Volver. Novela


Elaboración, 2009

112 Páginas


Extracto

No sé si es un sueño o un recuerdo silencioso, lo cierto es que me acecha en las noches como un lobo hambriento. Es hermosa, no hay duda, y es su belleza la que más duele, me recuerda los crímenes que nunca he cometido con la certeza y el dolor de una redención lejana.

Desperté angustiado, con un grito sordo en la garganta y esa mirada hiriente como alfileres en la sien. Miré el reloj, sin duda llegaría tarde, en menos de una hora tendría que estar listo para empezar con el curso del semestre, pues gracias al tío Alfredo estaba dando un par de clases, que si bien no me dejaban mucho dinero, me permitían pasar con cierta dignidad el final de cada mes. Alfredo es un hombre brillante con un extraño sentido del humor y una frase precisa para cada ocasión; sin embargo, para las distinguidas y elegantes señoras, no es más que un tipo grosero y de pésimos modales. Empezó a fumar desde los doce años cuando un compañero del colegio le robó un par de cigarrillos a su hermano mayor, quien apenas cursaba el primer año de medicina en la Universidad del Valle. Primero se aseguraron de que la casa estuviera sola por completo, luego se acercaron a la habitación y Enrique sacó dos cigarrillos de la cajetilla que estaba sobre la mesa de noche, le pasó uno Alfredo y encendió el suyo dejando ver sus habilidades y gran dominio en aquellos temas. El tío, en una muestra de desesperada madurez, quiso imitar su gesto y probar su inusitada hombría, tomó el cigarrillo, lo llevó hasta a su boca y aspiró una fuerte bocanada de aire. Su cuerpo, intacto y libre de cualquier vicio, protestó de inmediato, sus ojos se inundaron de lágrimas, tosió una y otra vez tratando de botar esa marea oscura que empezó a cubrir cada rincón de su cuerpo; después del susto, sintió placer, el humo se convirtió en su sombra espesa y vacilante. Desde entonces, su camino lo insinúa el rastro fuerte y amargo que desprende su aliento.

En una ocasión, el Padre Virgilio, el párroco de la iglesia que quedaba en el centro del pueblo, le prohibió la entrada si seguía fumando durante la misa, pues varios de sus fieles asistentes se sentían incómodos por el humo del cigarrillo que encendía durante la lectura del Evangelio. Alfredo no puedo más que sentirse feliz por aquella decisión, pues él, que nunca creyó en Dios, sólo iba a misa para evitar el anunciado sermón de su esposa por la imperdonable falta. Cada vez que ella lo obligaba a ir, él repetía con voz dura y firme que Dios era un invento de los oligarcas conservadores para sacarle plata y tiempo al pueblo ignorante. Beatriz guardaba silencio y le cobraba aquella blasfemia con varios desplantes distribuidos estratégicamente a lo largo del día; lo peor era cuando llegaba la noche, pues ella, consciente de lo que Dios le había dado, se vestía con la ropa más ligera y sugestiva que encontraba, dejando ver su cuerpo firme y esculpido por los ángeles en los que tanto creía. Alfredo caía en la trampa y empezaba a buscarla con besos tibios, encontrando tan sólo el rechazo de su digna y devota esposa. Y él, que ante todo es un tipo muy astuto, se dio cuenta que prefería escuchar los cuentos sin gracia del venerado Padre, que aguantar los fríos y dolorosos desaires de su querida y hermosa Beatriz. Así fue como muy a su pesar e incredulidad, Alfredo se convirtió en uno de los asistentes más asiduos a la misa de los domingos, hasta que su cómplice de aventuras le dio carta blanca para salir bien librado, y sin duras, o mejor, inconclusas y lánguidas consecuencias.

Cuando llegué a la Universidad y subí a su oficina, lo encontré sentado en el borde del balcón, con la mirada perdida en el humo que se desprendía en medio de dos montañas a pocos metros de ahí.

— ¿Qué hubo viejo? —le pregunté, mientras servía un poco de café de uno de los termos que estaban en la esquina de aquel balcón. Su mirada se nubló, bajó la cabeza y me dijo:
— El tiempo envejece de prisa, Ernesto.

Hace algunos años tuvo una crisis de malparidez existencial y cansancio crónico, producto de la lectura ininterrumpida de las obras de Dostoievski, Kafka y finalmente de Fernando Vallejo que, acompañadas de los periódicos locales y algunos documentales de la National Geographic, terminaron por joder la situación; y aunque esta rutina sólo fue por unos pocos meses, bastó para que permaneciera en una clínica de reposo durante casi un año, lejos de su familia y amigos. En su estancia le prohibieron cualquier tipo de contacto con libros o periódicos que pudieran alterarlo, y desde entonces Beatriz esconde con esperanza ingenua todos los diarios y revistas que llegan a la casa, creyendo encontrar la mejor solución.
— Anoche volví a soñar con ella —le dije tratando de cambiar el tema.
— ¿Con la de la mirada extraña? —respondió con cierto tono de burla e ironía.
— Viejo no empieces, esto es serio.
— ¡Claro que es serio!, me preocupas —dijo reponiéndose de la risa.

Guardó silencio, respiró un poco y de nuevo su mirada se perdió en el vacio como tratando de dilucidar una respuesta. Me miró a los ojos y vi en los suyos un asomo de suprema sabiduría, cruzó los brazos y me dijo:

— ¡No me vayas a quitar el puesto, el loco de la familia soy yo! —y soltó una estruendosa carcajada que molestó a los compañeros que trabajaban en las oficinas al otro lado del balcón.
— Contigo no se puede —le dije mientras me marchaba. Ya era hora de la primera clase y aquel intento de discusión había terminado.

Bajando por las escaleras me encontré con el Flaco, aún me costaba trabajo reconocerlo pues hacía menos de una semana se había cortado esa larga y frondosa melena, que durante tantos años lo acompañó en sus viajes cósmicos. En vista de que la herencia de sus padres no aguantó por mucho tiempo su excéntrico estilo de vida, El Flaco decidió tragarse su orgullo y hacer algo que jamás imaginó: trabajar y conseguir el dinero por su cuenta. Al igual que yo, consiguió trabajo por recomendaciones del tío, quien al tiempo le sugirió que antes de presentarse a la entrevista con el Decano debía cambiar su estilo (sí, su estilo), el viejo no encontró otra forma para decirle que su pinta de muchacho viejo y andrajoso no iba a seducir, ni mucho menos a cautivar, a nuestro distinguido jefe.

— ¿Qué más hermano y esa cara? mínimo se fue de rumba anoche y no invitó.
— Anoche no pude dormir, volví a soñar con ella.
— ¿De verdad? esto ya se está poniendo serio ¿por qué no nos tomamos un café y me cuenta qué le pasó?.
— Voy para clase, espéreme cinco minutos y lo alcanzo.
Salí corriendo y subí hasta el segundo piso del aula central, entré al salón y al ver a los que serían mis estudiantes recordé las visitas que hacía al zoológico cuando papá quería mostrarme alguna especie exótica recién llegada a la ciudad. Estos recuerdos llegaban sin avisar y una especie de curiosidad, casi científica, me impulsaba a mirar con profundo detenimiento cada cierto tiempo a esa jungla espesa que esperaba mi llegada. Después de la absurda y monótona presentación que trajo consigo las mismas respuestas aprendidas año tras año, les entregué el instructivo del semestre y me senté sobre la mesa del escritorio.

— En la hoja que les acabo de entregar están los temas que veremos en el curso, como pueden ver hoy empezaremos con los postimpresionistas ¿alguien sabe algo al respecto? La única respuesta que se escuchó fue un estornudo en el fondo del salón.
— ¿Nadie? —volví a preguntar.

De nuevo, silencio absoluto.

— Para venir a mi clase tienen que estudiar, los espero cuando tengan algo interesante para discutir, nos vemos jóvenes

Tomé mi maleta y salí del salón —una cosa menos— pensé y una leve sonrisa de satisfacción se asomó en mi rostro. El Flaco estaba sentado en una de las mesas de la cafetería, con la pierna cruzada y un rastro oscuro de tres largos días sin afeitar. Tiene un toque bohemio que completa con una ropa vieja y mal combinada que lo hace parecer un poeta solitario. Las mujeres se sienten atraídas por aquel halo de misticismo, que en realidad no es más que el producto de su mentalidad despistada, y la ropa que toma de su padre para ahorrarse unos cuantos pesos.

— ¿Qué hubo Flaco? —le dije mientras me sentaba en su mesa.
— Bien, hermano, ¿qué le pasó?..¡Ah! antes de que se me olvide, le dije a doña María que me apuntara el desayunito en su cuenta, ¿oyó? Ahora si, cuente.

El tipo es de esos amigos con los que uno espera encontrarse en el viaje, de esos que permanecen firmes cuando el viento ha hecho estragos; y saben olvidar y sonreír cuando la memoria estorba hiriente. Claro, hay que decirlo, el tipo es un mantenido, pero gracias a su encanto se las arregla para que sus favores pasen como pequeños eventos desapercibidos.

Y es que de no haber sido por eso jamás se hubiera graduado; mientras sus compañeros se la pasaban noches enteras trabajando, él aparecía cinco minutos antes de la entrega final, con una sonrisa que derretía a las mujeres del grupo y una invitación que comprometía sus noches del fin de semana. El plan era perfecto, el tipo se acostaba con la mitad del salón, eso sí sólo con las más bonitas, pues si algo preocupa más al Flaco que la plata y la buena vida, es su fama y buen gusto con las mujeres. De la otra mitad se encargaba después, con plata y regalos que corrían por cuenta del bolsillo de sus viejos, quienes vivían felices con que Andresito estuviera sentando cabeza y estudiando algo en la universidad.

¡Qué buenos tiempos! Nos la pasábamos bebiendo y fumando en la cafetería, llegamos a formar un grupo de póker con torneos que se extendían hasta largas horas de la noche, hasta que los vigilantes llegaban a sacarnos.

Él ha sido el cómplice de ésta historia desde que eso empezó a mirarme por primera vez. Al principio me observaba desde lejos, conformándose con un ritual silencioso; pero anoche algo cambió. Poco a poco se fue descubriendo, abandonando la sombra de otros días para revelarse por completo, dejándo ver ese dolor adusto que aún no alcanzo a descifrar.

— Tiene que hacer algo antes de que esto se ponga peor —me dijo— ¿por qué no la pinta? —añadió— la mejor forma de acabar con un fantasma es exorcizándolo.

* * *

El fuego empezó a arder bajo el halo de plata que iluminaba el desierto gris. Mará estaba hermosa, se movía altiva con el ritmo de las palmas como una hechicera inquieta danzándole a las estrellas. El polvo seco que levantaba sus pasos se mezclaba con el viento que la envolvía, no podía más que mirarla y dejarse embrujar por el encanto de su cuerpo; la observó en silencio entre las carpas, dejó el arma en el suelo y permaneció inmóvil, sin respirar.

Cuando terminó el baile, la mujer enfiló su ruta hasta la tienda donde Ametz la observaba escondido. Él empezó a sentir una pulsada constante que aumentó a medida que ella se fue acercando.

— ¿Te ha gustado?, vi que me mirabas, ese baile fue para ti —le dijo agachándose y acercándole sus hombros desnudos.

Aquel joven estaba ingrávido, ausente; quiso besarla y probar sus labios, pero algo lo detuvo. Mará se apartó de su lado, vio el arma que minutos antes había dejado en el suelo y la cruz que portaba sobre el pecho al lado derecho de su uniforme.

— Veo que vienes por nosotros —le dijo con la voz seca y el alma firme.
— Vale, si quieres mátame a mi primero —y sacó una navaja que tenía escondida bajo su falda, la elevó al cielo y su brillo despuntó en la noche.

Los primeros años de mi niñez los pasé en Robledo, un pueblo de mitos erigido con el rumor de historias sin dueño y personajes sin tiempo. Tierra de hidalgos, putas y artesanos; con señoras de excelsa moral y buenas costumbres, y gamonales de turno construyendo país a punta de bala, mercados y muertos. Y es que había de todo, una amalgama de pasado en voces nuevas, un patio interminable de juegos y deseos que me provocaba un delirio exquisito de historias inconclusas.

Debido a que la situación en casa no marchaba muy bien, mis padres decidieron dejarme por algún tiempo con los abuelos mientras las cosas mejoraban. Todas las mañanas cuando el sol empezaba a arder, saltaba de la cama y corría descalzo hasta el solar, para sentir el olor de la hierba y la tierra fresca que apenas despertaban. A eso de las diez de la mañana llegaba el abuelo con el pan para el desayuno, sus ojos se llenaban de alegría, me daba un abrazo tibio, casi caliente, de esos que dan la sensación de estar en una calma plena. Su habitación era bastante sencilla, en el lado derecho tenía un viejo escaparate en donde guardaba sus secretos más íntimos: libros, poesía, documentos y recuerdos que había recogido a lo largo de su camino; en el centro, una cama blanca con acabados rosados acompañada de dos mesas de noche en las que tenía las revistas Semana, que el tío Alfredo le regalaba cada vez que iba a visitarlo.

Fue un hombre sabio, descubrió la manera perfecta para deleitar su mirada sin que nadie se diera cuenta. Todos los días se levantaba antes de las seis de la mañana y se paraba en el balcón del segundo piso, según él, para recibir el aire limpio y reflexionar en compañía del canto armonioso de los pájaros. Nunca nos atrevimos a interrumpir su espacio de calma e introspección profunda; lo que no sabíamos era que justo a esa hora pasaban por la casa, mujeres hermosas que antes de despuntar el día salían a hacer ejercicio con sudaderas ajustadas y escotes pronunciados, que dejaban poco -o vaya uno a saber— a la imaginación, sobre todo a la del abuelo, quien después de su momento reflexivo se alejaba del balcón con una sonrisa imposible de borrar.

El hombre era un conquistador en esencia, le coqueteaba a cuanta mujer pasaba por sus ojos, eso sí, como todo un señor, de tal manera que ellas no se sintieran ofendidas sino que sonrieran halagadas ante los piropos del encantador viejito. La abuela poco a poco se fue acostumbrando, hasta que llegó el día en que ella también reía como celebrándole la picardía al hombre; lo que nunca pudo soportar fue su gusto irreparable por la calle, hasta sus últimos años y antes de que la locura lo pusiera a dar vueltas por los corredores, buscó cualquier excusa para emprender camino; no podía permitir que el reloj despuntara las tres de la tarde, sin tener un pie fuera de casa.

— ¡Eh, le pica la casa! —decía la abuela cada vez que lo veía cruzar la puerta.

En las tardes salíamos cogidos de la mano, el sol se deslizaba por su piel quebrada y su mirada dejaba ver asomos de nostalgia y melancolía. Al doblar la esquina pasábamos por un pequeño negocio que con los años se fue convirtiendo en una taberna, en la que no podían faltar desde tempranas horas de la mañana, los señores que muy prestantes y acomedidos salían a hacer los mandados para el almuerzo en sus casas, encargos que se extendían hasta casi el medio día cuando empezaba el desfile de esposas entubadas y en delantal, reclamando verduras, manojos de cilantros y despojos de maridos. A la vuelta, en medio de dos casas verdes y algo rústicas, estaba la casa de Susana, su amiga eterna, y aunque los años no habían opacado su figura esbelta, su cabello era una lucha permanente entre el pasado que lidiaba por quedarse y el irremediable presente que la teñía de canas, una guerra en ocasiones confusa que dejaba como resultado visos violetas en su cabello. Derecho, sobre la misma acera, llegábamos a la Isleta, un bello y vastísimo parque rodeado por La Vieja, un río por el que navegaban muertos sin nombre y fastuosas reinas sobre canoas disputándose las fiestas del pueblo. Lo que más recuerdo de aquellas celebraciones era la infinidad de Melquiades que llegaban a mitad de año desde todas las regiones del país, armados de carpas improvisadas, tintas invisibles, tragamonedas, cigarrillos mágicos y explosivos, que le quitaban la tranquilidad a más de uno en el barrio.

Nuestro paseo terminaba en la Plaza de Bolívar, un monumento a la historia viva de Robledo. En bancas de piedra quebradiza y debajo de árboles imponentes se sentaban viejos con ganas de seguir viviendo, cómplices de lejanas épocas y nobles andanzas.

— Este país lo terminó de hundir Laureano Gómez, se cagó en el pueblo, se cagó en Dios, se cagó en la democracia —decía el abuelo con voz férrea, cada vez que le daba por hablar de política y recordar los años gloriosos de Gaitán.

Y así nos la pasábamos todas las tardes antes, recorriendo caminos inexplorados, recordando amigos del pasado y haciéndole el quite a la monotonía asfixiante que trae consigo el tiempo, la vejez y la muerte. Sin embargo, la dicha nos duró poco y sin darnos cuenta el abuelo emprendió un viaje por un camino sombrío que a mi corta edad no logré entender. Desde la muerte de su hermana el viejo no volvió a dormir, la creía ver desfilando con la piel pegada a los huesos y su aliento frío y metálico, cada vez que cerraba los ojos. Ése fue el punto de quiebre entre el delirio y la realidad. En el día su figura larga y cansada se escurría por los corredores, reponiendo pequeñas horas de sueño de sus noches de vigilia. Según contaba en sus escasos momentos de lucidez, si cerraba los ojos su hermana vendría a llevárselo; no podía dormir, de hacerlo jamás despertaría de nuevo.

¿Vienes a llevarme? Querida, aún no es tiempo ¿qué importa ya?, si podremos reír y jugar sin tiempo. Ahora ve y juega, y cuando sea el momento despiértame con un beso en la mejilla.

Una mañana cuando la familia apenas despertaba, un charco oscuro y espeso yacía sobre el piso de la cocina.

— Debe ser que a a-l-g-u-i-e-n le dio por esculcar la nevera a media noche y miren el reguero que dejó —dijo la abuela en voz alta, como para que el culpable se sintiera aludido por sus palabras. Tomó el trapeador y no volvió a mencionarse el incidente hasta que al poco tiempo, de la nada, empezó a brotar del suelo ésa marea oscura que de nuevo amenazaba con manchar de carmín la baldosa.
— Es ella, está molesta, quiere que nos vayamos juntos —dijo el abuelo apenas se percató del extraño suceso.

Tomó las velas y los cirios que la abuela tenía guardados en el bife del comedor, para ocasiones especiales como la visita del señor Obispo o Monseñor Rubiano, y los colocó uno por uno alrededor del agua estancada. Los prendió con una solemnidad majestuosa, hasta el momento ajena y desconocida, y de rodillas uniendo sus manos contra el suelo, empezó a recitar cuanto verso en latín había aprendido de su esposa.

Y así se la pasó toda la tarde, temiendo por el destino de su alma ya perdida. Mientras tanto, yo disfrutaba de aquel cuadro, pues aunque la abuela no dejaba que nadie entrara a la cocina, según ella, para evitar que la locura se propagara y contagiara a otro miembro de la familia; me inventaba cualquier excusa para pasar cerca y disfrutar del momento místico del abuelo, a quien en ningún momento se le ocurrió que el agua milagrosa pudo haber sido el resultado de una tubería rota en medio de mis juegos de pirata nocturno.

Al cabo de algunos meses, cansada de sus desvelos y de encontrarlo sentado en el borde de la cama con una linterna en la mano cada vez que abría los ojos, la abuela no aguantó más y siguiendo los consejos de la tía Ofir, fue hasta la casa del viejo Aquiles, un indio yerbatero del sur del Magdalena, quien le vendió una planta que, según él, servía para hacer dormir hasta a las bestias más pesadas.

Convencida del poder somnífero de su nueva adquisición, cogió las hojas, las molió con esmero y dedicación, y las echó en el café de las cinco que en las tardes le servía al abuelo. No sé si habrá sido fuerza de voluntad o conspiración chamanística, pero lo cierto es que a diferencia de otras ocasiones, ésta vez las maticas del viejo Aquiles funcionaron y el pobre viejo empezó a creer que, de una vez por todas, su hermana descansaba en paz.

Subí al estudio y puse el Capuccino recién hecho sobre el escritorio para que se enfriara un poco, me quite las sandalias y me senté en la hamaca colgada en el balcón. En el aire, suspendido, me sentía sin tiempo, sin espacio. Sobre la mesita de madera que me regaló mi madre en la navidad pasada, estaba el libro que había comprado hace pocos días en la Librería Nacional, un hermoso volumen de ésos de gran formato que obligan a hacer malabares con el chequecito del sueldo del mes. De un tiempo para acá, ya no tenía que robarme los libros de la Biblioteca Central, ni arrancar a escondidas las fotografías de los libros que se exhibían en las vitrinas, pues aunque es un arte que fui perfeccionando con los años, tuve que cambiar ciertos hábitos debido a la dignidad que trae consigo eso de ser profesor y a la platica que viene con esto.

Era bellísimo, analizaba la historia política y social del siglo XX y su incidencia en las representaciones y movimientos artísticos de la época. Mientras pasaba las hojas y me deleitaba con ese olor a hoja nueva y libro recién comprado, vi algo no tan bello ni tan sublime, y es que gran parte del barrido histórico estaba dedicado a la guerra, que bien dicen por ahí que es la madre del desarrollo técnico, industrial y hasta artístico del mundo, una madre que desgarra su vientre con uñas sucias y podridas hasta comerse a sí misma.

Un capítulo extenso que ocupaba más de la mitad del libro era dedicado a la Guerra Civil Española, funesto episodio que permaneció firme e ileso hasta la muerte plácida y marcial de su héroe redentor. Aparecían hermosas fotografías en blanco y negro de Robert Cappa y Agustín centelles, y reproducciones de las obras de Picasso, Dalí y Miró acompañadas por fragmentos de Machado, Alberti, Asturias, Neruda, y otros grandes.

―Y aquellos que en la sombra suscitaron la guerra, resguardados en la sombra, disfrutan su victoria. Tú en el silencio, tierra, pasión única mía, lloras tu soledad, tu pena y tu vergüenza‖ cuentan los versos de la Elegía de Cernuda de un monstruo que se tragó la tierra y eructó su victoria con un sabor a mierda y olvido; le dio por jugar parqués y los dados cayeron en España, cayeron en Guernica —mala suerte— resopló la bestia, y con un gemido que aún retumba, ahogó los gritos de espanto y dolor.

En la plaza, a lo lejos, se ven almas inquietas, hombres y mujeres, alzan gritos y banderas. Mil hilos de plata cayeron desde el cielo, las palabras se escurrieron entre lluvias de silencio. Una niñez perdida se asoma en la distancia y tras una estela de sangre dibuja un camino errante.

Como eslabones ausentes de un camino incierto se visten de colores amargos y yertos. Muertos invisibles en un país de extraños, sin memoria, ni estrategia olvidamos al tirano. En la plaza, a lo lejos ya no canta la tribuna solo llora en silencio por su historia trunca.

¡Carajo! me volvió a coger la tarde. No tuve tiempo de cambiarme, me puse las sandalias y salí corriendo con la ropa suelta de mis tertulias solitarias. Tal vez porque intuyó el afán que llevaba encima, el hijueputa del bus no me quiso parar y se alejó despacio como disfrutando mi gesto perdido. Después de veinte minutos de larga espera, apreté el culo y me monté en una lata de sardinas que, desvirtuando cualquier teoría física, recogió a cuánto pasajero se atrevió a abrirse paso en aquel nido inasible.

Por fin llegué al salón y todos me miraron expectantes, tratando de descifrar al personaje en chanclas y jeans rotos que acababa de llegar; otros me miraron con algo de miedo recordando el último episodio y unos cuantos con ínfulas retadoras. Agitado aún por el trote me senté sobre el escritorio y les pregunté cuál sería el tema de la clase.

— Vamos a hablar de los postimpresionistas, profe —respondió de inmediato una joven delgada, de ojos grandes y cara alargada sentada en la primera fila.
— Muy bien jóvenes, hablaremos entonces de Cézanne, Seurat, Gauguin, Van Gogh..
—..¡Ahh! el loco que se cortó una oreja —espetó alguien abruptamente.

No pude por menos que ofenderme, sentí rabia y frustración por la ignorancia de aquel comentario. Cómo podían hablar así de un hombre que en su largo y agónico esfuerzo sólo espery por alguien que acogiera su alma cálida y esquiva. ―El loco de la oreja‖ fue el epitafio que le otorgó la historia, nada de arte o poesía, tan sólo un instante de locura; pero ¿qué más da? ésta fue su época más brillante, en Saint Rémy pintó lleno de fuerza y ansías de vida; tal vez porque como le escribía a Theo, se sentía como ―un pájaro enjaulado que en primavera sabe que hay algo para lo que podría servir, pero la jaula resiste y el pájaro enloquece de dolor‖.
— Sí, el que se cortó la oreja —le dije después de reponerme del trago amargo— ¿pero en realidad estaba loco?
— ¡Claro! —respondieron de inmediato. La muchacha delgada de ojos grandes y abismales guardó silencio.
— Y si un día llego y les disparo a todos ¿estaría loco? —pregunté.
— ¡Por supuesto! —respondieron con mayor fuerza y energía.
— ¿y si hago lo mismo con un grupo de criminales, o para estar de moda, de terroristas, también estaría loco? —unas cuantas voces enmudecieron.
— y si en vez de ser un pintor famoso me dedico a darle clases a un grupo de niñitos ignorantes que se creen intelectuales sólo porque llevan cajas de vino barato en la mochila ¿estaría loco? —silencio total.
— Como ven jóvenes la locura es algo relativo, y espero que tengan la suficiente locura y valentía para soportar el peso de sus sombras y deseos.

Salí del salón y antes de bajar por las escaleras alguien me tomó del brazo.

— Ernesto…profe ¿podríamos tomarnos algo?.

Era la muchacha sentada en la primera fila, de frente pude observarla mejor, era delgada y extremadamente alta, como si la fuerza de su cuerpo le llegara sólo hasta la cintura y su torso se inclinara de un lado para el otro por azar del viento. Sus ojos, vulgar y atrevidamente invadidos de una mancha violeta oscura, eran como los de un muñeco cursi y contrastaban con unos pequeños y alargados labios, insinuados por una débil línea escarlata, parecidos a los de una anciana. Sin más palabras, era la imitación gótica perfecta de la eterna Julieta del marinero come yerba.

Después de tres cafés y un largo monólogo que me tenía al borde del sueño, la pobre muchacha pareció tomar aliento, tragar saliva y armarse de valor:

— Profe, usted me parece muy interesante, me gustaría conocerlo mejor.

Las ganas de reír me despertaron de inmediato, quise reír y soltar una carcajada que se escuchara hasta el otro lado del planeta; sin embargo, la poca decencia que aún me quedaba resurgió de lo más profundo, guardé silencio y puse mi mejor cara.

— Usted también me parece muy interesante, señorita.

Alzó la mirada y su rostro oscuro se iluminó.

— Su rostro parece una obra cubista de Picasso —le dije.
— Gracias
— .….

Y a pesar de todo, de lo ridículo del episodio y del adefesio gótico echándome los perros, sentí que algo se había movido, no sólo la decencia que había creído perdida; se trataba de otra cosa, de algo mucho más profundo y certero. El tiempo, al igual que la soledad, pasa inadvertida, como hilos invisibles que sin anuncio surcan el cuerpo, cada día con más fuerza y ahínco, hasta que la sangre los mancha de carmín y en medio del dolor despertamos atrapados. Como alguna vez dijo Ensor, “me he confinado alegremente en el ambiente solitario donde triunfa la máscara, lleno de violencia, de luz y de resplandor”.

Siempre quise estudiar literatura, cuando era niño tenía un pacto silencioso con el universo. En el día se abría el telón, iba al colegio y escuchaba los cuentos sin gracia con la simpleza y arrogancia propia de mis profesores, repitiendo sin alma la historia triste que les fue enseñada; en las noches todo cambiaba, empezaba la magia, inventaba vidas y personajes que luego creía ver caminando en las calles, con sus temores y secretos más profundos.

Lucía, la vecina de la casa del lado, es una agente secreta que llegó al barrio para investigar el misterio de la desaparición de nuestras correspondencias. Todas las mañana los buzones amanecen vacíos a pesar de que las cartas son repartidas en la madrugada por el cartero de turno. Lo que Lucía no sabe es que a tres casas a la derecha está Marcos, un viejo solitario al que le gusta enterarse de la vida de sus vecinos para asegurarse de que no sean criminales planeando atentados o incursiones guerrilleras. El pobre viejo quedó viendo conspiraciones después de su paso por el ejército; desde entonces, Tomás, su nieto, se hace cargo de él y lo cuida en las tardes. Los fines de semana trabaja en el granero de la esquina ayudando a don Jacinto en los mandados que se ofrecen durante el día; cuando su jefe se distrae, Tomás hunde los brazos entre los granos de arroz hasta sentir cómo se deslizan por su piel.

A Tomás le gusta Lucía, pero ella no lo sabe. Esta tarde él irá a su casa para dejarle algunas cosas que le pidió a don Jacinto y le pedirá que vaya con él a cine. Desde que la vio por primera vez hace tres meses, ensaya la frase perfecta para el momento perfecto de su anunciada invitación. Lo que Tomás no sabe es que el amor es como un fila india, y Lucía ya está enamorada del fulano que tiene en frente, y no piensa voltear atrás para fijarse en el pobre ayudante que le deja poemas anónimos en su puerta. Al día siguiente, Tomás hundirá las manos entre los arroces y los apretará con fuerza hasta clavarlos en su piel y hacerla sangrar.

Cada vez que veía a Tomás pasar por mi ventana, quería gritarle que no se rindiera, que en algún momento Lucía voltearía y lo vería esperando un guiño que le indicara que su oportunidad ya había llegado.

Y como fui yo quien dio inicio a esta historia, me sentí en la obligación de dejar en alto el nombre de Tomás, y hacer que Lucía se fijara en él y cambiara el sentido de su fila india. Así que con la mejor letra que pude tener a mi corta edad, le envié cartas de amor a Tomás firmadas con el nombre de su amada. Claro que éste enredo no tardó en descubrirse y en sumarse a mi lista interminable, y de paso imperdonable, de historias y leyendas.

Sin embargo, mi insolencia y mis ínfulas de juglar medieval no les cayó en gracia a los viejos, quienes después de aguantar quejas y comentarios malintencionados, decidieron que la mejor forma de encausar mi camino era alejándome de las historias que tanto daño me hacían; como en una novela de Ray Bradbury hicieron una fogata con todos mis libros, echaron al fuego al Caballero de la noche, al Fantasma calavérico, mis dibujos y los escuetos relatos que alcancé a esbozar, tal vez porque en el fondo sabían que cómo reza el adagio, lo único que sirve para que los muertos no vuelvan es el fuego.

Permanecí varios días sin salir de casa, se fueron mis historias y con ellas mi niñez y mis ganas de volar; ése día entendí que el mundo no estaba hecho de versos como yo creía, sino de miedo y frustración. Años más tarde cuando quise escribir de nuevo, sentí el peso de aquella sentencia arcana, ya no había magia, tan sólo verbos en pasado. Me di cuenta que las letras serían mi pasión oculta, como una puta, una amante clandestina a la que sólo se recurre en busca de calma y placer.

Siguiendo los consejos de mi abuelo, me incliné por mi otra pasión, la pintura. Después de muchos años de aguante y noches de póker con El Flaco me gradué de la Universidad. El diploma reposa fulgurante en la sala de mis padres, quienes lo exhiben con orgullo, y no dudan en exaltar las proezas de su hijo cada vez que llega a casa alguna incauta visita. Al final, tuve ganas de decir adiós, era hora de emprender un nuevo camino y de paso volverme un hombre serio y maduro. Empecé a empacar las cosas de mi cuarto y ahí tuve el primer tropiezo de mi vida adulta, no sabía si llevarme la colección de muñecos de Star Wars o de la Ligua de la Justicia, fue una larga disyuntiva en la que me eché más de media tarde. Luego de mucho pensar decidí que lo mejor sería dejarlos en casa, los empaqué cuidadosamente en una caja que luego subí a la parte más alta del armario, con la precaución de que no quedaran en una parte visible para que a mis padres no les diera por hacer una fogata en mi honor.

Después vinieron los libros y la música, dura elección; tuve que guardar espacio para cosas que aunque menos bellas y sublimes, eran más prácticas. Tomé ―El Túnel‖ de Sábato, un el ―Lobo Estepario‖ de Hesse que por aquellos días empecé a leer.

[ Is this the real life?

Is this just fantasy?

Caught in a landslide,

No escape from reality.

Open your eyes, Look up to the skies and see

( ).Goodbye, ev'rybody, I've got to go

Gotta leave you all behind and face the truth]

Cantaba Mercury mientras me marchaba. Atrás quedarían los amores que nunca tuve y el rastro de lo que alguna vez fui.

— Vea, hermano. Muévale que yo no voy a estar aquí esperándolo todo el día— dijo (¿dijo?) bueno, escupió el tipo de la mudanza.

Un tipo bajito con una gorra roja de maya transparente y una camisilla con cierto tono ocre grisáceo producto del mugre y el sudor que se pega y concentra con el tiempo; además, tenía una barriga prominente y un cierto aire familiar que me recordaba las reuniones de diciembre alrededor de la lechona de año nuevo.

— Ya va —gritó mi mamá desde el balcón.

La pobre no paraba de llorar, me abrazaba cada tantos segundos pasando sus manos una y otra y vez sobre mi cabello, como si estuviéramos en medio de algún ritual ancestral y aquellos movimientos garantizaran mi protección. Para terminar me encomendó al repertorio de sus santos y a otros cuantos que ni conocía, pero que no estaban demás por si las moscas. Mi padre, entero e impasible, me esperó con las maletas en la puerta, me dio un abrazo y con esa firmeza que mantuvo durante toda su vida, la misma que le impidió llorar o decir ―te quiero‖, me pidiy que apenas llegara lo llamara para darle los pormenores del viaje.

Ahí estaba después de tantos reclamos y discusiones perdidas, queriendo decir ―te amo‖, pensando en cómo devolver el tiempo para regalar los abrazos que nunca llegaron. Al final sólo quedó el silencio, ese inmenso abismo que termina por desnudar las verdades de quienes caen en él. Fue entonces cuando una lágrima rodó al tiempo por nuestras mejillas y entendimos como un par de viejos amigos que se encuentra a la vera del camino, que ya todo había pasado.

No lo sabíamos, jamás volveríamos a vernos.

[...]

Final del extracto de 112 páginas

Detalles

Título
Volver. Novela
Autor
Año
2009
Páginas
112
No. de catálogo
V209545
ISBN (Ebook)
9783656373322
Tamaño de fichero
867 KB
Idioma
Español
Notas
Etiqueta
Literatura, Novela
Citar trabajo
Comunicadora Social - Periodista Claudia Marcela Estrada Garcia (Autor), 2009, Volver. Novela, Múnich, GRIN Verlag, https://www.grin.com/document/209545

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