parte de los sitiados, y le dijo que la mejor hora para sorprenderlos era la última de la madrugada, dado que los cansados guardias se quedaban profundamente dormidos. Vespasiano, aunque no se fiaba demasiado, decidió probar. De madrugada, el e­jército avanzó hasta la muralla silenciosamente; Tito, el hijo de Vespasiano, junto con uno de sus tribunos y unos pocos soldados escogidos, subieron al muro, mataron a los centinelas, entraron en la ciudad y abrie­ron las puertas de ésta con sigilo. Tras ellos empezaron a entrar, en grupos, más y más soldados. Al ama­necer, en medio de una densa niebla que se había declarado, el ejército romano entró en la ciudad y mu­chos de sus habitantes se dieron cuenta de ello en el preciso momento en que eran degollados. No se per­donó a nadie, y los romanos empujaban a la gente cuesta abajo por las estrechas callejuelas, donde al api­ñarse eran fácilmente masacrados. Algunos de los soldados judíos de la guardia personal de Josefo se sui­cidaron. Los romanos sólo tuvieron un muerto en este asalto final, a saber, un centurión que, al intentar sacar a un judío que se había refugiado en una cueva, fue herido por éste con una lanza por debajo de la ingle. En los días siguientes, los romanos buscaron a todos los escondidos en las cuevas y cloacas de la ciu­dad y mataron a todos los que encontraron, excepto a mujeres y niños pequeños (que eran mas de un millar de supervivientes). La cifra total de muertos judíos en Jotapata fue, según Josefo, de unas 40.000 perso­nas. La ciudad fue demolida por orden de Vespasiano. Eran los últimos días del julio del año 67. Se buscó por todas partes al general Josefo, pero no aparecía. Se había refugiado con algunos de sus soldados en u­na cueva de difícil acceso. Los romanos se enteraron por las confidencias de una mujer, e intentaron con­vencerle para que saliera y se entregara por mediación de un tribuno, antiguo conocido suyo. Pero los de­más soldados judíos que estaban con Josefo no se lo permitieron y le amenazaron de muerte con sus espa­das si intentaba salir. Los romanos, enfurecidos, querían pegar fuego a la cueva, pero el tribuno los contu­vo, pues estaba empeñado en cogerlo vivo. En el interior de la cueva, Josefo intentó al principio convencer a sus compañeros con palabras, hablando acerca de la ilicitud moral del suicidio, pero ante semejante dis­curso religioso-filosófico ellos estuvieron a punto de matarle allí mismo. Es el propio Josefo el que cuenta lo que sucedió y cómo consiguió librarse de la muerte a manos de los suyos: a uno de ellos le llamó por su nombre, a otro le miró con mirada de jefe, a otro le cogió de la mano derecha y a otro le suplicó, y de este modo consiguió apartar de su cuello todas las espadas. No cabe duda de que este hombre tenía grandes cualidades histriónicas y un gran poder de persuasión con la palabra y los gestos, al tiempo que un buen co­nocimiento de la psicología humana. De todas formas, viendo que no era posible convencerlos, fingió cam­biar de actitud y les propuso una solución intermedia: que se suicidaran todos por sorteo, siguiendo un or­den, de manera que el segundo matase al primero, el tercero al segundo, y así sucesivamente; y de esta forma no sería exactamente un suicidio. A todos les pareció bien la idea. No sabemos cómo (Josefo no lo dice), pero el caso es que él mismo se las arregló para salir elegido entre los dos últimos. Uno a uno fueron dándose muerte sucesivamente, y al final quedaron sólo Josefo y otro más, a quien no le costó convencerle de que se entregasen a los romanos, cosa que hicieron a continuación (no obstante, ésta es la versión del propio Josefo acerca de lo sucedido en la cueva, y no puede descartarse que incluso sea una semblanza a­comodaticia y tergiversada de los hechos). Lo más grotesco del caso es que, cuando se enteraron en Jeru- salén de la caída de Jotapata, tributaron a Josefo unos funerales de honor, con un duelo de 30 días. Más tarde, sin embargo, al ser informados de que estaba con los romanos y colaboraba con ellos, fue conside­rado un verdadero enemigo público de los judíos.

El jefe judío, Josefo, que tenía por entonces unos 32 años de edad, fue conducido ante Vespasiano. У cuando ya el general romano había dispuesto enviárselo prisionero a Nerón, al astuto Josefo (encadena­do como estaba) se le ocurrió una inspiración que le resultó muy providencial: pidió hablar a solas con él de algo muy reservado, y Vespasiano hizo salir a todos excepto a su hijo Tito y a dos amigos de toda confian­za. Entonces Josefo, dándoselas de profeta, le dijo: "Me mandas a Nerón. ¿Para qué? Después de Nerón no quedará ningún sucesor excepto tú. Tú, Vespasiano, serás el César y emperador, y también lo será tu hi­jo aquí presente". Aunque todo tenía el aspecto de una invención del sinuoso judío para evitar el castigo que le esperaba en Roma, el caso es que Vespasiano (que sin duda había pensado más de una vez en esa po­sibilidad, que colmaba las aspiraciones de cualquier general romano lo suficientemente ambicioso) decidió retener al judío junto a sí, en espera de que se cumpliese su profecía. De momento no le liberó de las ca- denas, pero él y Tito le regalaron ropas nuevas y le trataron con ciertas atenciones (con el tiempo la pre­dicción se cumpliría, y Joseph ben Matthias, con su nuevo nombre romanizado de Flavio Josefo, se conver­tiría en un protegido de los nuevos emperadores flavios durante largos años en Roma: Vespasiano, Tito y Pomiciano).

A finales de julio del año 67, tras la toma de Jotapata y la sumisión de la Galilea occidental, Ves­pasiano levantó el campamento y se dirigió a Ptole- maida, y de allí a la ciudad costera de Cesarea. Dejó en Cesarea las legiones Vy X para que invernaran a­llí y envió la legión XV a Escitópolis con el mismo ob­jeto. No obstante, en las ruinas de la ciudad coste­ra de Jope (que fue destruida por Cestio Galo du­rante el inicio de su campaña, el año anterior, es de­cir, durante su aproximación a Jerusalén) se agluti­naron numerosos fugitivos judíos huidos de la Gali­lea reconquistada por Vespasiano y la reconstruye­ron burda y rápidamente, fletando y reuniendo em­barcaciones que dedicaron a la piratería en las cos­tas; y asaltaban el trófico marítimo entre Siria- Fe­nicia y Egipto. Por lo tanto, se hizo objetivo de im­portancia militar este peligro, que minaba las rutas costeras de Palestina y Fenicia y obstaculizaba las comunicaciones con Egipto. Vespasiano, entonces, envió una fuerza romana al mando del general Tra- jano, legado de la legión X (Fretensis), que ocupó la ciudad rápidamente, antes de la caída de la noche; y los bandidos huyeron en sus barcos. Al alba, se libró una batalla naval ante las costas de la ciudad que terminó con la derrota y destrucción de las naves judías, en buena parte debido a una tempestad que hizo encallar las naves judías contra las rocas, des­trozándolas. У aquéllos de los náufragos que vinie­ron de vuelta hacia la playa, para no ahogarse, fue­ron muertos por los romanos. En total, parece que murieron 4.200 piratas, tragados por el mar o a ma­nos de los soldados. Finalmente, y por orden de Vespasiano, quedó una guarnición romana allí, en Jo­pe, en prevención de alguna presumible acción de piratería futura. Ahora bien, la fuerza romana apostada en la ciudad pasó a convertirse en un azote devastador y expoliador para las poblaciones judías de los al­rededores.

Tras la toma de Jotapata y la sumisión de la Galilea occidental, los romanos se aprestaron a organi­zar las siguientes operaciones en torno a la Galilea oriental y otras regiones más alejadas del país. La si­guiente operación, realizada a comienzos de agosto del 67, fue marchar hacia Cesarea de Filipo, en donde Agripa II proporcionaría ayuda y colaboración a los romanos. Desde allí, Vespasiano mandó a su hijo Tito a tomar la ciudad de Tiberiades y más tarde Senabris o Tariquea, tomándola, a esta última, por asalto y so­metiendo a los sobrevivientes a la esclavitud. A finales de agosto, tras varios enfrentamientos sangrientos en el mar de Galilea a bordo de balsas y barcazas (que resultaron en grandes estragos para los judíos), el dominio de este lago quedó en poder de los romanos. Para el mes de septiembre sólo quedaban Gamala (en el reino de Agripa) y Giscala (al norte de Galilea). Gamala había sido fortificada por Josefo y por ese motivo supuso un escollo infranqueable para Agripa, quien no contaba con una fuerza militar suficiente­mente poderosa para tomar la ciudad. Entonces, aparentemente hacia finales de septiembre o primeros de octubre del 67, Vespasiano sitió damala con las 3 legiones V, X y XV, y comenzó a levantar terraplenes pa­ra el asedio. Agripa intentó parlamentar con los sitiados, pero éstos le lanzaron piedras y una de ellas le golpeó en el codo. Los romanos, pues, acometen contra damala, pero sufren una serie de reveses e incluso Vespasiano es atrapado en la ciudad y tiene que luchar para salir de ella, muriendo en ese intento un co­mandante suyo llamado Aebutius, quién había luchado antes contra Josefo en la toma de Jotapata. Las tropas romanas se desmoralizan y Vespasiano tiene que arengarlas, diciéndoles que ellos no pueden espe­rar ganar siempre fácilmente y que en realidad las pérdidas romanas son insignificantes en comparación con las miríadas de rebeldes muertos y que, por tanto, deben recobrar el valor que caracteriza a los bue­nos soldados y dejar de portarse como afeminados. Ante esto, el asedio es renovado y la gente comienza a huir de la ciudad por barrancos y pasos subterráneos. En el ínterin, Tito se encontró con Mucianus en Si­ria, quien sustituía a Cestio Galo por orden de Nerón como gobernador de dicha provincia (pues, poco des­pués del desastre de Bethorón, Cestio murió, probablemente durante el invierno del año 67). También, Pla­cidus, que había sido enviado por Vespasiano hacia el suroeste, tomó una fortificación que había sido le­vantada por orden de Josefo en el monte Tabor; y no se dejó engañar por los defensores, que pretendie­ron salir para hablar con él en términos de rendición cuando en verdad estaban organizados para un ataque por sorpresa; pero Placidus puso una emboscada contra ellos y los derrotó, y muchos de los insurrectos huyeron a Jerusalén, quedando sólo en el lugar los naturales, los cuales se rindieron pacíficamente. Por su parte, entrados ya en la segunda semana de noviembre del 67, aunque la defensa de Gamala estaba muy debilitada, el sitio de la ciudad continuó hasta que 3 soldados de la legión XV entraron sigilosamente al a- monecer y socavaron una torre. Entonces, los guardias de la ciudad huyeron y los 2 líderes que comanda­ban a los rebeldes murieron. A continuación, el día 11 de noviembre del año 67, el ejército romano entró en Gamala y se produjo un suicidio masivo de los habitantes de la ciudad. Los romanos, además, mataron a 4000 personas. Sólo dos mujeres sobrevivieron, que resultaron ser sobrinas del hijo de un tal Filipo de Jacimus, un comandante de Agripa. Tras su regreso de Siria, Tito avanzó contra Giscala, la última ciudad rebelde, y le ofreció la posibilidad de rendirse explicándole que las demás ciudades, más fuertes que ésta, ya habían caído. Juan de Giscala respondió a la propuesta solicitando que se concediera un plazo hasta el día siguiente, pues el día actual era sábado. Tito estuvo de acuerdo y se retiró, pero Juan aprovechó la o­portunidad para huir antes de la caída de la noche, con sus zelotes seguidores armados y con sus familias. Se dirigieron hacia Jerusalén, pero Tito los persiguió con una fuerza de caballería y mató a 6.000 de ellos, y capturó a 3.000 mujeres y niños; pero Juan se escapó y llegó a Jerusalén. Finalmente, Tito entró en la ciudad y la aseguró con una guarnición. Oficialmente, antes de la llegada de diciembre del 67, la campaña romana de Galilea se dio por terminada.

Hacia finales de noviembre del 67, Tito regresó a Cesarea desde Giscala y Vespasiano emprendió u­na campaña por la costa, bajando desde Cesarea hacia el sur de Jope (o Joppa, tomada por Trajano a me­diados del verano del mismo año y donde ahora residía una guarnición romana) y sometiendo a las ciudades de Jamnia (Yamnia) y Azotus; y luego regresó a Cesarea con un gran número de cautivos, quienes habían a­cordado su rendición sin presentar batalla; entonces, Vespasiano y todo el ejército se dispusieron a inver­nar (descansar durante el invierno en Cesarea, antes de acometer la campaña de Judea). Pero previamen­te, y para asegurarse el control de toda Palestina y el fin de toda insurrección en el territorio reconquis­tado, redujo los últimos islotes de resistencia judía en Perea enviando al tribuno Plácido a tomar su capi­tal, Gadara, y dejando sólo subsistir la fortaleza de Maqueronte (Machaerus). Entretanto, los rebeldes galileos se refugiaron en Jerusalén y también lo hizo Juan de Giscala entre ellos; sin embargo, los judíos, lejos de mantener la unidad frente a los romanos, con la llegada del tal Juan (recordemos que este perso­naje, jefe de una banda extremista, le presentó a Josefo en Galilea una gran oposición poco antes del a­vance de Vespasiano) dieron comienzo a una lucha de poder entre facciones que provocó enfrentamientos en el interior de la ciudad de David (es decir, Jerusalén). Esto llegó a oídos de Vespasiano, pues las dispu­tas en Jerusalén eran bastante notorias; y ante esto, algunos comandantes romanos creyeron oportuno que Vespasiano atacara la ciudad de David y la to­mara sin más dilación, argumentando que la provi­dencia divina estaba a favor de Roma; pero Vespa­siano fue muy cauteloso y prudente, y decidió es­perar tranquilamente durante todo el invierno del 68 para dar tiempo a que las distintas facciones judaicas se debilitaran entre sí (lo cual hicieron, e­fectivamente, llegando incluso a provocar matanzas intestinas en Jerusalén; y más, porque, debido a que los líderes de los distintos grupos en disputa no sentían ahora ninguna necesidad de protegerse de un eventual e inminente ataque romano, querían resolver definitiva, estúpida y rápidamente el a­sunto del liderazgo en la ciudad por la fuerza de las armas, antes de que un tal ataque romano se produjera; y de hecho las luchas entre facciones se recrudecieron y se hicieron muy sangrientas, y como consecuencia las reservas de grano de la ciu­dad fueron destruidas o quemadas, los alrededores del templo arrasados y más de 20.000 judíos per­dieron la vida). Por lo tanto, los romanos esperaron y miraron; y entonces Vespasiano comentó: "Dios es mejor general que yo, pues nuestros enemigos se destruyen entre sí con sus propias manos". Aparentemente, la fuente de información de Vespasiano fue la gran cantidad de judíos que desertaron de Jerusalén y se entregaron a los romanos, suplicando que se protegiera a la ciudad de la violencia de los rebeldes y se rescatara al resto de sus habitantes, pues éstos no apoyaban la insurrección y desgraciadamente se encontraban atrapados en la metrópoli, en medio de u­nas condiciones que empeoran de día en día y que se extendían incluso a las pequeñas poblaciones circun­dantes.

Lo cierto es que la huida de Juan de Giscala y sus seguidores hacia Jerusalén, donde fue acogido como un héroe, trajo malas consecuencias para los apoyadores de la rebelión contra Roma, pues este indi­viduo instigó una purga entre muchos notables de la ciudad, a los que acusó de colaboración con los roma­nos y muchos de ellos fueron ejecutados sin juicio previo. La capital judía quedó dividida entre los grupos zelotes más exaltados y extremistas, que eran dueños de la gran explanada del Templo, y los grupos mode­rados dirigidos por los sacerdotes. Los zelotes llamaron en su ayuda a 20.000 idumeos (éstos eran descen­dientes de los pobladores del noroeste de Edom o Idumea que el gobernante macabeo Juan Hircano subyu­gó y obligó a aceptar el judaismo a finales del siglo II antes de la ЕС, y, como prosélitos judíos, fueron in­corporados a la parte sur del territorio de Judea), que lograron entrar una noche en Jerusalén tras abrír­seles las puertas desde dentro, llevando a cabo una matanza general de sacerdotes, de seguidores de és­tos y de supuestos simpatizantes de los romanos. En efecto, Una vez que Juan de Giscala llegó a Jerusa­lén, se desató un enfrentamiento entre los saduceos y los zelotes y sicarios, porque estos últimos culparon a los primeros de la pérdida de Galilea y por intentar convencer al pueblo de la necesidad de una guerra más arriesgada contra los romanos. El enfrentamiento se extendió por toda la ciudad, y a pesar de que las autoridades judías intentaron por todos los medios que la sangre “no llegara al río", a través de discursos como los del fariseo Simeón ben Gamaliel (parece que éste fue posteriormente conocido como el Rabban Shimon ben Gamliel I, nacido el año 10 antes de la ЕС y fallecido el año 70 de la ЕС, hijo primogénito y sucesor en la presidencia del Sanedrín de Gamaliel el Viejo, quien murió en el año 50 de la ЕС y fue proba­blemente el famoso Gamaliel que se menciona en el libro sagrado de los Hechos de los Apóstoles, capítulo 5, versículo 34) o los de los sumos sacerdotes Anós y Jesús, los zelotes, decididos por la causa hasta el final fueron eliminando a los sospechosos de simpatizar con Roma, lograron hacerse con el poder político, convocaron al pueblo y decidieron elegir, por sorteo, a un nuevo Sumo Sacerdote llamado Fanías, que pare­ce ser que no descendía de ningún miembro del Sanedrín y no tenía ni idea del oficio sacerdotal, con lo que fue elegido de manera oportunista para el cargo, a sabiendas de que no estaba preparado para ello. No obstante, los zelotes, descontentos aún, y estando en inferioridad numérica, pidieron ayuda a los idumeos suplicándoles que se unieran en alianza con ellos, con la excusa de que en los ambientes sacerdotales esta­ban urdiendo entregar la ciudad a los romanos; pero al llegar los idumeos a las puertas de Jerusalén y siendo descubierta su asociación con los zelotes, no se les permitió entrar. Sin embargo, la noche siguien­te, en medio de una gran tormenta, los zelotes consiguieron abrir las puertas y dejarlos pasar; y una vez entrados, se cometieron todo tipo de barbaridades, saqueos y asesinatos, sobretodo dirigidos hacia los más ricos y notables, produciéndose también una gran matanza depurandora en la ciudad en la que cayeron entre otros los sumos sacerdotes Amas y Jesús. Finalmente, los idumeos mismos, asqueados de ver tantas atrocidades perpetradas por los zelotes fanáticos contra ciudadanos honrados, no quisieron saber más de los zelotes y se retiraron. Por su parte, los zelotes, con Juan de Giscala al mando, consiguieron el control absoluto de la ciudad.

A finales de marzo del 68, Vespasiano se dispuso a reiniciar la campaña de Judea y marchar hacia Jerusalén, habiendo ya sometido a otras partes estratégicas del país para prevenir ataques. Entonces lle­gan a sus oídos noticias de una rebelión contra Nerón en la Galia, llevada a cabo por su gobernador, Julio Vindex, quien está asqueado de los derroches y las excentricidades del emperador; sin embargo, Vindex mismo rehusaría más tarde ser proclamado emperador por sus soldados. Iniciada la primavera, Vespasiano se mueve hacia el sur por el lado occidental, donde las planicies del terreno costero son altamente favora­bles para el despliegue de sus tropas. Toma la ciudad de Antipatris en 2 días, luego somete a Tamna, Ly- da, Jamnia (Yamnia) y Ammaus (Emmaus o Emaús) en poco tiempo, hace frecuentes incursiones sobre Idu­mea y toma 2 pueblos en el corazón de ella, Betabris y Cafartoba, matando a más de 10.000 pobladores, capturando a 1.000 de ellos y expulsando al resto, y colocando finalmente una división de sus tropas para que dominara preventivamente toda la colina de este país. A principios de junio del 68 Vespasiano vuelve a Ammaus y luego atraviesa Samaria y pasa cerca de Neópolis, alcanzando Corea (Coreae o Nablus) por la frontera de Judea. Acampa allí el 20 de junio del 68 y al día siguiente llega a Jericó, sumándose a las fuerzas de Perea comandadas por el general Trajano. Los habitantes de Jericó y del área circundante hu­yen a las colinas cercanas a Jerusalén. Vespasiano visita el Mar Muerto (Lago Asphaltitis) y comprueba sus propiedades sigulares, entre las que destaca el hecho de que la gente que no sabe nadar flota sobresalien­temente en el agua profunda; luego establece guarniciones en Jericó y Adida (a unos 32 kilómetros al nor­oeste de Jerusalén) y envía a Lucius Annius a tomar Gerasa, quién mata a 1.000 jóvenes, captura mujeres y niños, incendia las casas y a continuación acomete contra los pueblos circundantes. Ahora, la ciudad de Je­rusalén ha sido aislada; pero entonces Vespasiano recibe noticias del fallecimiento del emperador Nerón, acaecido el 9 de junio del 68.

Según la Wikipedia, A finales del 67 o principios del 68, Cayo Julio Vindex, gobernador de la Galia Lugdunensis, se rebeló contra la política fiscal de Nerón. El emperador envió a Lucio Verginio Rufo, gober­nador de la Alta Germania, a sofocar la revuelta y Vindex, con el objetivo de recabar aliados, pidió apoyo a Galba, gobernador de la Hispania Tarraconense. Verginio Rufo, sin embargo, derrotó a Vindex y éste se suicidó, mientras que Galba, por su parte, acabó siendo declarado enemigo público. Nerón había recupera­do así el control militar del Imperio, pero esto fue utilizado en su contra por sus enemigos en Roma. En ju­nio del 68, el Senado romano votó que Galba fuera proclamado emperador y declaró enemigo público a Ne­rón, utilizando para ello a la Guardia Pretoriana, que había sido sobornada, y a su prefecto Ninfidio Sabino, que ambicionaba convertirse en emperador. Según Suetonio, Nerón huyó de Roma a través de la Vía Sala­ria. Sin embargo, a pesar de haber huido, Nerón se preparó para suicidarse con ayuda de su secretario E- pafrodito, quien lo apuñaló cuando un soldado romano se aproximaba. Según Dion Casio, las últimas pala­bras de Nerón demostraron su egocéntrico amor por las artes; exclamó: "Qué gran artista muere conmi­go". Con la muerte de Nerón desapareció la Dinastía Julio-Claudia y el Imperio se sumió a continuación en una serie de cortas guerras civiles, conocidas como "el año de los cuatro emperadores". Según Suetonio y Dion Casio, el pueblo de Roma celebró la muerte de Nerón. Tácito, sin embargo, habla en sus escritos de un panorama político mucho más complicado en donde la muerte de Nerón fue bien recibida entre los sena­dores, la nobleza y la clase alta, pero no por la clase baja, los esclavos y los asiduos del teatro, que habían sido los beneficiarios de los excesos del emperador, de modo que éstos recibieron la necrológica noticia con gran rechazo. El ejército, mientras tanto, se debatía en la encrucijada entre el deber de obediencia a Nerón como su emperador y el ceder a los suculentos sobornos ofrecidos para derrocarlo.

Con la noticia de la muerte de Nerón, recibida por Vespasiano probablemente hacia mediados del verano del 68, éste detiene las operaciones contra Jerusalén y decide esperar para ver sobre quién recae el gobierno del Imperio, es decir, el sucesor de Nerón. No tarda en saber que el nuevo emperador es Gal­ba, nombrado por el Senado, por lo que envía a Tito y Agripa hacia finales del otoño del 68 para que le transmitan sus saludos y para obtener instrucciones adicionales procedentes del emperador, si las hubie­re, acerca de la guerra en Judea y con relación a la campaña contra los judíos rebeldes concentrados en Jerusalén. Sin embargo, cuando Tito se aproxima a Roma recibe noticias de la muerte de Galba (asesinado la mañana del 15 de enero del 69) y del nombramiento de Otón por el Senado como su sucesor, además de la marcha hacia Roma desde la Baja Germania de Vitello con la pretensión de eliminar a Otón y arrebatarle el mando del Imperio. Entonces Tito, no queriendo arriesgarse a ser absorbido por ninguno de los dos ban­dos en contienda, cancela el viaje y vuelve a unirse con su padre en Cesarea; por su parte, parece que Agri­pa continuó hacia Roma. Según Suetonio, Tito pasó por Pafos a su regreso y allí consultó el oráculo de Ve­nus, que pronosticó su futuro ascenso al poder, y esto debió incrementar positivamente su respeto hacia Josefo, pues éste ya le había augurado un buen futuro en Roma; de hecho, tanto Vespasiano como Tito pa­rece que admiraban el ingenio que este judío había demostrado en la defensa de Jotapata y el talento que manifestó después para poder zafarse de la obstinación suicida del grupo de rebeldes supervivientes que se refugió con él en una cueva cercana tras la caída de dicha ciudad. En cuanto a la campaña de Jerusalén, ésta se detuvo hasta los comienzos del verano del 69, pues el caos en Roma (causando una corta guerra ci­vil) mantuvo a los ejércitos de Judea (acaudillados por Vespasiano) en expectación respecto al futuro in­cierto del Imperio. Entretanto, en la ciudad de David se produjo una nueva lucha intestina ocasionada por un tal Simón bar Giora, edomita fanático que lideraba a una hueste de sicarios. En efecto, según la Wiki­pedia, en el 68, segundo año de la gran revuelta, aparecieron cuatro jefes de los rebeldes judíos: Juan de Giscala, Simón bar Giora, Eleazar ben Simón y Eleazar ben Yair; Simón bar Giora (epíteto que probable­mente signifique “hijo del prosélito") era un general muy experto que reunió 40.000 soldados prometiendo la libertad a los esclavos y recompensas a los que ya eran libres; su programa político era radical y se a­trajo la a>jers\ón del conservador Flavio Josefo; pero por temor al aumento de poder de Juan, otro grande y peligroso fanático, el pueblo de Jerusalén invitó a los edomitas a entrar en la ciudad en la primavera del año 69, para así tratar de disolver el absolutismo de Juan, y con tal acción, Simón, adalid edomita, se a­presuró a gobernar como un rey; de modo que ahora, en el interior de Jerusalén, lejos de alcanzarse un e­quilibrio de poderes, lo que sobrevino fue el estallido de una guerra civil entre los zelotes de Eleazar, los guerreros de Simón y los seguidores de Juan; al final Simón consiguió vencer a Juan después de asediarlo en el Templo; pero en la primavera del año 70 Tito atacó Jerusalén, la tomó y procedió al saqueo de la ciu­dad, y Simón tuvo que rendirse a los romanos, quienes lo llevaron a Roma, lo pasearon en la procesión triun­fal de Tito y lo arrojaron al vacío desde la Roca Tarpeya (una abrupta pendiente de la antigua Roma, situa­da junto a la cima sur de la colina Capitolina, que se utilizaba como lugar de ejecución de asesinos y traido­res, a los que, sin ninguna piedad, se les lanzaba desde ella: un lugar apenas reconocible actualmente, debi­do a la erosión y sobretodo a la acción humana que se han acumulado allí por casi 2 milenios).

El 23 de junio del año 69 Vespasiano avanza desde Caesarea hacia áreas aún no conquistadas de Ju­dea, tales como las colinas del país, Gophna (al norte de Judea) y Acrabetta (al nordeste), sometiéndolas; y también toma Betel (al sudeste de Gophna) y Efraín (al nordeste de Betel). Entonces se lanza a caballo, con sus escuadrones de caballería, hasta casi las mismas murallas de Jerusalén, matando a muchos de los que encontró a su paso y haciendo gran cantidad de prisioneros. Por su parte, Ceraelius, de la legión V, toma Idumea superior, Caphethra y Capharabis, que se rindieron con mucho gusto; luego pasa a Hebrón, matando a todos sus habitantes e incinerando la ciudad. Cada fortaleza queda ahora sometida a los roma­nos, excepto Herodión, Masada y Maqueronte, que fueron defendidas por los bandoleros y resultaron ser de poco interés para los romanos en esos momentos. Jerusalén era ya el objetivo prioritario y único a to­mar en cuenta, pues toda Palestina había quedado prácticamente controlada por los romanos. Pero enton­ces llegan noticias a Vespasiano sobre la lamentable situación en Roma, esto es, la muerte del emperador Otón a consecuencia de su enfrentamiento contra el general Vitelius, cuyo ejército lo aclama como el nue­vo emperador. Esto enfurece mucho a Vespasiano y a sus tropas, y éste decide detener la campaña contra Jerusalén y volver a Cesarea con las legiones. Son los comienzos del otoño del 69, y Vespasiano, antes de regresar a Cesarea, deja bien af ianzado el territorio conquistado mediante guaniciones y destacamentos.

En Cesarea marítima, en el otoño del 69, la indignación de Vespasiano y sus hombres ante la usurpa­ción de Vitello (o Vitelius) se va propagando y transformando rápidamente en deseos de rebelión contra el nuevo césar por parte de los oficiales militares de toda la Palestina. Esto se vio agravado por el hecho de que, de camino a la capital, Vitello se ganó el odio del pueblo a consecuencia de los excesos a los que per­mitía entregarse a su corte, y cuando alcanzó el lugar donde se había producido la batalla en la que había fallecido su enemigo, el emperador Otón, exclamó ante los soldados que se apartaban del hedor de los ca­dáveres, según el historiador Suetonio: "El cadáver de un enemigo siempre huele bien, y mejor aún si es un conciudadano"; además, luego de pronunciar esta frase, se dirigió a la tumba de Otón y allí se burló de él en presencia de sus fuerzas; cuando llegó a Roma hizo gala de la opulencia que le había hecho ganarse los odios del pueblo, al entrar en la capital ataviado con lujosas vestimentas y a la cabeza de hombres vesti­dos con sus mejores ropajes, donde asumió el pontificado, estableció las nuevas magistraturas y se decla­ró cónsul vitalicio, y el 19 de abril del 69 se hizo proclamar emperador por el Senado. Las fuentes clásicas afirman que Vitello se valió de su posición para entregarse a los más suntuosos placeres culinarios, y en la capital eran conocidos sus banquetes. Suetonio dice que este emperador era un ser cruel al que le gustaba ordenar asesinatos y contemplarlos, y asesinó a todos aquellos acreedores que le habían exigido el dinero de sus cuantiosas deudas y también a sus dos hijos por haberse expresado públicamente contra la facción de los azules del circo (nota: cuenta Grimai que en la antigua Roma la pasión por las carreras de carros ti­rados por caballos que se celebraban en el Circo era indescriptible y la disputaban 4 facciones de oponen­tes competitivos: la blanca, la roja, la verde y la azul; los aurigas vestían una túnica y un gorro de cuero del color correspondiente y el emperador Vitello castigó con pena de muerte a los partidarios de los verdes por haber hablado mal de los azules); se llegó a afirmar, incluso, que había dejado morir a su propia madre.

Durante ese mismo otoño (del 69), el ejército romano en Cesarea declara emperador a Vespasiano y le presiona para que acepte el cargo de primer mandatario del Imperio. Sin embargo, Vespasiano se incli­na por la prudencia y la seguridad personal antes que exponerse a los peligros que supondría competir por el puesto de emperador. No obstante, sus tropas son vehementes y desean que alguien salve al Imperio de las manos de Vitello y de otros incompetentes; de modo que sus oficiales le presionan enormemente y los soldados marchan en tropel por las calles blandiendo las espadas y amanazándole de muerte si no es capaz de tomar la iniciativa para salvar a Roma con la dignidad que siempre le ha caracterizado; ante esto, él ce­de y sus soldados se tranquilizan. Ahora tiene que actuar rápidamente, pues la guerra por el mando del Imperio lo ha engullido inexorablemente. Su primer movimiento consiste en adquirir el control de Egipto, donde se encuentra el principal suministro de grano del Imperio, por lo que escribe a Tiberius Alexander, gobernador de Egipto y Alejandría (y antiguo procurador Judea), para que le dé su apoyo. Tiberius lee la carta en público e insta a sus legiones y al pueblo a prestar juramento de lealtad a Vespasiano, y todos ellos lo hacen de buena gana. Las noticias acerca del alzamiento de Vespasiano se extienden rápidamente hacia el este y son acogidas con regocijo, y muchas legiones en Europa se suman a la causa. También, el general Mucianus, gobernador de Siria, le da su apoyo. Entonces, después que Vespasiano es objeto de mu­chos augurios favorables emitidos por diferentes visionarios, recuerda la predicción que le hizo Josefo y decide liberarlo, para lo cual pide a Tito que mande cortar las cadenas que atenazan al judío con un hacha, ya que esta acción significa que su encadenamiento ha sido injusto. Además, después Vespasiano convoca a Mucianus y a varios oficiales y amigos para referirles la anécdota de que él, en principio, no creyó a Jose- fo, pues pensaba que era un rebelde charlatán que pretendía eludir la pena de muerte, pero el tiempo y el desarrollo de los acontecimientos estaban dando la razón al judío, como si éste fuera portador de un men­saje divino, y entonces añadió: "Es vergonzoso que alguien que ha pronosticado mi subida al poder, y que e­ra un portavoz de Dios, se encuentre todavía en cautiverio y tenga que soportar el destino de un preso". Así fue como Flavio Josefo obtuvo su liberación y mas que eso, es decir, adquirió gran prestigio y un pues­to oficial como colaborador de Tito en la campaña de Jerusalén.

Hacia diciembre del año 69 Vespasiano envía una gran fuerza militar a Italia bajo el mando de Mu­cianus, quien, como las temperaturas eran bajas y desfavorables, marcha por la ruta de la Capadocia y Fri­gia. Vitello, en prevención del levantamiento de Vespasiano, había puesto en marcha una serie de medidas defensivas desesperadas, que supusieron una considerable carga para el tesoro del Imperio; y cuando se enteró de que las huestes de Dalmacia e Iliria se habían unido a su adversario trató de dimitir de su cargo y muchos de sus allegados desertaron de su lado. Al parecer, Vitello esperó a Vespasiano al mando de sus tropas en Mevania y cuando las fuerzas de su rival alcanzaron el lugar convino su dimisión con Marco Anto­nio Primo, comandante de la legión VI y uno de los principales partidarios de Vespasiano. Pero los soldados de la guardia pretoriana (cuerpo militar que servía de escolta y protección a los emperadores romanos) o­bligaron a Vitello a violar el acuerdo y le hicieron volver a palacio. Suetonio y Tácito afirman que cuando las tropas de Vespasiano entraron en la capital, Vitello se escondió en el hogar de un portero; finalmente, sus enemigos lo encontraron y, a pesar de sus súplicas, lo trasladaron al Foro, donde el pueblo en pleno y muchos soldados apoyadores de Vespasiano lo acribillaron con muchas vejaciones y lo mataron, y después arrojaron su cuerpo al río Tiber y su cabeza la pasearon por las calles de la capital; también mataron a su hijo y a su hermano. La gente de Roma aclama unanimemente a Vespasiano como nuevo emperador, y acto seguido es declarado oficialmente emperador por el Senado a finales de diciembre del 69, mientras él es­taba todavía en la provincia de Egipto (según Tácito, el viaje de Vespasiano a Roma se retrasó a causa del mal tiempo, y algunos historiadores modernos sostienen además que éste permaneció allí a fin de consoli­dar su poder en la provincia y para sofocar una serie de protestas que estallaron en Alejandría motivadas por la nueva política fiscal, y que causaron que los envíos de grano de Egipto a Roma se detuvieran; no obs­tante, Vespasiano logró que se restaurara el suministro cuando la población de la capital imperial estaba al borde de desfallecer a causa de inanición). Al día siguiente de la muerte de Vitello, Mucianus llega con sus fuerzas a Roma y se nombra herederos del César a Domiciano y a Tito, los hijos de Vespasiano. Entretan­to, Mucianus, auxiliado por Domiciano (pues Tito estaba con su padre), administra el Imperio hasta la lle­gada a Roma de Vespasiano, hacia mediados del año 70. У, a principios del año 70, Vespasiano envía a Tito desde Alejandría hacia Judea, con tropas romanas adicionales, para aplastar a Jerusalén. Tito llega a Ce­sarea, quizás a mediados del invierno del 70, y Josefo le acompaña.

A pesar de la obligada tregua que Vespasiano tuvo que acometer con motivo de la guerra civil que estalló en Roma y en la que él mismo acabó siendo el vencedor y vistiendo el manto purpúreo del empera­dor, los rebeldes de Jerusalén desaprovecharon la ocasión de unir sus fuerzas contra los romanos. En e­fecto, la situación en la capital de Judea, durante esos meses otoñales e invernales de tregua, distaba mu­cho de ser la más conveniente para la defensa de la ciudad; y para colmo se habían producido diversos en­frentamientos, con abundante derramamiento de sangre, provocando una especie de guerra civil entre las distintas facciones y una total desatención a las medidas estratégicas más básicas para poder aguantar el inminente asedio. Por un lado estaba Eleazar ben Simeón, el principal jefe de los zelotes en Jerusalén has­ta la llegada de Juan de Giscala; y este Eleazar no estaba dispuesto a servir bajo las órdenes de Juan por considerarlo un líder novato en la ciudad y por ser más joven (y supuestamente más inexperto) que él. E- leazar dominaba a los hombres de Juan, ya que se encontraba en el Templo en una posición ventajosa pese a su inferioridad numérica, y los materna a raya. A su vez, Juan de Giscala tenía que hacer frente a Simón bar Giora, que tras realizar algunas correrías por Galilea e Idumea, había llegado a la capital con los bra­zos abiertos y gracias a la colaboración del pueblo, con la esperanza de amortiguar la actitud extremista de Juan de Giscala; pero este Simón bar Giora pronto mostró ser igual o peor, con lo que el pueblo, espe­so rondo deshacerse de un tirano, se encontró con dos, luchando entre sí, a pesar de que ambos consi­deraban a los ricos y aristócratas como enemigos comunes. Por otro lado, en el frenesí por debilitar­se mutuamente, Juan y Eleazar no encontraron na­da mejor que prender fuego a los enormes almace­nes de grano de la ciudad, en donde estaban las re­servas de víveres acumulados con vistas al asedio; así, ambos, con el miope objetivo de evitar que el bando rival se adueñara de ellos, habían decantado la situación bélica muy a favor de los romanos. Se­gún Flavio Josefo: "Todos los alrededores del Tem­plo fueron presa del fuego, la ciudad quedó conver­tida en campo yermo librado (se sobreentiende: A­bandonado) a las peleas intestinas y ardió todo el trigo, que pudiera haber bastado para muchos años a los asediados".

Tito disponía de 4 legiones para el asedio, a saber, la legión V (Macedonica), cuyo legado era Sexto Vetuleno Cerealis, la legión X (Fretensis), di­rigida por Aulo Lancio Lepido Sulpiciano, la legión XV (Apollinaris), cuyo mando estaba bajo Marco Tittio Frugi, y la legión XII (Fulminata), cuyo legado, aunque no lo sabemos con certeza, quizás fuera Cesenio Galo, el mismo que estaba al frente de la misma cuando le ocurrió el desastre de Bethorón. Esta última, a pesar de sufrir aquel famoso revés, había sido recompuesta y restituida, y acerca de ella Flavio Josefo a­firma que sus integrantes estaban sedientos de venganza. Aparte de estas 4 legiones, que se encontraban incompletas en número debido a las bajas en las campañas anteriores, Tito contaba, para compensar, con vexillationes (nota: Una “vexillatio" era un destacamento de nueva creación formado para cubrir las nece­sidades militares en una determinada campaña bélica, y habitualmente constaba de varias centurias de soldados procedentes de diversas unidades o legiones) extraídas de la legión III (Cyrenaica) y de la legión XXII (Ueiotariana), con un total aproximado de 2.000 hombres, las cuales estaban estacionadas en Egipto al mando del prefecto Tiberio Julio Alejandro (quien fue, al igual que Flavio Josefo, un antiguo judío que ahora servía a los romanos); también contaba con unos 3.000 hombres procedentes de Siria, quizás de las legiones III (Gallica) y VI (Ferrata); además, tenía el apoyo de los príncipes clientes Agripa II, Soemo de Emesa y Antioco de Comagene, y 8 alaes de caballería auxiliar (nota: La alae, o ala, según Polibio, era un término que designaba a la caballería que se alineaba tanto a la derecha como a la izquierda de una legión, generalmente constituida por unos 500 hombres bajo el mando de un prefecto de la orden ecuestre) y 20 cohortes de infantería (nota: Una cohorte era una unidad táctica uniforme que constaba de 500 a 700 sol­dados). El número total de efectivos humanos al mando de Tito podría establecerse aproximadamente en unos 40.000 a 60.000, entre combatientes y auxiliares.

Si nos atenemos a los relatos de Flavio Josefo, la ciudad de Jerusalén se encontraba asentada entre dos colinas, la del este bastante menos elevada que la del oeste, además de estar rodeada la ciudad por barrancos infranqueables y grandes hondonadas. En la época del asedio, la mayoría de la población es­taba situada en la colina más baja, conocida como Ciudad Baja, en un proceso de ocupación que había co­menzado ya en la época de los últimos reyes de Judó. Pero lo más imponente de la ciudad eran sus mura­llas, formidables y muy difíciles de penetrar. De afuera hacia adentro, es decir, comenzando desde la par­te exterior, tenemos la llamada tercera muralla, que era la más reciente y que comenzó a erigirse en época de Agripa I, hacia el año 41 o 42 de nuestra era, destinada a proteger el barrio nuevo de Betzató (o Beze- ta), situado en la Ciudad Nueva, cuya construcción quedó interrumpida para no levantar sospechas de cara a las autoridades romanas, y que en estos momentos aún no había sido terminada y además era de menor calidad que las dos restantes murallas, más antiguas. Parece ser que justo antes del asedio del año 70 se reanudaron los trabajos con el fin de acabarla pero no dio tiempo, y, según Flavio Josefo, de haberse ter­minado dicha muralla la ciudad habría sido totalmente inexpugnable puesto que ningún artefacto bélico ha­bría podido rebasar los descomunales bloques de piedra que cuarteaban su superficie exterior (nota: Se supone que esta tercera muralla dejaba mucho que desear cuando fue asaltada por Cestio Galo, en el año 66; pero tras la retirada de éste hubo un lapso de aproximadamente 3 años, hasta comienzos del 70, en donde se reconstruyó y se fortificó extraordinariamente, aunque no se terminó debido probablemente a las luchas intestinas por el dominio de la ciudad). Mención especial merece la llamada Torre Psefino, situa­da en el ángulo noroeste, entremetida en la tercera muralla, en cuya proximidad establecería Tito su cam­pamento. La segunda muralla, situada detrás de la tercera y menos extensa, fue levantada en la época as- monea debido al ensanchamiento de la ciudad hacia la colina oeste, mucho más extensa. A su nordeste se encontraba la Fortaleza Antonia, rodeada de 4 to­rres en sus ángulos, construida por Herodes bajo patrocinio de Marco Antonio, cuyo nombre se debe a este último, justo al lado de la parte noroeste del Templo. La primera muralla, de la que aún no se ha descubierto su totalidad, tenía al menos 7 metros de espesor y englobaba al resto de la ciudad, o sea, la Ciudad Alta y la Ciudad Baja y también la mitad del Templo, ya que la parte norte de la muralla, en un terreno nivelado, nacía cerca del acceso al mismo.

En la parte noroeste de la muralla, y extendiéndose hacia el sur, se encontraba el espléndido Palacio de Herodes rodeado en su parte norte por 3 torres que recibieron el nombre de Hípico, en honor a un amigo, Fasael, el nombre de su hermano, y Mariamme, el de su esposa. El resto de la primera muralla se alzaba sobre grandes precipicios, lindando al este con el valle del Cedrión (o Cedrón) y al oeste y sur con el valle del Gehena. Además, la Ciudad Alta y la Ciudad Baja debieron de estar separadas por un muro inte­rior que nacería en la parte norte de la primera muralla y finalizaría en el ángulo suroeste de la misma. Por último, estaba el Templo, que en sí constituía una magnífica fortaleza, remodelado por Herodes, que supu­so uno de los bastiones de resistencia más enconada frente al empuje de Tito, pero que finalmente acaba­ría completamente destruido.

La aproximación a Jerusalén se hi­zo desde varios frentes. Concretamente, desde el oeste llegaron las legiones XII (Fulminata) y XV (Apollinaris) al mando de Tito, y la V (Macedonica) desde Emaús. La excepción fue la legión X (Fretensis), que venía desde Jericó con el propósito de encontrarse a las puertas de Jerusalén con las otras tres legiones. Ahora bien, las legiones no avanzaban en orden de batalla, ya que la posibilidad de encontrar al enemigo en campo abierto era muy baja. No obstante, se movían con cautela bajo las es­trictas órdenes de Tito y sus oficiales. El orden de marcha era bastante parecido al que Vespasiano rea­lizó en el asedio de Jotapata; a la vanguardia iban los auxiliares y tropas aliadas en formación cerrada, pe­ro muy probablemente llevando como pantalla piquetes de caballería y grupos de arqueros, así como infan­tería ligera, encargados de explorar el terreno por si hubiera algún tipo de emboscada; inmediatamente detrás se encontraban los oficiales y soldados responsables de planificar e iniciar la construcción del cam- pamento de marcha para pasar la noche; y a continuación iba el convoy de provisiones de los oficiales, seguido por Tito y su estado mayor, al que pertenecía Tiberio Julio Alejandro, antiguo prefecto de Egipto, custodiados por sus singulares (estos "singulares" eran cuerpos de caballería e infantería reclutados entre las tropas auxiliares de cada provincia, que en un principio se encargaban de proteger a los diferentes car­gos provinciales, ya fueran gobernadores de rango consular o pretoriano, prefectos, legados o procurado­res, pero que en el siglo I de nuestra era se constituyeron en cuerpos militares de élite cuyas funciones básicas eran las de proteger a la figura del emperador o de alguno de sus hijos o posibles sucesores; el nú­mero de soldados de cada “singular" era variable y estaba comandado por un centurión de legión que reci­bía el nombre de "praepositus" o "curam agens") y de 120 jinetes que tenía cada legión. Después, avanzaba o­tro convoy con las piezas de artillería para el asedio, y, a continuación, muy posiblemente, iban los jefes de las unidades auxiliares y de las tropas aliadas juntos, con el propósito de que a Tito le fuera mas fácil dic­tarles órdenes; y detrás iban las legiones, cada una con su emblema del águila, seguidas por su séquito de esclavos y las provisiones; finalmente, en la retaguardia, marchaba el resto de auxiliares y tropas aliadas.

Debían ser ya los finales del invierno, o los comienzos de la primavera del año 70, cuando Tito acampa en Gibeah de Saúl, a 30 estadios (5'5 kilómetros) al norte de Jerusalén, con las legiones XII y XV. Entonces, el futuro emperador, escolta­do por 600 jinetes, que probablemente serían sus singulares, decidió hacer un reconocimiento de la ciudad con el propósito de juzgar el ambiente que se respiraba dentro de ella, ya que parecía que por fin se había calmado la oleada de disputas en­tre las distintas facciones. Sin casco ni armadura, en paralelo a las murallas, efectuó la maniobra, quizás confiando en que la rapidez de las caballerías le permitían semejante acción sin riesgo alguno. Pero en un momento dado, por sorpresa, un gru­po de rebeldes realizó una salida que pilló por sorpresa al propio Tito, quien, gracias a que un puñado de ji­netes se quedaron con él para protegerlo, salió ileso del peligroso trance (de otra forma, seguramente hu­biera caído en manos de aquellos judíos). Los demás jinetes habían huido en desbandada, pensando que to­dos, incluso Tito, habían hecho lo mismo.

Al día siguiente, las legiones empezaron a establecer sus campamentos, no sin antes preparar el te­rreno para su asentamiento haciendo desaparecer los desniveles existentes, talando los árboles de alrede­dor y desbrozando la campiña de las inmediaciones con vistas al asedio. Las legiones XII (Fulminata) y XV (Apollinaris) levantaron sus campamentos en el monte Scopus (Escopo), que estaba aproximadamente a una milla (1'6 km) al nordeste de Jerusalén, mientras que la legión V (Macedonica) hacía lo mismo unos cente­nares de metros más atrás. La legión X (Fretensis), aislada del resto, acampó en las inmediaciones del monte de los Olivos, un poco más arriba del valle de Cedrón, pero, cuando aun no había terminado los tra­bajos de asentamiento, súbitamente, los judíos organizaron un ataque combinado cruzando el va­lle de Cedrón y pillaron por sorpresa a la legión.

Muchos legionarios huyeron despavoridos, mien­tras otros, a las órdenes de centuriones y oficia­les, apenas pudieron formar una línea de conten­ción frente al ataque sorpresa. Tito fue avisado de la escaramuza y corrió presto junto con sus singulares a contrarrestar la ofensiva, consi­guiendo que los legionarios que habían huido re­gresaran a apoyar a los demás. A continuación, Tito cargó con su caballería hacía el flanco de los rebeldes y los jinetes romanos, muy superiores a los jinetes judíos, consiguieron hacer huir a éstos y obligaron al resto de los judíos regresar por donde vinieron. Finalmente, viendo que el peligro había pasado, Tito ordenó reanudar la construc­ción del campamento, estableciendo una fuerza de cobertura formada por cohortes auxiliares y otros soldados de refuerzo. Pero hubo de nuevo otra oleada rebelde de tal ímpetu que Tito se vio obligado a luchar cuerpo a cuerpo a la cabeza de sus tropas, a las que se sumó de nuevo la legión X; y finalmente consiguieron detener el ataque y reunir de nuevo a la fuerza que hacía de cobertu­ra, permitiendo a los legionarios regresar a las tareas de asentamiento y completar por fin la construcción del campamento.

Juan de Císcala (el antiguo rival de Josefo en Gali­lea) derrota a Eleazar y sus fanáticos y se hace con el con­trol del Templo. Por lo tanto, las facciones quedan reduci­das a dos, a saber, la capitaneada por Simón bar Giora, con 10.000 judíos y 5.000 idumeos, y la liderada por Juan de Giscala, con sus 6.000 zelotes originales más 2.400 ze- lotes de Eleazar que se han afiliado a él. Simón controla la Ciudad Alta y la Ciudad Baja, y casi toda el área cubierta por la segunda y la tercera murallas; Juan controla el Tem­plo y sus alrededores; y parece que la zona limítrofe entre ambos fue reducida a cenizas. Por su parte, los romanos ca­si han acabado ya los trabajos de construcción y asenta­miento para sus diferentes campamentos, en tanto que un hombre iba a tomar ahora el protagonismo: Flavio Josefo.

El antiguo prisionero, liberado por el indulgente Vespasiano y que se había granjeado la amistad de Tito, iba a ser usado como instrumento de guerra psicológica. En efecto, los ro­manos, antes de realizar cualquier tipo de asedio, primeramente instaban a los asediados a que se rindie­sen, procediendo, como es natural, a pasar al ataque si la respuesta era negativa. Habitualmente, el coman­dante en jefe, en este caso Tito, debería de ser el que instara a la rendición de los rebeldes judíos, pero en esta ocasión no sería así. Tito, inteligentemente, y sabiendo que el asedio podría ser largo y costoso, tenía como gran baza a Josefo, pues éste fue anteriormente uno de ellos y porque hablaba la misma lengua, y su elocuencia podría resultar muy útil; además, sabía, más que nadie, lo que estaba sucediendo en la ca­pital, gobernada por dos facciones que tendrían sometido al resto del pueblo, harto ya del desarrollo de la guerra y de estar bajo las órdenes de dos cabecillas fanáticos. En estas condiciones y como solución para evitar el conflicto armado, Tito ordenó a Flavio Josefo que fuera el encargado de dar el discurso a los si­tiados. La primera arenga pareció que iba a tener algo de resultado, pero demostró ser inocua, ya que aun­que al día siguiente aparecieron rebeldes apostados sobre las murallas pidiendo la paz de forma empecina­da, prometiendo a los romanos que les abrirían las puertas si llegaban a un acuerdo, sin embargo, resultaría ser una treta: Un grupito que simulaba ser extremista fue expulsado de la ciudad y consiguió atraer a un destacamento romano hasta quedar al alcance de los proyectiles que se arrojaban desde lo alto de la mu­ralla, causando numerosas bajas entre los romanos en su intento de huir cuando hubieron descubierto el engaño. Al enterarse Tito del suceso, éste montó en cólera contra los supervivientes por haber actuado sin previa orden, y pensó castigarlos severamente con la pena capital para que los demás tomaran ejemplo, pero la actuación de los otros soldados, implorando clemencia para los posibles condenados, hicieron reca­pacitar al futuro emperador de que la ejecución de los soldados no sería la mejor opción, no sólo por diez­mar a las tropas sino también para no ver menoscabada su reputación; así que, al final, suponiendo que ya había quedado clara la importancia de mantener una estricta obediencia, les perdonó la vida.

El 1 de mayo del año 70, Tito mueve el campamento hacia el oeste y noroeste de Jerusalén, a una distancia de 2 estadios (unos 400 metros) de la torre Psefino, que está empotrada en la tercera muralla de la ciudad, la que rodea la ciudad nueva (Bezeta); pero la legión X permanece en el monte de los Olivos. A continuación, Tito rodea las murallas para seleccionar un punto de asalto, acompañado por el tribuno Nica­nor (antiguo amigo suyo de Galilea) y de Josefo, en una postreta tentativa de negociar con los rebeldes. Pero Nicanor es alcanzado por una flecha en el hombro izquierdo, mientras que Josefo no conseguía convencer a los sitiados. Por lo tanto, Tito, viendo que las negociaciones eran inútiles, pasó a la acción, or­denando a las legiones XII (Fulminata) y XV (Apollonaris) que estuvieran preparadas para entrar en com­bate inmediato y se situaran a 2 estadios al noroeste de la torre Psefino, y ordenando a la legión V (Ma­ss cedomca) que se apostara más al sur, cer­ca del Palacio de Herodes; pero la legión X (Fretensis) tendría que seguir acampada en el monte de los Olivos. Por su parte, Flavio Josefo se daba cuenta que los sitia­dos habían constituido un frente común a pesar de sus diferencias y que contaban con el apoyo de la población restante, per­trechada ésta detrás de las murallas de la ciudad, al mando de sus dos grandes jefes Simón y Juan, y que contra eso era inútil instar a la rendición de manera pacífica. El punto de asalto elegido por Tito es frente a la tumba de Juan Hircano (gran sumo sa­cerdote y jefe macabeo del siglo II antes de la ЕС, que extendió considerablemente los límites de Judea al someter militar­mente toda la Palestina), en el oeste de la ciudad, a fin de demoler la tercera muralla por su parte aparentemente más frágil, capturar la ciudad Nueva y atacar posteriormente la fortaleza An­tonia presumiblemente por su lado nordeste. Entonces ordena a las legiones XII у XV que se sitúen más al sur, al objeto de construir terraplenes para el asalto.

El asedio propiamente dicho comenzó. El lugar escogido para el primer asalto a las murallas fue en los aledaños de la tumba del sumo sa­cerdote Juan Hicarno, no demasiado lejos de la actual Puerta de Jafa.

Los legionarios despejaron el terreno adyacente con el fin de prepararlo para que las máquinas de asedio pudieran maniobrar y recogieron toda la madera posible para su construcción. Como es lógico, los sitiados intenta­ron por todos los medios frenar, a través de proyectiles disparados con escorpiones y balistas conseguidas durante el desastre de Bethorón, los trabajos de los legionarios, mientras que éstos, para salvaguardar el es­fuerzo de sus compañeros, hacían lo mismo, intentando despejar a los re­beldes de las murallas también a base de proyectiles. El intercambio fa­voreció a los romanos, que, a pesar de sufrir algunas bajas, pudieron se­guir adelante con sus trabajos. Flavio Josefo cuenta que los sitiados po­dían prever el lanzamiento de las piedras de las catapultas por ser éstas demasiado claras, vistas contra un fondo oscuro desde las murallas, lo que daba tiempo a que se apartaran de la trayectoria y se escon­dieran. Los romanos, dándose cuenta de ello, pintaron las piedras de un color oscuro, con el propósito de que fueran más difíciles de advertir y así causar más bajas. Pero este tipo de intercambios, a pesar de que los romanos llevaban ventaja en cuanto a destreza, no era suficiente para abrir una brecha en la tercera muralla sino que hacía falta algo más que eso.

La técnica más usada por los romanos para los asedios por asalto, en cuanto a abrir brecha en las murallas, era la del ariete. Terminados los trabajos de despeje del terreno para que las máquinas pudieran acercarse a la muralla a través de la construcción de rampas, una por cada legión, lo que hacía un total de tres, se construyó una torre de asedio por cada una de las legiones, con el objetivo de que arqueros y es­corpiones (armas con cuerpo metálico que arrojaban flechas de unos 70 cm de longitud, con un alcance má­ximo de poco más de 350 metros, capaces de traspasar por completo un escudo y estimándose que cada centuria disponía de una de ellas, lo que haría un total de 59 por legión) pudieran disparar contra cualquier defensor situado en el parapeto de la muralla a la misma altura cuando llegase el momento. Las legiones a- cercaron, pues, los arietes y las torres de asedio desde una posición segura para evitar que los re­beldes pudieran destruir alguna de ellas y antes de que el ariete diera el primer golpe a la muralla los romanos instaron por última vez a los judíos para que se rindieran, ya que una vez dado el primer gol­pe no habría marcha atrás. Pero no hubo una res­puesta positiva, por lo que el ariete dio la primera embestida, lo que provocó que los sitiados ensegui­da arrojaran desde la muralla todo tipo de proyec­tiles a la vez que se abalanzaban en pequeños gru­pos a romper los manteletes que protegían a los a­rietes. En una de estas escaramuzas, ya cuando uno de los arietes de la legión XV (Apollonaris) empe­zaba a hacer mella en la muralla, fue tal el ardor mostrado por los sitiados hacia los romanos que a punto estuvieron de echar a perder todo el trabajo realizado hasta entonces por las tropas romanas.

No obstante, gracias a la impetuosidad de Tito y a las vexillationes procedentes de las legiones egip­cias, a saber, la III (Cyrenaica) y la XXII (Oeiota- riana), pudieron detener esta salida, consiguiendo sólo un prisionero, al que crucificaron para mostrar a los rebeldes el destino que les esperaba si osa­ban continuar desafiando a Roma. A pesar de ello, el gran ardor mostrado por los rebeldes en su sali­da hizo mella en los romanos generando cierto nerviosismo, que se acrecentó esa misma noche cuando sin causa aparente una de las torres de asedio se vino abajo. Sin embargo, el empuje romano no se vino del to­do abajo y los soldados siguieron intentando abrir una brecha persistentemente. En el interior, el general de los 5.000 idumeos (un tal Juan, bajo las órdenes de Simón bar Giora) muere al ser alcanzado por una flecha romana. Finalmente, uno de los arietes abre brecha en la tercera muralla y los rebeldes, presas del pánico, recularon hacia atrás pensando que la muralla ya no era defendible y se parapetaron en la segunda muralla. Habían pasado 15 días de asedio hasta que por fin los romanos pudieron avanzar, lo que nos sitúa aproximadamente en el día 25 de mayo del año 70. Tito mandó demoler gran parte de la tercera muralla, junto con otras estructuras y edificios de este sector de la ciudad (la Bezeta), con el objetivo de que las 3 legiones asediadoras (V, XII y XV) acampasen en ella.

Caída la muralla exterior, los romanos prepararon el asalto a la segunda muralla. Los judíos, detrás de la muralla, seguían defendiéndose con un valor y un arrojo dignos de admiración, como si aun pensaran que podían repeler a los romanos; dispuestos a morir por sus jefes, en especial por Simón bar Giora, y mostrando la extraordinaria tenacidad ante la adversidad que Flavio Josefo conocía bien. Pero esto no bastaba para detener ya a los romanos, pues Tito consiguió en sólo 5 días abrir una brecha en una de las torres en la parte norte de la segunda muralla. Pero antes de eso, el futuro emperador fue objeto de un conato de trampa en la que un tal Cóstor y algunos otros judíos, implorando falsamente piedad a los sitia­dores, intentaron atraer a los soldados con objeto de lanzarles piedras; por lo visto Tito accedió a la peti­ción y envió a un representante suyo, pero Josefo sospechó la treta desde el principio y rehusó participar en las negociaciones; al final, Cóstor atacó a los negociadores y cuando los romanos reanudaron la acometi­da contra la torre él prendió fuego a la misma y se dio a la fuga. Hacia el 30 de mayo, la segunda muralla de la ciudad cede ante el ariete romano e, imprudentemente, Tito con sus singulares y mil legionarios pe­netra hacia el interior de la ciudad por la abertura sin encontrar apenas oposición al principio; sin embar- go, se olvidó de dar la orden de que los legionarios ensancharan la brecha, y cuando él y sus hombres fueron atacados por los rebeldes dentro de las es­trechas calles de la ciudad, llenas de artesanos y tenderos a los que magnáni­mamente dejó con vida, Tito y sus soldados tuvieron muchísimas dificultades para retroceder y retirarse ya que la estrechez de la brecha les impedía salir y también que los refuerzos entraran en su ayuda. Al final, consiguieron esca­par de allí a la desesperada, mientras que los judíos taponaban la brecha con los cuerpos de los caídos. Pero la alegría de los rebeldes duró sólo 3 días, ya que al cuarto, un segundo ataque romano hizo ceder de nuevo la segunda mu­ralla y esta vez sí que se ordenó a los legionarios que la derribaran junto con los edificios adyacentes, para poder maniobrar con mayor seguridad. Así, pues, para principios de junio del 70 la segunda muralla también cayó.

El 4 de junio del año 70 fue arrasada la segunda muralla en su parte norte, pero todavía quedaba la primera muralla sin penetrar, así como la Fortaleza Antonia y el Templo, siendo este último, sin duda, el pos­trero foco de resistencia judía antes de que la ciudad cayera totalmente en manos romanas. Tito, inteligen­temente, sabiendo que aún quedaba la fase mas difícil del asedio, ordenó que las tropas pudieran descan­sar y recuperarse. Ademas, para animar a sus soldados y para mostrar a los rebeldes el poderío y la gran­deza de Roma, en una actitud mas psicológica que beligerante, el futuro emperador ordenó que los solda­dos recibieran la paga, pues éstos cobraban 3 veces al año, en enero, mayo y septiembre, y aún no habían recibido el pago de mayo y ya el calendario se encontraba a primeros de junio; pero la causa de la demora se debió al derribo de la segunda muralla a principios de junio, con lo cual existían varios días de retraso en el mismo, de forma que al efectuarse ahora se relanzaría la moral de las tropas de cara al asalto final. Normalmente la paga se hacía de una manera discreta, pero, en esta ocasión, Tito mandó realizar una ce­remonia especial para su distribución, dóndole solemnidad al acto y ordenando que todo el ejército se des­plegase a la vista de los asediados. Los soldados rivalizaban en cuanto al abrillantamiento de la armadura y sus armas, mientras que los hombres de caballería lucían sus mejores galas y arneses desfilando a la vista de los sitiados, quienes, con mezcla de admiración y de espanto, contemplaban atónitos semejante espec­táculo. Este ceremonial significaba para los romanos un orgullo personal y de bandera, así como la obten­ción de la merecida recompensa por prestar servicio militar; pero para los rebeldes, en cambio, se trataba de una demostración de fuerza y poderío emanados del demoledor ejército romano. El espectáculo duró 4 días, es decir, el tiempo que se tardó en pagar a todos los soldados de las diferentes legiones.

Tito, procurando evitar la destrución de la ciudad, pide a Josefo que éste hable a los rebeldes en su lengua materna y los persuada a rendirse. Así, antes del asalto final, Tito busca, por última vez, la ren­dición pacífica de los sitiados pensando que tal vez la demostración de poderío romano con el ceremonial de la entrega de la paga y el hecho de que gran parte de la ciudad estuviera bajo dominación romana eran razones más que suficientes para claudicar. En esta ocasión, el discurso de Josefo se atiene a 3 premisas: primero, asegurar la salvación de los rebeldes judíos y del Templo, segundo, la incontestable superioridad militar romana y, tercero, en el orden teológico hacerles ver que Dios no está con ellos por sus pecados y que ahora sus prodigios los hace a favor de los romanos, exhortando a sus compatriotas a arrepentirse, para que así Dios los perdone. Incluso va más alió, ofrece su vida y la de su familia a cambio de que cesen las hostilidades. Algunas de estas frases de Josefo revelan no sólo su gran capacidad elocuente sino, tam­bién, una perspicacia fuera de lo común. Por ejemplo, él implora a los rebeldes que ahorren vidas que serón perdidas inútilmente, y que tengan presente que tanto el país como el Templo están en grave peligro de extinción. Afirma que, por lo que él está viendo, los romanos están más interesados en proteger el Templo que ellos. Es sensato y racional ceder ante ejércitos superiores, y los romanos son los amos del mundo por­que, claramente, la voluntad de la Deidad está a favor, o no se opone, a la prosperidad de ellos. Si los ante­pasados de ellos estuvieran ahora gobernando la ciudad, hace tiempo que se habrían rendido a los romanos. Los romanos ya saben que el hambre cunde por toda la ciudad y que esto presagia la caída inevitable de la misma, por lo que es muestra de indulgencia por su parte ofrecerles garantías de ser tratados bien si se rinden ahora, mientras que nadie será perdonado si se obcecan en rechazar todas estas ofertas. La Biblia demuestra que cuando la Deidad apoya a los judíos el éxito es obtenido por éstos sin necesidad de recu­rrir a la guerra, mientras que si la guerra es emprendida por los judíos contra poderes superiores el resul­tado es siempre el fracaso y la destrucción para los judíos. Josefo se compara directamente a Jeremías al argumentar que este profeta también le habló vigorosamente al pueblo diciéndole que ellos eran odiosos a Dios y serían tomados cautivos a menos que rindieran la ciudad; pero ellos hicieron caso omiso y hasta quisieron matar al profeta, de forma parecida a como los rebeldes ahora "me atacan con insultos y proyec­tiles, mientras les exhorto a salvarse. Los milagros, además, dan la bienvenida a los romanos: El estanque de Siloam, que había sido secado, ahora se ha llenado de agua gracias a la aproximación de Tito". Con estas palabras, parece que una parte de la población quedó convencida, pero los zelotes no, quienes incluso le a­rrojaron una piedra que impactó en la cara del historiador y éste quedó inconsciente; y sólo la rápida ac­tuación de los legionarios evitó que los judíos se llevaran el cuerpo caído de Josefo al interior de la ciudad. Por lo tanto, ante dicha respuesta, Tito comprendió definitivamente lo que tenía que hacer.

La última fase del asedio comenzó con la construcción de rampas o terraplenes de asalto contra la Fortaleza Antonia, al objeto de poder atacar luego el Templo, la cual fortaleza era custodiada por los hombres de Juan de Giscala; y también construyeron terraplenes contra una prolongación de la primera muralla, situada en la Ciudad Alta, cuya defensa estaba a cargo Simón bar Giora. La legión V (Macedonica) y la legión XII (Fulminata) levantaban las rampas contra la fortaleza, mientras que la legión X (Fretensis), que había ya abandonado su campamento en el monte de los Olivos, y la legión XV (Apollonaris), hacían lo mismo contra la muralla pasando a través del monumento o tumba de Juan Hircano. Pese a la gran altura tanto de la fortaleza como de la muralla, los romanos consiguieron, tras 17 días de duros trabajos, comple­tar las rampas incluso ante el estorbo de las sucesivas incursiones que realizaban los judíos, quienes, sien­do capturados y crucificados o mutilados y devueltos a la ciudad, no cejaban en su empeño de impedir la cons­trucción de las distintas rampas. Pero la merecida ale­gría romana, por haber terminado en un tiempo récord, quedó rápidamente disuelta cuando en un alarde de as­tucia, Juan de Giscala y sus hombres, que habían perfo­rado un túnel desde la fortaleza hacia las rampas, apun­talándolo con troncos de madera recubiertos de betún y a cuyo alrededor se había apilado material combustible, prendieron fuego al mismo cuando las obras romanas a­cabaron, provocando su hundimiento y el consiguiente desplome de la rampa construida, que además resultó a­brasada por las llamas. Dos días después, Simón bar Gio- ra emuló a su rival cuando él y sus hombres hicieron una salida e incendiaron las rampas que se encontraban en su sector provocando el pánico en las filas romanas, hasta que Tito y sus singulares, que se habían desplazado des­de allí hasta las inmediaciones de la fortaleza Antonia para evaluar los daños, pudieron regresar y cargar contra la infantería judía que sufrió grandes bajas en su retirada a la Ciudad Alta.

A pesar de la dura preparación psicológica de los romanos, éstos se desanimaron mucho cuando vie­ron que el gran esfuerzo que habían realizado para montar las rampas de asalto había sido en vano. Tito, consciente de la gravedad de la situación, se reunió con los oficiales superiores para poder dar una solu­ción al problema. Se barajaron 2 propuestas, ambas extremas: la primera, un asalto inmediato a gran esca­la y con todo el ejército, que aunque podría dar una victoria aplastante también tenía el riesgo de fraca­sar, con lo que definitivamente la moral de los soldados se hundiría del todo; y segundo, rodear con una muralla toda la ciudad, y esperar que los sitiados murieran de inanición o de hambre, opción que a Tito le disgustaba por considerar que no era la forma más hono­rable de vencer. Finalmente, se adoptó una solución in­termedia que implicaría a las 2 propuestas, es decir, se seguiría con el asalto pero, a la vez, se construiría una "circunvallatio" alrededor de la ciudad para asegurar su bloqueo hermético y así los sitiados no pudieran salir y tampoco recibir ningún tipo de ayuda desde fuera (la “circunvallatio" consistía en una línea de fortificación que rodeaba la ciudad para que ésta no pudiera recibir a­yuda logística, víveres o efectivos desde fuera, a fin de que la rendición de la misma se produjera por hambre, hacinación, sed o proliferación de enfermedades). La ta­rea de la construcción de esta circunvallatio conllevaría muchos días, e incluso puede que algunos meses, por lo que parecía una empresa descabellada, pero las arengas de Tito hacia sus hombres hicieron gran mella en ellos, y, en un esfuerzo de coordinación lleno de admiración, cada legión y cada subunidad se ocupó de un tramo, mientras Tito visitaba regularmente los grupos de trabajo para a­nimarlos. У esto dio muy buen resultado, pues en un tiempo récord de 3 días se consiguió rodear toda la ciu­dad con un cerco de estacas puntiagudas de 8 kilómetros de perímetro, reforzado con unas 13 fortificaciones en su derredor con guarniciones de soldados vigilantes; y con el fin de proveer materiales para la construcción de esta empalizada, la región rural alrededor de Jerusalén fue despojada de sus árboles por unos 16 kilómetros a la redonda. Tal vez Josefo, el narrador de esta in­feliz historia, nunca supo (o nunca quiso saber) que ese cerco fue profetizado por Jesucristo casi 40 años antes (es decir, casi 5 años antes del nacimiento del historiador), cuando hizo su entrada triunfal en Jeru­salén, pocos días antes de su muerte: «Al acercarse y ver la ciudad (se sobreentiende: Cuando Cristo se a­proximaba a la ciudad santa sentado sobre un pollino), lloró por ella, diciendo: “Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz... Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas (se sobreentiende: Un cerco de estacas puntiagudas), te cerca­rán y te apretarán por todas partes, y te estrellarán contra el suelo atiya tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita (se sobreentiende: El tiempo en el que los tribunales celestiales te examinarían o visitarían simbólicamente para darte tu jus­ta retribución, especialmente a causa del asesinato del Mesías)"» (Evangelio según Lucas, capítulo 19, ver­sículos 41-44; Biblia de Jerusalén de 1975).

Después de la construcción de la circunvallatio, la situación en el interior de la ciudad no hizo más que empeorar, ya que el hambre era de tal magnitud que incluso Juan de Giscala tuvo que usar el aceite y el vino sagrados con fines profanos para evitar la desesperación; y muchas víctimas inocentes, sobretodo mujeres y niños, morían, apilándose sus cadáveres de tal forma que, cuando el hedor se convirtió en inso­portable, se empleó el tesoro público para enterrarlos. Hambre horrorosa que iba en aumento exponencial, hasta que los cadáveres se hicieron tan numerosos que no hubo otra solución que lanzarlos a las hondona­das que rodeaban la ciudad, a lo que Tito, observando tan lamentable espectáculo, se reprendía a sí mismo como si tuviera toda la culpa de ello. Pero una cosa era cómo pensaba Tito y otra muy diferente cómo pen­saban sus tropas, pues la piedad no era precisamente un don muy atribuíble a los legionarios romanos y mucho menos a la legión XII (Fulminata), la cual rabiaba por vengarse de la humillante derrota de Betho- rón. Por otra parte, las últimas palabras de Josefo, si bien no produjeron ninguna reacción favorable a la rendición entre los rebeldes armados, hicieron mella entre los no combatientes judíos en el sentido de querer desertar de la ciudad. Por ello, algunos desertores judíos ricos, a sabiendas de que ya estaba todo perdido, abandonaban la ciudad después de haber vendido todas sus posesiones por monedas de oro y tra­gárselas para poder esconderlas. Pero al caer éstos en manos de romanos informados de semejante estra­tegia, alcanzaban un final atroz, pues los legionarios, junto con algunos auxiliares egipcios y sirios, iban en busca de ellos y les abrían el vientre para robarles las monedas. Tito quedó horrorizado cuando casualmen­te se enteró, ya tarde, y prometió buscar a los culpables, los cuales nunca aparecieron aunque seguían practicando tal barbarie, muchas veces sacrificando a las víctimas en vano, ya que en el interior de la ma­yoría de ellas no encontraban el oro deseado. Empero la gran avalancha de desertores de última hora die­ron informes verdaderamente espeluznantes a los oficiales romanos acerca de los estragos y locuras que estaba causando el hambre creciente en la ciudad, y de cómo la masa de no combatientes esa atacada por los insurrectos judíos militarizados, quienes realizaban búsquedas puerta a puerta por comida, golpeando y torturando a las familias en sus hogares, asesinando y robando a los hipotéticos ricos que encontraban a su paso. Según Josefo, relatar en detalle la enorme cantidad de atropellos y vejaciones mortales a las que eran sometidas las personas civiles por sus propios hermanos de raza y religión fanatizados, bajo el mando de Juan y Simón, es imposible; y, en pocas palabras, se puede decir que ninguna otra ciudad del mundo ha soportado jamas una oleada tan cruda de miserias ni albergado una generación de seres tan envilecidos y pródigos en delitos desde los comienzos de la historia humana. Por lo visto, Jesucristo no exageró cuando señaló que a Jerusalén le iba a sobrevenir la peor tribulación de su historia (una grande tribulación inigua­lable) algún tiempo después de su partida y todavía dentro del alcance de los días de aquella generación que pidió su muerte ante Pilato. Sin embargo, lo mas interesante de esta narración para nosotros, los que somos asiduos lectores de la sagrada escritura y queremos aprender de la experiencia histórica, es que la misma profecía del evangelio de Lucas acerca del fin de la Jerusalén clasica esta entrelazada con los acon­tecimientos previstos para el fin del mundo actual, al que también se esperaría que le aplique paralelamen­te un desenlace en forma de una grande tribulación (tribulación magna) de alcance global impregnada de barbaridades parecidas o similares a las testimoniadas por Josefo.

Como opción añadida a la circunvallatio y para que la toma de la ciudad fuera mas rápida, Tito hizo construir nuevas rampas de asedio frente a la Fortaleza Antonia. Pero debido a la devastación de toda el área circundante de Jerusalén, la madera hubo que traerla desde una distancia de más de once millas (más de 18 kilómetros, aproximadamente) para su construcción. Tras 21 días de trabajo se acabaron las obras, a pesar de que los judíos con Juan de Giscala al frente intentaban dificultar, cada vez con menos vigor y por la mayor vigilancia romana, los trabajos preparatorios. Entretanto, mientras se erigían las rampas, los romanos capturan más de 500 evadidos de la ciudad por día, a los que torturan, matan y luego crucifican ante las murallas, a la vista de los rebeldes, para intimidarlos; y parece que Tito llegó a entristecerse por tener que usar una persuasión tan cruel y con tan grande número de víctimas, al grado de que llegó un mo­mento en que no había suficiente espacio para tantas cruces ni suficientes cruces para tantos cuerpos. Pe­ro tales ejecuciones masivas y crueles tienen el efecto contrario al pretendido por los sitiadores, pues los judíos defensores juran luchar contra los romanos hasta su último aliento, aun si ello implicara la destruc­ción del Templo. Por eso, las exortaciones de Tito dirigidas a los rebeldes, para que éstos se rindan y así se pueda salvar el Templo y lo que queda de la ciudad, caen en oídos sordos. Una vez terminada la rampa de asedio, los arietes empezaron a golpear los muros de la fortaleza, sin mucho é­xito al principio, pero el continuo envite de los mismos propició que la parte ba­tida se desplomara por sí sola, quizás con la ayuda de los túneles realizados anteriormente por los hombres de Juan, que tal vez se desplomaran del todo en ese momento. Tras esto, una enorme brecha se abrió, pero cuando los romanos se dispusieron a atravesarla, se encontraron con un nuevo muro, levantado a toda prisa, que impedía el acceso al patio exterior del Templo. Esto desmoralizó a las tropas, a las que Tito de nuevo tuvo que arengar prometiendo recompensa al primer hombre que llegara a lo alto del parapeto. У sólo una docena de auxiliares, liderados por un tal Sabino, se dispusieron a la acción, pereciendo él mismo junto con 3 de sus compañeros. Se esperaba que los demás siguieran el ejemplo, pero no lo hicie­ron, hasta que 2 noches más tarde un pequeño grupo de unos 20 o 30 soldados ascendieron por propia ini­ciativa y eliminaron a los centinelas. Tito, enterándose de lo sucedido y sacando partido del éxito, envió a sus hombres hacia el patio del Templo, en donde hubo un combate nocturno del que nadie saldría vencedor, hasta que finalmente, ya amanecido, los rebeldes consiguieron hacer retroceder a los romanos.

Habiendo llegado los finales de julio del 70, informes procedentes de desertores judíos, entre los que se encuentra un tal Maneo ben Lázaro, indican que desde el 1 de mayo hasta el 20 de julio los muertos civiles o personas no combatientes en la ciudad ascienden a más de 600.000 aproximadamente, y todo ello sin contar los miles de desertores apresados o eje­cutados por los romanos. A primeros de agosto, los romanos pensaron que la mejor forma para llegar a los aledaños (o peri­feria) del Templo era de nuevo construir terraplenes, cuyos materiales, otra vez, hubieron de traerse a gran distancia.

Mientras tanto, Tito envió a Flavio Josefo con un mensaje di­rigido a Juan de Giscala desafiándole formalmente que se pre­sentara y aceptara el combate; y también parece que se le o­freció de nuevo una honrosa rendición con tal de salvar el Templo. De todas formas, Juan discute acaloradamente con Josefo y rechaza toda vía razonable de solución, con lo que gran número de ciudadanos de clase alta, incluyendo a muchos sacerdotes, desertan en ese momento y se entregan a los ro­manos. En consecuencia, otra vez, se dispuso el ataque al patio exterior a pesar de que las rampas aún no se habían termina­do. Para ello, Tito formó una fuerza de asalto especial que pu­so bajo el mando de Sexto Vetuleno Cerealis, el legado de la legión V (Macedonica), compuesta de unidades de mil hombres mandadas por un tribuno y cuyos miembros se contaban entre los 30 legionarios más va­lientes de cada centuria. El ataque se produjo por la noche, pero tras la sorpresa inicial, los rebeldes, cada vez en mayor número, se apilaban para luchar en el patio exterior, conteniendo a los romanos y quedando el encuentro en empate. Entretanto, los rebeldes intentan un asalto a la legión X (Fretensis) en el Monte de los Olivos, por medio de franquear el cerco de estacas puntiagudas, directamente enfrente de la mura­lla oriental del Templo, pero son rechazados después de una breve e intensa batalla. Finalizadas por fin las rampas, los arietes de asedio llegaron a la muralla exterior del Templo y durante 6 días, sin resultado al­guno, intentaron abrir brecha, ya que los formidables bloques de piedra aguantaban bien, a la vez que, co­mo ya iba siendo costumbre, los rebeldes importunaban el ataque. Simultáneamente, la lucha continuaba en el patio exterior, incendiando ambos bandos secciones del pórtico para convertir sus posiciones en inex­pugnables a los ataques del bando contrario. El 15 de agosto, en una fingida retirada de los rebeldes del pórtico occidental, los romanos cayeron en una trampa, ya que en el momento en el que éstos se precipita­ron por este punto, el pórtico (galería techada de columnas o columnata, anexa a la muralla exterior del templo), que previamente había sido llenado de betún y madera seca, empezó a arder, provocando muchas bajas romanas que perecieron bajo las llamas o fueron muertos o capturados por los rebeldes. Viendo que los arietes no doblegaban aquellas majestuosas murallas, se intentó tomar el muro exterior mediante es­caleras de asalto; pero los judíos esperaban en lo alto y precipitaron al vacío a cuantos iban subiendo, ade­más de capturar algunos estandartes. En los días siguientes, Tito ordenó incendiar otras secciones del pórtico norte, pero sin resultados.

En medio del sofocante calor de aquel 15 a 17 de agosto del 70, los informes de los escapados son de un hambre más que horrible en la ciudad sitiada, con innumerable cantidad de víctimas mortales y don­de los rebeldes hambrientos como perros enloquecidos se tambalean de casa en casa en busca de comida y donde tanto el cuero de los zapatos como la hierba seca y escasa son comidos con ansia. La abominable monstruosidad causada por el hambre alcanza su profundidad máxima en la historia de una tal María, hija de un tal Eleazar, que impresiona estremecedoramente no sólo a los rebeldes sino también al mismo Tito, quien es enterado de ella tal vez mediante Josefo y éste quizás por medio de los testimonios de los deser­tores y escapados. Parecería que la historia trágica de esta María es una invención urdida por una mente perversa y Josefo asegura en sus escritos que habría omitido de buena gana dicha tragedia, por temor a que se le considerara poseedor de una imaginación diabólica, pero gracias a que había gran cantidad de testigos de la susodicha historia entre sus contemporáneos, él decidió inmortalizarla junto con las siguien­tes palabras: "Tito juró sepultar esta abominación bajo las ruinas de la ciudad". Para saber de qué se trata esta historia real, podemos acudir a los escritos del historiador Eusebio de Cesarea (263-339), quien solía emplear citas textuales de otros historiadores que no sobrevivieron a su época y también de Flavio Jose­fo, encontrándose una gran concordancia entre lo que Eusebio dice y lo que afirma el judío cuando se re­fieren a un mismo tema, lo cual hace a Eusebio bastante fiable. En su obra "Historia de la Iglesia" (o His­toria eclesiástica), Eusebio trató de presentar la historia de la Iglesia desde los apóstoles (es decir, los "Hechos de los Apóstoles") hasta sus días, teniendo en cuenta en dicha obra la historia de los judíos. En el tercer y último libro de la citada obra, partes V a VII, Eusebio informa lo que se expone a continuación.

Parte V (Acerca de los últimos tormentos de los judíos después de Cristo). Tras ostentar Ne­rón el poder durante trece años, y habiendo tenido lugar los reinados de Galba y de Otón en el espacio de un año y seis meses, Vespasiano, que había sido notable en los ataques a los judíos, fue designado empera­dor en Judea una vez que se le nombró públicamente como jefe supremo del ejército que le había acompa­ñado a aquel lugar. Inmediatamente salió para Roma y confió la guerra contra los judíos en manos de su hi­jo Tito. Ahora bien, los judíos, después de la ascensión de nuestro Salvador, culminaron su crimen contra él con la concepción de innumerables maquinaciones contra sus apóstoles. El primero fue Esteban, al cual aniquilaron con piedras; luego Jacobo, hijo de Zebedeo y hermano de Juan, que fue decapitado; y final­mente Jacobo, el que fue escogido en primer lugar para el trono episcopal de Jerusalén, después de la As­censión de nuestro Salvador, y que murió del modo mencionado. Todos los demás apóstoles fueron amena­zados de muerte con innumerables maquinaciones, y fueron expulsados de Judea y se dirigieron a todas las naciones para la enseñanza del mensaje con el poder de Cristo, que les había dicho: "Id, y haced discípulos a todas las naciones". Además de éstos, también el pueblo de la iglesia de Jerusalén recibió el mandato de cambiar de ciudad antes de la guerra y de vivir en otra ciudad de Perea (la que llaman Pela), por un oráculo transmitido por revelación a los notables de aquel lugar. Así pues, habiendo emigrado a ella desde Jerusa­lén los que creían en Cristo, como si los hombres santos hubiesen dejado enteramente la metrópoli real de los judíos y toda Judea, la justicia de Dios vino sobre los judíos por el ultraje al que sometieron a Cristo y a sus apóstoles, e hizo desaparecer totalmente de entre los hombres aquella generación impía. En los rela­tos que escribió Josefo se describen con toda exactitud los males que en ese momento sobrevinieron a to­do el pueblo judío en todo lugar; cómo principalmente los habitantes de Judea fueron agobiados hasta el extremo de las desgracias; cuántos miles de jóvenes y de mujeres, juntamente con sus niños, cayeron a espada, por hambre y por muchos otros tipos de muerte; cuántas y cuáles ciudades de Judea fueron sitia­das; cuán grandes desgracias, y más que desgracias, presenciaron los que fueron en su huida a Jerusalén, ya que era la metrópoli más fuerte; el desarrollo de la guerra y lo que tuvo lugar en ella en cada momento; y, finalmente, cómo la abominación desoladora que proclamaron los profetas se asentó en el mismo templo de Dios, en gran manera notable antiguamente; y entonces sufrió todo tipo de destrucción hasta su desa­parición final por el fuego. Merece la pena señalar que el mismo autor afirma que los que, procedentes de toda Judea, se apiñaron en los días de la fiesta de la Pascua, en Jerusalén, como en una prisión, usando sus propias palabras, fueron alrededor de tres millones. Era preciso, pues, en los mismos días en los que ha- bían llevado a cabo la Pasión del Cristo de Dios, bienhechor y Salvador de todos, que, como encerrados en una prisión, recibieran el azote que les daba alcance viniendo de la justicia Divina. Así pues, dejando apar­te los acontecimientos que les sobrevinieron y cuántas veces fueron entregados a espada o de diversos modos, sólo me ha parecido oportuno mostrar las desgracias originadas por el hombre, a fin de que los que obtengan este escrito vean, parcialmente, cómo les daba alcance al poco tiempo el castigo procedente de Dios por causa de su crimen cometido en contra del Cristo de Dios.

Parte VI (Acerca del hambre que angustió a los judíos). Toma, pues, entre tus manos el libro V de de las Guerras de los judíos de Josefo y lee la tragedia que sucedió entonces: «Para los ricos, quedarse significaba la perdición, pues con la excusa de deserción mataban a cualquiera por causa de sus bienes. Con el hambre crecía también la demencia de los rebeldes y cada día ambas se enardecían terriblemente. El trigo no era visible en lugar alguno, pero ellos se lanzaban dentro de las casas y las registraban. Cuando lo encontraban los maltrataban por haber negado, pero si no lo hallaban, los atormentaban por haberlo es­condido con tanta precaución. La evidencia de tener o no tener eran los cuerpos de los desafortunados: los que todavía se mantenían en pie daban la impresión de poseer gran cantidad de alimentos; sin embargo, los que ya estaban consumidos, los dejaban, pues creían que no era lógico matar a los que estaban a punto de morirse de necesidad. Muchos cambiaban furtivamente sus posesiones por una medida de trigo, los más ri­cos; o de cebada, los más pobres. Luego, encerrándose en lo más recóndito de sus casas, y debido al esco­zor de la necesidad, algunos comían el grano crudo y otros lo cocían a medida que lo requería la necesidad y el temor. Tampoco se ponía la mesa. Pues sacando del fuego los alimentos aún crudos, se los tragaban. La comida era miserable a la visión conmovedora; los más fuertes abusando, los más débiles quejándose. El hambre supera todo sufrimiento, pero nada destruye tanto como el honor, pues aquello que de otro modo se aceptaría como digno de consideración, en esta situación se menosprecia. Las mujeres por ejemplo, qui­taban la comida de la boca de sus maridos, los hijos de la de los pobres, y lo más deplorable, las madres de las de sus niñitos, y a pesar de que los seres más queridos se iban acabando entre sus manos, ningún tro­piezo existía para llevar las últimas gotas de vida. У aunque comían de este modo, no pasaban desapercibi­dos y los rebeldes en todo lugar se lanzaban sobre estas presas. En el momento que observaban una casa cerrada, era indicio de que los que se hallaban en el interior estaban provistos de alimentos, y en seguida, cargándose las puertas, arremetían hacia dentro, y únicamente les quedaba aferrarse a las gargantas para sacarles el bocado. Azotaban a los ancianos que retenían los alimentos, y a las mujeres que ocultaban entre sus manos lo que les quedaba les arrancaban la cabellera. No existía la compasión ni para los ancianos ni para los niños, sino que, alzando a los niños que no soltaban su bocado, los lanzaban contra el suelo. Pero aún eran más inhumanos con aquéllos que anticipaban su llegada y se habían tragado lo que ellos les iban a arrebatar, pues se consideraban agraviados. Ideaban terribles métodos de tortura para encontrar los ali­mentos. Cerraban la uretra de los desafortunados con granos de legumbres y les atravesaban el recto con palos afilados. Se sufrían tormentos aterradores para el oído simplemente hasta conseguir la confesión de un solo pan o para revelar un solo puñado de harina. Pero los torturadores no sufrían el hambre (pues su crueldad sería menor si se encontraran en necesidad), porque practicando su demencia iban procurándose de antemano provisiones para los días que tenían que llegar. Iban al encuentro de los que durante la noche salían arrastrándose hasta la avanzada romana para reunir legumbres silvestres y hierbas. У cuando ya creían que habían burlado a los enemigos, entonces les arrebataban lo que llevaban, y por mucho que supli­caran invocando por el sagrado nombre de Dios para que les dieran alguna porción de lo que habían traído, estando en tan grande peligro, ni así se lo daban, y podían contentarse si no perecían además de ser des­pojados». Además de otros detalles, añade lo siguiente: «A los judíos les truncaron, junto con las salidas, toda esperanza de salvación, y el hambre, descendiendo por cada casa y en cada familia, consumía al pue­blo. Las estancias se llenaban de mujeres y de niños de pecho que habían perecido, y los callejones de an­cianos muertos. Los niños y los jóvenes, hinchados como sombras, pasaban por las plazas y caían donde les sobrevenía el dolor. Los enfermos eran incapaces de sepultar a sus familiares, y los que podían se negaban por la gran cantidad de cadáveres y su propio destino dudoso. Muchos, pues, caían sin vida al lado de los que acababan de enterrar, mientras que otros muchos se dirigían a sus sepulcros antes que la necesidad lo prescribiera. En todas estas desgracias no había canto fúnebre ni lamento. En su lugar, el hambre censu­raba al sufrimiento, y los que morían observaban con ojos secos a los que les habían precedido en la muer­te. Un profundo silencio y una noche colmada de muerte encerraba la ciudad. Pero lo más terrible eran los ladrones. Pues, entrando en las casas, a modo de saqueadores de tumbas, despojaban a los cadáveres y, tras retirar las cubiertas de los cuerpos, salían riéndose. También probaban el filo de sus espadas con los cadáveres y, con su prueba del hierro, atravesaron a algunos que, aunque habían caído, estaban vivos. No obstante, si alguien les suplicaba que hicieran uso de sus espadas y de su fuerza en él, lo abandonaban al hambre, ignorándole. У todos los que expiraban fijaban su mirada en el Templo, porque dejaba vivos a los rebeldes. Los propios rebeldes primero ordenaban sepultar a los muertos, a cargo del tesoro público, por­que no aguantaban el hedor. Pero, posteriormente, cuando ya no se daba abasto, los lanzaban por encima de las murallas a los precipicios. Tito, cuando los vio llenos de cadáveres y del espeso líquido que fluía de los cuerpos en putrefacción, se lamentó, y alzadas sus manos tomó a Dios por testigo de que no era obra suya». Al cabo de otras cosas acaba diciendo: «No podría retenerme de mencionar lo que me indican mis sentimientos. Es mi opinión que si los romanos se hubieran retardado en su ataque contra los ofensores, u­na sima hubiera abatido la ciudad, o hubiera sido inundada, o los rayos de Sodoma le hubieran dado alcan­ce, porque esa generación era mucho más impía de lo que fueron los que llevaron estos castigos. De este modo, por causa de la demencia de ellos, todo el pueblo pereció con ellos». En el libro VI también escribe como sigue: «De los que murieron por el hambre en la ciudad el número era ilimitado, y los sufrimientos que tuvieron lugar, indescriptibles. En toda casa, si en algún lugar se vislumbraba una mera sombra de co­mida, se entablaba una guerra y llegaban a las manos los que más se querían, con el fin de arrancarse el mi­serable recurso de vida. La necesidad no tenía confianza ni siquiera en los moribundos. Los ladrones ins­peccionaban también a los que estaban por morirse, por si se diera el caso de que mantenían algún alimento escondido entre los pliegues de su vestido pretendiendo estar muertos. Algunos, boquiabiertos por la falta de alimento, semejantes a perros rabiosos, iban tropezando y, desencajados, arremetían contra las puer­tas a modo de borrachos y, en su debilidad, penetraban en las mismas casas dos y hasta tres veces en una hora. Por la indigencia se ponían cualquier cosa en la boca, y si lograban reunir algo indigno, incluso para los animales irracionales más inmundos, se lo llevaban para comérselo. De este modo, al final ya no se retenían ante sus cinturones ni zapatos, y sacando las pieles de sus escudos, las devoraban. Algunos se alimentaban también con pedazos de hierba vieja, mientras que otros, recogiendo fibras de plantas, vendían una ínfima parte por cuatro dracmas áticos. ¿У qué diremos de la desvergüenza de la gente desalentada por el ham­bre? Porque estoy a punto de poner de manifiesto unos actos que no se hallan registrados ni entre los griegos ni entre los bárbaros, escalofriantes para contarlos e increíbles para escucharlos. Por mi parte, para que no considerasen que estoy inventando para el futuro, con mucho gusto ignoraría tal desgracia si no se diera el caso de que dispongo de innumerables testigos contemporáneos. У, por otro lado, concedería a mi patria un favor estéril si dejara en silencio sus sufrimientos reales. Así pues, una mujer residente en el otro lado del Jordán, de nombre María, hija de Eleazar, de la aldea de Batezor (que quiere decir "casa de Hisopo"), distinguida por su familia y su riqueza, se refugió en Jerusalén con la resíaníe multitud y con ellos sufría el asedio. Los tiranos le robaron todas las otras posesiones que ella había aprovisionado y transportado desde Perea hasta la ciudad. El resto de sus bienes y algo de comida que vieron los hombres armados que entraba cada día, se lo fueron quitando. La indignación de aquella mujer era terrible, y a me­nudo vituperaba y maldecía a los bandidos con el único resultado de excitarlos contra su persona. У como fuere que nadie la mataba (exasperados o compadecidos), y fatigada de buscar alimentos para otros, pues de todos modos ya era imposible buscar, oprimiéndole el hambre las entrañas y la médula y más enfurecida que hambrienta, se hizo de la ira y de la necesidad como consejeros, apresuró contra la naturaleza y, aga­rrando a su hijo de pecho, dijo: “Desventurada criatura. En la guerra, en el hambre y en la revuelta, ¿para quién te cuidaré? Si llegamos a parar vivos en las manos de los romanos, la esclavitud. Pero el hambre llega antes que la esclavitud y los rebeldes son más terribles que ambas opciones. Venga, pues. Sé mi alimento, la maldición de los rebeldes y un mito para el mundo; lo único que faltaba a la desgracia de los judíos". Mientras decía esto mató a su hijo. Luego lo asó y se comió una mitad, pero el resto lo ocultó. Al punto a­ cudieron los rebeldes y notaron el hedor del malvado sacrificio, la amenazaron con degollarla inmediata­mente si no les indicaba lo que había preparado. Ella, respondiéndoles que para ellos guardaba una bella porción, les descubrió lo que había quedado de su hijo. Un escalofrío y un gran estupor se apoderó de ellos en aquel mismo momento y se quedaron clavados ante aquella visión. Pero ella les dijo: "Es mi hijo, mi obra. Comed, pues yo también me he alimentado. No seáis mas débiles que una mujer ni mas compasivos que una madre. Pero si vosotros sois piadosos y no aceptáis mi sacrificio, yo ya comí en vuestro lugar; el resto que­de también para mí". Después de estos acontecimientos, ellos salieron temblando; fue la única vez que tu­vieron miedo y que, de mala gana, dejaron para la madre semejante alimento. Inmediatamente, la ciudad fue llena de repugnancia y cada cual se estremecía cuando se imaginaban como suyo aquel crimen. Los ham­brientos tenían deseo de morirse y celebraban a los que se habían anticipado en la muerte, antes de oír y cipio del mundo hasta ahora, ni la habrá". Sumando el número de todos los muertos, dice el mismo escritor que por el hambre y por la espada cayeron un millón cien mil personas, y el resto de rebeldes y de ladro­nes, denunciándose unos a otros tras ser tomada la ciudad, fueron ejecutados; los jóvenes más altos y no­tables por su belleza corporal los guardaban para la ceremonia del “triunfo", y del resto de la multitud, — los mayores de diecisiete años—, unos cuantos fueron enviados cautivos a los trabajos forzados de Egipto y la mayoría fueron distribuidos entre las regiones para morir en el teatro, por el hierro o por las fieras; pero los menores de dicisiete años fueron llevados como presos de guerra para ser vendidos. Estos solos ya sumaban unos noventa mil hombres. Todo esto tuvo lugar así en el segundo año del reinado de Vespasia­no, coincidiendo con las profecías de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, el cual, gracias a su divino po­der, ya lo vio de antemano como si fueran presentes, y lloró y se lamentó de acuerdo con la Escritura de los santos evangelistas, que también aportan las palabras que dijo refiriéndose a Jerusalén: “Oh, si tam­bién tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz. Mas ahora está encubierto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, cuando tus enemigos te rodearán con vallado, y te sitiarán, y por todas par­tes te estrecharán, y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti". También cuando se refería al pue­blo: “Porque habrá gran calamidad en la tierra, e ira sobre este pueblo. У caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan". У de nuevo: “Pero cuando viereis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed enton­ces que su destrucción ha llegado". Quien compare las palabras de nuestro Salvador y las otras descripcio­nes del autor sobre toda la guerra, ¿cómo no ha de maravillarse y de admitir que la presciencia y la profe­cía de nuestro Salvador son verdaderamente Divinas y sobrenaturalmente extraordinarias? Por ello, sobre lo que sobrevino a toda la nación después de la Pasión del Salvador y de aquellas voces con las que el pue­blo judío requería que fuera librado de la muerte el ladrón y homicida y que se aniquilara al autor de la vi­da, nada cabe añadir a la narración. A pesar de ello, sería justo añadir cuanto se refiere al amor para con los hombres de la entera Providencia, que aplazó la ruina de los malvados durante cuarenta años después de su audacia contra Cristo. У a lo largo de estos cuarenta años muchos apóstoles y discípulos, y el propio Jacobo (primer obispo del lugar, llamado hermano del Señor), que todavía vivían y habitaban en la misma ciudad de Jerusalén dando sus discursos, permanecían en el lugar como muro fortificado.

Hasta aquí son las palabras de Eusebio, en buena parte tomadas de Josefo. Pero éstas no son histo­ria pasada; no para los que han escudriñado la profecía de Jesucristo acerca del fin del mundo, la cual está registrada en los evangelios según Mateo, Marcos y Lucas, en triplicado, para que no se ignore. Esta profe­cía viene expresada como una dualidad, es decir, como dos bloques entrelazados de acontecimientos histó­ricos separados entre sí por unos dos milenios, pero que guardan una relación entrambos que está determi­nada por un lapso de intenso sufrimiento humano apodado “gran tribulación" (tribulación magna o insupera­ ble en su género): una para Jerusalén en el siglo primero de nuestra era, que ya pasó, y otra para nuestro tiempo, a nivel mundial, que esta por llegar. Por eso, aunque resulte penoso considerar lo que le sobrevino a la ciudad de David durante los postreros días de la generación que se levantó en Judea en los días de Cris­to, también sera de buen provecho a toda persona reflexiva contemplar en su imaginación las cosas que es­tán destinadas a suceder dentro de relativamente poco tiempo, esto es, un cúmulo de sufrimientos a nivel mundial que recrearan a lo moderno las mismas condiciones infrahumanas de la Jerusalén del año 70, du­rante el asedio de Tito, por todo el globo terrestre. Empero una tal reflexión sería absurda y psicopática si no estuviera alentada por la expectativa de protección y supervivencia que suministra la sagrada escri­tura, la cual fue la ciudad de Pela para los cristianos del primer siglo y la cual quizás sea (está por aclarar­se) la de unos simbólicos "cuartos interiores" mencionados por el profeta Isaías (libro de Isaías, capítulo 26, versículo 20) para los cristianos verdaderos de la época actual. En las Biblias con anotaciones referen- ciales, el texto de Isaías, capítulo 26, versículo 20, se conecta con juicios finales de tiempos pasados, co­mo el Diluvio y la matanza de los primogénitos de Egipto por el ángel exterminador, en tanto que el versí­culo siguiente, el 21, se vincula con la “gran tribulación" del evangelio de Mateo y con el fin del mundo pre­dicho en la segunda epístola del apóstol Pedro.

Regresemos ahora a Judea, al asedio de Jerusalén por Tito. El 27 de agosto del año 70 se comple­tan 2 terraplenes y se usan arietes pesados para golpear las murallas noroccidentales que protejen el pa­tio exterior norteño del templo, a la vez que soldados romanos intentan escalar las murallas para tomar las techumbres de los pórticos del norte, pero sufren pérdidas notorias. Entretanto, dos oficiales importan­tes de Simón bar Giora se entregan a los romanos. Por su parte, Tito, el día 28 de agosto, se reúne con sus altos oficiales para dilucidar un asalto final y decidir la suerte del Templo si éste caía. Algunos oficiales estaban dispuestos a que se destruyera, ya que era el símbolo del último bastión rebelde y del ardor nacionalista del pueblo judío; otros, por el contrario, opinaban que había que mantenerlo en pie si sus de­fensores se rendían. Según Flavio Josefo, Tito estaba dispuesto a salvarlo, ya que su belleza era tal que hacía honor al Imperio Romano. Reanudada la lucha el 29 de agosto, de nuevo en el patio exterior, la fero­cidad de los rebeldes fue tal que Tito y sus singulares tuvieron que intervenir para que la línea de infantería romana no se hundiera. Po­co a poco, los romanos ganaron terreno en el patio exterior, obligando a los rebeldes a re­cular hacia el patio interior, que a su vez es­taba rodeado por una muralla en sus cuatro costados que formaba una segunda línea de­fensiva en caso de perderse el patio exterior.

Tito, cansado y satisfecho de haber acorrala­do a los rebeldes en el recinto del patio inte­rior, se retira a la fortaleza Antonia y se re­suelve a atacar al día siguiente. Pero los re­beldes embisten otra vez y son derrotados y echados hacia atrás, al santuario. En un mo­mento indeciso de la lucha, un soldado, sin es­perar ninguna orden, movido por un impulso sobrenatural según Josefo, arroja dentro de la cámara del Templo una antorcha encendida, lo que provocó un incendio que en pocos minutos pasó a ser incontrolable. Tito recibe las noticias del incen­dio y enseguida se persona en el lugar, pues lo último que deseaba era que el Templo sufriera daños. Ahora su gran preocupación era detener el incendio, y para ello organizó grupos de bomberos; pero lo cierto es que muchos legionarios romanos se mostraron reacios a apagarlo, preocupándose sólo de saquear lo que ha­bía en el interior. Esperando, al menos, salvar la parte interior del Templo, mandó a un centurión y a sus hombres que apagasen el fuego y emplearan la fuerza contra quien desobedeciera, pero fracasó en el intento. Algunos, en vez de apa­garlo, lanzaron más antorchas, ansiando des­truir el recinto sagrado del enemigo, un ene­migo que había luchado contra ellos con gran determinación y que se había ganado la ira más asesina de los legionarios romanos. Era el día 9 del mes de ab en el calendario judío, o final de agosto, un día de infausto recuerdo para los judíos, ya que también coincidía con­memorativamente con la destrucción del pri­mer Templo a manos de Nabucodonosor.

Pero si con la destrucción del Templo parecería que la sed de venganza y muerte que los romanos respiraban contra los judíos había desaparecido, nada más lejos de la realidad. Muchos ju­díos civiles, sin armas y agotados por el hambre, fueron degollados sin importar si eran niños, sacerdotes o ancianos. Mientras tanto, Juan de Giscala y los zelotes pudieron escapar a la Ciudad Alta. Además, un loco profeta o visionario se levanta entre la muchedumbre del pueblo que aún sobrevive en la ciudad baja, ya a­liviada por la huida de los zelotes hacia la ciudad alta, y persuade a unas 6.000 personas para que aparen­temente suban por las escalinatas exteriores que conducen al pórtico sur y colonicen las estancias supe­riores de ese gigantesco complejo de varios pisos lleno de columnas, con el objetivo de recibir la liberación de Oios; pero como los romanos prenden fuego a todos los pórticos, esa entera muchedumbre perece. Fi­nalmente, todo el recinto del templo arde en llamas y los sacerdotes sobrevivientes son ejecutados por or­den de Tito. Poco después, recuperado ya un cierto orden tras la brutal matanza, las legiones, para cele­brar la toma del Templo, izaron sus estandartes y desfilaron en el patio exterior del calcinado lugar, reali­zando un sacrificio pagano y proclamando futuro césar a Tito. Juan de Giscala y Simeón bar Giora, en un último intento, reconociendo la superioridad romana y que todo estaba perdido, parecieron estar dispues­tos a negociar la rendición de la ciudad alta. Tito, recurriendo a un intérprete que no era Josefo, les echó un largo discurso hablando de la ingratitud que tenía el pueblo judío respecto a los romanos y de que no hubieran sido lo suficientemente inteligentes como para haber entablado conversaciones de paz anterior­mente. Los rebeldes piden abandonar la ciudad para refugiarse en el desierto con mujeres y niños, e inclu­so hacerlo sin entregar las armas porque habían juramentado no rendirse jamás. Tito se enoja ante la abu­siva propuesta y termina las conversaciones, ordena a sus tropas que quemen toda la ciudad baja y jura que no perdonará ya a nada ni a nadie.

Ahora los romanos rebasan el recinto del templo y se adentran en la Ciudad Baja, donde entablan batalla cuerpo a cuerpo con los rebeldes en retirada, algunos de los cuales alcanzan la muralla de la Ciudad Alta y se refugian en el interior, mientras que otros se esconden en los túneles y pasos subterráneos de la citada Ciudad Baja. El avance imparable de los soldados romanos se traduce asimismo en el saqueo e in­cendio de toda la Ciudad Baja, donde los archivos con los registros genealógicos para la descendencia fa­miliar y tribal, así como los derechos de herencia, son pasto de las llamas, al serlo igualmente la cámara del Sanedrín (donde probablemente, en ella o cerca de ella, se guardaban esos archivos) y todas las casas y mansiones que se habían salvado hasta entonces son calcinadas también. La represión de los legionarios ro- tardanza en levantarlos, la moral de los rebeldes era muy baja, y mucho más cuando los numerosos idumeos mandados por Si­món bar Giora intentaron desertar en masa sin éxito (en efec­to, los jefes idumeos envían emisarios para pactar la rendición con Tito, pero Simón descubre el complot y ejecuta a los cons­piradores; sin embargo, no puede evitar que cuantiosos deser­tores se entreguen a los romanos). Los rebeldes que caen pri­sioneros de los romanos, ellos y sus familiares (incluso mujeres y niños), son vendidos como esclavos a bajo precio debido al enorme suministro de mercancía humana que se ha obtenido.

Sin embargo, 40.000 ciudadanos capturados allí recientemente son puestos en libertad. El sacerdote Jesús ben Zebutí entre­ga algunos tesoros del Templo a Tito a cambio de que su vida sea protegida: dos candelabros, oro y mesas macizas, platos hondos, discos, velos, ropa del sumo sacerdote, gemas y mu­chos otros artículos preciosos; también el tesorero de Templo, un tal Fineós, provee material costoso adicional, como ropa sa­cerdotal e incienso (tesoros, éstos, que fueron llevados final­mente a Roma y mostrados a Vespasiano en un templo romano recién construido). Por su parte, Josefo obtiene permiso de Tito para liberar a su hermano y a 50 amigos de su familia, así como a un total de 190 mujeres que fueron aprisionadas en el Templo.

Para el 25 de septiembre del 70 los romanos completan los terraplenes de cara al ataque de la Ciudad Alta y los rebel­des son presas del pánico, de modo que huyen o se rinden sin presentar batalla a pesar de que su posición estratégica en las masivas torres herodianas aventajan considerablemente a la i­niciativa de ataque romano a través de la rampa noroccidental.

Por consiguiente, los soldados penetraron en la Ciudad Alta sin mayores problemas, ya que los sitiados apenas opusieron re­sistencia, y saquearon las calles, matando e incendiando todo a su paso. Los pocos sobrevivientes o fueron ejecutados, o envia­dos a las minas o reservados para los combates de gladiadores, o bien huyeron hacía las cuevas situadas en las cercanías. De los dos líderes, Juan de Giscala y Simón bar Giora, el primero fue perdonado de la muerte por sus súplicas y condenado a ca­dena perpetua y el segundo, que intentó huir por medio de ex­cavar una galería subterránea, fue apresado y convertido en cautivo para el posterior desfile militar en Roma, donde acaba­ría siendo ejecutado según la tradición. De la ciudad, el Templo

había sido destruido y sólo permanecieron en pie las 3 torres del Palacio de Herodes, a saber, las de Hipi- cco, Fasael y Mariamne, como exigua reliquia del memorial y de la perdida fortuna y grandeza de la antigua ciudad; y también pervivieron algunas partes de las murallas occidentales de la Ciudad Alta. La legión X (Fretensis) se convertiría en la guarnición romana de la ciudad tomada, estableciendo su puesto militar en las torres herodianas, y el asedio se dio por finalizado con un desfile formal celebrado por Tito para agra­decer y recompensar a sus hombres el valor demostrado; después hubo un festín que duró 3 días. Según Josefo, para el tiempo de la victoria romana habían perecido 1.100.000 judíos; y de los 97.000 supervi­vientes, a algunos se les ejecutó al poco tiempo y a otros se les esclavizó. Los que tenían más de 17 años fueron encadenados y enviados a Egipto para los trabajos públicos. Tito hizo que muchos fueran enviados a las provincias, destinados a sucumbir en los anfiteatros, por la espada (obligados a matarse entre ellos mismos co­mo espectáculo o a manos de gladiadores) o por las bestias feroces. Mientras esperaban su destino, 11.000 prisioneros perecieron de hambre. Además, después de matar a los pri­sioneros viejos y enfermos, se eligió a los 700 más altos y apuestos para que f iguraran en el posterior desfile triunfal en Roma, y los demás (una mayoría), que fueron enviados a los anfiteatros de Oriente, no llegaron a vivir para ver la entrada del año 71. La conquista se completó oficialmente en tan sólo 4 meses y 25 días, desde el 3 de abril hasta el 30 de agosto del año 70 de nuesta era. Así que la gran tribulación de Jerusalén, aunque intensa, fue notablemente corta. La ac­titud y las acciones irrazonables de los judíos en el interior de la ciudad, especialmente de los fanáticos, contribuyeron a esa brevedad. La ciudad y el templo fueron arrasados hasta su total desaparición del ma­pa, para mostrar al mundo que aun las fortificaciones más sólidas no eran obstáculo para el ejército roma­no. Los encargados de demoler la ciudad la allanaron de tal manera, y tan concienzudamente, que daba la impresión de que en ese lugar jamás hubiese existido una población con habitantes. No obstante, a pesar de asestar tan mortífero golpe a la Gran Rebelión Judía comenzada en el año 66, ésta aun no se podía dar por finalizada del todo, ya que quedaban algunas fortalezas rebeldes en donde los judíos opondrían su últi­ma resistencia, a saber: Herodión, Maqueronte y Masada.

Dejando confiada Jerusalén a la legión X (Fretensis), Tito se dirigió a Cesarea Marítima en donde se depositó el botín y se custodió a los prisioneros judíos antes de la partida hacia Roma. De las restantes legiones, mandó a la legión XII (Fulminata), antes acantonada en Siria, a Melitene, cumpliendo aún el casti­go por la deshonra de Bethorón, mientras que las otras dos legiones, la legión V (Macedonica) y la legión XV (Apollonaris) acompañarían a Tito hasta que se embarcara a Roma, para posteriormente dirigirse a sus destinos de Moesia y Pannonia respectivamente. Después de ello, se dirigió a Cesarea de Filipo en donde organizó espectáculos gladiatorios debido a la gran cantidad de prisioneros judíos existentes, haciéndolos luchar entre sí o con las fieras. Posteriormente, regresa de nuevo a Cesarea Marítima, volviendo a cele­brar juegos y espectáculos en honor a su hermano Domiciano con motivo de su cumpleaños (24 de octubre del 70), en el anfiteatro de la ciudad (donde 2.500 prisioneros judíos fueron arrojados a las bestias salva­jes, quemados o matados en juegos de gladiadores), acto que repite de nuevo cuando viaja a Berito (actual Beirut), en esta ocasión por el natalicio de su padre Vespasiano (17 de noviembre del 70). Tras una prolon­gada estancia en la ciudad, Tito se dirige a Antioquía en una especie de marcha triunfal, y todas las ciuda­des que estaban en su camino fueron obsequiadas con espectáculos gladiatorios en los cuales los prisione­ros judíos eran obligados a matarse entre ellos en combates de gladiadores. Pero cuando entró en Antio­quía, la situación en la ciudad distaba mucho de ser pacífica. Los paganos deseaban desembarazarse de los judíos existentes, que tenían carta de ciudadanía con el mismo título que los griegos y hacían gran número de adeptos religiosos. Antioco, un antiguo judío, y ahora antijudío, para incitar su cólera, les instó a hacer sacrificios a divinidades paganas, que lógicamente los judíos rechazaron y ello fue interpretado como falta de sensibilidad y de civismo, acarreando como consecuencia numerosas matanzas. Además, un incendio que devastó la ciudad fue atribuido maliciosamente a los judíos, con lo que el odio hacia ellos fue aumentando. Esto fue lo que se encontró Tito en la ciudad, en donde notó que en las aclamaciones del pueblo, celebran­do su triunfo, también se mezclaban gritos hostiles hacia los judíos. Al día siguiente, en el teatro de la ciudad, el Senado y los notables le presentan una solicitud de expulsión de los judíos de la ciudad, pero T¡- to se negó a concederla, mostrando así que, a pesar de la Gran Rebelión, la justicia romana se situaba por encima de las rencillas locales y como garante de los privilegios de los ciudadanos del Imperio, ya fueran judíos o ya de otras etnias, de manera que los conflictos que surgieran entre los judíos y las poblaciones helenizadas deberían resolverse apelando al derecho y a las leyes establecidas y aprobadas por Roma.

Una vez abandonada Antioquía, Tito se dirige viados del rey parto Vologeses I, quienes le traen un presente en reconocimiento de su victoria ante los judíos. Después se dirige hacia el sur, atrave­sando la península del Sinai en dirección a Egipto, no sin antes pasar de nuevo por Jerusalén, ahora en ruinas, en donde, según Flavio Josefo, expresó sus condolencias por la destrucción de la ciudad, maldiciendo a los responsables de la revuelta judía que había culminado con la ruina de la capital de Judea. Luego, llega a Menfis y posteriormente a Alejandría; y allí dejó que la legión V (Macedonica) y la legión XV (Apollinaris) partieran a sus respec­tivos lugares, mientras él se dirigía a Roma. El via­je a Roma es contado no sólo por Flavio Josefo, si­no también por Suetonio, detallando este último las sucesivas escalas del mismo y relatando cómo a su llegada a Roma, a mediados de junio del 71, el emperador Vespasiano quedó sorprendido por la rapidez del viaje. Josefo refiere que Tito fue a­clamado en olor de fervor popular, al igual que an­teriormente lo fue su padre, donde no sólo las gentes de Roma salieron a su encuentro sino tam­bién el mismo emperador, quien se presentó ante su hijo y aumentó así la gloria y prestigio del vencedor de Judea.

El desfile triunfal por las calles de Roma, en el que Flavio Josefo estuvo presente en primera plana, comenzó ya de madrugada, en donde la gente se empezó a agolpar en los lugares de paso del cortejo. Estando amaneciendo aparecie­ron Vespasiano y Tito, vestidos de seda púrpura y corondos de laurel, y posteriormente asistió Pomiciano, el hijo menor de Vespasiano, pero relegado a un segundo plano. Salieron del templo de Isis, situado en el Campo de Marte, y seguidos de un gran despliegue de tropas se dirigieron hacia los paseos de Octavia, donde se encontraban los senadores y caballeros. Entre aclamaciones del gentío situado allí, padre e hijo se sentaron en una tribuna con asientos de marfil para la oca­sión. Poco después, y tras una breve alocución imperial, se o­freció un sacrificio a los dioses, cuyas estatuas se levanta­ban cerca de la Puerta Triunfal, entre el Capitolio y el Tiber. Más tarde, el cortejo continuó en dirección al Capitolio, en cuyo desfile se presentaron animales exóticos, trofeos de guerra de oro, como la mesa de los panes de la proposición y el candelabro de los siete brazos del templo de Jerusalén y también algunos rollos de la Tora, preciosas telas de púrpura o bordados para tapicerías y, sobretodo, los prisioneros, en­tre los cuales se encontraba Simón bar Giora. Pero quizás lo que llamó mas atención fue una serie de decorados móviles en donde se escenificaban episodios de la Guerra Judía, con ilustraciones que plasmaban las máquinas de a­sedio abriendo grietas en las grandes murallas gruesas, al ejército rompiendo el interior de las fortifica­ciones, el Templo incendiado, judíos suplicando piedad o enemigos que huían o eran llevados a la cautividad. Finalmente, el culmen del festejo fue el protocolo para la ejecución del jefe enemigo, Simón bar Giora, a las puertas del templo de Júpiter Capitolino, reconstruido tras un incendio ocasionado por los enfrenta­mientos entre Vitello y Vespasiano, de tal modo que cuando se anunció su muerte la gente estalló de júbilo. El día del triunfo terminó con nuevos sacrificios y un banquete oficial en el que el emperador reunió a sus allegados y a las gentes más notables de Roma. Con esta victoria y posterior desfile triunfal, el emperador Vespasiano consideró que la reconquista de Judea y Palestina era ya un hecho, e incluso acuñó una moneda en honor a tal victoria, con la leyenda "Iudaea Capta", y además, a partir de entonces, ordenó que la con­tribución anual de medio siclo que todos los judíos del Imperio entregaban al Templo antes de su destruc­ción, fuera ahora destinada a una nueva caja imperial, el Fiscus Iudaicus, y entregadas al templo de Júpi­ter Capitolino. También se emprendió la construcción del Arco de Tito, por orden imperial, conmemorando así Vespasiano la victoria de su hijo y contribuyendo a continuación a un programa de reformas del centro de Roma, que había sido devastada por el fuego en el año 64 y por los grandiosos y despilfarradores pro­yectos de Nerón. Al parecer Tito se negó a aceptar una corona especial de laurel (condecoración militar romana), alegando: "No hay mérito en vencer a unas gentes abandonadas por su propio Dios".

Sin duda, Vespasiano, confiadamente, creyó que la Gran Rebelión Judía había finalizado definitivamente, pero la situa­ción en Palestina aún no daba pie a que realmente se diera por terminado el conflicto. Tito, en cambio, aunque sabía que con la caída de Jerusalén se había terminado prácticamente con el grueso del conflicto, antes de volver a Roma se aseguró de aca­bar con éste definitivamente, por lo que dejó como gobernador de rango pretorio (gobernador de rango senatorial, con gran po­der militar) en Judea, con el objetivo de terminar con los últi­mos focos rebeldes (Herodión, Maqueronte y Masada), a Sexto Vetuleno Cerealis, el antiguo legado de la legión V (Macedonica), del que no sabemos nada de su actuación en el breve tiempo que estuvo en el puesto, lo que nos hace pensar en que no debieron producirse disturbios ni hostilidades durante su mandato en Judea. Entonces, a mediados del 71, Cerealis fue reemplazado por Sexto Lucilio Basso, quien ahora era el legado de la legión X (Fretensis) en sustitución de Aulo Lancio Lèpido Sulpiciano. In­mediatamente, Sexto Lucilio Basso se propuso acabar con la re­sistencia judía pendiente, compuesta exclusivamente por rebel­des sicarios, que se concentraba principalmente en las 3 gran­des fortalezas que Herodes el Grande mandó construir cuando era rey dentro de un entramado defensivo y de comunicación de grandes dimensiones, y como consecuencia de ello, y de su cercanía, resultaban ser un vital recurso es­tratégico en donde poder, en caso necesario, defenderse y aguantar un asedio largo si las circunstancias así lo requerían.

La primera fortaleza a la que el nuevo gobernador fijó su mirada fue la de Herodión, situada a tan sólo unos 12 kilómetros al sur de Jerusalén, pero ya dentro del abrupto y compartimentado desierto de Judea. Flavio Josefo nos hace una descripción de la misma, diciendo que se asienta sobre una colina artifi­cial hecha por la mano del hombre y fastuosamente amueblada como palacio, cuyo acceso se realiza a tra­vés de 200 escalones de piedra labrada. No obstante, a pesar de poseer cisternas, el agua debía de traer­se desde gran distancia. Con la legión X (Fretensis), Basso debió tomar la fortaleza de manera relativa­mente sencilla, ya que no disponemos de suficientes datos del asedio perpetrado por los romanos contra dicha fortaleza, lo cual induce a pensar que fue bastante rá­pido. Este palacio-fortaleza de Herodes el Grande, el Hero- dión (que se traduce como "el pequeño paraíso"), fue construi­do entre los años 23 y 20 antes de la ЕС y su destino no sólo era el de palacio fortificado sino también el de mausoleo de Herodes después de su muerte. Su altura es de 758 metros sobre el nivel del mar, y de 300 metros sobre el suelo del de­sierto que le rodea. Se yergue a 60 metros de altura sobre la cima de una colina natural y estaba formado por 2 murallas paralelas de 65 metros de diámetro, con un torreón circular de unos 16 metros de altura embebido parcialmente dentro de los muros y 3 torres circulares adosadas, aquél y éstas o­rientadas hacia los puntos cardinales. En el interior de las mu­rallas existía una geometría perfecta que dividía en dos el es­pacio, dejando la mitad próxima a la torre como un jardín ro­deado de columnas y la otra mitad para diversos aposentos o­rientados hacia el patio y el jardín con la excepción de los ba­ños y de otras pequeñas estancias que se adaptaban a ambas geometrías (la circular de las murallas y la ortogonal de las estancias palaciegas). El conjunto tenía un aspecto cónico por la acumulación de basura y de escombro que se tiraban desde las murallas, y al recinto fortificado se subía por un pasadizo subterráneo desde el pie de la colina que llevaba desde una entrada abovedada de 5 metros hasta el patio del jardín. El muro tenía 30 metros de altura y 7 plantas, dos de las cuales eran subterráneas. Dentro del patio circular se erigía el palacio, de dos plantas, con un atrio con peristilo. El Herodión Superior formaba un conjunto residencial con el Herodión Inferior, y en este nivel inferior están las ruinas de un palacio, con una piscina de tamaño suficiente para el uso de alguna embarcación, y con almacenes y baños para uso de Herodes, su familia y sus colaboradores de mayor confianza. Como se ha mencionado, el Herodión fue usado como for­taleza sicaria durante la primera revuelta judía (66-73), siendo destruido por los romanos en el año 71.

Tras la toma de Herodión, el siguiente objetivo fue Maqueronte, fortificada originariamente por A­lejandro Janeo (125-76 antes de la ЕС, rey asmoneo o macabeo y sumo sacerdote de los judíos, hijo menor de Juan Hircano y hermano de Aristóbulo I; prosiguió la política de su padre y conquistó y convirtió al ju­daismo a los territorios vecinos, expandiendo el reino asmoneo hasta su mayor extensión, bajo una tiranía despiadada marcada por intrigas y luchas internas, especialmente contra los fariseos, a quienes reprimió salvajemente) y reforzada por Herodes tras la destrucción llevada a cabo por Aulo Gabinio (político y militar romano de la primera mitad del siglo I antes de la ЕС). Sexto Lucilio Basso, atravesó el río Jordán y se dirigió al borde del Mar Muerto, hacia las estribaciones montañosas del sur de Perea, que lindaban con el reino de Nabatea, para poder llegar a la fortaleza. Protegida por una doble muralla y rodeada de ba­rrancos profundos, estaba mejor defendida naturalmente que Herodión, y preparada para soportar un a­sedio prolongado. En efecto, Basso, consciente de ello, se decidió a sitiarla con el objetivo de conquistar y destruir la fortaleza, situada en su parte más alta, ya que era perfectamente apta para poder acoger a miles de judíos que pudieran resistir firmemente frente a cualquier invasor. Construyó una rampa de ase­dio, mientras que los judíos (situados en la parte alta habían expulsado a los extranjeros, probablemente nabateos, a la ciudad baja) realizaban algunas incursiones inesperadas para retrasar el trabajo de la mis­ma. En una de ellas, los romanos capturaron a Eleazar ben Yair, miembro de una distinguida familia y uno de los 4 grandes jefes judíos surgidos en el año 68 tras la Revuelta (los otros 3 fueron Juan de Giscala, Simón bar Giora y Eleazar ben Simón), y Basso le amenazó con la crucifixión a la vista de los sitiados, que reaccionaron pidiendo que se respetara la vida de Eleazar a cambio de la entrega de la fortaleza y de que los romanos les dejaran salir libremente. Los extranjeros confinados en la ciudad o ciudadela baja, al no formar parte del acuerdo, trataron de huir por la noche, pero fueron denunciados por los judíos y para no caer en manos de los romanos hubieron de abrirse paso luchando contra éstos, que dieron muerte a 1.700 de ellos y esclavizaron a las mujeres y a los niños. Respecto a los judíos, el pretor al final cumplió el acuer­do y les dejó marchar, entregándoles a Eleazar, tras lo cual ordenó destruir la fortaleza, dejando sólo los cimientos; esto sucedía en el año 72 de nuestra era. Por otra parte, según Flavio Josefo (Antigüedades Judaicas, Libro XVIII, capítulo 5), en esta fortaleza tuvo lugar el encarcelamiento y la posterior decapi­tación de Juan el Bautista, al parecer en el año 32.

Ya sólo quedaba la fortaleza de Masada, bajo mando sicario desde el año 66, tras la muerte de Menajem su líder principal. Pero cuando Sexto Lucilio Basso se dispone a ir al asalto de la fortaleza, cae gravemente enfermo y fallece. Le sucederá Lucio Flavio Silva (gobernador de Judea desde el 73 al 81 y justo después nombrado cónsul; y, en una etapa posterior, existen indicios de que fuera asesinado por or­den de Pomiciano), quien se hace cargo como legado de la legión X (Fretensis) con el propósito de que en el tiempo más breve posible asedie Masada y de una vez por todas acabe con cualquier conato de resistencia judía. Masada, fundada por Jonatón Macabeo en el contexto de la revuelta judía contra el Imperio Seleú- cida y reconstruida por Herodes el Grande hacia los años 36-30 antes de la ЕС, se encontraba situada en el territorio de Idumea, cerca de la orilla oeste del Mar Muerto, alzada a una altura de unos 600 metros sobre el nivel del mar. Rodeada de majestuosos precipicios y fuertes pendientes, poseía una situación to­pográfica que la convertía en un auténtico baluarte en caso de que sucediese algún tipo de revuelta. En e­fecto, Herodes la reconstruyó con un doble objetivo (según Flavio Josefo): ponerse a salvo en caso de que recibiera algún golpe de Estado, ya que su carácter de extranjero no le hacía precisamente grato al pueblo judío, y el temor de que por entonces la reina de Egipto, Cleopatra, convenciera a Marco Antonio de que depusiera a Herodes y anexionara Judea a Egipto. Para ello, este rey dotó a la fortaleza de un lujoso pa­lacio, construyó una muralla de 6 metros de altura por 4 de anchura que rodease la totalidad de la cima, destinó una parte de la superficie de la meseta al cultivo que se almacenaría para asegurar una buena re­serva de víveres, solucionó el problema del abastecimiento de agua con la construcción de cisternas en la roca en donde un acueducto transportaba el agua hacia las mismas desde arroyos cercanos y también dotó a la fortaleza de un arsenal con todo tipo de armas, capaces de pertrechar a 10.000 hombres. Por último, el acceso a la fortaleza era casi imposible, ya que la misma naturaleza se había encargado de hacerlo así; pero existían dos caminos, uno al oeste, custodiado por una gran torre que dista­ba unos 500 metros de la fortaleza, y otro al este, el conocido "camino de la serpiente", cuya pronunciada pendiente, estrechez y ondulacio­nes a manera de culebra dificultaba muchísimo un asalto frontal. Con estas premisas, los roma­nos se enfrentaban a una misión casi imposible, pero gracias a la táctica, la tecnología y la es­trategia del propio legado, pudieron hacer fren­te al propósito de tomar la inexpugnable forta­leza. En cuanto a los efectivos, sabemos que el grueso del ejército estaba formado por la le­gión X (Fretensis), que muy posiblemente aun no dispondría de todos los soldados de los que se compondría una legión, por haber participado en el asedio de Jerusalén y en la toma de Herodión y Maqueronte. Ade­más, Lucio disponía de 4 cohortes auxiliares (cada cohorte auxiliar era una unidad de infantería ligera compuesta por unos 500 hombres y proporcionada por los aliados de Roma, y mandada por un prefecto de la comunidad originaria), una cohorte praetoria (guardia personal y escolta del legado de la legión X, Fla­vio Silva, y también probablemente encargada de la guardia del praetorium o centro de mando de dicho le­gado), otra cohorte equitata (compuesta de caballería e infantería), otra cohorte miliaria (compuesta por 1.000 hombres) y una última cohorte desconocida, además de 2 alae de caballería, lo que daría un número aproximado de 7.000 u 8.000 hombres, junto con varios millares de prisioneros judíos que servían de por­teadores de agua, comida y madera. En cuanto a los rebeldes, parece ser que éstos no llegaban ni siquiera a mil, pues tal vez eran unos 960, incluyendo tanto a sicarios como a ancianos, mujeres y niños bajo el man­do de Eleazar ben Yair, acogido como un héroe tras su huida de Maqueronte el año anterior debido al pac­to con Basso; pero tenían la gran ventaja de su posición estratégica y de la abundancia de armas y sobre­todo víveres y agua, lo que descartaba a todas luces un asedio por hambre o sed.

Flavio Silva, emulando a Tito en Jerusalén, ordenó construir una “circunvallatio" con el objetivo de bloquear la fortaleza de Masada y prevenir posibles fugas. Para ello, los romanos levantaron 8 campamen­tos: 2 principales y 6 auxiliares. Uno de los campamentos estaba dedicado a funciones administrativas, otro a dirigir las operaciones de asedio, los dos principales servirían de cobijo a la legión X (Fretensis) y el resto de los campamentos estaban destinados a las cohortes auxiliares y a las alae de caballería, cuyas funciones bási­cas eran protegerse los unos a los o­tros, vigilar las posibles vías de esca­pe de los rebeldes y apoyar a los 2 grandes campamentos principales pa­ra protegerlos de posibles escaramu­zas de los sitiados. Levantados bási­camente de piedra, que era cortada directamente de la roca de los acan­tilados, pues escaseaba la madera, fueron unidos entre sí mediante un muro, sal­vo en las partes donde había alguna barrera natural, con 14 torres intercaladas a interva­los de 75 a 100 metros, lo que hizo un total de 3'5 kilómetros de circunvalación, que pudo haber sido levantada en unos 10 días. Tras la finalización de los trabajos, Flavio Silva deci­dió que la única vía de asalto era la del camino situado al oeste, bajo la torre, donde había un promontorio que venía a quedar a unos 150 metros del nivel de la meseta y era conocido como el "espolón blanco". Desde este punto, se comenzó la construcción de una rampa de asedio, de unos 100 metros de ancho en la ba­se, que pronto alcanzó una altura también de unos 100 metros, aunque todavía insuficientes para alcanzar la meseta. Entremedias, los romanos recibían ataques desde el interior de Masada, pero no realizaban es­caramuzas debido al escaso número de defensores, ya que si fallaban podrían ser prácticamente extermi­nados, y porque también en la realización de la rampa trabajaban prisioneros judíos, lo cual impedía mo­ralmente a los sitiados atacar a los suyos. Muchas semanas después, la rampa estaba casi finalizada, con u­na pendiente de mas del 30% de desnivel, lo que dificultaba la labor de subir maquinaria de asedio, y ade­mas seguía estando por debajo del nivel, problema que se salvó con la construcción de una plataforma de roca de una anchura de 25 metros por otros tantos de altura, a utilizar como sólido apoyo para una torre de asedio de 30 metros de altura revestida de hierro, al objeto de protegerse del fuego y de los proyecti­les de los sitiados. En el interior de la torre de asedio se acomodaría un ariete, en el piso inferior de la misma, mientras que la parte alta estaría ocupada por las balistas y los escorpiones.

En abril del año 73 o 74, antes del verano, que Flavio Silva quería evitar a toda costa por las duras condiciones climatológicas de aridez y sequía, estaba por fin todo listo. Los romanos subieron la torre por la rampa hasta la base de la muralla ene­miga, donde empezó a trabajar el ariete a la vez que la artillería de la torre despejaba las almenas de defensores. Al poco tiempo, el ariete consiguió abrir una brecha en el muro, pero cuando los roma­nos se dispusieron a entrar, descubrieron que los rebeldes sicarios habían levantado una muralla de emergencia compuesta de tierra y madera princi­palmente, en donde el ariete no podía realizar su trabajo ya que los golpes eran amortiguados por la arena, que ademas se prensaba y daba cohesión al muro. Entonces, el legado, ordenó lanzar proyectiles incendiarios consiguiendo que el muro de emergencia comenzase a arder, pero, en un momento dado, un fuerte viento del este estuvo a punto de empujar el fue­go provocado por los romanos hacia su propia torre de asalto, aunque finalmente, e inesperadamente, el viento cambió y volvió a soplar en la dirección opuesta y original, hacia el oeste, es decir, contra el muro, el cual terminó reducido a cenizas. Esto fue interpretado, tanto por romanos como por sicarios, como una se­ñal divina a favor de los atacantes, aumentando la moral de los romanos y deprimiendo la de los sitiados, quienes imaginaban que Dios les había abandonado por sus múltiples pecados. Entonces, los romanos se re­tiraron para dar el asalto definitivo al día siguiente, mientras que los sicarios esa noche se reunieron para decidir por sus vidas. Exhortados por la elocuencia de Eleazar ben Yair, finalmente deciden suicidarse antes que caer en manos romanas y ser reservados para los juegos de gladiadores, sus hijos esclavizados y sus mujeres violadas. Por lo tanto, quemaron en una gran pira sus objetos de valor y, dejando las provisio­nes intactas para atestiguar que la razón de sus muertes no era por hambre sino por evadir la esclavitud, se inmolaron colectivamente. A la mañana siguiente, cuando los romanos entraron en la fortaleza, el espec­táculo era dantesco, pues todos los habitantes de Masada estaban muertos a excepción de 2 mujeres y 5 niños, que se habían escondido y refugiado para huir de la matanza; y éstos fueron los que relataron a los romanos lo sucedido durante la noche. Con la toma de Masada, se concluyó formalmente la Gran Rebelión Judía. Según Josefo, la entrada de los romanos en dicha fortaleza ocurrió el día 15 de abril del año 73, aunque otras fuentes la ubican en el año 74.

Si bien en Alejandría, y sobretodo en Cirene, se produjeron todavía algunos distur­bios por causa de un grupo sicario, liderado por un tal Jonatón, aquello terminó en aplas­tamiento total porque Jonatón fue capturado por Cótulo, gobernador de Libia. Además, Cótulo obligó a Jonatón a confesar que había sido sobornado por unos notables judíos ri­cos, con el propósito de confiscar la fortuna de éstos, y entre ellos, aparecía el nombre de Flavio Josefo, quien finalmente fue ab­suelto por Vespasiano debido a la falta de pruebas. Este episodio lo explica con más de­talle el propio Josefo en sus "Obras esencia­les", Libro VII, bajo el epígrafe “Sedición en Cirene", diciendo: “Como una enfermedad, la ocura de los sicarios también infectó a las ciudades cerca de Cirene. Un bribón llamado Jonatón, que había encontrado refugio en aquella ciudad, per­suadió a una multitud de las clases inferiores a que le siguieran al desierto, prometiendo mostrarles gran­des señales y maravillas. Pero los hombres principales entre los judíos informaron de este éxodo a Cótulo, gobernador de la pentópolis libia. Cótulo envió una tropa de caballería y soldados de infantería que fácil­mente dominaron a la turba desarmada, la mayoría de los cuales murieron, y el resto fueron llevados a Ci­eñe. Jonatón logró escapar por un tiempo, pero finalmente fue arrestado. Traído ante Cótulo, afirmó fal­samente que los más ricos judíos habían ordenado aquella conspiración. Cótulo pretendió creer las acusa­ciones, porque odiaba a los judíos y deseaba hacer que aquel asunto pareciera lo más peligroso posible para que también pareciera que él también había ganado una guerra judía. Incluso hizo que Jonatón designara a Alejandro, un judío con el que tenía querellas, y Berenice, su mujer, como formando parte de la conspira ción. Entonces dio muerte a 3.000 de los más ricos judíos, confiscando sus propiedades para la tesoreía mperial. Para impedir que los judíos en otras partes denudaran su crimen, Cótulo hizo que Jonatón y sus isociados acusaran a los principales judíos en Alejandría y Roma de impulsar la rebelión. Entre los así insi diosamente acusados se encontraba Josefo, el autor de esta historia. Cótulo fue a Roma con su “testigo", jero Vespasiano investigó la cuestión y descubrió que todas las acusaciones eran falsas. Jonatón fue tor­turado y luego quemado vivo. Cótulo fue reprendido, pero poco después de esto fue afligido por una terri­ble enfermedad que también le afectó a su mente, que estaba acosada por los espíritus de las víctimas de sus asesinatos. Murió cuando sus ulceradas entrañas salieron, otra evidencia del castigo de Dios sobre los ;rversos".

Huida a Pela.

La huida a Pela (o Pella) de los judeocristianos (es decir, de los cristianos de raza judía) de Jerusa- lén durante el ocaso del año 66 de nuestra era, cuando se produjo el fallido ataque romano comandado por Cestio Galo como respuesta a la gran revuelta judía de mediados de ese mismo año, es una creencia que se basa en una tradición bien atestiguada por Eusebio de Cesarea (quien, a su vez, hace referencia a fuentes más tempranas, a saber, Aristón de Pela o, más probablemente, Hegesipo de Jerusalén), Epifanio de Sala- mina (que menciona sus propias fuentes de información), Teodoreto de Ciro y Alejandro de Chipre. Eusebio (263-339) afirma: "También el pueblo de la iglesia de Jerusalén (se sobreentiende: Los cristianos primiti vos de Jerusalén), por seguir un oráculo (se sobreentiende: Una predicción profètica) remitido por revela ción a los notables del lugar (se sobreentiende: A los cristianos experimentados que dirigían la evangeliza- ción en Jerusalén), recibieron la orden de cambiar de ciudad antes de la guerra (se sobreentiende: Antes del ataque de Cestio Galo a Jerusalén en el año 66) y habitar cierta ciudad de Perea que recibe el nombre de Pela" (Historia Eclesiástica III 5,3). Epifanio (315-403), comentando acerca de una hipotética desvia­ción temprana del cristianismo primitivo según su cuestionable punto de vista de la apostasia, explica: “Es­ta herejía de los nazarenos (se sobreentiende: Desde el prisma de este autor, una secta judeocristiana con criteriologia diferente a la de la Iglesia que supuestamente se desvió de la fe transmitida por los apóstoles poco después de la huida a Pela) existe en Berea, en las vecindades de Cele-Siria y de la Decópolis, en la región de Pela y en Basanítide, en la denominada Kokaba, en hebreo Khokhaba. Allí se esta­blecieron después del éxodo desde Jerusalén, cuando todos los discípulos se fueron a vivir a Pela porque Cristo les había dicho que abandonaran Jerusalén y se fueran lejos de allí y evitarían un cerco. Por este a­viso vivieron en Perea después de haberse movido a ese lugar que he dicho. Allí tuvo su origen la herejía de los nazarenos (se sobreentiende: Herejía, en boca de Epifanio, puede consistir perfectamente en una par­ticular apreciación eminentemente subjetiva de la verdad revelada, tal como, por ejemplo, sucedería a un viajero que se alejara progresivamente de la estación en donde tomó el tren y que interpretara la realidad afirmando que los que verdaderamente se alejan son los peatones, que permanecen en la estación)" (Pane- rion XXIX, l,7,7-8). Sobre este mismo tema también añade, un poco más adelante, hablando de otras hipo­téticas heregías, en este caso sí desviadas de la sagrada escritura aunque globalmente a un grado no ma­yor que el del propio Epifanio: “Su origen (de los ebionitas) se remonta al tiempo posterior a la captura de Jerusalén. Después de eso, todos aquéllos que creían en Cristo generalmente se habían ido a vivir a Perea, a una ciudad llamada Pela de la Decópolis de la que está escrito en el Evangelio que está situada en las cer­canías de Batanea y Basanítide. La predicación de Ebión se originó aquí, después de que se hubieran trasla­dado a este lugar y hubieran vivido allí. Inicialmente, ellos vivían en una aldea llamada Kokaba, no lejos de la región de Karnaim y Asteroth, en la región de Basaítide. Esto de acuerdo con el contenido de la infor­mación que nos ha llegado. Desde allí comenzaron su viciosa enseñanza, desde el mismo lugar donde los na­zarenos surgieron, de los que yo he dado cuenta arriba. Después de haber estado unidos unos y otros, ca­da cual compartió su propia suciedad con el otro" (Panerion XXX, l,2,7-9). Epifanio, escribe: “Cuando la ciudad (se sobreentiende: Jerusalén) estaba a punto de ser capturada por los romanos (se sobreentiende: Al tiempo de la campaña de Cestio Galo, en el otoño del año 66, antes de la humillante retirada de éste; o bien al tiempo de la campaña de Vespasiano, en la primavera del año 67), todos los discípulos fueron adver­tidos del avance por un ángel para que abandonaran la ciudad, destinada a ser destruida totalmente. Ellos se establecieron en Pela, una villa de la Decópolis, al otro lado del Jordán. Después de la destrucción de Jerusalén, retornarán, como ya he dicho, y cumplirán grandes signos (se sobreentiende: El autor afirma que algún tiempo después de la devastación de la ciudad por los ejércitos de Tito a principios del otoño del año 70, los judeocristianos que se fueron a Pela retornaron a Jerusalén, la repoblaron y cumplieron nota­bles señales proféticas)" (De mens, 15). Finalmente, Teodoreto afirma: “En los días en que Vespasiano y Tito preparaban la guerra (se sobreentiende: Casi al tiempo de la primavera del año 67), los fieles (se so­breentiende: Los cristianos de Jerusalén), siguiendo una revelación, abandonaron la ciudad" (Comentario de Zacarías. PG 81,1951).

Como acabamos de ver, Eusebio asegura que los cristianos prominentes (o pastores del rebaño cris­tiano) de Jerusalén recibieron algún tipo de revelación antes de la guerra contra Roma (que aparentemen­te estalló a comienzos del verano del año 66, cuando se produjo la Gran Revuelta Judía) para huir de la metrópoli y asentarse en Pela. Epifanio, por su parte, matiza que fue un ángel el dador de dicha revelación o advertencia sobrenatural, con el objetivo de que todos los discípulos de Cristo fueran alertados del peli­gro. Una síntesis de todo esto nos llevaría a suponer que en la víspera de la Gran Revuelta Judía, un ángel de Dios se apareció a los pastores cristianos de Jerusalén para advertirles "por qué" y “hacia dónde" de­bería huir todo cristiano de Judea en breve, despejando la relativamente abstracta orden de Jesucristo de “huir hacia las montañas" y concretizando que se trataba (no de cualquier zona montañosa de los alre­dedores, sino más bien) de las “montañas de Pela". Ello parece armonizar con lo que sabemos que sucedió, según los datos que poseemos gracias a Josefo, o sea, que los romanos bajo Cestio Galo arrasaron ciertas ciudades situadas en las planicies al oeste del río Jordán en su marcha hacia Jerusalén y bajo Vespasiano arrasaron otras ciudades pertenecientes a las zonas montañosas situadas al este del río Jordán, por enci­ma y por debajo de Pela, pero aparentemente esquivaron esta ciudad; y, de manera similar, tampoco pare­ce que Pela captara la atención de los judíos rebeldes en sus planes de defensa y amurallamiento preventi­vo contra la respuesta romana al desastre de Bethorón. Además, de haberse producido dicha revelación angélica, sería razonable que ésta hubiera acontecido antes de que Cestio Galo acampara contra la ciudad de David, en el otoño del año 66, no sólo para poder dar una correcta orientación de huida a los cristianos situados en intramuros (pues, tras la retirada de Cestio, hubieron de actuar deprisa y con resolución) sino también para permitir a los cristianos afincados en las villas de Judea su perentorio inicio del éxodo hacia la ciudad de Pela. De todas formas, es posible que, entremezclados con los cristianos judíos, hubiera tam­bién cierto número de cristianos gentiles, especialmente en las ciudades de la Decópolis, de Galilea y de Perea, de modo que la advertencia de huir a Pela también resultaría de gran utilidad para ellos, puesto que esas zonas fueron igualmente sacudidas por la onda expansiva provocada por la Gran Revuelta y por los primeros momentos de la campaña de reconquista de Vespasiano. Por lo tanto, el hecho de que desde el año 41 ya se encontrara disponible en Palestina el evangelio según Mateo, y desde el año 58 se añadiera el e­vangelio según Lucas, obraría favorablemente en beneficio de todos estos cristianos palestinenses al obje­to de facilitarles la debida expectación de cara a la profecía de los finales catastróficos de Jerusalén y de su Templo, que significaría la devastación de toda Judea y la puesta en peligro de millones de vidas.

Pela era una ciudad de la Transjordania (en francés, “Oultrejordain", es decir, más alió del Jordán; nombre usado durante las “cruzadas" medievales para definir una extensa región situada al este del río Jordán) cuyas ruinas se encuentran en la actual Tabaqat Fahl. En la época romana fue una ciudad mediana, con su foro (zona central de la metrópoli, semejante a las plazas centrales de las ciudades actuales, donde se encuentran las instituciones gubernamentales, mercantiles y religiosas), sus termas (baños públicos, con estancias reservadas para actividades gimnásticas y lúdicas; también considerados como lugares de reu­nión a los que acudía la gente común que no podía costear el tener uno en su casa) y su Ninfeo monumental (fuentes artificiales y ornamentales de agua, generalmente dedicadas a las ninfas mitológicas griegas). Tras la campaña de excavación de 1992, se ha comprobado que tuvo una vida cultural interesante, ya que además de la muralla y el gran muro del témenos (terreno consagrado o dedicado a fines religiosos paga­nos) del templo en el Tell el Husn, ha apareci­do un odeón (pequeño anfiteatro destinado a competiciones de música cantada) en la lade­ra. No era la ciudad más grande de la Decópo- lis (Gadara tenía 3 foros), pero sí una ciudad que podemos denominar “civilizada".

El nombre semítico antiguo de Pela, a­testiguado en textos egipcios, era Phahel, que ha pervivido en la denominación actual del lu­gar. Los macedonios, al ocupar la región, en el siglo IV antes de la ЕС, le cambiarían el nom­bre por el de la capital de su país de origen, Pela, lugar de nacimiento de Alejandro Magno.

Así que esta ciudad pasó de ser llamada Phahel a ser llamada Pela o Pella, dada la semejanza fonética. Posteriormente, los griegos la apo­daron Berenikea. Aproximadamente, en el año 80 antes de la ЕС el rey asmoneo o macabeo Alejandro Janneo (125-76 antes de la ЕС), en su campaña transjordana, demolió la ciudad de Pela porque sus habitan­tes no quisieron adoptar las costumbres nacionales de los judíos ni convertise al judaismo. Sin embargo, parece que la ciudad fue recons­truida poco después. En el año 63 antes de nuestra era, el general ro­mano Pompeyo capturó la ciudad y ésta fue integrada en la parte del Oriental del Imperio. Bajo la dominación romana recibió el apelativo de Filipea (Las monedas del siglo II de Pela incluyen el apelativo Phili- ppeia, en honor a Marcio Filipo, legado de Pompeyo entre el 61 y el 60 antes de la ЕС). Para el tiempo de la Gran Revuelta Judía, a mediados del año 66, Pela era aparentemente una ciudad tranquila, mayormente habitada por gentiles pacíficos que estaban bien arraigados en la cul­tura grecorromana. Incluso es posible que residieran en la ciudad al­gunos cristianos gentiles, como resultado de la brebe actividad que Jesucristo realizó en la zona, al expulsar una multitud de demonios que habían poseído a 2 gadarenos (habitantes de la ciudad de Gadara), según se registra en el evangelio de Mateo.

La ciudad de Pela quedaba fuera de la jurisdicción de Agripa II y pertenecía mas bien a la provincia romana de Siria, razón por la cual parece que la ciudad estaba controlada militarmente por una guarni­ción romana hacia mediados del año 66. Se puede decir que Pela, como las otras 9 ciudades de la Decópolis, era una especie de municipio con varias aldeas bajo su límite territorial y con una capital, Pela propia­mente dicha, situada en un punto interior de dicho municipio, hacia el poniente; y la guarnición romana estaba en dicha capital. Al parecer, el desastre de Bethorón y la subsiguiente campaña militar de los rebel­des judíos hacia el norte a comienzos del año 67 no produjo enfrenta­mientos con la guarnición romana destacada en Pela, aunque tal vez sí fueran arrasadas algunas aldeas del "municipio" puesto que hubo ma­tanzas de gentiles a manos de los exaltados rebeldes en varios encla­ves de la Decópolis y de Siria, y viceversa, estando Pela dentro de la zona de peligro. Existe un texto autobiografico de Flavio Josefo, que se ha llegado a titular “La vida de Josefo", escrito por éste en torno a los años 94-99, posiblemente como un apéndice de su obra “Antigüedades judías", donde el autor revisa los acontecimientos que vivió durante la guerra judeo romana, al parecer en respuesta a las alegaciones formuladas contra él por un tal Justo de Tiberíades (un autor e historiador judío que vivió en la segunda mitad del siglo I, del que poco se sabe, ex­cepto lo que de él refiere el propio Flavio Josefo. Hijo de Pisto, nacido en Tiberíades, una ciudad de Gali­lea fuertemente helenizada. Hombre erudito, próximo al tetrarca Herodes Agripa II y uno de los ciudada­nos mas importantes de su ciudad natal. Durante la primera guerra judeo-romana (66-73) entró en conflic­to con Flavio Josefo, el líder judío nombrado por el gobierno rebelde de Jerusalén para controlar Galilea. Justo escribió una historia sobre la guerra en la cual acusaba a Flavio Josefo de responsabilidad criminal en los problemas que se produjeron en Galilea). Parte de la citada réplica de Josefo, contra este Justo, lee como sigue: “Antes de que yo fuese nombrado gobernador de Galilea por la comunidad de Jerusalén, tú y todos los habitantes de Tiberíades no sólo habíais tomado las armas, sino que estabais ya en guerra con­tra la Decópolis de Siria. En todo caso, tú incendiaste sus aldeas y tu criado cayó en aquella empresa". De este texto se deduce que durante la segunda mitad del año 66 y hasta el comienzo de la primavera del 67, al menos, ninguna ciudad de la Decópolis fue amasada sino tan sólo algunas aldeas. Ahora bien, esta situación precisamente debió favo­recer la posibilidad de la emigración a Pela por parte de los judeocristianos, según opinan algunos investigadores, ya que el exterminio de la población gentil de las aldeas de la co­marca produjo un vacío de población que per­mitiría la emigración de un grupo numeroso, como los judeocristianos de Jerusalén (su­puestamente unas 5.000 personas). De hecho, casi con toda seguridad, los zelotes estarían encantados de que los judeocristianos aban­donaran en ese momento Jerusalén, dejándo­la más a merced de su partido, y de que repo­blaran una zona anteriormente infectada de gentiles, puesto que el objetivo de los zelotes era un Israel limpio de gentiles. Sí es cierto que, tras la derrota del legado de Siria, Ces- tio Galo, esta región fue ocupada totalmente por los rebeldes bajo el mando de un tal Ma­nases, sin embargo Pela no fue quemada ni destruida, tal como se desprende de los trabajos arqueológicos de Smith y McNicoll. Probablemente, la actitud de los ciudadanos de Pela en el momento de incertidumbre del otoño del 66 fue similar a la de los ciudadanos de sus vecinas Gadara e Hippos, que sólo expulsaron a los sediciosos, permitiendo a los demás judíos su permanencia en la ciudad, lo que demuestra que eran pro­clives a la buena convivencia entre vecinos. Por otra parte, como ha argumentado Ray Pritz (del Centro de Caspari para estudios bíblicos y judíos), es muy probable que hubiese gentiles cristianos en la región (visi­tada por Jesús cuando sanó a los endemoniados de Gadara), y que estos gentiles hubiesen propiciado el re­fugio de sus hermanos correligionarios judíos huidos de Jerusalén.

En cuanto a la ocupación de la región por Vespasiano, no sólo no contradice la presencia de judeo­cristianos en Pela, sino que la refuerza. En efecto, tras la conquista de Galilea en la campaña del 67, Ves­pasiano se retiró a sus cuarteles de invierno en Cesarea, dejando la XV legión (a la que después añadió la X legión, cuyo legado era Trajano, padre del futuro emperador) en Escitópolis, ciudad en la que los escitas habían matado a traición a sus vecinos judíos en el verano del 66, declarándose abiertamente a favor de los romanos. En la primavera del 68 Vespasiano cruzó el Jordán para ocupar la gran ciudad helenística de la Decópolis, Gadara, a la que los judíos habían convertido en capital fortificada de Perea. Gadara entregó pacíf ¡comente la ciudad a los romanos, no sin que antes los judíos mataran al noble Doleso, responsable de la embajada a Vespasiano y de la decisión de derruir las murallas, y huyeran hacia el sur. Según flavio Jo- sefo, había muchos ricos en Gadara (casi todos gentiles, aunque pudiera haber algunos judíos entre ellos) y éstos deseaban guardar sus posesiones más que nada, por lo cual eran muy favorables a pasarse a los ro­manos y enviar una embajada de bienvenida a Vespasiano, que estaba cercano a la ciudad; de hecho, envia­ron tal embajada al general romano sin el conocimiento de los sublevados judíos, que a duras penas habían conseguido el control de la ciudad; así que éstos, cuando se enteraron de ello, decidieron huir no sin antes puesto su esperanza en refugiarse en Jericó, al otro lado del Jordán). Vespasiano, tras su tranquila entrada triunfal en ha­dara, volvió a Cesarea y avanzó por Judea e Idumea, dejando el mando de la región de Perea al tribuno Plácido. У ahora Jo- sefo explica que, una vez que Plácido se apoderó de Abila, Ju­lia, Besimot y todas las localidades que había hasta el Mar Muerto, estableció al frente de cada una de ellas a los deser­tores que le parecieron más idóneos. Por lo tanto, los judeo- cristianos de Pela, mejor que ningún otro grupo de judíos, en­trarían en esta favorable categoría de "desertores" desde el prisma de Plácido.

Si bien parece cierto que el momento idóneo para salir de Jerusalén y huir hacia Pela fue en los alrededores inmedia­tos de la Gran Revuelta, aproximadamente a primeros de a­gosto del 70, así como inmediatamente después de la retirada de Cestio Galo, aproximadamente a primeros de noviembre del 70, los testimonios históricos de Josefo (mayormente) y de otras fuentes (minoritariamente) permiten entrever que hu­bo múltiples casos de deserción de la ciudad en el tramo com­prendido entre los años 67 y 70. Por ejemplo, Josefo enumera cuantiosos casos de huidas de Jerusalén en noviembre del 66, en el invierno del 67-68 y en junio e incluso en agosto del 70, siendo a veces las fugas de grupos numerosos de 2.000 per­sonas; y los datos de Josefo son confirmados por la noticia de la Misná respecto a la huida de Jonatán ben Zakkay, que se hizo el muerto para que se permitiera a sus discípulos salir de la ciudad a enterrar el cadáver, tras lo cual todos ellos se entregaron a Vespasiano y el rabino consiguió que el emperador le permitiera a­brir su escuela de Jamnia. No obstante, las fugas de la ciudad entre los años 67 a 70, y en especial durante el año 70, estaban cargadas de peligros, no sólo por causa de las represalias de los rebeldes fanáticos ju­díos sino también por parte de las tropas romanas, las cuales despreciaban asesinamente a los judíos en ge­neral y además estaban predispuestas a la expoliación y saqueo de los bienes de éstos; de manera que los desertores que caían en manos romanas corrían el a­bundante riesgo de ser asesinados (y sus niñas y sus mujeres violadas en el mejor de los casos, si habían escapado con ellos) por los soldados romanos o por las huestes auxiliares de éstos antes siquiera de que Tito o Vespasiano tuvieran noticias de las fugas y pudieran decidir sensatamente en cuanto al destino de los pri­sioneros.

Por consiguiente, parece que el momento más propicio para que los cristianos de Jerusalén huyeran a Pela fue inmediatamente después de la retirada de Cestio Galo en la primera mitad de noviembre del 66, pues poco antes de eso la climatología rigurosa del verano hubiera dificultado la marcha (pero en la prime- га mitad de noviembre la meteorología debió ser suave, pues faltaba un mes y medio para el comienzo del invierno); además, según Josefo, el verano del 66 se caracterizó por el aumento alarmante de matanzas por toda Palestina, tanto de judíos como de gentiles, unos contra otros, por lo que el camino desde Jerusa­lén hacia Pela debió ser poco seguro en este sentido. En cambio, para noviembre del 66 habían cesado esas matanzas y el conflicto armado estaba desplazado hacia el noroeste, en la dirección que va desde Betho- rón hacia Cesarea. Finalmente, parece que hay una confusión con relación al distrito al que pertenecía Pela, pues los testimonios históricos la sitúan unas veces en la Decópolis y otras en Perea. Por ejemplo, Eusebio y Epifanio mencionan el lugar al que huyeron los judeocristianos de Jerusalén denominándolo a veces Pela de la Decópolis y a veces Pela de Perea. Sin embargo, este problema de ubicación exacta no es exclusivo de Pela, pues también se dio en el caso de su vecina Gadara y en otras descripciones territoriales antiguas de la Transjordania. Aparentemente, la causa de esta inestabilidad ubicatola tenía que ver con la fluctua­ción de las zonas fronterizas en función de los gobiernos de turno o de los repartos territoriales, o de las adjudicaciones antojadizas del propio César.

El fin del mundo.

Como ya se ha mencionado anteriormente, la profecía de Jesucristo relativa al fin del mundo que se encuentra registrada en el evangelio según Mateo, capítulo 24, sugiere, para algunos doctos bíblicos, un entrelazamiento de 2 acontecimientos similares (esto es, con características o rasgos parecidos) separa­dos entre sí por un gran trecho de espacio (es decir, uno de tales acontecimientos tiene carácter local y el otro tiene carácter planetario) y de tiempo (a saber, aproximadamente 2 milenios entre ambos). Se trata ahora, pues, de buscar la manera más coherente de distinguir qué parte de la profecía no es aplicable para los tiempos venideros y qué parte sí lo es. El pasaje sagrado comienza así: «Jesús salió del templo (se so­breentiende: Salió de los grandes patios del Templo de Jerusalén, donde solía enseñar a los que se congre­gaban allí, pues muchos judíos veían en él la figura de un profeta y de un obrador de milagros), y ya se iba, cuando sus discípulos se acercaron y comenzaron a atraer su atención a los edificios del templo (se sobre­entiende: Aquellos discípulos todavía no tenían ni idea de lo que le esperaba a la ciudad santa, ni alcanza­ban a comprender cómo Dios podría rechazar su propio Templo; y al presente quizás se imaginaban que el reinado predicho del Mesías estaría vinculado de alguna manera a aquel majestuoso Templo). Jesús les di­jo: "¿Ven ustedes todo esto? Pues les aseguro que aquí no va a quedar una piedra sobre otra. Todo será destruido" (se sobreentiende: Estas palabras de Jesucristo debieron dejar perplejos y alarmados a sus discípulos, puesto que rompían por completo el esquema mental que ellos tenían con respecto al futuro cer­cano)» (Evangelio según Mateo, capítulo 24, versículos 1-2; Versión popular de la Biblia, también denomina­da "Dios Habla Hoy", de 1996).

Evidentemente, aquellas palabras de Jesucristo tocante a la destrucción del Templo de Jerusalén no pueden aplicar al venidero fin del mundo, pues tal Templo ya no existe. No obstante, la profecía sigue así: «Luego (se sobreentiende: al poco rato de pronunciar Jesucristo la sentencia divina contra el Templo de Jerusalén) se fueron al Monte de los Olivos. Jesús se sentó, y los discípulos (se sobreentiende: Los se­guidores más allegados al Maestro) se le acercaron para preguntarle aparte (se sobreentiende: Con disi­mulo, en privado): "Queremos que nos digas cuándo va a ocurrir esto. ¿Cuál será la señal de tu regreso y del fin del mundo? (se sobreentiende: Los discípulos, en su precario conocimiento, asociaban la destrucción del Templo de Jerusalén y de la ciudad santa con la venida de Jesucristo como rey triunfante del Reino de Dios, y con el fin del mundo de los gentiles o no judíos)". Jesús les contestó: "Tengan cuidado que nadie los engañe (se sobreentiende: Jesucristo, dándose cuenta del superficial conocimiento profètico que al pre­sente tenían sus discípulos y del que adolecerían todavía por una o dos décadas más, les expresó su preo­cupación de que fueran confundidos o extraviados por maestros hábiles y farisaicos que podrían usar las santas escrituras engañosamente con relación a la liberación del pueblo de Dios por un rey mesiónico). Por­que vendrán muchos haciéndose pasar por mí. Dirán: Уо soy el Mesías, y engañarán a mucha gente. Ustedes tendrán noticias de que hay guerras aquí y alió; pero no se asusten, pues así tiene que ocurrir; sin embar- go, aún no será el fin (se sobreentiende: Se presentarían señales o síntomas alarmantes que podrían hacer pensar en la inminencia del fin del mundo, pero tal fin no vendría tan rápidamente como para que los discí­pulos se aterrorizaran por no estar suficientemente preparados para poder afrontar la situación bajo la guía divina). Porque una nación peleará contra otra y un país hará guerra contra otro; y habrá hambre y te­rremotos en muchos lugares. Pero todo eso apenas será el comienzo de los dolores (se sobreentiende: El fin del mundo sería algo mucho más terrible que las hambres, terromotos y cuantiosas guerras que salpica­rían a la sociedad humana durante la víspera de ese acontecimiento final)"» (Evangelio según Mateo, capí­tulo 24, versículos 3-8; Versión popular de la Biblia, también denominada “Dios Habla Hoy", de 1996).

En el versículo 4 del capítulo 24 del evangelio según Mateo, Jesús dijo: “Tengan cuidado que nadie los engañe. Porque vendrán muchos haciéndose pasar por mí. Dirán: Уо soy el Mesías, y engañarán a mucha gente" (Evangelio según Mateo, capítulo 24, versículos 4 y 5; Versión popular de la Biblia, también denomi­nada “Dios Habla Hoy", de 1996). La cuestión pertinente es si hubo “falsos cristos" entre los años 30 y 60 del primer siglo de nuestra era, es decir, desde que Jesús pronunció esas palabras hasta la destrucción de Jerusalén por Tito en el año 70. Luego nos podemos plantear la interrogante de si también ha habido “fal­sos cristos" durante el siglo XX y lo que va del XXI, un período, según muchos historiadores, en el que la humanidad parece haber entrado en un callejón autodestructivo sin salida (vale decir: En la víspera del fin del mundo). ¿Por qué? Bueno, no hay que ser ninguna lumbrera intelectual para darse cuenta de ello; sim­plemente basta tener un poco de sensatez o sentido común. Por ejemplo, una de las fuerzas que determi­nan la suerte del planeta está en manos de gobernantes y políticos, quienes, lejos de someterse a un con­senso común y universal, se inclinan irracionalmente en la dirección de anteponer su egoísmo personal y na­cionalista a los intereses legítimos de otros líderes y de otros países; y la intensidad que esta tendencia e­gocéntrica ha adquirido últimamente es imparable y, peor aún, se está acelerando. En el ámbito del comer­cio, que es otra de las grandes fuerzas determinantes del futuro planetario, es más que evidente la mar­cha consumista y explotadora que tienen las grandes multinacionales, así como la mayoría de las empresas menos grandes, las cuales ofrecen un espectáculo parecido al de una “arena de gladiadores" (donde, o ma­tas, o eres muerto; y no hay otra opción menos cruenta). El terreno religioso no puede ser más caótico y confuso, pasándose de un extremo de intolerancia (con terrorismo incluido) a un extremo de relajación tal que en él toda clase de conducta tiene cabida y disculpa (posiblemente, hasta el propio Hitler encontraría aquí amparo); y esta situación no puede menos que abocar hacia el oportunismo, el engaño de masas, la de­cepción, la desconfianza, el odio a lo sagrado y así sucesivamente, hasta desembocar en el materialismo puro y duro (pues los engañados y escarmentados no atisban ya otra cosa por la que luchar en la vida que no sea el animalesco instinto gratificatorio inmediato y mundanal, aunque de esto tal vez escapen unos cuantos “quijotes" reaccionarios que ni siquiera saben adonde van). У, para abreviar, si a semejante potaje de sinrazón le añadimos el manejo de una tecnología potentísima en auge, cada vez más asequible a cual­quier desaprensivo o loco psicópata que puede pulverizar nuestro planeta si se obsesiona con emplearla pa­ra fines militares, entonces se hace más que obvio que estamos moviéndonos precisamente en el mismo borde del fin del mundo.

Durante la primera mitad del siglo I de nuestra era muchos judíos palestinenses y de la diàspora se encontraban en gran expectación con relación a la profetizada venida del Mesías, el anhelado Libertador de Israel. ¿Por qué? La respuesta se relaciona con los acontecimientos que ocurrieron en Babilonia durante el siglo VI antes de la ЕС, cuando Ciro el rey de Persia conquistó todo el imperio babilónico y entonces permitió a los judíos, que estaban cautivos allí (pues Nabuconodosor había destruido Jerusalén a finales del siglo anterior y había deportado a los habitantes de Judea a las ciudades de Caldea), que regresaran a su tierra y reconstruyeran la ciudad santa y su Templo. Esta liberación avivó la esperanza judía de gozar del derecho a la autodeterminación, como una nación libre, y de ver cumplida la profecía mesiánica de un Libertador definitivo de Israel (una profecía varias veces señalada en el Pentateuco y en los libros de los profetas mayores, así como en los Salmos). Pero lo cierto es que estas expectativas no llegaron a materia­lizarse. No tenían rey, y la autoridad política de sus gobernadores pronto quedó eclipsada por la autoridad religiosa del sumo sacerdote, quien llegó a ser considerado cabeza de la nación. De acuerdo con “The con- eise jewish encyclopedia" (La enciclopedia judía concisa), fue durante ese período cuando surgió el concep­to de un Mesías guerrero liberador del pueblo hebreo, un monarca ideal para los días del futuro, quien no sería tan sólo otro gobernante más, sino el caudillo que acabaría con los enemigos de Israel y daría co­mienzo a una era perfecta de paz y perfección. Las conquistas de Alejandro Magno en el siglo IV antes de la ЕС permitieron que se reuniera a todos los judíos bajo su dominio (tanto en Palestina como en la Diàspo­ra, es decir, fuera de Palestina). Según Flavio Josefo, cuando Alejandro llegó a Jerusalén los judíos le a­brieron las puertas y le mostraron un vaticinio registrado en el libro de Daniel el profeta (escrito más de 200 años antes de aquel día) que claramente describía las conquistas de Alejandro como “el Rey de Grec ¡a" (Antigüedades de los judíos, Libro XI, capítulo VIII, 5; Josefo). La citada profecía es la siguiente: «Mien­tras reflexionaba yo al respecto (se sobreentiende: Daniel estaba pensativo acerca de una visión profetica presentada en símbolos, que se le estaba dando en aquellos momentos), de pronto surgió del oeste un ma­cho cabrío, con un cuerno enorme entre los ojos, y cruzó toda la tierra sin tocar siquiera el suelo. Se lanzó contra el carnero que yo había visto junto al río, y lo atacó furiosamente. Уо vi cómo lo golpeó y le rompió los dos cuernos. El carnero no pudo hacerle frente, pues el macho cabrío lo derribó y lo pisoteó. Nadie pu­do librar al carnero del poder del macho cabrío. El macho cabrío cobró gran fuerza, pero en el momento de su mayor grandeza se le rompió el cuerno más largo, y en su lugar brotaron cuatro grandes cuernos que se alzaron contra los cuatro vientos del cielo... El macho cabrío es el rey de Grecia, y el cuerno grande que tiene entre los ojos es el primer rey» (Libro profetico de Daniel, capítulo 8, versículos 5-8 y 21; Nueva versión internacional de la Biblia, Castilian). Pero era del todo obvio que Alejandro Magno no podía ser el Mesías prometido, pues éste habría que venir de la estirpe de Abrahón por la línea de David; aunque bien es verdad que el imperio alejandrino influyó enormemente en la tierra, la cultura y la religión judías.

Después de la muerte de Alejandro, Palestina permaneció en manos de Grecia, primero bajo la di­nastía ptolemaica de Egipto y después bajo la seléucida de Siria, ambas fundadas por los sucesores de A­lejandro. Como aumentaba la influencia ejercida por Grecia, los judíos prominentes y aristocráticos empe­zaron a considerar desfasadas las tradiciones y costumbres judías. Los más influyentes en este sentido pertenecían a la familia de los Tobíades, quienes durante la gobernación del rey seléucida Antioco IV Epí- fanes (175-164 antes de la ЕС) ayudaron a Menelao, por lo visto pariente suyo, a llegar a sumo sacerdote, y esto sucedió aunque Menelao no pertenecía a la ancestral familia sacerdotal de Sadoc, sumo sacerdote del templo de Salomón; por lo tanto, según el Pentateuco, esto era una usurpación y una grave ofensa con­tra le ley de Dios. Sin embargo, la influencia griega cobró tanta fuerza que finalmente las celebraciones religiosas judías fueron proscritas y el Templo se convirtió en un santuario griego. Esto llevó a que en el a­ño 167 antes de la ЕС estallara una rebelión encabezada por el sacerdote judío Matatías y sus 5 hijos, co­múnmente llamados “Los macabeos o asmoneos". La revuelta de los macabeos, en un principio de naturaleza puramente religiosa, pronto se convirtió en una lucha política por la autodeterminación judía. En el año 165 antes de la ЕС, los macabeos recuperaron el Templo y lo volvieron a dedicar al servicio religioso tradicio­nal, suceso que en la actualidad los judíos de todo el mundo celebran anualmente durante la denominada “Fiesta de las luces", de 8 días de duración, llamada en hebreo “Hanukó". No obstante, todavía no se divi­saba ningún Mesías en el escenario. Pero para entonces, los sacerdotes no sólo tenían en sus manos el lide­razgo espiritual y social del pueblo, sino que constituían la clase más poderosa y rica de Jerusalén, tanto en sentido político como económico. En consecuencia, dado que los sacerdotes se habían hecho muy altivos y negligentes en el cumplimiento de sus deberes de pastoreo y de educación religiosa del pueblo, algunos judíos bien instruidos que no eran sacerdotes empezaron a reemplazar a éstos en las tareas de interpre­tar la Ley mosaica y administrar justicia a favor de la gente común según dicha Ley. Estos hombres, cono­cidos como “escribas", terminaron corrompiéndose y haciéndose diestros en encontrar pretextos y sub­terfugios para los individuos que utilizaban el soborno con objeto de burlar la Ley. No extraña, pues, que, a partir de estas malas actuaciones, el concepto de Mesías también fuera tergiversado y comenzara a dis­crepar de su verdadero significado según las santas escrituras.

Durante el período macabeo, la religión judía se dividió fundamentalmente en 2 facciones rivales: los fariseos y los saduceos. Los fariseos enseñaban que Dios había dado a Israel una ley doble, parte es- crita y parte oral, y fue sobre la base de esta ley oral que reconocieron la legitimidad de la línea sumo sa­cerdotal incluso después de haberse interrumpido la línea tradicional. Por otro lado, los saduceos negaban la existencia de una ley oral y afirmaban que sólo podía servir de sumo sacerdote un descendiente directo de Sadoc. El término "fariseo" deriva de una palabra hebrea que significa “separado" o “distinguido". Hay quienes dicen que lo utilizaban sus opositores para calificarlos de herejes, mientras que otros afirman que se refiere a la posición “distinguida" que asumían, separándose de la denominada “gente de la tierra" (gen­te del vulgo), a la que consideraban inmunda o contaminada por el error. Los fariseos eran personas extre­madamente pagadas de su propia justicia en lo referente a sus observancias tanto de la ley escrita como de la oral. La actitud igualmente rígida de los saduceos hacia la ley escrita posiblemente no surgió de algún sentimiento religioso especial, sino como un arma política de oposición a los poderes legislativos fariseos. También, se cree que durante la revuelta macabea surgió otro grupo religioso menos relevante al principio: los esenios. Estos rompieron con el sacerdocio oficial y se abstuvieron de participar en los servicios y sa­crificios religiosos que se llevaban a cabo en el Templo; pero, por lo demás, se adherían estrechamente a la Ley; y al igual que los fariseos, a quienes se parecían en muchos sentidos, cayeron víctimas de la influen­cia helenística y adoptaron creencias completamente ajenas al judaismo tradicional, como, por ejemplo, la enseñanza platónica del alma inmortal. Este grupo probablemente no constaba de más de 4.000 miembros, todos ellos varones adultos, muchos de los cuales eran célibes. Vivían en casas comunales ubicadas en co­munidades aisladas que estaban diseminadas por toda Palestina. La “Enciclopedia judaica" habla de su su­puesto pacifismo, pero, por otra parte, la obra judía “Enciclopedia bíblica ilustrada" asegura que lucharon heroicamente durante la rebelión contra Roma que se inició en Jerusalén en el año 66, y hasta algunos de los líderes rebeldes salieron de sus filas. El historiador judío Josefo menciona a uno de estos líderes: un tal “Juan el esenio", quien sirvió como general judío durante aquella Gran Revuelta. Los Rollos del mar Muerto, descubiertos en 1947, suministran información sobre una secta religiosa de Qumrón, la cual, se­gún algunos eruditos, es idéntica a la de los esenios. Pero todas estas facciones religiosas judías se opusie­ron de una manera u otra a la actividad de Juan el Bautista y de Jesucristo. Por ejemplo, en lugar de dar crédito al mensaje de Juan, según Josefo, muchos de los sacerdotes recurrieron a los zelotes, un grupo de revolucionarios judíos empeñados en conseguir la autodeterminación. Grupos como éste, opuestos a la dominación romana (que había reemplazado a la griega en e\ año 63 antes de la ЕС), perpetraron activida­des terroristas durante décadas. Finalmente, en e\ año 66 se rebelaron abiertamente, lo cual condujo, co­mo sabemos, a la destrucción del Templo y a la desaparición de su sacerdocio. La esperanza mesiónica se vio, de nuevo, desvanecida.

El hecho de que la religión judaica (el judaismo) no desapareciera tras la destrucción del Templo de Jerusalén en e\ año 70 y la subsiguiente desaparición del sacerdocio, se debió presumiblemente a que si­glos atrás, durante el exilio en Babilonia, o quizás poco después, los judíos habían comenzado a dar mucha importancia a la adquisición del conocimiento de la Ley. Construyeron centros de instrucción llamados “sina­gogas", y de allí en adelante sólo iban al Templo en ocasiones especiales y para ofrecer sacrificios. De mo­do que, para el siglo primero de nuestra era, había llegado a ser bastante normal practicar la adoración en las sinagogas; y después de la destrucción del Templo, en e\ año 70, parece que la opinión general se de­cantó hacia la idea de que éste había sido reemplazado por el culto en las sinagogas. Entonces, en lugar del sacerdocio, ya inexistente, se empezó a dar relevancia a una serie de maestros a los que se llamó “rabíes". Dado que los saduceos se habían extinguido como grupo activo y los esenios habían desaparecido, los fari­seos permanecieron como los líderes religiosos indiscutibles. Ellis Rivkin, del Colegio de la Unión Hebrea, derivada de un término griego que significa "dispersión". Aun en estas circunstancias, muchos retuvieron la esperanza de autodeterminación bajo un venidero Mesías. El líder judío Bar Kokba, quien encabezó sin éxi­to una gran rebelión contra Roma en el año 132, resultó ser un mesías falso. Según La enciclopedia Ju­daica, desde entonces, hasta el año 1744. aparecieron 28 falsos mesías.

Habida cuenta de que los judíos del primer siglo de nuestra era esperaban a un Mesías militante, un guerrero teocrático que devolviera como mínimo a Israel el esplendor de la gobernación salomónica, las en­señanzas de Jesucristo y sus milagros sorprendían a la gente pero no la convencían de su legitimidad como el verdadero Mesías prometido. No obstante, algunos pusieron fe en él, pues razonaban y decían: "Cuando venga el Cristo (se sobreentiende: El Mesías), ¿acaso va a hacer mas señales (se sobreentiende: Podra presentar mas evidencias) que este hombre?" (Evangelio según Juan, capítulo 7, versículo 31; Nueva ver­sión internacional de la Biblia, Castilian). Ahora bien, la presión cultural y social ejercida por el judaismo sobre los hebreos de la época era tan insistente y pesada que no sólo impedía a los afectados pensar cla­ramente y sin prejuicios, sino, incluso, podía hacer dudar a algunos seguidores del Maestro que se hubieran permitido la licencia de distraer la mente con la propaganda del entorno; y de hecho, por este motivo, hu­bo discípulos de Jesús que acabaron dóndole la espalda al verdadero Mesías. Es por esto que Jesucristo ad­virtió a sus seguidores: "Tengan cuidado que nadie los engañe. Porque vendrán muchos haciéndose pasar por mí. Dirán: Уо soy el Mesías, y engañarán a mucha gente" (Evangelio según Mateo, capítulo 24, versícu­los 4y5; Versión popular de la Biblia, también denominada "Dios Habla Hoy", de 1996).

La sagrada escritura contiene varios indicios de que hubo personas judías del primer siglo de nues­tra era, sumamente devotas, que al principio tenían un concepto y unas expectativas bastante desacerta­das acerca del Mesías; eran unas expectativas que sólo Dios, en su bondad y misericordia para con los se­res humanos que buscan sinceramente la verdad, podía reconducir de manera que finalmente alcanzaran u­na interpretación fidedigna que les evitara la confusión espiritual. Por ejemplo, acerca de los primeros días de la vida de Jesús recién nacido, el evangelista Lucas escribe lo siguiente: «АI cumplirse los ocho días (se sobreentiende: Ocho días de edad) para que fuera circuncidado el niño (se sobreentiende: José y María, los padres del niñito, siguiendo una ordenanza de la Ley mosaica, fueron a circuncidar a Jesús), lla­maron su nombre Jesús (se sobreentiende: Le pusieron por nombre Jesús), porque así fue llamado por el ángel antes que fuera concebido en el vientre (se sobreentiende: Un ángel llamado Gabriel, meses atrás, se apareció a María y le especificó que el nombre del futuro bebé debería ser Jesús). Al cumplirse los días de la purificación de ellos según la ley de Moisés, trajeron al niño a Jerusalén para presentarlo ante Yah- weh, tal como está escrito en la ley de Yahweh: "Todo varón que abra matriz será llamado Santo de Yah- weh", y para ofrecer sacrificio según lo escrito en la ley de Yahweh: "Un par de tórtolas o dos palominos". У había cierto varón en Jerusalén que tenía por nombre Simeón. Este era un varón recto y justo que espe­raba la consolación de Israel (se sobreentiende: Esperaba que Israel fuera liberado de su servidumbre a las naciones gentiles, en este caso a Roma), y el Espíritu Santo estaba sobre él. A él le había sido dicho por el Espíritu Santo que no vería la muerte hasta que viera al Cristo de Yahweh. Este, movido por el Espí­ritu, llegó al templo, y cuando los padres trajeron al niño Jesús para hacer con él según lo ordenado por la ley, él lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios, diciendo: "Ahora, Señor mío, permite que tu siervo se vaya en paz, según tu palabra, porque he aquí que han visto mis ojos tu misericordia, la cual preparaste en pre­sencia de todos los pueblos: Luz para revelación a los gentiles, y gloria para tu pueblo Israel". У José y María estaban asombrados por las cosas que se decían de él (se sobreentiende: Estas palabras permitían acariciar la idea tradicional, es decir, que el futuro Mesías, o este niñito, sería un libertador del pueblo). Habiéndolos bendecido Simeón, dijo a su madre María: "He aquí que éste ha sido puesto para caída y le­vantamiento de muchos en Israel, y para señal de controversia, a fin de que sean revelados los pensamien­tos de los corazones de muchos (se sobreentiende: Ahora, con estas expresiones proféticas, el anciano Si­meón estaba aclarando que el verdadero Mesías, lejos de traer liberación a la nación israelita, como la ma­yoría esperaba, iba a servir de controversia de cara a poner de manifiesto las verdaderas motivaciones que había en los corazones de la gente de su generación, de tal manera que en los tribunales celestiales quedara claro quiénes componían la simiente de la mujer simbólica y quienes no); y una lanza traspasará tu misma alma (se sobreentiende: Tales palabras, dirigidas a María, vaticinaban lo que esta madre habría de esperar en el futuro, a la vuelta de pocas décadas, a saber, un gran sufrimiento emocional cuando viera que su hijo habría de ser muerto a la manera de un vulgar asesino). У había una profetisa, Ana, hija de Fa- nuel, de la tribu de Aser. Ella era de edad avanzada y había vivido siete años con su marido desde que se casó. Era una viuda de ochenta y cuatro años, y no se apartaba del templo y servía estando en ayuno y ora­ción día y noche. У también en ese preciso momento ella se encontraba presente dando gracias a Yahweh, y hablaba de él (se sobreentiende: Hablaba del niño Jesús, como muy bien aclaran muchas otras Biblias) a todos los que esperaban la redención (se sobreentiende: Liberación, mediante el pago de un sacrificio ex­piatorio que los judíos asociaban con los holocaustos ofrecidos en el Templo) de Jerusalén» (Evangelio se­gún Lucas, capítulo 2, versículos 21-38; Nuevo Testamento, Biblia Peshitta).

Para poder entender coherentemente toda la cuestión mesiónica, a la luz de lo que dicen las sagra­das escrituras, es fundamental tener presente que los principales actores del drama son seres inteligen­tes invisibles al ojo humano. En efecto, en los tribunales celestiales el gran debate giraba en torno a si la natulaleza de las criaturas que Dios ha creado a su imagen y semejanza, a saber, los angeles y los seres humanos, poseen realmente una naturaleza altruista o no, con lo cual, implicatoriamente, se cuestionaría no sólo la naturaleza supuestamente altruista de dichas criaturas sino incluso la propia naturaleza del Hace­dor de tales criaturas, que hipotéticamente las creó a su propia imagen. De manera que si no es posible probar dicho altruismo, entonces habría que darlo como ficticio o aparente, no real. Estas son las cuestio­nes que el Diablo hizo surgir en Edén, cuando, según el Génesis, tentó a Eva afirmando que Dios estaba re­teniendo egoístamente de ella y de su esposo Adán un tipo de sabiduría que podría abrirles los ojos del en­tendimiento de manera ilimitada. En otras palabras, Satanás estaba dando a entender que Dios no estaba dispuesto a compartir con sus criaturas inteligentes determinados niveles de conocimiento, a fin de man­tenerlas en un grado de ignorancia lo suficientemente efectivo como para que éstas no pudieran amenazar su estatus de Soberano universal. Evidentemente, tal entredicho levantado por el Diablo sólo podía resol­verse, de manera convincente, mediante la gestión judicial del mismo en los tribunales celestiales. También la sagrada escritura se detiene en el caso del patriarca Job, cuyo altruismo fue duramente cuestionado por el Diablo y finalmente desembocó en un resultado inesperado: en bofetada contra este ángel perverso. Consecuentemente, parece que con Job se probó, en los tribunales celestiales, que al menos había una criatura inteligente altruista, Job, lo cual presuponía que Dios debía ser el modelo de altruismo insupera­ble. Sin embargo, al ser Dios tan altruista, cabría la posibilidad de que admitiera en la descendencia de la mujer simbólica a seres no tan altruistas, o dudosamente altruistas. O sea, la derrota satánica era parcial, pues por una parte se probó que Dios es sumamente altruista y algunas de sus criaturas inteligentes tam­bién son altruistas, como consecuencia de haber desarrollado su naturaleza altruista a la imagen y seme­janza del Creador; pero, por otra parte, y dado que no todos los seres inteligentes evidencian una conducta altruista, se ponía en duda la aceptación (en el seno de la simiente de la mujer simbólica) de cualquier persona que no hubiera dado suficientes muestras de altruismo natural. Esto último parece que está de acuerdo con lo que se dice en el Apocalipsis con relación al Diablo: "Ahora ya ha llegado la salva­ción (se sobreentiende: Se trata de un suceso en el futuro distante con respecto al tiempo en que fue es­crito el Apocalipsis), el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo (se sobreentiende: Un día del futuro en el que, zanjada la cuestión judicial universal causada por la rebelión satánica y que se gestiona en los tribunales celestiales, el Cristo actúa con potestad libertadora o poderes mesiónicos ple­nos), porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos (se sobreentiende: El Diablo es el gran a­cusador o el gran generador de dudas, que cuestiona ante los tribunales celestiales que alguien pueda ser admitido dentro de la descendencia de la mujer simbólica o colectivo compuesto exclusivamente de seres altruistas), el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios (se sobreentiende: Un acusador ince­sante, que levantaba su voz en los tribunales celestiales presididos por Dios). Ellos lo vencieron gracias a la sangre del Cordero (se sobreentiende: Gracias al sacrificio expiatorio de Jesucristo) y a la palabra de testimonio que dieron (se sobreentiende: A la evangelización), porque despreciaron su vida ante la muerte (se sobreentiende: Estuvieron dispuestos a ser mártires)" (Apocalipsis, capítulo 12, versículos 10 y 11; B¡- blia de Jerusalén de 1975).

Evidentemente, cuando Jesús estuvo en la Tierra no podía actuar como uno de esos mesías liberta­dores de la gente en general, pues la mayoría de las personas de su época pertenecían, aun sin saberlo, a la descendencia de la serpiente. Por lo tanto, su actuación mesiónica tenía que facilitar primero la identifica­ción de las motivaciones dominantes de los individuos a los que deseaba ayudar, en cuanto a si éstas eran altruistas o egoístas; y después de eso habría de enseñar a los descarriados el camino de reconciliación con Dios, es decir, la forma de entrar y permanecer en el seno del colectivo que compone la simiente de la mujer simbólica (el grupo de personas que se apega a la guía divina y rechaza la guía satánica). Esta misión mesiónica prioritaria, con la cual Jesucristo vino a la Tierra, era inconcebible incluso para Juan Bautista y los apóstoles; pero poco después de la resurrección de Jesucristo, sus seguidores empezaron a entenderla gradualmente. Los evangelios indican que durante el tiempo en que Juan el Bautista realizaba su obra procla- matoria, muchos judíos se preguntaban si él era el Cristo. Pero, a diferencia de algunos falsos mesías que incitaron a la gente a revelarse contra Roma (sin haberse asegurado previamente de contar con el respal­do del Todopoderoso), el Bautista era humilde y reconoció públicamente que él no era el esperado Liberta­dor al decir a los israelitas: "Уо os bautizo con agua; pero viene el que es mas fuerte que yo, y no soy dig­no de desatarle la correa de sus sandalias" (Evangelio según Lucas, capítulo 3, versículo 16; Biblia de Jeru­salén de 1975). Sin embargo, a pesar de que contempló el cielo abrirse y descender el “espíritu santo" en forma de paloma sobre la cabeza de Jesús al tiempo del bautismo de éste, posteriormente, cuando fue re­cluido en prisión por orden de Herodes, envió a unos discípulos suyos a preguntar a Jesucristo: “¿Eres tú el que ha de venir (se sobreentiende: El mesías prometido), o hemos de esperar a otro" (Evangelio según Mateo, capítulo 11, versículo 3; Biblia de Jerusalén de 1975). Es probable, pues, que Juan quisiera saber si Jesús sería quien haría realidad el sueño judío de libertad. Igualmente, los apóstoles también tenían una i­dea equivocada de lo que haría el Mesías. Por ejemplo, en cierta ocasión, cuando Jesús trató de explicarles que la misión terrestre del Mesías incluía sufrir, morir y ser resucitado, sucedió lo siguiente: «Entonces Pedro se llevó a Jesús aparte y lo reprendió por hablar así. Le dijo: “Eso no puede sucederte, Señor. Que Dios nunca lo permita"» (Evangelio según Mateo, capítulo 16, versículo 22; La Biblia en Lenguaje Actual). E­videntemente, Pedro (y, por extensión, los demás apóstoles y discípulos) era incapaz de entender cómo po­dría ser posible que Dios enviara a su Libertador con una misión tan absurda (desde su miope punto de vis­ta, claro está). Hacia el final de su vida terrestre, Jesús fue a Jerusalén para celebrar la Pascua y las multitudes salieron a recibirlo y lo aclamaron rey de Israel. Pero sólo unos días después, Jesús fue conde­nado a muerte y ejecutado. У, tras la ejecución, dos de sus discípulos manifestaron su pesar con estas pa­labras: “Nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel. Pero ya hace tres días que murió" (E­vangelio según Lucas, capítulo 24, versículo 21; La Biblia en Lenguaje Actual).

Por consiguiente, las ideas preconcebidas, la presión sociocultural y la amenaza de ser considerado un hereje religioso impidieron a muchas personas del siglo primero reconocer a Jesús como el verdadero Mesías prometido. Pero para los que no se dejaron engañar ni intimidar por el alboroto de los insensatos, a saber, para los auténticos discípulos cristianos, para éstos, se fue revelando poco a poco el maravilloso propósito divino con relación al Mesías y también el papel fundamental que jugó Jesucristo en el desarrollo de tal propósito. Además, conforme de aproximaba la fatídica fecha en la que estalló la Gran Revuelta Ju­día contra Roma, en el año 66, las siguientes palabras del Maestro de Nazaret, que daban cierre a su fa­moso Sermón de la Montaña, cobraron una importancia capital: “El que escucha lo que yo enseño y hace lo que yo digo, es como una persona precavida que construyó su casa sobre piedra firme. Vino la lluvia, y el a­gua de los ríos subió mucho, y el viento sopló con fuerza contra la casa. Pero la casa no se cayó, porque es­taba construida sobre piedra firme. Pero el que escucha lo que yo enseño y no hace lo que yo digo es como una persona tonta que construyó su casa sobre la arena. Vino la lluvia, y el agua de los ríos subió mucho, y el viento sopló con fuerza contra la casa. У la casa se cayó y quedó totalmente destruida" (Evangelio según Mateo, capítulo 7, versículos 24-27; La Biblia en Lenguaje Actual). Inmediatamente después de la muerte de Jesús, aumentaron las protestas antirromanas y la aparición de movimientos mesiónicos en Judea y Ga­lilea. Con ello, también aumentaron las algaradas y revueltas. Un gran jefe de bandidos, de nombre incier- to, fue capturado en el 44 y su banda quedó disuelta. Poco después apareció un tal Teudas, otro supuesto mesías, quien congregó a grandes masas antirromanas en las riberas del Jordán; y como muestra de que Dios estaba con ellos prometió dividir las aguas del río como antes lo había hecho Moisés con el Mar Rojo; pero Dios no lo secundó y las aguas no se dividieron, y el gobernador Cuspio Fado envió un destacamento de caballería que lo prendió y lo decapitó, dispersando a sus seguidores tras haber matado a bastantes de ellos. Algún tiempo después, un motín antirromano de graves consecuencias se produjo en Jerusalén en la Pascua del año 50, tras observar la multitud que un soldado romano de los que vigilaban el entorno del Templo se mofó del santuario y del pueblo elegido dirigiendo estentórea y públicamente sus ventosidades naturales contra los fervorosos peregrinos; hubo revuelta, contraataque de los romanos, huida atropellada de la multitud y mas de 3.000 muertos. En el 52 se produjo una revuelta casi general dirigida por un tal E- leazar hijo de Dineo, un "bandido" que llevaba mas de 20 años en las montañas y hacía víctimas principal­mente entre los romanos y los prorromanos; pero el procurador Ventidio Cumano logró matar a muchos de los seguidores de este Eleazar, aunque la revuelta prosiguió y se extendió por toda Judea; en consecuen­cia, tuvo que intervenir el legado de Siria, con nuevas ejecuciones y represiones cruentas; sin embargo, el gobernador que sustituyó a Cumano, Félix (quien, según los Hechos de los apóstoles, presidió en Cesarea varias audiencias judías contra Pablo y finalmente lo envió a Roma para ser juzgado por César), fue el que acabó definitivamente con la rebelión al capturar a Eleazar, enviarlo a Roma, para muerte y escarmiento, y continuar con la política de ejecuciones y severos castigos. Aparte de otros movimientos mas pequeños pe­ro constantes, en el año 55 apareció un judío, un hipotético profeta, que habitaba en Egipto, denominado por ello “El profeta egipcio"; congregó a varios millares en el desierto y luego se dirigió a atacar Jerusa­lén; pero fue fácilmente liquidado por los romanos, junto con muchos de sus seguidores.

Al adentrarnos en los años 60-66, inmediatamente previos a la Primera Gran Revuelta judía, los ju­díos habían convertido en un mito religioso la idea del mesías libertador. El explosivo aumento de la co­rrupción opresiva del poder romano en Judea, aunado a un paralelo y progresivo pudrimiento moral de los líderes religiosos judíos (maestros de la ley mosaica y sacerdotes), harían que las ideas populares de un mesías humano dotado de poderes casi divinos, un adalid político-militar, que liberaría por fin a Israel de la opresión extranjera gracias a la ayuda celestial, fueran tomando cada vez más relevancia hasta asentar­se en la mente colectiva como una especie de leyenda épica y profètica que estaba próxima a realizarse. Es por eso que el aparecimiento de individuos con aires mesiónicos, que prometían un cambio casi repentino de las condidiones económicas y sociales, personajes carismóticos que congregaban a grandes muchedum­bres, no necesariamente en Jerusalén sino también en las regiones desérticas o alrededor del Jordán, era acogido con anhelo e ilusión por el pueblo. Como bien señaló Jesucristo en su Sermón de la Montaña, la gran masa de judíos cercanos a Jerusalén o pertenecientes a la Diàspora, al haber soslayado las enseñan­zas del verdadero Mesías, transmitidas por los activos evangelizadores cristianos no sólo en Palestina sino también en todos los rincones del mundo conocido hasta entonces, estaba edificando su esperanza de fu­turo sobre la arena. Pronto soplarían fuertes vientos de tempestad, amplificados hasta la locura por la ac­tuación descabellada de emergentes personajes libertarios cuyos nombres figurarán para siempre en el panteón de los indeseables: Anano, Eleazar ben Simón, Manahem nieto de Judas de Séforis, Jesús hijo de Ananias, Juan de Giscala hijo de Leví y Simón Bar Giora de Gerasa.

Mateo, capítulo 24, versículos 4 y 5; Versión popular de la Biblia, también denominada “Dios Habla Hoy", de 1996), cumplidas entre las décadas de los años 40 a 60 del primer siglo de nuestra era, también parece que han tenido algún cumplimiento en nuestros días. Por ejemplo, en la primera mitad del siglo XX, Simón Kimbangu y su sucesor Andrés “Jesús" Matswa fueron aclamados como mesías en el Congo africano; y aun­que ya murieron, sus seguidores todavía esperan que regresen e introduzcan un milenio en Africa. En ese siglo también se han presenciado cultos relacionados con “cargueros" en Nueva Guinea y Melanesia, donde los miembros de esos movimientos religiosos aguardaban la llegada de un barco o un avión tripulado por hombres blancos semejantes a mesías que los harían ricos e introducirían una era de felicidad en la que in- eluso se levantaría a los muertos. A las naciones industrializadas tampoco les han faltado sus mesías. Algu­nos son líderes religiosos, como Sun Myung Moon, quien se nombró a sí mismo sucesor de Jesucristo y pre­tendía purificar al mundo mediante una familia unida formada por sus partidarios. Asimismo, líderes políti­cos han tratado de asumir la posición de mesías, entre los que figura Adolf Hitler como el más horrendo e­jemplo contemporáneo al pronunciar su imponente discurso sobre el Reich de Mil Años. Del mismo modo, filosofías y organizaciones políticas han alcanzado categoría mesiónica; por ejemplo, The Encyclopedia A­mericana (La enciclopedia americana) comenta que la política marxista-leninista tenía visos mesiónicos. In­cluso hay eruditos bíblicos que consideran que la Organización de las Naciones Unidas, la ONU, parece ha­berse constituido en una especie de agencia mesiónica en la mente de muchas personas. Una tras otra, es­tas entidades han ido declinando en sus pretensiones triunfalistas y cediendo el terreno a las de nuevo cu­ño, pero ninguna de ellas ha permanecido invicta por mucho tiempo.

Conviene aclarar que la profecía de Jesucristo acerca del fin del mundo registrada en el evangelio de Mateo, capítulo 24, la cual entrelaza 2 acontecimientos proféticos separados entre sí por aproximada­mente 2 milenios, se refiere realmente a la clausura o cierre por juicio divino (planteado en las cortes ce­lestiales) de 2 sistemas antrópicos: el sistema israelita teocrático (SIT), comenzado en la época de Moi­sés, cuando Dios transmitió los diez mandamientos al pueblo israelita a través de este mediador, y termi­nado con la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70 de nuestra era; y el sistema artificial con­temporáneo (SAC), comenzado en el siglo XX y terminado en un futuro cercano. Este cuadro conceptual e­merge de las sugerencias exegéticas procedentes de perspicaces eruditos bíblicos, quienes exponen el ca­pítulo 24 del evangelio de Mateo desde un prisma que barrunta dicho cuadro. Ahora, prosiguiendo con esa profecía de Jesucristo, pasamos a examinar el siguiente pasaje: "Oiréis de guerras y rumores de guerras, pero no os asustéis, pues aunque todo esto ha de llegar, aún no será el fin" (Evangelio según Mateo, capítu­lo 24, versículo 6; Biblia denominada "Dios habla hoy", o Versión popular de la Biblia, de 2002). La pregunta pertinente es: ¿Aplican estas palabras sólo al SIT o sólo al SAC, o aplica a ambos?

Según el contexto del pasaje contenido en el versículo 6 del capítulo 24 del evangelio de Mateo, Jesucristo hablaba a unos cuantos de entre sus discípulos, probablemente a los más allegados a él. Por eso, cuando les dijo que iban a oír de guerras y rumores de guerras no sólo se refería a ellos personalmente si­no también a un período de tiempo posterior a su muerte y resurrección, es decir, a un período caracteri­zado por una serie de señales que antecederían a la destrucción del Templo y de la ciudad santa. Ellos ha­brían de oír esas noticias preocupantes, e incluso puede que alguno u otro las tuviera que vivir de cerca, y sin que ya el Maestro estuviera junto a ellos para protegerlos y consolarlos. У, puesto que las palabras proféticas de Jesús están relacionadas aquí con la destrucción de Jerusalén, esas guerras habrían de te­ner lugar en un tiempo intermedio entre su ascención al cielo y la destrucción de la ciudad de David. En efecto, hubo una serie de guerras partas en el sudoeste de Asia y levantamientos en las provincias roma­nas de Galia y España. Hubo la guerra que efectuaron Asineo y Alineo contra los partos al oriente del Im­perio Romano. Hubo la declaración parta de guerra contra el rey Izotes del país de Adiabene. Hubo levan­tamientos de judíos contra gentiles, y levantamientos de gentiles contra los judíos en la misma Palestina, implicando a sirios y samaritanos, de modo que decenas de millares de judíos y gentiles fueron muertos. Pero ¿por qué les dijo Jesús que no se asustaran? Puede ser que Jesucristo quisiera tranquilizarlos en el sentido de que no se espantaran a tal grado que salieran huyendo despavoridamente de Judea, temiendo que la destrucción del Templo y de la ciudad santa les cogiera de lleno y ellos perecieran junto con sus fa­miliares en el temible acontecimiento. У también es posible que Jesucristo les quisiera indicar que la mi­sión que ellos tenían encomendada, como evangelizadores en Judea, debía continuar aun en medio de esas difíciles circunstancias, puesto que el fin no habría de llegar inmediatamente y no existía un riesgo masivo de no supervivencia. De hecho, más adelante, en el versículo 15, Jesús les revela cuál sería la señal que tendrían que contemplar para que abandonaran rápidamente Judea (la huida a Pela).

No parece que en la víspera del siglo XX y durante todo ese siglo, y lo que va del XXI, se hayan pro­ducido temores entre los cristianos fidedignos con relación al fin del mundo, sino, más bien, todo lo con­trario, es decir, un deseo intenso de que llegue ese día. La razón estriba en que la Biblia habla de libera­ción para los seguidores de Jesús tras el fin del mundo: el pasar en calidad de supervivientes a través de un período conocido como "tribulación magna" o “grande tribulación", equivalente a la clausura o finaliza­ción de un sistema antròpico global, similar a lo que ocurrió en el Diluvio. Varios eruditos defienden ese ar­gumento basándose en las siguientes palabras de Jesucristo: “Bienaventurados los humildes, pues ellos he­redaran la tierra" (Evangelio según Mateo, capítulo 5, versículo 5; Biblia de las Americas, 2005); “Ven y sé nuestro único rey (se sobreentiende: Jesucristo insta a sus discípulos a pedir en oración que venga el Rei­no de Dios y que El sea el único gobernante sobre la Tierra, pues por el momento existen 2 gobernaciones, a saber, la de la simiente diabólica en mayoría absoluta y la de la simiente de la mujer simbólica en minoría absoluta). Que todos los que viven en la tierra te obedezcan, como te obedecen los que están en el cielo (se sobreentiende: Jesucristo insta a sus discípulos a pedir que la voluntad divina se efectúe sobre nues­tro planeta como ocurre en el cielo o suprauniverso, la cual voluntad tiene como base una sociedad de cria­turas inteligentes obedientes a la norma divina)" (Evangelio según Mateo, capítulo 6, versículo 10; Traduc­ción de la Biblia al lenguaje actual; Sociedad Bíblica Española, dependiente de la Entidad Internacional de­nominada Sociedades Bíblicas Unidas, fundada en Haywards Heat, Inglaterra, en 1946); “Cuando empiecen a suceder estas cosas (se sobreentiende: Las señales que preceden al fin del mundo), animaos y levantad la cabeza (se sobreentiende: Los cristianos, por estar en minoría absoluta frente a la descendencia diabóli­ca, cobran ánimo cuando perciben que el final de dicha descendencia malsana está cercano), porque muy pronto seréis liberados (se sobreentiende: Liberados de la maldad circundante)" (Evangelio según Lucas, capítulo 21, versículo 28; Biblia denominada “Dios habla hoy", patrocinada por las Sociedades Bíblicas Uni­das).

Continuando con la descripción profètica que Jesucristo dio de la víspera del fin del mundo, leemos: “Porque se levantará nación contra nación y reino contra reino, y habrá hambres y terremotos en diferen­tes lugares. У todas estas cosas serón el principio de los dolores de parto (se sobreentiende: El parto, o la tribulación magna, debería acaecer algún tiempo después de la aparición de esos “dolores")" (Evangelio según Mateo, capítulo 24, versículos 7 y 8; Biblia textual, tercera revisión). Da la impresión de que, con estas palabras, Jesucristo simplemente estaba aportando más datos a lo que ya había dicho en el versículo 6 (“Oiréis de guerras y rumores de guerras, pero no os asustéis, pues aunque todo esto ha de llegar, aún no será el fin"). El relato paralelo del evangelista Lucas dice: “Será levantada nación contra nación y reino contra reino; y habrá grandes terremotos y hambrunas y pestilencias en diferentes lugares, y sucesos a­terradores y grandes señales del cielo" (Evangelio según Lucas, capítulo 21, versículos 10 y 11; Biblia tex­tual, tercera revisión). Hubo un aparente cumplimiento de estas palabras entre los años 40 y 60 del primer siglo de nuestra era, que fue un período muy penoso para los judíos. Varios maestros religiosos habían ase­gurado al pueblo que, cuando reino estuviera levantándose contra reino y ciudad contra ciudad, eso indica­ría el tiempo del aparecimiento inminente del Mesías. Sin embargo, el Mesías que ellos esperaban nunca a­pareció, pero, en cambio, sí que se presentaron en la escena grandes terremotos, de los cuales hay regis­tro. Hubo un fuerte terremoto en la isla de Creta durante el reinado de Claudio César y otro en Esmirna, y aún otros en Hierópolis, Colosas, Quío, Mileto y Samos; otro derribó la ciudad de Laodicea durante el rei­nado del emperador Nerón; hubo hasta uno en Roma, según lo informó el historiador latino Tácito; y en sus “Guerras de los judíos", en el libro 4, capítulo 4, párrafo 5, Josefo menciona un terrible terremoto que o­currió en Judea misma. También acontecieron hambres, una de las cuales se informa en los Hechos de los Apóstoles, capítulo 11, versículos 27 al 30, predicha por el profeta cristiano Agabo y que ocurrió durante el reinado del emperador Claudio; y, según informes, muchos judíos que vivían en Jerusalén murieron debi­do a esta hambre; además, a causa de la escasez de alimento y por lo tanto a la mala nutrición, la gente debió sucumbir a las enfermedades, y con ellas empezarían las pestes o epidemias infectocontagiosas.

Parece que las palabras de Jesucristo insertas en el evangelio según Mateo, capítulo 24, versículos 7 y8 (“Porque se levantará nación contra nación y reino contra reino, y habrá hambres y terremotos en di­ferentes lugares. У todas estas cosas serón el principio de los dolores de parto"), alcanzan un más nítido cumplimiento en la época contemporánea, a partir del estallido de la Primera Guerra Mundial, razón por la cual, entre otras cosas, algunos doctos consideran que aquella gran guerra probablemente dio comienzo a Ια víspera del fin del mundo. Por ejemplo, el levantamiento de "nación contra nación y reino contra reino" se da de manera masiva por primera vez en la historia de la humanidad con la Primera Guerra Mundial, pues antes de eso los conflictos bélicos eran de alcance limitado; pero esa guerra, además de enfrentar a grandes zonas del planeta, aceleró el desarrollo tecnológico de armas terribles, mucho más destructivas de lo esperado; entre otras cosas, se empezó a utilizar el avión, recientemente inventado, para arrojar bombas sobre indefensas personas civiles, creando verdadero pánico en las poblaciones enemigas; por otra parte, la producción intensiva de armas llevó la masacre a niveles insospechados, ya que aproximadamente la mitad de los 65 millones de soldados movilizados acabaron heridos o muertos, a veces en medio de un in­fierno indescriptible en las trincheras (empleo de gases corrosivos y venenosos). Aun así, la matanza béli­ca continuó aumentando a lo largo del siglo XX, sin que pudiera detenerla en absoluto los concordatos de paz firmados a la sombra de la incompetente Liga de Naciones (antecesora de la actual ONU). En efecto, poco después de esa terrible experiencia internacional, se presentó en escena la Segunda Guerra Mundial. De ella, cierto historiador afirmó que “nunca se sabrá el número total" de bajas militares y civiles provo­cadas por de ese segundo conflicto global. У la situación actual no es para sentirse tranquilo, pues sigue habiendo guerras y amenazas de ellas; sólo que en nuestros días un conflicto armado que se descontrole, y que se propague a nivel mundial, podría desembocar fácilmente en un exterminio planetario de índole ter­monuclear; y, desgraciadamente, a medida que avanzan los tiempos, parece que cada vez más individuos de­sequilibrados y psicópatas encubiertos ostentan el poder.

También se han producido hambres y terremotos en cantidad significativa durante el siglo XX y en lo que va del XXI, por lo que da la impresión de que la víspera del fin del mundo queda asimismo atestigua­da por estos hechos. Por ejemplo, aparte de las brutales hambrunas acaecidas como consecuencia de las 2 guerra mundiales y por desastres naturales, revoluciones y desforestación en el siglo XX, en el año 2005 la revista Science declaró: "El 14% de la población mundial (854 millones de personas) padece desnutrición crónica o aguda"; y en 2007 las Naciones Unidas informaron que había 33 países incapaces de alimentar a sus habitantes. Pero lo increíble de la situación es que esto ocurre cuando la producción mundial de grano está aumentando, y la causa radica en parte en que el grano de muchos campos de cultivo no se está des­tinando al consumo humano sino a la elaboración de etanol. El periódico sudafricano The Witness explica que "con la cantidad de grano utilizado en la producción del etanol necesario para llenar una sola vez el de­pósito de un todoterreno se podría alimentar a una persona durante todo un año". Pero lo peor es que últi­mamente hasta en los países desarrollados, como consecuencia de la grave crisis económica mundial, el al­za en los precios de los alimentos está obligando a muchos ciudadanos casi a mendigar para cubrir las ne­cesidades básicas de la vida, y ello sin tener acceso a los medicamentos y la calefacción. En cuanto a los terremotos, el siglo pasado ya se cobró muchas víctimas pero el lapso que llevamos del actual es más preo­cupante, pues, como ha explicado el sismólogo indio Rajender Chadha en 2007: "La actividad sísmica ha au­mentado repentinamente en todo el planeta, pero nadie sabe por qué". Además, el número de muertos por esta causa ha crecido debido al rápido incremento de la población en zonas de riesgo. Según el Servicio Geológico de Estados Unidos, el terremoto y el tsunami que se produjeron en el océano Indico en 2004 fue "el más mortífero —en lo que a terremotos se refiere— de los últimos quinientos años" y "el segundo de toda la historia".

Desde hace unos pocos años para acó, han aparecido declaraciones y comentarios de periodistas, e­cologistas, diplomáticos y científicos que sugieren que nuestro planeta parece estar reaccionando contra sus pobladores humanos y rebelándose de algún modo contra ellos, como si quisiera vomitarlos de sobre sí. Los más moderados y bien documentados de entre estos comentaristas explican que la Tierra es una enti­dad muy compleja compuesta por multitud de sistemas interrelacionados entre sí y extremadamente in­trincados, tanto biológicos como geológicos, y que el ser humano ha conseguido con su tecnología y con su expansión demográfica alterar el equilibrio planerario, obligando con ello a que dichos sistemas se reorga­nicen y reajusten, de tal manera que nosotros percibimos lo que se asemeja a un efecto de aparente rebe­lión. Un ejemplo claro y evidente de esto, arguyen, son los gases que contribuyen al efecto invernadero. El cambio en el clima provocado por dicho efecto produce una alteración en los elementos naturales: donde hay glaciares, el agua buscará el equilibrio térmico convirtiéndose en lagos y ríos; y donde antes había lla­nuras frías ahora habrá zonas más templadas, y por tanto los animales migrarán para acomodar su organis­mo de la mejor manera posible; pero no sólo los animales migran, sino también el hombre, buscando sitios que encajen mejor con su perdido hábitat. En las zonas donde existen grandes acumulaciones de hielo, la tierra soporta grandes presiones; pero si el hielo desaparece, las presiones son liberadas provocando tem­blores, es decir, terremotos de reajustes; y esto arroja la ficticia impresión de que la Tierra trata de sa­cudirse a sus habitantes humanos. Para cada vez mayor número de observadores es enormemente preocu­pante el explosivo aumento de los fenómenos meteorológicos extremos por todo el mundo, así como el he­cho de que las noticias acerca de huracanes, inundaciones, tornados y tormentas sean vistas por la mayoría de la gente como algo normal y de esa manera se posponga o soslaye cualquier iniciativa seria de solución al problema; y peor aún, es terriblemente peligroso que líderes políticos, en su irracional afán por medrar en el poder, intenten convencer a los ciudadanos de que no existe un tal peligro. Por este motivo, algunas de las mentes más preclaras de nuestra sociedad internacional se dan cuenta de que estamos atravesando una gran crisis que desembocará sin remedio en una hecatombe sin precedentes en la historia de la humanidad. Nuestro planeta, opinan, poco a poco está desplegando todos los mecanismos de defensa que tiene a su al­cance para eliminar la poca resistencia que la humanidad puede hacer; el poder destructivo de las incle­mencias del tiempo, en todas sus variantes, dejan a la mayor parte de nuestra tecnología a la altura de un juguete de papel. La ceguera de los políticos del mundo, responsables casi directos de la degradación am­biental, los lleva a conservar sus puestos con promesas electorales que no pueden cumplir, intentando en­gañar a una población que parece estar tan drogada con idealismos partidistas que sólo se preocupa por ver triunfar a sus "colores" favoritos. De todas formas, como nosotros sabemos, gracias a las revelaciones que nos suministra la sagrada escritura, algo peor que la propia actuación humana está minando el mundo en el que vivimos (y contra ello nada puede hacer el ser humano, sino sólo Dios): Se trata de las fuerzas sobrehumanas perversas procedentes del suprauniverso, con su postrera y desesperada táctica de “tierra quemada".

Seguidamente, en la relativamente extensa profecía de Jesucristo acerca del fin del mundo que re­cogió el evangelista Mateo, se dice: “Entonces (se sobreentiende: En la víspera del fin del mundo) os en­tregarán a tribulación y os matarán (se sobreentiende: A los discípulos de Jesucristo), y seréis aborreci­dos por todas las naciones a causa de mi nombre (se sobreentiende: Por causa de declararse cristiano)" (Evangelio según Mateo, capítulo 24, versículo 9; Biblia textual, Tercera revisión). Ciertamente, estas pa­labras se cumplieron para los cristianos primitivos, especialmente entre los años 35 a 65 de nuestra era (aunque tras la destrucción de Jerusalén en el año 70 también ocurrieron fuertes persecuciones anticris­tianas decretadas por emperadores romanos tales como Domiciano, Trajano, Marco Aurelio, Septimio Se­vero, Maximino, Dedo, Valeriano, Diocleciano y Juliano). Durante el siglo XX se produjeron asimismo gra­ves persecuciones antricristianas a resultas de la revolución bolchevique en Rusia y de la implantación del régimen comunista ateo en la emergente Unión Soviética, y éstas fueron secundadas por diversas purgas efectuadas en China y Cuba debido a la institucionalización del ateísmo comunista en esos países. Igual­mente, en la Alemania nazi, el gobierno hitleriano quiso acabar de raíz con todas las ideologías religiosas que rehusaron participar en la gran matanza que resultó ser la Segunda Guerra Mundial, donde, curiosa­mente, el temor a las represalias militares llevó al enfrentamiento de soldados católicos contra sus her­manos correligionarios del bando opuesto, y a soldados protestantes contra sus hermanos prostestantes del otro bando; sin embargo, los escasos objetores, católicos o protestantes, que se negaron a tomar las armas tuvieron que sufrir los horrores de la animadversión nazi si se encontraban bajo los dominios de és­ta, u otras represalias menos crueles si pertenecían a los países aliados contra el nazismo. У, descollando entre los grupos perseguidos, estuvieron algunas ideologías religiosas cristianas minoritarias absolutamen­te reacias a desoír la exhortación bíblica y cristiana de amar al prójimo como a uno mismo.

A continuación, Jesucristo dijo: “У muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y u­nos a otros se aborrecerán" (Evangelio según Mateo, capítulo 24, versículo 10; Biblia textual, Tercera re­visión). Estas palabras se entienden mejor a la luz de la siguiente versión bíblica: “Muchos de mis seguido­res dejarán de creer en mí; uno traicionará al otro y sentirá odio por él" (Evangelio según Mateo, capítulo 24, versículo 10; Traducción de la Biblia al lenguaje actual). En relación con este pasaje, algunas Biblias es­tablecen una vinculación entre él y este otro: "Pero como no tiene raíz (se sobreentiende: Se trata de una parábola de Jesucristo en donde se habla de los corazones de distintos tipos de personas que dicen creer en él; y en este caso se compara a un cierto tipo de cristianos con semillas que caen entre los pedregales y por tanto no pueden echar raíces en un medio tan duro, a saber, en un corazón poco maleable por la guía divina en su totalidad; por lo tanto, esa defección interior hace que la palabra de Dios no penetre en seme­jantes indiviuos a un grado suficiente como para mantenerlos estables en el discipulado cristiano), dura poco tiempo (se sobreentiende: Dura poco tiempo como cristiano fidedigno). Cuando surgen problemas o persecución a causa de la palabra (se sobreentiende: Persecución a causa de la evangelización cristiana), en seguida se aparta de ella (se sobreentiende: Repudia su fe cristiana, llegando a ser un traidor para con sus antiguos hermanos cristianos)" (Evangelio según Mateo, capítulo 13, versículo 21; Nueva versión inter­nacional de la Biblia, de Castilian). Esta situación debió producirse en la víspera de la destrucción del Tem­plo de Jerusalén en el año 70 y en algunos años y décadas antes de eso, pues tanto en Judea como en o­tras partes del imperio romano se dieron una serie de duras persecuciones anticristianas que puso verda­deramente a prueba la fe de los seguidores de Jesucristo. También, durante el siglo XX, y poco más, ha habido (y parece que sigue habiendo), igualmente, un clima anticristiano especialmente virulento en algunas zonas del planeta.

Jesucristo continuó: "Aparecerán muchos falsos profetas, y engañarán a mucha gente. Habrá tanta maldad, que la mayoría dejará de tener amor hacia los demás. Pero el que siga firme hasta el fin, se salva­rá. У esta buena noticia del reino será anunciada en todo el mundo, para que todas las naciones la conoz­can; entonces vendrá el fin" (Evangelio según Mateo, capítulo 24, versículos 11-14; Traducción de la Biblia denominada "Oios habla hoy"). Como ya se ha comentado anteriormente, entre los años 40 y 60 del primer siglo aparecieron en Palestina muchos profetas o mesías falsos y engañaron a muchos judíos de entre el pueblo, y esto dio paso a un periodo de gran corrupción, maldad y terrorismo en toda Judea, que culminó en la Gran Revuelta del año 66, en donde el altruismo o el amor de la mayoría de los palestinenses se vino abajo. No obstante, los cristianos que perseveraron o continuaron firmes en su fe, soportando los embates del entorno hostil hasta el final de aquel mundo judío del primer siglo, consiguieron huir a Pela y salvarse de la enorme tribulación que le sobrevino a la ciudad de David en el año 70. Entretanto, mientras permane­cieron en Judea, los seguidores de Cristo fueron difusores de las buenas nuevas (buenas noticias) del rei­no de Dios; es decir, evangelizaron la zona palestinense declarando que el reino de Dios habría de venir en el futuro para que la voluntad divina se llevara a efecto en la tierra, tal como se expresa en la oración del padrenuestro. У durante el siglo XX parece que han sucedido acontecimientos similares, pues han apareci­do falsos profetas o falsos salvadores de la humanidad (falsos mesías) y han conseguido engañar a muchos individuos (movimientos filosóficos políticos de corte marxista o leninista, demócratas ilusorios y triunfa­listas, profetas del comercio y de la prosperidad material, visionarios de la ciencia y de la tecnología que vaticinaron una era de bienestar maravilloso, iluminados que han seducido con sus doctrinas pseudobudis- tas a grandes masas de personas, fanáticos religiosos que han incitado a las masas a emprender una lucha armada y terrorista suicida, etcétera); y todo esto ha contribuido a generar un clima de desamor o falta de altruismo generalizado. También, ha sucedido que en medio de toda esta mala parafernalia ha habido (y hay) numerosos evangelizadores cristianos que publican una extensión de las buenas nuevas que Jesucristo declaró hace ya casi 2 milenios.

La profecía de Jesucristo continúa así: "Cuando veáis, pues, la abominación de la desolación (se so­breentiende: La abominación desoladora o destructora, o el ídolo destructor abominable, según la versión bíblica que se utilice), anunciada por el profeta Daniel (se sobreentiende: Daniel el profeta, en el capítulo 9 del libro sagrado que lleva su nombre, versículos 26 y 27, habla de que, tras el asesinato del Mesías, la ciudad santa de Jerusalén y el lugar santo de su Templo serian eliminados por un pueblo venidero con un caudillo gentil, a saber, la Roma imperial, causando un auténtico exterminio; y esto también lo apostilla el profeta en el capítulo 11, versículo 31, del mismo libro), erigida en el Lugar Santo (se sobreentiende: Un a- taque al Templo, el cual únicamente coincide históricamente con el socavamiento que las tropas de Cestio Galo hicieron contra el muro y la puerta norte del recinto del Templo en el otoño del año 66, aunque luego se retiró del asedio) — el que lea, que entienda — (se sobreentiende: Jesucristo hace un llamamiento al sentido común y a la conexión de sus palabras con el conocimiento profundo de la profecía de Daniel, pero con la condición de extraer inferencias objetivas o no afectadas por doctrinas e ideas preconcebidas), en­tonces, los que estén en Judea, huyan a los montes; el que esté en el terrado, no baje a recoger las cosas de su casa; y el que esté en el campo, no regrese en busca de su manto. Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días (se sobreentiende: Es una lamentación por las madres embarazadas y las que tu­vieran niños pequeños, ya que, si no eran cristianas, no podrían tener la fe correcta ni la sabiduría necesa­ria para ponerse a salvo). Orad para que vuestra huida no suceso en invierno ni en día de sábado (se sobre­entiende: Jesús, aquí, exhorta a sus seguidores, es decir, a los cristianos residentes en Jerusalén que fue­ran contemporáneos de la Gran Revuelta del año 66, a orar a Dios pidiendo que El les suministrara facilida­des para huir a las montañas cuando llegara el momento preciso para ello, el cual resultó ser inmediata­mente después de la retirada de Cestio Galo). Porque habrá entonces una gran tribulación, cual no la hubo desde el principio del mundo hasta el presente ni volverá a haberla (se sobreentiende: La tribulación o a­flicción que llevó a Jerusalén a su destrucción en el año 70 no ha tenido parangón en la historia humana de todos los tiempos, de lo que se deduce que ni siquiera el espeluznante relato de Flavio Josefo acerca de este suceso refleja con exactitud el indescriptible sufrimiento que debió experimentar la fracción del pueblo judío que fue acorralada por Tito tras los muros de la ciudad de David). У si aquellos días no se a­breviasen, no se salvaría nadie; pero en atención a los elegidos (se sobreentiende: Los cristianos que Jesu­cristo reconoce como hermanos suyos, según lo que él mismo había dicho anteriormente en el capítulo 12, versículos 48-50, de este evangelio; o según lo que dijo poco después, en el capítulo 25, versículo 40, y en el capítulo 28, versículo 10, del mismo evangelio) se abreviarán aquellos días" (Evangelio según Mateo, capí­tulo 24, versículos 15-22; Biblia de Jerusalén de 1975).

Con relación al último versículo del pasaje sagrado anterior, es interesante la conclusión que apor- lo 24, versículo 22; Biblia de Jerusalén de 1975). Por lo tanto, si decimos que este aspecto de la profecía tuvo su cumplimiento en el año 70, entonces tendríamos que admitir adicionalmente que los judíos que so­brevivieron a la destrucción de Jerusalén y de su Templo (unas 97.000 personas, según Josefo) lo hicieron favorecidos por Dios en atención a los cristianos elegidos; pero esto es insostenible desde varios puntos de vista, pues aquellos sobrevivientes no pasaron a mejor vida en los meses subsiguientes, sino que muchos de ellos tuvieron una pésima agonía vital en calidad de esclavos maltratados por sus odiadores amos roma­nos o bien como espectáculo circense cruel, al grado que casi todos debieron perecer a más tardar en el ci­ño 71; además, ningún cristiano o “elegido" podría formar parte de ese grupo de sobrevivientes, pues si de algún modo hubo algún antiguo cristiano en dicho grupo entonces tal individuo dejó de ser un elegido desde el momento en que desobedeció el consejo de Jesucristo de salir huyendo hacia la región montañosa de Pe­la con el resto de sus hermanos cristianos, y por ende ahora tendría que pagar la pena correspondiente a su infidelidad. Así que, desde el punto de vista lógico, el versículo en cuestión sólo podría tener una aplica­ción plausible durante el fin del mundo venidero. У esto nos lleva inevitablemente a tener presente otro pasaje sagrado que habla de una “gran tribulación" futura, a saber: “Estos son los que salen fuera de la gran tribulación (se sobreentiende: Debe referirse a la única “gran tribulación" venidera de la que habló Jesucristo según los evangelios, la cual forma parte del fin del mundo; además, el Apocalipsis se puede considerar una extensión de las profecías dadas por Jesús cuando estuvo en la Tierra, pues las primeras palabras del mismo abren con la afirmación de que se trata de una revelación de Jesucristo recibida de Dios con el propósito de darla a conocer a sus seguidores por medio del apóstol Juan, según lo expresa la Biblia Vulgata de Torres Amat), y lavaron sus ropas y las blanquearon en la sangre del Cordero (se sobre­entiende: Personas que se acogen al sacrificio propiciatorio de Jesucristo y ejercen fe en él, lo cual se traduce en un cambio de ropa o personalidad que refleja con cierta notoriedad las hermosas cualidades de Jesús)" (Apocalipsis, capítulo 7, versículo 14; Biblia textual, Tercera revisión). Todo esto es muy intere­sante, pues establece una vinculación nada despreciable entre el evangelio de Mateo y el Apocalipsis.

Añadiendo más datos proféticos acerca de las señales relativas al fin del mundo, Jesucristo prosi­guió: «Si entonces alguien les dice a ustedes: "Miren, aquí está el Mesías", o "Miren, allí está", no lo crean. Porque vendrán falsos mesías y falsos profetas; y harán grandes señales y milagros, para engañar, a ser posible, hasta a los que Dios mismo ha escogido. Ya se lo he advertido a ustedes de antemano. Por eso, si les dicen: "Miren, aquí está escondido", no lo crean. Porque como un relámpago que se ve brillar de oriente a occidente, así será cuando regrese el Hijo del hombre. Donde esté el cadáver, allí se juntarán los buitres (se sobreentiende: Los 2 últimos versículos quedan esclarecidos a la luz de la Traducción al lenguaje actual de la Biblia: "Cuando yo, el Hijo del hombre, venga, no me esconderé. Todos me verán, pues mi venida será como un relámpago que ilumina todo el cielo. Todo el mundo sabe que donde se juntan los buitres, allí hay un cadáver. Así será cuando yo venga: todos lo sabrán")» (Evangelio según Mateo, capítulo 24, versículos 23-28; traducción de la Biblia denominada "Dios habla hoy"). Podría decirse que estas advertencias de Je­sús a sus seguidores fueron especialmente dirigidas a los cristianos de generaciones muy posteriores al a­ño 70, pues están hablando de un "regreso" del Hijo del hombre y esto no sucedió ni en el primer siglo ni en los siglos subsiguientes; de modo que la única alternativa posible es que dichas palabras proféticas se cumplan durante la víspera del venidero fin del mundo.

Sigue la profecía: "Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, y las fuerzas de los cielos serán sacudidas. En­tonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre; y entonces se golpearán el pecho todas las razas de la tierra y verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria. El enviará sus ángeles con sonora trompeta, y reunirán de los cuatro vientos a sus elegidos, desde un extremo de los cielos hasta el otro" (Evangelio según Mateo, capítulo 24, versículos 29-31; Biblia de Jerusalén de 1975). I­gualmente, este tramo de la profecía no se cumplió en el primer siglo de nuestra era y tampoco se ha ob­servado su cumplimiento hasta el presente, por lo cual deducimos que ha de realizarse durante el período del fin del mundo (pues, por lo visto, el fin venidero del mundo no será instantáneo sino que abarcará una serie de sucesos tribulatorios que harán que la Tierra quede progresivamente limpia de malvados: recuér­dese que Jesucristo comparó dicho final mundial con los días del Diluvio, en la época de Noé, el cual Diluvio duró 40 días y 40 noches según el Génesis, capítulo 7).

Continuó Jesucristo: "De la higuera aprended la parábola (se sobreentiende: Alegoría, comparación o semejanza): cuando ya su rama está tierna, y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. Así tam­bién vosotros, cuando veáis todas estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas. De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca. El cielo y la tierra pasarán, pero mis pala­bras no pasarán" (Evangelio según Mateo, capítulo 24, versículos 32-35; Biblia de Reina-Valera, de I960). La pregunta aparentemente más pertinente, con respecto a este pasaje evangélico, es: ¿Qué o quién está cerca, a las puertas? Algunas traducciones bíblicas expresan que lo que está cerca es el "reino de Dios" y otras dicen que es "el Hijo del hombre (Jesucristo, en su segunda venida)"; por consiguiente, si admitimos este supuesto, entonces el pasaje sagrado que estamos considerando no podría haber tenido un cumpli­miento en el siglo I de la ЕС evidentemente, sino sólo cabría esperar de él un cumplimiento contemporáneo o próximo al venidero fin del mundo. Otras traducciones exponen que lo que está cerca es el "fin", por lo que, en tal supuesto, sí es posible aplicar la parábola al primer siglo y a los tiempos actuales, es decir, a ambos lapsos proféticos e históricos. Sin embargo, como señalan algunos doctos bien reputados, existe un relato evangélico paralelo que inclinaría la elección a favor del "reino de Dios": «También les dijo (se so­breentiende: Jesucristo les dijo) una parábola: "Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya brotan, viéndolo, sabéis por vosotros mismos que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el REINO DE DIOS. De cierto os digo, que no pasará esta ge­neración hasta que todo esto acontezca. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán"» (Evan­gelio según Lucas, capítulo 21, versículos 29-33; Biblia de Reina-Valera, de I960). Por consiguiente, la opi­nión más prevaleciente respecto a esta parábola profètica es la de su ligazón al venidero fin del mundo.

Prosigue Ια profecía: "Mas en orden al día y a la hora (se sobreentiende: Se refiere al momento puntual en que llega el fin del mundo y no a la época en que se espera que ocurra éste, como se infiere de la parábola precedente de la higuera), nadie lo sabe, ni aun los ángeles del cielo, sino sólo mi Padre (se so­breentiende: Se deduce que tampoco el Hijo lo sabía, como se deja bien claro en el mismo versículo de la Biblia de Jerusalén de 1975). Lo que sucedió en los días de Noé, eso mismo sucederá en la venida del Hijo del hombre. Porque así como en los días anteriores al diluvio proseguían los hombres comiendo y bebiendo, casándose y casando a sus hijos, hasta el mismo día de la entrada de Noé en el arca; y no pensaron jamás en el diluvio, hasta que lo vieron comenzado, y los arrebató a todos, así sucederá en la venida del Hijo del hombre (se sobreentiende: Dicha venida del Hijo del hombre, o segunda venida de Jesucristo, coincide con un juicio divino exterminatorio, como lo fue el Diluvio). Entonces, de dos hombres que se hallarán juntos en el campo, uno será tomado o libertado (se sobreentiende: Dejado con vida, como lo fueron Noé y su familia inmediata), y el otro dejado o abandonado (se sobreentiende: Dejado de la mano protectora de Dios o a­bandonado a la muerte). Estarán dos mujeres moliendo en un molino, y la una será tomada y se salvará, y la otra dejada y perecerá (se sobreentiende: Por el sentido común y por otras referencias bíblicas acerca del fin del mundo se infiere que esta ilustración no indica, para nada, que la mitad de la población humana será dejada con vida y la otra mitad será muerta). Velad, pues, vosotros, ya que no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor (se sobreentiende: Una exhortación a mantener la vigilancia cristiana para no conta­minarse con un mundo destinado a sufrir un juicio divino exterminatorio)" (Evangelio según Mateo, capítu­lo 24, versículos 36-42; Biblia Vulgata, de Torres Amat). Es fácil comprender que este pasaje sagrado ha­ce alusión exlusiva al venidero fin del mundo, y por tanto no aplica al juicio destructivo que vino sobre Je­rusalén en el año 70 de la ЕС.

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pítulo 24, versículos 43-44; Traducción de la Biblia al "lenguaje actual"). Este pasaje sagrado habla de la llegada o venida (segunda venida, se sobreentiende) del Hijo del hombre (Jesucristo), por lo cual no aplica­ría al primer siglo de nuestra era (pues dicha venida, coincidente con el fin del mundo, aún no se ha produ­cido). Consiguientemente, según se desprende de la admonición de "estar atentos y preparados" porque el evento llega sin previo aviso, es de suponer que el inicio del período vulgarmente denominado "el fin del mundo" será de carácter súbito o inesperado, a diferencia de lo que aparentemente ocurrió en el primer siglo en Judea (donde la situación social fue empeorando hasta desembocar en la Gran Revuelta Judía del año 66 y en el subsiguiente y esperado contraataque romano por parte de Cestio Galo, siendo este ataque el episodio clave, para algunos doctos, que señalaría el principio del fin de la Jerusalén clásica y de su Templo).

La profecía de Jesucristo continúa así: "¿Quién es el siervo fiel y prudente a quien su señor ha de­jado encargado de los sirvientes para darles la comida a su debido tiempo? Dichoso el siervo (se sobreen­tiende: El siervo encargado) cuando su señor, al regresar, lo encuentra cumpliendo con su deber. Les ase­guro que lo pondrá a cargo de todos sus bienes. Pero ¿qué tal si ese siervo malo (se sobreentiende: Si el siervo encargado se tornara hipotéticamente malo) se pone a pensar (se sobreentiende: Se pusiera hipoté­ticamente a pensar): "Mi señor se está demorando", y luego comienza a golpear a sus compañeros, y a co­mer y beber con los borrachos? (se sobreentiende: La hipotética desviación hacia la maldad llevaría, al siervo encargado, a actuar egoístamente; y ello se traduciría en crueldad hacia sus consiervos, glotonería y borrachera o vicios). El día en que el siervo menos lo espere y a la hora menos pensada el señor volverá. Lo castigará severamente y le impondrá la condena que reciben los hipócritas (se sobreentiende: La hipo­cresía es una falsa fachada de bondad tras la que se esconde un depredador egoísta). У habrá llanto y re­chinar de dientes" (Evangelio según Mateo, capítulo 24, versículos 45-51; Santa Biblia, Nueva Versión In­ternacional de 1999, patrocinada por la Sociedad Bíblica Internacional). Este pasaje sagrado, que cierra el capítulo 24 del evangelio de Mateo, es frecuentemente denominado "Parábola del siervo fiel" (o similar); y ha generado, y genera, una enorme polémica con relación a cuál es su interpretación correcta. Pero quizás exista una forma de aproximarse a su explicación acertada buscando referencias o pasajes con expresio­nes similares a las de los conceptos fundamentales que se emplean en dicho texto evangélico (es decir, el texto del evangelio según Mateo, capítulo 24, versículos 45-51). La intención sería, por ende, buscar la ma­nera de que la sagrada escritura se interprete a sí misma. Veamos.

Parece bastante obvio que el "siervo fiel" de la parábola del mismo nombre (Evangelio según Mateo, capítulo 24, versículos 45-51) es una entidad (individual o colectiva; esto faltaría por elucidar) que esta o­perativa en la tarea de su ministerio cristiano cuando se produce la segunda venida de Jesucristo, o sea, durante el inicio del aparentemente cercano período denominado “el fin del mundo", pues el relato dice que el Señor (Jesucristo, se sobreentiende) premia o castiga a ese “siervo encargado" (un mayordomo, según el relato paralelo del evangelio de Lucas, capítulo 12, Biblia de Reina-Valera de I960) durante esa segunda venida en particular. A este respecto, algunos estudiosos e investigadores bíblicos, bien versados en las sagradas escrituras, han propuesto que se trata de una entidad cristiana colectiva que principió con los a­póstoles de Cristo y que continúa hasta el día de hoy por medio de una sucesión apostólica o pastoril (a saber, de líderes cristianos que, cuando mueren, pasan su liderazgo a una élite de sucesores, a fin de con­tinuar alimentando simbólicamente, o con la palabra de Dios, a toda la grey de los feligreses). Ahora bien, el problema inmediato que se presenta contra este argumento es el de la identificación de ese “siervo fiel" en medio del panorama o galimatías que existe dentro del conjunto formado por todas las confesiones reli­giosas llamadas “cristianas", con sus inevitables e irreconciliables separatismos doctrinales. ¿Es dicho ma­yordomo o siervo una entidad católica, o es protestante, o anglicana, o... etcétera? A tenor de la respuesta que muchos creyentes están dando a la hora de dejarse aconsejar por sus líderes religiosos cristianos, de los que cada vez desconfían más y más, se puede afirmar que no parece que el mayordomo de la parábola esté muy claramente discernible a los ojos de los feligreses en general; o bien que dicho siervo fiel se ha degenerado y ha terminado convertido en irremediablemente infiel. No obstante, esto último no debería ser cierto a la luz de una serie de profecías que habrían de cumplirse en la víspera del fin del mundo. ¿Qué profecías son ésas?

Bueno, parece ser que hay un número nada despreciable de pasajes sagrados y profecías bíblicas que inducen a pensar o que indican más directamente que durante la víspera del fin del mundo habría per­sonas cristianas preparadas para sobrevivir a la grande o magna tribulación que Jesucristo predijo, según informan los evangelios de Mateo (capítulo 24) y Marcos (capítulo 13), y según el Apocalipsis (capítulo 7). Dicha supervivencia se basaría en la fe y en el conocimiento acerca de las enseñanzas de los evangelios y de toda la Biblia en general, pues se puede ver con relativa facilidad que existe una vinculación sorpren­dente entre los libros evangélicos y el resto de la sagrada escritura. De esto se infiere que los sobrevi­vientes deben estar bien “alimentados" con la palabra de Dios, es decir, nutridos con la correcta interpre­tación de la Biblia; y esto sólo es posible, según la misma sagrada escritura, si existe un “mayordomo fiel" o similar que no se haya pervertido y, al igual que los apóstoles, se preocupe por abastecer con la nutrición bíblica correcta a los creyentes. De otra manera, la profecía registrada en el libro sagrado de Daniel, ca­pítulo 12, versículos 1-4, no se cumpliría. Por lo tanto, dicha profecía de Daniel es una de ésas que indican que durante la víspera del fin del mundo habría personas cristianas preparadas para sobrevivir. Así que, como se trata de una profecía relevante, notoriamente enlazada con lo que dice la dada por Jesucristo se­gún el evangelio de Mateo, capítulo 24, la consideraremos con cierto detalle. Más pasajes sagrados que a­poyan la tesis de la existencia de un mayordomo fiel (no pervertido) durante la víspera del fin del mundo son, entre otros, los siguientes (sólo se dan las citas bíblicas, a fin de no cargar con muchos más datos es­ta larga exposición): Libro de los salmos, capítulo 1; ídem, capítulo 119, versículos 103-106; libro de los proverbios de Salomón, capítulo 1, versículos 20-33; ídem, capítulo 2, versículos 1-9; ídem, capítulo 3, ver­sículos 1-6; ídem, capítulo 24, versículos 13-14; libro sagrado de Eclesiastés, capítulo 12, versículos 13-14; libro de Isaías el profeta, capítulo 65, versículo 14; libro sagrado de Nehemías, capítulo 8, versículos 5-8...

El profeta Daniel estaba muy interesado en saber cuál sería el porvenir del pueblo de Israel, a la sazón cautivo y deportado en los dominios de Babilonia tras la primera destrucción de Jerusalén por Na- bucodonosor. Este sobresaliente profeta pertenecía a la tribu de Judó, y es el escritor del libro sagrado que lleva su nombre. Se sabe muy poco de su juventud, si bien se dice que se le llevó a Babilonia a causa de la presión dominante ejercida por los caldeos sobre el territorio palestinense, probablemente cuando era un príncipe adolescente, junto con otros miembros de la realeza y de la nobleza judía. Esto sucedió algún tiempo antes de la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor, quien intimidó al reino de Judó con aque­lla deportación y convirtió a dicho reino en vasallo suyo; pero la destrucción sobrevino como consecuencia de la rebelión del reino judío contra Babilonia, años después de aquella deportación. Para cuando Jerusalén fue destruida, Daniel había prosperado como funcionario en la corte de Nabucodonosor debido a sus cons­picuas cualidades de inteligencia y confiabilidad (pues este rey babilonio, en el interés de su propia estabi­lidad gubernamental, había extraído para sí una cohorte de consejeros formada por los nobles mas compe­tentes de entre todos los lenguajes y etnias de su imperio); y también prosperó Daniel, como dice el relato sagrado, debido a que la bendición divina estaba sobre él. El era sabedor, gracias a su estudio profundo de las profecías de Isaías y Jeremías, entre otras, de que la desolación de Jerusalén y Judó era inevitable a causa de la terquedad del pueblo judío contra la guía divina; pero ahora Daniel estaba muy expectante por conocer cuando y cómo se produciría la restauración del Israel arrepentido, de la cual también hablaron e­sos profetas.

El imperio babilónico cayó bajo el emergente empuje de Medopersia y Daniel fue incorporado, en calidad de alto funcionario, al nuevo imperio: "En el año primero de Darío hijo de Asuero, de la nación de los medos, que vino a ser rey sobre el reino de los caldeos, en el año primero de su reinado, yo Daniel miré atentamente en los libros el número de años de que habló Jehova al profeta Jeremías, que habían de cum­plirse las desolaciones de Jerusalén en setenta años. У volví mi rostro a Dios el Señor (se sobreentiende: a Jehova, o Yahveh según la Biblia de Jerusalén de 1975), buscándole en oración y ruego, en ayuno, cilicio (se sobreentiende: Saco o vestidura áspera que se usaba antiguamente para expresar aflicción o duelo) y ceniza" (Libro de Daniel el profeta, capítulo 9, versículos 1-3; Biblia de Reina-Valera, de I960). El relato continúa: «Aún estaba hablando y orando, y confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel, y de­rramaba mi ruego delante de YHVH (se sobreentiende: Según la Wikipedia, éste es el denominado "tetra- gramatón", compuesto por 4 letras consonantes, sin vocales, tal y como escribían los hebreos, para notar en este caso el nombre de Dios, Jehovó según la Biblia de Reina-Valera, o Yahveh según la Biblia de Jeru­salén; un nombre dado por Dios mismo a sí mismo) mi Dios por el monte santo de mi Dios (se sobreentien­de: El monte Sión, sobre el que estaba edificada la ciudad de Jerusalén y su santo Templo), y mientras ha­blaba en oración, aquel varón a quien había visto en la visión al principio, Gabriel (se sobreentiende: El án­gel Gabriel, quien adoptó una apariencia humana para hablar con Daniel), vino a mí volando con presteza (se sobreentiende: Con apariencia de criatura humana voladora) como a la hora del sacrificio de la tarde. У me hizo entender, y habló conmigo, diciendo: “Oh Daniel, ahora he salido para darte sabiduría y entendimien­to. Al principio de tus ruegos fue dada la orden (se sobreentiende: En las cortes celestiales), y yo he veni­do para enseñártela (se sobreentiende: Gabriel se apresuró, como buen mensajero celeste, a llevar a Da­niel el mensaje profètico que el profeta solicitó en oración, y más), porque tú eres varón muy amado (se sobreentiende: Daniel era una persona muy apreciada en las cortes celestiales, las cuales están presididas por Dios). Presta pues atención a la palabra y entiende la visión"» (Libro de Daniel el profeta, capítulo 9, versículos 20-23; Biblia textual, Tercera revisión). Acto seguido, el ángel le transmite a Daniel no sólo la seguridad de la restauración pronta de la ciudad santa y la implícita reedificación del Templo sino mucho más. Le indica que tras esa restauración vendría el Mesías y que éste sería muerto en esa tierra, con lo cual la ciudad santa y sus habitantes se harían acreedores de una definitiva y fatal inundación desoladora.

Posiblemente, esa profecía angélica causó perturbación a Daniel porque él esperaba que quizás al­gún día el pueblo de su linaje alcanzaría el arrepentimiento y la liberación definitiva, para siempre; pero por lo que Gabriel le vaticina, esto no sería así. Sin embargo, parece que lo que más le perturbaba al profe­ta eran las malas noticias que le llegaban de Judó, pues el gobierno de Ciro había otorgado libertad a un resto de israelitas de la diàspora para que reedificara el Templo de Jerusalén, y dicho resto consiguió po­ner los fundamentos del mismo, pero entonces las tribus gentiles de los alrededores comenzaron a oponer­se con cada vez más encono contra la restauración del culto verdadero, haciendo uso de taimadas conspi­raciones y hostigamientos. Daniel informa acerca de su preocupación al respecto: "En aquellos días yo, Da­niel, me contristé tres semanas de días. No comí pan delicado, ni entró carne ni vino en mi boca, ni me unté con ungüento, hasta que se cumplieron tres semanas de días. У a los veinticuatro días del mes primero es­taba yo a la orilla del gran río Hidequel (se sobreentiende: El río Tigris, de Mesopotamia); y alzando mis o­jos miré, y he aquí un varón vestido de lienzos, y ceñidos sus lomos con oro muy fino; y su cuerpo era como piedra de Tarsis (turquesa), y su rostro parecía un relámpago, y sus ojos como antorchas de fuego, y sus brazos y sus pies como de color de bronce resplandeciente, y la voz de sus palabras como la voz de un e­jército. У sólo yo, Daniel, vi aquella visión, y no la vieron los varones que estaban conmigo; sino que cayó so­bre ellos gran temor, y huyeron, y se escondieron. Quedé, pues, yo solo, y vi esta gran visión, y no quedó en mí esfuerzo; antes mi fuerza se me trocó en desmayo, sin retener vigor alguno" (Libro de Daniel el profe­ta, capítulo 10, versículos 2-8; Sagradas escrituras de la Bilblia, Versión antigua).

En su preocupación, Daniel se dio al ayuno por 3 semanas. Así que, evidentemente, este profeta es­taba muy angustiado por el futuro de la adoración pura, la cual, dicho sea de paso, equivale a la continuidad en existencia de la simiente de la mujer simbólica. Por eso recibió respuesta, tal como se expresa a conti­nuación: «У me dijo (se sobreentiende: El ángel o varón resplandeciente de la visión le habló a Daniel): "Da­niel, no temas, porque desde el primer día que diste tu corazón a entender, y a afligir tu alma delante de tu Dios, fueron oídas tus palabras; y yo he venido a causa de tus palabras. Mas el principe del reino de Persia se puso contra mí veintiún días (se sobreentiende: Este príncipe persa no podría ser de ningún modo humano, sino demoníaco, pues ¿qué podría hacer contra un ángel sobrehumano una criatura terrestre, por muy poderosa que sea?); y he aquí Miguel, uno de los principales príncipes (se sobreentiende: Un ángel principal o muy poderoso), vino para ayudarme, y yo quedé allí con los reyes de Persia (se sobreentiende: El ángel quedó con el paso bloqueado, en la región del suprauniverso que está de algún modo superpuesta con la antigua zona persa de nuestro planeta, pues la materia se despliega, en su mayor parte, sobre un espacio indétectable por nosotros y por ello decimos que es un "espacio vacío"; hasta que el arcángel Miguel consi­guió romper dicho bloqueo). У soy venido para hacerte saber lo que ha de venir a tu pueblo en los postre­ros días; porque aún habrá visión para algunos días"; y estando hablando conmigo semejantes palabras, pu­se mis ojos en tierra, y enmudecí» (Libro de Daniel el profeta, capítulo 10, versículos 12-15; Sagradas es­crituras de la Bilblia, Versión antigua).

A continuación, el ángel le revela a Daniel una lucha milenaria entre 2 reyes: El rey del norte y el rey del sur. Estos reyes son simbólicos, aunque los acontecimientos históricos que desencadenan son rea­les. Son reyes simbólicos en el sentido de que son variables, o sea, que van cambiando de identidad a medi­da que transcurren las décadas y los siglos. La pugna entre ambos comenzó siglos después de que el ángel le diera a Daniel la profecía, y el hecho de que se hable de rey del norte y rey del sur tiene que ver, según reputados exegetas, con la situación geográfica que ambos reyes tenían con respecto a la ciudad de Jeru- salén tras la muerte de Alejandro Magno (pues la desmembración subsiguiente del imperio alejandrino dio a luz un rey situado al norte de la ciudad de David y otro al sur de la misma, y entre ellos se estableció una lucha por el control del suelo palestinense). Todo el capítulo 11 del libro sagrado de Daniel describe la competitividad entre ambos reyes, hasta llegar al "tiempo del fin", el cual, según Daniel, comienza en las inmediaciones de "un tiempo de angustia cual nunca hubo desde que existen naciones hasta entonces" (Li­bro de Daniel el profeta, capítulo 11, versículo 1; Biblia de las Américas), y ese "tiempo" se vincula en algu­nas Biblias con la "gran tribulación" predicha por Jesucristo en el evangelio según Mateo, capítulo 24, ver­sículo 21; un suceso todavía futuro. Por consiguiente, todo esto indica que ahora vivimos en ese "tiempo del fin" que se menciona en el libro sagrado de Daniel. У en ese contexto del "tiempo del fin", el libro de Da­niel dice: "Los sabios resplandecerán con el brillo de la bóveda celeste; los que instruyen a las multitudes en el camino de la justicia brillarán como las estrellas por toda la eternidad" (Libro de Daniel el profeta, capítulo 12, versículo 3; Nueva versión internacional de la Biblia, de Castilian), y esto nos trae a la memoria lo que Jesucristo habló en la parábola del "mayordomo fiel" (Evangelio según Lucas, capítulo 12, versículo 42). Por consiguiente, hoy día debería existir una entidad cristiana profèticamente denominada "mayordo­mo fiel", la cual, según lo citado, jugaría un importante papel en la salvación de mucha gente.

En el mundo actual, saturado de emisiones informativas, frecuentemente fraudulentas o cuasi frau­dulentas, en todos los ámbitos, incluido el religioso, se hace verdaderamente difícil (o imposible) discernir lo cierto de lo falso y lo trascendente de lo intrascendente. Por lo tanto, si por algún rincón de este plane­ta se encuentra activo y operativo el "mayordomo fiel" de la profecía bíblica, difícilmente será identifica­do como tal por la persona común de nuestra sociedad. Sería como querer distinguir el camino correcto en medio de un laberinto de encrucijadas peligrosas y embaucadoras, sin más herramientas que la propia in­tuición personal; es decir, sin el auxilio de un sistema de orientación competente, tal como un GP5 o simi­lar. De hecho, la propia sagrada escritura nos informa de la existencia de no pocos falsos mesías y profe­tas impostores, y nos previene contra dejarse engañar por ellos; y a la vez, nos habla de un “mayordomo fiel" que ha sido nombrado por Jesucristo para alimentar la fe de los cristianos en la víspera del fin del mundo. Ante esto, pues, el verdadero reto estaría en encontrar a dicho “mayordomo fiel" sin perecer en el camino a causa de la febril actividad de muchos falsos profetas. Así que la pregunta pertinente sería, en­tonces: ¿Cómo eliminar, o minimizar, el riesgo de muerte religiosa en la búsqueda del camino verdadero, un camino esclarecido por el “mayordomo fiel"? ¿Existe respuesta para esta pregunta?

Humanamente hablando, da la impresión de que no existe respuesta alguna; y menos si tenemos en cuenta que en las regiones del suprauniverso imbricadas ubicuamente con la superf ice planetaria terrestre del universo material... En esas regiones, pues, hay una ingente cohorte de inteligencias demoníacas difi­cultando feroz y sutilmente toda vía de acceso posible al conocimiento de la verdad que rezuma de las sa­gradas escrituras. Unicamente nos queda, entonces, confiar en la ayuda divina, la cual sólo se hace disponi­ble, según la Biblia, para personas humildes (es decir, personas que ceden o se humillan ante un sabio con­sejo), honestas (esto es, personas sinceras de corazón y no sólo de apariencia) y hambrientas de la verdad (o sea, personas que anhelan conocer la verdad existencial humana y no han declinado en dicho deseo). Es­te es el prototipo de individuo que Jesucristo, en los inicios de su Sermón de la Montaña, llamó bienaven­turado (es decir, individuo que en la aventura o camino de la vida y en la búsqueda del propósito de la exis­tencia humana y personal, encuentra la orientación o respuesta fidedigna). Esto, de por sí, es del todo lógi­co, ya que para poder pertenecer a la simiente de la mujer simbólica, o para poder estar en armonía con e­lla, un individuo debe ser humilde o manso ante la guía divina, honesto o no hipócrita (no falso ni farisaico) y siempre estar deseoso de acoger (hambriento de recibir) el alimento espiritual (nutrición simbólica que engrandece la dimensión espiritual humana) que proviene de la Palabra de Dios: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Evangelio según Mateo, capítulo 4, versículo 4; Nuevo testamento, versión Peshitta de las santas escrituras). Una persona con estas características, co­mo está anhelante de respuestas existenciales, pedirá, como lo hace un pobre o necesitado de pan cuando arrecia el hambre, la guía divina o de un Ser Superior mediante oración intensa o ruego; y, por lo visto, le será dada (lo que implica que será puesta en contacto con el “mayordomo fiel", a fin de recibir la nutrición espiritual o guía existencial que proviene del Creador). Esto es lo que significan, aparentemente, las si­guientes expresiones metafóricas de Jesucristo: “Pidan y se les dará; busquen, y hallarán; toquen a la puerta, y se les abrirá; porque todo el que pida recibirá, y el que busque, hallará; y al que toque a la puerta, se le abrirá. ¿O qué hombre hay entre ustedes que si su hijo le pide pan, le dará una piedra, o si le pide un pescado, le dará una serpiente? (se sobreentiende: La misericordia divina vendrá para un buscador de res­puestas sincero, humilde y anhelante). Pues si ustedes siendo malos (se sobreentiende: En comparación con la bondad de Dios) saben dar buenos regalos a sus hijos, ¿cuánto más su Padre que está en el Cielo dará cosas buenas a los que le pidan?" (Evangelio según Mateo, capítulo 7, versículos 7-11; Nuevo testamento, versión Peshitta de las santas escrituras).

Alimentar la dimensión espiritual humana y la mente del hombre con el contenido semántico de la sagrada escritura supondría, además de una guía existencial fidedigna, una guía de supervivencia ante la inminencia del fin del mundo. En efecto, tener una idea de las pinceladas maestras que se dibujarán en el panorama mundial durante la víspera y la llegada de la peor tribulación de la historia, así como la conducta sabia a seguir para salir airosos de esa magna tribulación, no es ninguna mojigatería. Además, recibir con­sejos y directrices sensatos dados por un “moyordomo fiel" (entidad cristiana que sólo encontrarán las personas de corazón humilde, sincero y anhelante de la verdad existencial), nombrado por Jesucristo para el beneficio de mucha gente (grupo de individuos con las características interiores recién citadas), tampo­co es ninguna trivialidad. У es que, por lo visto, los lances del fin del mundo confundirán a los seres huma­nos más avispados y, por ende, a la inmensa mayoría de la humanidad: tal y como los desenvolvimientos que precedieron a la gran tribulación judía del primer siglo de nuestra era confundieron a la gran mayoría de los habitantes de Jerusalén y de los alrededores, con las pésimas consecuencias agónicas consabidas. La engañosa "mejoría premortem" que se produjo para los israelitas con la retirada de Cestio Galo, hacia fina­les del otoño del año 66 de la ЕС, fue, más que nada, una trampa letal para los apoyadores (activos o pasi­vos) de la Gran Revuelta Judía acaecida durante el verano del mismo año. Pero los cristianos de aquel lu­gar, advertidos del insidioso peligro gracias a su buena nutrición espiritual basada en las santas escrituras (especialmente en los Evangelios y en el Libro de Daniel el profeta), huyeron a la zona montañosa de Pela (situada en la frontera entre la Decópolis y Perea) y, con esta acción, evitaron (para ellos y para sus fami­lias) la dantesca tragedia. ¿Se producirá en nuestros días una “mejoría premortem" parecida?

Según algunas profecías emitidas por el apóstol Pablo, parece que poco antes del venidero fin del mundo habría de producirse una ficticia “mejoría premortem" que tendría el efecto de engañar a la inmen­sa mayoría de la población humana sobre este planeta. Los indicios de este rasgo profètico lo encontramos en algunas revelaciones paulinas a los cristianos tesalonicenses, inscritas en las epístolas dirigidas a dichos cristianos a mediados del primer siglo de nuestra era (aparentemente, dichas misivas fueron enviadas con pocos meses de separación entre sí). Las circunstancias por las que atravesaba la comunidad cristiana de Tesalónica requería del ánimo y la consolación del apóstol Pablo, quien, de manera dispersa a través de am­bas epístolas, les revitalizó el ánimo y les hizo revelaciones acerca de un tiempo futuro conectado con la venida del reino de Dios. Dichas revelaciones son apéndices o prolongaciones hechas sobre frases edifica­doras de la fe y de la esperanza, así como de la promesa de recompensa que Dios ha reservado para los fieles creyentes. Por ejemplo, hacia el año 50 de nuestra era, Pablo se dirigió a estos cristianos con las si­guientes palabras, embutidas entre muchas otras: “Hermanos míos, queremos que sepan lo que en verdad pasa con los que mueren, para que no se pongan tristes, como los que no tienen esperanza (se sobreentien­de: Los cristianos tesalonicenses habían estado soportando una fuerte agresión y oposición por parte de los judíos y prosélitos judíos de la zona, y aparentemente también habían perdido a algunos miembros de su hermandad en la muerte). Nosotros creemos que Jesucristo murió y resucitó, y que del mismo modo Dios resucitará a los los que vivieron y murieron confiando en él. Por eso les decimos, de acuerdo con lo que el Señor Jesús nos enseñó, que los que aún vivamos cuando él venga nos reuniremos con él (se sobreen­tiende: Aquí se está hablando de la segunda venida de Jesucristo, todavía futura; por lo tanto, éstas son palabras proféticas que aún no se han cumplido y que deberían hacerlo próximamente, en beneficio de los seguidores de Jesús; dicha promesa es interpretada como el “arrebatamiento o rapto" por los cristianos protestantes de la Iglesia Evangélica actual, y un diccionario teológico proveniente de esta confesión reli­giosa afirma que será un fenómeno milagroso consistente en la desaparición súbita de millones de personas sin dejar rastro de adonde han ido, pues se tratará de la unión de la Iglesia con Cristo en su segunda veni­da), después de que se hayan reunido con él los que estaban muertos. Porque cuando Dios dé la orden por medio del jefe de los ángeles (se sobreentiende: Sólo hay un arcángel o jefe de los ángeles, según este versículo; y éste debería ser Miguel), y oigamos que la trompeta anuncia que el Señor Jesús baja del cielo, los primeros en resucitar serón los que antes de morir confiaron en él. Después Dios nos llevará a noso­tros, los que estemos vivos en ese momento, y nos reunirá en las nubes con los demás (se sobreentiende: Para casi todos los teólogos, ese “momento" es algo que todavía está en el futuro, y conectado con la se­gunda venida de Cristo). Allí, todos juntos nos encontraremos en el Señor Jesús, y nos quedaremos con él para siempre" (Primera epístola a los tesalonicenses, capítulo 4, versículos 13-18; Traducción de la Biblia al lenguaje actual).

A continuación, ipso facto, la epístola prosigue así: «En cuanto al momento y a las circunstancias de tales acontecimientos (se sobreentiende: Los acontecimientos que han de darse justamente antes del fin del mundo, pues se establece en esta frase una ligazón de continuidad con el texto precedente, el cual ha- bla de sucesos relacionados con la futura segunda venida de Cristo), no necesitáis, hermanos, que os escri­ba. Sabéis perfectamente que el día del Señor (se sobreentiende: El día del juicio de este mundo y, conse­cuentemente, de la ejecución de la sentencia dictada en los tribunaces celestiales contra el gigantesco co­lectivo de humanos apoyadores de la simiente de la serpiente simbólica; algo similar al juicio diluviano) vendrá como un ladrón en plena noche. Cuando la gente ande diciendo: "Todo es paz y seguridad" (se sobre­entiende: He aquí la falsa sensación de “mejoría premortem" para el organismo social mundial enfermo y en fase terminal; un espejismo de aparente recobro para el podrido universo artificial creado por el ser hu­mano, egoístamente, a expensas de la biosfera, y al que se aferrará la mayoría de las personas en ese tiempo tan sombrío que se avecina), entonces justamente sobrevendrá la destrucción, como los dolores de parto a la mujer encinta (se sobreentiende: Sin previo aviso), y no podrán librarse (se sobreentiende: No podrán librarse de la muerte, como, según Jesucristo, ocurrió en el Diluvio). Pero vosotros, hermanos, no vivís en las tinieblas. Por eso, el día del Señor no debe sorprenderos como si fuera un ladrón (se sobreen­tiende: Estas palabras son dirigidas, más bien, a cristianos que vivirían muchos siglos después, como es el caso de los tiempos actuales; pues a mediados del primer siglo de nuestra era, cuando los creyentes de Tesalónica recibieron la epístola paulina, faltaban unos 2 milenios para que la situación de este mundo al­canzara el actual panorama de desahucie o de fase terminal)» (Primera epístola a los tesalonicenses, capí­tulo 5, versículos 1-4; Biblia denominada “La Palabra").

Conclusión

La “mejoría premortem" (la falsa mejoría que precede a la muerte) es, como se ha comentado al principio, un fenómeno relativamente poco frecuente en pacientes terminales, pues habitualmente no se presenta en la mayoría de los casos. Los avances de la medicina, al retardar más la muerte en los enfermos desahuciados, puede valorar mejor este fenómeno, aunque hasta la fecha poco se sabe de las causas pro­fundas que subyacen en esta mejoría salvo que también la presentan algunos animales. Es por esto que han proliferado todo tipo de hipótesis científicas, filosóficas, místicas y religiosas que intentan explicarla, pe- го Ια falta de consenso y las discrepancias que conducen a que distintas teorías colisionen entre sí hacen que la fiabilidad de cualquiera de ellas sea bastante dudosa. Más elocuente resulta concebir que la "mejo­ría premortem" es simplemente la manifestación exterior de una intrincada red de procesos interactuan­tes que fortuitamente dan lugar a un cuadro que el observador interpreta, subjetivamente, de esa manera; por ende, el posicionamiento más sensato en este tema debería contemplar la premisa de que nuestro sis­tema perceptivo, con sus paradigmas interpretativos acerca de la realidad, prevalece sobre la exigua ob­jetividad que la ciencia puede ofrecer al investigador ante una serie de procesos antropobiológicos tan os­curos incluso para las técnicas de análisis y detección vanguardistas más actuales.

Tomemos el ejemplo de la muerte estelar, la cual, para algunas estrellas es anodina pero para otras ocurre con un tremendo derroche de energía. Sin embargo, a diferencia de la complejidad de los escurri­dizos y sutiles procesos fisicoquímicas que tienen lugar en el organismo humano (cuyo mapa estructural a­hora comenzamos a descubrir de manera superficial y tímida, a pesar de los aclamados adelantos científi­cos), los procesos estelares son muchísimo más asequibles a la investigación teórica y observacional aunque el objeto de estudio (las formaciones estelares) se encuentre a años-luz de distancia de nosotros. Sabe­mos a ciencia cierta que durante millones de años suceden reacciones de fusión nuclear en las estrellas, y que tales reacciones generan su brillo. El tiempo que una estrella permanece en esta etapa, es decir, la vi­da estelar, depende de su tamaño y su luminosidad. Las estrellas pequeñas (con aproximadamente la mitad de la masa del Sol) agotan lentamente el gas de su núcleo y por eso tienen una vida muy larga, con tempe­raturas y luminosidad menores a las del Sol; y la estrella, una vez que se ha contraído al máximo, esto es, cuando agota su combustible, disipa lentamente su energía hasta enfriarse completamente; su muerte es, por lo tanto, imperceptible y mediocre (sin brillantez o mejoría premortem). En cambio, las estrellas su- permasivas (con una masa aproximada de 20 veces la de nuestro Sol) agotan rápidamente el material alma­cenado en el núcleo y la temperatura es muy superior a la solar; en dichas estrellas la muerte puede ocu­rrir precedida inmediatamente de una explosión violenta que origina una “supernova", o sea, un destello descomunal que puede llegar a brillar más que el de la galaxia continente (brillantez o mejoría premortem espectacular, desde el punto de vista de un observador astronómico).

Para las civilizaciones e imperios, como ya se dijo al principio, no existe evidencia alguna de que se produzca el fenómeno de la mejoría premortem. Unicamente para ciertos momentos históricos de juicio divino, pero no para todos, se ha podido apreciar la existencia de una mejoría aparente de este tipo. Así, no tenemos constancia de que antes del Diluvio tuviera lugar ninguna clase de mejoría premortem que an­tecediera al exterminio de aquel mundo pervertido humano-demoníaco. Tampoco hay referencias de mejo­ría premortem con relación a la destrucción de Sodoma y Gomorra, en los días de Abrahón y Lot; ni con re­lación al imperio de Nemrod, el cual desapareció cuando el lenguaje de la humanidad fue cambiado y con­fundido en Babel; ni siquiera en los días del Faraón, cuyo ejército fue ahogado en el Mar Rojo cuando Moi­sés extendió su cayado por orden divina sobre las aguas que lamían la orilla. Sólo para los casos de juicio correspondientes a la primera destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor, a la segunda destrucción de la misma por Tito y ala venidera gran tribulación en la que se inserta el fin del mundo, sólo para éstos, que sepamos, se presenta una apariencia del fenómeno susodicho. Esto, evidentemente, amortigua la hipótesis de que Dios (o el tribunal celestial presidido por Dios) se complazca de algún modo en atrapar maquiavéli­camente a los malvados para causarles sufrimiento adicional en desquite por sus fechorías e impiedades. A este respecto, la sagrada escritura contiene la siguiente declaración divina para con los obradores de la maldad: "¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado —oráculo del Señor Yahveh— y no más bien en que se convierta (se sobreentiende: Se arrepienta) de su conducta y viva?" (Libro del profeta Ezequiel, capítulo 18, versículo 23; Biblia de Jerusalén de 1975). Entonces, finalmente y a título de curiosidad, cabe preguntarse: ¿Por qué se da la mejoría premortem en los 3 casos de juicio divino antes citados?

Veamos. La destrucción de Jerusalén a manos de Nabucodonosor, en las proximidades del siglo VI antes de la ЕС, fue un juicio divino profetizado por Jeremías. La degradación del pueblo judío y de sus lí­deres religiosos y sus gobernates era, en general, peor que la de los países del entorno. Incluso la idola­tría cundía en Jerusalén y en los dominios del reino de Judea, dando lugar a una situación antagónica a la simiente de Ια mujer simbólica. Por lo visto, las inteligencias demoníacas habían conseguido pervertir a los israelitas hasta el grado de lanzar a la supuesta mayoría de la descendencia de la mujer simbólica contra una minoría de ésta que permanecía fiel (un caso de agresión de un organismo colectivo contra sí mismo, como ocurre en las reacciones autoinmunes). La hipocresía y la total a>jers\ón a la guía divina que se había desarrollado en el pueblo judío, por instigación sutil demoníaca, se estaba demostrando ahora en la forma en que eran tratados los profetas enviados por Dios para advertir misericordiosamente a los judíos, pero éstos persiguieron y hasta asesinaron a muchos de aquellos enviados. La alternativa no dejaba mucha elec­ción en los tribunales celestiales: Habría un fin exterminador de aquella gente, a pesar de que provenían de la descendencia abrahómica, puesto que se habían aliado, con o sin conocimiento de causa, con la simien­te de la "serpiente"; y sólo unas pocas personas, como pasó en el Diluvio, escaparían de tal fin, es decir, u­nos cuantos individuos que no se sometieron a la simiente de la “serpiente". Según reputados historiado­res, en el año 625 antes de la ЕС, los caldeos y los egipcios libraron una batalla decisiva en Carquemis, cer­ca del río Eufrates, a unos 600 kilómetros al norte de Jerusalén. El rey Nabucodonosor derrotó a los e­jércitos del faraón Nekoh, poniendo fin a la dominación egipcia en la zona, pasó a subyugar a Judó y obligó a su rey Joaquim a rendirle vasallaje. Este era un serio e importante aviso al pueblo judío de que las profe­cías de destrucción contra Jerusalén estaban en vías de cumplirse, y de que los enviados por Dios para ad­vertir de ello no habían exagerado ni mentido. Se trataba de una última intentona para inducir al pueblo al arrepentimiento, esto es, para hacer que el pueblo optara por obedecer la guía divina y dejara de estar a­liado con la simiente serpentina. Nabucodonosor y sus tropas invadieron Judó y cercaron Jerusalén. Por lo visto, Joaquim murió durante el sitio de la ciudad, y su hijo Joaquín se rindió a los babilonios después de haber reinado por sólo tres meses. Nabucodonosor saqueó la ciudad, pero no la destruyó, y se llevó al exi­lio al rey y su familia, a las familias nobiliarias de Judó, a los hombres respetables y a los artesanos. En­tonces, Nabucodonosor puso en el trono de Judó a Sedequías en calidad de nuevo vasallo.

Sedequías se personó en Babilonia en el cuarto año de su reinado, tal vez para presentar un tributo a Nabucodonosor y así reafirmarle su lealtad como rey vasallo. En el sexto año del reinado de Sedequías, otro profeta, Ezequiel, tuvo una visión que reveló las practicas idolátricas que se estaban llevando a cabo en Jerusalén, entre las que se contaban la adoración al dios Tamuz y al Sol; y con esto se conf irmaba la la­mentable condición de rebeldía y falta de escarmiento del pueblo de Judó ante la amenaza de destrucción que habían escuchado frecuentemente de boca de los enviados por Dios para advertirles. Esta corrupción idolátrica, ya institucionalizada en Judea, debió crear un clima general de rebeldía contra la guía divina, que estaba siendo expresada hostilmente contra los profetas verdaderos y éstos encontraban cada vez más resistencia y agresividad hacia ellos por parte de sus correligionarios; y sin duda este espíritu rebel­de del pueblo debió afectar muy negativamente a las decisiones que a nivel nacional se iban a tomar en breve. No extraña, entonces, que aproximadamente tres años más tarde, sobre el 609 antes de la ЕС, Se­dequías se rebelara contra Nabucodonosor y recurriera a Egipto en busca de ayuda militar, en franca opo­sición a la palabra profètica dada por medio de Jeremías acerca de lo insensato de una tal rebelión, y tam­bién en contra del juramento que el propio rey Sedequías había hecho en el nombre de Dios respecto a permanecer en sumisión a Nabucodonosor. Debido a esto, los ejércitos babilonios comandados por Nabuco­donosor marcharon contra Jerusalén y pusieron sitio a la ciudad. Todo parecía, por ende, augurar una muerte inminente para el reino de Judó. Pero parece que, al comienzo de este sitio, Sedequías envió a dos de sus hombres de confianza para que inquiriesen de Dios a través de Jeremías con el fin de saber si Na­bucodonosor se retiraría de Jerusalén o no. У la palabra de Dios por medio de Jeremías fue de que la ciu­dad y sus habitantes experimentarían una gran calamidad a manos de los babilonios. Aparentemente, des­pués de esto, Jeremías fue a ver a Sedequías por dirección divina para asegurarle que Jerusalén sería destruida y que el rey (Sedequías) sería llevado cautivo a Babilonia, donde moriría. Entonces, en la sitiada Jerusalén, Sedequías y sus príncipes vieron oportuno hacer alguna clase de pantomima para cumplir con la ley de Dios y tratar de ganar su favor. Así, aunque no era el año del Jubileo, celebraron un pacto a fin de libertar a sus esclavos hebreos (sus propios hermanos judíos caídos en la indigencia) de la servidumbre ti­ránica a la que los tenían sometidos. Al poco, parece que hubo una mejoría premortem, cuando ya parecía que todo estaba militarmente perdido. Por lo visto, salió de Egipto una fuerza militar para defender a Je­rusalem lo que hizo que los babilonios levantasen temporalmente el sitio para enfrentarse a la amenaza e­gipcia. У, quizás creyendo que los babilonios serían derrotados y que no podrían reemprender el sitio, a­quellos nobles de Judó que habían dejado en libertad a sus hermanos hebreos esclavizados pensaron que el peligro había terminado, y por lo tanto volvieron a someterlos a la esclavitud.

No podemos aventurar ninguna conclusión categórica acerca de la causa de esa mejoría premortem, pero podría ser que no hubiera provenido de un origen divino. Por ejemplo, el mensaje profetico de Jere­mías indica insistentemente que la misericordia divina para un pueblo tan empantanado en la suciedad mo­ral no era otra que la de someterse voluntariamente a los babilonios y esperar que Dios mismo indujera a éstos a mostrar benevolencia a los judíos que optaran por un tal sometimiento; éste era el refinamiento sabio decretado por Dios para la pervertida descendencia de Abraham Además, es posible que en aquellos momentos le fuera más útil a las inteligencias demoníacas que prevaleciera la corrupta Jerusalén y no el que ésta fuera abatida por los babilonios, pues los babilonios parecían ser un pueblo comparativamente menos peligroso para la preservación de la identidad de la "mujer" que la propia descendencia abrahómica corrompida; y esto se puede notar quizás en el hecho de que los desterrados judíos que ya se encontraban en Babilonia disponían de una determinada libertad gubernamental para practicar con prudencia su culto y también la motivación de la añoranza para desarrollar un mayor acicate y más sincero apego por la ley mo­saica. Sin embargo, de todas maneras, si el pueblo hebreo y sus dirigentes hubieran mostrado señales de verdadero arrepentimiento quizás la destrucción de Jerusalén no se hubiera producido. Esto estaría en concordancia con la forma en que Dios trató a los ninivitas en los días de Jonós el profeta, quien fue envia­do a la ciudad de Nínive para proclamar un juicio de destrucción de parte del Todopoderoso a causa de la violencia sanguinaria de sus habitantes; pero esta gran capital del pueblo asirio se arrepintió y sus dirigen­tes proclamaron un gran ayuno en señal de pesar profundo, y Dios no les causó la calamidad que de otra manera les hubiera causado.

Sedequías era un gobernante de carácter muy débil, como se desprende del hecho de que cuando más tarde los príncipes de Judó le solicitaron que diese muerte a Jeremías porque supuestamente debili­taba la moral del pueblo sitiado al decir que la palabra de Dios señalaba el sometimiento a Babilonia, Sede­quías les respondió que hicieran con él lo que quisieran porque la opinión de ellos prevalecía sobre la del rey. El carácter débil y voluble del monarca se muestra también en la concesión que luego le hizo a Ebed- mélec para salvar a Jeremías de la muerte, pues este oficial de la corte dio muestras de gran valor y apre­cio por el profeta. La pusilanimidad de Sedequías se acentuó más cuando un poco más tarde fue a visitar a Jeremías, que estaba custodiado en el patio de la guardia por soldados apreciativos bajo el mando de E- bedmélec, y le preguntó cuál era la voluntad divina en esos momentos. Cuando el profeta le dijo que la úni­ca opción aceptable era entregarse a los caldeos, el rey se atemorizó y se puso a disimular delante de sus nobles el haber tenido alguna clase de conversación indagadora acerca de la guía divina con Jeremías. Esta postrera estupidez del monarca llevó a que en el año undécimo de su reinado los babilonios lograran abrir una brecha en los muros de Jerusalén, al prendimiento de Sedequías, a la ejecución cruel de su prole de­lante de sus propios ojos, a ser cegado (le inutilizaron los ojos), a ser encadenado con grilletes de cobre y por último a ser llevado a Babilonia, donde murió miserablemente en el calabozo. De paso, Jesuralén fue a­rrasada e incendiando completamente. Por este motivo, a posteriori de esa destrucción de la ciudad santa, se puede hablar hipotéticamente de una mejoría premortem. Pero dicha mejoría hubiera continuado ininte­rrumpidamente de no haber perecido la ciudad a manos de los babilonios, esto es, en el caso de que los po­bladores de la misma hubieran determinado (como los ninivitas arrepentidos de la época de Jonós) prestar atención al consejo divino dado a través de Jeremías. En este caso, siendo que Dios es misericordioso, la ciu­dad de Jerusalén no hubiera perecido (quizás hubiera permanecido en calidad de vasalla a Nabucodonosor, e incluso, de haber habido arrepentimiento sincero por décadas posteriores, es posible que hasta hubiera logrado con el tiempo la independencia nacional bajo la benevolencia divina) y tampoco se habría podido discernir a posteriori ninguna clase de supuesta mejoría premortem en relación con la pervivencia de la misma (pues para que haya “mejoría premortem" tiene que haber “mortem", o sea, muerte).

En cuanto a la "mejoría premortem" relacionada con la segunda destrucción de Jerusalén, en el pri­mer siglo de nuestra era, ésta se debió al menos en parte, por lo visto, a una intervención angélica a favor de los cristianos judíos atrapados en la ciudad de David para que éstos pudieran escapar a Pela. Esto no es óbice, por supuesto, para que las inteligencias malignas sobrehumanas estuvieran de algún modo interesa­das en perpetuar el sistema religioso-político judaico que tan buenos resultados les estaba dando de cara a obstruir y perseguir a los cristianos y también a falsear la guía divina delante de una multitud de proséli­tos del judaismo. En consecuencia, la beligerancia que debió producirse en las regiones suprauniversales en conexión con la situación en Judea en el primer siglo de la ЕС, entre las huestes angelicales fieles a la si­miente de la mujer simbólica y las huestes demoníacas u opuestas a ella, es algo que desconocemos tanto en cuantía como en casi todos los detalles; pero el resultado de todo ello parece que fue la retirada de los romanos comandados por Cestio Galo en noviembre del año 66, cuando ya estaban a punto de penetrar en el Templo de Jerusalén y aplastar definitivamente la Gran Revuelta Judía iniciada 5 meses antes. El subsi­guiente desastre romano de Bethorón marcó el período de “mejoría premortem" para el pueblo judío, caído en el error fatal de creer que era Dios el causante de su inaudita victoria sobre el ejército invasor y de i­lusionarse con la ficticia idea de que la era mesiónica tan esperada daba comienzo entonces. Por lo tanto, esa mejoría premortem debió ser fortuita, provocada por los caprichos casuales de una serie de aconteci­mientos interactivos que se sucedieron de una manera particular, pero que tuvieron el efecto de engañar perjudicialmente a la inmensa mayoría del pueblo judío de la época.

Por último, con relación a la hipotética mejoría premortem que se espera para el umbral del fin del mundo, es decir, previa al advenimiento de la tribulación magna (gran tribulación) que clausurara el presen­te mundo de la humanidad, es posible que se produzca a causa de la desesperada necesidad de atisbar una solución al estado de desahucie en el que estamos cada vez mas empantanados a nivel planetario. La expec­tativa aterradora de extinción masiva de la vida humana y de gran parte de la biosfera, o de toda ella, de­bido a la malsana estupidez y ala gestión abominablemente egoísta de la inmensa mayoría de los dirigentes de nuestra sociedad, hace que mucha gente busque ansiosamente cualquier indicio, por pequeño que sea, de esperanza para el futuro. De modo que esta necesidad emocional imperiosa de vislumbrar alguna clase de señal que permita augurar al menos un cambio positivo en el aciago camino autodestructivo de la humani­dad, sí, ese apremio visceral por vivir en paz y seguridad, puede jugar un papel entrampador fatal a la hora de optar por un proceder masivo de carácter ilusorio que termine en funesto derrapaje (pues se presupo­ne, de acuerdo con la profecía, que las personas no elevaran su mirada a Dios para que éste las ayude sino, mas bien, acudirán a los corruptos o ineficaces líderes de siempre, que seguirán estando ahí, como peque­ños dioses de pacotilla): “Cuando la gente ande diciendo: “Todo es paz y seguridad", entonces justamente sobrevendrá la destrucción, como los dolores de parto a la mujer encinta, y no podrán librarse" (Primera epístola del apóstol Pablo a los cristianos tesalonicenses, capítulo 5, versículo 3; Biblia denominada “La Pa­labra").

índice.

Pseudoveltíosis natanatórica (página 1).

Mejoría de la muerte. Mejoría premortem (página 1).

Doctrina platónica del alma humana inmortal (página 2).

Civilizaciones e imperios (página 2).

Mejoría premortem (página 3).

Destrucción de Jerusalén (página 3).

Palabras de Jesucristo (página 3).

La primera destrucción de Jerusalén (página 4).

Entropía moral. Muerte ideológica. Suprauniverso. Angeles. Universo material (página 4).

Seres angélicos demoníacos. Rebelión edénica. Lenguaje profètico simbólico (página 5).

Tamiz bendito. Daniel el profeta (página 5).

Parábolas de Cristo. Mixtura humano demoníaca. Abel. Abrahón rescata a Lot (página 6).

Límite de la paciencia divina. Pueblo hebreo. Supercorruptos. Supercorrupción cananea (página 7). Depravación cananea. Deidades perversas. Debatejudicial milenario. Cortes celestiales (página 8). Pacto abrahómico. Pacto del arco iris. Pacto con Noé (página 8).

Pacto edénico. Sociedad humana prediluviana. Mitología griega. Dispersión posbabeliana (página 9). Reino de Dios. Moisés (página 10).

Conato de exterminio de la descendencia abrahómica. Exodo o salida de Egipto (página 11). Trayectoria malsana que manifestó la descendencia de Abrahón (página 12).

Jefté. Efraimitas. Aladino y la lámpara maravillosa. Idolatría (página 13).

Capacidad de autoengaño (página 14).

Asaf. Reino de Judó. Mejoría premortem (página 15).

Carquemis. Nabucodonosor. Nekoh. Sedequías (página 16).

Ezequiel. Sedequías recurre a Jeremías. Mejoría premortem (página 17).

Sedequías el pusilánime. Ebed-mélec. Consejo inspirado de Jeremías. Destrucción (página 18). Hacia la segunda destrucción de Jerusalén (página 19).

Daniel el profeta. Depuración (página 19).

Ciro el Grande. Sectas judaicas. Fariseos. Saduceos. Materialismo. Mesías esperado (página 20). Pilato. Barrabás . Jesucristo. Asesinato del Mesías. Jerusalén rechazada (página 21).

Nacional judaismo en vísperas del fin. Majestuosidad del Templo. Cestio Galo. Tito (página 22).

El fin del mundo, profecía de 2 acontecimientos entrelazados. Evangelio según Mateo (página 22). Profecía de Jesús acerca del Templo de Jerusalén. Saulo de Tarso. Nerón (página 23).

Señales previas al fin de Jerusalén y su Templo, así como al fin del mundo (página 24).

La gran rebelión judía del año 66. Gesio Floro. Los zelotes se hacen del control (página 25).

Eleazar ben Jananyó. Menajem. Celotes y sicarios. Presión sobre Pilato (página 26).

Hambruna y bandolerismo en Palestina. Cumano (página 27).

Claudio césar. Agripina. Félix. Judas el Galileo. Zelotes. Sicarios. Barrabás (página 28).

Sicarios. Terrorismo en Judea (página 29).

Esenios de Qumrón. Judío egipcio pseudomesías (página 30).

Esteban. Caifós. Santiago. Herodes Agripa I. Pedro (página 31).

Estrategias diabólicas. Saulo de Tarso. Agabo. Pablo. Años desconocidos de Pablo (página 32). Claudio Lisias. Fortaleza Antonia (página 32).

Pablo acechado por los sicarios. Pablo ante Félix (página 33).

Porcio Festo. Pablo apela a César. Julio. Afranio Burro. Popea Sabina (página 34).

Albino. Ananias, Anano, Anón o Anas. Discípulo Santiago. Eusebio de Cesarea (página 35). Asechanzas a los apóstoles en Judea. Agripa II (página 35).

Gesio Floro. Incendio de Roma. Nerón. Popea. Persecución atroz de cristianos romanos (página 36).

Muerte del apóstol Pablo. Tácito. Los Anales (página 36).

Persecución de cristianos romanos, pero no proscripción. Will Durant (página 37).

Acerca del por qué Dios permitió la persecución de los cristianos primitivos (página 38).

Pecado eterno o imperdonable. Desprotección divina al judaismo primitivo (página 39).

Gran Rebelión. Gran Revuelta. Tribulación magna. Popea Sabina. Muerte de Pablo (página 40).

Gesio Floro. Asesinato de Popea por Nerón. Muñeca de Nerón. Cestio Galo (página 40).

Procuraduría de Floro. Disturbios antijudíos en Cesarea. Floro saquea la Ciudad Alta (página 41). Matanza del barrio alto de Jerusalén. Ruegos de Berenice a Floro (página 42).

Pablo ante Agripa y Berenice (página 43).

Agripa. Berenice. Tito Flavio (página 44).

Agripa y Berenice en Roma (página 45).

Floro provoca a los judíos. Cestio Galo. Agripa testigo de las provocaciones (página 46).

Discurso de Agripa ante los judíos, para evitar la sublevación. Fracaso (página 47).

Masadá tomada por sorpresa por zelotes y sicarios. Eleazar toma el control del Templo (página 48). Comienza la rebelión judía y ésta arrincona a los romanos y a Agripa (página 48).

Manahem el sicario. Agripa cercado, pacta rendición y escapa con sus soldados (página 48). Asesinato de Manahem por el populacho. Eleazar líder y profanador del sábado (página 49). Grecosirios de Cesarea asesinan a judíos. Los judíos sublevados saquean aldeas sirias (página 49). Matanzas de gentiles por judíos y viceversa, en el verano del 66 (página 49).

Cristianos de Judea asustados por las matanzas y su emigración a Perea. En Siria (página 49). Matanzas aumentantes en Palestina durante agosto-septiembre del año 66 (página 50).

Atrocidades en Escitópolis, Ascalón, Ptolemaida (página 50).

Autoridades de Antioquía, Sidón, Apamea y Gerasa impidieron las matanzas en ellas (página 50).

La fortaleza de Maqueronte ocupada por los judíos sediciosos (página 50).

Revueltas antijudías en Alejandría. Tiberio Alejandro. Cestio Galo interviene (página 50).

Cestio Galo avanza hacia Jerusalén. Acción de las guerrillas judías. Toma de la Bezeta (página 51). Cestio Galo ignoraba el mal estado de ánimo de los sitiados y desconf ¡aba de ellos (página 52).

Los romanos socavan el muro norte del Templo (página 53).

Acometida romana contra la puerta norte del Templo, para incendiarla (página 54).

Advertencia y profecía de Jesucristo acerca del ataque romano al Templo (página 55).

Huida a las montañas de Pela de los cristianos judíos de extramuros (página 55).

Campaña fallida de Cestio Galo para tomar Jerusalén (página 58).

Acampada de Cestio contra Jerusalén en Escopo e incendio de la Bezeta (página 59).

Ataque de Cestio contra la muralla norte del Templo (página 60).

Penosa retirada de Cestio Galo (página 60).

El desastre de Bethorón (página 61).

Mejoría premortem de la ciudad de Jerusalén y huida de los cristianos a Pela (página 62).

Objeción a la ayuda angélica a favor de los cristianos atrapados en Jerusalén (página 63).

Zarandeo satánico contra Pedro y otros apóstoles y cristianos primitivos (página 63).

Epístola del apóstol Pablo a los cristianos romanos, antes de la persecución neroniana (página 64). Los cristianos atrapados en Jerusalén en noviembre del año 66 ЕС (página 65).

Segunda y definitiva destrucción de Jerusalén (página 66).

La retirada de Cestio Galo, humillante y muy costosa para los romanos (página 67).

El desastre romano de Bethorón (página 68).

Vespasiano es enviado como legado o lugarteniente del emperador a Judea (página 69).

Biografía sucinta de Tito Flavio Vespasiano (página 69).

Vespasiano toma el mando del ejército de Siria (página 70).

Preparativos de los judíos rebeldes para contener el venidero ataque romano (página 71).

Simón bar Giora. Derrota de un ejército heterogéneo de judíos en Ascalón (página 71).

Joseph ben Matthias. Flavio Josefo. Juan de Giscala. Séforis. Sabara (página 72).

Asedio de Jotapata. Vespasiano es herido levemente durante el asedio (página 73).

Caída de Jotapata. Hazaña de Tito. Captura de Josefo. Predicción de Josefo (página 74).

Piratas judíos de Jope. Toma de Jope por Trajano y exterminio de piratas (página 75).

Campaña de Galilea oriental. Agripa ayuda (página 75).

Asedio de Gamala. Vespasiano es atrapado y sobrevive a duras penas. Aebutius (página 77). Romanos se desmoralizan. Vespasiano los arenga. Asedio de Gamala renovado (página 77).

Caída de Gamala y suicidio masivo de sus habitantes. Tito toma Giscala (página 77).

Juan de Giscala escapa y logra llegar a Jerusalén. Campaña de Galilea terminada (página 77). Campaña de sometimiento de la costa palestinense y descanso invernal (página 77).

Vespasiano decide esperar a que las facciones judías se desgasten entre sí (página 78).

Purga de Juan de Giscala y apropiación de gran parte del control de Jerusalén (página 78). Zelotes e idumeos hacen un exterminio de los líderes judíos moderados (página 79).

Campaña de Vespasiano para aislar a Jerusalén. Muere Nerón (página 79).

Vespasiano detiene la campaña contra Jerusalén a causa de la muerte de Nerón (página 80).

El oráculo de Venus es consultado por Tito y éste vaticina su futuro reinado (página 80).

El caos político en Roma detiene la campaña romana contra Jerusalén (página 80).

Simón bar Giora provoca una lucha intestina en Jerusalén (página 80).

Vespasiano se hace con el control de toda Palestina, y aísla a Jerusalén (página 81).

Vespasiano es aclamado emperador por sus tropas y se propaga su aceptación (página 81). Vespasiano recuerda la predicción de Josefo y lo liberta y dignifica ante todos (página 82). Vespasiano es declarado César por el Senado. Tito vuelve a Cesarea marítima (página 82).

Las facciones de Jerusalén desaprovechan la tregua. Tito inicia campaña (página 82).

Eleazar ben Simeón, Juan de Giscala y Simón bar Giora en pugna por el poder (página 82).

Las facciones de zelotes prenden fuego a los almacenes de grano de la ciudad (página 83).

Las murallas de Jerusalén en la víspera del ataque de Tito (página 84).

Disposición táctica del ejército romano en su avance hacia Jerusalén (página 85).

Tito acampa cerca de Jerusalén y efectúa un reconocimiento peligroso (página 86).

Grupo de rebeldes efectúa salida y casi alcanzan a Tito durante el reconocimiento (página 86). Dos oleadas de ataques de judíos rebeldes amenazan seriamente a la legión X (página 86).

Juan de Giscala derrota a Eleazar y se hace con el control del Templo (página 87).

Flavio Josefo, instrumento de guerra psicológica a favor de los romanos (página 87).

Situación gubernamental de Jerusalén a primeros de mayo del año 70 (página 88).

El asedio comienza, en los aledaños de la tumba del sumo sacerdote Juan Hicarno (página 88). Tras un duro asedio, la tercera muralla cede ante el ariete romano y toman la Bezeta (página 89). Cede la segunda muralla y Tito penetra por la abertura con alto riesgo de su vida (página 89). Arrasada la segunda muralla en su parte norte. Principio de junio del año 70 (página 90).

Discurso final de Josefo para animar a los sitiados a rendirse (página 90).

El resultado el discurso de Josefo es nulo y una pedrada lo deja inconsciente (página 91). Terraplenes de asalto contra la Fortaleza Antonia arrasados por los rebeldes (página 91). Construcción de un cerco de estacas puntiagudas alrededor de los sitiados (página 92).

Profecía de Jesucristo acerca del cerco de estacas puntiagudas (página 92).

Espeluznante hambre y atropellos por los zelotes contra la población civil atrapada (página 93). Josefo testimonia del sufrimiento indescriptible de los sitiados. Tribulación magna (página 93). Tito quedó horrorizado ante las barbaries. Profecía de Jesús cumpliéndose (página 93).

Cae la fortaleza Antonia. Combates en el patio exterior norte del Templo (página 94).

Tito trata de salvar el Templo y envía a Josefo a parlamentar con Juan de Giscala (página 94). Juan rechaza acaloradamente toda negociación. Deserción masiva de notables judíos (página 94). Mediados de agosto del 70. Los informes de los escapados son espeluznantes (página 95).

Cuero de zapatos y hierba seca son comidos con ansia por los rebeldes sitiados (página 95).

La dantesca historia de una tal María, hija de un tal Eleazar (pagina 95).

Tito juró sepultar esta abominación tribulatoria bajo las ruinas de la ciudad (página 95).

El aterrador informe histórico de Eusebio de Cesarea (página 95).

Asesanchas y maquinaciones sufridas por los apóstoles en Jerusalén (página 95).

Huida a Pela y retribución a los judíos por el ultraje a Cristo y a sus apóstoles (página 95).

Unos tres millones de judíos fueron apiñados en Jesusalén a causa de la Pascua del 70 (página 95). Testimonios de la inenarrable magna tribulación de los hambrientos asediados (página 96).

Tito se lamenta ante la mortandad de los asediados y se exculpa ante Dios (página 96).

Actos de hambre escalofriantes para contarlos e increíbles para escucharlos (página 97).

María, hija de Eleazar, de la aldea de Batezor de Perea, y su espantosa historia (página 97). Eusebio habla de las profecías de Cristo relativas a la destrucción de Jerusalén (página 98). Finales de Agosto del 70. Dos oficiales importantes de Simón bar Giora se entregan (página 99). La lucha en el patio exterior favorece a los romanos y los rebeldes son acorralados (página 99). Los rebeldes se parapetan en el patio interior del Templo. El Templo en llamas (página 99).

Tito hace lo posible por salvar el interior del Templo, pero sus tropas no obedecen (página 100).

El Templo es destruido en el mismo día en que pereció por Nabucodonosor (página 100).

Juan de Giscala y los zelotes sobrevivientes escapan a la Ciudad Alta (página 100).

Incendio de la ciudad baja. Los archivos genealógicos son pasto de las llamas (página 100).

Caída de la ciudad alta, último reducto rebelde (página 101).

Juan de Giscala y Simón bar Giora, capturados (página 101).

La ciudad y el Templo fueron arrasados hasta su total desaparición (página 102).

Herodión, Maqueronte y Masada, las últimas fortalezas judías subsisten (página 102).

Se deja confiada Jerusalén a la legión X (Fretensis) (página 102).

Muchos prisioneros judíos obligados a matarse entre sí en combates de gladiadores (página 102). Tito llega a Roma, a mediados de junio del 71 (página 103).

El desfile triunfal de Tito por las calles de Roma (página 104).

Ejecución en Roma del jefe judío enemigo, Simón bar Giora (página 105).

Se emprende la construcción del Arco de Tito (página 105).

Sexto Lucilio Basso toma Herodión y lo destruye en el año 71 (página 106).

Entrega pactada y destrucción de la fortaleza sicario de Maqueronte, en el año 72 (página 107). Decapitación de Juan Bautista en Maqueronte, según Josefo (página 107).

Flavio Silva construye un cerco amurallado alrededor de Masada (página 108).

Resquebrajamiento de la muralla de la torre del Espolón Blanco por los romanos (página 109).

Los sicarios de Masada se suicidan en masa por exhortación de Eleazar ben Yair (página 110). Conclusión formal la Gran Rebelión Judía, con la toma de Masada (página 110).

Sedición en Cirene y acusación contra Josefo. Vespasiano absuelve a Josefo (página 110).

Huida a Pela (página 110).

Eusebio de Cesarea informa de la tradición de la huida a Pela (página 111).

Epifanio afirma que los discípulos cristianos huyeron a Pela por advertencia angélica (página 111). Teodoreto afirma que la huida a Pela fue consecuencia de una revelación postrera (página 111). Síntesis de las afirmaciones sobre Pela de Eusebio, Epifanio y Teodoreto (página 112).

Tabaqat Fahl. Pela era una ciudad de término medio de la Decópolis. Phahel (página 112).

Berenikea. Filipea. Demolición y reconstrucción de la Pela de antes de la ЕС (página 113).

Justo de Tiberíades. Doleso. El tribuno Plácido (página 114).

Múltiples casos de deserción de Jerusalén entre los años 67 y 70 (página 115).

Huida del rabino Jonatón ben Zakkay. El momento propicio para la huida a Pela (página 115).

Pela de la Decópolis o de Perea, en función de las circunstancias de turno (página 116).

El fin del mundo (página 116).

Profecía de Jesucristo relativa al fin del mundo. Profecía del fin del Tempio (pagina 116). Jesucristo advierte a sus discípulos contra el ser extraviados por falsos mesías (página 116). Actualmente nos movemos en el mismo borde del fin del mundo (página 117).

Surgimiento del concepto de un Mesías guerrero liberador de los judíos (página 118).

Alejandro Magno, la influencia griega sobre Palestina y el Templo helenizado (página 118).

Los macabeos o asmoneos. Fiesta de las luces. Tergiversación del concepto de mesías (página 118). Fariseos y saduceos. Esenios. Enseñanza platónica del alma inmortal. Juan el esenio (página 119). Rollos del mar Muerto. Secta judía de Qumrón. Zelotes y terrorismo (página 119).

Sinagogas. Rabíes. Pervivencia de los fariseos. La misná y el talmud. Diàspora (página 119).

El líder judío Bar Kokba. Aparecimiento de falsos mesías en siglos posteriores (página 120).

Por qué los judíos no reconocieron a Jesús como Mesías, a pesar de sus milagros (página 120).

La cuestión mesiánica y el Gran Acusador. Tribunales celestiales (página 121).

La cuestión mesiónicay Juan Bautista. La cuestión mesiónicay los discípulos (página 122).

Popurrí de falsos mesías. Anano, Eleazar ben Simón, Manahem (página 123).

Jesús hijo de Ananias, Juan de Giscala y Simón Bar Giora (página 123).

Simón Kimbangu y Andrés Matswa (página 123).

Sun Myung Moon. Adolf Hitler. Marxismo-leninismo. ONU (página 124).

Por qué no debían asustarse los cristianos ante el aumento de las guerras (página 124).

Señales que preceden al fin (página 125).

La Tierra da la ficticia impresión de que quiere vomitar a los humanos de sobre sí (página 126).

Las fuerzas inteligentes malignas del suprauniverso y su táctica de "tierra quemada" (página 127). Persecuciones anticristianas del siglo XX (página 127).

Cristianos que se han hecho traidores. Grandes persecuciones anticristianas (página 128).

Cuáles días de la gran tribulación serian abreviados por causa de los elegidos (página 129).

La parábola de la higuera y su vinculación con el venidero fin del mundo (página 130).

El veridero fin del mundo acaece súbitamente, a diferencia del fin judío del año 70 (página 131). Parábola del siervo fiel y prudente (página 131).

La problemática de distinguir hoy día a la entidad apodada “siervo fiel y prudente" (página 132). Cómo identificar al siervo fiel y prudente o mayordomo fiel (página 132).

Daniel el profeta y su estudio profundo de las sagradas escrituras (página 133).

Daniel recibe la visita del ángel Gabriel y éste le comunica mensajes proféticos (página 133). Preocupación de Daniel por la falta de avance de la reconstrucción del Templo (página 134). Revelación a Daniel acerca de la competitividad entre los reyes del norte y del sur (página 134).

El tiempo del fin y los “sabios resplandecientes". Conexión con el “mayordomo fiel" (página 134).

La imposibilidad de identificar al “mayordomo fiel" sin ayuda divina (página 135).

Ficticia mejoría premortem que precede al fin del mundo (página 136).

Revelaciones paulinas a los cristianos tesalonicenses y mejoría premortem (página 136).

El “arrebatamiento o rapto" de los cristianos predicho por el apóstol Pablo (página 136).

Rumor de “paz y seguridad" y mejoría premortem (página 137).

Muerte estelar. Aparente mejoría premortem en el caso de las estrellas (página 138).

La mejoría premorten para el caso de las civilizaciones e imperios (página 138).

Nabucodonosor expolia el territorio de Judó y su capital Jerusalén (página 139).

Sedequías se rebela contra Nabucodonosor y éste pone sitio a Jerusalén (página 139).

Aparente mejoría premortem cuando se retira el sitio por amenaza egipcia (página 139).

La pusilanimidad de Sedequías. Los caldeos toman Jerusalén y capturan a Sedequías (página 140). Nabucodonosor mata a los hijos de Sedequías ante sus ojos y ciega al monarca (página 140). Sedequías es puesto en grilletes en el calabozo y muere allí miserablemente (página 140). Jerusalén es arrasada por completo e incinerada (página 140).

Mejoría premortem en los días de la segunda destrucción de Jerusalén (página 141).

Inicio del período de mejoría premortem judía con el desastre romano de Bethorón (página 141). Hipotética mejoría premortem para el umbral del venidero fin del mundo (página 141).

Cuando la gente ande diciendo que "Todo es paz y seguridad" (página 141).

[...]

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Detalles

Título
Mejoría premortem
Universidad
University of Sevilla
Calificación
0
Autor
Año
2017
Páginas
144
No. de catálogo
V385745
Tamaño de fichero
2414 KB
Idioma
Español
Notas
Destrucciones de Jerusalén por Nabucodonosor y Tito, y el fin del mundo.
Etiqueta
mejoría
Citar trabajo
Magisterio ciencias jesus castro (Autor), 2017, Mejoría premortem, Múnich, GRIN Verlag, https://www.grin.com/document/385745

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