Lunfardo, un análisis histórico del habla popular de los argentinos


Tesis (Diplomatura), 2014
82 Páginas, Calificación: 110/110

Extracto

Índice

1. El lunfardo, definición y origen.
1.1 Introducción. La cuestión del idioma y el lunfardo.
1.2 El origen de la voz Lunfardo.
1.3 Primeros testimonios sobre el lunfardo.
1.4 La naturaleza del lunfardo.
1.5 Hacia una definición.
1.6 El peso connotativo del lunfardo. ¿Por qué usamos el lunfardo?.

2. Formación del léxico lunfardo.
2.1 Aportes de otras lenguas.
2.1.1 Los italianos y los italianismos.
2.1.2 Las lenguas ibéricas, la germanía y el caló.
2.2 Nuevas acepciones de palabras españolas.
2.3 Cambios morfológicos.
2.3.1 Palabras lunfardas surgidas por derivación.
2.3.2 Palabras lunfardas surgidas por composición.
2.4 El vesre.
2.5 Fonética y ortografía del lunfardo.

3. Recorrido histórico a través de la música: del tango al rock nacional.
3.1 El lunfardo y el tango.
3.2 La censura del lunfardo.
3.3 El barrio como hilo conductor.
3.4 Del tango al rock nacional.

Bibliografía.

Sitografía.

1. El lunfardo, definición y origen.

1.1 Introducción. La cuestión del idioma y el lunfardo.

La difusión territorial de la lengua española ha sido tan amplia que no puede esperarse de ella sino un léxico vastísimo al que cada región de Hispanoamérica ha contribuido con miles de vocablos. En la Argentina – donde el idioma español ha sufrido transformaciones dialectales decisivas como el voseo, con las consecuentes variaciones en el paradigma verbal, la cantidad de los denominados argentinismos – es considerable. En el conjunto de los argentinismos, entre los que se cuentan no solo palabras de uso común en todo el país sino también regionalismos propios de distintas provincias o regiones, una importante cantidad de términos pertenece al lunfardo. De ese modo, el lunfardo se suma a otros rasgos lingüísticos, fonéticos y morfológicos propios del habla de los argentinos, con el aporte de un caudal léxico imaginativo y lleno de matices.

En torno al origen del lunfardo circula una gran cantidad de fantasías. La más grande y disparatada de todas dice que el lunfardo es un idioma. Se trata de un grave error conceptual, cuyas raíces pueden hallarse en el siglo XIX, en la vieja aspiración argentina de estar forjando una lengua nacional.

Desde entonces no han sido pocos los pensadores e intelectuales que postularon la existencia – o soñaron con la creación – de un idioma nacional de los argentinos. Este principio, impulsado entre otros por el poeta Juan María Gutierrez, fue defendido y llevado hasta el límite en 1900 por el francés Lucien Abeille quien publicó en París un libro llamado justamente «Idioma nacional de los argentinos», donde proponía una especie de mixtura entre el español y los aportes tanto de lenguas aborígenes como europeas. La doctrina de Abeille podría reducirse a un único principio: un país necesita lengua propia. Respondiendo a dicho principio el francés sostiene con cierta impunidad que:

el idioma nacional de los argentinos se aleja de la lengua castellana en su vocabulario, en su sintaxis, en su fonética. Su período se ha libertado de las frases incidentes tan comunes en el período español, y se ha organizado un mecanismo sintáctico propio que va derecho a la expresión más precisa y clara. Este trabajo, esta independencia en el idioma, es la imagen de la independencia lingüística que el pueblo argentino ha sabido conquistar.[1]

Es evidente que los cambios lingüísticos que estaba experimentando el español hablado en Argentina constituían para Abeille un signo positivo, una revelación de lo que pronto sucedería: estaba a punto de nacer el “idioma argentino”. La ingente masa inmigratoria iba gestando una nueva raza y consecuentemente, según razonaba Abeille, esta forjaría un nuevo idioma.

En los años siguientes la polémica por la lengua se reavivó alcanzando su punto más alto con la publicación en 1902 del extenso artículo «El criollismo en la literatura argentina», de Ernesto Quesada, texto que también desarrolla una tesis de cuño nacionalista, defendida por familias criollas tradicionales, fieles a la tradición hispánica.

En principio el ensayo de Quesada nació como respuesta al larguísimo poema «Nostalgias» – una suerte de novela de tema gauchesco escrita en más de doce mil versos – publicado en París en 1901 por Francisco Soto y Calvo. Quesada denuncia excesos de color local en la obra de Soto y Calvo, como también en aquellas obras que considera parodias criollistas por no preservar, según su opinión, los valores del auténtico criollo. Es decir, Quesada cuestionaba abiertamente el carácter de “literatura nacional” que se le estaba otorgando a la producción criollista. El género gauchesco se ha corrompido, según Quesada, y esa degradación se evidencia sobre todo en ese híbrido ítalo-criollo que es el “cocoliche”, que junto con el “dialecto orillero” – y a menudo entremezclado con él en el mismo texto – prosperaba en ese período.

Quesada afirma que «la jerga de ese género criollo-compadrito-orillero usa un lenguaje en el cual son visibles las infiltraciones del vocabulario lunfardo, es decir, el de la gente de mal vivir». Por primera vez el lunfardo es mencionado en la polémica en torno al “idioma argentino”. En nota a pie de página Quesada agrega su concepción del lunfardo:

El lunfardo es la jerga de los delincuentes. Ese dialecto es un verdadero tecnicismo, lleno de colorido, y en el cual se ha variado intencionalmente el significado de las palabras; mientras que, en el gauchesco, los términos castellanos conservan siempre su acepción lexicográfica, y es solo su ortografía y su pronunciación lo que varía. En las grandes ciudades argentinas, en las cuales la clase de los delincuentes es numerosa, es visible la influencia del lunfardo en el lenguaje popular, principalmente orillero. ¿Hasta dónde llegará esa compenetración?.[2]

La polémica dio para todo, incluso para un graciosísimo cuadro costumbrista, que Carlos Correa Luna publicó en el número 213 de Caras y Caretas el 1° de noviembre de 1902, titulado «La cuestión del criollismo», en el que un personaje de habla gauchesca le recrimina a un inmigrante italiano las deformaciones idiomáticas del español:

Ah, tano lengua e’ trapo! Cuándo vas a aprender a hablar en castiya? ¿Qué no sabés que áura no se puede barbariar d’esa manera?... Vos no t’instruís, ché, no sabés un pito, y ahí tenés lo que sucede…Andás corrompiendo el idioma y estamos cerquita’ e que nadie se va’ entender en Buenos Aires…

Esta ardorosa disputa entre los propulsores de un “idioma argentino”, encabezados por Abeille, y los puristas, que – aun con algunas disidencias en el frente interno – se encolumnaban detrás de Ernesto Quesada se reavivó a mediados de la década de 1920 gracias a la figura de un joven Jorge Luis Borges.

En 1927, en una conferencia titulada significativamente «El idioma de los argentinos» Borges arremete contra lo que él llamaba “arrabalero”, habla utilizida por los compadritos, «una decantación o divulgación del lunfardo, que es jerigonza ocultadiza de los ladrones»[3]. En «Invectiva contra el arrabalero», Borges había aceptado que unos pocos escritores se servían hábilmente de ese vocabulario que para él era ineficiente y criticable entre ellos, el escritor Roberto Arlt quien no solamente conocía y usaba muy bien el lunfardo, sino que lo defendía como un modo de expresión legítimo contra los puristas de la lengua – entre ellos el gramático Ricardo Monner Sans – que lo consideraban un peligro que debía ser conjurado.

Con el tiempo, los autores que continuaron concibiendo al lunfardo como una jerga carcelaria o ladronil intentaron por todos los medios distinguirlo del habla del pueblo, pero para ese entonces, hacía décadas que el pueblo venía llamando lunfardo al habla popular de Buenos Aires.

1.2 El origen de la voz Lunfardo.

Para precisar el origen de la voz lunfardo, los estudiosos concuerdan en la necesidad de remitirnos a un artículo titulado precisamente «El lunfardo», escrito por el profesor Amaro Villanueva y publicado en 1962 por la revista de la Universidad Nacional del Litoral. Según Villanueva, la voz lunfardo nace de una corrupción de un vocablo del romanesco, es decir, el habla de Roma. El estudioso encontró en el Vocabolario romanesco, de Filippo Chiappini, el término lombardo con el significado de ladrón, además de un verbo derivado: lombardare, que significa robar. Según explica Villanueva, la evolución de la palabra, transplantada ya a la Argentina, habría sido: lombardo > lumbardo > lunfardo. El profesor logra sostener su hipótesis gracias a la variante intermedia lumbardo, atestiguada como una forma local de transición en el folletín publicado en 1886 por el periodista Ramón Romero, «Los amores de Giacumina». En dicha novela podemos leer: «Entre los novios que teñiba Giacumina había un lumbardo». Este testimonio del uso de la forma intermedia, aunque con valor de gentilicio, le permite a Villanueva avanzar en su hipótesis. Después de haber explicado el paso de la o a una u, para ilustrar el paso de la b a una v y su posterior transformación en una f, el académico recurre a algunos testimonios de fonética napolitana, lengua en la que se tiende a convertir la b – bilabial oclusiva – del toscano o italiano estándar en v – labiodental fricativa – como en “cravone” por “carbone” o en “lavurante” por “laborante”.

Una vez ilustrados los distintos pasajes que a partir de la voz lombardo derivaron en lunfardo, resta aún por resolver otro aspecto importante, el del significado. Aspecto al cual Villanueva dedica el cierre de su artículo. Para explicar cómo el gentilicio lombardo – nacido en Lombardía – llegó a equivaler a “ladrón”es necesario remontarnos al medioevo, período en el cual surge dicha acepción, aunque en Italia la voz no corrió con este sentido hasta el siglo XVIII. Villanueva se remite entonces a un sustantivo del francés medieval, lombart – y su variante lumbart –, que significaba “prestamista”, “usurero”, en virtud de que los primeros que ejercieron en Francia este negocio eran de origen lombardo. Corroboran lo afirmado por Villanueva, unos versos del poeta François Villon – nacido en París en 1431 –, incluidos en el poema «La requeste que Villon bailla à Monseigneur de Bourbon» («La petición que Villon le hace a Monseñor de Borbón»), en los que se registra esa identificación entre el gentilicio y su carácter de prestamista:

Si je pensois vendre de ma santé

a ung Lombard, usurier par nature,

faulte d’argent m’a si fort enchanté,

que j’en prendrois, ce croy-je, l’adventure.

Pero no es absolutamente necesario remitirse al francés para comprobar la validez de su hipótesis, ya que más de un siglo antes que Villon, Bocaccio ya utiliza éste término. En el primer cuento de la Jornada Primera del Decamerón se cuenta la historia de Micer Ciappelletto, hospedado en casa de dos “prestamistas florentinos”. Cuando el protagonista del relato enferma, sus huéspedes contemplan la posibilidad de desalojarlo, pero enseguida la desestiman porque:

Il popolo di questa terra, il quale sì per lo mestiere nostro, il quale loro pare iniquissimo e tutto ‘l giorno ne dicon male, e sì per la volontà che hanno di rubarci, veggendo ciò, si leverà a romore e griderrà: “Questi lombardi cani, li quali a chiesa non sono voluti ricevere, non ci si vogliono più sostenere”.

Es decir:

el pueblo de esta tierra, tanto por nuestro oficio, que les parece injustísimo y al que todo el día se pasan maldiciendo, como por el deseo que tiene de robarnos, viéndolo, se amotinará y gritará: “No se puede seguir aguantando más a estos perros lombardos a los que la iglesia no quiere recibir.

Como el cuento ya había establecido antes que los personajes eran florentinos, es fácil deducir que la palabra lombardo no es usada como gentilicio, sino con el sentido de usurero. De usurero a ladrón el camino es muy breve, ya que en el imaginario popular aquellos que se dedican al negocio de la usura son considerados verdaderos ladrones.

Su evolución a partir del romanesco lombardo marcará durante décadas el destino del lunfardo y su inevitable asociación con el mundo de la delincuencia, un lugar común del que ni siquiera el gran Jorge Luis Borges pudo escapar. En la primera edición de «El tamaño de mi esperanza» (1926), un joven Borges arremeterá contra el lunfardo con palabras que aún hoy resuenan lacerantes: «El lunfardo es un vocabulario gremial como tantos otros, es la tecnología de la furca y de la ganzúa».[4] Tendrá que pasar mucho tiempo para que dicha concepción, tan arraigada en el imaginario colectivo, se transforme en un dato anecdótico.

1.3 Primeros testimonios sobre el lunfardo.

El acta de nacimiento del lunfardo, en cuanto vocabulario empleado por los jóvenes porteños de las clases modestas, no es anterior a 1878. No es raro que los primeros documentos escritos que prestan testimonio sobre el nacimiento del habla popular de los argentinos provengan del ámbito policíaco. Sus primeros compiladores fueron criminalistas o policías, hecho que contribuyó a afianzar la teoría sobre la estrecha relación entre el lunfardo y el mundo de la delincuencia. En 1878 aparece en el diario «La Prensa» un artículo que se refería al lenguaje de los ladrones de Buenos Aires con el nombre lunfardo. Un año más tarde, en 1879, el periodista Benigno Baldomero Lugones publica en el periódico «La Nación» dos extensos artículos titulados «Los beduinos urbanos» y «Los caballeros de la industria»[5]. En ellos Lugones reseñaba el modus operandi de los ladrones de la ciudad.

El habla de esos ladrones incluía 56 palabras, muchas de las cuales circulaban ya con total libertad en el habla popular. Podemos hablar entonces de falsos lunfardismos, es decir, aquellas palabras que formaban parte del habla de la gente común pero que por haber sido escuchadas en boca de ladrones habían sido catalogadas como pertenecientes a la jerga de los “beduinos urbanos”, tal y como los definió el mismo Lugones.

Pocos años después de los escritos periodísticos de Lugones, el periódico «La Crónica» publicó en 1883 un artículo titulado «El conventillo Aravena», en el que un anónimo cronista, además de trazar una suerte de historia de ese lugar, aportaba la, seguramente, más antigua definición del término lunfardo en tanto lenguaje:

El lunfardo no es otra cosa que un amasijo de dialectos italianos de inteligencia común y utilizado por los ladrones del país que también le han agregado expresiones pintorescas; esto lo prueban las palabras ancun, estrilar, shacamento y tantas otras.

Casi diez años después de los artículos de Lugones, el jurista Luis María Drago publicó en 1888 «Los hombres de presa», un ensayo de antropología criminal que consagra al estudio de las características físicas y morales de los delincuentes. Dice Drago en el capítulo VIII:

En el lunfardo (palabra que designa al mismo tiempo la jerga y los que se valen de ella) de los ladrones bonaerenses, se notan muchas locuciones cuyo empleo a todas luces revela la necesidad de recurrir en ciertos casos a una jerigonza especial, desconocida de los profanos, pero otras palabras demuestran a las claras su origen profesional.

Drago, como Lugones, denomina lunfardo a este fenómeno lingüístico y lo concibe, igual que aquel, como una jerga delictiva a la que dice haber accedido gracias a un comisario de apellido Socas, que le permitió conversar con algunos ladrones presos. En este texto registró treinta y cuatro vocablos, ocho de los cuales constituían una novedad respecto a los artículos publicados por Lugones.

En la misma línea, en 1894 el famoso criminalista Antonio Dellepiane publica el «Diccionario Lunfardo», un complemento de su estudio sobre el idioma del delito. Se trata de unas 400 palabras recopiladas por ser consideradas ladroniles, pero que pertenecían en su mayoría al habla común. Entre estos falsos lunfardismos es posible citar: abatatarse (avergonzarse), atorrante (vago), atorrar (dormir), atorradero (lugar de atorro), atorro (la acción y efecto de dormir), bacán (patrón), batifondio (gresca), batuque (desorden), boliche (despacho de bebidas), cabrero (hombre receloso), caco (ladrón), chafe (vigilante), esbirro (carcelero), estrilar (renegar), farra (distracción), gamba (pierna), pilcha (manta).

El léxico inventariado por Dellapiane, se verá incrementado en 1915 gracias a los aportes del oficial del Servicio Penitenciario Luis Contreras Villamayor quien en su libro «El lenguaje del bajofondo» reúne alrededor de 1300 palabras consideradas lunfardas.

A más de un siglo de distancia de los primeros testimonios escritos, el habla popular de los argentinos se ha ido enriqueciendo hasta contar, hoy por hoy, con más de 3000 palabras consideradas lunfardas. El concepto lunfardo abarca, los vocablos jergales traídos por la delincuencia extranjera, que no son los más numerosos, ya que hay que considerar también los traídos por honestos inmigrantes e incorporados por sus hijos al propio vocabulario. Tampoco debemos desestimar el valor de las creaciones locales que comenzaron a ser más frecuentes cuando cesó la inmigración.

1.4 La naturaleza del lunfardo.

El lunfardo es un fenómeno lingüístico particular, pero que se relaciona con otros fenómenos lingüísticos semejantes y reconocibles que se han desarrollado en otras sociedades y culturas, como el argot francés, por ejemplo.

La palabra francesa argot ha sido considerada una deformación del vocablo jargon – literalmente “jerga” –, término que designó en su origen a cierto vocabulario que corría entre bandoleros, mendigos y vendedores ambulantes en la Francia de los siglos XV y XVI. El primer testimonio del jargon data de 1455, cuando fueron capturados y juzgados en Dijon los miembros de la banda de los Coquillards. La conclusión inmediata parece ser que, si el argot es concebido en su origen como un vocabulario de carácter secreto, así debería ocurrir también con los demás argots no franceses. Más allá de que, salvo excepciones, en las últimas décadas los lexicógrafos y lingüistas dedicados al argot no lo consideran meramente un vocabulario delictivo sino más bien un habla popular, lo cierto es que, en su uso habitual, el concepto de argot está cargado de connotaciones negativas, y que sus definiciones en los diccionarios corrientes son imprecisas.

Por ejemplo, el Diccionario de la Real Academia Española (2001) ofrece de argot dos acepciones. La primera de ellas es «jerga, jerigonza». Si se busca jerga, se encuentra: «lenguaje especial y familiar que usan entre sí los individuos de ciertas profesiones y oficios, como los toreros, los estudiantes, etc.». Si se busca jerigonza, se lee: «lenguaje especial de algunos gremios» y, en segundo lugar, «lenguaje de mal gusto, complicado y difícil de entender», que aunque no es completamente apropiada resulta más cercana al sentido con que esta palabra comúnmente se usa. Resulta curioso que ambas definiciones – la de jerga y la de jerigonza – apunten al carácter de “lenguaje especial” restringido a grupos cerrados. Y lo es más todavía cuando se consulta la segunda definición de argot en el DRAE: «lenguaje especial entre personas de un mismo oficio o actividad». Omitiendo el hecho de que ambas definiciones significan lo mismo, de acuerdo con las mismas, si el lunfardo fuese un argot estaríamos forzados a utilizarlo solo con nuestros colegas, y a la vez, no podríamos darle un uso familiar o íntimo. La noción de argot ha ido variando con el tiempo, pero subsiste en su definición una ambigüedad inquietante. De más está decir que lo que ocurre con el hiperónimo argot se verifica consecuentemente con sus hipónimos – slang, gíria, lunfardo, etcétera –. Nadie sabe muy bien qué son y cómo definirlos. En general, los diccionarios de retórica y de lingüística repiten estas imprecisiones. Según estas entradas de lexicones y enciclopedias especializados, una jerga o argot es un lenguaje especial utilizado familiarmente, o bien por personas que pertenecen a un grupo sociocultural determinado, o por quienes comparten un mismo dominio profesional, oficio u ocupación. En esta mezcla y confusión conceptual también pueden encontrarse definiciones que acentúan su carácter de habla marginal o de lenguaje empleado por grupos socialmente mal considerados.

Sin duda, la mayor parte de estas definiciones son funcionalistas, es decir, derivan de las funciones que se supone que ese argot cumple. Según algunos autores, la función primordial del argot es impedir la comprensión a los no iniciados – dimensión críptica –; para otros consiste en dar cuenta de la pertenencia a un grupo determinado – dimensión identitaria –; de acuerdo con una tercera postura, prima un afán de juego – dimensión lúdica –. Algunos, por supuesto, sostienen que las tres funciones pueden coexistir aunque, según cada autor, se destaque una función sobre las otras.

1.5 Hacia una definición.

Está claro que el lunfardo no es un idioma. No lo es porque es imposible hablar completamente en lunfardo, como sí puede hablarse en quichua, en guaraní o en portugués. Y esto es así porque el lunfardo no cuenta con pronombres ni preposiciones ni conjunciones, porque apenas suma unos cuantos adverbios y porque – esto es lo fundamental – utiliza básicamente los mismos mecanismos morfológicos del español para la conjugación de verbos y la flexión de sustantivos y adjetivos, y se sirve de la misma sintaxis castellana de cualquier hispanoablante. En una palabra, no es posible hablar completamente en lunfardo, sino a lo sumo hablar con lunfardo.

El lunfardo tampoco es un dialecto, si se considera dialecto a la variedad regional de una lengua. Dicho de otro modo, un dialecto sería el conjunto «de formas lingüísticas que utilizan , en forma ideal, todos los miembros de una comunidad lingüística para comunicarse entre sí».[6] Evidentemente existe un dialecto rioplatense o porteño – refiriéndonos con este término a una persona natural de la ciudad de Buenos Aires – de la lengua española, lo cual implica la confluencia de diversos elementos además de aquellos que pertenecen al campo lexical: una fonética determinada – un modo particular de pronunciar la ese, la ce, la ye, etcétera – , pronombres alternativos de segunda persona – “vos” y “ustedes” – diferentes de los pronombres del español estándar – “tú” y “vosotros” – , la consiguiente concordancia verbal con estos pronombres – “vos podés” y no “vos puedes”; “ustedes saben” y no “ustedes sabéis” –.

Claro que un dialecto también se reconoce por sus palabras y, en ese caso, podría decirse que el lunfardo es un elemento más entre los que caracterizan el dialecto de Buenos Aires. Pero en el plano léxico deben considerarse otros aspectos que nada tienen que ver con el lunfardo. Los hablantes de un dialecto seleccionan, entre todos los lexemas que integran la lengua, algunos que difieren de los que eligen los hablantes de esa misma lengua en otros lugares. Por ejemplo, un hablante del dialecto rioplatense conoce como “frutilla” y “durazno” a las frutas que un hablante del español peninsular denomina respectivamente “fresa” y “melocotón”, o “pollera” a la vestimenta que en España es una “falda”. En la península se enciende el fuego con “cerillas”, y en el Río de la Plata con “fósforos”.

Pero, ¿qué es en definitiva el lunfardo?. Su definición ha ido cambiando de forma sustancial a lo largo de los años. En 1972 Arturo López Peña lo definía de la siguiente manera: «Entiendo por lunfardo el conjunto de voces jergales que se usan con sentido delictivo o con un sentido íntimamente vinculado con el delito»[7], pero no ignoraba que para la generalidad del pueblo la palabra lunfardo era la preferida en aquel entonces para designar el habla vulgar[8]. Todavía se encuentran definiciones equivocadas en prestigiosísimos diccionarios castellanos. María Moliner, detrás de una primera acepción completamente errada – ratero, chulo o rufián – , define al lunfardo como «jerga de la gente maleante de Buenos Aires y sus alrededores»[9]. En un diccionario más reciente pero no menos prestigioso, Manuel Seco persiste en la asociación con el universo delictivo: «jerga popular, originariamente de maleantes, típica de Buenos Aires y extendida por los países del Plata».[10]

A significativa distancia de estos lexicógrafos españoles, Luis ricardo Furlan acentúa ciertas notas distintivas del lunfardo: su estrecha relación con la inmigración, su movilidad social desde las clases humildes y, por último, su vigencia. Esta es la sencilla pero contundente definición de Furlan:

Algunos lo consideran un lenguaje; otros un dialecto. Para nosotros es un vocabulario de procedencia inmigratoria, difundido en los estratos bajos, en ascenso a otras clases sociales y que continuamente se enriquece con nuevos aportes. [11]

Entre tantas definiciones, el fundador, miembro y presidente de la Academia Porteña del Lunfardo, José Gobello, escribió en 1959: «Ya no llamamos lunfardo al lenguaje frustradamente esotérico de los delincuentes sino al que habla el porteño cuando empieza a entrar en confianza».[12] En 1989 Gobello ensayó una nueva definición, más amplia y descriptiva, y mucho más precisa, que enseña que el lunfardo es un:

“repertorio léxico que ha pasado al habla coloquial de Buenos Aires y otras ciudades argentinas y uruguayas, formado con voablos dialectales o jergales llevados por la inmigración, de los que unos fueron difundidos por el teatro, el tango y la literatura popular, en tanto que otros permanecieron en los hogares de los inmigrantes, y a los que deben agregarse voces aborígenes y portuguesas que se encontraban ya en el habla coloquial de Buenos Aires y su campaña, algunos términos argóticos llevados por el proxenetismo francés; los del español popular y del caló llevados por el género chico español, y los de creación local”.[13]

Esta nueva definición se centra en el hecho de que el lunfardo es básicamente un repertorio de términos inmigrados, particularidad que lo distingue de otras hablas populares del mundo, que generalmente se componen de vocablos que pertenecen a la misma lengua en la que se hallan insertos. En poco más de un cuarto de siglo, y solo gracias a la inmigración, el lunfardo se formó con centenares de términos europeos, sobre todo procedentes de lenguas de la península itálica, que fueron amalgamándose además con palabras que integraban el sustrato lingüístico aborigen, y que también llegaron a Buenos Aires a través de oleadas migratorias internas. Esta dominancia de extranjerismos o xenismos, propiciada por un ambiente migratorio, es lo que hace del lunfardo un fenómeno lingüístico único.

Con todo, si se hiciera hincapié solamente en esta característica, se correría el riesgo de pensar que el lunfardo es cosa del pasado y que, una vez extinguido casi por completo el flujo inmigratorio hacia la Argentina, debió de cerrarle sus puertas a todo otro nuevo vocablo. Claramente, esto no es así. En efecto, el lunfardo se conformó en su origen con términos aportados por la inmigración, pero en modo alguno es un vocabulario cerrado o histórico. De hecho, la definición de Gobello carece de un elemento importante: dejar establecido que el lunfardo no es un vocabulario cerrado, ni un fenómeno de tiempos idos, sino por completo vigente, dado que, una vez concluida la oleada inmigratoria europea, se amplió y se sigue ampliando generosamente con palabras provenientes de diversos ámbitos, casi todas ellas de creación local, la mayoría formadas sobre la base de la lengua española.

Unos años más tarde, en 1996, Gobello ensayó una nueva definición de sintética claridad, a la que agregó un elemento decisivo desde el punto de vista de la descripción lingúística: definió al lunfardo como un «vocabulario compuesto por voces de diverso origen que el hablante de Buenos Aires emplea en oposición al habla general»[14].

En línea con la definición de Gobello, Oscar Conde propone la siguiente:

El lunfardo es un repertorio léxico, limitado a la región rioplatense en su origen, constituido por términos y expresiones populares de diversa procedencia utilizados en alternancia o abierta oposición a los del español estándar y difundido transversalmente en todas las capas sociales de la Argentina.

Para concluir con esta breve reseña, es interesante analizar la definición dada por el Diccionario de la Real Academia que caracteriza al lunfardo como:

Habla que originariamente empleaba, en la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores, la gente de clase baja. Parte de sus vocablos y locuciones se introdujeron posteriormente en la lengua popular y se difundieron en el español de la Argentina y el Uruguay.

En su vigésima primera edición de 1992, el DRAE contenía doscientos veintiún lunfardismos, entre los que figuraban por ejemplo atorrante, baiolongo, compadrito, empilcharse, milonguero, otario, pebete, pibe, pichulear, tilingo y yapa. A ellos la Academia agregó en la edición de 2001 ochenta y nueve términos, casi todos de absoluta vigencia en el lunfardo actual, como apolillo “ganas de dormir”, bagre “mujer fea”, berreta “de baja calidad”, chorear “robar”, desbole “desorden”, falopa “dosis de una droga”, grasa “persona de hábitos y preferencias vulgares”, joda “broma”, laburar “trabajar”, quilombo “prostíbulo”, “lío”, “desorden”, tano “italiano”, timba “apostar en juegos de azar, especialmente de cartas o dados”. Sin embargo, cabe preguntarse si la inclusión de estos términos en el diccionario académico modifica su innata condición de lunfardismos.

1.6 El peso connotativo del lunfardo. ¿Por qué usamos el lunfardo?.

En términos del lingüista Alejandro Raiter, si hay algo realmente constante en todas las lenguas es que estas ofrecen diferencias: varían con el tiempo o la edad de los hablantes – variante diacrónica –, varían según el eje espacial – variante diatópica –, varían según el grupo social – variante diastrática – y varían según la situación comunicativa – variante diafásica – . En relación con esta última variable se halla el concepto de registro, esto es, la adaptación de un hablante al contexto, definido por la jerarquía de los interlocutores, el tema de conversación y la situación comunicativa.

Tal como lo establece la función diafásica, la elección del léxico que conforma un discurso obedece a diversas razones: el ámbito, el momento, la situación, la relación entre los interlocutores. Nadie reclamaría un aumento de sueldo a su jefe alegando que no le alcanza la guita – versión lunfarda de la palabra dinero –, pero alguien podría en cambio decirles a sus amigos que no tiene guita para salir. En suma, cuando se usa un lunfardismo, por lo general se lo hace en pleno conocimiento de su equivalente en la lengua estándar, de modo que por razones estilísticas o expresivas, con intención transgresora o lúdica, o para explicitar cierta intimidad o confianza con el otro, puede decirse quilombo en lugar de lío, pucho en lugar de cigarrillo, o péndex en lugar de joven. ¿Por qué, si puede decirse ordinario, se dice berreta?¿Por qué, si puede decirse encarcelar, se dice encanar? Porque esas palabras hacen falta. Explica bien la razón el compositor, músico y dramaturgo Enrique Santos Discépolo:

No entiendo por qué es más propio robar que afanar. Por hábito, bah…Lo que sucede es que hay palabras feas y palabras lindas. Y yo utilizo las que me gustan por su sabor rotundo, pictórico o dulce. Las hay amplias, curvas, melosas, dolientes. Y si mi país, cosmopolita y babilónico, manoseándolas a diario, las entiende y yo las preciso, las enlazo lleno de alegría. Nuestro lunfardo tiene aciertos de fonética estupendos. Me hacen gracia esos que creen que los idiomas los han hecho los sabios. Si la necesidad de un pueblo es capaz de crear un genio, ¿cómo pretenden que se detenga en la creación de una palabra que le hace falta?[15]

Posiblemente, aquí está la clave de todo. Esas palabras resultan necesarias porque, aunque lo parezcan robar y afanar no son sinónimos, porque estos términos no son intercambiables, es decir, no pueden ser utilizados indistintamente, en razón de que cada uno de ellos connota algo distinto, esto es, aporta matices diferenciales.

Si la denotación es la significación objetiva de una palabra para los hablantes de una comunidad lingüística, es decir, la que señala referencialmente un objeto de la realidad extralingüística, la connotación es el conjunto de valores secundarios que los hablantes asocian a una determinada palabra. Así, la connotación se relaciona con significaciones secundarias. Cuando sirviéndose de una metáfora o de una metonimia el lunfardo toma un término del español estándar y lo adopta con otro sentido, le está agregando al valor denotativo que ese término posee en la lengua, un valor connotativo. Por ejemplo, para un español la palabra gato denota “felino carnívoro doméstico”, pero puede connotar la idea de “nacido en Madrid”. Para un argentino el valor denotativo del término gato es idéntico, pero de ninguna manera connota “nacido en Madrid”, de heho connota otras cosas: “ladrón”, “prostituta de categoría”, “peluca”, “herramienta automovilística”. ¿Cómo se interpreta el sentido que en cada caso encierra una misma palabra? A través del contexto comunicacional.

[...]


[1] L. Abeille, Idioma nacional de los argentinos, Buenos Aires, Ediciones Colihue, 2005 (1900), p. 423.

[2] E. Quesada, El criollismo en la literatura argentina, Buenos Aires, Estudios, 1902, pp. 213-214.

[3] J.L. Borges, Invectiva contra el arrabalero, en «El tamaño de mi esperanza», Buenos Aires, Seix Barral, 1993 (1926), pp. 14-15.

[4] J. L. Borges, Invectiva contra el arrabalero, en «El tamaño de mi esperanza», Buenos Aires, Seix Barral, 1993 (1926), p. 121.

[5] http://www.geocities.ws/lunfa2000/lugones.html

[6] A. Raiter, Lenguaje en uso. Enfoque sociolingüístico, Buenos Aires, AZ editora, 1995, p. 8.

[7] A. López Peña, El habla popular de Buenos Aires, Buenos Aires, Editorial Freeland, 1972, p. 99.

[8] Ivi, p. 111

[9] M. Moliner, Diccionario del uso del español, Madrid, Gredos, 2007, II, p. 293.

[10] M. Seco, A. Olimpia y G. Ramos. Diccionario del español actual, Madrid, Aguilar, 1999, II, p. 891.

[11] L. R. Furlan, La dimensión lunfarda y su penetración en la literatura, Buenos Aires, Emecé, 2006, p. 639.

[12] J. Gobello y L. Payet, Breve diccionario lunfardo. Buenos Aires, Peña Lillo Editor, 1959, p. 7.

[13] J. Gobello, El lunfardo, Buenos Aires, Academia Porteña del Lunfardo, 1989, pp. 15-16.

[14] J. Gobello, Aproximación al lunfardo, Buenos Aires, EDUCA, 1996, p. 43.

[15] N. Galasso, Discépolo y su época, Buenos Aires, Ediciones Ayacucho, 1973, p. 68.

Final del extracto de 82 páginas

Detalles

Título
Lunfardo, un análisis histórico del habla popular de los argentinos
Universidad
University of Siena
Calificación
110/110
Autor
Año
2014
Páginas
82
No. de catálogo
V284566
ISBN (Ebook)
9783656849278
ISBN (Libro)
9783656849285
Tamaño de fichero
1019 KB
Idioma
Español
Etiqueta
lunfardo, tango
Citar trabajo
Cintia Noelia Vera (Autor), 2014, Lunfardo, un análisis histórico del habla popular de los argentinos, Múnich, GRIN Verlag, https://www.grin.com/document/284566

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