Juventud y Consumos. Entre Inclusión y Exclusión Social


Antología , 2016

213 Páginas

Alicia de la C.Martinez (Autor)


Extracto

A modo de presentación…

Los estudios sobre consumo a nivel mundial comienzan a escalar primeros planos desde hace algunas décadas, motivados por el creciente impacto de diversos factores relacionados con la producción, circulación y apropiación por parte de los actores sociales en un contexto de modernidad. Para las investigaciones desarrolladas en Cuba desde la perspectiva cultural resultan ciertamente recientes, aun cuando lo que se entiende como consumo ha sido trabajado desde otros términos tales como gustos, percepción, usos, etc.

Lo anterior es la razón básica a partir de la cual un grupo de investigadores mayormente del área de la sociología de la cultura, concertan esfuerzos para compilar esta propuesta, nacida al calor de la relación docencia - investigación bajo la primigenia pretensión de tocar asuntos de interés para dicha área de estudio. Colocar en posición cimera al concepto consumo estuvo acompañado de otros requerimientos tales como ¿quiénes consumen, qué es lo que se consume, dónde, cuándo, bajo que circunstancias, qué características lo acompañan? etc. Para ello fue de especial interés pensar en la juventud como grupo social considerando sus rasgos básicos y, dentro de estos, cobró especial relevancia el de los universitarios en calidad de unidad de análisis, reflexionando a partir de una probable relación entre la formación académica, el impacto del curriculum oculto y las derivaciones relativas al consumo bajo ciertas hipótesis de desigualdad tomando en cuenta orígenes y territorialidad, género, tipo de carrera, acceso a las nuevas tecnologías, tiempo libre, vías de acceso al entretenimiento y sus significados, intentando desentrañar este último en calidad de elemento esencial.

La concepción general articula los conceptos prácticas y consumos culturales desde la juventud en una interconexión con la inclusión y exclusión sociocultural sobre la base de diagnosticar, comprender e interpretar que es lo que se consume, qué posturas se adoptan frente a las diversas opciones del consumo y el peso que tienen factores asociados a ello.

El término Exclusión Social, podríamos explicarlo desde tres niveles:

a) la exclusión estructuralmente hablando implica aquel proceso en el que las instituciones, organizaciones y grupos comparten un sistema normativo o reglas que parten de reglas o estrategias discriminatorias, excluyentes y no equitativas o de desigualdad.
b) la exclusión grupal supone el establecimiento de ciertos límites dentro de los cuales las normas, comportamientos y sentidos son dados a unos y no a todos los miembros del grupo.
c) la autoexclusión supone una postura individual de subjetividad donde el actor social no se considera participe de determinadas características grupales en términos de imaginarios, representaciones, significaciones, etc.

Todo lo anterior estaría relacionado con categorías como: no participar, “estar fuera”, estructuralmente u auto excluirse por imposición o decisión propia. La Inclusión Social constituye la categoría opuesta a la anterior y podría ser analizada en los mismos niveles. Estaría concebida como posibilidades de acceso estructuralmente condicionado al circuito educacióntrabajo, participación social y ciudadana, entre otros factores.

La selección de textos para este volumen concentra sus esfuerzos analíticos tomando como contexto las provincias de Santiago de Cuba, Bayamo, Manzanillo y Guantánamo, sin pretensiones de cubrir la región oriental con fines comparativos, siendo tal vez esta su pretensión primigenia. Los criterios de inclusión se asocian al impacto del objeto social en el territorio, la representatividad de género en la muestra seleccionada, el liderazgo en el área, la significación histórica y cultural y el uso más diversificado de los bienes y servicios culturales.

El orden de los análisis realizados por sus autores privilegia, para su mejor comprensión, una estructura binaria en la que cobran primer orden los ejes articuladores esenciales para su abordaje con un total de 12 títulos. Bajo el apartado centrado en teorizar y sistematizar las diversas referencias y matrices, qué entender por consumo adquiere mayor dimensión, entrecruzada su argumentación con otros conceptos tales como juventud, exclusión e inclusión sociocultural. Aquí se van ubicando los textos Los consumos desde la sociología y Acercamientos conceptuales y Consumo cultural, usos y apropiaciones de las autoras Alicia de la C. Mart í nez Tena y Tereza de Jes ú s Andrade, los que se introducen en la epistemología de la problemática del consumo desde sus referentes mas generales en diversas ciencias sociales, hasta darle preeminencia al enfoque sociológico en la contemporaneidad. En esta misma lógica Por las rutas del consumo. Algunas notas sobre la trayectoria histórica-teórica del consumo cultural de Ligia Lavielle Pull é s, coincide en ofrecer una síntesis reflexiva sobre el tema, incorporando los avances que sobre el mismo han introducido autores cubanos.

En Juventud y cultura: Apuntes para una sistematización de los estudios juveniles desde la óptica cultural de Mar í a Eugenia Espronceda Amor, Ligia Lavielle Pull é s se profundiza en el estudio de la juventud, ofreciendo las diversas miradas desde las disciplinas al concepto de juventud, la encrucijada sociológica y sus aciertos y limitaciones para la comprensión del enfoque cultural bajo los derroteros del consumo y cierra el bloque con el texto Inclusión social de la juventud en el desarrollo local. Una mirada desde los universitarios del oriente cubano de Margarita de la Caridad Moncada Santos, Alicia de la C. Mart í nez Tena, Margarita Victoria Hern á ndez Garrido, Elpidio Exp ó sito Garc í a, quiénes incorporan el término desarrollo local comprendido este en los marcos universitarios y las lógicas bajo las cuales funciona el par inclusión-exclusión sociocultural, de interés para la región particular de Santiago de Cuba y para el país en general.

El segundo bloque titulado Acerca de los consumos en jóvenes: experiencias investigativas en universidades de la región oriental, está compuesto por trabajos que aunque incorporan aspectos generales de teorización acerca de consumos y prácticas, culturales, juventud, exclusión e inclusión sociocultural, pesa mas en ellos reflexiones resultantes del trabajo de campo en áreas universitarias tales como estudios socioculturales, informática y del ámbito forestal, en los que a partir de la aplicación de algunos instrumentos de la investigación, se advierten ciertas tendencias comunes u diferentes según los escenarios. En los textos se contextualizan con algunas referencias las universidades y carreras a partir de las cuales se organiza la información y se ofrecen recomendaciones generales a tener en cuenta desde diversos niveles implicados con la toma de decisión tales como la propia universidad y sus dispositivos institucionales, la estructuras juveniles, la aplicación de las políticas que siguen los medios de comunicación, otras instituciones nacionales y territoriales, básicamente; así como la necesidad de generar razonamientos reflexivos acerca de este debate.

La incursión la inicia Jóvenes en la encrucijada de los nuevos tiempos. Una mirada a sus prácticas y consumos culturales desde la Facultad Regional de la Universidad de Granma de Wilfredo Manuel Castro Villa y Yulianne P é rez Escalona el que aborda cómo el mundo digital y las tecnologías inciden en los jóvenes que están expuestos a ellas, lo que da motivo a transformaciones socioculturales, fundamentalmente en sus prácticas y consumo a partir de indagar en las prácticas y consumos culturales de los jóvenes de la Facultad Regional de la Universidad de Granma. Luego aparece Prácticas de consumo cultural de estudiantes universitarios: una mirada desde la carrera de Estudios Socioculturales de Karina River ó n Hern á ndez y Susell G ó mez Gonz á lez el que tiene como objetivo diagnosticar las prácticas culturales de los estudiantes de la carrera de Estudios Socioculturales de la Universidad de Granma, centrado en el análisis de las prácticas culturales a partir de las formas y vías de consumo vinculadas a escuchar música, las fiestas populares, el video o DVD, acompañadas de análisis que revelan el lugar que ocupan frente a otras, cerrando la mirada a otros territorios de la región oriental Tendencias de consumo cultural en los jóvenes de la Universidad de Guantánamo de Migdalia Tamayo T é llez y Natalie Paz Vargas, cuyas conclusiones parten también de consideraciones realizadas por estudiantes de la carrera estudios socioculturales y la de forestal. Los cuatro trabajos subsiguientes ofrecen una mirada particular a aspectos concretos tales como los hábitos de lectura y la literatura, la música y los audiovisuales para completar una parte del panorama de los consumos culturales en este ámbito.

Con Acercamiento a las tendencias de consumos culturales en jóvenes universitarios santiagueros y Uso y apropiación del libro en jóvenes universitarios y la necesidad de educar para la participación cultural, ambos de los autores Alisa N. Delgado Torn é s y Miguel Francisco Reynaldo, Dime como escuchas y te diré quien eres. El consumo musical de reguetón y las identidades juveniles de Ligia Lavielle Pull é s y Mar í a Eugenia Espronceda Amor, cierran esta compilación resultante de un esfuerzo colectivo por presentar esta reflexión.

De forma general resulta oportuno destacar que al tema aun le queda mucho por teorizar en tanto de las preguntas iniciales formuladas se desprenden otros subtemas relacionados con los espacios y redes sociales, las vías por las cuales se accede en relación con los territorios y las diferencias vinculadas a la estratificación social, una profundización en el enfoque de género y otras muchas a relacionar si se quiere seguir hurgando en uno de los temas mas controversiales y de imperiosa mirada toda vez que el consumo deberá seguir ganando en protagonismo en las próximas décadas, en el que la ciencia deberá ganar mayores espacios.

Los consumos desde la sociología. Acercamientos conceptuales.

Dra. C. Alicia de la C. Martínez Tena.1

Dra. Tereza de Jesús Andrade.2

Introducción.

En la construcción de un marco teórico para explicar los procesos del consumo cultural, se ubica con mayor fuerza el de asumir al consumo como apropiación. Ello hace distinguir que las prácticas y conductas sociales se orientan por pautas y normas sociales, el cual sugiere la recuperación de los conceptos de uso, formas y estrategias pues permiten observar el consumo desde dos caras: como formas y como estrategias de consumo. Preguntarnos por las formas de consumo de un objeto significa adentrarnos a las vivencias temporales y espaciales de tal consumo y a su vez, advertir el proceso de estructuración y la manera en que un determinado sector social vive su posición en la estructura social.

Esta aseveración contribuye a entender el estudio del consumo cultural no sólo como la indagación estadística del modo en que se compran las mercancías, sino también el conocimiento de las operaciones con que los actores sociales seleccionan y combinan los productos y los mensajes, conocer cómo los consumidores mezclan las estrategias de quienes fabrican y comercian los bienes con las tácticas necesarias para adaptarlos a la dinámica de la vida cotidiana. Las prácticas culturales reproducen la relación entre la acción y la estructura, pues ellas sólo existen en y mediante las actividades de los agentes humanos y que se hace posible debido a la existencia de normas y recursos, A. Giddens (2008).

En el presente artículo se realiza una sistematización sociológica del consumo desde el proceso de reproducción social para connotar dos perspectivas de análisis: el consumo como estratificación social y el consumo como estilo de vida.

1.1.- El consumo cultural en los estudios sociológicos: de la alineación a la apropiación.

El consumo y consumo cultural son dos conceptos que la sociología ha incorporado a sus desarrollos teóricos y en torno a ellos se han construido teorías que explican los complejos procesos de la realidad contemporánea. Esta idea permite aseverar que el fenómeno del consumo ha devenido un tema de interés para todos los que han reflexionado sobre las transformaciones de la modernidad, que si bien para algunos estudiosos esta materia no ha llegado a constituirse en un marco conceptual sólido (Callejos, 1995; de Pablos, 2003; A. Martínez, 1998, 1999; Sunkel 2002), los recorridos que se han realizado desde la sociología clásica ofrecen sustantivos recursos para ubicar encuadres teórico y metodológico cuando de consumo y consumos culturales se trata. (K. Marx, -el fetichismo como mercancía-1973; Weber,- la ciudad como consumo- 1971; G. Simmel-la moda en la cultura del consumo; B. Veblen- la acumulación dineraria y clase ociosa- ; M. Mauss -formas de intercambio económico como instituciones sociales-1923; M. Auge -el consumo en la interacción en los espacios del anonimato-, 2000; P. Bourdieu -la dimensión simbólica de las prácticas sociales, disposición adquirida para apreciar y diferenciar- 1979, Baudrillard - el consumo como un modo de actividad sistemática y de respuesta global en el cual se funda todo nuestro sistema cultural- 2009; M. Featherstone- los consumos de los bienes significan antes que los propios bienes, los “burgueses bohemios”- 1991; G. Canclini- el consumo cultural como construcción identitaria- 1989, 1994; M. Barbero como producción de sentidos, por los usos que le dan forma social; G. Sunkel, Soldevilla, 2002; 2006; A. Martínez- M. Tamayo, 2013, G. Castells, 2013

Los desarrollos que ha alcanzado la sociología contemporánea en los últimos 70 años ha permitido abrir un campo disciplinar que centra sus análisis en la cultura donde el consumo aparece como concepto dentro del proceso de la reproducción social (Bourdieu; Alexander 2000). Con ello asistimos a un cambio de paradigma: el paso del consumo como alineación al consumo como apropiación, al considerar al consumidor como un agente activo, donde adquieren connotaciones argumentativas los conceptos de usos, apropiaciones y estrategias.

En este recorrido se advierten teorías clásicas y escuelas de pensamiento que repercutieron en las maneras de analizar el consumo, no sólo como concepto sino también como elemento fundamental en la transformación de la sociedad capitalista. Un conjunto de corrientes, sobre todo dentro de la sociología, la economía, la filosofía, la psicología y la antropología, han facilitado el contexto de la conformación del concepto consumo, cuyos basamentos se hallan en el siglo XIX.

Estas teorías comienzan a obtener expresividad, especialmente, a partir de los aportes de la Escuela de Frankfurt (Téllez: 2013). La apropiación, traducción y reformulación de teorías de la cultura surgidas en la Europa de la post guerra - los trabajos de la escuela de Frankfurt con Erich Fromm, Herbert Marcuse, Theodor Adorno, Walter Benjamín, Marx Horkheimer)3 con una tradición marxista, expresaban que los puntos de vista de K. Marx precisaban de ser radicalmente revisitados para poder ser aplicados en la actualidad, al argumentar que Marx no había dado una atención suficiente a la influencia de la cultura en la sociedad capitalista (Giddens: 2008, pp. 465)

Cambiaron entonces las perspectivas, pues, en lugar de una orientación exclusivamente hacia los estudios marxistas como fue originalmente, se programaron investigaciones interdisciplinarias, dando lugar a la que fue llamada ʺteoría críticaʺ. Se constituyó como su proyecto al retomar y profundizar la teoría de Marx (como teoría crítica del capitalismo), e incorporan a través de Fromm y Marcuse, el psicoanálisis y los desarrollos de S. Freud en lo relativo a la sociedad, a la teoría crítica; el nuevo marxismo de Louis Althusser, Antonio Gramsci; los estudios culturales británicos de Raymond Williams, Richard Hoggart y Stuart Hall.4

La trayectoria histórica por las principales aportaciones al análisis sociológico del consumo permite advertir dos líneas temáticas que de conjunto ofrecen un corpus sociológico disciplinar: la sociología del consumo y la sociología del consumo cultural desde corrientes como el funcionalismo, constructivismo estructural, neofuncionalismo, teorías culturales y de la comunicación.

Para las autoras de este trabajo el eje que ha permitido articular el desarrollo de los estudios sociológicos del consumo es la tr í ada usos, formas y estrategias y por consiguiente, el principal fundamento para exponer y argumentar el marco de explicación en el proceso de reproducci ó n social. Con este encuadre se explicitan el consumo y el consumo cultural, y que a su vez, con el empleo de estos conceptos se posibilitan encontrar respuestas a las nuevas prácticas de consumos culturales que comienzan a caracterizar a una buena parte de nuestras sociedades.

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Gráfico No 1. El consumidor como agente activo. Fuente: Teresa de Jesús Andrade.

Las ideas que sustentan este encuadre son las siguientes:

- El consumo es un hecho social total (Marcel Mauss). Las sociedades se organizan también simbólicamente.
- El tránsito del consumo como alineación al consumo como apropiación (subjetivación de lo objetivo en las que emergen los conceptos de usos, formas y apropiaciones). Desde K. Marx la concepción del uso y el consumo como apropiación se presentaron como articuladores de hábitos y aspiraciones vitales.
- El consumidor es un agente activo. Los significados que los sujetos dan a esas realidades expresan una acción estructurada y repetida en el tiempo.
- Los usos se configuran como los lugares claves entre agentes y mercancías. Las formas de consumo recoge el concepto de habitus; las estrategias que asume el concepto de aspiraciones vitales y las apropiaciones material y simbólica.
- Es en la estructura social donde los usos encuentran su principio ordenador, capaz de sintetizarlas.
- En la relación del consumidor con los objetos de consumo se producen las apropiaciones, así como la posición del consumidor con otras posiciones sociales (reproducción social)
- Las estrategias que se elaboran son formas estructurantes de consumo.
- Las formas estructuradas de consumo encierran los significados de una práctica social.

La trayectoria histórica por las principales aportaciones al análisis sociológico del consumo que se expone mediante el gráfico solo adquiere sentido si la situamos en una doble perspectiva contextual: por un lado, debemos tener en cuenta los propios avances en la teoría sociológica que tiende a otorgar un carácter más activo a los sujetos en la construcción de la realidad social (T. Veblen, 1974; G. Simmel, 1976, 1999; Baudrillard 2009) , y por otro, las transformaciones que experimentan las sociedades capitalistas hasta el punto de poder distinguir distintas fases o etapas en la sociedad de consumo (de Certeau, 2000;M. Augé, García Canclini, 1989, 2000; M. Barbero; M Bisbal, 2006).

Para las autoras se significa que solamente teniendo en cuenta el entorno social y cultural más amplio, podremos entender ese deslizamiento o transición teórica del análisis sociológico del consumo desde una concepción de éste como mero marcador o expresión de la posición económica y donde el valor de uso orienta las prácticas, al énfasis en el consumo cultural, como marcador simbólico, a partir del cual se configuran la identidad individual y social. (López de Ayala: 2004, Tamayo Téllez: 2013; Gómez Castells: 2013).

El recorrido del concepto permite precisar dos momentos: la práctica de consumo bajo la orientación del valor de uso y la práctica de consumo bajo la orientación del valor simbólico.

A continuación se explican los momentos de la trayectoria del consumo, asociados a los conceptos de usos, formas y estrategias, conceptos que marcan la transición del consumo desde el proceso de producción, al proceso de reproducción simbólica. En este recorrido los conceptos son los que revelan las corrientes de pensamiento sociológicas, en su afán de atrapar las realidades.

II.- Los consumos desde la estratificación social.

El estudio del consumo desde la perspectiva sociológica más tradicional ha venido muy vinculado al análisis de la clase social como categoría sociológica básica, en la búsqueda de correlatos entre el acceso diferencial al consumo y la estratificación en clases sociales de las sociedades capitalistas industriales. (K. Marx; M. Weber G. Simmel, T. Veblen; M. Mauss). De esta manera una primera línea de análisis del consumo puede ser vinculado con la estratificación social, desde un modelo que se inicia con la tradición economicista. En esta perspectiva adquiere importancia el concepto de mercancía trabajado por K. Marx para ahondar en las variadas connotaciones que la transacción comercial lleva implícitas.

Las mercancías vienen al mundo bajo la forma de valores de uso u objetos materiales: hierro, tela, trigo, etc. (…) Sin embargo si son mercancías es por encerrar una doble significación: la de objetos útiles y, a la par, la de materializaciones de valor. Por tanto, solo se presentan como mercancías, solo revisten el carácter de mercancías, cuando poseen esta doble forma: su forma natural y la forma de valor. (K. Marx, 1973: 15)

Con el análisis que Marx plantea en El Capital la sociología clásica introduce una diferenciación en el concepto de dinero, en tanto que el valor de uso instrumental le añade el valor de cambio o precio. Dicha asociación lleva a la cosificación, a considerar al trabajador como mercancía y al capital como sujeto, del que se desprende el fetichismo de la mercancía.

A primera vista, parece como si las mercanc í as fuesen objetos evidentes y triviales. Pero, analizándolas, vemos que son objetos muy intrincados, llenos de sutilezas metafísicas y de resabios teológicos. Considerada como valor de uso, la mercancía no encierra nada de misterioso, dando lo mismo que la contemplemos desde el punto de vista de un objeto apto para satisfacer necesidades del hombre o que enfoquemos esta propiedad suya como producto del trabajo humano. (Ibíd.: 38)

En este contexto de desarrollo del capitalismo, el sujeto ha perdido la relación directa con el objeto de su trabajo. Se produce así una alineación respecto a la propia actividad de producción, en la que se articulan las mercancías, su producción y necesidades de consumos. Marx pone al descubierto desde las primeras páginas de El capital cómo se atribuye valor a la mercancía, que es solamente un valor producido por los mismos hombres en el proceso de relaciones de producción.

K. Marx traza el análisis del sistema capitalista partiendo del paradigma de la producción y, sin embargo, al analizar la esencia misma de la mercancía resultado de este nuevo modo, inicia ya el fundamento crítico de la fase capitalista del consumo. La forma mercancía constituye un modelo estructurante de las relaciones sociales en su conjunto, donde se convierte el uso en trascendente al propio valor de cambio y abre la posibilidad de existencia de valor de uso sin necesidad de valor de cambio y sin su reciproca relación. (Callejas: 1996).

Sin embargo, una lectura más acuciosa de esta obra en su primer capítulo dedicado a la Mercanc í a y Dinero (Marx: pp. 3-109), en el que el consumo es planteado desde el proceso de producción, el concepto de uso puede ya ser ubicado en el ámbito de la apropiación (subjetivación de lo objetivo), valoración no sólo realizada por la autora de la tesis, sino que es también compartida por otros sociólogos y que son referenciados en esta investigación (Baudrillard: 1970; Veblen, 1974; Bourdieu: 2003, Canclini: 1989, Callejas:1996, Martínez: 1998, Téllez:2013) . Desde Marx se accede a una concepción del uso y el consumo como apropiación, capaz de articular hábitos y aspiraciones vitales, de articular las formas de consumo y las estrategias sociales en las que se incluye tal consumo (Téllez:2013)

El primer trabajo sobre la distinción social a través de consumo se debe a Thorstein Veblen, para el cual las bases de la buena reputación del ciudadano en sociedad yacen tanto en su capacidad pecuniaria, como en su disposición al consumo ostentoso. En otras palabras, las dos formas privilegiadas de indicar el estatus pecuniario de uno, de acuerdo con Veblen, son el ocio y el consumo conspicuo. Por ello, Veblen es el primer autor que defiende expresamente que los fenómenos del consumo dependen de la estructura social, y no de las necesidades naturales y de su libre satisfacción por parte del consumidor a través del mercado. (Soldevilla, 2002)

T. Veblen sigue la tendencia desarrollada por K. Marx. Su obra más conocida Teor í a de la clase ociosa (1974)5, centra sus análisis en los modelos de consumidor, también enfocado en la categoría sociológica de clase social, a la que denomina consumidor ostentoso y ciudadano distinguido, clase fuera del proceso productivo y la ubica dentro de la intelectualidad como clase destinada a la no productividad. Para Veblen, las sociedades se dividen irreparablemente en clases. Si bien existen varias de ellas dentro de un grupo extenso, por lo general adquieren una tendencia bipolar a constituirse en dos principales: la productiva-técnica y la ociosa.

Distingue el trabajo productivo del trabajo de los servicios. La clase ociosa surge de la concatenación de diversas variables. La primera y la más importante, la variable de propiedad con la cual obtiene como dato la ostentación de riqueza, aspecto éste de transferencia simbólica. Veblen, lo escribe muy claramente “la posesión de la riqueza confiere honor; es una distinción valorativa (individuos distinción)” (1974: 32). Esta necesidad de ostentar bienes los cuales toman un sentido simbólico, llevan indefectiblemente al “consumo conspicuo”. Precisamente, éste es uno de los valores más presentes y distintivos de la “clase ociosa”. Los individuos que forman parte de la clase ociosa se interesan por las cuestiones teóricas y abstractas, en cierta forman establecen ciertos códigos y normas de modales para adoctrinar a las clases productivas. Por tanto para Veblen, conforman en general a este grupo: gobernantes, deportistas, clérigos, militares e intelectuales. “En el proceso de la evolución cultural, la aparición de una clase ociosa coincide con el comienzo de la propiedad. Es necesario que así ocurra porque ambas instituciones son resultado de la misma conjunción de fuerzas económicas. En la fase preliminar de su desarrollo no son sino aspectos diferentes de los mismos hechos generales de la estructura social. (…) El ocio y la propiedad nos interesan para nuestro propósito en cuantos elementos de la cultura social -hechos convencionales (…) (ibíd.: 26)

El ocio para el autor no significa otra cosa que “pasar el tiempo sin hacer nada productivo: 1) por un sentido de la indignidad del trabajo productivo, y 2) como demostración de una capacidad pecuniaria que permite una vida de ociosidad” (Ibíd.: 51). Con Veblen podemos entender el consumo como el ritual que nos permite reproducir la estructura social mediante la ostentación, a partir del estudio realizado en la sociedad norteamericana, donde la tenencia de la propiedad, constituyó el principal recurso para su clasificación dentro de la teoría de clases, cuyo valor instrumental se mantiene hasta nuestros días.

K. Marx y T. Veblen configuran los pilares de una sociología del consumo pluridimensional y que hallamos en dos de las obras más importantes del pensamiento social de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX y lo que va del siglo XXI: El capital y Teoría de la clase ociosa, respectivamente. Estas obras continúan suscitando reflexiones críticas para llegar todos a la conclusión de que sus ideas constituyen bases para realizar estudios de consumos en sociedades cada vez mas segmentadas y diferenciadas por el lugar que ocupan los grupos dentro del proceso de producción de bienes materiales y de servicios. Los conceptos de mercancía, necesidad y clase ociosa permitieron y permiten graficar relaciones de clases que siguen ordenándose no sólo por el tipo de propiedad, sino también, por el sentido que se le imprime a lo que se posee y que le condiciona una determinada distinción.

III.- El consumo como estilo de vida.

Dentro de la misma orientación dada por el modelo económico, en el que el valor de uso es el marcador del consumo, la sociología se enriquece con la postura que desarrolla G. Simmel, al considerar el consumo como una práctica de diferenciación de grupos, clases y culturas, para continuar profundizando la perspectiva de la reproducción social. Con Simmel, el concepto de uso adquiere nuevos contenidos al comenzar un giro en el consumo desde su dimensión social. La mirada penetrante de Simmel a las dinámicas citadinas, favoreció de manera extraordinaria el desarrollo de la teoría del consumo. El caleidoscopio sociológico contempló una diversidad de imágenes que fueron convertidas en valiosos datos para explicar los nuevos fenómenos de una sociedad más plural y significativa.

La sociedad de la que participa se encuentra en el momento de transición, rico en tensiones latentes, entre una industrialización consolidada y los efectos no previstos de la misma. Simmel vive entre el capitalismo de producción, triunfante en apariencia, y las primeras crisis de éste. Como Veblen, Simmel se enfrenta a un modelo de sociedad que es el del consumo conspicuo, el consumo distinguido y notable: el consumo de la distinción, (…) es decir una calidad determinada, casi siempre considerada como innata (se habla de «distinción natural»), del porte y de los modales, de hecho no es más que diferencia, desviación, rasgo distintivo, en pocas palabras, propiedad relacional que tan sólo existe en y a través de la relación con otras propiedades (…)” (P. Bourdieu: 1997, p. 16). Una sociedad en la que la acumulación dineraria de la industrialización engendra una nueva clase ociosa. Pero para Simmel, los consumos conforman y matizan estilos de vida.

La mirada de Simmel es pionera en el análisis de la sociedad de consumo precisamente porque es el primero en plegarse a la vida de las cosas, a lo fugaz que adviene, a los sujetos sociales fabricados por la nueva cultura, catapultados por las incipientes industrias del consumo: el periódico, las revistas, el cine mudo, cuyos productos adquieren fisonomías en las arterias comerciales. Su peculiar método de análisis de la realidad -viajar, caminar por las calles, observar y anotar las cosas, escribir ensayos- (Marinas: 2000) le permitió desarrollar la capacidad de asociación y desplegar una alta sensibilidad necesaria para percibir las nuevas relaciones que se construyeron alrededor de objetos con una temporalidad efímera, como lo es la moda. El sujeto del consumo no es el individuo, sino el entramado de relaciones reales y simbólicas que éste mantiene con cosas y que Simmel etiquetó como estilo de vida. El objeto del consumo no es el bien que se compra, sino una red mayor de pautas culturales, de relatos y signos en la que los objetos se presentan y adquieren argumento, esto es, sentido, por el uso que se le otorga.

De estos rasgos de su contexto, de un capitalismo pujante, vertiginoso, acosador, se sigue bien el derrotero teórico y metodológico de Simmel al abordar la cultura del sistema capitalista, en la medida en que va apareciendo como un sistema no sólo de producción, sino como un modo de vida que abarca las esferas de la cotidianidad. La mirada simmeliana captó una amplia variedad de materiales dados por la realidad vivida por él, con los cuales logró explicar el silencioso advenimiento de la sociedad de consumo. Los nuevos escenarios mediados por el dinero y la lógica de la mercancía, los espacios urbanos con sus arterias comerciales, los estilos y la moda, son hoy recursos imprescindibles en la incursión de los estudios del consumo dentro del proceso de reproducción social. Simmel ha dejado una agenda aún sin ser escudriñada en su integralidad por la sociología.

En La filosof í a del dinero (1976) se vislumbra la lógica interna de la incipiente sociedad de consumo, en el que se destacan el carácter global y no sólo económico del consumo y del intercambio representado en el dinero; la superación del concepto de necesidad y la atención al deseo en la relación con las mercancías; la fundamentación de un concepto de mercancía y de valor que pretende leer los implícitos de Marx; la lectura del consumo desde el concepto de estilo de vida.

“Mientras las modas —y no se trata aquí sólo de modas en la vestimenta—duraban aún cierto tiempo y mantenían cohesionados círculos relativamente reducidos, podía darse, por así decirlo, una relación personal entre el sujeto y los contenidos singulares de aquélla... [el cambio hoy radica en] la multiplicidad de estilos que nos encontramos en los objetos de la vida cotidiana, desde la arquitectura de las viviendas a la impresión de los libros, desde las esculturas a los jardines, y la decoración de habitaciones en las que se acumulan al mismo tiempo el Renacimiento y el orientalismo, el barroco y el estilo imperio, el prerrafaelismo y la regularidad del realismo” (1976:581-582)

Simmel pudo percatarse que el sujeto moderno está afectado por la fragmentación de la vida en las ciudades. Con ello incorpora a la sociología el lado social del consumo. El consumidor construye su propio estilo de vida el cual reproduce. Se está en presencia de nuevas prácticas de consumo, diseminadas en las ofertas de servicios engendradas por las vidrieras, escaparates, casas de modas, recintos para el ocio, inserto en una amalgama de significado en el que se nota el uso dado por el consumidor.

En Simmel el concepto de uso se constituye desde las prácticas cotidianas de los individuos y grupos; desde esa materialidad que son las relaciones sociales a partir de la posición ocupada en la estructura social, donde la adquisición de la mercancía marca un lugar dentro de las clases. Al uso se le otorga un carácter estructural, pues distingue y diferencia un grupo de otro, pero también los usos destacan las formas de hacer. Comienzan a conectarse los conceptos de usos y formas, en una sociedad donde el consumo marca diferencias.

Dentro de esta misma línea -el consumo como estilo de vida- M. Weber deja a la sociología importantes lecturas recogidas en su texto La ciudad (1921). La ciudad no es meramente el punto focal de la economía del dinero, es además la intersección de círculos y redes sociales de la división de trabajo, que posibilita la autonomía y libertad del individuo, a la vez que ámbito de la masificación, anonimato y alienación de los individuos y sus fragmentarias imágenes de las cosas.

M. Weber apoyado por sus estudios de sociología de la y la sociología histórica, había investigado los distintos tipos ideales de estilo de vida que, relacionados con formas de vida y tipos de liderazgo, ofrecían las pistas para conceptualizar la noción de estatus. M. Weber no sólo desarrolla una teoría de la estratificación social basada en los criterios de gusto y diferenciación entre los distintos grupos sociales y ocupacionales, que facilitará los ulteriores programas de investigación de W. Benjamin y P. Bourdieu; sino que, además, despliega una teoría psicosocial de la acción frente a las consecuencias negativas de la modernización sociocultural, en la que una ʺpersonalidad valiosaʺ tiene que orientar su acción hacia el ʺestilo de vidaʺ. De ahí, que la relevancia de las prácticas de consumo, en Weber, siempre tengan como horizonte la estilización de la vida.

Por su parte M. de Certeau enriquece la noción de usos al identificar el uso que hacen de los objetos, grupos e individuos. Para él (…) el análisis de las imágenes difundidas por la televisión (representaciones) y del tiempo transcurrido en la inmovilidad frente al receptor (un comportamiento) debe completarse con el estudio de lo que el consumidor cultural ʺ fabrica ʺ durante estas horas y con estas imágenes. Ocurre lo mismo con lo que se refiere al uso del espacio urbano, los productos adquiridos en el supermercado, o los relatos y leyendas que distribuye el periódico (…). (De Certeau: 2000, p 35)

La presencia y la circulación de una representación (enseñada como el código de la promoción socíoeconómíca por predicadores, educadores o vulgarizadores) para nada indican lo que esa representación es para los usuarios. Insiste De Certeau que hace falta analizar su manipulación por parte de los practicantes que no son sus fabricantes. Solamente entonces se puede apreciar la diferencia o la similitud entre la producción de la imagen y la producción secundaria que se esconde detrás de los procesos de su utilización.

Usos y formas también desarrollados como conceptos por M. de Certeau devienen en las ʺmaneras de hacerʺ y que constituyen las mil prácticas a través de las cuales los usuarios se reapropían del espacio organizado por los técnicos de la producción sociocultural. Al ubicarse en la perspectiva de la enunciación, de Certeau privilegia” (…) el acto de hablar: opera en el campo de un sistema lingüístico; pone en juego una a propiaci ó n, o una reapropiación, de la lengua a través de los locutores; instaura un presente relativo a un momento y a un lugar; y plantea un contrato con el otro (el interlocutor) en una red de sitios y relaciones (...) (Ibíd.35-49)

Con P. Bourdieu6 la sociología del consumo se escinde para dar lugar a un nuevo corpus con los conceptos de espacio social, capital cultural, habitus y campo, al introducir la variable consumo cultural en la teoría de clases desarrollada en sus obras La Distinci ó n. Criterios y bases sociales del gusto (1988), Razones pr á cticas sobre la teor í a de la acci ó n (1997), Creencia art í stica y bienes simb ó licos.

Elementos para una sociolog í a de la cultura (2003). Demostró que para acceder a algunos consumos, nuevos, frecuentes, se requieren de reiteradas instrucciones de uso y que son resultado de un largo proceso de socialización, donde la familia, la escuela y otros dispositivos de la comunicación intervienen en ellos; es en la estructura social donde los usos encuentran su principio ordenador, a la que denominó habitus7.

Bourdieu retoma las tesis de Veblen (relaciones entre consumo conspicuo y estructura social) y de Simmel y Weber (consumo, moda y preferencias de estilo de vida como estrategias de distinción social), para estudiar ʺlas bases sociales del gustoʺ que intervienen en los comportamientos sociales del consumo, y que implican juicios diferenciales que al mismo tiempo identifican y vuelven inteligibles y clasificables los juicios y conductas de los individuos y de los grupos sociales.

Desarrolló minuciosamente los registros etnográficos lo que le permitió “(…) captar la lógica más profunda del mundo social a condición de sumergirse en la particularidad de una realidad empírica, históricamente situada y fechada, pero para elaborarla como «caso particular de lo posible», en palabras de Gaston Bachelard, es decir como caso de figura en un universo finito de configuraciones posibles. (…)”(Bourdieu, 1997, p. 12), en los que se advierte una pluralidad de usos y formas de las apropiaciones simbólicas, en palabras del autor, la relación entre las posiciones sociales (concepto relacional), las disposiciones (o los habitus.) y las tomas de posición, las «elecciones» que los agentes sociales llevan a cabo en los ámbitos más diferentes de la práctica. (Ibíd:16)

Para P. Bourdieu “Hablar de consumo cultural es decir que hay una economía de los bienes culturales, pero que ésta economía tiene una lógica específica (…) es un momento de un proceso de comunicación, es decir, un acto de desciframiento, de decodificación que supone el dominio práctico o explícito de una cifra o de un código” (P. Bourdieu: 2003, p, 229-230)

La teoría del consumo en la obra bourdieusiana permite notar el lado simbólico de la reproducción social a partir de la conjunción de lo objetivo y subjetivo como par de conceptos que desarrolla dentro de lo que él mismo denominó constructivismo estructuralista, en la que los patrones de percepción, pensamiento y acción constituyen el habitus, y por otro lado, las estructuras sociales, los campos. (Corcuff, 2003:31)

P. Bourdieu propone una diferenciación de clases atendiendo no únicamente a las propiedades o a las relaciones de producción sino a la manera en que estas propiedades en relación conforman un habitus de clase determinado y cómo éste se sostiene con las prácticas de las que es producto. De una manera concreta, el habitus depende de las relaciones que existen en un individuo / grupo entre el capital económico y el capital cultural. Propone una diferenciación de los habitus en función de la clase social, encontrándose en cada una, una multiplicidad de matices al modelo general (formas).

Las características propias de las sociedades modernas - que son sociedades individualistas, liberales y clasistas fundadas en la economía de mercado - han exigido sucesivas correcciones y readaptaciones del concepto de habitus, todas ellas orientadas a atenuar sus funciones reproductivas y a subrayar su apertura, su creatividad y su capacidad de improvisación.

El tratamiento dado por Bourdieu al concepto de habitus8 como disposiciones duraderas, propicia el tratamiento sociológico del concepto de estrategia ligada al mercado, con lo cual, se completa la trilogía usos/formas y estrategias conceptos con los que se explican los consumos en la reproducción social.

Con la introducción del concepto espacio social Bourdieu permite desarrollar nuevas consideraciones para la sociología del consumo. El espacio de las posiciones sociales y el espacio de los estilos de vida son los dos principios de diferenciación en que los agentes y grupos se distribuyen en función de su posición social, según el volumen global del capital y su estructura. (Bourdieu, 1997, p. 15-19). Es en el espacio social donde toman posición las prácticas y los bienes que poseen los agentes, las prácticas y sobre todo, las maneras en que ellas funcionan, como signos distintivos (formas). El espacio social es una estructura de posiciones diferenciadas por el lugar que ocupan en la distribución de un determinado capital.

Sin embargo, este análisis que desarrolla Bourdieu dentro de su concepción de clases, se demarca cuidadosamente del marxismo en cuanto a la manera de concebir la estructura de clases sociales. “(…) Pero ello no significa que constituyan una clase en el sentido de Marx, es decir un grupo movilizado en pos de unos objetivos comunes y en particular contra otra clase”(…) (Ibid. p, 23). Para Bourdieu lo que existe es un espacio social, un espacio de diferencias, donde se construyen la cooperación y se reproducen los conflictos.

Las clases se diferencian para él, igual que en el marxismo, por su relación con la producción, por la propiedad de ciertos bienes, pero también por el aspecto simbólico del consumo, o sea, por la manera de usar los bienes transmutándolos en signos. Esta consideración constituye uno de los aportes de Bourdieu a la teoría sociológica de clases. “(…) las clases que cabe producir separando regiones del espacio social agrupan a unos agentes lo más homogéneos posible no sólo desde el punto de vista de sus condiciones de existencia sino también desde la perspectiva de sus prácticas culturales, de sus consumos, de sus opiniones políticas, etc”(…)(ibid.p.29)

Entonces para Bourdieu la clase social no puede ser definida únicamente por una sola variable o propiedad. Significa que para conocerlas no es suficiente establecer cómo participan en las relaciones de producción; también constituyen el modo de ser de una clase o una fracción de clase, el barrio en que viven sus miembros, la escuela a la que envían a sus hijos, los lugares a los que van de vacaciones, lo que comen y la manera en que lo comen. Estas prácticas culturales son más que rasgos complementarios o consecuencias secundarias de su ubicación en el proceso productivo; componen un conjunto de ʺcaracterísticas auxiliares que, a modo de exigencias tácitas, pueden funcionar como principios de selección o de exclusión reales sin ser jamás formalmente enunciadas. (Bourdieu: 1988, p 18)- el valor simbólico del consumo.

Las relaciones simbólicas que se dan entre las clases muestran las diferencias que se reflejan en distinciones significantes. Las personas que componen una clase se determinan en relación a unos ʺíndices concretosʺ de lo que les corresponde o no como clase. Estos índices son aplicados tanto en los objetos que consume como en la forma de apropiación de esos objetos y esto se da en una relación de poder.

Usos, formas y estrategias explican estilos de vida y distinciones. En el tratamiento sociológico de estos conceptos dados por Bourdieu es posible connotar importantes ideas: establecer los vínculos entre producción, circulación y consumo; el desarrollo de una teoría del valor trabajo, la articulación de lo económico y lo simbólico, la determinación en última instancia y el concepto de clase social (Canclini: 2008). En la reproducción de la estructura de la distribución del capital cultural se lleva a cabo en la relación de las estrategias en las apropiaciones donde las instituciones familia y escuela desempeñan un papel significativo, pues éstas instituciones permiten perpetuar las diferencias sociales.

El tratamiento de estrategia permitió pensar la reproducción social más allá de todo reduccionismo sociológico, no muchas veces reconocido (Wilkis: 2004; Gómez: 2013). Con el concepto de estrategia Bourdieu dota a los agentes de una competencia específica, una manera de estar ocupando un lugar en el espacio social, con lo cual los agentes, reproducen un habitus de clase, de familia, de grupo. Las estrategias son el sentido práctico, reflexivo, discursivo denotativo de ese habitus. Las estrategias orientan objetivamente a las prácticas de consumos, sus usos y apropiaciones.

Con P. Bourdieu el análisis de los modos de producción cultural da cuenta que una estructura global del mercado simbólico, configura las diferencias de gustos entre las clases y también en la medida en que la sociedad organiza la distribución de los bienes materiales y simbólicos, se estructuran en los espacios sociales las clases, grupos e individuos; sus relaciones subjetivas, las aspiraciones, la conciencia de lo que cada uno puede apropiarse.

En el proceso de reproducción social, con los consumos culturales como estilos de vida en su devenir social - sociedades modernas- y en su construcción sociológica -la obra bourdieusiana- se llega al modelo de consumo como marcador simbólico. Las conjunciones de lo objetivo y subjetivo, producción y reproducción, espacio social y diferenciación social, todos ellos desarrollados desde el constructivismo estructural y desde una sociedad altamente desarrollada como lo es Francia, constituyen poderosos recursos para continuar explicando los procesos de apropiaciones simbólicas.

Ubicar parte de la obra de Pierre Bourdieu para argumentar el tránsito del consumo como valor de uso, a valor simbólico no significa dejar de reconocer que en casi la totalidad de las investigaciones y estudios que retoman sus postulados lo asumimos como un producto acabado, pues si bien es cierto que las herramientas son aún útiles para explicar cómo se mueven las clases en los espacios sociales, un recorrido lento y pausado a través de toda su producción, y auxiliado por juicios emitidos de sus colaboradores más cercanos como Claude Grignon y Jean- Claude Passeron, permiten la elaboración de críticas a su constructo. Respecto al material empírico obtenido afirmaba Grignon: «sobre todo, el tiempo de las encuestas había pasado, no se llevaban a cabo otras nuevas, y no por falta de medios financieros, la explotación en curso se alargaba, se ponía en espera (...) había datos para la eternidad» (Grignon, 1996: 84). Por su parte Passeron abandona la colaboración con Bourdieu por el cambio de perspectiva realizado por el segundo, respecto a los vínculos que debían guardar la política y la sociología. (Marqués: 2006)9

El pensamiento de P. Bourdieu fue resultado de un largo período de gestación, que nunca se deslindó de su trayectoria individual, de sus orígenes y de su estrato social. Como ya se anotó en líneas anteriores, en la construcción de su marco teórico es perceptible rupturas con las corrientes intelectuales dominantes de su Francia natal y como el mismo aseveró “(…) es cierto que soy un producto de la Escuela Normal que traicionó la Escuela Normal (…)” (Gutiérrez: 2002)

Conclusiones.

El contexto sociohistórico va a marcar tanto las formas de pensar lo social, como la propia evolución de las formas de consumo. Su lógica debe estar articulada con las necesidades del sistema social para garantizar la estabilidad y reproducción de sus estructuras.

Los estudios del consumo cultural han hecho significativo las nuevas realidades socioculturales que se construyen en los espacios sociales como elemento activo en la experiencia cotidiana de la gente y como el escenario que aparece entre la ciudadanía y las instituciones. Se condensan las posibilidades y las problemáticas de la ciudad como referente de identidad urbana. Sin embargo, aun requerimos de ampliar el conocimiento y profundizar la investigación sobre los usos y apropiaciones de los consumos dentro de la trama de relaciones, de prácticas, de actores y de formas organizativas que surgen en el espacio social.

En el consumo cultural están involucrados no solo el hecho de la apropiación, sino también las variables de los usos sociales, la percepción / recepción, el reconocimiento cultural, así como la «construcción » de ciudadanía en sentido de pluralidad, por tanto de concepción democrática de la vida.

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Consumo cultural, usos y apropiaciones.

Dra. Tereza de Jesús Andrade.10

Dra. C. Alicia de la C. Martínez Tena.11

Los análisis que se presentan a continuación forman parte de los temas de investigación “La anomía desde los consumos culturales en la sociedad de San Vicente, Cabo Verde”, y “La juventud cubana entre modelos de inclusión y exclusión sociocultural. Los consumos en jóvenes universitarios”, cuyo eje central ha sido pensar el proceso de construcción de nuevas prácticas a partir de las necesidades de grupos e individuos y las posibilidades que ofrecen las estructuras culturales de nuestras sociedades en franco diálogo con los espacios de sociabilidad.

Se piensa y reflexiona desde los nuevos escenarios en que se suscitan los procesos socioculturales donde los consumos culturales devienen en una práctica sociocultural en la que se construyen significados y sentidos del vivir con lo cual este comienza “a ser pensado como espacio clave para la comprensión de los comportamientos sociales” (Mata, 1997:3).

La emergencia de la sociedad de consumo ha ido transformando los vínculos de las personas con los objetos desde el punto de vista de las economías domésticas y los accesos a los bienes y servicios de la cultura, mediados por las nuevas tecnologías de la comunicación. Según Featherstone (2000) el concepto sociedad del consumo marca un corte con la tradicional consideración del consumo como un mero reflejo de la producción, al entender el consumo como central para la reproducción social.

El concepto cultura del consumo supone no sólo el incremento de la producción y distribución de los bienes culturales, sino también, al modo en que la mayoría de las actividades culturales y prácticas están siendo mediadas por el consumo y el consumo progresivamente implica la apropiación y usos de signos e imágenes.

Así el concepto apunta al modo en que el acto de consumir deja de ser una mera adjudicación de utilidades para ser un consumo simbólico. “Vivimos en una sociedad mediatizada, donde el flujo global de imágenes, noticias y opiniones, constituyen hoy día gran parte de la alfabetización cultural y política que los individuos instauran dentro de los territorios espaciales” (Bisbal. 1998:138)12

Las prácticas del consumo cultural, no sólo reproducen normas y recursos, sino también las maneras en que los individuos se enfrentan a estas normas y recursos. Las pesquisas realizadas apuntan a considerar que el consumo cultural puede provocar roturas y aproximaciones de acuerdo con los espacios que se elige para consumir frente a las estructuras culturales que ofrecen los servicios. El consumo antes que homogeneizar, segmenta y fragmenta, producto de la connotación simbólica que lleva implícito.

De lo anterior se colige que el consumo cultural asume lugar primordial como estructurador de los valores y prácticas que regulan relaciones sociales, que construyen identidades y definen mapas culturales; posee una obvia presencia tanto ideológica como práctica en el mundo en el que vivimos. El consumo cultural es un hecho social que matiza a las sociedades contemporáneas de forma implacable. Entonces, es algo central en la vida cotidiana, ocupando constantemente (más de lo que gustaríamos), nuestro imaginario.

En este escenario emergen las investigaciones sobre consumo cultural que se encuentran en pleno desarrollo. Ellas requieren enfrentar un conjunto de inquietudes tanto desde el punto de vista teórico, como de sus usos sociales y políticos para perfeccionar las políticas culturales, principalmente.

El presente artículo centra sus atenciones en dos momentos; el primero hace referencia a los consumos culturales ante las nuevas realidades socioculturales, y los consumos culturales en los espacios sociales para advertir la relación entre las posiciones sociales (concepto relacional), las disposiciones (o los habitus) y las tomas de posición, las «elecciones» que los diferentes agentes sociales llevan a cabo en los ámbitos más diferentes de la práctica cotidiana.

I.- El consumo cultural y las nuevas realidades socioculturales.

En la actualidad las ciudades son espacios estratégicos de innovación, de inversión y de actividad, pero también son lugares que condensan fenómenos y problemáticas complejas y muestran los efectos de los procesos que han transformado a la vida pública, fragmentándola, debilitando los referentes comunes y enfatizando las desigualdades sociales. En estas condiciones lo público urbano emerge como posibilidad de recuperar el sentido de la ciudad como espacio de la ciudadanía, asociado a formas de solidaridad, de participación y de compromiso cívico que puedan generar experiencias, acciones y políticas innovadoras -visibles y accesibles-, capaces de contrarrestar los efectos de los procesos actuales y de transformar los códigos y prácticas predominantes en la vida social e institucional donde los consumos devienen en estructuradores de prácticas. (Ramírez Kuri, 2006; Martínez y Expósito, 2011)

La lógica cultural de las sociedades contemporáneas induce a presenciar las transformaciones que se suscitan en las estructuras sociales las que permiten advertir la dimensión cultural de la vida social y económica y la emergencia de nuevas subjetividades. Por eso en el contexto actual podemos notar modificaciones en las prácticas culturales, ya que estamos hablando de otros sujetos, de otras culturas y otros espacios.

Las formas del campo cultural se transforman como resultado de los desarrollos de las industrias culturales y se suscitan luchas por las apropiaciones del capital cultural en los diferentes campos: artístico, científico, económico, político.

Con relación a las industrias culturales, debe señalarse una nueva dinámica de la economía del capitalismo tardío para las sociedades tercermundistas que afecta el funcionamiento y la lógica de las industrias culturales (por ej. la industria del libro, de la música, de la televisión y la prensa, y la constitución de los conglomerados multimedia.

[...]


1 Doctora en Ciencias Filosóficas y profesora Titular de la Universidad de Oriente, Santiago de Cuba, Cuba.

2 Psicóloga Clínica del Hospital Baptista de Sousa y Docente de la Universidad Lusófona y de la Universidad de Mindelo, San Vicente, Cabo Verde

3 La Teoría Crítica deviene en un importante espacio en el que se hallan nuevas explicaciones a las dinámicas sociales ante un nuevo replanteamiento de los problemas de la teoría y de la práctica en su aplicación a la nueva Sociedad de Masas. Precisamente, el desarrollo de una nueva fase del capitalismo, a la que V. I. Lenin, denominó imperialismo, reveló una fuerte economía de demanda y de consumo, que puso en cuestión numerosas previsiones hechas por el Marxismo clásico. La búsqueda de un tipo de construcción teórica en la que la ruptura con la "teoría tradicional" abriera la posibilidad de abarcar las complejísimas interacciones del capitalismo avanzado, aparece como la génesis de los primeros frankfurtianos. Conceptos como industrias culturales, ideología, cultura de masas, dialéctica de lo objetivo y subjetivo, aportaron elementos a los estudios del consumo.

4 Surgen en el contexto de la democratización de la cultura que acompaña la posguerra. Estos autores, particularmente, Raymond Williams y Richard Hoggart provienen de familias obreras, preocupados en estudiar las influencias de la cultura popular en la formación de las mentalidades de la clase obrera. Donde el primer espacio académico sobre los estudios culturales contemporáneos y donde se trabajó sistemáticamente, fue fundado en Birmingham por R. Hoggard. En Ob. Cit. De ahí emerge la Escuela de Cultural Studies en finales de los años 50, en Inglaterra. Un aspecto clave fue la transposición de las coordenadas estéticas y éticas, asociadas a la crítica literaria, para la práctica de las culturas vivas o populares. En: Reflexões sobre indústrias culturais (imprensa, rádio, televisão, internet, cinema, videojogos, música, livros, centros comerciais) e criativas (museus, exposições, teatro, espectáculos). Blogueiro desde 26 de Dezembro de 2002. Endereço electrónico: Rogério Santos.

5 La teor í a de la Clase ociosa obra que por sí misma resalta entre otras cosas el papel de los intelectuales como clase destinada a la no productividad. Explica y describe con lujo de detalles, la influencia que los intelectuales han tenido a lo largo de los años en diferentes sociedades. La obra de referencia, comienza con un prólogo del ya fallecido Kenneth Galbraith que dice así “sólo hay que tomar en cuenta que, si se desea apreciar a Veblen, se le debe leer muy cuidadosa y lentamente. Veblen ilustra, divierte y deleita, pero sólo si se le dedica bastante tiempo” (Galbraith, XX, en Veblen, 1974).

6 En su obra tardía (desde principios de los 80 hasta fines de los 90, cuando murió) ha logrado dar con las claves de la dominación a través de la cultura, centrándose en la educación. En una sociedad posmoderna que se enfrenta a desigualdades, exclusiones y riesgos que ya no explican por la teoría tradicional, Bourdieu ofrece desde la sociología de la cultura elementos que están cambiando la forma de entender lo social. Bourdieu buscó en investigaciones empíricas la información y el estímulo para replantear el materialismo

7 La Distinci ó n supone uno de los mayores acercamientos de la sociología a la psicología social de los últimos tiempos, por el objeto de estudio, el método y la mirada que trata de impregnar en el elector a la hora de entender los fenómenos de la sociedad en el nivel más elemental de interacción, a saber, la vida cotidiana. Bourdieu propone de manera brillante una aplicación de sus conceptos de habitus y campo al estudio de la relación de los distintos grupos sociales con la cultura, lo que convierte a este libro, por méritos propios en un clásico del estudio sociopsicológico cultural

8 Bourdieu no presenta su concepto de habitus como un paradigma nuevo, sino como la explicitación de una idea que siempre estuvo presente en la tradición filosófica y sociológica, y en cuanto tal “predispuesta” a superar y a la vez conservar los paradigmas precedentes, incluyendo sus versiones contemporáneas. El habitus se remonta a la hexis de Aristóteles, entendida como una disposición moral generadora de actos. El uso sociológico del término con Durkheim, quien insiste sobre su carácter general y duradero, por lo que le asigna un anclaje institucional: los colegios de los jesuitas y la universidad medioeval. El precedente inmediato del habitus de Bourdieu se encuentra en la obra de E. Panofsky (1967), quien recupera de la escolástica la noción de “hábito mental, como principio organizador de las formas de expresión y de las creaciones de la cultura escolástica puede aplicarse también a las prácticas simbólicas e ideológicas de las sociedades modernas caracterizadas por la diferenciación de campos y la división en clases sociales. (Giménez: 1997)

9 Marqués Perales realiza un exhaustivo estudio de la génesis conceptual de la teoría social del sociólogo francés Pierre Bourdieu. Introduce una periodización de la producción intelectual, con abundantes datos y valoraciones que ilustran el proceso de maduración de este importante intelectual. Nos descubre pasajes que favorecen un mayor acercamiento a su producción y de manera particular, los puntos débiles de su teoría social. Es un texto interesante y que no debería dejarse de leer.

10 Psicóloga Clínica del Hospital Baptista de Sousa y Docente de la Universidad Lusófona y de la Universidad de Mindelo, San Vicente, Cabo Verde

11 Doctora en Ciencias Filosóficas y profesora Titular de la Universidad de Oriente, Santiago de Cuba, Cuba.

12 En tal sentido, los Estudios Culturales y Comunicacionales cobran importancia desde la perspectiva del consumo cultural, ya que nos ayudan a “reconocer como se han alterado las formas de ser ciudadanos a partir de los cambios que operan en los comportamientos culturales de la gente por el uso de las nuevas tecnologías de información y de medios de comunicación que inciden en las modificaciones de las expectativas , en las modalidades de percepción, en la manera de apropiarnos de los espacios públicos que dan sentido de pertenencia a través de los cuales una sociedad puede re-conocerse” (Bisbal y otros 1998:138).

Final del extracto de 213 páginas

Detalles

Título
Juventud y Consumos. Entre Inclusión y Exclusión Social
Universidad
Universidad de Oriente in Santiago de Cuba
Autores
Año
2016
Páginas
213
No. de catálogo
V317657
ISBN (Ebook)
9783668200142
ISBN (Libro)
9783668200159
Tamaño de fichero
1940 KB
Idioma
Español
Etiqueta
juventud, consumos, entre, inclusión, exclusión, social
Citar trabajo
Alicia de la C.Martinez (Autor)Tereza de Jesús Andrade (Autor), 2016, Juventud y Consumos. Entre Inclusión y Exclusión Social, Múnich, GRIN Verlag, https://www.grin.com/document/317657

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Título: Juventud y Consumos. Entre Inclusión y Exclusión Social



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